ORACIÓN DE LA MAÑANA
TESTAMENTO ESPIRITUAL DE SANTA BERNADETTE LA VIDENTE DE LOURDES
Bernardette, la vidente de Lourdes, no escribió estas palabras. Son de la escritora francesa Marcelle Auclair (1899-1983) quien, al escribir el libro sobre su vida, interpretó los más íntimos sentimientos de Bernadette, poniendo en boca de ella estas palabras, que pueden considerarse como su "Testamento espiritual". Fallecida a los 35 años en medio de la incomprensión y el dolor, Bernadette supo amar la cruz y transformarla en cántico de gratitud.
Por la pobreza en la que vivieron papá y mamá, por los fracasos que tuvimos, porque se arruinó el molino, por haber tenido que cuidar niños, vigilar huertos frutales y ovejas y por mi constante cansancio... te doy gracias, Jesús.
Te doy gracias, Dios mío, por el fiscal y por el comisario, por los gendarmes y por las duras palabras del padre Peyramale...
No sabré cómo agradecerte, si no es en el paraíso, por los días en que viniste, María, y también por aquellos en los que no viniste. Por la bofetada recibida y por las burlas y ofensas sufridas, por aquellos que me tenían por loca, y por aquellos que veían en mí a una impostora; por aquel que trataba de hacer un negocio... te doy gracias, Madre.
Por la ortografía que jamás aprendí, por la mala memoria que siempre tuve, por mi ignorancia y por mi estupidez, te doy las gracias.
Te doy las gracias porque si hubiese existido en la tierra un niño más ignorante y estúpido, tú lo hubieses escogido.
Porque mi madre haya muerto lejos. Por el dolor que sentí cuando mi padre, en vez de abrazar a su pequeña Bernardita, me llamó "Hermana María Bernarda"... te doy las gracias.
Te doy las gracias por el corazón que me has dado, tan delicado y sensible, y que colmaste de amargura.
Porque la Madre Josefa anunciase que no sirvo para nada, te doy las gracias. Por el sarcasmo de la madre maestra, por su dura voz, por sus injusticias, por su ironía y por el pan de la humillación... te doy las gracias.
Gracias por haber sido como soy, porque la Madre Teresa pudiese decir de mí: "Jamás le cedáis lo suficiente".
Doy las gracias por haber sido una privilegiada en la indicación de mis defectos y que otras hermanas pudieran decir: ¡Qué suerte que no soy Bernardita!
Agradezco haber sido la Bernardita a la que amenazaron con llevar a la cárcel porque te vi a ti, Madre... Agradezco que fui una Bernardita tan pobre y tan miserable que, cuando me veían, la gente decía: "¿Esa cosa es ella?". La Bernardita que la gente miraba como si fuese el animal más exótico.
Por el cuerpo que me diste, digno de compasión y putrefacto... por mi enfermedad que arde como el fuego y quema como el humo, por mis huesos podridos, por mis sudores y fiebre, por los dolores agudos y sordos que siento... te doy las gracias, Dios mío.
Y por el alma que me diste, por el desierto de mi sequedad interior, por tus noches y tus relámpagos, por tus rayos... por todo. Por ti mismo, cuando estuviste presente y cuando faltaste... te doy las gracias, Jesús...
(Texto publicado originalmente por Religión en libertad el 24 febrero 2015).
𝐋𝐀 𝐂𝐎𝐍𝐅𝐄𝐒𝐈𝐎́𝐍, 𝐔𝐍 𝐍𝐔𝐄𝐕𝐎 𝐀𝐌𝐀𝐍𝐄𝐂𝐄𝐑 por Mario Anzorena, S.J
¿VALE LA PENA CONFESARSE?
¿Vale la pena confesarse...?. Usted no está seguro ni de eso... Sabe que es débil... Sabe que tal vez vuelva a caer: no es de hierro ni de granito. Está en un mundo en dónde no es fácil la virtud. En donde la verdad, la honestidad, la justicia, la castidad, la mansedumbre... ¡no dan dividendos! ¿Vale la pena confesarse...? ¿Vale realmente la pena...?
Y sin embargo, allí, dentro de Ud., a pesar de todos los argumentos en contra, Ud. sabe que vale la pena... Hay algo: un lastre que le pesa y que no le deja vivir... hay una sensación desagradable, insufrible, del que tiene las manos sucias... del que siente que sus ojos están sucios... y que su alma está sucia... Ese hombre se convence de que tiene, de alguna manera, que empezar de nuevo... Como en los viejos tiempos de la Escuela primaria cuando a hurtadillas arrancaba una o dos hojas del cuaderno de clase para que no hubiese en él ningún borrón... ¿Habrá alguna fórmula sencilla para arrancar hojas del cuaderno de la vida, y limpiar todas las manchas descargando nuestra conciencia...?
Hay gente que dice que ha encontrado esa fórmula. Van a un psiquiatra, o a un psicoanalista. A él le descubren su conciencia,. Y tratan de investigar el origen de sus errores y fracasos... Hablan durante horas en el consultorio psiquiátrico, tratando de hallar la serenidad perdida... Pero es difícil reconquistar la paz. Lo que han dicho, está dicho, lo que hicieron, hecho está... Nadie puede borrar de la mente totalmente su pasado, ni hacer desaparecer las cicatrices de sus recuerdos con un monólogo, como si fuese una goma de borrar...
Pero hablando, y hablando... –reconozcámoslo- uno se desahoga... Al compartir sus secretos, sus fracasos, su vida..., con otro, humanamente se libera. Es como si de pronto, consiguiésemos un amigo, un socio, un cómplice... Entre dos es más fácil llevar la carga, y compartir la responsabilidad de la vida diaria...
LA PARTE HUMANA DE LA CONFESIÓN
Este es también la parte humana de la confesión. La confesión descarga la conciencia, y la apuntala en el otro... con esta ventaja: que la confesión no son ni los honorarios, ni la idoneidad profesional, lo que hace que el otro escuche. No, en la confesión hay algo más. Aún en el plano humano Ud. se siente más seguro, más protegido en su confidencia, y en la serenidad del posterior consejo de ese hombre consagrado. Sabe que conscientemente no puede mentir, y que no le puede fallar..., y de que de sus labios no escapará ninguna infidencia, ni le perjudicará con el prejuicio, la pasión, o la prevención humana... el tiene que dar cuenta a Dios de todo lo que haga y diga: no se puede poner a inventar una nueva moral ni un nuevo dogma.
En la confesión hay, además algo que ayuda a la reconstrucción de nuestra personalidad... Esta por el conflicto diario está en cierta manera deteriorada... ¿Cuál es la raíz de tantas personalidades fragmentadas? El que toda esa gente rehuye consciente e inconscientemente asumir sus propias responsabilidades. Buscan en el escapismo y la evasión, huir de su vida. Son “desertores” del puesto que la providencia les ha confiado: madres neurasténicas; esposos infieles; empleados deshonestos; hijos desobedientes; adolescentes en rebeldía. Inútilmente buscan alguien a quien echar la culpa de su desacomodación... Pero es inútil: ellos son los únicos culpables... Deberían a aprender a aceptarse a sí mismos y a su destino... Deberían aprender alegre y conscientemente su responsabilidad frente a Dios...
En el psicoanálisis Ud. descarga su responsabilidad en el otro. En la confesión Ud. la asume frente a Dios. En el primero, se busca una transferencia y una explicación. Ud.,. se pone una etiqueta y se siente liberado... En la confesión Ud. es a la vez acusador, fiscal y juez de sí mismo... Ud. enfrenta su vida: no pone un polvo cicatrizante encima de la herida infectada... No la airea, la trata de curar... Si la cerrase sin antes haberla curado sería peor...
¡Que alivio se siente cuando uno al fin se siente dueño y responsable de su vida...! ¡Ud. es responsable! ¡Ud. es libre...! Si en su acusación hay sencillez y esperanza, Ud. está en vías de curarse... Pero, para eso, tiene que hacer su confesión delante de Dios...
¿Dios...? ¡Que pocas veces pensamos en Dios! ¡Que pocas veces sentimos a Dios...! Para la mayorías es algo oscuro y misterioso que le da miedo... Un ser infinito, y lejano, siempre silencioso... Y no es así... Está cerca suyo... Y lo va a sentir en la medida que Ud. se coloque en su verdadera medida... Sea Ud. humilde, no se haga el Dios... Si cae de rodillas frente a Dios lo conocerá a Dios... Si, precisamente cuando nos sentimos pecadores, es cuando estamos en vías de curarnos... ¿por qué? Porque allí, frente a nuestra miseria aprendemos a ser humildes –una virtud desconocida hoy...- y a través de ella reconocemos a Dios tal cual es...
Una de las dimensiones más impresionantes de Dios, es su misericordia... La misericordia es el amor de Dios por el pecador. Dios –entendámonos- no ama el pecado, pero sí al pecador... el vino a decirnos que “era amigo de pecadores...” “que no venía por los justos, sino por los pecadores” Y que “hay más gozo en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve que hacen penitencia”. La misericordia es la dimensión infinita del perdón de Dios. Quien cayendo de rodillas en la confesión haya sentido alguna vez que Dios le perdona, sin condiciones... El que sienta como otrora la mujer adúltera la pregunta de Cristo: ¿nadie te ha condenado, mujer...? Pues yo tampoco te condenaré, pero no quieras más pecar comprenderá cuan necesaria sea en su vida la confesión. Pero no una confesión "rutinaria", "ritual"... una de esas etiquetas sin contenido... No: la confesión tiene que ser auténtica, comprometida, verdadera... Esa es la confesión que le sugerimos que haga en esta semana... Será un comienzo de Vida verdadera. Como el comienzo de la sinfonía de una orquesta... Un canto a la vida... Un nuevo amanecer.
¿Por qué buscamos excusas para no confesarnos? La gran mayoría de las veces porque la confesión nos humilla... O porque no nos perdonamos... o porque nos parece inútil confesarnos, si tenemos la convicción de que volveremos a caer... ¿De qué vale vaciar el tarro de basura -me dijo alguien alguna vez- si después lo volveremos a llenar... ?
Empecemos por lo último: con ese argumento nadie nunca haría nada... Ni se cortaría el pelo, ni se lavarían las manos... Hay gestos trascendentes en la vida... Gestos definitivos e irrevocables... Pero hay otros que hay que repetir sin cesar... Ud., por ejemplo, no puede tomar la decisión de guardar el equilibrio de ahora para siempre... Lo tiene que guardar en cada instante, si no resbala, cae, se viene abajo... Ese es el género de propósito que debemos aprender a hacer en la confesión... En resumidas cuentas, es el mismo que Ud. tiene que hacer cuando va al médico y se compromete a tomar los remedios y a cuidarse...
Porque tiene que persuadirse que estamos todo un poco enfermos... Enfermos de sexualidad, de egoísmo, de envidia, de rencores, de violencia, de resentimiento, de pasiones mal domadas, de agravios, de mentiras, de injusticias, y de mil cosas más... Hay gente que frente a este hecho de experiencia diaria, se contenta con decir: "... Yo soy así..." "Es mi naturaleza y no la puedo cambiar" Esa frase es falsa. Refleja una cobardía y una comodidad. Es en el fondo un suicidio... Ud. tiene que aceptar su vida como un punto de partida, pero no puede renunciar a progresar...
Ud. progresa en el plano material anhela mayores comodidades de las que tiene: una heladera mejor; una casa mejor; unas vacaciones mejores; un mejor puesto; un mejor sueldo... Todo está bien, pero anhele también progresar espiritualmente... Cada día tiene que ser un poco mejor... Hoy mejor de lo que fue ayer, mañana mejor de lo que es hoy.
No pacte con sus defectos... No cierre sus ojos ante sus contradicciones... No niegue sus errores... No quiera defender sus vicios... No los pregone si no quiere, pero reconózcalos delante de Dios... Delante de Él sea humilde: es la simple actitud que uno tiene delante del médico a quien le enseña sus llagas, y le habla de su enfermedad.
Volvamos a ser sinceros con Dios. Ud. no es de hierro ni de mármol... Reconozca delante de El que es un pecador... "Señor quiero ver... " Señor ¡quiero curarme!" Busque con Dios su verdadero progreso... No lo haga consistir en ambicionar un lavarropas o un auto...
Aunque haga años que Ud. no se confiesa... Aunque haga se haya olvidado las oraciones, y apenas si sepa hacer la señal de la Cruz... Ud. puede confesarse. Lo más importante es que ese encuentro con Dios sea inolvidable... ¡Qué Ud. se acerque a Él con deseo de sanarse! ¡Que con un grito de sinceridad diga en la confesión: "¡Señor! ¡Pequé...!"
No improvise su confesión: haga previamente un examen de conciencia... Recuerde cuánto tiempo hace, más o menos, de su última confesión, y eso dígalo al principio de su confesión. Luego, siguiendo los mandamientos diga los pecados que recuerde con sus circunstancias agravantes... Frente a problemas pendientes, proponga sus dudas, y las soluciones a las que ha echado mano hasta ahora... Pida consejo al sacerdote: recuérdelo, es hermano suyo y tiene la obligación de ayudarle...
Al terminar su confesión escuche la penitencia que se le da. Son unas oraciones, o es tal vez, una meditación, o algo que se le pide que haga... Si no puede hacerlo dígaselo francamente al sacerdote. Y luego mientras él rece la absolución sobre su cabeza inclinada, rece el acto de contrición con toda sinceridad... Si no la recuerda, pídale perdón a Dios con sus propias palabras... Sentirá una nueva Vida, se lo garantizo...
Volvamos a la pregunta inicial: ¿A Ud. le cuesta mucho confesarse?... Le decíamos al principio: No nos extraña a todos nos cuesta... Pero ¡qué bien se siente uno después que se ha confesado bien!... Es la sensación de bienestar que uno siente después de arreglar su ropero, o su habitación... A la tranquilidad que uno siente después que ha pagado una deuda... A la paz y felicidad que uno goza cuando después de la operación el médico le dice: ¡Amigo, la operación ha sido brava, pero Ud. se ha salvado!.. Goce Ud. también de esa terapéutica de Dios... Es el mejor regalo divino, y está allí a su mano...
EL SEÑOR CREÓ Y REDIMIÓ A SUS SIERVOS (San Agustín)
Él es el pan bajado del cielo; pero es un pan que rehace sin deshacerse, un pan que puede sumirse, pero no con-sumirse. Este pan estaba simbolizado por el maná. Por eso se escribió: Les dio un trigo celeste; y el hombre comió pan de ángeles. Y ¿quién sino Cristo es el pan del cielo? Mas para que el hombre comiera pan de ángeles, se hizo hombre el Señor de los ángeles. Si no se hubiera hecho hombre no tendríamos su carne, no comeríamos el pan del altar. Apresurémonos a tomar posesión de la herencia, de la que tan magnífica prenda hemos recibido.
Hermanos míos: deseemos la vida de Cristo, pues que tenemos en prenda la muerte de Cristo. ¿Cómo no ha de darnos sus bienes el que ha padecido nuestros males? En esta tierra, en este mundo malvado, ¿qué es lo que abunda sino el nacer, el fatigarse y el morir? Examinad las realidades humanas y convencedme si es que estoy equivocado. Considerad, hombres todos, y ved si hay en este mundo algo más que nacer, fatigarse y morir. Esta es la mercancía típica de nuestro país, esto es lo que aquí abunda. A por tales mercancías descendió el divino Mercader.
Y como quiera que todo mercader da y recibe: da lo que tiene y recibe lo que no tiene —cuando compra algo, paga el precio estipulado y recibe el producto comprado-, también Cristo, en este mercado del mundo, da y recibe. Y ¿qué es lo que recibe? Lo que aquí abunda: nacer, fatigar-se y morir. Y ¿qué es lo que dio? Renacer, resucitar y eternamente reinar. ¡Oh Mercader bueno, cómpranos! Mas ¿por qué digo cómpranos, si lo que debemos hacer es darle gracias por habernos comprado?
Nos entregas nuestro propio precio: bebemos tu sangre; nos entregas nuestro propio precio. El evangelio que leemos es el acta de nuestra adquisición. Somos siervos tuyos, criatura tuya somos; nos hiciste, nos redimiste. Comprar un siervo está al alcance de cualquiera, pero crearlo no. Pues bien, el Señor creó y redimió a sus siervos.
Los creó para que fuesen; los redimió para que cautivos no fuesen. Habíamos caído en manos del príncipe de este mundo, que sedujo a Adán y lo hizo esclavo. Y comenzó a poseernos como herencia propia. Pero vino nuestro Redentor y fue vencido el seductor. Y ¿qué es lo que nuestro Redentor hizo con nuestro esclavizador? Para pagar nuestro precio tendió la trampa de su cruz, poniendo en ella como cebo su propia sangre. Sangre que el seductor pudo verter, pero que no mereció beber.
Y por haber derramado la sangre de quien no era deudor, fue obligado a restituir los deudores. Derramó la sangre del Inocente, fue obligado a dejar en paz a los culpables. Pues en realidad el Salvador derramó su sangre para borrar nuestros pecados. La carta de obligación con que el diablo nos retenía fue cancelada por la sangre del Redentor. Amémosle, pues, porque es dulce. Gustad y ved qué bueno es el Señor.
San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
De los sermones (Sermón 130, 2: Edit. Maurist. t. 5, 637-638) (del lecc. par-impar)
REPARACIÓN POR LA BOFETADA DADA A JESÚS NE CASA DE ANÁS
(Tomado de la Novena a Jesús Nazareno centro de todo amor en el piadoso paso de la cruel bofetada Que sufrió en la casa del Pontífice Anás)
Libra mi alma y mi cuerpo del pecado
Oh Jesús, con salivas afeado, libra mi alma y mi cuerpo del pecado.
Oh cuello, con tal soga lastimado, libra mi alma y mi cuerpo del pecado.
Oh rostro tierno, de mi pecho amado, libra mi alma y mi cuerpo del pecado.
Oh Cristo, con crueldades maniatado, libra mi alma y mi cuerpo del pecado.
Oh bellísimo rostro abofeteado, libra mi alma y mi cuerpo del pecado.
Oh corazón sin lástima angustiado, libra mi alma y mi cuerpo del pecado.
Oh mi amor, bien herido y mal pagado, libra mi alma y mi cuerpo del pecado.
Y diré al ver tu sangre derramada, mi amor sea el Cristo de la bofetada.
Y diré al ver tu cara señalada, mi amor sea el Cristo de la bofetada.
Y diré al ver en ti la mano armada, mi amor sea el Cristo de la bofetada.
Y diré al ver tu vista ensangrentada, mi amor sea el Cristo de la bofetada.
Y diré al ver tu barba despoblada, mi amor sea el Cristo de la bofetada.
Y diré al ver tu tanta belleza ajada, mi amor sea el Cristo de la bofetada.
Mi Señor, mi redentor, mi amor, por la cruel bofetada que por mí sufriste
Sé tú mi amor, pues por mi amor moriste,
Por las gotas desangre que vertiste,
Sé tú mi amor, pues por mi amor moriste,
Por el golpe que en la tierra diste,
Sé tú mi amor, pues por mi amor moriste,
Por las palabras que al agresor dijiste,
Sé tú mi amor, pues por mi amor moriste,
Por los ojos con que a Malco viste,
Sé tú mi amor, pues por mi amor moriste,
Por la garganta que a la soga diste
Sé tú mi amor, pues por mi amor moriste,
Por las manos que a al lazo ofreciste,
Sé tú mi amor, pues por mi amor moriste,
Por tu tierno corazón tan triste,
Sé tú mi amor, pues por mi amor moriste.
V. Te adoramos Jesús Nazareno abofeteado.
R. Por redimirnos del pecado.
Oración: Mi Dios, mi Amor, mi Jesús y todo mi bien; lucidísimo sol inflamado en amor de los hombres, y por eso de mis entrañas vida, y de mi alma amante esposo: estampa en mi corazón estas afrentas e injurias que padeciste en el tribunal de Anás, y pues eres mi cabeza, Dios de infinito amor y yo tu miembro, aunque pecador, úneme todo contigo, para que mis pensamientos, obras y palabras, sean gratas a tus divinos ojos. Imprime en mi alma las virtudes que enseñaste, cuando te estrelló contra la tierra, al golpe de un bofetón, para que saliéndome de corazón y voluntad toda su práctica, que es señal de ser perfectas, por ellas te desagravie y logre la dicha de ver tu hermosura en la patria celestial. Amén.
(Tomado de la Novena a Jesús Nazareno centro de todo amor en el piadoso paso de la cruel bofetada Que sufrió en la casa del Pontífice Anás)
NO ES LÍCITO MENTIR A DIOS
NOMBRES APROPIADOS AL ESPÍRITU SANTO
Son muchos los nombres que la tradición, la liturgia de la Iglesia y la misma Sagrada Escritura apropian el Espíritu Santo. Se le llama Espíritu Paráclito, Espíritu Creador, Espíritu Consolador, Espíritu de verdad, Virtud del Altísimo, Abogado, Dedo de Dios, Huésped del alma, Sello, Unión, Nexo, Vínculo, Beso, Fuente viva, Fuego, Unción espiritual, Luz beatísima, Padre de los pobres, Dador de dones, Luz de los corazones, etc. Vamos a examinar brevemente los fundamentos de esos nombres apropiados al Espíritu Santo.
1. Espíritu Paráclito.—El mismo Jesucristo emplea esta expresión aludiendo al Espíritu Santo (Jn 14,16 y 26; 15,26; 16,7). Algunos la traducen por la palabra Maestro, porque dice el mismo Cristo poco después que «os enseñará toda verdad» (Jn 14,26). Otros traducen por Consolador, porque impedirá que los apóstoles se sientan huérfanos con la suavidad de su consolación (Jn 14,18). Otros traducen la palabra 'Paráclito por Abogado, que pedirá por nosotros, en frase de San Pablo, «con gemidos inenarrables» (Rom 8,26).
2. Espíritu Creador.— «El Espíritu Santo—dice Santo Tomás—es el principio de la creación» “ . La razón es porque Dios crea las cosas por amor, y el amor en Dios es el Espíritu Santo. Por eso dice el salmo: «Envía tu Espíritu y serán creadas» (Sal 103,30).
3. Espíritu de Cristo.—El Espíritu Santo llenaba por completo el alma santísima de Cristo (Le 4,1). En la sinagoga de Nazaret, Cristo se aplicó a sí mismo el siguiente texto de Isaías: «El Espíritu Santo está sobre mí» (Is 61,1; cf. Le 4,18). Y San Pablo dice que, «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es de Cristo» (Rom 8,9); pero «si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús habita en vosotros..., dará también vida a vuestros cuerpos mortales por virtud de su Espíritu, que habita en vosotros» (Rom 8,11).
4. Espíritu de verdad.— Es expresión del mismo Cristo aplicada al Espíritu Santo: «El Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce» (Jn 14,17). Significa, según San Cirilo y San Agustín, el verdadero Espíritu de Dios, y se opone al espíritu del mundo, a la sabiduría embustera y falaz. Por eso añade el Salvador «que el mundo no puede recibir», porque «el hombre animal no percibe las cosas del Espíritu de Dios. Son para él necedad y no puede entenderlas, porque hay que juzgarlas espiritualmente» (1 Cor 2,14).
5. Virtud del Altísimo.—Es la expresión que emplea el ángel de la anunciación cuando explica a María de qué manera se verificará el misterio de la Encarnación: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Le 1,35). En otros pasajes evangélicos se alude también a la «virtud de lo alto» (cf. Le 24,49).
6. Dedo de Dios.—En el himno Veni, Creator Spiritus, la Iglesia designa al Espíritu Santo con esta misteriosa expresión: «Dedo de la diestra del Padre»: Digitus pater- rtaé dexterae. Es una metáfora muy rica de contenido y muy fecunda en aplicaciones. Porque en los dedos de la mano, principalmente de la derecha, está toda nuestra potencia constructiva y creadora. Por eso la Escritura pone la potencia de Dios en sus manos: las tablas de la Ley fueron escritas por el «dedo de Dios» (Dt 9,10); los cielos son «obra de los dedos de Dios» (Sal 8,4); los magos del faraón hubieron de reconocer que en los prodigios de Moisés estaba «el dedo de Dios» (Ex 8,15; Vulg. 19), y Cristo echaba los demonios «con el dedo de Dios» (Le 11,20). Es, pues, muy propia esta expresión, aplicada al Espíritu Santo, para significar que por El se verifican todas las maravillas de Dios, principalmente en el orden de la gracia y de la santificación.
7. Huésped del alma.—En la secuencia de Pentecostés se llama al Espíritu Santo «dulce huésped del alma»: dulcís hospes animae. La inhabitación de Dios en el alma del justo corresponde por igual a las tres divinas personas de la Santísima Trinidad, por ser una operación ad extra (cf. Jn 14,23; 1 Cor 3,16-17); pero como se trata de una obra de amor, y éstas se atribuyen de un modo especial al Espíritu Santo, de ahí que se le considere a El de manera especialísima como huésped dulcísimo de nuestras almas (cf. 1 Cor 6,19).
8. Sello.—San Pablo dice que hemos sido «sellados con el sello del Espíritu Santo prometido» (Ef 1,13), y también que «es Dios quien nos confirma en Cristo, nos ha ungido, nos ha sellado y ha depositado las arras del Espíritu en nuestros corazones» (2 Cor 1,21-22).
9. Unión, Nexo, Vínculo, Beso...—Son nombres con los que se expresa la unión inseparable y estrechísima entre el Padre y el Hijo en virtud del Espíritu Santo, que procede de los dos por una común espiración de amor.
10. Fuente viva, Fuego, Caridad, Unción espiritual.-- Expresiones del himno Veni, Creator, que encajan muy bien con el carácter' y personalidad del Espíritu Santo.
11. Luz beatísima, Padre de los pobres, Dador de dones, Luz de los corazones...—Todas estas expresiones las aplica la santa Iglesia al Espíritu Santo en la magnífica secuencia de Pentecostés, Veni, Sánete Spiritus
Estos son los principales nombres que la Sagrada Escritura, la tradición cristiana y la liturgia de la Iglesia apropia al Espíritu Santo por la gran afinidad o semejanza que existe entre ellos y los caracteres propios de la tercera persona de la Santísima Trinidad. Todos ellos, bien meditados, encierran grandes enseñanzas prácticas para intensificar en nuestras almas el amor y la veneración al Espíritu santificador, a cuya perfecta docilidad y obediencia está vinculada la marcha progresiva y ascendente hacia la santidad más encumbrada
(P. Antonio Royo Marín)
CONSEJOS DE SANTA TERESA DE JESÚS
𝙎𝙀𝙍 𝙁𝙄𝙀𝙇 𝙀𝙉 𝙇𝙊 𝙋𝙊𝘾𝙊
Un principio que nunca falla en la espiritualidad es que quien no se mortifica en los pequeños deleites tampoco será capaz de dominarse cuando lleguen los más impactantes atractivos del placer. Aquí sí que se cumple lo que decía Jesús: "Quien no es capaz de ser fiel en lo poco, tampoco será capaz de ser fiel, en lo mucho" (Lc 19, 17). Aunque los pequeños placeres no sean culpas graves ni ofendan a Dios, notoriamente, sin embargo el no ser capaz de hacer el sacrificio de abstenerse de ellos, va debilitando la voluntad y la prepara negativamente para que cuando lleguen los grandes combates ya no sea capaz de resistir. Así por ejemplo ciertas demostraciones muy sensibles de cariño: miradas demasiado afectuosas, comer frecuentes golosinas durante el día, andar mirando con curiosidad a los alrededores, vivir oyendo con curiosidad noticias del mundo y habladurías de los demás, no ser capaz de callar ciertas vivezas que llegan a la mente, etc. Todo esto no será una ofensa grande a Dios, pero si contribuye mucho a debilitar la voluntad.
No olvidemos nunca el aviso de san Pablo: "Si vivimos dándoles gusto a las inclinaciones de la carne, terminaremos muy mal. Pero si con la ayuda del Espíritu Santo refrenamos los deseos del cuerpo, terminaremos teniendo vida plena" (Rm 8, 13).
(El combate espiritual, P. Lorenzo Scúpoli)
EL AMOR PURO EN EL CIELO (MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA)
Qué feliz es Dios...! ¡Qué Ser tan dichoso...! ¡Qué alegría tan infinita la de mi Señor...!
Todo Él es contento, en tal infinitud, plenitud y fecundidad de ser contento y dichoso, que Tres se es.
Amor, yo necesito vivir en la Eternidad para ser robada por ti.
Mi bienaventuranza esencial consiste en gloriarme en que Tú seas tan feliz, en gozarme en que Tú seas Dios. ¿Cómo serás Tú, cuando toda esta exigencia casi infinita que me abrasa de felicidad, de ser dichosa, de gozarme, quedará saturada y excedida en su necesidad de glorificación, al verte a ti tan feliz, tan dichoso y tan Ser, de forma que mi bienaventuranza consistirá, en su parte esencial, en ser robada por tu felicidad?
Amor, eres tan feliz, ¡tanto..., tanto..., tanto!, que, al contemplarte a ti, yo quedaré eternamente feliz de saber que Tú eres tan dichoso. ¿Qué serás Tú, cuando, al contemplarte a ti, olvidada de mí, tendré mi gloria y gozo máximo en verte tan dichoso, en que Tú te seas como te eres en tu vida esencial y trinitaria...? ¿Cómo serás y de qué manera, que el alma, al contemplarte, tendrá su felicidad máxima, rebosante de alegría y dicha, olvidada de sí, en que Tú seas feliz...? ¡Qué felicidad exhalará tu ser y comunicarás de la sobreabundancia del contento eterno que Tú te tienes, cuando sólo el saber lo dichoso que te eres Tú hará al alma, creada para participar del Infinito, dichosa por toda la Eternidad!
Amor, necesito decir el motivo de por qué en el cielo estaremos todos en el grado máximo de amor puro según nuestra capacidad, ¡y no puedo y no sé...! ¡Oh mi Trinidad Una!, yo sé que he sido creada para poseerte; para ser Dios por participación y vivir de tu vida; para engolfarme en ti; para saborearte, saberte, mirarte... sin nada ni nadie que me lo impida; para tenerte a ti por siempre y ser toda yo una trinidad en pequeño, imagen de tu Trinidad, participando de tu perfección y siendo alegría de tu alegría.
Pero hay algo en mí que yo me sé y que veo sobrepasa casi infinitamente todas estas tendencias puestas por ti en mi alma, y es la necesidad urgente de gloriarme en que Tú seas tan feliz; no tanto en lo que Tú me des, ni en recibir mi recompensa, sino en saber yo que tendré la alegría eterna y el gozo casi infinito y purísimo al verte a ti tan feliz, al saber que Tú te eres tan contento y al amarte por lo que te eres y no por lo que me das.
Sé que eres de tal perfección y felicidad en ti mismo, que verte a ti gozar será nuestra mayor alegría; no tanto el gozar nosotros de tu vida, sino el ver que Tú gozas y de la manera que gozas. Eres tan glorioso, ¡tanto, tanto...!, que todas las almas, por egoístas que hayan sido en la vida mirándose a sí mismas y buscando su felicidad propia, al contemplarte a ti tan dichoso, serán en todo su ser un grito de alegría que romperá en amor purísimo; dándote gracias, no tanto de que Tú la hayas hecho tan feliz, sino de que Tú te seas feliz.
¡Qué feliz es Dios!, ¡qué irradiación de gozo tan infinita y eterna la de su ser!, que todos los bienaventurados, en el momento de contemplarle a Él, quedarán olvidados de sí, en adoración profunda de amor rendido, entonando un Santo eterno de agradecimiento glorioso al Ser que, de tanto ser feliz, se es Tres. De tal manera se es Dios feliz que, por sérselo Él, todos lo seremos, teniendo nuestro gozo esencialísimo y nuestro amor puro en gozarnos de verle a Él tan contento, tan feliz y tan ser. Por eso el alma, en el momento de entrar en la Eternidad, queda, según su capacidad, hecha un acto de amor puro. Ya que la felicidad del Infinito ha excedido y rebasado tan infinitamente la necesidad que ella tiene de ser feliz, que esa misma felicidad del Infinito, dejándola olvidada de sí, la pone en este acto de amor puro que consiste en gozarse y alegrarse en que Dios sea tan ser, tan dichoso y tan infinito; siendo toda ella un himno de gloria que le dice: Amor, me has robado de tal forma, que mi alegría más grande es saber que Tú eres tan feliz, y darte gracias por ello.
Y como consecuencia de esta primera gloria esencial y purísima que el alma tiene de gozarse en que Dios sea Dios, viene esta otra, al verse ella, en ese mismo instante, hecha Dios por participación, hundiéndose con las divinas pupilas en la contemplación del Infinito, y rompiendo en una participación eterna del Verbo, siendo toda ella Verbo que le dice a Dios, según su capacidad, lo que Él es, y amando a Dios como lo necesita, por participación en el Espíritu Santo.
Llena de contento, se goza el alma en que ella es Dios por participación, y porque ella proporciona a todos los bienaventurados el gozo de verla tan Dios y tan feliz; teniendo como gloria esencialísima la alegría de gozarse en Dios, en que Él es tan feliz y dichoso, y su segunda gloria, esencial también, en participar de Dios, ya que se goza, no tanto en que ella le participe, sino en el contento accidental de Dios al darse a participar por su criatura. De tal forma hace Dios al alma ser Él por transformación, que ella es también el gozo de todos los bienaventurados. Y como cada uno de ellos participa así de Dios y goza así de Él, resulta que, siendo Dios todo en todos, sólo hay un grito en el cielo: gozarse en Dios, en que Él se es tan feliz en sí mismo, y en que Él es tan feliz al hacer dichosos a todos los bienaventurados.
Siendo Dios todo en todos, y siendo todos Dios por participación, no habrá en el cielo más que Dios, porque todos nos amaremos unos a otros y nos gozaremos unos de otros, al ver en cada uno a Dios y cómo cada uno le ama y está en el grado máximo de amor puro, amándole según su capacidad. Ya comprendo, Amor, por qué en el cielo todos nos amaremos tanto. Porque yo veré allí que todos tienen su alegría esencial en verte a ti tan dichoso; y, como todos están en ese grado máximo de amor que consiste en gozarse al verte a ti tan feliz, mi alma será también una acción de gracias a todas las almas porque te aman así.
Yo te daré gracias eternamente de que Tú seas tan dichoso, y te daré gracias eternamente, oh Amor, porque todos los seres que de ti participen tengan su mayor contento, estando en el grado máximo según su capacidad, en darte gracias de que Tú seas tan feliz, tan Ser, tan Dios, tan Uno y tan Tres, pues yo no tengo más contento que el de verte a ti tan contento, el de saberte tan feliz, el de contemplarte tan eterno.
MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA
Fundadora de La Obra de la Iglesia
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La Madre Trinidad nació en Dos Hermanas (Sevilla) el 10 de febrero de 1929.
Sus diecisiete primeros años serán el vivir sencillo y desapercibido de una jovencita buena en una familia acomodada y cristiana.
Pero Dios, en sus insondables designios, transformó con fuerza aquella vida sencilla de la joven Trinidad. Grandes donaciones de Dios irían marcando las etapas de su existencia para la misión que le quería dar en la Iglesia.
El día de la Inmaculada, en la parroquia de Santa María Magdalena, pronunciará su entrega a Dios ante la imagen de la Virgen: «Seré tuya y para siempre» marcando así sus primeros y definitivos pasos.
Largas horas, todo lo que le permite su trabajo en el negocio familiar de calzados, las pasará junto a Jesús en la Eucaristía, y detalles preciosos harán que Jesús se constituya en su único Maestro.
Por razones familiares, en 1955 se traslada a Madrid. A la intimidad con Jesús se unirán allí algunas luces proféticas que la hacen entrever su futuro «al frente de una gran Obra».
Pocos años más tarde, por un regalo singularísimo Dios la introduce en su vida íntima.
El 18 de marzo de 1959, la Madre Trinidad vivió una profunda experiencia mística en Madrid, sintiéndose introducida en el misterio de la vida trinitaria para vivir y manifestar la riqueza de la Iglesia, ayudando al Papa y obispos.
El Papa san Juan Pablo II, en el decreto de Aprobación Pontificia, quiso señalar aquel día, 18 de marzo de 1959, como el principio de La Obra de Iglesia, a pesar de que la Madre Trinidad no pensaba entonces en una fundación. Pero la Obra que el Señor quería hacer por su medio en la Iglesia, sí estaba comenzando, y lo hacía con una acción esplendorosa y especialísima del Señor en su alma.
El día de Pentecostés de 1963 el Señor le pedirá: «Hazme la Obra de la Iglesia» «Con lo que te he dado ya sabes lo que tienes qué hacer».
Lo que el Señor hizo en ella el 18 de marzo es lo que ella tiene que hacer en la Iglesia, respondiendo a la necesidad impuesta por Dios en su alma: «Vete y dilo, esto es para todos».
La Obra de la Iglesia es una institución de derecho pontificio fundada por la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia.
Está formada por tres Ramas de vida consagrada, sacerdotal, masculina seglar y femenina, que forman el cuerpo central de la Obra; así como por otros grupos que abarcan todos los estados y vocaciones en la Iglesia: personas casadas, solteras, consagradas a Dios privadamente, jóvenes y niños. Todos con la misma misión de vivir profundamente su ser de Iglesia en una vida sencilla, siempre al lado del Papa y los Obispos, para ayudarles con su vida y su palabra a hacer la obra que Cristo les encomendó.
A través de sus centros de apostolado y parroquias, buscan llevar a todos la luz que el Señor puso en el alma de la Madre Trinidad para ayudar a la Iglesia.
VIRTUDES DE SAN JOSÉ
Hombre de fe:
La fe de José es admirable, está a la misma altura de la fe de Abrahán, el Padre de todos los
creyentes, el que creyó a pesar de todo, el que creyó cuando todo se hundía, el que creyó contra toda esperanza.
Así fue la fe de José. Una fe que es confianza y generosidad; una fe que le hace vivir pendiente de la palabra de Dios y por ello al servicio atento y delicado de Jesús y de María.
Humildad:
La humildad de San José es una de sus mayores encantos. Pudo decir muy bien junto a María: "El Señor mira la pequeñez de sus siervos".
José es de los que pasan por la vida sin hacerse notar, sin molestar a nadie, sin aplastar.
Y porque se vació de sí mismo, vivió siempre sirviendo a los demás.
Hombre de vida interior y silencio:
José está siempre más dispuesto a escuchar más que a hablar. Está siempre atento a las palabras, a los signos, a las personas. Su misión es cuidar la Palabra y guardarla en su corazón.
En el silencio de Nazaret, el artesano de Dios nos dejó el hermoso ejemplo de saber vivir en un segundo lugar, y por esto, asimilar con disponibilidad la Palabra y vivir sólo para ella.
La pobreza:
San José aceptó la pobreza con humildad, una pobreza que lo llevó a no encontrar ni una posada donde su esposa pudiera dar a luz al mismo Hijo de Dios, pero san José acepta mansamente esta situación y no se revela contra Dios.
Varón justo:
La Iglesia ensalza la dignidad de San José, aplicándole las frases que la Sagrada Escritura dedica al hijo de Jacob: "¿Podremos por ventura, encontrar un hombre como éste, lleno del Espíritu de Dios...? Tú, serás quien gobierne mi casa y todo mi pueblo te obedecerá".
(Tomado de Novena a san José, del libro "Oraciones y Plegarias)
LA OFRENDA MÁS AGRADABLE A DIOS ES LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS
Dice Santo Tomás de Aquino: Ofrecer espiritualmente a Dios un sacrificio es ofrecerle alguna cosa que le agrade.
Ahora bien: de todos los bienes que puede el hombre ofrecer al Señor, el más agradable para Él es sin dudar la salvación de las almas.
Pero lo primero que hay que ofrecer es la propia alma, siguiendo el consejo de la Sagrada Escritura: ¿Quieres agradar a Dios? Ten compasión de tu alma.
Una vez hecho esto, ya podemos ocuparnos de la salvación del prójimo.
La ofrenda del hombre será tanto más agradable a Dios, cuanto más estrechamente una su alma con Dios primero, y después las de los demás.
Pero esta unión íntima, generosa y humilde sólo se realiza por la oración. Entregarse a la oración y a la contemplación, y procurar que los otros hagan lo mismo, agrada más al Señor todas las obras que podamos realizar.
Así, pues, concluye Santo Tomás, cuando San Gregorio afirma que el sacrificio más agradable a Dios es la salvación de las almas, no pretende dar a la vida activa la preferencia sobre la contemplativa, sino expresar que la ofrenda de una sola alma a Dios le es infinitamente más preciosa a sus ojos, y para nosotros de mayor mérito, que ofrecerle las mayores riquezas del mundo
(D. Thom. 2a. 2ae. quaest 182, a. 2 ad 3.).
(JUAN BAUTISTA CHAUTARD, el alma de todo apostolado)
𝐒𝐄𝐍̃𝐎𝐑, 𝐃𝐀𝐃𝐍𝐎𝐒 𝐒𝐀𝐂𝐄𝐑𝐃𝐎𝐓𝐄𝐒 𝐒𝐀𝐍𝐓𝐎𝐒
Que la Santa Misa sea ofrecida continuamente por la vida y necesidades del mundo: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que el Santísimo Sacramento sea amorosamente accesible y adorado: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que el Evangelio sea proclamado fielmente y sin descanso:
Señor, danos Sacerdotes santos.
Que en la absolución sacramental encontremos nuestra paz y felicidad: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que la unión en la oración traiga la unión entre todos los cristianos: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que nuestras Iglesias locales y sus líderes sean siempre leales al Santo Padre: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que toda vida humana sea protegida y defendida como sagrada: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que la misericordia de Dios se extienda a los pecadores, moribundos y difuntos: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que la juventud tenga ayuda para crecer libre de las drogas y toda adición: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que los encarcelados, los ancianos y los sin techo encuentren fe y esperanza en Cristo: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que el amor de Cristo sane a los desamparados, los que guardan cama y los enfermos: Señor, danos Sacerdotes santos.
Que Cristo sea la meta y el gozo de los jóvenes y los fuertes:
Señor, danos Sacerdotes santos.
Que los que han oído la llamada de Dios, sigan su llamado: Señor, danos Sacerdotes santos.
OREMOS. Dios de misericordia y santidad, escucha el grito angustiado de tu pueblo para tener sacerdotes santos que les guíen. Llena sus corazones con celo luminoso a fin de que puedan desempeñarse dignamente en tu presencia, sean siempre leales a tu Iglesia, y alcancen amarte con un amor eterno. Te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. Amén.
ORACIÓN A JESÚS EN SU PASIÓN
Jesús pobre y abatido, ten piedad de mí Señor
Jesús no conocido y menospreciado, ten piedad de mí Señor.
Jesús aborrecido, calumniado y perseguido, ten piedad de mí Señor.
Jesús dejado de los hombres y del demonio tentado, ten piedad de mí Señor.
Jesús entregado y vendido por vil precio, ten piedad de mí Señor.
Jesús blasfemado, acusado y condenado injustamente, ten piedad de mí Señor.
Jesús vestido de un hábito de oprobios y afrentas, ten piedad de mí Señor.
Jesús abofeteado y burlado, ten piedad de mí Señor.
Jesús arrastrado con una soga al cuello, ten piedad de mí Señor.
Jesús tenido por loco y endemoniado, ten piedad de mí Señor.
Jesús azotado hasta derramar sangre, ten piedad de mí Señor.
Jesús pospuesto a Barrabás, ten piedad de mí Señor.
Jesús despojado de todas sus vestiduras con infamia, ten piedad de mí Señor.
Jesús coronado de espinas y saludado por burla, ten piedad de mí Señor.
Jesús cargado con la cruz de mis pecados, ten piedad de mí Señor.
Jesús triste hasta la muerte, ten piedad de mí Señor.
Jesús consumido de dolores, de injurias y de humillaciones, ten piedad de mí Señor.
Jesús afrentado, escupido, ultrajado y escarnecido, ten piedad de mí Señor.
Jesús pendiente de un madero infame entre dos ladrones, ten piedad de mí Señor.
Jesús aniquilado y sin honra para con los hombres, ten piedad de mí Señor.
Oración: Oh buen Jesús, que sufriste por mi amor una infinidad de oprobios y afrentas, que yo no puedo comprender; imprime poderosamente en mi corazón la estimación de tu paciencia y haz que desee imitarla. Amén.
(Tomado de la devota memoria de las siete caídas de nuestro Salvador)
POR NOSOTROS ENVIÓ DIOS A SU HIJO ÚNICO
𝑹𝑨𝑫𝑰𝑨𝑵𝑻𝑬 𝑺𝑶𝑳 𝑫𝑬 𝑳𝑨 𝑬𝑼𝑪𝑨𝑹𝑰𝑺𝑻ⵊ́𝑨
Tú conviertes nuestro ser terreno en otro ser celestial y divino. Vuelve a nosotros como vencedor de las densas sombras de la falsa humildad, del temor servil con que la herejía quiso apartar de Ti a las almas.
Despierta en tu pueblo la antigua vida eucarística, vida de luz y de amor, de sacrificio y de alegría, principio y continuación de la eterna vida, que es adorarte, servirte y amarte en tus tabernáculos para continuar nuestra vida de adoración en los cielos. Amén.
EL MISTERIO DE NUESTRA RECONCILICIACIÓN
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