TE GLORIFICAMOS, DIOS NUESTRO

 


Padre nuestro, que estás en los cielos. Realmente él es el Padre de todos nosotros y a todos nos conserva en el ser. ¿Le llamas Padre? Regula tu vida como el Hijo, de que seas grato y puedas complacer a ese Padre tuyo que está en los cielos. Porque, ¿quién militando a las órdenes del poderoso príncipe de este mundo y del mundo infernal, que ha adoptado como hijo, se atreverá, con sus malas obras, llamar Padre al Autor y al Señor de todo bien? Consta que este tal a quien llama Padre no es al Señor de los ejércitos, sino al adversario, cuyas obras realiza. Oh hombre, ¿llamas Padre a Dios? Muy bien dicho, pues es Padre y Autor de todos nosotros: pero date prisa en cumplir aquellos deberes que agraden a tu Padre. Si, por el contrario, tus obras son malas, es evidente que invocas al diablo como padre, pues él es el jefe de los malos. Por tanto huye inmediatamente de él, y trata de agradar a tu buen Padre y procreador tuyo.
Santificado sea tu nombre. El nombre es el del Hijo de Dios y que nosotros llevamos. El es Cristo y, nosotros, cristianos, y de su nombre hemos derivado nuestro apellido. Cierto, Dios es realmente santo: lo que pedimos es que su nombre sea santificado en nosotros, lo cual constituye nuestra propia tarea en perfecto acuerdo con la razón: haga santo y absolutamente puro nuestro cuerpo, para que sea hallado irreprochable el día del juicio. ¿Es que tal vez Dios no es santo? Evidentemente que lo es; pero tú oras: Santificado sea tu nombre en mí, para que los hombres vean mis buenas obras y te den gloria a ti, Padre y hacedor mío.
Venga a nosotros tu reino. El reino de Dios es el Espíritu Santo. Lo dice el mismo Señor: El reino de Dios está dentro de vosotros. En efecto, al Espíritu Santo, juntamente con el Padre y con el Hijo, le corresponde reinar, pues él santifica e ilumina a las potestades espirituales y angélicas, a los ejércitos celestiales y a todo hombre que viene al mundo y cree en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. El es realmente Rey de la tierra, de todo lo visible e invisible. Pero así como una ciudad asediada por el enemigo pide refuerzos al rey, así también nosotros, asediados por los poderes adversos y por los pecados, recurrimos a Dios en busca de auxilio para que nos libere. ¿Lo llamas Rey? Conviértete en soldado espiritual, de forma que agrades al Rey que te ha enrolado en su ejército. Y ¿qué? ¿Es que Dios no es rey, dado que su reino está por venir? Ciertamente es un rey universal. Pero así como una ciudad asediada... (según el ejemplo antes alegado). Otra explicación: al decir el profeta: Dios reinó sobre las naciones, empleando el pretérito en lugar del futuro, por esta razón rezamos a grandes voces: Venga a nosotros tu reino, Señor, sobre nosotros que somos las naciones.
Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. La voluntad de Dios Padre es la economía de su Hijo. En el cielo, los ángeles viven en la concordia y en la común armonía: por eso, también nosotros buscamos vivir en un amor sincero. Todo cuanto quieres y persigues, se hace en el cielo: haz lo posible para que esto mismo se haga en la tierra. El sentido es éste: Señor, así como en el cielo se hace tu voluntad, y todos los ángeles viven en paz, y no hay entre ellos ni agredido ni agresor, no hay ni ofendido ni ofensor, no hay quien declare la guerra ni quien la sufra, sino que todos te glorifican en medio de una profunda tranquilidad, paralelamente hágase tu voluntad también entre nosotros los hombres que habitamos la tierra, para que todas las naciones, a una voz y con un solo corazón, te glorifiquemos a ti, hacedor y Padre de todos nosotros.
-Pseudo Germán de Constantinopla-

ORACIÓN A SAN JOSÉ OBRERO

 


Glorioso San José, modelo de todos aquellos que se dedican al 

trabajo, obtenedme la gracia de trabajar con espíritu de peniten

cia para la expiación de mis pecados; de trabajar en conciencia, 

poniendo el culto del deber por encima de mis inclinaciones; de 

trabajar con reconocimiento y alegría, considerando un honor el 

emplear y desarrollar por el trabajo los dones recibidos de Dios; 

de trabajar con orden, paz, moderación y paciencia, sin retro

ceder jamás ante la pereza y las dificultades; de trabajar sobre 

todo con pureza de intención y desprendimiento de mí mismo, 

teniendo sin cesar ante mis ojos la muerte y la cuenta que deberé 

rendir del tiempo perdido, de los talentos inutilizados, del bien 

omitido y de las vanas complacencias en el éxito, tan funestas 

para la obra de Dios. Todo por Jesús, todo por María, todo a 

imitación vuestra ¡oh Patriarca San José! Tal será mi divisa en la 

vida y en la muerte. Así sea.

(San Pío X)

MODO PRÁCTICO DE COMULGAR CON GRAN UTILIDAD

 


Son cuatro las cosas indispensables para recibir dignamente al Señor:
El ayuno natural, la limpieza de conciencia, el conocimiento y el deseo.
1. El ayuno natural consiste en no haber comido ni bebido cosa alguna una hora antes de recibir al Señor.
2. Hay limpieza de conciencia cuando no hay en ella pecado mortal. Pero como no pocas veces el demonio trata de impedir la comunión con traer a la memoria muchas faltas olvidadas en la confesión, si estas faltas son solo leves , bastará que te duelas de ellas , y que comulgues con tranquilidad ; pero si fuesen graves, vuelve al confesor y acúsate de ellas
3. Conocimiento tiene el que reflexiona y sabe quién es Cristo que está en la Hostia consagrada que va a recibir , y quien es el hombre que la recibe (osea, conocimiento de tu fragilidad)
4. Por deseo entendemos aquellas amorosas ansias y anhelo que debe tener tu alma de hospedar al Señor en tu pecho; y entiende que cuanto más fervorosas sean estas ansias , mayores serán las gracias que te concederá Jesucristo.

(San Antonio María Claret)

EL CALVARIO Y LA MISA Autor: Mons. Fulton J. Sheen

 


Hay ciertas cosas en la vida demasiado bellas para olvidarse. Tal es el amor de una madre. Por eso guardamos su fotografía como un tesoro. El amor de los soldados, que se sacrificaron por su patria, es igualmente hermoso para ser olvidado; y por eso reverenciamos su recuerdo en el "Memorial Day". 

Pero la más grande bendición que jamás descendió a este mundo fue la visita del Hijo de Dios en forma y condición de hombre. Su vida, sobre todas las vidas, es demasiado bella para olvidarse; por eso guardamos como un tesoro la divinidad de sus Palabras en la Sagrada Escritura, y la caridad de sus Obras en nuestras acciones diarias. 

Desgraciadamente esto es todo lo que algunas almas recuerdan: concretamente, sus Palabras y sus Obras; y sin embargo, siendo importantes como son, no son la mayor característica del Salvador Divino. El acto más sublime en la historia de Cristo fue su Muerte. La muerte es importante porque ella sella el destino. Todo hombre que fallece es un acontecimiento. Toda escena de muerte es una situación sagrada. La muerte fue piedra de escándalo para Sócrates, pero fue la corona de vida para Cristo. Él mismo nos dijo que había venido al mundo a dar su vida en redención de muchos (Mc., 10, 45); que nadie me quita la vida sino que la doy libremente (Jn., 10, 18). Si, pues, la muerte fue el momento supremo por el cual vivió Cristo, eso fue precisamente lo único por lo que deseó fuese recordado. 

No pidió a hombre alguno que consignara sus palabras en la Escritura; no pidió que se recordase en la historia su bondad con el pobre; pero sí pidió que el hombre recordara su muerte. Y para que su recuerdo no fuese una narración arbitraria por parte de los hombres, Él mismo instituyó el modo concreto como había de ser conmemorado. El memorial fue instituido la noche antes de su muerte, durante lo que se ha llamado La Ultima cena. Tomando el pan en sus manos dijo: Este es mi cuerpo que será entregado por vosotros; esto es, entregado a la muerte. Después dijo sobre el cáliz del vino: Esta es mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para la remisión de los pecados. Así pues, en un símbolo incruento de separación entre la sangre y el cuerpo, consistente en la consagración separada del pan y del vino, se comprometió a Sí mismo al sacrificio delante de Dios y de los hombres, y representó su muerte que sucedería a las tres de la tarde del día siguiente. Se ofrecía a sí mismo como Víctima para ser inmolada; y, para que los hombres no pudiesen olvidar jamás que nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos, dio el encargo a la Iglesia: Haced esto en memoria mía. 


 "La muerte se nos representa simbólicamente por medio de esta separación sacramental entre el cuerpo y la sangre; pero la muerte, al mismo tiempo, ya se daba en prenda a Dios por todo su valor, tan bien como en toda su tremenda realidad, con el expresivo lenguaje del Sagrado Símbolo. 

El precio de nuestros pecados se entregaría en el Calvario; pero aquí nuestro Redentor contraía la obligación y la suscribía con su propia Sangre" "No hubo allí propiamente dos completos y diferentes sacrificios ofrecidos por Cristo, uno en el Cenáculo y otro en el Calvario. Hubo un sacrificio en la última Cena; pero éste fue el Sacrificio de la Redención; y hubo un sacrificio en la Cruz, pero éste fue el mismo Sacrificio continuado y completado."

Al día siguiente, lo que había prefigurado y anunciado lo realizó con toda su perfección cuando fue crucificado entre dos ladrones y su sangre se separó toda de su cuerpo para la Redención del mundo. La Iglesia, que Cristo fundó, no sólo conservó la Palabra que Él pronunció y las maravillas que Él obró, sino que le ha obedecido cuidadosamente en lo que dijo: Haced esto en conmemoración mía. Y esta acción, por la cual nosotros volvemos a hacer presente su muerte en la Cruz, es el Sacrificio de la Misa, en la que hacemos, como memoria, lo que Él hizo en la última Cena prefigurando su Pasión. Por eso la Misa es para nosotros el acto cumbre del culto cristiano. El púlpito, en el cual se repite la palabra de nuestro Señor, no nos une con Él; el coro, en que resuenan suaves melodías, no nos aproximan más a la Cruz que a sus vestiduras. Un templo sin el altar del sacrificio no existe entre los templos primitivos y no tiene sentido entre los cristianos. Y así en la Iglesia Católica el altar y no el púlpito o el coro, o el órgano, es el centro del culto; porque en él se celebra el memorial de su Pasión. 



Su valor no depende de quien lo dice o de aquel que le escucha; depende de aquel que es el único gran Sacerdote y Víctima, Jesucristo Nuestro Señor. Con el cual estamos unidos a pesar de nuestra nada; en cierto sentido, perdemos nuestra individualidad por un momento; unimos nuestro entendimiento y nuestra voluntad, nuestro corazón y nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestra sangre tan íntimamente con Cristo, que el Padre celestial no nos ve tanto en nuestra imperfección como nos ve más bien en Él, su Hijo muy amado, en quien tiene todas sus complacencias. La Misa es por esta razón el más grande acontecimiento de la Humanidad; el único Acto Santo que aparta la ira de Dios de un mundo pecador, porque levanta la Cruz entre el cielo y la tierra, renovando así el momento decisivo en que nuestra triste y trágica humanidad pasó de repente a la plenitud de la vida sobrenatural. 

 Lo que importa en este punto es que adoptemos la actitud mental exacta con relación a la Misa, y recordemos este hecho trascendental, que el Sacrificio de la Cruz es no sólo algo que aconteció hace diecinueve siglos. Está aconteciendo aún. No es algo pasado, como la firma de la Declaración de la Independencia. Es un drama permanente del cual no se ha bajado aún el telón. No pensemos que sucedió hace mucho tiempo, y por tanto que no tiene con nosotros más relación que cualquier otra cosa sucedida en el pasado. El Calvario pertenece a todos los tiempos y a todas los lugares. Por eso, cuando Nuestro Señor subió a la altura del Calvario fue significativamente despojado de sus vestiduras. Quiso salvar al mundo sin los arreos de un mundo que pasa. Sus vestiduras pertenecían al tiempo, porque lo localizaban, lo determinaban como un ciudadano de Galilea. Ahora, que había sido despojado de ellas y enteramente desposeído de todas las cosas terrenas, pertenecía, no a Galilea, no a una provincia Romana, sino al mundo. Se había convertido en el pobre de todo el universo; pertenecía no a un pueblo sino a todos los hombres. "Él ofreció la Víctima para ser inmolada; nosotros la ofrecemos ya inmolada entonces. Ofrecemos la Víctima eterna en la Cruz, sacrificada una vez y siempre perdurable… La Misa es un sacrificio porque es nuestra oblación de la Víctima ya inmolada, como la Cena fue la oblación de la Víctima que iba a ser sacrificada". 

 


 

SALMO 83 Añoranza del templo del Señor



¡Qué deseables son tus moradas,

Señor de los ejércitos!

Mi alma se consume y anhela

los atrios del Señor,

mi corazón y mi carne

retozan por el Dios vivo.


Hasta el gorrión ha encontrado una casa;

la golondrina, un nido

donde colocar sus polluelos:

tus altares, Señor de los ejércitos,

Rey mío y Dios mío.


Dichosos los que viven en tu casa,

alabándote siempre.

Dichosos los que encuentran en ti su fuerza

al preparar su peregrinación:


cuando atraviesan áridos valles,

los convierten en oasis,

como si la lluvia temprana

los cubriera de bendiciones;

caminan de baluarte en baluarte

hasta ver a Dios en Sión.


Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;

atiéndeme, Dios de Jacob.

Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,

mira el rostro de tu Ungido.


Vale más un día en tus atrios

que mil en mi casa,

y prefiero el umbral de la casa de Dios

a vivir con los malvados.


Porque el Señor es sol y escudo,

él da la gracia y la gloria;

el Señor no niega sus bienes

a los de conducta intachable.


¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre

que confía en ti!

𝐀𝐆𝐎𝐍𝐈𝐙𝐀 𝐋𝐀 𝐋𝐔𝐙 𝐃𝐄𝐋 𝐌𝐔𝐍𝐃𝐎

 


Eclipsado el sol,
tinieblas y oscuridad llenan la tierra.
Desde la hora sexta hasta la hora nona
en una cruz agoniza Jesús,
la Luz del mundo.

Al pie de la Cruz,
la Madre del divino Ajusticiado…
Su dolor… el Mayor Dolor.

Una gran voz del Señor precede su muerte;
una voz… un grito con eco de siglos
-un eco que transmite palabras divinas-
se oye en medio de hechos portentosos
-señales del carácter divino de la expiración de Cristo-
que manifiestan la magnitud y gravedad
de la muerte del Redentor.

Encomienda su espíritu al Padre,
e inclinando la cabeza entregó su alma…
atraviesa la barrera de la muerte.

Y en la historia de la humanidad,
en toda la redondez de la tierra,
su voz… su palabra traspasa montañas y épocas;
se oye en valles y rompe distancias
de los desiertos interminables.

Es una voz de esperanza… de vida;
una voz que habla de resurrección y gloria.

-Anónimo-

MAGNÍFICAT

 



Bendita eres, muchacha de ensueños
y bendito el fruto que crece en tu seno.
De dónde me viene, lo que no merezco:
que amanezca en casa el mismo Lucero.

Hoy que apenas supe que eras tú mi cielo
me brincó la vida que llevo por dentro.
Feliz por creer lo que te dijeron
de parte de Dios tendrás sufrimiento.

Los mismos profetas prestaron su acento
para que naciera este canto nuevo:

Al Señor que es bueno
canta mi alma
aunque soy pequeña
y no valgo nada,
El hizo conmigo
sus grandes hazañas
por eso me dicen
bienaventurada.

Porque el Poderoso
me dio su mirada
que es misericordia
y a todos alcanza.
Nos mostró su fuerza
dejando sin nada
a aquellos que tienen
soberbia en el alma.

Derribó a los grandes
que en ellos confiaban 
y a la gente humilde
hacia sí El elevaba,
al que estaba hambriento
le calmó sus ansias
y al rico orgulloso
dejó con las ganas.

Escuchó a su pueblo
que le suplicaba
acordándose de la vieja alianza
que con nuestros padres
El mismo jurara
y que los siglos
mantiene sellada. 
Amén.

(Cancionero Católico)

ALCANCEMOS LA SABIDURÍA ETERNA

 


Cuando ya se acercaba el día de su muerte -día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos-, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti.


Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas -y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres-, ella dijo:
«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?»


No recuerdo muy bien lo que le respondí, pero, al cabo de cinco días o poco más, cayó en cama con fiebre. Y, estando así enferma, un día sufrió un colapso y perdió el sentido por un tiempo. Nosotros acudimos corriendo, mas pronto recobró el conocimiento, nos miró, a mí y a mi hermano allí presentes, y nos dijo en tono de interrogación:
«¿Dónde estaba?»
Después, viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo:
«Enterrad aquí a vuestra madre».
Yo callaba y contenía mis lágrimas. Mi hermano dijo algo referente a que él hubiera deseado que fuera enterrada en su patria y no en país lejano. Ella lo oyó y, con cara angustiada, lo reprendió con la mirada por pensar así, y, mirándome a mí, dijo:
«Mira lo que dice».
Luego, dirigiéndose a ambos, añadió:
«Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis».
Habiendo manifestado, con las palabras que pudo, este pensamiento suyo, guardó silencio, e iba luchando con la enfermedad que se agravaba.
Nueve días después, a la edad de cincuenta y seis años, cuando yo tenía treinta y tres, salió de este mundo aquella alma piadosa y bendita.

(San Agustín)

MARIA, MEDIANERA DE PAZ

 


Yo soy, dice María, la defensa de los que a mí recurren, y mi misericordia es para ellos como torre de defensa. 

Para eso he sido constituida por mi Señor, medianera de paz entre los pecadores y Dios. 

“María –dice a este propósito el cardenal Hugo– es la gran reconciliadora que obtiene de Dios la paz para los enemigos, la salud para los perdidos, el perdón para los pecadores, la misericordia para los desesperados”. Por eso fue llamada por su divino Esposo, hermosa como los pabellones de Salomón. En las tiendas de David sólo se trataba de guerra, mientras que en los pabellones de Salomón se trataba sólo de paz. 

Haciéndonos entender con esto el Espíritu santo que esta Madre de misericordia no trata asuntos de guerra y de venganza contra los pecadores, sino sólo de paz y perdón de sus culpas.

LAS GLORIAS DE MARÍA

San Alfonso María de Ligorio

CONOCIMIENTO DE UNO MISMO Y ABANDONO EN DIOS

 


En verdad, mis queridas hijas, es por falta de conocernos bien por lo que nos asombramos de vernos defectuosas, pues presumimos tanto de nosotras, que siempre esperamos algo bueno; nos engañamos, y Ntro. Señor mismo permite que caigamos, algunas veces bien torpemente, a fin de que nos conozcamos...

Este conocimiento de nosotras mismas consiste en que debemos creer, con gran certidumbre de fe, que no somos nada, que no podemos nada; que somos débiles, flacas e imperfectas, aficionando nuestra voluntad a amar nuestra pobreza y miseria.

La reforma del alma comienza por el conocimiento de sí misma y la confianza en Dios; el propio conocimiento nos hará ver que hay en nosotras muchas cosas que corregir y reformar, y que, sin embargo, no podremos llevarlo a cabo por nosotras mismas; la confianza en Dios nos hará esperar que todo lo podemos en Él y que, con su gracia, todas las cosas nos serán posibles y fáciles."

(Santa Juana Francisca de Chantal)

CRISTO SE QUEDÓ CON NOSOTROS POR AMOR

 


El Eterno demostró caridad desde un principio; Contemplad a ese eterno Ser, infinito, omnipotente, que, siendo glorioso en sí mismo y sin tener necesidad de nadie, saca del caos al universo, y le puebla de provechosas bestias, de exquisitas plantas, de canoras aves; le enriquece con deliciosas fuentes, con ricos minerales; le adorna con esas esferas luminosas que gravitan sobre nuestras cabezas; y cuando tiene dispuesta la habitación, y cuando la ha hermoseado, forma al hombre del polvo, y le otorga la imagen de sí mismo, la vida, fuente del conocimiento y del amor, principio de felicidad y de gozo; y le constituye rey de la creación, dueño de ese palacio inmenso, tan perfectamente armonizado, tan sumamente delicioso. 

Prevarica el hombre, le falla, pero Nuestro Señor le ama con caridad perpetua, y no le arroja al averno como a Luzbel, y no le destruye, ni le aniquila, sino que en medio de la hecatombe universal, en medio del horroroso diluvio, le preserva en Noé y su familia. Se contamina de nuevo la especie humana; mas Dios la aprecia, y para no destruirla como merecía, segrega de la sociedad corrompida hombres particulares que constituyan un pueblo escogido, segregación que fue completamente gratuita y fundada en el amor.

Sí; ésta fue obra del amor divino, y en ella afianza más el Eterno su caridad para con su privilegiada criatura; la libra de todos sus enemigos, no sin obrar antes y después innumerables portentos; la cede una tierra de la que mana miel y leche; la promete finalmente un Libertador, hijo de su descendencia. ¡Qué pruebas! ¿Será posible que prosigamos refiriendo los prodigios del amor de Dios sin omitirlos casi todos? Omitiéndolos, empero, y volviendo nuestra mirada a los más visibles, ¿a qué no fuerza el amor? Ved al Hijo de Dios cómo baja de su solio y se une a la criatura; pero, ¿fue por librarla solamente del pecado, o por gozarse con ella? ¡Ah! yo reservo para el mismo Dios este ideal, y me limito a decir que vino a librar al hombre; mas vino por amor y le libró amando, y porque tuvo deseos de amarle más, se quedó en su compañía, amándole. 


("Bellezas de la Santa Eucaristía, Fray Amado de Cristo Burguera y Serrano)

SANTA MARÍA SIEMPRE VIRGEN

 


La Santísima Virgen María permaneció virgen intacta en el nacimiento de su divino Hijo Jesús y después de él durante toda su vida.

No hay dificultad alguna en que una mujer pueda milagrosamente dar a luz sin perder su virginidad. 

En la concepción y nacimiento de Cristo, todo fue milagroso y sobrenatural. 

Hermosamente explica el gran teólogo Contenson de qué manera pudo realizarse esta maravilla:

«Así como la luz del sol baña el cristal sin romperlo y con impalpable sutileza atraviesa su solidez y no lo rompe cuando entra, ni cuando sale lo destruye, así el Verbo de Dios, esplendor del Padre, entró en la virginal morada y de allí salió, cerrado el claustro virginal; porque la pureza de María es un espejo limpísimo, que ni se rompe por el reflejo de la luz ni es herido por sus rayos»

-Teología y espiritualidad mariana POR ANTONIO ROYO MARIN, O. P.-


ATIENDE A LA POBREZA, LA HUMIDAD Y LA CARIDAD DE CRISTO

 


Dichoso, en verdad, aquel a quien le es dado alimentarse en el sagrado banquete y unirse en lo íntimo de su corazón a aquel cuya belleza admiran sin cesar las multitudes celestiales, cuyo afecto produce afecto, cuya contemplación da nueva fuerza, cuya benignidad sacia, cuya suavidad llena el alma, cuyo recuerdo ilumina suavemente, cuya fragancia retornará los muertos a la vida y cuya visión gloriosa hará felices a los ciudadanos de la Jerusalén celestial: él es el brillo de la gloria eterna, un reflejo de la luz eterna, un espejo nítido, el espejo que debes mirar cada día, oh reina, esposa de Jesucristo, y observar en él reflejada tu faz, para que así te vistas y adornes por dentro y por fuera con toda la variedad de flores de las diversas virtudes, que son las que han de constituir tu vestido y tu adorno, como conviene a una hija y esposa castísima del Rey supremo. En este espejo brilla la dichosa pobreza, la santa humildad y la inefable caridad, como puedes observar si, con la gracia de Dios, vas recorriendo sus diversas partes.
Atiende al principio de este espejo, quiero decir a la pobreza de aquel que fue puesto en un pesebre y envuelto en pañales. ¡Oh admirable humildad, oh pasmosa pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor del cielo y de la tierra es reclinado en un pesebre. En el medio del espejo, considera la humildad, al menos la dichosa pobreza, los innumerables trabajos y penalidades que sufrió por la redención del género humano. Al final de este mismo espejo, contempla la inefable caridad por la que quiso sufrir en la cruz y morir en ella con la clase de muerte más infamante.
Este mismo espejo, clavado en la cruz, invitaba a los que pasaban a estas consideraciones, diciendo: Vosotros, los que pasáis por el camino, mirad, fijaos: ¿Hay dolor como mi dolor? Respondamos nosotros, a sus clamores y gemidos, con una sola voz y un solo espíritu: No hago más que pensar en ello, y estoy abatido. De este modo, tu caridad arderá con una fuerza siempre renovada, oh reina del Rey celestial.
Contemplando, además, sus inefables delicias, sus riquezas y honores perpetuos, y suspirando por el intenso deseo de tu corazón, proclamarás: «Arrástrame tras de ti, y correremos atraídos por el aroma de tus perfumes, esposo celestial. Correré sin desfallecer, hasta que me introduzcas en la sala del festín, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu diestra me abrace felizmente y me beses con los besos deliciosos de tu boca». Contemplando estas cosas, dígnate acordarte de esta tu insignificante madre, y sabe que yo tengo tu agradable recuerdo grabado de modo imborrable en mi corazón, ya que te amo más que nadie.
SANTA CLARA De la carta a la beata Inés de Praga (Escritos de santa Clara, edición Ignacio Omaechevarría, Madrid 1970, pp. 339-341)

TE DOY GRACIAS, SEÑOR

 


Te doy gracias, Señor, por todo lo que Tú has querido de mí en mi vida. 
Bendito seas por el tiempo en que nací. 
Alabado por mis buenas horas y mis días amargos. 
Bendito seas por todo lo que me has negado. 
Señor, no despidas jamás de tu servicio a tu siervo rebelde y perezoso. 
Tú tienes poder sobre mi corazón. 
Tú tienes poder sobre mí mismo en aquella profundidad donde sólo yo 
puedo disponer de mí y de mi destino eterno. 
Tu gracia es la gracia de eterno poder. 
Dios sabio, misericordioso, amoroso: no me rechaces lejos de tu rostro. 
Consérvame en tu servicio todos los días de mi vida. 
Pídeme lo que quieras, pero dame lo que pidas. 
Aunque yo me canse en tu servicio, Tú no te cansas en tu paciencia conmigo. 
Tú vienes en mi ayuda, Tú me das la fuerza de comenzar siempre de nuevo, de esperar contra toda esperanza, de creer en la victoria, en tu victoria en mí en todas las derrotas, que son las mías.
 
KARLK RAHNER

TENGAN PIEDAD DE MI

 



"𝑻𝒆𝒏𝒈𝒂𝒏 𝒑𝒊𝒆𝒅𝒂𝒅 𝒅𝒆 𝒎𝜾́, 𝒕𝒆𝒏𝒈𝒂𝒏 𝒑𝒊𝒆𝒅𝒂𝒅 𝒅𝒆 𝒎𝜾́, 𝒑𝒐𝒓 𝒍𝒐 𝒎𝒆𝒏𝒐𝒔 𝒖𝒔𝒕𝒆𝒅𝒆𝒔 𝒎𝒊𝒔 𝒂𝒎𝒊𝒈𝒐𝒔, 𝒑𝒐𝒓𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒂 𝒎𝒂𝒏𝒐 𝒅𝒆𝒍 𝑺𝒆𝒏̃𝒐𝒓 𝒎𝒆 𝒉𝒂 𝒕𝒐𝒄𝒂𝒅𝒐" (𝑱𝒐𝒃 𝟏𝟗:𝟐𝟏).
Esta es la conmovedora súplica que la Iglesia Purgante envía a sus amigos en la tierra.
Tierra, comiencen, imploren su ayuda, en respuesta a la angustia mas profunda. Muchos dependen de sus oraciones.
Es incomprensible como algunos católicos, aún aquellos que de una u otra forma son devotos, vergonzosamente desatienden a las almas del Purgatorio. Pareciera que no creen en el Purgatorio.
¡raramente rezan por ellos, raramente piensan en ellos!
Entretanto están gozando la plenitud de la salud y la felicidad, ocupados en sus trabajos; divirtiéndose, mientras las pobres almas sufren inenarrables agonías en sus lechos de llamas.
Cuál es la causa de esta horrible insensibilidad?
Ignorancia: gruesa, inexplicable ignorancia.
La gente no se da cuenta de lo que es el Purgatorio.
No conciben las espantosas penas, ni tienen idea de los largos años que las almas son retenidas en esas horribles llamas. Como resultado, hacen poco o nada para evitarse a sí mismos el Purgatorio, y aún peor, cruelmente ignoran a las pobres almas que ya están allí y que dependen enteramente de ellos para ser auxiliadas.
"Léeme o Laméntalo", por EDM (Engant de
Marie, iniciales con las que se identifica el Padre O'Sullivan).

ADMINISTRÓ LA SANGRE SAGRADA DE CRISTO

 


La Iglesia de Roma nos invita hoy a celebrar el triunfo de san Lorenzo, que superó las amenazas y seducciones del mundo, venciendo así la persecución diabólica. Él, como ya se os ha explicado más de una vez, era diácono de aquella Iglesia. En ella administró la sangre sagrada de Cristo, en ella, también, derramó su propia sangre por el nombre de Cristo. El apóstol san Juan expuso claramente el significado de la Cena del Señor, con aquellas palabras: Como Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Así lo entendió san Lorenzo; así lo entendió y así lo practicó; lo mismo que había tomado de la mesa del Señor, eso mismo preparó. Amó a Cristo durante su vida, lo imitó en su muerte.
También nosotros, hermanos, si amamos de verdad a Cristo, debemos imitarlo. La mejor prueba que podemos dar de nuestro amor es imitar su ejemplo, porque Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas. Según estas palabras de san Pedro, parece como si Cristo sólo hubiera padecido por los que siguen sus huellas, y que la pasión de Cristo sólo aprovechara a los que siguen sus huellas. Lo han imitado los santos mártires hasta el derramamiento de su sangre, hasta la semejanza con su pasión; lo han imitado los mártires, pero no sólo ellos. El puente no se ha derrumbado después de haber pasado ellos; la fuente no se ha secado después de haber bebido ellos.
Tenedlo presente, hermanos: en el huerto del Señor no sólo hay las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas. Ningún hombre, cualquiera que sea su género de vida, ha de desesperar de su vocación: Cristo ha sufrido por todos. Con toda verdad está escrito de él que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Entendamos, pues, de qué modo el cristiano ha de seguir a Cristo, además del derramamiento de sangre, además del martirio. El Apóstol, refiriéndose a Cristo, dice: A pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. ¡Qué gran majestad! Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. ¡Qué gran humildad!
Cristo se rebajó: esto es, cristiano, lo que debes tú procurar. Cristo se sometió: ¿cómo vas tú a enorgullecerte? Finalmente, después de haber pasado por semejante humillación y haber vencido la muerte, Cristo subió al cielo: sigámoslo. Oigamos lo que dice el Apóstol: Ya que habéis resucitado con Cristo, aspirad a los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios.
San Agustín
Del Sermón en la fiesta de san Lorenzo (Sermón 304,1-4: PL 38,1395-1397


HABLABA CON DIOS O DE DIOS

 


La vida de Domingo era tan virtuosa y el fervor de su espíritu tan grande, que todos veían en él un instrumento elegido para la gloria divina. Estaba dotado de una firme ecuanimidad de espíritu, ecuanimidad que sólo lograban perturbar los sentimientos de compasión o de misericordia; y, como es norma constante que un corazón alegre se refleja en la faz, su porte exterior, siempre gozoso y afable, revelaba la placidez y armonía de su espíritu.
En todas partes, se mostraba, de palabra y de obra, como hombre evangélico. De día, con sus hermanos y compañeros, nadie más comunicativo y alegre que él. De noche, nadie más constante que él en vigilias y oraciones de todo género. Raramente hablaba, a no ser con Dios, en la oración, o de Dios, y esto mismo aconsejaba a sus hermanos.
Con frecuencia, pedía a Dios una cosa: que le concediera una auténtica caridad, que le hiciera preocuparse de un modo efectivo en la salvación de los hombres, consciente de que la primera condición para ser verdaderamente miembro de Cristo era darse totalmente y con todas sus energías a ganar almas para Cristo, del mismo modo que el Señor Jesús, salvador de todos, ofreció toda su persona por nuestra salvación. Con este fin, instituyó la Orden de Predicadores, realizando así un proyecto sobre el que había reflexionado profundamente desde hacía ya tiempo.
Con frecuencia, exhortaba, de palabra o por carta, a los hermanos de la mencionada Orden, a que estudiaran constantemente el nuevo y el antiguo Testamento. Llevaba siempre consigo el evangelio de san Mateo y las cartas de san Pablo, y las estudiaba intensamente, de tal modo que casi las sabía de memoria.
Dos o tres veces fue elegido obispo, pero siempre rehusó, prefiriendo vivir en la pobreza, junto con sus hermanos, que poseer un obispado. Hasta el fin de su vida, conservó intacta la gloria de la virginidad. Deseaba ser flagelado, despedazado y morir por la fe cristiana. De él afirmó el papa Gregorio noveno: «Conocí a un hombre tan fiel seguidor de las normas apostólicas, que no dudo que en el cielo ha sido asociado a la gloria de los mismos apóstoles».
De varios escritos de la Historia de la Orden de Predicadores
(Libellus de principiis Ordinis Praedicatorum; Acta canonizationis sancti Dominici: Monumenta Ordinis Praedicatorum historica 16, Roma 1935, pp. 30ss. 146-147)

𝑹𝑬𝑪𝑼𝑹𝑹𝑬 𝑨 𝑴𝑨𝑹ⵊ́𝑨 🌷

 



La gracia de Dios es un tesoro extremadamente grande y deseable para el cristiano. El Espíritu Santo lo llama tesoro infinito, porque por medio de la gracia divina, somos elevados a la dignidad de amigos de Dios.
¿Qué debe hacer un pecador que, por desgracia, se ve convertido en enemigo de Dios? Necesita encontrar un mediador, que le obtenga el perdón y le haga recuperar la divina amistad perdida. “Consolaos –dice san Bernardo– oh miserables que habéis perdido a Dios; tu mismo Señor te ha dado el mediador, y éste es su propio Hijo Jesús que puede obtenerte cuanto desees”.
Pero, oh Dios –prosigue el santo– ¿por qué los hombres han de juzgar severo a este Salvador tan compasivo que por salvarnos ha entregado su vida?
Si estáis atemorizados por haber ofendido a Dios, sabed que vuestros pecados Jesús los ha clavado en la cruz a la vez que sus manos traspasadas, y ha satisfecho por ello con su muerte a la divina justicia, y los ha arrancado de vuestra alma.
Pero si aún –añade el santo– temes recurrir a Jesucristo porque te espanta su Majestad divina, ya que, hecho hombre no deja de ser Dios ¿quieres otro abogado ante este mediador?
Recurre a María, porque ella intercederá por ti ante su Hijo que ciertamente le oirá, y el Hijo intercederá ante el Padre, que nada puede negar a su Hijo amado.

(Las Glorias de María, san Alfonso Mª de Ligorio)

¿EN CUÁNTAS COSAS MÁS SE HABRÁ EQUIVOCADO RICHARD DAWKINS?

 




En 2008 tuvo lugar en el Museo de Historia Natural de Oxford un debate entre Richard Dawkins y John Lennox, sobre el siguiente tema: ¿Ha enterrado la ciencia a Dios? Naturalmente, Dawkins participó como defensor del ateísmo, mientras Lennox sostuvo la postura cristiana.

Dawkins dijo, más de una vez, que si Dios existiera tendría que ser enormemente complejo. Es el mismo argumento que planteó en su libro The God Delusion, en relación con un paralelo que propuso, el diseño de un Boeing-747. Dicho argumento se puede expresar así:

El autor de un diseño tiene que ser siempre más complejo que la cosa diseñada.

Si Dios ha diseñado el universo, tiene que ser mucho más complejo que el universo.

Cuanto más complejo es un ser, mucho menos probable es su existencia.

Luego es muy poco probable que Dios exista.

Lo primero que tenemos que hacer ante este argumento es definir bien la palabra complejo. ¿Qué es un ser complejo, que lo distingue de un ser simple? Evidentemente, que está compuesto de muchas partes que funcionan coordinadamente entre sí. Pero ahí es donde falla el argumento de Dawkins.

La primera premisa se aplica a seres materiales. Pero el Dios del Cristianismo no está hecho de materia, que es una una de las propiedades del universo que ha sido creado por Él. Por lo tanto, la segunda premisa es falsa. En consecuencia, el razonamiento entero cae por su base y se transforma en un caso de libro de la falacia del hombre de paja (o la falacia del Dios de paja, en este caso).

Como suele ocurrir en este tipo de debates, ninguno de los dos se llevó el gato al agua, aunque mi impresión es que Lennox condujo el debate por donde quiso y Dawkins se dejó llevar (bajo protesta, eso sí). En algún momento Dawkins reconoció que ni él ni Lennox (ni nadie) sabían cosas relacionadas con cuestiones científicas como el origen del universo y el origen de la vida. De hecho, me sorprendió cuando Dawkins, que había descalificado la doctrina cristiana sobre Jesucristo declarando que es insignificante, ante la pregunta de Lennox: ¿Y si fuera verdad? respondió: Si fuera verdad sí sería importante. 

También hizo Richard Dawkin una concesión sobre la historicidad de Jesús. En su libro El espejismo de Dios (The God Delusion), Dawkins había planteado que era "posible argumentar seriamente" que Jesús nunca existió, aunque en el mismo texto reconoció que esta postura no contaba con un apoyo académico generalizado. Durante el debate, Lennox le cuestionó por qué mantenía que la historicidad de Jesús era un tema de "disputa académica" cuando los historiadores del mundo antiguo estaban de acuerdo en su existencia. Ante esto, Dawkins reconoció el consenso histórico y se retractó de haber sugerido lo contrario. Sus palabras exactas sobre el tema fueron:

"La mayoría de los historiadores creen que sí existió. (...) Tal vez aludí a la posibilidad de que algunos historiadores piensen que Jesús nunca existió. Me retracto de eso"




SAN JOSÉ SIEMPRE ESCUCHA

 


La venerable María Angélica Álvarez Icaza (1887-1986) cuenta en sus Memorias: En la capilla había un altar con una imagen del señor san José, que llamábamos “San José del Paso” por encontrarse precisamente en un lugar de mucho paso. Como yo lo estaba viendo casi continuamente por la vecindad con la capilla, le empecé a cobrar mucha devoción a san José y más que él me empezó a mimar mucho, porque todo cuanto deseaba (y eran muchas cosas) las dibujaba en un papel y se las ponía en las manos del santo bendito y, con una eficacia asombrosa, en seguida me concedía mis súplicas:

Ya fuera un santo Cristo para el cuarto de la Madre (y a los pocos días nos lo regalaron), ya fuera candeleros para el altar de Nuestra Señora (y a no tardar allí estaban los candeleros), en fin, un libro que deseara, una lámpara, floreros, cuanto hay, lo mismo era pedírselo que obtenerlo. Esto cundió, no sólo entre las Hermanas que con frecuencia le hacían de esta manera sus peticiones, sino también entre las niñas del Pensionado, y el bondadoso santo siempre nos escuchaba.


(Milagros de San José) 

EXAMINAD SI LOS ESPÍRITUS PROVIENEN DE DIOS


 

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.

Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
«¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?»
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.


Luis Gonçalves de Cámara
De los Hechos de san Ignacio recibidos de labios del mismo santo (Cap. 1,5-9: Acta Sanctorum Iulii 7 [1868], 647)


EL ORDEN DEL AMOR DISTRIBUYÓ EN NUESTRA CASA TRES MINISTERIOS

 


Observemos atentamente, hermanos, cómo ha regulado el amor en esta nuestra casa las tres ocupaciones: la administración de Marta, la contemplación de María y la penitencia de Lázaro. Las tres deben hallarse en toda alma perfecta; sin embargo, cada uno siente preferencia por alguna de ellas: este se entrega a la contemplación, aquel al servicio de los hermanos y el otro a llorar su vida pasada como los leprosos que viven en los sepulcros. María está absorta en la meditación piadosa de su Dios; Marta es todo misericordia y compasión hacia el prójimo; y Lázaro se mantiene en la humildad y desprecio de sí mismo.
Que cada uno busque el lugar que le pertenece. «Si se encontrasen en esta ciudad estos tres varones: Noé, Daniel y Job, por ser justos salvarán ellos la vida —oráculo del Señor—. Pero no salvarán a sus hijos ni a sus hijas». No pretendo adular a nadie, ni que nadie se engañe a sí mismo. Los que no tienen ningún cargo, ni se les ha confiado alguna ocupación especial, permanezcan sentados a los pies de Jesús con María, o con Lázaro en el sepulcro. Que Marta se afane y se preocupe de mil cuidados. Tú, en cambio, que estás libre de todo eso, opta por una de estas dos cosas: vivir tranquilo y hacer del Señor tu delicia. Y si todavía no eres capaz de eso, no te vuelques al exterior, sino vive dentro de ti mismo, como el Profeta.
Marta, por su parte, también debe intentar ser de fiar, como se pide a los encargados. Y será fiel si su intención es pura, es decir, si no busca su propio provecho, sino el de Jesucristo, y su actividad está bien ordenada, esto es, si no hace su propia voluntad, sino la del Señor.
Algunos no son generosos y ya han cobrado su paga. Otros se dejan llevar de sus impulsos, y contaminan todo lo que ofrecen con las huellas de su propia voluntad. Acudamos al canto nupcial y veamos cómo llama el esposo a su esposa, y no omite ni añade nada a estas tres cosas: «Levántate, corre, amada mía, hermosa mía, paloma mía, ven a mí». ¿Qué mejor amiga que la que está atenta a los intereses del Señor y le entrega generosamente su vida? Siempre que interrumpe sus ocupaciones espirituales por uno de sus pequeñuelos, le está dando su vida. ¿No es hermosa la que refleja a cara descubierta la gloria del Señor, y se va transformando a su imagen con resplandor creciente por el Espíritu del Señor? ¿Y no es paloma la que gime y llora en los huesos de la peña o en las grietas del barranco, encerrada con una losa?
San Bernardo de Claraval

LA CAUSA DE TODA PERTURBACIÓN CONSISTE EN QUE NADIE SE ACUSA A SÍ MISMO

 


Tratemos de averiguar, hermanos, cuál es el motivo principal de un hecho que acontece con frecuencia, a saber, que a veces uno escucha una palabra desagradable y se comporta como si no la hubiera oído, sin sentirse molesto, y en cambio, otras veces, así que la oye, se siente turbado y afligido. ¿Cuál, me pregunto, es la causa de esta diversa reacción? ¿Hay una o varias explicaciones? Yo distingo diversas causas y explicaciones y sobre todo una, que es origen de todas las otras, como ha dicho alguien: «Muchas veces esto proviene del estado de ánimo en que se halla cada uno».
En efecto, quien está fortalecido por la oración o la meditación tolerará fácilmente, sin perder la calma, a un hermano que lo insulta. Otras veces soportará con paciencia a su hermano, porque se trata de alguien a quien profesa gran afecto. A veces también por desprecio, porque tiene en nada al que quiere perturbarlo y no se digna tomarlo en consideración, como si se tratara del más despreciable de los hombres, ni se digna responderle palabra, ni mencionar a los demás sus maldiciones e injurias.
De ahí proviene, como he dicho, el que uno no se turbe ni se aflija, si desprecia y tiene en nada lo que dicen. En cambio, la turbación o aflicción por las palabras de un hermano proviene de una mala disposición momentánea o del odio hacia el hermano. También pueden aducirse otras causas. Pero, si examinamos atentamente la cuestión, veremos que la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo.
De ahí deriva toda molestia y aflicción, de ahí deriva el que nunca hallemos descanso; y ello no debe extrañarnos, ya que los santos nos enseñan que esta acusación de sí mismo es el único camino que nos puede llevar a la paz. Que esto es verdad, lo hemos comprobado en múltiples ocasiones; y nosotros, con todo, esperamos con anhelo hallar el descanso, a pesar de nuestra desidia, o pensamos andar por el camino recto, a pesar de nuestras repetidas impaciencias y de nuestra resistencia en acusarnos a nosotros mismos.
Así son las cosas. Por más virtudes que posea un hombre, aunque sean innumerables, si se aparta de este camino, nunca hallará el reposo, sino que estará siempre afligido o afligirá a los demás, perdiendo así el mérito de todas sus fatigas.
San Doroteo de Gaza, abad

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