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ORACIÓN A SAN JOSÉ OBRERO

 


Glorioso San José, modelo de todos aquellos que se dedican al 

trabajo, obtenedme la gracia de trabajar con espíritu de peniten

cia para la expiación de mis pecados; de trabajar en conciencia, 

poniendo el culto del deber por encima de mis inclinaciones; de 

trabajar con reconocimiento y alegría, considerando un honor el 

emplear y desarrollar por el trabajo los dones recibidos de Dios; 

de trabajar con orden, paz, moderación y paciencia, sin retro

ceder jamás ante la pereza y las dificultades; de trabajar sobre 

todo con pureza de intención y desprendimiento de mí mismo, 

teniendo sin cesar ante mis ojos la muerte y la cuenta que deberé 

rendir del tiempo perdido, de los talentos inutilizados, del bien 

omitido y de las vanas complacencias en el éxito, tan funestas 

para la obra de Dios. Todo por Jesús, todo por María, todo a 

imitación vuestra ¡oh Patriarca San José! Tal será mi divisa en la 

vida y en la muerte. Así sea.

(San Pío X)

SAN JOSÉ SIEMPRE ESCUCHA

 


La venerable María Angélica Álvarez Icaza (1887-1986) cuenta en sus Memorias: En la capilla había un altar con una imagen del señor san José, que llamábamos “San José del Paso” por encontrarse precisamente en un lugar de mucho paso. Como yo lo estaba viendo casi continuamente por la vecindad con la capilla, le empecé a cobrar mucha devoción a san José y más que él me empezó a mimar mucho, porque todo cuanto deseaba (y eran muchas cosas) las dibujaba en un papel y se las ponía en las manos del santo bendito y, con una eficacia asombrosa, en seguida me concedía mis súplicas:

Ya fuera un santo Cristo para el cuarto de la Madre (y a los pocos días nos lo regalaron), ya fuera candeleros para el altar de Nuestra Señora (y a no tardar allí estaban los candeleros), en fin, un libro que deseara, una lámpara, floreros, cuanto hay, lo mismo era pedírselo que obtenerlo. Esto cundió, no sólo entre las Hermanas que con frecuencia le hacían de esta manera sus peticiones, sino también entre las niñas del Pensionado, y el bondadoso santo siempre nos escuchaba.


(Milagros de San José) 

ROSARIO DE LAS VIRTUDES DE SAN JOSÉ

 






Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor Dios nuestro.  En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Exponemos nuestras intenciones

ORACIÓN:

Oh San José, que con amor trabajaste la madera para en esta vida, vida pasajera, a tu familia el pan de cada día proveer; Oh San José, ahora en el cielo con Cristo, que extendido en el madero en el que vida  eterna al hombre dio, enséñanos a reconocer en el quehacer de cada día el camino hacia Dios.




PRIMERA VIRTUD DE SAN JOSÉ

- Por el tiempo que a María esperaste, danos la virtud para en silencio pacientemente esperar, esto es danos la paz.

Padrenuestro.... y cinco Ave José

V. ¡Dios te salve, oh José, esposo de María, lleno de gracia! Jesús y su Madre están contigo: bendito tú eres entre todos los hombres y bendito es Jesús, el Hijo de María.

R. San José ruega por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

finalizando los 5 Ave José se dirá el Gloria:

V. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

R. Como era en un principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Jaculatoria: Amado San José haz crecer en mí la fe, que en ella buscaré, la esperanza y caridad.





SEGUNDA VIRTUD DE SAN JOSÉ

- Por aceptar en castidad para María desposar, danos la virtud para vivir en pureza y castidad.

Padrenuestro.... y cinco Ave José

V. ¡Dios te salve, oh José, esposo de María, lleno de gracia! Jesús y su Madre están contigo: bendito tú eres entre todos los hombres y bendito es Jesús, el Hijo de María.

R. San José ruega por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

finalizando los 5 Ave José se dirá el Gloria:

V. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

R. Como era en un principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Jaculatoria: Amado San José haz crecer en mí la fe, que en ella buscaré, la esperanza y caridad.





TERCERA VIRTUD DE SAN JOSÉ
- Por aceptar la paternidad de Jesús, danos la virtud para sólo hacer la voluntad de Dios.

Padrenuestro.... y cinco Ave José

V. ¡Dios te salve, oh José, esposo de María, lleno de gracia! Jesús y su Madre están contigo: bendito tú eres entre todos los hombres y bendito es Jesús, el Hijo de María.

R. San José ruega por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

finalizando los 5 Ave José se dirá el Gloria:

V. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

R. Como era en un principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Jaculatoria: Amado San José haz crecer en mí la fe, que en ella buscaré, la esperanza y caridad.




CUARTA VIRTUD DE SAN JOSÉ
 - Por el día que todo dejaste para tu Hijo salvar, danos la virtud para cumplir lo que Dios pida y vivir, como Tú, en santa obediencia.

Padrenuestro.... y cinco Ave José

V. ¡Dios te salve, oh José, esposo de María, lleno de gracia! Jesús y su Madre están contigo: bendito tú eres entre todos los hombres y bendito es Jesús, el Hijo de María.

R. San José ruega por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

finalizando los 5 Ave José se dirá el Gloria:

V. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

R. Como era en un principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Jaculatoria: Amado San José haz crecer en mí la fe, que en ella buscaré, la esperanza y caridad.





QUINTA VIRTUD DE SAN JOSÉ
 - Por el día que tu Hijo encontraste hablando con sabiduría y callaste, danos la virtud de callar y aprender a escuchar al que en nombre de Dios habla.  

Padrenuestro.... y cinco Ave José

V. ¡Dios te salve, oh José, esposo de María, lleno de gracia! Jesús y su Madre están contigo: bendito tú eres entre todos los hombres y bendito es Jesús, el Hijo de María.

R. San José ruega por nosotros, los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

finalizando los 5 Ave José se dirá el Gloria:

V. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

R. Como era en un principio ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Jaculatoria: Amado San José haz crecer en mí la fe, que en ella buscaré, la esperanza y caridad.



Oración final del rosario:

Tú, San José, patrono de las familias, protector de la Iglesia, defensor de la niñez y fiel guardián de las madres, ayúdanos para recibir la gracia y alcanzar así las virtudes gloriosas de tu corazón en la castidad, en la prudencia, en la justicia y en la humildad. Amén.


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LETANÍAS DE SAN JOSÉ
-Señor, ten piedad de nosotros.     Se repite
-Cristo, ten piedad de nosotros.
-Señor, ten piedad de nosotros.
-Cristo, óyenos.
-Cristo, escúchanos.
-Dios, Padre celestial 
  R. Ten piedad de nosotros.
-Dios Hijo, Redentor del mundo
-Dios Espíritu Santo
-Santa Trinidad, un solo Dios
-Santa María,
R. Ruega por nosotros.

-San José, R. Ruega por nosotros.
-Ilustre descendiente de David
-Luz de los patriarcas
-Esposo de la Madre de Dios
-Custodio purísimo de la Virgen, 
-Nutricio del Hijo de Dios
-Diligente defensor de Cristo
-Jefe de la Sagrada Familia

-José justo

-José casto
-José prudente
-José fuerte
-José obediente
-José fiel
-Espejo de paciencia
-Amante de la pobreza

-Modelo de obreros
-Gloria de la vida doméstica
-Custodio de vírgenes
-Sostén de las familias
-Consuelo de los desdichados
-Esperanza de los enfermos
-Patrono de los moribundos
-Terror de los demonios

-Protector de la santa Iglesia, R. Ruega por nosotros.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo
Perdónanos, Señor.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo
Escúchanos, Señor.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo
Ten piedad de nosotros.
V. Lo nombró administrador de su casa. 
R. Y señor de todas sus posesiones.

ORACIÓN

¡Oh Dios, que con inefable providencia te dignaste elegir a San José para esposo de tu Santísima Madre!; te rogamos nos concedas tenerlo como intercesor en el cielo, ya que lo veneramos como protector en la tierra. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Para terminar: 
Oremos por el Santo Padre: para que nos conduzca al triunfo del Inmaculado Corazón de María y del Sagrado Corazón de Jesús:
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

SAN JOSÉ NOS ENSEÑA A SANTIFICAR EL TRABAJO

 


San José se caracterizó por su silencio. Un silencio respetuoso y puesto al servicio de la escucha. Este silencio ayuda a tener una mirada hacia dentro para meditar y conocer la voluntad de Dios.
El Papa Benedicto XVI dijo «dejémonos invadir por el silencio de San José«, el ruido nos impide escuchar o percibir las grandes verdades de la vida.
Su trabajo estaba envuelto en este silencio, era un humilde carpintero que bajo el esfuerzo de su trabajo, supo responder con fidelidad el cumplimiento de sus deberes, en un constante servicio.
El trabajo es un elemento fundamental para la dignidad de la persona y él nos enseña a hacer un trabajo justo, donde todos los dones que hemos recibido de Dios los ponemos a su servicio.
"...José acercó el trabajo humano al misterio de la redención" (Redemptoris custos IV). Por ello, los trabajadores están invitados a imitarle. Es posible servir a Cristo por medio de nuestro trabajo. "Todo cuánto que , hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres..." (Col 3, 23s)


VIRTUDES DE SAN JOSÉ

 



Hombre de fe:

La fe de José es admirable, está a la misma altura de la fe de Abrahán, el Padre de todos los

creyentes, el que creyó a pesar de todo, el que creyó cuando todo se hundía, el que creyó contra toda esperanza.

Así fue la fe de José. Una fe que es confianza y generosidad; una fe que le hace vivir pendiente de la palabra de Dios y por ello al servicio atento y delicado de Jesús y de María.

Humildad:

La humildad de San José es una de sus mayores encantos. Pudo decir muy bien junto a María: "El Señor mira la pequeñez de sus siervos".

José es de los que pasan por la vida sin hacerse notar, sin molestar a nadie, sin aplastar.

Y porque se vació de sí mismo, vivió siempre sirviendo a los demás.

Hombre de vida interior y silencio:

José está siempre más dispuesto a escuchar más que a hablar. Está siempre atento a las palabras, a los signos, a las personas. Su misión es cuidar la Palabra y guardarla en su corazón.

En el silencio de Nazaret, el artesano de Dios nos dejó el hermoso ejemplo de saber vivir en un segundo lugar, y por esto, asimilar con disponibilidad la Palabra y vivir sólo para ella.

La pobreza:

San José aceptó la pobreza con humildad, una pobreza que lo llevó a no encontrar ni una posada donde su esposa pudiera dar a luz al mismo Hijo de Dios, pero san José acepta mansamente esta situación y no se revela contra Dios.

Varón justo:

La Iglesia ensalza la dignidad de San José, aplicándole las frases que la Sagrada Escritura dedica al hijo de Jacob: "¿Podremos por ventura, encontrar un hombre como éste, lleno del Espíritu de Dios...? Tú, serás quien gobierne mi casa y todo mi pueblo te obedecerá".

(Tomado de Novena a san José, del libro "Oraciones y Plegarias)

LA INFANCIA DE SAN JOSE INTERRUMPE LAS VISIONES DE LA PASIÓN

 


El dolor y la angustia me oprimían, no podía sostenerme, y sin embargo, quería arrastrarme hasta el sitio adonde Jesús iba a ser coronado de espinas.

Entonces vi llegar un niño maravilloso, con el pelo dorado; llevaba solo una cintura alrededor del cuerpo, pasaba entre los velos de las Santas Mujeres, entre las piernas de los hombres, y se vino a mi corriendo; era alegre y amable, me cogía la cabeza para volverla del otro lado, y con sus caricias me impedía mirar el triste espectáculo que tenía delante de mis ojos.

Este niño dijo: "¿No me conoces? me llamo José y soy de Belén". Después comenzó a hablarme del pesebre, del Nacimiento de Jesús, de los pastores...

Yo estaba llorando a causa de la corona de espinas que veía trazar, pero él me consoló y me dijo una bella parábola para explicarme cómo la alegría saldría de todos estos padecimientos .

Había en esta parábola muchas explicaciones del sentimiento místico de los padecimientos del Señor.

Me enseñó el campo donde habían nacido las espinas de la corona de Jesús y me dijo lo que significaban esas espinas, cómo esos campos se cubrían de magníficos frutos y que las espinas formarían alrededor de ellos un muro protector cubierto de rosas.

(La dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, Anna Catalina Emmerick)

SAN JOSÉ Y LA CUARESMA

 


-Padre del Redentor.

El padre adoptivo de Jesús tiene una estrecha ligazón con la Cuaresma. Esta se explica como camino preparatorio al Misterio central de la Redención: la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Pero tal tipo de Redención ha sido posible porque el Hijo de Dios es verdaderamente hombre. Como todo hombre tiene unas raíces, un pueblo, una historia: El Señor Dios le dará el trono de David, su padre (primera lectura). Sin raíces, sin estirpe, Jesús hubiera irrumpido en nuestra historia como un extraño y la verdad de su ser hombre no estaría libre de sospechas. Es este el gran servicio que san José presta desde su fe a la obra de la Redención.

-Modelo de fe.

La Cuaresma es un camino de iluminación progresiva en la fe. Es volver a aprender a ver las personas, las cosas y los acontecimientos con los ojos con que las ve Dios. Y en esto, desde luego, tenemos en San José a un verdadero Patriarca en la línea de la fe de los grandes personajes del Antiguo Testamento. Y, en el Nuevo Testamento, después de María, y junto con ella, rotura el camino de la fe de toda la Iglesia: Apoyado en la esperanza creyó contra toda esperanza (segunda lectura). Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor (evangelio).

-Patrono de la Iglesia.

También la Cuaresma va a restaurar la comunión con la Iglesia, que el pecado ha roto, o, al menos relajado. Ello supone recuperar también una visión de la Iglesia correcta, es decir, a la luz de la fe. Supone, pues, volver a vivir la Iglesia como conservadora y transmisora del misterio de Cristo para la salvación del mundo. A esta dimensión hace referencia la oración colecta recordando la estrecha vinculación de San José con la Iglesia, ya que a su fiel custodia fueron confiados por Dios los primeros misterios de la salvación de los hombres.

-Modelo de padres.

La condición especial de la paternidad de José respecto a Jesús, no debería llevarnos a pensar que no ejerció como padre humano de Jesús aportando a su crecimiento corporal y espiritual lo propio de un buen padre. Precisamente ello formaba parte de su servicio al Hijo de Dios hecho hombre. Si la Cuaresma está especialmente relacionada con la educación en la fe, como tiempo catecumenal, la figura de San José es una llamada a que los padres cristianos ejerzan como tales siendo los primeros educadores de la fe de sus hijos.

En la eucaristía de hoy podría haber una referencia a los padres de los niños y jóvenes que recibirán pronto alguno de los sacramentos de la iniciación cristiana.

En las parroquias donde no se bautice en Cuaresma y se estén preparando bautismos para Pascua, la misa de hoy podría ser un momento fuerte de la catequesis prebautismal de los padres. (También para los padres de los confirmandos o de los que harán la Primera Comunión). Además de alguna referencia en la monición introductoria y en la homilía, podría hacerse alguna petición específica en la oración universal. Y las ofrendas podrían ser presentadas por algunos de estos padres con algunos de sus hijos.


A. GOMEZ MISA DOMINICAL 1992, nº 4

LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO EN SAN JOSÉ

 


Sería prolijo analizar detalladamente esta actuación particular de cada don en San José; por eso nos limitaremos a recordar únicamente el objeto o materia propia de cada uno.

Don de entendimiento: Por el don de entendimiento, que purificó y perfeccionó su fe, obtuvo el santo Patriarca un conocimiento mucho más profundo, esclarecido y exacto de todos los misterios y verdades sobrenaturales, penetrando su íntimo sentido y conveniencia, especialmente en aquellos que tan íntimamente prestó su cooperación, como la encarnación y redención divinas.


Don de sabiduría: Este don perfeccionó la ardentísima caridad de San José, no intrínsecamente, sino dándole un conocimiento afectivo y experimental admirable y suavísimo de esa presencia e íntima unión con Dios por el amor, juzgando de todo lo demás y ordenándolo todo a su transformación de lo más profundo de sí mismo en Dios.


Don de ciencia: Este don completó el conocimiento y juicio que San José tuviera de las cosas humanas, capacitándole para juzgar con certeza sobre lo que debía obrar, es decir, como los debía utilizar en orden a Dios y a su aprovechamiento sobrenatural.


Don de consejo: Por el don de consejo el Espíritu Santo corroboró la virtud de la prudencia en San José, dando certeza y seguridad a sus juicios prácticos para elegir todas las cosas necesarias o convenientes en orden a la vida eterna, especialmente para juzgar en los casos concretos más difíciles e inesperados y obrar en ellos con toda confianza y decisión.


Don piedad: El espíritu Santo, por el don de piedad, imprimió constantemente en el alma de San José un afecto filial hacia Dios, como a verdadero Padre, sintiendo vivamente esa filiación divina amando a los demás hombres como hijos también de Dios y a hermanos en él, abarcando en su afecto a todos los seres como a cosas de Dios, ofreciéndose también en sacrificio y redención por los demás hombres, unido al sacrificio de María de María y de Jesús.


Don de fortaleza: Con el don de fortaleza San José aceptó aquel divino ministerio tan superior a sus fuerzas perseverando en el cumplimiento de sus deberes a pesar de todas las dificultades, siempre seguro de la ayuda divina, sereno y hasta gozoso en los trabajos en los trabajos y persecuciones, esperando del Señor la recompensa.


Don de temor de Dios: Por el don de temor el santo Patriarca vivió siempre sometido a Dios con filial reverencia, no temiendo precisamente su pecado o reparación, pero reconociendo su pequeñez ante la excelencia y majestad divinas y ante innumerables gracias con que incesantemente le favoreció.


Sin duda que los siete dones del Espíritu santo, los que San José debió ejercitar por razón de su ministerio fueron el don del consejo y el don de fortaleza, para dirigir y gobernar y defender a la Sagrada Familia entre tantas privaciones y adversidades, sin perder un momento de vista el supremo sacrificio de la cruz.


Cuánto haya sido el mérito que adquirió y la gloria que le corresponde por el ejercicio de tantas virtudes y la correspondencia a los dones del Espíritu Santo, hemos de deducirlo de la abundancia de la gracia y de la caridad con que estuvo siempre adornado, de la cantidad y excelencia de sus obras y de la perfección de cada uno de sus actos, sirviéndonos de suprema medida en todo aquello su excelsa aproximación a la Santísima Virgen.

Bonifacio LLamera, O.P
Transcrito por José Gálvez Krüger para ACI Prensa

SAN JOSÉ SIEMPRE NOS ESCUCHA

 


La madre María Angélica Álvarez (1887-1986), fundadora del Monasterio de la Visitación de México, cuenta en sus Memorias: 

"En la capilla había un altar con una imagen del señor san José, que llamábamos “San José del Paso” por encontrarse precisamente en un lugar de mucho paso. Como yo lo estaba viendo casi continuamente por la vecindad con la capilla, le empecé a cobrar mucha devoción a san José y más que él me empezó a mimar mucho, porque todo cuanto deseaba (y eran muchas cosas) las dibujaba en un papel y se las ponía en las manos del santo bendito y, con una eficacia asombrosa, en seguida me concedía mis súplicas:

Ya fuera un santo Cristo para el cuarto de la Madre (y a los pocos días nos lo regalaron), ya fuera candeleros para el altar de Nuestra Señora (y a no tardar allí estaban los candeleros), en fin, un libro que deseara, una lámpara, floreros, cuanto hay, lo mismo era pedírselo que obtenerlo. Esto cundió, no sólo entre las Hermanas que con frecuencia le hacían de esta manera sus peticiones, sino también entre las niñas del Pensionado, y el bondadoso santo siempre nos escuchaba".

CUATRO LECCIONES DE SAN JOSÉ PARA EL ADVIENTO (Por el padre Michael Ackerman)



1. El silencio de Dios

La primera lección de San José para el Adviento es, pues, entrar en el silencio de Dios, que está lleno de gracia, intimidad y amor incondicional. José no callaba porque no tuviera nada que decir. Callaba porque quería escuchar y seguir a Dios por completo.

El Papa Francisco, en su carta apostólica "Patris Corde" ("Con corazón de Padre"), escribe sobre el silencio de San José. "Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza".

Quizá también nosotros, en este Adviento, podamos dedicar tiempo a la oración silenciosa, a la contemplación tranquila ante el Santísimo Sacramento, o incluso a meditar las palabras de la Escritura en los recovecos de nuestro corazón, como hacía san José. Hacerlo no conlleva futilidad, sino, por el contrario, fecundidad y gozosa anticipación de la venida de Cristo al mundo.


2. Servicio y abnegación

La segunda lección que San José nos enseña está enraizada en el servicio y la abnegación. El Papa San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica de 1989 "Redemptoris Custos" ("Guardián del Redentor"),escribe lo siguiente sobre San José: "Su paternidad se ha expresado concretamente ‘al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo".

San José no permitió que sus propias pasiones o deseos egoístas dictaran sus acciones. Por el contrario, fue dócil y receptivo a la voluntad de Dios. Su preparación para la venida de Cristo no estuvo llena de compras, peleas con parientes y galletas. En cambio, nos invita a ti y a mí a ser discípulos que sirven primero a los demás, no a nosotros mismos.

Esto puede adoptar diversas formas. Podemos ofrecer nuestro tiempo a la iglesia o en nuestras comunidades ayudando en despensas de alimentos, refugios para personas sin hogar o misiones de rescate. Podemos ayudar a los que nos rodean y tienen dificultades económicas, emocionales y, sobre todo, espirituales, en persona o a través de organizaciones benéficas. O podemos visitar a los que están confinados en casa, en hospitales, en residencias de ancianos o que no pueden celebrar el nacimiento de Cristo con su familia y amigos por diversas razones. No hay una manera "correcta" de servir, pero el deseo de hacerlo debe estar arraigado en el deseo de José de servir sólo a Dios.


3. Sencillez

En tercer lugar, San José nos enseña una lección de sencillez. El mundo en que vivimos es excesivamente complejo. Estamos tan enamorados de los artilugios, la tecnología, la moda y el entretenimiento que a menudo pasamos por alto lo esencial. Ese no es el mundo de San José.

El Papa Benedicto, en un discurso del Ángelus del 19 de marzo de 2006, dice lo siguiente sobre la sencillez de José: "Su grandeza, como la de María, resalta aún más porque cumplió su misión de forma humilde y oculta en la casa de Nazaret. Por lo demás, Dios mismo, en la Persona de su Hijo encarnado, eligió este camino y este estilo -- la humildad y el ocultamiento -- en su existencia terrena.".

San José no quería "hacerse un nombre". No era un influencer de las redes sociales. Por el contrario, la razón de ser de su vida fue permanecer humilde ante Dios.

San José nos invita durante el Adviento a bajar el ritmo y apreciar a las personas, las bendiciones y los encuentros con Dios que tienen lugar en nuestras vidas. Los regalos, la decoración y entrar en el alocado mundo del comercio minorista no son probablemente las mejores maneras de prepararse para Cristo. En cambio, pasar tiempo con nuestros seres queridos, compartir la fe y las experiencias, o incluso hacer un retiro personal es beneficioso para mantener las cosas sencillas. Sin embargo, hay otra cosa que hace la sencillez: nos permite aumentar nuestra confianza y dependencia de Dios.

En "Patris Corde", el Papa Francisco escribe sobre la "valentía creativa" de San José. "Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia", escribió.

San José, al no dejarse distraer por los adornos de la cultura, pudo tener fortaleza en el plan de Dios gracias a su sencilla confianza en un Dios que le amaba. Esta misma confianza nos es accesible si la mantenemos sencilla.


4. Sacrificio

Por último, San José nos enseña a ti y a mí el valor del sacrificio. El sacrificio es necesario para todos nosotros en nuestras vocaciones, y cualquier padre, esposa, sacerdote, religioso o persona soltera dedicada conoce el valor y la necesidad de esto. En su libro "El misterio de José", el padre Marie-Dominique Philippe escribe sobre el sufrimiento de San José: "No hay duda de que la espada del dolor penetra más profundamente en el corazón de María, pero atraviesa también el corazón de José. En su sufrimiento común, en su tristeza y angustia compartidas, José y María llegan a conocer un nuevo grado de intimidad; juntos dan los primeros frutos de la vida apostólica de Jesús".

San José nos invita a ti y a mí, en las luchas de la vida, a unir nuestro dolor a la cruz de Cristo. El sufrimiento es siempre un misterio, pero no está desprovisto de sentido. Cuanto más unimos nuestro dolor y nuestras luchas a Cristo, más nos acercamos al infinito amor, misericordia y perdón de Dios.

San José, al negar sus propios objetivos, deseos y anhelos, hace de su voluntad una sola con Dios. También nosotros estamos llamados, como él, a unirnos y sacrificarnos. Esto puede hacerse a través de la caridad, el ayuno, el aumento de la oración o regalando cosas que no necesitamos. En cualquier caso, el sacrificio es crucial para preparar el camino a Cristo.

Este Adviento presenta una oportunidad para aumentar nuestro deseo de emular a este gran santo tan amado por Nuestra Señora y Nuestro Salvador. El silencio, el servicio, la sencillez y el sacrificio no son píldoras fáciles de tragar, pero nos acercan a Cristo y a la salvación. Que la alegría anticipada del Adviento nos lleve a todos a amar más profundamente al Niño Jesús por intercesión de San José.

CÓMO FUE NOMBRADO SAN JOSÉ PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL

 


En el siglo XIX, hubo un movimiento del sentir popular pidiendo la declaración del patrocinio de san José sobre toda la Iglesia. Entre los cientos de cartas que llegaron al escritorio de Pío IX estaba la de un sacerdote dominico, el Beato Juan José Lataste, en la que contaba al Papa que había ofrecido su vida para que llegase esa declaración pontificia.

El Papa, muy movido por esa petición en particular, en la Solemnidad de la Inmaculada de 1870, invocaba urbi et orbi ese patrocinio en las misas de todas las basílicas pontificias en que se leyó el Decreto Quemadmodum Deus de la Sagrada Congregación de Ritos.


DECRETO PUBLICADO EL DÍA 8 DE DICIEMBRE DE 1870
DURANTE LAS MISAS SOLEMNES CELEBRADAS EN LAS BASILICAS PATRIARCALES DE LA URBE

POR EL QUE SE DECLARA A SAN JOSÉ
PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL


DECRETUM URBIS ET ORBIS.


Del mismo modo que Dios constituyó al otro José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto para que asegurase al pueblo su sustento, así al llegar la plenitud de los tiempos, cuando iba a enviar a la tierra a su Hijo Unigénito para la salvación del mundo, designó a este otro José, del cual el primero era un símbolo, y le constituyó Señor y Príncipe de su casa y de su posesión y lo eligió por custodio de sus tesoros más preciosos. Porque tuvo por esposa a la inmaculada Virgen María, de la cual por obra del Espíritu Santo nació Nuestro Señor Jesucristo, tenido ante los hombres por hijo de José, al que estuvo sometido. Y al que tantos reyes y profetas anhelaron contemplar, este José no solamente lo vio sino que conversó con él, lo abrazó, lo besó con afecto paternal y con cuidado solícito alimentó al que el pueblo fiel tomaría como pan bajado del cielo para la vida eterna. Por esta sublime dignidad que Dios confirió a su siervo bueno y fidelísimo, la Iglesia, después de a su esposa, la Virgen Madre de Dios, lo veneró siempre con sumos honores y alabanzas e imploró su intercesión en los momentos de angustia. Y puesto que en estos tiempos tristísimos la misma Iglesia es atacada por doquier por sus enemigos y se ve oprimida por tan graves calamidades que parece que los impíos hacen prevalecer sobre ella las puertas del infierno, los venerables obispos de todo el orbe católico, en su nombre y en el de los fieles a ellos confiados, elevaron sus preces al Sumo Pontífice para que se dignara constituir a san José por patrono de la Iglesia Universal. Al haber sido renovadas con más fuerza estas mismas peticiones y desos durante el Santo Concilio ecuménico Vaticano[3] Nuestro Santísimo Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de estos tiempos, para ponerse a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del santo patriarca José, quiso satisfacer los votos de los obispos y solemnemente lo declaró PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL; ordenando que su fiesta del 19 de marzo se celebrara en lo sucesivo con rito doble de primera clase, sin octava por motivo de caer en Cuaresma. También dispuso que esta declaración se publicara medainte el presente decreto de la Sagrada Congregación de Ritos en este día de la Inmaculada Concepción de la Virgen madre de Dios y esposa del castísimo José.
Día 8 de diciembre de 1870

C. Episc. Oslien. et Velitern. Card. PATRIZI S. R. C. Praef.

VÍA CRUCIS CON SAN JOSÉ


 
Nos ponemos en presencia del Señor:  
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor,  Dios Nuestro. 
En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. 
Amén



PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

En el silencioso trayecto hasta Belén, José, el hombre de la vida interior, tal vez recapacitó para sus adentros: “Éste, que hoy nacerá, volverá a renacer como Mesías, como Salvador…”. El camino de la fe-confianza nos exige acompañamiento, entrega, renuncia y ánimo. Nadie como José supo hacer tanto desde el silencio y la obediencia por Dios y por los hombres. ¡Cuánto se parecieron en estas horas! ¡José obediente en cada sueño y siempre! ¡Jesús obediente hasta la muerte y sin demasiado ruido hasta en su mismo juicio! 

 


SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús con la Cruz a cuestas camino al calvario. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

  La vida es amor y muchas veces por amar se sufre. No hay vida sin dolor, sin dificultades, sin cruz. En la vida de José, desde la aldea de Nazaret, hubo noches de dudas, de sueños, de sufrimientos y de angustias, pero también de certezas. El Señor, por la calle del calvario, vuelve la mirada a su pasado. Allá, en el fondo de una noche hermosa y estrellada, una figura amada y respetada, salta en su pensamiento: ¡José, mi padre! El que me enseñó a enfrentar y ser fuerte ante el peso de las dificultades. 

 


TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por  primera vez. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Jesús, de pequeño, seguramente subiendo por las calles de Nazaret, debe haber tropezado una y otra vez: de la fuente de agua hasta la casa acompañando a María, de las mieses a la sinagoga o del juego hasta el taller donde trabajaba José. Pero siempre sintió y entendió que una experimentada mano, maternal en María y paternal amorosa en José, lo iba a levantar. Son las mismas manos, las que en estas horas de ascenso hasta el calvario, siente sobre su hombro otra vez. María con su presencia y José en su corazón y memoria: ¡Animo, hijo, soy José! ¡Todo sea por la voluntad de Dios! 


CUARTA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con su Madre. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

 María, la gran mujer del SÍ, que desde la mañana hasta entrada la noche, tantas veces cuidó, alimentó, arrulló, vistió al niño Jesús, se asoma en la esquina más insospechada para llorar y abrazar a su hijo. La presencia de María es una certeza para Jesús. “No estás solo: Aquí como siempre está Tu Madre”. No son sólo dos amores los que se hallan frente a frente, no son solamente dos corazones los que se fusionan en un impresionante abrazo. En medio de tanto dolor, la Madre lleva a Jesús el cariño y el amor de aquel que nunca desapareció de sus entrañas: José siempre presente en el corazón. Dos tesoros, los más preciados por José, se encuentran en el camino de la cruz: María y Jesús de Nazaret.  



QUINTA ESTACIÓN: El Cireneo ayuda a Jesús a cargar la Cruz. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En medio del ruido sobrecogedor y estremecedor en el camino al calvario, con risas, gritos y burlas, una mano amiga levanta el madero y lo carga. Simón de Cirene, un humilde trabajador, ayuda en medio de ese espectáculo a subir la cima del Monte Calvario. Quién sabe, si de haber vivido José, no hubiera cargado esa cruz para soportarla sobre su propio hombro antes que dejarla en el de Jesús. Seguramente para Jesús esta actitud del cireneo le recordó a tantas actitudes de José. Tal vez Jesús, sintiendo el peso de la cruz, debe haber pensado: “Si José hubiera vivido, como buen carpintero, habría aliviado de madera el peso de la cruz”.  


SEXTA ESTACIÓN: La Verónica limpia el rostro de Jesús.  

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Cuántas veces en el taller Jesús le acercó a José un trapo para secarse el sudor por el trabajo. Un paño limpio e intachable, como la vida misma de José, coloca con cariño la Verónica sobre el rostro de Jesús de Nazaret. Y es que el camino de la cruz se hace más humano y más divino con el alivio de este gesto de amor para con el rostro sufriente de Jesús. La fe y la caridad se hacen presentes en este gesto de amor para con quien sufre. Si valiente fue una mujer ante el semblante sangriento de Jesús, no lo fue menos en su día, la audacia y la serenidad del bueno de San José. José guardó limpio su hogar, amó con devoción a María su mujer y siempre pensó que Jesús era la transparencia viva y real del amor de Dios. 



SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez.  

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Con la única tregua de la caída como descanso, Jesús sigue manifestando públicamente su más alto ideal: el amor a Dios en los hombres. Seguramente, en algún momento de su niñez, la voz de José le susurró al oído: “Lo malo, hijo mío, no es caer, equivocarse. Lo triste es caer sin hacer de nuevo un esfuerzo por levantarse, por comenzar una vez más”. Las palabras y el recuerdo de José, el varón justo, son la fuerza para levantarse y seguir. 


OCTAVA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

En el camino al calvario hay palabras de fe, de ánimo y gestos de amor para con Jesús. A pocos metros de llegar al Gólgota, un grupo de mujeres detiene la mirada del Maestro. Son presencia de compasión y de misericordia. Aun estando su vida en peligro, y a punto de extinguirse, Jesús les resignifica sus lágrimas: ¡Lloren por los hombres! ¡Lloren por ustedes! José le enseñó que no siempre el hombre talla, ni trata bien, ni aprovecha dignamente, la madera noble.  


NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Una vez más, Jesús con su rostro en tierra. Tres caídas en el camino, y podrían haber sido muchas más, cuando la locura del amor quiere ser elevada a su máximo exponente en el estandarte de la cruz. Con la rodilla en el suelo, sus ojos buscan en esta vía dolorosa la luz del cielo. Una luz, una lámpara como aquella que alumbró tantas noches de pobreza y de búsqueda de Dios el hogar de Nazaret: la llama de José ¿Acaso José no hablaría de tú a tú con Jesús, como un padre lo hace con su hijo, para formarlo, educarlo, prevenirlo y estimularlo para cuando llegasen una y otra vez, dos y tres veces, las humillaciones o las espinas que clava la vida? 


DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestiduras.  

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Jesús nació en Belén despojado de todo bien. Unos pañales en la cuna de paja fueron el único abrigo de Dios con apariencia de niño, mientras José era testigo mudo y sereno ante tanto misterio. En la cruz, despojado de todo vestido. Tanto en Belén como en el calvario sintió el calor de la presencia de María. José, hombre despojado de riquezas y de abundancia, con convencimiento y fe, le enseñó a Jesús que a Dios se llega, se conquista y se entra por la puerta de la sencillez y de la pobreza.  


DECIMOPRIMERA ESTACIÓN: Jesús es clavado en la Cruz. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Los clavos sujetan a Jesús en la cruz con la misma fuerza con la que los ojos de José se fijaron en él. Los clavos hieren a Jesús. El afecto de José lo hizo crecer. Los clavos traspasan manos y pies. El amor de José superó todos los límites de bondad y de entrega, de obediencia y de fe. ¿Cuáles fueron más fuertes? ¿Los clavos de la cruz o el amor de José? ¿Cuáles fueron más profundos? ¿Los clavos que perforaron la madera o aquellos otros que sostienen con firmeza los valores, las convicciones, la justicia, el amor a Dios que con prudencia San José le enseñó a Jesús? 


DECIMOSEGUNDA ESTACIÓN: Jesús muere en la Cruz.  

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

El Rey del mundo, aquel que siendo niño caminó de la mano de José, se alza entre burlas y sollozos, erguido y sufriente, apuntando -por el hombre- hacia el Padre. El Rey del cielo nació en Belén y, por el calvario, nos trasladará a todos a una nueva vida recién amanecida. José, el hombre de la dulce muerte, el hombre que acompaña el buen morir, quién sabe si en aquel instante de desgarro y abandono no gritó a través del centurión: “¿No se dan cuenta lo que hacen? ¡Han dejado morir al mismo Hijo de Dios!” En una cosa se parece la muerte de Jesús a la de José: en las dos, estuvo cerca María. 


DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús es bajado de la Cruz. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Aquel que en tantos amaneceres y anocheceres se sintió protegido por los brazos de San José, ahora en el atardecer del Viernes Santo, es sostenido, llorado, reverenciado y guardado en los de María. En Nazaret fue cuidado y recogido con mimo, arrullado por las manos de la Virgen María y bendecido muchas veces por San José. Pero al final, en el punto culmen del trayecto de la pasión, cuando el cielo y la tierra parecen fundirse en un abrazo por la cruz, es cuando  el silencio de San José se hace cercano y protector del hijo que bajó hasta el abismo de la misma muerte. 

 


DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es colocado en el sepulcro. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

La semilla esparcida con pasión y regada con amor llega a dar el ciento por uno. Jesús, desde Belén, pasando por Nazaret y subiendo a Jerusalén, fue grano del amor de Dios que, siendo pequeño, maduró definitivamente y con sangre en el árbol de la cruz. José, el hombre que esperó y creyó contra toda esperanza, también sembró con paciencia y serenidad lo que  Jesús más tarde ofreció: el amor a Dios y a los hombres. ¿Qué más se puede esperar del Señor, del Hijo del carpintero?

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