Hay ciertas cosas en la vida demasiado bellas para olvidarse. Tal es el amor de una
madre. Por eso guardamos su fotografía como un tesoro. El amor de los soldados, que
se sacrificaron por su patria, es igualmente hermoso para ser olvidado; y por eso
reverenciamos su recuerdo en el "Memorial Day".
Pero la más grande bendición que
jamás descendió a este mundo fue la visita del Hijo de Dios en forma y condición de
hombre. Su vida, sobre todas las vidas, es demasiado bella para olvidarse; por eso
guardamos como un tesoro la divinidad de sus Palabras en la Sagrada Escritura, y la
caridad de sus Obras en nuestras acciones diarias.
Desgraciadamente esto es todo lo
que algunas almas recuerdan: concretamente, sus Palabras y sus Obras; y sin embargo,
siendo importantes como son, no son la mayor característica del Salvador Divino.
El acto más sublime en la historia de Cristo fue su Muerte. La muerte es importante
porque ella sella el destino. Todo hombre que fallece es un acontecimiento. Toda escena
de muerte es una situación sagrada. La muerte fue piedra de escándalo para Sócrates,
pero fue la corona de vida para Cristo. Él mismo nos dijo que había venido al mundo a
dar su vida en redención de muchos (Mc., 10, 45); que nadie me quita la vida sino que la
doy libremente (Jn., 10, 18).
Si, pues, la muerte fue el momento supremo por el cual vivió Cristo, eso fue
precisamente lo único por lo que deseó fuese recordado.
No pidió a hombre alguno que
consignara sus palabras en la Escritura; no pidió que se recordase en la historia su
bondad con el pobre; pero sí pidió que el hombre recordara su muerte. Y para que su
recuerdo no fuese una narración arbitraria por parte de los hombres, Él mismo
instituyó el modo concreto como había de ser conmemorado.
El memorial fue instituido la noche antes de su muerte, durante lo que se ha llamado La
Ultima cena. Tomando el pan en sus manos dijo: Este es mi cuerpo que será entregado
por vosotros; esto es, entregado a la muerte. Después dijo sobre el cáliz del vino: Esta es
mi sangre del Nuevo Testamento, que será derramada por muchos para la remisión de los
pecados. Así pues, en un símbolo incruento de separación entre la sangre y el cuerpo,
consistente en la consagración separada del pan y del vino, se comprometió a Sí mismo
al sacrificio delante de Dios y de los hombres, y representó su muerte que sucedería a
las tres de la tarde del día siguiente. Se ofrecía a sí mismo como Víctima para ser
inmolada; y, para que los hombres no pudiesen olvidar jamás que nadie tiene mayor
amor que el que da la vida por sus amigos, dio el encargo a la Iglesia: Haced esto en
memoria mía.

"La muerte se nos representa simbólicamente por medio de esta separación
sacramental entre el cuerpo y la sangre; pero la muerte, al mismo tiempo, ya se daba en
prenda a Dios por todo su valor, tan bien como en toda su tremenda realidad, con el
expresivo lenguaje del Sagrado Símbolo.
El precio de nuestros pecados se entregaría en
el Calvario; pero aquí nuestro Redentor contraía la obligación y la suscribía con su
propia Sangre" "No hubo allí propiamente dos completos y diferentes sacrificios ofrecidos por Cristo,
uno en el Cenáculo y otro en el Calvario. Hubo un sacrificio en la última Cena; pero éste
fue el Sacrificio de la Redención; y hubo un sacrificio en la Cruz, pero éste fue el mismo
Sacrificio continuado y completado."
Al día siguiente, lo que había prefigurado y anunciado lo realizó con toda su perfección
cuando fue crucificado entre dos ladrones y su sangre se separó toda de su cuerpo para
la Redención del mundo. La Iglesia, que Cristo fundó, no sólo conservó la Palabra que Él
pronunció y las maravillas que Él obró, sino que le ha obedecido cuidadosamente en lo
que dijo: Haced esto en conmemoración mía. Y esta acción, por la cual nosotros volvemos
a hacer presente su muerte en la Cruz, es el Sacrificio de la Misa, en la que hacemos,
como memoria, lo que Él hizo en la última Cena prefigurando su Pasión.
Por eso la Misa es para nosotros el acto cumbre del culto cristiano. El púlpito, en el cual
se repite la palabra de nuestro Señor, no nos une con Él; el coro, en que resuenan suaves
melodías, no nos aproximan más a la Cruz que a sus vestiduras. Un templo sin el altar
del sacrificio no existe entre los templos primitivos y no tiene sentido entre los
cristianos. Y así en la Iglesia Católica el altar y no el púlpito o el coro, o el órgano, es el
centro del culto; porque en él se celebra el memorial de su Pasión.

Su valor no depende
de quien lo dice o de aquel que le escucha; depende de aquel que es el único gran
Sacerdote y Víctima, Jesucristo Nuestro Señor.
Con el cual estamos unidos a pesar de nuestra nada; en cierto sentido, perdemos
nuestra individualidad por un momento; unimos nuestro entendimiento y nuestra
voluntad, nuestro corazón y nuestra alma, nuestro cuerpo y nuestra sangre tan
íntimamente con Cristo, que el Padre celestial no nos ve tanto en nuestra imperfección
como nos ve más bien en Él, su Hijo muy amado, en quien tiene todas sus complacencias.
La Misa es por esta razón el más grande acontecimiento de la Humanidad; el único Acto
Santo que aparta la ira de Dios de un mundo pecador, porque levanta la Cruz entre el
cielo y la tierra, renovando así el momento decisivo en que nuestra triste y trágica
humanidad pasó de repente a la plenitud de la vida sobrenatural.
Lo que importa en este punto es que adoptemos la actitud mental exacta con relación a
la Misa, y recordemos este hecho trascendental, que el Sacrificio de la Cruz es no sólo
algo que aconteció hace diecinueve siglos. Está aconteciendo aún. No es algo pasado,
como la firma de la Declaración de la Independencia. Es un drama permanente del cual
no se ha bajado aún el telón. No pensemos que sucedió hace mucho tiempo, y por tanto
que no tiene con nosotros más relación que cualquier otra cosa sucedida en el pasado.
El Calvario pertenece a todos los tiempos y a todas los lugares.
Por eso, cuando Nuestro Señor subió a la altura del Calvario fue significativamente
despojado de sus vestiduras. Quiso salvar al mundo sin los arreos de un mundo que
pasa. Sus vestiduras pertenecían al tiempo, porque lo localizaban, lo determinaban
como un ciudadano de Galilea. Ahora, que había sido despojado de ellas y enteramente
desposeído de todas las cosas terrenas, pertenecía, no a Galilea, no a una provincia
Romana, sino al mundo. Se había convertido en el pobre de todo el universo; pertenecía
no a un pueblo sino a todos los hombres.
"Él ofreció la Víctima para ser inmolada; nosotros la ofrecemos ya inmolada entonces.
Ofrecemos la Víctima eterna en la Cruz, sacrificada una vez y siempre perdurable… La
Misa es un sacrificio porque es nuestra oblación de la Víctima ya inmolada, como la Cena
fue la oblación de la Víctima que iba a ser sacrificada".
