EL NACIMIENTO DE MARÍA

 


El nacimiento de María fue como la aurora de los nuevos tiempos. 

¡La aurora! ¡Qué fenómeno grandioso y seductor es la aurora! ¡Y qué admirable analogía presenta con el nacimiento de María!... 

La aurora pone término a la noche, ahuyentando las tinieblas. El nacimiento de María pone término a la noche del mundo,  ahuyentando las tinieblas del error y del pecado. 

La aurora señala el comienzo del día natural, María, el comienzo del día sobrenatural de la gracia, que es esplendor de la luz divina. 

La aurora es el más grande y admirable entre todos los fenómenos de la naturaleza: la flor le abre su delicada corola, el pájaro la saluda con su canto, el enfermo suspira por ella en su lecho de dolor; todos dicen que “la aurora no tiene lágrimas”, y bien: el nacimiento de María es el más grande y el más admirable entre todos los hechos de la historia puramente humana, porque es la venida al mundo de la futura Madre de Dios y Mediadora del hombre; las almas se le abren en un supremo anhelo; todo lo creado la saluda, exultando, como a su futura Reina; la humanidad enferma suspiraba por ella desde hacia varios milenios como el remedio a sus llagas todavía sangrantes, puesto que esta humilde niña aplastaría un día la cabeza a la serpiente infernal. 

La aurora anuncia al sol. El nacimiento de María anunció el próximo aparecer del Sol de justicia que “ilumina a todo hombre que viene a este mundo”.  La aurora es el más bello fenómeno del orden natural: superior al mediodía, que hace marchitar las flores; superior al crepúsculo, que envuelve a las almas en una especie de melancolía. Así el nacimiento de María fue lo más sobrenaturalmente bello en el orden de la gracia, puesto que fue el nacimiento de la Inmaculada, de la toda limpia, o sea, de Aquella que desde el primer instante de su admirable existencia estuvo rodeada por los rayos del sol divino, y se presentó en la tierra como la obra maestra de la omnipotencia del Padre, de la sabiduría del Hijo y del amor del Espíritu Santo. 



En ella “se aúna todo cuanto en la criatura hay de bondad” (Dante Paraíso, 33, 12-13). El piadoso y docto Gerson, al hablar de ella, con una maravillosa personificación anima a todas las virtudes y las hace competir en ofrecer sus presentes a esta niña afortunada. y he aquí que la pureza se adelanta para preparar con sus manos la materia que debe formar el cuerpo; la providencia para organizarlo; la gracia para animarlo. Luego, la caridad se presenta para formar su corazón; la prudencia para disponer su cerebro; el pudor para redondear la frente; la afabilidad para verter la suavidad en sus labios; la modestia y la virginidad para depositar sobre todo su cuerpo la gracia y el encanto. 

En una palabra, todas las virtudes concurren de tal modo a formarlo, que ellas mismas quedan maravilladas de la obra. La aurora, con su belleza maravillosa y con ese teñirse de púrpura el Cielo hacia el Oriente, es efecto del sol. 

Así el nacimiento de María, con sus indescriptibles esplendores de naturaleza, de gracia y de gloria, fue efecto todo de Cristo, su Hijo, divino Sol que jamás se pone. La aurora difunde alegría sobre todas las cosas, y en todos los seres. Del mismo modo el nacimiento de María derramó una alegría inefable sobre el universo; más aún fue, como expresa poéticamente la Iglesia, un mensaje de alegría para el mundo: “Nativitas tua, Virgo Maria, gaudium annuntiavit in universo mundo”. ¿Qué podría, entonces, añadir a todo este mundo de maravillas el conocimiento cierto del lugar y del tiempo en el cual nació María?... Muy poco; mejor dicho, nada. ¡Con razón, pues, la dolorida humanidad, postrada a los pies de la cuna donde sonríe la pequeña Reina de cielos y tierra, parece que exclama, recogiendo el suspiro de millares de siglos: ¡Crece, crece, oh resplandeciente Aurora de gracia y llega pronto a ser mediodía, para que nos des al Sol de justicia! ¡Crece, crece, oh hermosa Flor de Jesé, y danos presto el Fruto de vida que redimirá a todo el género humano! ¡Crece, crece, oh celestial niña, para que se cumplan pronto aquellos altísimos designios a los que el Omnipotente te ha sublimado eternamente y para los cuales naciste... 


(Fuente: La vida de la Virgen María, Gabriele M. Roschini O.S.M.)

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