LA SANTÍSIMA TRINIDAD


Dios es Padre. De su propia substancia engendra eternamente un Hijo. Igual a Sí mismo, su Imagen viviente, el reflejo de su Ser y de sus perfecciones infinitas.

El Padre es Fuente suprema de todo lo que existe dentro de la Trinidad como de lo que existe fuera de ella. Todo procede de Él, es la Fuente creadora de todos los seres del universo, el Manantial divinizador de todos los elegidos, predestinados a la visión de su Faz.

Dios es Hijo. No sale de la nada; procede del Padre en la identidad de naturaleza. Le es consubstancial, Igual en todas las cosas, en Divinidad, en Poder Omnipotente, en omnipresencia, en inmutable eternidad. 

El Verbo es, con el Padre, el Dios Aspirador del Espíritu de Amor. Constituyen Ellos Tres, en una actividad indivisible, el Principio y el Término del Universo.

El misterio de su Encarnación ha hecho descender «Uno de los Tres» a la tierra y, en Él, la Trinidad habita entre nosotros.

Dios es Espíritu Santo. Un Dios procedente del Padre y del Hijo como una llama eterna. El los abrasa de amor el uno para el otro en una inefable unidad, Don supremo que trae a nuestras almas la Presencia del Padre y del Hijo, la habitación de toda la Trinidad. El es el Autor de todas las maravillas de lagracia en la que se manifiesta el Amor.

Dios es Trinidad y Unidad. Trinidad que no rompe la Unidad, Unidad que se dilata en Trinidad, en la Igualdad absoluta de una misma coexistencia eterna. 

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo poseen la misma naturaleza divina, las mismas perfecciones infinitas. Excepto la distinción de origen, todo se identifica entre Ellas en el orden del Ser, del Pensamiento, del Querer, de la Acción, de todos los atributos divinos entitativos, operativos y morales. La misma Existencia, el mismo Poder, la misma Santidad, un mismo Dios en Tres

Personas, una sola Voluntad, una misma Vida inmutable, una misma Actividad creadora y divinizadora, una misma gloria en el interior de la Trinidad y en su soberano dominio sobre el universo.


-La Trinidad en mi vida, de M. Philipon, o.p.-

RECHACEMOS EL TEMOR A LA MUERTE CON EL PENSAMIENTO DE LA INMORTALIDAD QUE LA SIGUE



Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?

Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama?  El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. 

Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen.

 Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.


-San Cipriano, obispo y mártir -

JESÚS QUIERE QUE LO IMITEMOS


Jesús no se contenta con que el hombre se detenga ante Él y le observe. Hay que dar un paso más para lograr la vida que Él trata de comunicar. Pide a los hombres que le imiten, porque Él es el único Maestro.  Exige que hagan lo mismo que Él, incluso en aquellos aspectos de la vida dolorosos, en los cuales es tan difícil seguirle. Porque si a Él le han perseguido, que es el Maestro, también a los discípulos los perseguirán.

Y todavía más. Pide una identificación con Él, en cuanto es posible a la naturaleza humana: Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. Sin Mí nada podéis hacer (Jn 15, 5). 

Y llega al colmo de este deseo de identificación cuando al instituir el Sacramento de la Eucaristía habla a los hombres diciendo que solamente tendrán vida aquellos que coman su carne y beban su sangre. No se puede manifestar de una manera más profunda y expresiva el anhelo de identificación con Él que ofreciéndose a nosotros como alimento del alma.

Es, pues, el conocimiento que Jesús pide de Sí mismo el que desea que los hombres tengan de Él: primero, un contacto personal; segundo, una asimilación de su persona y su doctrina; tercero, una identificación con Él.

-En el corazón de la Iglesia, Cardenal don Marcelo González Martín-

¡Oh, Padre divino, te amo como tu Hijo te ama!


 

¡Oh, mi Salvador, me doy a ti para unirme al amor eterno, inmenso e infinito que tienes a tu Padre! ¡Oh, Padre adorable, te ofrezco todo este amor eterno, infinito e inmenso de vuestro Hijo Jesús, como un amor que es mío! 

Y así como este Salvador nos dijo: los amo como mi Padre me ama (Jn. 15, 9), puedo yo también decirles: ¡Oh, Padre divino, te amo como tu Hijo te ama! Y como el amor del Padre a su Hijo no es menos mío que el amor del Hijo a su Padre, puedo usar, como de algo mío, este amor del Padre al Hijo, diciendo, por ejemplo: ¡Oh, Padre de Jesús, me doy a ti, para unirme al amor eterno, inmenso e infinito que tienes a tu amado Hijo! ¡Oh, Jesús mío, te ofrezco todo el amor eterno, inmenso e infinito que tu Padre te tiene y te lo ofrezco como amor que me pertenece! 

De esta manera, como Jesús me dijo: te amo como mi Padre me ama, puedo recíprocamente decirle: ¡Oh, Salvador mío, te amo como tu Padre te ama! ¡Oh bondad inefable, oh amor admirable! ¡Oh dicha indecible! Que el Padre eterno nos dé su Hijo, y con él nos dé todo, y nos lo dé no sólo para que sea nuestro redentor, nuestro hermano, nuestro Padre, sino también para que sea nuestra Cabeza.

¡Oh, qué ganancia ser miembros del Hijo de Dios y no ser sino uno con él, como los miembros son uno con la cabeza; y por consiguiente no tener sino un espíritu, ¡un corazón y un amor con él y poder amar a su divino Padre y Padre nuestro con un mismo corazón y un mismo amor con él! No hay que extrañarse, pues, si hablando de nosotros al Padre celestial, le dice: «Los amaste como a mí mismo» (Jn. 15, 23); y si le ruega que nos ame siempre así: El amor con que me amaste esté en ellos (Jn. 17,26).

 Ahora bien, si amamos a este Padre tan amable como lo ama su Hijo no debemos sorprendernos si nos ama con el mismo amor con que ama a su Hijo, ya que mirando a nosotros en él, como a miembros suyos, que no formamos sino uno con él, encuentra que lo amamos con su Hijo con un mismo corazón y un mismo amor. No nos extrañemos, pues, si nos ama con el mismo corazón y el mismo amor con que ama a su Hijo. ¡Oh, que el Cielo, la tierra y todo lo creado se transforme en puro amor a este Padre de bondades y al Unigénito de su divino amor!, como dice san Pablo: nos trasladó al reino del Hijo de su amor (Col 1, 13)


-San Juan Eudes-

CRISTO, VERADERO AGRICULTOR DEL ALMA


 

¡Ay del alma privada del cultivo diligente de Cristo, que es quien le hace producir los buenos frutos del Espíritu!, porque, hallándose abandonada, llena de espinos y de abrojos, en vez de producir fruto acaba en la hoguera. ¡Ay del alma en la que no habita Cristo, su Señor!, porque, al hallarse abandonada y llena de la fetidez de sus pasiones, se convierte en hospedaje de todos los vicios.

Del mismo modo que el colono, cuando se dispone a cultivar la tierra, necesita los instrumentos y vestiduras apropiadas, así también Cristo, el rey celestial y verdadero agricultor, al venir a la humanidad desolada por el pecado, habiéndose revestido de un cuerpo humano y llevando como instrumento la cruz, cultivó el alma abandonada, arrancó de ella los espinos y abrojos de los malos espíritus, quitó la cizaña del pecado y arrojó al fuego toda la hierba mala; y, habiéndola así trabajado incansablemente con el madero de la cruz, plantó en ella el huerto hermosísimo del Espíritu, huerto que produce para Dios, su Señor, un fruto suavísimo y gratísimo.


-San Macario-

SALVE, MADRE (Amado Nervo)



Salve, Madre,
lirio níveo,
de candor divino,
alba del cielo.

Salve, Madre,
rosa florida
y lucecita pura
en la tarde gris.

Salve, Madre,
tú que eres vida
en el desierto,
esperanza perdurable
en los corazones enfermos.

Salve, Madre,
estrella brillante
de los mares de amor,
caminante fiel
que guías nuestros pasos.

Salve, Madre,
Virgen Santa,
pureza y dulzura
que alivian nuestra carga.

Salve, Madre,
Madre querida,
en tu regazo encontramos
amor y abrigo.

Santa María,
ruega por nosotros
a tu Hijo amado,
nuestro Salvador divino.

LA ANIMÓ A REZAR EL ROSARIO


Tito Brandsma, santo y mártir Carmelita, perdonó a sus captores, siguiendo los pasos de Jesús. En en campo de concentración de Dachau, Tito se convirtió para muchos de sus compañeros de prisión en una luz en un lugar de oscuridad. 

Era una fuente de esperanza y consuelo para sus compañeros prisioneros que se acercaban a él, a menudo reunidos alrededor de su cama.

Tito fue asesinado por una inyección letal el 26 de julio de 1942. Murió cerca de las dos de la tarde. Tenía 61 años. 

Existe la historia bien documentada de cómo Tito Brandsma, le dio su rosario a la enfermera que le administró su inyección y la animó a rezarlo a pesar de que ella se había olvidado de cómo hacerlo. 

Esta enfermera, posteriormente, atribuyó su regreso a la fe a la intercesión de Tito. Como parte de su testimonio durante el proceso de beatificación, afirmó que las últimas palabras de Tito "Hágase tu voluntad, no la mía, oh Señor" , le causaron una enorme impresión.


-Comisión Tito Brandsma, Curia Generalizia dei Carmelitani-

¿DE VERDAD LO AMAMOS?

Aclamen los árboles del bosque, delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra. ¿qué clase de amor a Cristo es el de aquel que teme su venida? ¿No nos da vergüenza, hermanos? Lo amamos y, sin embargo, tememos su venida. ¿De verdad lo amamos? ¿No será más bien que amamos nuestros pecados? Odiemos el pecado, y amemos al que ha de venir a castigar el pecado. En el momento de juzgar reunirá junto a sí a sus elegidos y apartará de sí a los demás, ya que pondrá a unos a la derecha y a otros a la izquierda.

Si quieres alcanzar misericordia, sé tú misericordioso antes de que venga: perdona los agravios recibidos, da de lo que te sobra. Lo que das ¿de quién es sino de él? Si dieras de lo tuyo sería generosidad, pero porque das de lo suyo es devolución. ¿Qué tienes que no hayas recibido? Éstas son las víctimas agradables a Dios: la misericordia, la humildad, la alabanza, la paz, la caridad. Si se las presentamos, entonces podremos esperar seguros la venida del juez que regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.

-San Agustín-

NADIE ES TAN POCO AMADO


 

¡Oh, Padre divino, creador y conservador del universo, nadie tan amable como tú! Tus infinitas perfecciones y las bondades que abrigas en tu Corazón imponen a todos los seres que creaste la obligación de servirte, honrarte y amarte con todas las fuerzas. Y sin embargo nadie en el mundo es tan poco amado como tú, nadie tan ultrajado y despreciado de gran parte de vuestras criaturas: Me han odiado a mí y a mi Padre, dijo vuestro Hijo Jesús; y me odian sin motivo, (Jn. 15, 24-25), a mí que nunca les he hecho mal alguno, sino, al contrario, los he colmado de bienes. Veo el infierno lleno de innumerables demonios y condenados que te lanzan sin cesar millones de blasfemias y veo la tierra repleta de infieles, herejes y falsos cristianos que te tratan como a su mayor enemigo.

Sin embargo, dos motivos me llenan de consuelo y alegría. El primero, que tus perfecciones y grandezas, oh, Dios mío, sean tan admirables, y sean de tu complacencia infinita el amor eterno de tu Hijo y todas las obras que con este amor hizo y sufrió para reparar las ofensas de tus enemigos, ultrajes que no son ni serán nunca capaces de menoscabar en lo más mínimo tu gloria y felicidad.


-San Juan Eudes-

CORRAMOS POR EL CAMINO RECTO


 

No nos contentemos con llamarlo: «Señor», pues esto solo no nos salvará. Está escrito, en efecto: No todo el que me diga: «¡Señor, Señor!» se salvará, sino el que practique la justicia. Por tanto, hermanos, confesémoslo con nuestras obras, amándonos los unos a los otros. No seamos adúlteros, no nos calumniemos ni nos envidiemos mutuamente, antes al contrario, seamos castos, compasivos, buenos; debemos también compadecernos de las desgracias de nuestros hermanos y no buscar desmesuradamente el dinero.  

Por esto, hermanos míos, luchemos, pues sabemos que el combate ya ha comenzado y que muchos son llamados a los combates corruptibles, pero no todos son coronados, sino que el premio se reserva a quienes se han esforzado en combatir debidamente. Corramos por el camino recto, combatamos nosotros de tal forma que merezcamos todos ser coronados.


-De la Homilía de un autor del siglo segundo, Liturgia de las horas-

LUCHA CONTRA LA PROPIA CARNE

El mundo y el demonio son nuestros principales enemigos externos. Pero llevamos todos encima un enemigo interno mil veces más terrible que los otros dos: nuestra propia carne. 

Al mundo se le puede vencer con relativa facilidad despreciando sus pompas y vanidades; el mismo demonio, como acabamos de ver, no resiste al poder sobrenatural de un poco de agua bendita; pero nuestra propia carne nos tiene declarada a todos una guerra sin cuartel, y es dificilísimo ponerse totalmente a cubierto de sus exigencias y terribles acometidas. 

De dos modos muy distintos—aunque se expliquen y complementen mutuamente—nos hace guerra nuestra propia carne, convirtiéndose en el mayor enemigo de nuestra alma: 

a) por su horror instintivo al sufrimiento.

b) por su afán insaciable de gozar.

El primero es un gran obstáculo—acaso el mayor de todos—para la propia santificación, que supone indispensablemente la perfecta renuncia de sí mismo y una abnegación heroica; el segundo puede comprometer incluso nuestra misma salvación eterna. Es, pues, urgentísimo buscar la manera de contrarrestar y anular esas dos tendencias tan peligrosas. 

¿Cómo podemos hacerlo? He aquí algunos remedios:

-Mortificarse en las cosas lícitas, por ejemplo dejando de comer algo apetitoso y elegir algo que nos guste menos.

-Sufrir con calma las punzadas del dolor.

-Combatir la ociosidad.

-Huir de las ocasiones peligrosas.

-Recordad la Pasión de Cristo.

-Hacer oración humilde y perseverante.

-Tener una entrañable devoción a María

-Frecuentar los sacramentos.


-Antonio Royo Marín, teología de la perfección cristiana-

AMOR INFINITO DEL CORAZÓN DE JESÚS AL PADRE CELESTIAL


Consideremos las ardientes llamas de esta hoguera de amor del Corazón de Jesús hacia el Padre Celestial.
¿Qué inteligencia podría concebir y qué lengua podría expresar la mínima centella del amor infinito a su Padre en que se abrasa el Corazón del Hijo? 
¡Es amor digno de tal Padre y de tal Hijo! ¡Es amor que iguala maravillosamente las perfecciones inefables de su objeto amado! ¡Es un Hijo infinitamente amante 
que ama a un Padre infinitamente amable! ¡Dios que ama a otro Dios! ¡Amor esencial, que ama al amor eterno; amor inmenso, incomprensible, infinitas veces infinito, que ama a un amor inmenso, incomprensible ¡infinitas veces infinito! Si lo miramos como hombre o como Dios, el Corazón de Jesús arde en amor a su Padre y lo ama infinitamente más  que los ángeles y los santos  juntos, por toda la eternidad.
Y, como no hay mayor amor que dar la vida por el amado, el Hijo de Dios ama tanto a su Padre que por Él sacrificaría aún la suya, como lo hizo en la cruz, y con los mismos tormentos, por amor a su Padre, (si tal fuera el divino beneplácito). 

-San Juan Eudes-

AYÚDAME, SEÑOR


Ayúdame, Señor, 
a saber esperar sin desmoralizarme, 
a saber escuchar sin cansarme, 
a acoger con bondad, 
a dar con amor, 
a estar siempre ahí 
cuando alguien me necesite. 
Ayúdame a ser esa presencia segura 
a la que siempre se puede acudir, 
a ofrecer esa amistad que pacifica, 
que enriquece, 
a través de Ti y en TI, 
a transmitir una paz gozosa, 
tu paz en mi alma, Señor, 
a estar totalmente centrado en Ti 
y disponible y acogedor para los otros. 
Que tu pensamiento no me abandone nunca, 
para poder permanecer siempre en tu verdad 
y no faltar a tu mandamiento. 
Así, sin hacer nada extraordinario, 
sin vanagloria, quizá pueda ayudar a otros 
a sentir tu cercanía, 
porque mi alma te abrirá sus puertas 
a cada instante. 

 


 

-Oraciones Católicas, Andrés Devos -

MARÍA INTERCEDE POR SUS FIELES DEVOTOS


Uno de los mayores servicios que la amable María ejerce en favor de sus fieles devotos es el interceder
por ellos ante su Hijo y aplacarle con sus ruegos. 
Ella los une y conserva unidos a Él con vínculo estrechísimo.
Rebeca en las escrituras, hizo que Jacob se acercara al lecho de su padre. El buen anciano lo tocó, lo abrazó y hasta lo besó con alegría y gozoso de percibir los
exquisitos perfumes de sus vestidos, exclamó: 
¡Aroma que bendice el Señor es el aroma de mi hijo!
 (Gén 27,27). 
Este campo fértil cuyo aroma encantó el corazón del Padre es el aroma de las virtudes y méritos de María. Ella es, en efecto, campo lleno de gracias donde Dios Padre sembró, como grano de trigo para sus escogidos, a su propio Hijo.
¡Oh! ¡Cuán bien recibido es por Jesucristo, Padre sempiterno, el hijo perfumado con el olor gratísimo de María!
¡Y qué pronto y perfectamente queda unido a Él!

-San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción a María)

NUESTRA VERDADERA PATRIA ES EL CIELO, DESTERREMOS EL TEMOR



No entiendo por qué muchos cristianos ven como un drama el morir y constantemente dan gracias a Dios por un día más de vida...Decía Thomas de Kempis en su "Imitación" que una vida larga a veces es para añadir más pecados. Sólo si ese día más de vida se aprovecha para amar a Dios y a los hermanos entonces debemos estar contentos, de lo contrario no nos serviría de nada.

Entiendo esta frase del aferrarse a vivir en las madres y padres que tienen niños pequeños y temen dejarlos huérfanos o en los hijos que están cuidando a familiares enfermos, pero no entiendo ese aferramiento a la vida en personas ya mayores que tienen fe, que se supone que han vivido para Dios, no entiendo cómo les resulta tan aterradora la idea del más allá, pues los cristianos vivimos aquí un destierro, sabemos que ésta no es nuestra verdadera patria, nuestro lugar está con Aquel que nos ha amado hasta el extremo de entregarnos a su Hijo único, deberíamos de estar suspirando por estar con Él.

San Agustín lo expresa muy bien: ¿qué clase de amor a Cristo es el de aquel que teme encontrarse con Él? también san Cipriano se pronuncia a este respecto:" Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza..."

Queridos hermanos, no vivamos con temor, Jesús no miente, nos promete la Vida eterna sin fin, solo tenemos que amarlo y abandonarnos a su voluntad.

(Carmen de Jesús Crucificado, O.C.D.S.)

EN MI ORDENACION SACERDOTAL (Poesía del sacerdote Rufino Villalobos en su ordenación sacerdotal)




 I 
¡Cuánto ha sido tu amor, Jesús! ¡Oh, cuánto 
Que en mí fijar quisiste tu mirada 
Y tomar la miseria de mi nada 
Para el honor del Sacerdocio santo! 
¿Cómo es posible que me honrases tanto 
Con la señal de vocación sagrada 
Ante la cual un ángel se anonada 
Y yo, soberbio y duro, no me espanto? 
Muchas veces llamabas a mi puerta 
E, ingrato y ciego, no la tuve abierta 
Para que entraras Tú, dulce Bien mío. 
Tú que me abrumas hoy con tus bondades 
¡Olvida tantas infidelidades 
Y abrasa con tu Amor mi pecho frío! 

II 
Las gradas del altar subiendo voy 
Lleno mi ser de la emoción más pura, 
Al contemplar la celestial altura 
A que tu diestra me ha encumbrado hoy. 
De tus poderes revestido estoy 
Y embriagado en la miel de tu dulzura 
Porque pienso que soy pobre criatura 
Y ya «otro Cristo» por tu gracia soy. 
Déjame que ante Ti puesto de hinojos 
Se derritan en lágrimas mis ojos 
Por la fineza de tus sacros dones. 
Que jamás la carrera de los años 
Con sus sombras y negros desengaños 
Borrar pueda tan santas emociones. 

III 
Con los poderes de mi Dios armado 
Iré del mundo entero a la conquista 
¿Quién habrá que a mi fuerza se resista? 
¿Quién contra mi poder luchará osado? 
Conmigo irá Jesús Crucificado 
Que con su gracia y su poder me asista 
Y de su Cruz sagrada ante la vista 
Se borrará el imperio del pecado. 
Quiero ser puro y limpio como un lirio 
Y fiel seré a mi Dios hasta la muerte 
Sin que ante nada mi lealtad sucumba. 
jSeñor! Si ves que un día he de ofenderte .. . 
Envíame la palma del martirio ... 
jSiempre tuyo, Jesús! ¡¡Hasta la tumba!!

LOS VESTIDOS DE MARÍA: ADVOCACIONES MARIANAS


Desde los orígenes de la veneración dedicada a la Virgen María, Ella ha respondido a muchos nombres diferentes. Se trata de los Títulos Marianos o Advocaciones Marianas, nombres que derivan de atributos que se refieren a María en las Sagradas Escrituras o en la veneración popular, o que derivan de características atribuidas a ella.

Algunas son advocaciones dogmáticas, derivadas de la presencia de María en los Evangelios y de la Liturgia: Madre de Cristo, Inmaculada Concepción, Descendiente de David, Nueva Eva, Nuestra Señora.
Otras derivan de Advocaciones atribuidas por teólogos y Padres de la Iglesia, como Reina del Cielo, Stella Maris que indica cómo la Virgen es una especie de estrella polar para los cristianos, Torre de Marfil, Virgen de los Dolores, en referencia a los siete dolores que afronta María en los Evangelios etc...
También están las Advocaciones Marianas ligadas a fenómenos naturales, como la Virgen del rayo, la Virgen de las Nieves etc...
La Virgen también se asocia con la salud y curaciones milagrosas, como la Virgen del Rescate, cuyo culto nació en Palermo en 1306, cuando la Virgen se apareció al monje agustino Nicola La Bruna para curarlo de una enfermedad incurable, o la Virgen de los Enfermos, que libró de la peste a la comunidad parroquial de San Bernardo en Vercelli en el año 1630.

También son fascinantes las Advocaciones marianas vinculadas a la iconografía, como la Virgen de la pera, del cuadro del siglo XV que representa a la Virgen dando una pera al niño Jesús, símbolo de la aceptación por parte de este último del sacrificio por la redención de la humanidad, o María que desata los nudos, del cuadro de Johann Georg Schmidtner pintado en el siglo XVIII de donde se originó la famosa gran devoción mariana.

Finalmente están las Advocaciones marianas de tipo toponímico, que hacen referencia a lugares queridos por la Virgen o en los que se ha aparecido a lo largo de los siglos, como la Virgen de Loreto, Nuestra Señora de Lourdes, la Virgen de Fátima, Santa María del Mar, Nuestra Señora de Guadalupe, Nuestra Señora Aparecida, la Virgen del Carmen y muchas más.

No hay muchas Vírgenes, solo hay una: la Madre de Jesús, Madre de la Iglesia y Madre nuestra, pero tiene muchos vestidos y con todos ¡está maravillosamente HERMOSA!

- Holyart.es, Holyblog-

SOBERANO ESPOSO MÍO, poema de Santa Teresa de Jesús (de Ávila)




Soberano Esposo mío,
ya voy, dejadme llegar;
no me deis, Señor, desvío,
para que entre en vuestro mar
este pequeñuelo río.

Socorredme, dulce Esposo,
y dad la debida palma
a mi cuidado amoroso
para que descanse el alma
en los brazos de su Esposo.

Vuestros brazos me daréis,
que si a pediros me atrevo,
es porque no miraréis
a lo mucho que ya os debo
lo poco que me debéis.

Cumplid, Esposo, los conciertos;
quitando al alma los lazos,
serán mis abrazos ciertos,
pues que por darnos abrazos
tenéis los brazos abiertos.

Si Vos los brazos me dais,
yo os doy el alma en despojos,
y pues ya me la sacáis,
volved, mi Cristo, los ojos
a quien el alma lleváis.

Pues el corazón os di,
denme esas llagas consuelo;
entre el alma por ahí,
pues son las puertas del cielo
que se abrieron para mí.

Huéspedes tenéis, y tales
que no sé si he de caber;
mas puesta en vuestros umbrales
quepa esta pobre mujer
entre tantos cardenales.

Mi alma vive de manera,
guardando de amor la ley,
que en Vos su remedio espera,
pues tiene tal Agnus Dei
colgado a su cabecera.

Por vuestra me recibid,
no miréis a mi pobreza;
si voy segura decid;
mas, pues bajáis la cabeza,
diciéndome estáis que sí.

Ahora es tiempo que veamos
adónde llega el querer,
si es verdad que nos amamos,
yo ya me vengo a esconder
entre este árbol y sus ramos.

Siendo así, Esposo sagrado,
en aquestas ansias bravas
válgame vuestro cuidado,
pues me asgo a las aldabas
por que me valga el sagrado.

Desta postrer despedida
yo no temo el dolor fuerte
si con Vos, mi Cristo, asida
a la hora de la muerte
tengo en mis manos la vida.

Si en las manos tengo a Vos
con regalos soberanos,
ya estamos juntos los dos,
pues que Dios está en mis manos
y yo en las manos de Dios.

ANSIAS DE PADECER POR LA CONVERSIÓN DE LAS ALMAS



Cuenta Santa Verónica Giuliani:
Una vez, estando en oración me encontré fuera de mí. Me pareció ver una muchedumbre de almas al borde de un precipicio. 
Jesús me dijo: “Estas están confiadas a ti: ¿qué es lo que quieres?”. 
Yo le pedí la salvación de dichas almas; le decía de corazón: 
“Dios mío, espero que, por los méritos de vuestra santísima pasión, las convirtáis a todas”.
Él me decía que yo le ofreciese algún padecimiento. ¡Oh Dios! Al punto me vino un ansia grande de padecer por la conversión de esas almas. En esto volví en mí, y durante toda la noche no hice otra cosa que penitencias. 
Experimentaba en mí un no sé qué, y no me daba cuenta de lo que hacía. 
A la noche siguiente me pareció que el Señor me daba a entender que habría obtenido la gracia, pero que hacían falta más penas. ¡Oh Dios! Me ofrecí a todo lo que Él quisiera para que esas almas se convirtieran a Él. 

Fuente: SANTA VERÓNICA GIULIANI 
Y SU ÁNGEL CUSTODIO, P. ÁNGEL PEÑA O.A.R. 

ORACIÓN A MARÍA POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO


Santa María, pide a tu Hijo Jesucristo, que riegue el Purgatorio con su Sangre purificadora, su Sangre preciosa, más valiosa que todo el oro del mundo, Sangre vertida por nuestros pecados.

Esa Sangre preciosa será el refrigerio de tantas Almas purgantes, esa Sangre apagará las llamas de amor y nostalgia que atormentan a las pobres Almas, pues de momento están privadas de la visión beatífica, pero con tu intercesión y súplicas, Madre amorosa, el tiempo de expiación será más corto, solo porque tú lo pides.

Santa María, eres tan grata a Dios, que Él cumple todo lo que le pides, y nos amas tanto que lo que te pedimos a ti, Madre nuestra, tú lo presentas amorosamente en tus manos purísimas a Dios y Él recibe tu ofrenda porque viene de ti, por eso hoy te pedimos por las Almas de nuestros parientes y amigos, y sobre todo por las Almas del Purgatorio más olvidadas y necesitadas.

Confiamos en tu poder de intercesión y en tu ardiente caridad para con esas Almas atormentadas que anhelan unirse a Dios.

(Almas del Purgatorio, peticiones Carmelitanas)

NO DEBEMOS DESALENTARNOS ANTE LAS CAÍDAS



San Francisco de Sales no quiere el desaliento ante las caídas ¿Por qué nos desanimamos? 

Porque exageramos nuestra flaqueza o porque desconocemos la misericordia divina; y las más de las veces, por esos dos motivos juntos. 

El pecador cae por haber ignorado su propia flaqueza y por haber exagerado la misericordia de Dios; después de la caída, renacen estos dos mismos sentimientos, pero en sentido inverso: la flaqueza adquiere a sus ojos proporciones desmesuradas, envuelve al alma en un manto de tristeza y de confusión, que la aplasta; en cambio, Dios, a quien poco antes se ofendía con toda facilidad, presumiendo un perdón fácil, aparece ahora como un vengador inexorable. El alma culpable tiene miedo de Él y vergüenza de sí misma y, si no reacciona contra estas dos funestas tentaciones, renuncia cobardemente a la lucha: en vez de arrancarse de los lazos del pecado, se entrega a él sin resistencia. 

Este es el desaliento, la capitulación de la voluntad, cuyo fatal resultado es con mucha frecuencia la impenitencia final.

San Francisco de Sales con sus escritos, hace comprender al alma que desea santificarse, que el camino que emprende es largo y penoso, que su falta de fuerzas es grande, comparadas con las dificultades del viaje; pero al mismo tiempo le hace ver que todo lo puede en Aquel que la conforta, lo mismo después de una caída que antes de caer; le muestra el corazón de Dios pronto y generoso en el perdón, al mismo tiempo que es un brazo fuerte para darle apoyo.

Fuente: "El arte de aprovechar nuestras faltas"  (Jose Tissot recoge las enseñanzas de San Francisco de Sales)

EL PODER DE LA ORACIÓN


 

Hoy en día está de moda la frase: "Las manos que ayudan son más nobles que los labios que rezan".

Nada hay más equivocado que esta frase, un absoluto error, frase que viene evidentemente de alguien que no reza, que no conoce la oración, que probablemente ni crea en Dios.

«Los que oran —decía después de su conversión el eminente literato y político Donoso Cortés— prestan mejores servicios al mundo que los que combaten, y si el mundo va de mal en peor es porque hay más batallas que oraciones». 

«Las manos en actitud de súplica —dice Bossuet— derrotan más batallones que las que empuñan armas». ¡Cuántas innumerables gracias nos habrán alcanzado las almas contemplativas en los claustros y desiertos! 

Una fervorosa oración alcanza más fácilmente la conversión de un pecador que largas discusiones y bellos razonamientos. 

Y es que el que ora, trata con Dios directamente, la causa primera de toda conversión. Y así dispone todas las causas segundas que reciben su eficacia de la primera. De esta forma se logra con más rapidez y seguridad el efecto anhelado.


(El alma de todo apostolado, J.B. Chautard, abad cisterciense)

ORACIÓN PARA PARECERNOS A MARÍA

¡María, Madre del corazón generoso, Madre de la humildad, de la entrega confiada, quiero imitarte en todo, quiero tener tus mismos deseos, dar tu mismo sí a Dios, ser auténtico en el hágase de mi vida! ¡Y cuando Dios se haga presente en mi vida quiero aceptarlo todo desde el primer momento, como tú, sin dudas ni miedos! 

¡Y aunque me desconcierte, como te ocurrió a Ti, María, quiero entregarme a Dios con confianza y amor! ¡Concédeme la gracia, María, de caminar a tu lado, de decir que sí como lo hiciste tu, Madre, entregarme como lo hiciste tu con amor y humildad, seguir a Jesús con tu misma predisposición, negarme a mi mismo para darlo todo por tu Hijo! ¡Quiero, Madre, ser como tu, humilde, esperanzada, ser testimonio del amor de Jesús! ¡Quiero que me ayudes a parecerme a Ti, María, que eres el mejor modelo de entrega, de fidelidad, de amor y de humildad!

EL MISTERIO DEL DOLOR


En ciertos momentos de la vida, el cristiano tendrá que creer en contra de las apariencias, «esperar contra toda esperanza» (Rom 4, 18). 

Inevitablemente, surgen ocasiones en las que no podemos comprender los motivos de la actuación de Dios, porque en ellas no interviene la sabiduría de los hombres, una sabiduría a nuestro alcance, comprensible y explicable por la inteligencia humana, sino la misteriosa e incomprensible Sabiduría divina, la que dirige todas las cosas, pues es infinitamente más poderosa y más amante, y sobre todo más misericordiosa.

Y si la Sabiduría de Dios es incomprensible en sus caminos, y a veces desconcertante, será también incomprensible lo que prepara para los que esperan en ella y que sobrepasa infinitamente en gloria y belleza a lo que podamos imaginar o concebir: 

«Lo que ni el ojo vio, ni oído oyó, ni llegó al corazón del hombre, eso preparó Dios para los que le aman» (I Cor 2, 9). 

La sabiduría del hombre únicamente puede producir obras a la medida humana; sólo la Sabiduría divina puede llevar a cabo cosas divinas, y a esa grandeza divina nos tiene destinados. Esta debe ser, pues, nuestra fuerza frente al problema del mal y el dolor, no una respuesta filosófica, sino una confianza filial en Dios, en su Amor y en su Sabiduría. 

La certeza de que «todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios», y que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros» (Rom 8, 18).

La Paz interior, Jacques Philipe




LA TENTACIÓN EJERCITA LA VIRTUD



Es del máximo interés el soportar con toda paciencia cualesquiera molestias y todo contratiempo que acongoja nuestro espíritu, teniendo muy presente que forman nuestra cruz. 
Ayudad al Señor y llevad con él la cruz, de buen grado, con ánimo alegre, porque la cruz tenéis que llevarla siempre; y, si rehusáis alguna, en su lugar hallaréis otra más pesada. 
Puesta en Dios nuestra confianza y esperando su ayuda, no nos entretengamos con los halagos de los 
vicios. No hay que acobardarse ni detenerse jamás, sino que ininterrumpidamente hay que estar cobrando ánimos. 
Haced memoria de las aflicciones y de las grandes tentaciones que nuestros santos padres pasaron en el desierto. Lo que en su espíritu experimentaron fue para ellos mucho más grave que las penitencias y austeridades que impusieron a sus cuerpos. El que nunca es tentado ninguna virtud conseguirá. Someteos, pues, al divino beneplácito, ya que Dios nunca permite que seamos afligidos como no sea para nuestra salvación. Dice el evangelista: Quien quiera venir en pos de mí empiece por negarse a sí mismo; que quiere decir, olvidarse de sí mismo, no darse importancia a sí mismo, despreciarse a sí mismo, y desear ser despreciado por los demás. 
El Señor manda que tomemos nuestra cruz y que le sigamos, esto es, que suframos los padecimientos y las fatigas de nuestro cuerpo por amor a él, de la misma manera que él lo sufrió todo por amor a nosotros. 
Cuando los judíos descargaron la cruz de los hombros del Señor por miedo de que, desfallecido por los azotes y los tormentos, expirase antes de llegar al lugar donde tenía que ser crucificado, y se le cargaron a Simón, este la tomó de muy mala gana; y, aunque la llevó, de ninguna manera murió en ella como murió nuestro Señor, que libremente y por su propia voluntad la llevó y en ella expiró, entregando el alma a Dios su Padre: imitadle a él siguiendo su ejemplo. 
Tenéis vuestra cruz en las aflicciones, llevadla de buen grado hasta el fin y morid en ella entregando a Dios vuestra alma. Alabad a Dios y dadle gracias porque os ha llamado a su servicio. No despreciéis a nadie, ya que es voluntad de Dios que améis al prójimo como a vosotras mismas y a todas las hermanas, aun a las que os injurian o lo desean. 
Amad, sobre todo, dentro de vosotras mismas y poned sumo empeño en refrenar los desordenados 
movimientos de ánimo. Poned hoy algún remedio, mañana otro, y, de esta suerte, poco a poco venceréis y triunfaréis de todas las tentaciones; y, cuando el Señor vea vuestra buena voluntad y vuestra perseverancia, os dará su gracia y su ayuda para que llevéis las cargas de la vida religiosa hasta el fin y, por su amor, nada os resultará difícil de tolerar.

 De las Exhortaciones de la beata Francisca de Amboise a sus monjas  (Cap. XIII, Carmelus II [1964], pp. 254-255)

RECEMOS EL SANTO ROSARIO POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO


 - ¿Alguna vez se le ha aparecido algún alma del purgatorio pidiéndole que rezara un rosario con él o ella? 

- María Simma:
Sí, eso sucede. Recuerdo una vez, fue en los años 50, cuando viajaba en tren desde Bludenz. 
Era uno de esos días en los que había muchos viajeros, así que elegí, como hago habitualmente, el último vagón del tren. Subí y pronto encontré un compartimiento en el que viajaba solamente una mujer. Me senté a su lado. Todavía no me había acomodado cuando sacó un rosario de su bolso y dijo: "Bueno, aquí hay alguien que rezará el rosario conmigo". 
Lo primero que pensé fue: "Si hace lo mismo con todo el que entra, no me extraña que esté sentada aquí sola". Pero, por supuesto, yo estaba muy feliz de rezar con ella el rosario y en el tiempo que duró no entró nadie al compartimiento. 
Cuando terminamos dijo: "Gracias a Dios". Y desapareció al instante. 
Me encontré totalmente sola en el compartimento, mientras numerosas personas daban vueltas por los pasillos. 
Solo en ese momento fue cuando tuve el presentimiento de que se había tratado de un alma del purgatorio.

RECEMOS EL SANTO ROSARIO POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO

-Sáquennos de aquí, entrevista con María Simma-

MARÍA OFRECE A DIOS NUESTRAS PLEGARIAS



Decía el Venerable Raimundo Jordano, que María no puede dejar de amar a quien la ama, y no se desdeña de servir a quien le sirve, empleando, en favor de los pecadores, todo su poder de intercesión para conseguir de su Hijo divino, el perdón para esos siervos que la aman. 

Es tanta su benignidad y misericordia, prosigue diciendo, que ninguno, por perdido que se vea, debe temer postrarse a sus pies, pues no rechaza a nadie de los que a ella acuden. 

María, como amantísima abogada nuestra, ella misma ofrece a Dios las plegarias de sus siervos y señaladamente las que a ella se dirigen; porque así como el Hijo intercede por nosotros ante el Padre, así ella intercede por nosotros ante el Hijo y no deja de tratar ante ambos, el negocio de nuestra salvación y de obtenernos las gracias que le pedimos.


 (Las Glorias de María, san Alfonso Mª de Ligorio) 

MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA


El dogma de la maternidad divina de María es un tema central de la Mariología. Es el que da sentido y hace comprensibles todas las verdades que la teología cristiana afirma de Ella. 
Esto ha sido destacado por muchos Papas. Así Pío XII afirma:

“De la misión sublime de Madre de Dios parecen derivar, como de una fuente oculta y purísima, todos los privilegios y todas las gracias que adornan su alma y su vida”

También Pablo VI señala: “El tiempo de Navidad constituye una prolongada memoria de la maternidad divina, virginal, salvífica de Aquella cuya virginidad intacta dio a este mundo un Salvador"

Igualmente, el Papa Benedicto XVI indica:  “Del título de «Madre de Dios» derivan luego todos los demás títulos con los que la Iglesia honra a la Virgen, pero este es el fundamental.

Y el Papa Francisco también ha afirmado:

“María está desde siempre presente en el corazón, en la devoción y, sobre todo, en el camino de fe del pueblo cristiano… Madre de Dios es el título principal y esencial de la Virgen María. 


- MARÍA, MADRE DE DIOS Y DE LA IGLESIA , Concepcionistas misioneras de la enseñanza-

JESÚS ESTÁ EN EL CONFESIONARIO

 


¿Y qué me podría decir ante los que retorcidamente dicen que Jesús nunca nos dijo que teníamos que ir a un confesonario a confesarnos? 

María Simma: 

- A esos les sugiero que acudan a confesarse con un sacerdote contándole sus pecados claramente. Lo importante es que se digan claramente los pecados. Jesús dijo que nos arrepintiéramos y cuando lo hacemos, Él borra nuestros pecados y solo así Satanás deja de saber de ellos; ya no puede atraer a esa persona mediante ese pecado o atacarle a causa de la débil o inexistente relación con Dios. Pero quien se encuentra en el confesionario es Jesús, no un sacerdote. 

—¿Está usted segura? 

María Simma:

-Le cuento un caso que lo sorprenderá. Una abuela italiana quiso llevar a su nieto de ocho años al padre Pío para que hiciera su primera confesión. Estaba muy entusiasmada cuando llegó a la parroquia. El niño entró a confesarse y salió radiante de alegría. La abuela sabía qué apariencia tenía el padre Pío. Era bajo, gordito, casi calvo, de ojos muy oscuros y de unos sesenta y cinco años; aun así, le preguntó a su nieto: "Dime, ¿cómo era?". 

El niño respondió con mucha calma y con detalle: "¡Oh! Era alto y fornido, con ojos castaños, y pelo largo y castaño; tenía alrededor de treinta años".


(Sáquennos de aqui, entrevista con María Simma)


DE ELLA NACIÓ JESÚS


 

“Para contarnos toda la historia de la Virgen, bastan aquellas palabras: De qua natus est Iesus: de Ella nació Jesús. ¿Qué más deseas? ¿Qué más buscas en la Virgen? Debe bastarte saber que Ella es la Madre de Dios. Yo te pregunto: ¿qué belleza, qué virtud, qué perfección, qué gracia, qué gloria podía faltar a la Madre de Dios? Da rienda suelta a tus pensamientos, estimula tu osada imaginación: figúrate una virgen purísima, prudentísima, bellísima, devotísima, humildísima, dulcísima, llena de todas las gracias, superabundando en toda santidad, adornada con todas las virtudes, favorecida con todos los carismas, gratísima a Dios; agranda luego cuanto puedas la figura imponente de semejante virgen: María es aún más grande, más excelsa; superior a cuanto de más espléndido puedes imaginar” 

- Santo Tomás de Villanueva -


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