ORACIÓN A SAN JOSÉ POR LA PAZ

 


Oh san José, padre amado y protector de la Sagrada Familia, hoy nos acercamos a ti con un profundo anhelo de paz en nuestros corazones, en nuestras familias y en el mundo entero.

Sabemos que tú experimentaste situaciones de incertidumbre y dificultad, pero siempre confiaste en la Providencia Divina y mantuviste la paz en tu corazón.

Te pedimos San José, que intercedas ante Dios Todopoderoso para que derrame su gracia de paz sobre todos nosotros. Ruega por la paz en el mundo, para que las naciones busquen soluciones pacíficas a los conflictos y renuncien a la violencia y a la guerra. Que reine la armonía entre todas las personas, sin importar su origen, religión o cultura.

San José, modelo de paciencia y humildad, ayúdanos a encontrar la paz en medio de las pruebas y tribulaciones de la vida. Concédenos la serenidad para afrontar los desafíos con confianza en la voluntad de Dios y la capacidad de perdonar a quienes nos han herido.

Ruega por la paz en nuestras familias, para que reine el amor y la comprensión en nuestros hogares. Ayuda a los padres a ser modelos de paz y concordia para sus hijos, y guía a los hijos por el camino de la obediencia y el respeto.

San José, protector de la Iglesia, ruega por la paz en la comunidad cristiana y por la unidad entre sus miembros. Que los cristianos sean testigos de la paz de Cristo en sus vidas y trabajen juntos para construir un mundo más justo y pacífico.

Oh san José, con tu poderosa intercesión, imploramos la paz en nuestros corazones, en nuestras vidas y en el mundo entero. Que la paz de Cristo, que tú cuidaste en la infancia de nuestro Señor, sea una realidad que abrace a toda la humanidad. Amén.

Santo y Justo san José, cuida y aumenta nuestra fe.

GRACIAS, SEÑOR, PORQUE ESTÁS...(José García Nieto)

 


Gracias, Señor, porque estás
todavía en mi palabra;
porque debajo de todos
mis puentes pasan tus aguas.
Piedra te doy, labios duros,
pobre tierra acumulada,
que tus luminosas lenguas
incesantemente aclaran.
Te miro; me miro. Hablo;
te oigo. Busco; me aguardas.
Me vas gastando, gastando.
Con tanto amor me adelgazas
que no siento que a la muerte
me acercas…
Y sueño…
Y pasas…

Vas a pasar, Señor, ya sé quien eres;
tócame por si no estoy bien despierto.
Soy el hombre, ¿me ves?, soy todo el hombre.
Mírame Tú, Señor, si no te veo.
No hay horas, no hay reloj, ni hay otra fuerza
que la que Tú me des, ni hay otro empleo
mejor que el de tu viña...
Pasa...
Llama...
Vuelve a llamarme...
¿Qué hora es? No cuento ya bien. ¿Es la de sexta?, ¿la de nona?,
¿la undécima? ¿O ya es tarde?
Pasa...
Quiero
seguir, seguirte...
Llama. Estoy perdido;
estoy cansado; estoy amando, abriendo
mi corazón a todo todavía...
Dime que estás ahí, Señor; que dentro
de mi amor a las cosas Tú te escondes,
y que aparecerás un día lleno
de ese amor mismo ya transfigurado
en amor para Ti, ya tuyo...
El ciego,
el sordo, anda, tropieza, vacilante,
por la plaza vacía.
Ya no siento
quién soy. No me conozco...
¡ Grita! ¡ Nómbrame,
para saber que todavía es tiempo!...
Hace frío...
¿Será que la hora undécima
ha sonado en la nada?...
Avanzo, muerto
de impaciencia de estar en Ti, temblando
de Ti, muerto de Dios, muerto de miedo.
Yo soy el hombre, el hombre, tu esperanza,
el barro que dejaste en el misterio.

NO OS ASUSTEN LAS TENTACIONES

 


Imitad a Jesús en la caridad, porque él reconoce como suyos sólo a los que conservan celosamente esta preciosa margarita; y recordad siempre que, cuando nos presentemos ante su divina presencia, todo su juicio girará sobre la caridad. 

Haced vuestro el dicho del gran obispo de Hipona: «Mi peso es mi amor». Sí, pesad todas vuestras acciones con la balanza del amor, e iréis tejiendo una corona de méritos para el cielo.

El hastío que experimentáis al practicar la virtud y la oración ni os debe asustar ni os debe llevar a retroceder en la práctica de una y de otra. Continuad en ello; y no os tiene que parecer una pérdida de tiempo, ya que ese tiempo está empleado y gastado en practicar la obediencia.

Las tentaciones no os asusten: son la prueba a la que Dios quiere someter al alma cuando la ve con las fuerzas necesarias para sostener el combate de obtener con sus propias manos la corona de la gloria.

La gracia divina os sirva de defensa y de apoyo en todo.


(7 de enero de 1919, carta del Padre Pío a los novicios, Ep IV, 380)

EL NOMBRE DE "ÁNGEL" DESIGNA LA FUNCIÓN, NO EL SER

 


Hay que saber que el nombre de «ángel» designa la función, no el ser del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles.
Por esto, a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría.
Por la misma razón, se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y, así, Miguel significa: «¿Quién como Dios?», Gabriel significa: «Fortaleza de Dios» y Rafael significa: «Medicina de Dios».
Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando, al fin del mundo, será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se trabó una batalla con el arcángel Miguel.
A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa «Fortaleza de Dios», porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas.
Rafael significa, como dijimos: «Medicina de Dios»; este nombre le viene del hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con razón es llamado «Medicina de Dios».
-SAN GREGORIO MAGNO-

𝐏𝐑𝐄𝐆𝐔𝐍𝐓𝐀𝐒 𝐐𝐔𝐄 𝐋𝐄 𝐇𝐈𝐂𝐈𝐄𝐑𝐎𝐍 𝐀𝐋 𝐏𝐀𝐃𝐑𝐄 𝐏Ɩ́𝐎 𝐘 𝐒𝐔𝐒 𝐑𝐄𝐒𝐏𝐔𝐄𝐒𝐓𝐀𝐒

 



1. ¿Qué significado tienen los estigmas en tu vida?
"Los estigmas son un don que Dios me ha concedido para unirme más a los sufrimientos de Su Hijo. Son una expresión de Su amor por mí, aunque también son una fuente de gran dolor y humillación. Los acepto como parte de la misión que Dios me ha encomendado."

2. ¿Cómo manejas las dudas y críticas sobre la autenticidad de tus experiencias?
"No me preocupo por lo que los demás piensen o digan. Mi única preocupación es hacer la voluntad de Dios y permanecer fiel a Él. La verdad se revelará en su momento. Mi consuelo está en la oración y en la confianza en la misericordia divina."

3. ¿Qué consejo das a los fieles que luchan con el pecado y la tentación?
"La oración es la clave para resistir el mal. Debemos recurrir a Dios en todo momento, especialmente cuando sentimos que estamos siendo tentados. También es esencial frecuentar los sacramentos, especialmente la confesión, para recibir la gracia que necesitamos para luchar contra el pecado."

4. ¿Por qué es tan importante la confesión en la vida cristiana?
"La confesión es el sacramento de la misericordia de Dios. A través de ella, el alma es purificada y renovada. Es un medio por el cual Dios nos concede Su perdón y nos fortalece en nuestra lucha contra el mal. Nunca debemos temer acercarnos a la confesión, porque allí encontramos el amor y la compasión de nuestro Padre celestial."

5. ¿Qué papel juega el sufrimiento en la vida de un cristiano?
"El sufrimiento es una manera en la que podemos unirnos más íntimamente a Cristo. A través del sufrimiento, nos purificamos y crecemos en santidad. No debemos temer al sufrimiento, sino aceptarlo como una parte de nuestra misión cristiana. Es a través de la cruz que llegamos a la resurrección."

6. ¿Qué importancia tiene la Eucaristía en tu vida?
"La Eucaristía es el centro de mi vida. Es el sacramento del amor, donde Cristo se nos da completamente. No puedo imaginar mi vida sin la Eucaristía, porque es en ella donde encuentro la fuerza para continuar mi misión. Cada misa es una renovación del sacrificio de Cristo, y es una oportunidad para unirnos a Él de manera más plena."

TE GLORIFICAMOS, DIOS NUESTRO

 


Padre nuestro, que estás en los cielos. Realmente él es el Padre de todos nosotros y a todos nos conserva en el ser. ¿Le llamas Padre? Regula tu vida como el Hijo, de que seas grato y puedas complacer a ese Padre tuyo que está en los cielos. Porque, ¿quién militando a las órdenes del poderoso príncipe de este mundo y del mundo infernal, que ha adoptado como hijo, se atreverá, con sus malas obras, llamar Padre al Autor y al Señor de todo bien? Consta que este tal a quien llama Padre no es al Señor de los ejércitos, sino al adversario, cuyas obras realiza. Oh hombre, ¿llamas Padre a Dios? Muy bien dicho, pues es Padre y Autor de todos nosotros: pero date prisa en cumplir aquellos deberes que agraden a tu Padre. Si, por el contrario, tus obras son malas, es evidente que invocas al diablo como padre, pues él es el jefe de los malos. Por tanto huye inmediatamente de él, y trata de agradar a tu buen Padre y procreador tuyo.
Santificado sea tu nombre. El nombre es el del Hijo de Dios y que nosotros llevamos. El es Cristo y, nosotros, cristianos, y de su nombre hemos derivado nuestro apellido. Cierto, Dios es realmente santo: lo que pedimos es que su nombre sea santificado en nosotros, lo cual constituye nuestra propia tarea en perfecto acuerdo con la razón: haga santo y absolutamente puro nuestro cuerpo, para que sea hallado irreprochable el día del juicio. ¿Es que tal vez Dios no es santo? Evidentemente que lo es; pero tú oras: Santificado sea tu nombre en mí, para que los hombres vean mis buenas obras y te den gloria a ti, Padre y hacedor mío.
Venga a nosotros tu reino. El reino de Dios es el Espíritu Santo. Lo dice el mismo Señor: El reino de Dios está dentro de vosotros. En efecto, al Espíritu Santo, juntamente con el Padre y con el Hijo, le corresponde reinar, pues él santifica e ilumina a las potestades espirituales y angélicas, a los ejércitos celestiales y a todo hombre que viene al mundo y cree en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. El es realmente Rey de la tierra, de todo lo visible e invisible. Pero así como una ciudad asediada por el enemigo pide refuerzos al rey, así también nosotros, asediados por los poderes adversos y por los pecados, recurrimos a Dios en busca de auxilio para que nos libere. ¿Lo llamas Rey? Conviértete en soldado espiritual, de forma que agrades al Rey que te ha enrolado en su ejército. Y ¿qué? ¿Es que Dios no es rey, dado que su reino está por venir? Ciertamente es un rey universal. Pero así como una ciudad asediada... (según el ejemplo antes alegado). Otra explicación: al decir el profeta: Dios reinó sobre las naciones, empleando el pretérito en lugar del futuro, por esta razón rezamos a grandes voces: Venga a nosotros tu reino, Señor, sobre nosotros que somos las naciones.
Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. La voluntad de Dios Padre es la economía de su Hijo. En el cielo, los ángeles viven en la concordia y en la común armonía: por eso, también nosotros buscamos vivir en un amor sincero. Todo cuanto quieres y persigues, se hace en el cielo: haz lo posible para que esto mismo se haga en la tierra. El sentido es éste: Señor, así como en el cielo se hace tu voluntad, y todos los ángeles viven en paz, y no hay entre ellos ni agredido ni agresor, no hay ni ofendido ni ofensor, no hay quien declare la guerra ni quien la sufra, sino que todos te glorifican en medio de una profunda tranquilidad, paralelamente hágase tu voluntad también entre nosotros los hombres que habitamos la tierra, para que todas las naciones, a una voz y con un solo corazón, te glorifiquemos a ti, hacedor y Padre de todos nosotros.
-Pseudo Germán de Constantinopla-

ORACIÓN A SAN JOSÉ OBRERO

 


Glorioso San José, modelo de todos aquellos que se dedican al 

trabajo, obtenedme la gracia de trabajar con espíritu de peniten

cia para la expiación de mis pecados; de trabajar en conciencia, 

poniendo el culto del deber por encima de mis inclinaciones; de 

trabajar con reconocimiento y alegría, considerando un honor el 

emplear y desarrollar por el trabajo los dones recibidos de Dios; 

de trabajar con orden, paz, moderación y paciencia, sin retro

ceder jamás ante la pereza y las dificultades; de trabajar sobre 

todo con pureza de intención y desprendimiento de mí mismo, 

teniendo sin cesar ante mis ojos la muerte y la cuenta que deberé 

rendir del tiempo perdido, de los talentos inutilizados, del bien 

omitido y de las vanas complacencias en el éxito, tan funestas 

para la obra de Dios. Todo por Jesús, todo por María, todo a 

imitación vuestra ¡oh Patriarca San José! Tal será mi divisa en la 

vida y en la muerte. Así sea.

(San Pío X)

MODO PRÁCTICO DE COMULGAR CON GRAN UTILIDAD

 


Son cuatro las cosas indispensables para recibir dignamente al Señor:
El ayuno natural, la limpieza de conciencia, el conocimiento y el deseo.
1. El ayuno natural consiste en no haber comido ni bebido cosa alguna una hora antes de recibir al Señor.
2. Hay limpieza de conciencia cuando no hay en ella pecado mortal. Pero como no pocas veces el demonio trata de impedir la comunión con traer a la memoria muchas faltas olvidadas en la confesión, si estas faltas son solo leves , bastará que te duelas de ellas , y que comulgues con tranquilidad ; pero si fuesen graves, vuelve al confesor y acúsate de ellas
3. Conocimiento tiene el que reflexiona y sabe quién es Cristo que está en la Hostia consagrada que va a recibir , y quien es el hombre que la recibe (osea, conocimiento de tu fragilidad)
4. Por deseo entendemos aquellas amorosas ansias y anhelo que debe tener tu alma de hospedar al Señor en tu pecho; y entiende que cuanto más fervorosas sean estas ansias , mayores serán las gracias que te concederá Jesucristo.

(San Antonio María Claret)

EL CALVARIO Y LA MISA Autor: Mons. Fulton J. Sheen

 


Hay ciertas cosas en la vida demasiado bellas para olvidarse. Tal es el amor de una madre. Por eso guardamos su fotografía como un tesoro. El amor de los soldados, que se sacrificaron por su patria, es igualmente hermoso para ser olvidado; y por eso reverenciamos su recuerdo en el "Memorial Day". 

Pero la más grande bendición que jamás descendió a este mundo fue la visita del Hijo de Dios en forma y condición de hombre. Su vida, sobre todas las vidas, es demasiado bella para olvidarse; por eso guardamos como un tesoro la divinidad de sus Palabras en la Sagrada Escritura, y la caridad de sus Obras en nuestras acciones diarias. 

Desgraciadamente esto es todo lo que algunas almas recuerdan: concretamente, sus Palabras y sus Obras; y sin embargo, siendo importantes como son, no son la mayor característica del Salvador Divino. El acto más sublime en la historia de Cristo fue su Muerte. La muerte es importante porque ella sella el destino. Todo hombre que fallece es un acontecimiento. Toda escena de muerte es una situación sagrada. La muerte fue piedra de escándalo para Sócrates, pero fue la corona de vida para Cristo. Él mismo nos dijo que había venido al mundo a dar su vida en redención de muchos (Mc., 10, 45); que nadie me quita la vida sino que la doy libremente (Jn., 10, 18). Si, pues, la muerte fue el momento supremo por el cual vivió Cristo, eso fue precisamente lo único por lo que deseó fuese recordado. 

No pidió a hombre alguno que consignara sus palabras en la Escritura; no pidió que se recordase en la historia su bondad con el pobre; pero sí pidió que el hombre recordara su muerte. Y para que su recuerdo no fuese una narración arbitraria por parte de los hombres, Él mismo instituyó el modo concreto como había de ser conmemorado. El memorial fue instituido la noche antes de su muerte, durante lo que se ha llamado La Ultima cena. Tomando el pan en sus manos dijo: Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros; esto es, entregado a la muerte. Después dijo sobre el cáliz del vino: Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para la remisión de los pecados. Así pues, en un símbolo incruento de separación entre la sangre y el cuerpo, consistente en la consagración separada del pan y del vino, se comprometió a Sí mismo al sacrificio delante de Dios y de los hombres, y representó su muerte que sucedería a las tres de la tarde del día siguiente. Se ofrecía a sí mismo como Víctima para ser inmolada; y, para que los hombres no pudiesen olvidar jamás que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos, dio el encargo a la Iglesia: Haced esto en memoria mía. 


 "La muerte se nos representa simbólicamente por medio de esta separación sacramental entre el cuerpo y la sangre; pero la muerte, al mismo tiempo, ya se daba en prenda a Dios por todo su valor, tan bien como en toda su tremenda realidad, con el expresivo lenguaje del Sagrado Símbolo. 

El precio de nuestros pecados se entregaría en el Calvario; pero aquí nuestro Redentor contraía la obligación y la suscribía con su propia Sangre" "No hubo allí propiamente dos completos y diferentes sacrificios ofrecidos por Cristo, uno en el Cenáculo y otro en el Calvario. Hubo un sacrificio en la última Cena; pero éste fue el Sacrificio de la Redención; y hubo un sacrificio en la Cruz, pero éste fue el mismo Sacrificio continuado y completado."

Al día siguiente, lo que había prefigurado y anunciado lo realizó con toda su perfección cuando fue crucificado entre dos ladrones y su sangre se separó toda de su cuerpo para la Redención del mundo. La Iglesia, que Cristo fundó, no sólo conservó la Palabra que Él pronunció y las maravillas que Él obró, sino que le ha obedecido cuidadosamente en lo que dijo: Haced esto en conmemoración mía. Y esta acción, por la cual nosotros volvemos a hacer presente su muerte en la Cruz, es el Sacrificio de la Misa, en la que hacemos, como memoria, lo que Él hizo en la última Cena prefigurando su Pasión. Por eso la Misa es para nosotros el acto cumbre del culto cristiano. El púlpito, en el cual se repite la palabra de nuestro Señor, no nos une con Él; el coro, en que resuenan suaves melodías, no nos aproximan más a la Cruz que a sus vestiduras. Un templo sin el altar del sacrificio no existe entre los templos primitivos y no tiene sentido entre los cristianos. Y así en la Iglesia Católica el altar y no el púlpito o el coro, o el órgano, es el centro del culto; porque en él se celebra el memorial de su Pasión. 



Su valor no depende de quien lo dice o de aquel que le escucha; depende de aquel que es el único gran Sacerdote y Víctima, Jesucristo Nuestro Señor. Con el cual estamos unidos a pesar de nuestra nada; en cierto sentido, perdemos nuestra individualidad por un momento; unimos nuestro entendimiento y nuestra voluntad, nuestro corazón y nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestra sangre tan íntimamente con Cristo, que el Padre celestial no nos ve tanto en nuestra imperfección como nos ve más bien en Él, su Hijo muy amado, en quien tiene todas sus complacencias. La Misa es por esta razón el más grande acontecimiento de la Humanidad; el único Acto Santo que aparta la ira de Dios de un mundo pecador, porque levanta la Cruz entre el cielo y la tierra, renovando así el momento decisivo en que nuestra triste y trágica humanidad pasó de repente a la plenitud de la vida sobrenatural. 

 Lo que importa en este punto es que adoptemos la actitud mental exacta con relación a la Misa, y recordemos este hecho trascendental, que el Sacrificio de la Cruz es no sólo algo que aconteció hace diecinueve siglos. Está aconteciendo aún. No es algo pasado, como la firma de la Declaración de la Independencia. Es un drama permanente del cual no se ha bajado aún el telón. No pensemos que sucedió hace mucho tiempo, y por tanto que no tiene con nosotros más relación que cualquier otra cosa sucedida en el pasado. El Calvario pertenece a todos los tiempos y a todas los lugares. Por eso, cuando Nuestro Señor subió a la altura del Calvario fue significativamente despojado de sus vestiduras. Quiso salvar al mundo sin los arreos de un mundo que pasa. Sus vestiduras pertenecían al tiempo, porque lo localizaban, lo determinaban como un ciudadano de Galilea. Ahora, que había sido despojado de ellas y enteramente desposeído de todas las cosas terrenas, pertenecía, no a Galilea, no a una provincia Romana, sino al mundo. Se había convertido en el pobre de todo el universo; pertenecía no a un pueblo sino a todos los hombres. "Él ofreció la Víctima para ser inmolada; nosotros la ofrecemos ya inmolada entonces. Ofrecemos la Víctima eterna en la Cruz, sacrificada una vez y siempre perdurable… La Misa es un sacrificio porque es nuestra oblación de la Víctima ya inmolada, como la Cena fue la oblación de la Víctima que iba a ser sacrificada". 

 


 

SALMO 83 Añoranza del templo del Señor



¡Qué deseables son tus moradas,

Señor de los ejércitos!

Mi alma se consume y anhela

los atrios del Señor,

mi corazón y mi carne

retozan por el Dios vivo.


Hasta el gorrión ha encontrado una casa;

la golondrina, un nido

donde colocar sus polluelos:

tus altares, Señor de los ejércitos,

Rey mío y Dios mío.


Dichosos los que viven en tu casa,

alabándote siempre.

Dichosos los que encuentran en ti su fuerza

al preparar su peregrinación:


cuando atraviesan áridos valles,

los convierten en oasis,

como si la lluvia temprana

los cubriera de bendiciones;

caminan de baluarte en baluarte

hasta ver a Dios en Sión.


Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;

atiéndeme, Dios de Jacob.

Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,

mira el rostro de tu Ungido.


Vale más un día en tus atrios

que mil en mi casa,

y prefiero el umbral de la casa de Dios

a vivir con los malvados.


Porque el Señor es sol y escudo,

él da la gracia y la gloria;

el Señor no niega sus bienes

a los de conducta intachable.


¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre

que confía en ti!

𝐀𝐆𝐎𝐍𝐈𝐙𝐀 𝐋𝐀 𝐋𝐔𝐙 𝐃𝐄𝐋 𝐌𝐔𝐍𝐃𝐎

 


Eclipsado el sol,
tinieblas y oscuridad llenan la tierra.
Desde la hora sexta hasta la hora nona
en una cruz agoniza Jesús,
la Luz del mundo.

Al pie de la Cruz,
la Madre del divino Ajusticiado…
Su dolor… el Mayor Dolor.

Una gran voz del Señor precede su muerte;
una voz… un grito con eco de siglos
-un eco que transmite palabras divinas-
se oye en medio de hechos portentosos
-señales del carácter divino de la expiración de Cristo-
que manifiestan la magnitud y gravedad
de la muerte del Redentor.

Encomienda su espíritu al Padre,
e inclinando la cabeza entregó su alma…
atraviesa la barrera de la muerte.

Y en la historia de la humanidad,
en toda la redondez de la tierra,
su voz… su palabra traspasa montañas y épocas;
se oye en valles y rompe distancias
de los desiertos interminables.

Es una voz de esperanza… de vida;
una voz que habla de resurrección y gloria.

-Anónimo-

MAGNÍFICAT

 



Bendita eres, muchacha de ensueños
y bendito el fruto que crece en tu seno.
De dónde me viene, lo que no merezco:
que amanezca en casa el mismo Lucero.

Hoy que apenas supe que eras tú mi cielo
me brincó la vida que llevo por dentro.
Feliz por creer lo que te dijeron
de parte de Dios tendrás sufrimiento.

Los mismos profetas prestaron su acento
para que naciera este canto nuevo:

Al Señor que es bueno
canta mi alma
aunque soy pequeña
y no valgo nada,
El hizo conmigo
sus grandes hazañas
por eso me dicen
bienaventurada.

Porque el Poderoso
me dio su mirada
que es misericordia
y a todos alcanza.
Nos mostró su fuerza
dejando sin nada
a aquellos que tienen
soberbia en el alma.

Derribó a los grandes
que en ellos confiaban 
y a la gente humilde
hacia sí El elevaba,
al que estaba hambriento
le calmó sus ansias
y al rico orgulloso
dejó con las ganas.

Escuchó a su pueblo
que le suplicaba
acordándose de la vieja alianza
que con nuestros padres
El mismo jurara
y que los siglos
mantiene sellada. 
Amén.

(Cancionero Católico)

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