MARÍA EXPLICA SU DOLOR EN LA PASIÓN DE CRISTO
DAR MUERTE AL ORGULLO, LA BATALLA POR LA SANTIDAD
Una parábola nos puede ayudar a entender la dificultad que tenemos para llegar hasta el final en nuestra lucha contra el orgullo:
Comparo nuestra situación a la de un país infestado de bandoleros:
son nuestros pecados, nuestros vicios, nuestro orgullo, que nos envenenan la existencia, interfieren la comunicación en el país, nos impiden vivir en paz.
Entonces este país descubre que su vecino es un rey maravilloso, generoso, dotado de un ejército poderoso.
Los bandoleros tienen miedo y desaparecen a lo profundo de los bosques; el país respira, sus habitantes encuentran la concordia y la alegría de vivir juntos.
Creemos que tal es el fruto de nuestra conversión a Jesucristo... pero en realidad
estamos totalmente equivocados: lo que llamamos «paz» es un compromiso mediocre, una dosificación entre Bien y Mal que llamamos «equilibrio», una «coexistencia pacífica» entre el viejo hombre y el nuevo, entre nuestro corazón de carne y nuestro corazón de piedra.
Cristo ha venido para darnos su paz, y no la del mundo, que nos persuade a aceptar el compromiso. Cristo quiere darnos su paz por la extinción de todo lo que amenaza la circulación del Amor. También el rey dice un día: –¿Qué ha pasado con los bandoleros?
Señor, se esconden, están neutralizados... –¡Sí, pero hay que acabar con ellos! Voy a perseguirles y exterminarlos.
Es pues el rey mismo el que desencadena a los bandoleros que su presencia había dormido. De ahí las tentaciones extrañas que pueden levantarse en nosotros después de largos años pasados al servicio de Cristo: el despertar de fiebres dormidas... también el nacimiento de fiebres desconocidas. ¡Es buen signo, es el Espíritu Santo que hace limpieza!.
La clave está en si nosotros preferimos la tranquilidad de ese compromiso con el orgullo o dejamos que el Señor emprenda esa lucha sin cuartel que va a despertar a nuestro peor enemigo. La clave es si aceptamos la paz del mundo o buscamos la paz de Dios, la una sólo proporciona cierta tranquilidad, la otra nos lleva a la guerra.
El mundo da su paz a modo de negociación y de compromiso entre el hombre viejo y el nuevo, el corazón de piedra y el corazón de carne.
Nosotros tenemos un poco de los dos, el agua de las lágrimas que está preparada para brotar de la roca... y la roca misma.
muerto.
De ahí surge una situación muy dolorosa. Querríamos que los dos adversarios que se baten en nuestro corazón, como Esaú y Jacob en el seno de Rebeca, lleguen a un pacto: –¡No demasiada dureza! ¡No demasiado orgullo! ¡No demasiado
egoísmo!, pide Jacob. –¡No demasiado amor! ¡No demasiada humildad! ¡No demasiada locura!, responde Esaú.
Mediante este pacto es posible la coexistencia pacífica. Nosotros llamamos a eso la paz, el equilibrio cristiano, pero es una paz muy provisional. Cuando Cristo dice: «No os doy la paz como la da el mundo», eso significa: «No la doy a modo de pacto, sino por una disolución total del adversario».
Entonces va a ser necesario que el corazón de piedra sea roto, pulverizado, triturado. Y poco a poco, al calor de un fuego dulce que es el de la dulzura de Dios, se licúe. Cuando se vuelva líquido, ya no habrá conflicto entre el corazón de piedra y el corazón de carne, porque ya no habrá corazón de piedra. Esa será la Paz tal y como Jesús la da... la santidad.
Su primer ataque, que es suficiente la mayoría de las veces, es conseguir que aceptemos quedarnos en un nivel mediocre, bajo pretexto de modestia, de realismo, e incluso de humildad: «Esto no va demasiado mal... estoy en paz...» esta famosa paz de compromiso que el mundo da.
Entonces allí hay todo un arsenal de máximas destinadas a persuadirnos, a la vez, de que no es posible ir más lejos, y de que no es necesario. «Hay sin duda algunos viajeros interplanetarios que se embarcan en los cohetes espaciales: personajes más admirables que imitables que se llaman santos...
¡entonces ya está hecho! El demonio ha ganado, porque Dios es tímido.
La primera batalla, aquella donde flaquea la mayoría, es en suma una batalla doctrinal: ¿Cuál es el programa? Hay toda clase de venenos hoy, pero el más peligroso no es nuevo: es la famosa distinción entre el cristianismo «normal» u «ordinario», y el cristianismo excepcional o extraordinario de los santos, de la vida mística.
pregunta que se plantea es: ¿Reconoces tú que éste es el programa, y el programa para todo el mundo? Pues todos son llamados, los grados son diversos, pero nadie tiene el derecho de decir: No soy llamado a la vida mística, a la intimidad trinitaria. Por lo tanto hace falta esperar, hasta el final, la santidad.
nosotros.
ORACIONES AL ESPÍRITU SANTO PARA PEDIR SUS 7 DONES
Ven Espíritu Santo, inflama mi corazón y enciende en el fuego de tu Amor. Dígnate escuchar mis súplicas, y envía sobre mí tus dones, como los enviaste sobre los Apóstoles el día de Pentecostés.
Espíritu de Verdad, te ruego me llenes del don de Entendimiento, para penetrar las verdades reveladas, y así aumentar mi fe; distinguiendo con su luz lo que es del buen, o del mal espíritu.
Espíritu Sempiterno, te ruego me llenes del don de Ciencia, para sentir con la Iglesia en la estima de las cosas terrenas, y así aumentar mi esperanza; viviendo para los valores eternos.
Espíritu de Amor, te ruego me llenes del don de Sabiduría, para que saboree cada día más con qué infinito Amor soy amado, y así aumente mi caridad a Dios y al prójimo; actuando siempre movido por ella.
Espíritu Santificador, te ruego me llenes del don de Consejo, para obrar de continuo con prudencia; eligiendo las palabras y acciones más adecuadas a la santificación mía y de los demás.
Espíritu de Bondad, te ruego me llenes del don de Piedad, para practicar con todos la justicia; dando a cada uno lo suyo: a Dios con gratitud y obediencia, a los hombres con generosidad y amabilidad.
Espíritu Omnipotente, te ruego me llenes del don de Fortaleza, para perseverar con constancia y confianza en el camino de la perfección cristiana; resistiendo con paciencia las adversidades.
Espíritu de Majestad, te ruego me llenes del don de Temor de Dios, para no dejarme llevar de las tentaciones de los sentidos, y proceder con templanza en el uso de las criaturas.
Divino Espíritu, por los méritos de Jesucristo y la intercesión de tu Esposa, María Santísima, te suplico que vengas a mi corazón y me comuniques la plenitud de tus dones, para que, iluminado y confortado por ellos, viva según tu voluntad, muera entregado a tu Amor y así merezca cantar eternamente tus infinitas misericordias. Amén.
¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO!
LA SANTÍSIMA VIRGEN TOMA EL LUGAR DE UNA MONJA PARA SALVARLA
---------- Singular favor de María a Beatriz----------
de Beatriz, monja en el monasterio de Monte Eraldo, como lo refieren Cesáreo y el
P. Rho.
fugarse con él. Y, en efecto, un día, la desdichada, fue ante la imagen de María y allí
depositó las llaves del monasterio, pues era la portera, y se fugó.
Marchando a un país lejano, vivió como mujer de la vida durante quince
años. Sucedió que llegó por allí el proveedor del monasterio y ella, pensando que no
la reconocería, le preguntó si conocía a sor Beatriz. Muy bien la conozco, le
respondió: es una santa monja y ahora es una maestra de novicias. Ante esta
noticia, ella quedó confusa y maravillada, no acertando a comprender qué había
pasado. Y por cerciorarse, cambió de indumentaria y viajó al monasterio. Hizo llamar
a sor Beatriz, y he aquí que se le presenta delante la Santísima Virgen en la figura
de aquella imagen ante la que había dejado el hábito y las llaves.
Beatriz entró en el monasterio, retomando el hábito de religiosa y, agradecida a tan gran misericordia de María vivió como una santa. Y en la hora de la muerte lo manifestó todo para gloria de esta gran Señora.
EL LLANTO DEL ALMA Y LOS CONSUELOS DE LA ETERNA SABIDURÍA
EL LLANTO DEL ALMA
Entra dentro de ti, alma mía, echa lejos de ti todas las cosas exteriores, y recógete en el secreto de tu corazón. Todos tus esfuerzos serán pocos para sufrir este dolor in menso y para sondear el abismo de miserias en que has caído. Broten de mi pecho, arroyado en lágrimas, gritos y lamentos aterradores que repercutan a través de los valles hondos, de las montañas gigantes, de las aguas inmensas, y no se detengan hasta llegar al cielo y a oídos de todos los santos del paraíso.
Sí; exclamaré; ¡oh, vosotros los que sois del todo insensibles, ojalá pudiera yo enterneceros con los gemidos de mi corazón, con las ondas de mis lágrimas!, ¡ojalá pudiera haceros sentir algo de mi dolor, mostrándoos las penas que me despedazan y me consumen! ¡Desventurado de mí! El Padre celestial creó mi alma superior a todas las cosas sensibles, la adornó con sus más ricos dones, la escogió por esposa querida..., y yo me he huido de El y lo he perdido.
¡Padre mío!, ¡amor mío! ¡Ay, ay, desgraciado de mí! ¿Qué he hecho?, ¿qué es lo que me he perdido? Perdiéndoos a Vos me he perdido a mí mismo, he perdido la amistad de los ángeles del cielo, se ha desvanecido como el humo toda mi felicidad, mi alma ha quedado sola y desnuda de todo bien. Todos los que me hacían alarde de su amistad me han engañado indignamente y se han convertido para mí en verdaderos verdugos, y me han arrebatado todo mi tesoro, al despojarme de la gracia y amistad de mi único y ver dadero amigo.
¿No tengo sobrado motivo para llorar? ¿Dónde podré encontrar consuelo para mi dolor? Todas las criaturas me han abandonado, y yo me he apartado de mi Dios y Señor. ¡Oh día triste el día de mi caída! ¡Oh, vosotras, rosas de amor, lirios de pureza!; oíd mi llanto, y al contemplar mi hermosura marchita y estéril, entender cuan presto se marchitan las flores sobre las que el mundo ha puesto su mano. En adelante, mi vida será una muerte continua, mi alegría una continua tristeza, mi juventud un eterno languidecer..., y con todo, mis dolores nunca serán proporcionados a la gravedad de mi culpa.
¡Oh!, sí: el mayor de mis tormentos, el verdadero infierno de mi pobre corazón, será el haber ofendido a Dios. ¡Ay, ay, desgraciado de mí!, que he podido despreciar vuestras gracias y olvidaros, Dios mío; yo, a quien habéis advertido a tiempo con tal dulzura, a quien con tal familiaridad habéis tratado! ¡Oh dureza del corazón humano, que tales pecados es capaz de cometer!; ¡oh corazón más duro que el bronce, que no te quiebras de dolor!
En otros tiempos más felices, mi alma era la esposa amada del Rey de la Gloria; ahora no merece ser su vil esclava. ¡Ay!, temo levantar mis ojos al cielo; mi lengua enmudece en presencia de mi Dios. El mundo me pesa y me molesta; deseara estar más bien en un bosque espesísimo, donde ni los pasos ni las miradas del hombre pudieran penetrar, y allí descansaría mi corazón deshaciéndose en gritos y lamentos. Sí, en lamentos, porque el llanto es mi único consuelo. ¡Oh pecado, pecado!, ¡a qué estado de miseria me has reducido! ¡Maldito sea quien te sirve, oh mundo engañador! A mí ya me has dado lo que me debías, el precio de mi esclavitud; ya todo el mundo me aborrece, y hasta yo desearía huir de mí mismo.
¡Almas que todavía estáis enriquecidas con los dones de vuestro real Esposo!, ¡almas puras y santas que sabéis huir a tiempo del pecado y conservar vuestra primera inocencia!, vosotras sois dichosas, sumamente dichosas; y si no conocéis vuestra felicidad, es porque la conciencia pura y limpia no puede sentir nunca las angustias que matan a un corazón manchado por el pecado. Yo, en cambio, lloro amargamente, y mis gemidos no tienen consuelo. ¡Qué delicias experimenté cuando estaba con Vos, Jesús mío, Jesús amadísimo!; ¡qué contento estaba entonces y qué tranquilo!; y con todo, no conocía mi propia felicidad. Ahora, ¡oh, si pudiese declarar toda la intensidad de mi dolor!, ¡quién tuviera el poderío de la inmensidad de los cielos, de las aguas de la mar, de todas las plantas y seres de la tierra, para expresar por ellas los sufrimientos de mi pobre corazón, y las desgracias irreparables que me acarrea el haber ofendido al Esposo amantísimo de mi alma! ¿Por qué nací yo a esta vida?; ¿qué me queda ya que esperar sino los abismos de una eterna desesperación? 1
LOS CONSUELOS DE LA SABIDURÍA:
La Sabiduría (Jesucristo):
No hay para qué desesperarte. Yo vine al mundo porque te amo, para reconciliarte con el Padre, y para concederte una gloria aun más estimable que la inocencia cuya pérdida lloras.
Discípulo:
¿Qué voz es esta que tan dulcemente habla a mi corazón, y consuela mi alma desterrada del cielo y de la tierra?
La Sabiduría (Jesucristo):
¿No me conoces? ¿Por qué te abates de esa manera? Ya veo, hijo mío muy querido, que te ciega el exceso del dolor; pero, ¿no sabes que yo soy la Sabiduría del Padre, llena de ternuras y de bondad? Sí, mira: yo soy un abismo de misericordia tan grande, que ni los mismos santos lo pueden comprender, y que está siempre abierto para recibir a todos los corazones humillados y contritos.
Yo sufrí por ti la pobreza, el destierro, la muerte de cruz. Todavía me puedes ver pálido, chorreando sangre, lleno del mismo amor que me interpuso entre tu alma y los justos castigos de mi Padre. Soy tuyo, soy tu hermano, tu esposo. He olvidado tus ofensas como si nunca me las hubieras hecho. Date a mí, y en adelante procura no separarte jamás del cumplimiento de mi voluntad. Levanta la cabeza, mírame lleno de valor, y purifícate en mi sangre. En prenda de nuestra reconciliación, toma este anillo, este vestido; este calzado; gocémonos ahora, porque tu alma ha de ser mi esposa muy amada. Me ha cautivado tu dolor, y no he podido resistir a tus gemidos. ¡Siento tanta compasión por los corazones entristecidos...! Si el universo entero ardiese en vivas llamas, su fuego no abrasaría un simple puñado de paja con más ímpetu que el que mueve a mi insaciable misericordia a recibir a un alma penitente.
Discípulo:
¡Oh Padre de misericordia, mi dulce hermano, mi amable esposo, única alegría de mi corazón!; ¿de modo que habéis querido escucharme y concederme el perdón, a pesar de mis ruindades y de mi ingratitud? ¡Qué favor, qué clemencia, qué misericordia más grande! Os adoro, os bendigo, os doy infinitas gracias, me postro a vuestros pies..., y os ofrezco a vuestro Hijo Unigénito, que por mí expiró en una cruz: sea El el iris de paz que os haga olvidar todas mis iniquidades. Ahora vuelvo a nacer en los brazos de Jesús crucificado; me sumerjo en sus llagas, uno mi alma a su alma, mi corazón a su corazón, para que nunca, ni en vida ni en muerte, pueda separarme más de sus tiernos abrazos. En adelante, antes morir, antes el purgatorio, antes el infierno, que ofender a mi Señor y mi Redentor.
¡Qué no pueda yo hacer llegar hasta el cielo gemidos tan hondos que me rompan el corazón! Quisiera morirme en un exceso de dolor, porque cuanto ha sido mayor vuestra bondad en perdonarme mis pecados, tanto más cruelmente me atormenta el haberos ofendido y haber sido tan ingrato a vuestra infinita misericordia. ¿Cómo he de agradeceros, ¡oh Sabiduría Eterna, mi dulzura, mi consuelo!, el que me hayáis cerrado con vuestras propias llagas las llagas mías que ninguna criatura del mundo podía remediar? Enseñadme ahora cómo he de llevar en mi cuerpo el estigma de vuestro amor, para que el mundo entero, los ángeles y los santos sepan de una vez que no soy del todo insensible a la caridad infinita con que habéis atendido a este desgraciado desposeído de toda esperanza.
La Sabiduría (Jesucristo):
Si es que estás conmigo espiritualmente crucificado, llevarás en tu cuerpo los estigmas de mi amor. Hazme entrega generosa de todo tu ser y de todo cuanto te pertenece, y esto para no reclamarlo jamás. No tengas más que lo estrictamente necesario, y de este modo tus manos estarán ya clavadas en la cruz. Afianza en mí, y sólo en mí, tu alma inconstante, tu corazón voluble, tus pensamientos inciertos, y entonces también tu pie derecho estará crucificado. Cuida de que no se debiliten con el tiempo las energías de tu alma ni las energías de tu cuerpo, para que nunca caigas en la negligencia y el abandono, y entonces tus brazos, como los míos, estarán extendidos en la Cruz siempre dispuestos a cumplir mi voluntad. Rinde a tu cuerpo en los ejercicios y prácticas espirituales en obsequio del desfallecimiento de mis piernas, y no le permitas jamás satisfacer sus apetitos. Los disgustos, las tentaciones, las penalidades que con frecuencia te asaltarán y te agobiarán, serán precisamente las que más te han de unir conmigo, con los abrazos de la Pasión, y por amor mío llevarás sobre ti la imagen de mis dolores. Tu privación de todo consuelo, y tus luchas contra la naturaleza, me devolverán mis energías primeras. Tu cuerpo será un lecho blando, para que en él descansen mis miembros fatigados. Tu aversión al pecado será la alegría de mi alma; tus ternuras endulzarán mis sufrimientos, y tu fervor acrecentará más y más el amor mío.
Discípulo:
Espero de Vos estos favores, ¡oh Eterna Sabiduría!, y pongo a vuestro servicio mi voluntad con todo lo que ella es. Ahora comprendo cuan fácil es serviros, y cómo es ligero el yugo de vuestra obediencia. Esto lo saben mejor que nadie los que han tenido la desgracia de llevar el yugo aplastante de la iniquidad.
"Tratado de la Eterna Sabiduría" Beato Enrique Susón, predicador y escritor de la Orden de Santo Domingo
LA VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO
YO SALVARÉ A MI PUEBLO
SANTA TERESA Y SU DEVOCIÓN AL PATRIARCA SAN JOSÉ
No hay devoción alguna -si se exceptúa la que todo cristiano ha de profesar siempre a Jesús y a María- que sea más grata a Dios, ni más sólida en sí misma, ni más fecunda en frutos materiales y espirituales para los hombres, que la devoción al glorioso Patriarca San José. Los teólogos y santos están de acuerdo en afirmarlo.
La Seráfica Virgen, Santa Teresa de Jesús, que tantas veces había sentido su amorosa protección en el cuerpo y en el alma, se convierte en el más ferviente apóstol de esta devoción, protestando que "si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana se alargara en decir muy por menudo las mercedes que le había hecho este glorioso Santo, así a ella como a otras personas". (Santa Teresa, Vida, capítulo 6, n. 8).
Con todo no deja de recomendarnos, con el más vivo encarecimiento, que "aunque tengamos muchos santos por abogados, hemos de ser particularmente devotos del bendito San José, por lo mucho que alcanza de Dios" (Avisos). Trazándonos, en el capítulo sexto de Vida, el más exaltado panegírico que jamás se haya escrito en honor del Santo Patriarca, y apuntando las más eficaces razones, avaladas por su propia experiencia, para movernos a profesarle sincera y tierna devoción.
"Querría yo persuadir a todos -escribe la santa- fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios. No he conocido persona, que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan" (Santa Teresa, Vida, cap. 6, n. 7).
"No me acuerdo hasta ahora, -continúa- haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma, que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, de este glorioso santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, (que como tenía nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar), así ahora en el cielo hace todo cuanto le pide" (Santa Teresa de Jesús Vida. n.6)
"En especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas; que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den gracias a San José por lo bien que les ayudó en ellas".
"Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome a este glorioso Santo por maestro y no errará el camino".
"Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción". (Santa Teresa de Jesús Vida, cap. 6, n. 8).
Tal es el tono encarecido, el peso de las razones, y el fogoso apasionamiento, con que la gran Doctora Mística nos recomienda la devoción al Esposo dulcísimo de María y Padre virginal de Jesús.
El mundo católico es deudor, sin disputa alguna, a la insigne Reformadora del Carmelo, del incremento y difusión que ha obtenido en la Iglesia, el culto ferviente del Santo Patriarca, a partir de aquélla fecha hasta nuestros días.
(Radiocristiandad.org)
LA PACIENCIA
La paciencia proviene de las palabras paz y ciencia y es: La capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse.
La paciencia es aquella virtud que nos ayuda a esperar y gracias a la cual los cristianos podemos ser sembradores de paz y de alegría, porque conservamos la serenidad en los momentos difíciles y transmitimos a quienes nos rodean.
Las Bienaventuranzas puedan parecer una exhortación a ser pacientes ante los sufrimientos de la vida. “Si vamos al fondo de las Bienaventuranzas, observaremos que siempre aparece el sujeto secreto: Jesús. Él es aquel en quien se ve lo que significa ser pobres en el Espíritu; Él es el afligido, el manso, quien tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso. Él tiene el corazón puro, es el que lleva la paz, el perseguido por causa de la justicia. Todas las palabras del Sermón de la Montaña son carne y sangre en él”
Para nosotros debiera resultar más fácil esperar y tener paciencia mientras vivimos los padecimientos del tiempo presente (Rom 8, 18), porque nuestros sufrimientos ahora tienen otro significado, son camino de redención; el dolor, la enfermedad, la misma muerte, son realidades que han sido liberadas de su antiguo veneno, y convertidas en medio de salvación: son medicina saludable, fuente de gozo espiritual y preparación para la bienaventuranza eterna.
Para ser pacientes, aunque sigue siendo necesaria la virtud, basta estar unidos a Cristo. A través de los sacramentos de la Iglesia y del ejercicio de las virtudes teologales, vamos experimentando que el siervo paciente es Él, y en mis tribulaciones se hace presente para hacerse solidario conmigo. Él lleva la carga, el sufre lo que yo sufro y lleva el peso de la Cruz redentora sobre sus espaldas; yo solamente le ayudo un poco y entre los dos llenamos de sentido las penas.
Para entrar en contacto con Jesucristo, el lugar ideal es la celebración litúrgica, donde se renuevan los misterios de su vida y se nos comunican. Qué importante es participar con serenidad en la Santa Misa, porque ahí estamos con Él, entramos en su tiempo, en su ritmo. Si luchamos por participar serenamente en la santa Misa, conseguiremos adquirir esa paciencia divina que llevaremos en el corazón a lo largo del día.
A veces corremos y queremos que Dios también corra... en la Misa vemos el reloj y si se entretiene el sacerdote un poco más de lo habitual, nos molestamos. Hay que saber estar con Dios y no correr.
Es impresionante el modo como lo afirma el Santo Padre Benedicto XVI: “En la conciencia de los hombres de hoy las cosas de Dios, y con ello la liturgia, no se muestran en absoluto urgentes. Hay urgencia para cualquier cosa posible. Las cosas de Dios nunca parece que sean urgentes”, y se entiende por eso que haya afirmado con gran sabiduría, que “el mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”.
Ser paciente es posible, independientemente del modo de ser y de la magnitud de las dificultades con las que nos enfrentamos, porque contamos con la fuerza de Dios. Tenemos delante una meta hacia la que nuestro Señor quiere que vayamos, y que hacía al Apóstol Pablo pedir como algo verdaderamente importante: “que el Señor dirija sus corazones hacia el amor de Dios y la paciencia de Cristo" (2 Tes, 3,5).
Padre Eduardo Díaz Covarrubias
ESPÍRITU SANTO, ESPÍRITU DE DIOS
¿Quién, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina? Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad que procede del Padre; Espíritu firme, Espíritu generoso, Espíritu Santo son sus apelativos propios y peculiares.
Hacia él dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia él tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.
Él es fuente de santidad, luz para la inteligencia; él da a todo ser racional como una luz para entender la verdad.
Aunque inaccesible por naturaleza, se deja comprender por su bondad; con su acción lo llena todo, pero se comunica solamente a los que encuentra dignos, no ciertamente de manera idéntica ni con la misma plenitud, sino distribuyendo su energía según la proporción de la fe.
Simple en su esencia y variado en sus dones, está íntegro en cada uno e íntegro en todas partes. Se reparte sin sufrir división, deja que participen en él, pero él permanece íntegro, a semejanza del rayo solar cuyos beneficios llegan a quien disfrute de él como si fuera único, pero, mezclado con el aire, ilumina la tierra entera y el mar.
Así el Espíritu Santo está presente en cada hombre capaz de recibirlo, como si sólo él existiera y, no obstante, distribuye a todos gracia abundante y completa; todos disfrutan de él en la medida en que lo requiere la naturaleza de la criatura, pero no en la proporción con que él podría darse.
Por él los corazones se elevan a lo alto, por su mano son conducidos los débiles, por él los que caminan tras la virtud, llegan a la perfección. Es él quien ilumina a los que se han purificado de sus culpas y al comunicarse a ellos los vuelve espirituales.
Como los cuerpos limpios y transparentes se vuelven brillantes cuando reciben un rayo de sol y despiden de ellos mismos como una nueva luz, del mismo modo las almas portadoras del Espíritu Santo se vuelven plenamente espirituales y transmiten la gracia a los demás.
De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios.
SAN BASILIO MAGNO
SÓLO JESÚS (Poesía de Santa Teresita del Niño Jesús)
Mi corazón ardiente quiere darse sin tregua,
siente necesidad de mostrar su ternura.
Mas ¿quién comprenderá mi amor,
qué corazón querrá corresponderme?
En vano espero y pido que nadie
pague con amor mi amor.
Sólo tú, mi Jesús, eres capaz
de contentar mi alma.
Nada puede encantarme aquí en la tierra,
no se halla aquí la verdadera dicha.
¡Mi única paz, mi amor,
mi sola dicha eres tú, mi Señor!
Tú supiste crear un corazón de madre,
por eso encuentro en ti al más tierno
y amable de los padres.
¡Oh, Jesús, mi único amor, Verbo eterno!,
tu corazón es para mí más dulce
que el corazón más dulce de una madre.
A cada instante y paso me sigues
en mis pasos y me guardas.
Cuando te llamo, acudes prontamente.
Y si, tal vez, parece que te escondes,
tú mismo vienes en mi ayuda
luego para poder buscarte.
En ti solo, Jesús, mi afición pongo,
corro a tus brazos, a esconderme en ellos.
Como un niño pequeño quiero amarte,
como un bravo soldado luchar quiero.
Como un niño, te colmo de caricias,
y de mi apostolado en la palestra
como un guerrero a combatir me lanzo...
Tu corazón divino, que guarda
y que devuelve la inocencia,
no es capaz de frustrar mis esperanzas.
En ti, Señor, reposan mis deseos:
después de este destierro, al cielo a verte iré.
Cuando la tempestad se alza en mi alma,
levanto a ti mis ojos, y en tu tierna mirada
compasiva yo leo tu respuesta:
«¡Hija mía, por ti creé los cielos!»
Yo sé que mis suspiros y mis lágrimas
ante ti están y te encantan, mi Señor.
Los serafines forman en el cielo tu corte,
y sin embargo tú vienes a buscar mi pobre amor...
Quieres mi corazón, aquí lo tienes,
te entrego enteros todos mis deseos.
Y por ti, ¡oh mi Rey y Esposo mío!,
a los que amo seguiré yo amando.
(Poesía de Santa Teresita del Niño Jesús)
LOS FRUTOS DE LA COMUNIÓN
1. Acrecienta la unión con Cristo
Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Jesús. En efecto, el Señor dice:
Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él (Jn 6,56).
La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico:
Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí (Jn 6,57).
Cada Comunión Sacramental es una segunda y perpetua Encarnación de Jesucristo y establece una sociedad de vida y de amor entre el hombre y el Salvador. Y a medida que va creciendo esta unión con el Señor, nos vamos asemejando a Él cada vez más. El cristiano se transforma así por la Comunión en otro Cristo. San Pedro Julián lo explica así:
El hombre trabajará y Jesús dará la gracia del trabajo. El hombre guardará para sí el mérito; pero toda la gloria será para Jesucristo. Jesús podrá decir todavía a su Padre: Os amo, os adoro, sufro todavía y vivo de nuevo en los miembros de mi Iglesia (los cristianos).
2. Acrecienta la vida de gracia
Así lo dice el Catecismo:
Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, «vivificada por el Espíritu Santo y vivificante» (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.
3. Nos aleja del pecado
El Cuerpo de Cristo que recibimos en la Comunión Sacramental es «entregado por nosotros», y la Sangre que bebemos es «derramada por muchos para el perdón de los pecados». Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados. Es el remedio para curarnos de las heridas del pecado. Nos da las fuerzas necesarias para combatir por las virtudes para vivir con fidelidad a Cristo.
4. Borra los pecados veniales
La Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales (cf Concilio de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de unirnos en Él. Por ello, en cada celebración eucarística pedimos perdón al Señor y nuestra alma queda purificada de los pecados veniales para que esté mejor dispuesta para recibirlo.
5. Nos preserva de futuros pecados mortales
Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal. Y más fácil se nos hará el progreso espiritual. La Comunión diaria era el secreto de los santos para conservar y acrecentar la vida de gracia y el amor a Dios y al prójimo.
6. Fortalece la unidad de la Iglesia
Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. San Pablo, nos lo recuerda:
Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan (1 Co 10, 17).
7. Inclina a la práctica de la caridad con los más necesitados
La Santa Comunión nos ayuda a ver en los más desvalidos al mismo Cristo. Como Él nos enseñó en el Evangelio, si damos de comer a un hambriento, lo alimentamos a Él, si vestimos a un desnudo, lo vestimos a Él. Todo bien que hagamos al más necesitado, se lo hacemos al mismo Señor. San Juan Crisóstomo advierte:
Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. […] Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno […] de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso
por Mariana Manzanares | Vida espiritual
ORACIÓN DEL ALMA ENAMORADA (San Juan de la cruz)
𝐉𝐔𝐍𝐓𝐎 𝐀𝐋 𝐒𝐀𝐆𝐑𝐀𝐑𝐈𝐎
EL SOLDADO DE CRISTO DEBE RENUNCIAR A SU PROPIA VOLUNTAD
Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Por la gracia de Cristo, el mundo, es decir, las concupiscencias del mundo están crucificadas, mortificadas, extinguidas, de forma que no reinen en mí ni me dominen ni me arrastren en pos de sí; y yo al mundo, por los males que tolero.
Para que el mundo esté crucificado para nosotros y en nosotros, y nosotros para el mundo, el Señor nos amonesta con estas palabras: El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, esto es, crucifique en sí al mundo, y cargue con su cruz, es decir, crucifíquese para el mundo. Pues lo mismo es que el mundo esté crucificado para sí que negarse a sí mismo, y tanto da estar crucificado para el mundo como cargar con la cruz.
Si ya resulta difícil renunciar a nuestros planes, es decir, a los proyectos largamente acariciados, mucho más difícil es negarse a sí mismo, esto es, renunciar a la propia voluntad. Lo cual es, no obstante, necesario, si queremos seguir a Cristo. El soldado de Cristo debe, en efecto, renunciar a su propia voluntad en pro de la voluntad de otro, y no sólo debe abandonar una voluntad mala por una buena, sino incluso su propia buena voluntad por la voluntad buena del otro.
El imitador de Cristo no sólo debe abandonar la propia voluntad ante la voluntad del superior, sino ante la voluntad del igual y hasta del inferior. Renunciar a la propia voluntad ante la voluntad del mayor, ésta es la voluntad buena de Dios; posponer la propia voluntad a la voluntad del igual, ésta es la voluntad agradable de Dios; abandonar la propia voluntad en beneficio de la voluntad del menor, ésta es la voluntad perfecta de Dios.
Y cargue con su cruz, es decir, tolere lo amargo y lo duro por la justicia y la verdad. Esta es la enseñanza de Cristo: huir los placeres de la vida y vivir austeramente. Sabéis de sobra, hermanos, que, en la cítara, la cuerda se tiende flanqueada por dos listones de madera, pero para que suene bien antes debe secarse. Así también, nuestro citarista David secó en el desierto, al calor del sol, la cuerda de su carne, ayunando cuarenta días con sus cuarenta noches. Y entonces, perfectamente seca, la extendió en la cruz, la tocó con los dedos del amor, entonó un cántico de amor, moduló la voz de la compasión y prometió un acorde de misericordia, diciendo: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. ¡Oh qué gran benignidad la del benignísimo Jesús, que en semejante trance tan benignamente oró por tan malignos enemigos!
(Gualterio de San Víctor)
De los sermones atribuidos (Sermón 3, 5.6.7.9: CCL CM 30, 252.253.254.255) (del lecc. par-impar)
EL HOMBRE HA DE TENDER IRRESISTIBLEMENTE HACIA DIOS
Dios vive su vida en la plenitud apretada de su infinita perfección. Tiene en sí todo cuanto pudiera apetecer. No necesita nada para ser y tener cuanto es y cuanto tiene, porque es lo que puede ser y tiene cuanto puede tener, a pesar de poder ser y tener todo en infinitud.
El hombre es lo que Dios ha querido que sea, y tiene cuanto Dios ha querido darle. Dios quiso crearle para que fuera imagen de su infinita perfección y para que le poseyera por gracia en cuanto es y tiene.
Todo lo que Dios es, en Él es realidad infinita por su adhesión a sí mismo. El hombre es imagen de Dios y le posee en la medida que a Él se adhiere.
Por eso, para llenar la plenitud de su ser y de su obrar, el hombre ha de tender irresistiblemente hacia Dios, único fin para el que fue creado, y cuando esto hace, vive en el encajamiento de su realidad, es feliz y da sentido perfecto a todo su ser y actuar. Por lo que un hombre que no tiende hacia Dios, es un ser deforme en la creación, fuera de su centro y desencajado de su fin; es un ser extraño.
Por eso, cuando el pecado nos separó de Dios y nos sacó de nuestro centro, lanzándonos por derroteros que nos alejaban del Sumo Bien, Dios mismo, ante tal desconcierto, determinó, en un derramamiento de amor y de misericordia hacia nosotros, hacerse Hombre, para, como Camino, conducirnos nuevamente a su Vida por medio de la Verdad de su enseñanza. Y para que todo cuanto deseaba se convirtiera en realidad, nos injertó en Él, haciéndonos una cosa consigo mismo en la persona del Verbo Encarnado, reencajándonos en su plan infinito y haciéndonos vivir en Él y hacia Él, según su designio amoroso al crearnos.
(Madre Trinidad de la Santa Iglesia, fundadora de la "Obra de la Iglesia)
¡ OH BANQUETE PRECIOSO Y ADMIRABLE!
LOS TRES SIGNIFICADOS DEL ESCAPULARIO CARMELITA
El escapulario tiene 3 significados:
1) El amor y la protección maternal de María:
El signo es una tela o manto pequeño. Vemos como María cuando nace Jesús lo envuelve en un manto. La Madre siempre trata de cobijar a sus hijos.
Envolver en su manto es una señal muy maternal de protección y cuidado. Señal de que nos envuelve en su amor maternal. Nos hace suyos. Nos cubre de la ignominia de nuestra desnudes espiritual.
Vemos en la Biblia:
-Dios cubrió con un manto a Adán y Eva después de que pecaron. (manto - signo de perdón)
-Jonatán le dio su manto a David: símbolo de amistad
-Elías dio su manto a Eliseo y lo llenó de su espíritu en su partida.
-San Pablo: revístanse de Cristo: vestirnos con el manto de sus virtudes.
2) Pertenencia a María:
Llevamos una marca que nos distingue como sus hijos escogidos. El escapulario se convierte en el símbolo de nuestra consagración a María.
Consagración: 'pertenecer a María' es reconocer su misión maternal sobre nosotros y entregarnos a ella para dejarnos guiar, enseñar, moldear por Ella y en su corazón. Así podremos ser usados por Ella para la extensión del Reino de su Hijo.
-En 1950 Papa Pío XII escribió acerca del escapulario: "que sea tu signo de consagración al Inmaculado Corazón de María, lo cual estamos particularmente necesitando en estos tiempos tan peligrosos"
En las palabras del Papa vemos mas vez mas devoción a la Virgen del Carmen es devoción a la Inmaculada.
Quien lleve el escapulario debe estar consciente de su consagración a Dios y a la Virgen y ser consecuente en sus pensamientos, palabras y obras.
3) El suave yugo de Cristo:
"Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mi, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana". (Mt 11:29-30)
-El escapulario simboliza ese yugo que Jesús nos invita a cargar pero que María nos ayuda a llevar.
Quién lleva el escapulario debe identificarse como católico sin temor a los rechazos y dificultades que ese yugo le traiga.
Se debe vivir lo que significa
El escapulario es un signo de nuestra identidad como católicos, vinculados íntimamente a la Virgen María con el propósito de vivir plenamente según nuestro bautismo. Representa nuestra decisión de seguir a Jesús por María en el espíritu de los religiosos pero adaptado a la propia vocación. Esto requiere que seamos pobres (un estilo de vida sencillo sin apegos materiales), castos y obedientes por amor a Dios.
Al usar el escapulario constantemente hacemos silenciosa petición de asistencia continua a la Santísima Madre. La Virgen nos enseña e intercede para que recibamos las gracias para vivir como ella, abiertos de corazón al Señor, escuchando Su Palabra, orando, descubriendo a Dios en la vida diaria y cercano a las necesidades de nuestros hermanos. El escapulario además es un recuerdo de que nuestra meta es el cielo y todo lo de este mundo está pasando.
En momentos de tentación, tomamos el escapulario en nuestras manos e invocamos la asistencia de la Madre, resueltos a ser fieles al Señor. Ella nos dirige hacia el Sagrado Corazón de su Hijo Divino y el demonio es forzado a retroceder vencido.
Entrada destacada
MARÍA EXPLICA SU DOLOR EN LA PASIÓN DE CRISTO
Palabras de la Virgen a la esposa, explicándole su dolor en la pasión de Cristo, y sobre cómo el mundo fue vendido por Adán y Eva y recupe...
ENTRADAS POPULARES
-
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, amén. Buen día bendito y alabado seas por siempre y para siempre Seño...
-
Señor Jesús, creemos que estás vivo y resucitado. Creemos que estás realmente presente en el Santísimo Sacramento del altar y en ...
-
Se empieza con un Credo, un Padrenuestro, y después se dice: “Yo Soy el Pan Vivo bajado del cielo, que se quedó con vosotros en cada ...























