Qué feliz es Dios...! ¡Qué Ser tan dichoso...! ¡Qué alegría tan infinita la de mi Señor...!
Todo Él
es contento, en tal infinitud, plenitud y fecundidad de ser contento y dichoso, que Tres se es.
Amor, yo necesito vivir en la Eternidad para
ser robada por ti.
Mi bienaventuranza esencial
consiste en gloriarme en que Tú seas tan feliz, en
gozarme en que Tú seas Dios.
¿Cómo serás Tú, cuando toda esta exigencia
casi infinita que me abrasa de felicidad, de ser
dichosa, de gozarme, quedará saturada y excedida en su necesidad de glorificación, al verte a
ti tan feliz, tan dichoso y tan Ser, de forma que
mi bienaventuranza consistirá, en su parte esencial, en ser robada por tu felicidad?
Amor, eres tan feliz, ¡tanto..., tanto..., tanto!,
que, al contemplarte a ti, yo quedaré eternamente
feliz de saber que Tú eres tan dichoso.
¿Qué serás Tú, cuando, al contemplarte a ti, olvidada de mí, tendré mi gloria y gozo máximo
en verte tan dichoso, en que Tú te seas como
te eres en tu vida esencial y trinitaria...? ¿Cómo
serás y de qué manera, que el alma, al contemplarte, tendrá su felicidad máxima, rebosante de
alegría y dicha, olvidada de sí, en que Tú seas
feliz...? ¡Qué felicidad exhalará tu ser y comunicarás de la sobreabundancia del contento eterno
que Tú te tienes, cuando sólo el saber lo dichoso
que te eres Tú hará al alma, creada para participar
del Infinito, dichosa por toda la Eternidad!
Amor, necesito decir el motivo de por qué en
el cielo estaremos todos en el grado máximo de
amor puro según nuestra capacidad, ¡y no puedo
y no sé...!
¡Oh mi Trinidad Una!, yo sé que he sido creada
para poseerte; para ser Dios por participación y
vivir de tu vida; para engolfarme en ti; para
saborearte, saberte, mirarte... sin nada ni nadie
que me lo impida; para tenerte a ti por siempre y
ser toda yo una trinidad en pequeño, imagen de
tu Trinidad, participando de tu perfección y
siendo alegría de tu alegría.
Pero hay algo en mí que yo me sé y que veo
sobrepasa casi infinitamente todas estas tendencias puestas por ti en mi alma, y es la necesidad
urgente de gloriarme en que Tú seas tan feliz;
no tanto en lo que Tú me des, ni en recibir mi
recompensa, sino en saber yo que tendré la
alegría eterna y el gozo casi infinito y purísimo
al verte a ti tan feliz, al saber que Tú te eres tan contento y al amarte por lo que te eres y no por
lo que me das.
Sé que eres de tal perfección y
felicidad en ti mismo, que verte a ti gozar será
nuestra mayor alegría; no tanto el gozar nosotros
de tu vida, sino el ver que Tú gozas y de la
manera que gozas.
Eres tan glorioso, ¡tanto, tanto...!, que todas las
almas, por egoístas que hayan sido en la vida
mirándose a sí mismas y buscando su felicidad
propia, al contemplarte a ti tan dichoso, serán en
todo su ser un grito de alegría que romperá en
amor purísimo; dándote gracias, no tanto de que
Tú la hayas hecho tan feliz, sino de que Tú te
seas feliz.
¡Qué feliz es Dios!, ¡qué irradiación de gozo
tan infinita y eterna la de su ser!, que todos los
bienaventurados, en el momento de contemplarle a Él, quedarán olvidados de sí, en adoración
profunda de amor rendido, entonando un Santo
eterno de agradecimiento glorioso al Ser que, de
tanto ser feliz, se es Tres.
De tal manera se es Dios feliz que, por sérselo Él, todos lo seremos, teniendo nuestro gozo
esencialísimo y nuestro amor puro en gozarnos de verle a Él tan contento, tan feliz y tan ser.
Por eso el alma, en el momento de entrar en la
Eternidad, queda, según su capacidad, hecha un
acto de amor puro. Ya que la felicidad del Infinito
ha excedido y rebasado tan infinitamente la
necesidad que ella tiene de ser feliz, que esa
misma felicidad del Infinito, dejándola olvidada de sí, la pone en este acto de amor puro que
consiste en gozarse y alegrarse en que Dios sea
tan ser, tan dichoso y tan infinito; siendo toda ella
un himno de gloria que le dice: Amor, me has
robado de tal forma, que mi alegría más grande es
saber que Tú eres tan feliz, y darte gracias por
ello.

Y como consecuencia de esta primera gloria
esencial y purísima que el alma tiene de gozarse
en que Dios sea Dios, viene esta otra, al verse
ella, en ese mismo instante, hecha Dios por
participación, hundiéndose con las divinas pupilas en la contemplación del Infinito, y rompiendo en una participación eterna del Verbo, siendo
toda ella Verbo que le dice a Dios, según su capacidad, lo que Él es, y amando a Dios como lo
necesita, por participación en el Espíritu Santo.
Llena de contento, se goza el alma en que ella
es Dios por participación, y porque ella proporciona a todos los bienaventurados el gozo de
verla tan Dios y tan feliz; teniendo como gloria
esencialísima la alegría de gozarse en Dios, en que Él es tan feliz y dichoso, y su segunda gloria,
esencial también, en participar de Dios, ya que se
goza, no tanto en que ella le participe, sino en el
contento accidental de Dios al darse a participar
por su criatura.
De tal forma hace Dios al alma ser Él por
transformación, que ella es también el gozo de
todos los bienaventurados. Y como cada uno de
ellos participa así de Dios y goza así de Él, resulta que, siendo Dios todo en todos, sólo hay un grito en el cielo: gozarse en Dios, en que Él se es tan feliz en sí mismo, y en que Él es tan feliz al hacer
dichosos a todos los bienaventurados.
Siendo Dios todo en todos, y siendo todos
Dios por participación, no habrá en el cielo más
que Dios, porque todos nos amaremos unos a
otros y nos gozaremos unos de otros, al ver en
cada uno a Dios y cómo cada uno le ama y está
en el grado máximo de amor puro, amándole
según su capacidad.
Ya comprendo, Amor, por qué en el cielo
todos nos amaremos tanto. Porque yo veré allí
que todos tienen su alegría esencial en verte a ti
tan dichoso; y, como todos están en ese grado
máximo de amor que consiste en gozarse al verte
a ti tan feliz, mi alma será también una acción de
gracias a todas las almas porque te aman así.
Yo te daré gracias eternamente de que Tú seas
tan dichoso, y te daré gracias eternamente, oh
Amor, porque todos los seres que de ti participen
tengan su mayor contento, estando en el grado
máximo según su capacidad, en darte gracias de
que Tú seas tan feliz, tan Ser, tan Dios, tan Uno y
tan Tres, pues yo no tengo más contento que el
de verte a ti tan contento, el de saberte tan feliz,
el de contemplarte tan eterno.
MADRE TRINIDAD DE LA SANTA MADRE IGLESIA
Fundadora de La Obra de la Iglesia
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La Madre Trinidad nació en Dos Hermanas (Sevilla) el 10 de febrero de 1929.
Sus diecisiete primeros años serán el vivir sencillo y desapercibido de una jovencita buena en una familia acomodada y cristiana.
Pero Dios, en sus insondables designios, transformó con fuerza aquella vida sencilla de la joven Trinidad. Grandes donaciones de Dios irían marcando las etapas de su existencia para la misión que le quería dar en la Iglesia.
El día de la Inmaculada, en la parroquia de Santa María Magdalena, pronunciará su entrega a Dios ante la imagen de la Virgen: «Seré tuya y para siempre» marcando así sus primeros y definitivos pasos.
Largas horas, todo lo que le permite su trabajo en el negocio familiar de calzados, las pasará junto a Jesús en la Eucaristía, y detalles preciosos harán que Jesús se constituya en su único Maestro.
Por razones familiares, en 1955 se traslada a Madrid. A la intimidad con Jesús se unirán allí algunas luces proféticas que la hacen entrever su futuro «al frente de una gran Obra».
Pocos años más tarde, por un regalo singularísimo Dios la introduce en su vida íntima.
El 18 de marzo de 1959, la Madre Trinidad vivió una profunda experiencia mística en Madrid, sintiéndose introducida en el misterio de la vida trinitaria para vivir y manifestar la riqueza de la Iglesia, ayudando al Papa y obispos.
El Papa san Juan Pablo II, en el decreto de Aprobación Pontificia, quiso señalar aquel día, 18 de marzo de 1959, como el principio de La Obra de Iglesia, a pesar de que la Madre Trinidad no pensaba entonces en una fundación. Pero la Obra que el Señor quería hacer por su medio en la Iglesia, sí estaba comenzando, y lo hacía con una acción esplendorosa y especialísima del Señor en su alma.
El día de Pentecostés de 1963 el Señor le pedirá: «Hazme la Obra de la Iglesia» «Con lo que te he dado ya sabes lo que tienes qué hacer».
Lo que el Señor hizo en ella el 18 de marzo es lo que ella tiene que hacer en la Iglesia, respondiendo a la necesidad impuesta por Dios en su alma: «Vete y dilo, esto es para todos».
La Obra de la Iglesia es una institución de derecho pontificio fundada por la Madre Trinidad de la Santa Madre Iglesia.
Está formada por tres Ramas de vida consagrada, sacerdotal, masculina seglar y femenina, que forman el cuerpo central de la Obra; así como por otros grupos que abarcan todos los estados y vocaciones en la Iglesia: personas casadas, solteras, consagradas a Dios privadamente, jóvenes y niños. Todos con la misma misión de vivir profundamente su ser de Iglesia en una vida sencilla, siempre al lado del Papa y los Obispos, para ayudarles con su vida y su palabra a hacer la obra que Cristo les encomendó.
A través de sus centros de apostolado y parroquias, buscan llevar a todos la luz que el Señor puso en el alma de la Madre Trinidad para ayudar a la Iglesia.