HOY ESTÁ ANTE MÍ LA MUERTE

 



Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como la salud al hombre enfermo, 

Como la libertad después del cautiverio.


Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como la fragancia de la mirra,

Como yacer a la sombra en un día fresco.


Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como la fragancia de lotos en flor, 

Como yacer en riberas de embriaguez.


Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como el paso fugitivo de la lluvia, 

Como el retorno de los hombres desde la aventura al hogar.


Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como la claridad de los cielos,

Como un hombre cazando lo desconocido.


Ante mis ojos está la muerte hoy día

Como la nostalgia de un hombre por su hogar, 

Después de pasar muchos años en prisión.


(Poema egipcio)

LA ORACIÓN (Fray Luis de Granada)

 


Oración, propiamente hablando, es una petición que hacemos a Dios de las cosas que convienen para nuestra salvación. Pero se toma también oración en otro sentido más amplio: como cualquier levantamiento del corazón a Dios. Y según esto, la meditación y la contemplación, y cualquier otro buen pensamiento se llaman también oración. 

Lo que me movió a tratar esta materia fue tener entendido que la principal causa de todos los males que hay en el mundo es la falta de consideración, como lo significó el profeta Jeremías, cuando dijo: 
«Asolada y destruida está toda la tierra, porque no hay quien se pare 
a pensar con atención las cosas de Dios» 
2Jer 12,11.
De lo cual parece que la causa de nuestros males no es tanto la falta de fe, cuanto de la consideración de los misterios de nuestra fe. Porque si ésta no faltase, ellos tienen tanta virtud y eficacia, que el menor de ellos que atenta y devotamente se considerase, bastaría para la moderación y remedio de nuestra vida.

¿Quién tendría manos para cometer un pecado, si pensase que Dios murió por el pecado, y que lo castiga con perpetuo destierro del Cielo y con pena perdurable? Por lo que parece que, aunque los misterios de nuestra fe sean tan poderosos para inclinar los corazones a lo bueno, mas como muchos de los cristianos nunca se ponen a considerar aquello en lo que creen, no obran en sus corazones lo que podrían obrar. Porque, así como dicen los médicos que para que las medicinas aprovechen es necesario que sean primero tomadas y digeridas en el estómago con el calor natural –porque de otra manera ninguna cosa aprovecharían–, así también, para que los misterios de nuestra fe nos sean provechosos y saludables, conviene que sean primero tomados y digeridos en nuestro corazón con el calor de la devoción y la meditación; porque, de otra manera, muy poco aprovecharán.  

Y por falta de esto vemos a cada paso a muchos cristianos muy enteros en la fe, y muy rotos en la vida, porque nunca se paran a considerar qué es lo que creen. Y así tienen la fe como en un rincón del arca, o como la espada en la vaina, o como la medicina en la botica, sin servirse de ella para lo que es. Creen así a bulto y a carga cerrada lo que dice la Iglesia, creen que hay juicio, y pena y gloria para buenos 
y malos. Mas, ¿cuántos hallarás que se paren a pensar en cómo ha de ser este juicio, y esta pena y esta gloria, con los demás?
Pues por esta causa nos es tan encomendada en las Sagradas Escrituras la continua consideración y meditación de la ley de Dios y de sus misterios, que es el estudio de la verdadera sabiduría. Si no 
mira cuán encarecidamente nos encomienda esto aquel gran profeta y amigo de Dios, Moisés, cuando dice:  
«Poned estas palabras mías en vuestros corazones, y traedlas 
atadas como por señal en las manos, y enseñadlas a vuestros 
hijos para que piensen en ellas. Cuando estés sentado en tu casa, 
o andes por el camino, cuando te acuestes y levantes, pensarás 
y rumiarás en ellas, y has de escribirlas en los umbrales y 
puertas de tu casa, para que siempre las traigas ante los ojos»

(Fundamentos de la oración, Fray Luis de Granada)

EL PURGATORIO

 


El Purgatorio es un estado transitorio de purificación necesaria para aquellos que, habiendo muerto en gracia de Dios y teniendo segura su salvación, necesitan mayor purificación para llegar a la santidad necesaria para entrar en el cielo.    
Esta purificación es totalmente distinta al castigo del infierno.  
 
 El purgatorio es doctrina de fe formulada en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). 
  
   Dios creó los seres humanos para que disfruten de su Creador viéndole en la Gloria. Sin embargo todos hemos pecado y en esa condición no se puede entrar en el cielo, pues nada manchado puede entrar en el Cielo; por lo cual, todos necesitamos la redención de Jesucristo para poder ir al Cielo. Jesús nos purifica con el poder de su Sangre para poder ser admitidos al cielo. La salvación es posible solo por medio de Jesucristo. 
Si morimos en gracia de Dios es porque hemos recibido esa gracia por los méritos de Jesucristo que murió por nosotros en la cruz. 
La purificación del purgatorio también es gracias a Jesucristo.  
    
El purgatorio es necesario porque pocas personas se abren tan perfectamente a la gracia de Dios aquí en la tierra como para morir limpios y poder ir directamente al cielo. 
Por eso muchos van al purgatorio donde los mismos méritos de Jesús completan la purificación. 



    
 Según esto, el alma que está en el purgatorio ha sido ya liberada de sus culpas, pero como de ellas no hizo en la tierra una penitencia suficiente, debe padecer ahora la pena del purgatorio, que elimine en su ser «toda herrumbre o mancha de pecado», disponiéndole así para la perfecta y beatífica unión con Dios.  
 
 
Fundamento Bíblico sobre la existencia del Purgatorio 
 
   La doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio encuentra fundamento en la Biblia, cuando esta se sabe interpretar correctamente: 
 
   El texto del 2 Macabeos 12, 43-46 da por supuesto que existe una purificación después de la muerte. 
(Judas Macabeo) “efectuó entre sus soldados una colecta... a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado... Pues... creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren en gracia de Dios... Ofreció este sacrificio por los muertos; para que fuesen perdonados de su pecado”. 
 
   Asimismo las palabras de nuestro Señor: 
   “El que insulte al Hijo del Hombre podrá ser perdonado; en cambio, el que insulte al Espíritu Santo no será perdonado, ni en este mundo, ni en el otro”.  Mt 12,32. 
 
   “Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo”. Lucas 12,58-59 
 
   En estos pasajes Jesús habla de un castigo temporal que no puede ser el infierno ni tampoco el cielo.  
 
   Se llega a semejante conclusión en la carta de San Pablo, 1 Corintios 3, 12-13: 
   “Pues la base nadie la puede cambiar; ya está puesta y es Cristo Jesús. Pero, con estos cimientos, si uno construye con oro, otro con plata o piedras preciosas, o con madera, caña o paja, la obra de cada uno vendrá a descubrirse. El día del Juicio la dará a conocer porque en el fuego todo se descubrirá. El fuego probará la obra de cada cual: si su obra resiste el fuego, será premiado; pero, si es obra que se convierte en cenizas, él mismo tendrá 
que pagar. El se salvará, pero como quien pasa por el fuego". 
 
   De manera que hay un fuego después de la muerte que, diferente al del infierno, es temporal. El alma que por allí pasa se salvará. A ese estado de purgación le llamamos el "purgatorio". 
  
   1 Cor 15,29:  "De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué pues se bautizan por los muertos?"  
 
   La palabra "bautismo" es utilizada aquí como una metáfora para expresar sufrimiento o penitencia (Mc 10,38-39; Lc 3,16; 12,50). Pablo escribe sobre una práctica entre los cristianos de "bautizarse" por los difuntos. El no la condena, si no que la exalta como válida porque demuestra fe en la resurrección. 
Compare 1 Cor 15,29 con 2 Macabeos 12,44 y verá la similitud.  


ORACIÓN PARA ANTES DE COMULGAR

 




SEÑOR MÍO JESUCRISTO 
(para antes de la comunión)

Señor mio Jesucristo, Creador y conservador del cielo y de la tierra, Padre el más amoroso, médico el más compasivo, maestro sapientísimo, pastor el más caritativo de nuestras almas. Aquí tenéis a este miserable pecador, indigno de estar en vuestra presencia y más indigno aún de acercarse a ese banquete inefable. ¡Ay, Señor! Cuando considero vuestra infinita bondad en querer venir a mí, me pasmo..., y al mirar la multitud de pecados con que os ofendí y agravié en toda mi vida, me confundo, me ruborizo y me siento compelido a deciros: «Señor, no vengáis...; apartaos de mí, porque soy un miserable pecador». Si el Bautista no se consideraba digno de desatar las correas de vuestro calzado, ¿ cómo mereceré yo tan grande honor?... Si el temor y el respeto hace que tiemblen los Ángeles en vuestra presencia, ¿podré yo no temblar al presentarme y sentarme a vuestra mesa divina? Si la Santísima Virgen, aunque destinada para ser vuestra Madre, y condecorada con todas las excelencias, prerrogativas y gracias posibles en una pura criatura, se considera, sin embargo, como una esclava, e indigna de concebiros en sus purísimas y virginales entrañas, ¿podré yo, miserable pecador, lleno de imperfecciones y defectos, tener valor para recibiros en mi interior? ¡Ay, Señor! ¿No os horroriza este delincuente?... ¿No os causa asco el venir a mi y entrar en tan vil e inmunda morada?

En verdad, Señor, que yo no tuviera valor para acercarme a Vos, si primero no me llamaseis, diciéndome como a otro Zaqueo, no una vez sola, sino tantas cuantas son las inspiraciones con que me dais a conocer el deseo que tenéis de venir a mi: Baja, Zaqueo, pues hoy quiero hospedarme en tu casa. Pero ¿qué es lo que os mueve a venir a mí, Señor? ¿Mis méritos? ¿Mis virtudes? ¿Cómo hablará de virtudes y méritos un pecador como yo?, ¡ah, ya lo entiendo, Señor; mis miserias, mi pobreza: esto es lo que os mueve. ¡Oh exceso de amor!

Vos dijisteis que no son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos; y he aquí por qué queréis venir: veis mi urgente necesidad, y el deseo de remediarla os impele. En efecto, Señor, es tal el estado de mi alma, que puedo decir con verdad: «De la planta del pie a la coronilla de la cabeza no hay en mi parte sana»; ¡tantas son mis imperfecciones! No obstante, aquí me tenéis, Señor; me presento a Vos, no porque de Vos me juzgue digno, sino porque no puedo vivir sin Vos; iré a Vos cual otro mendigo al rico, para que remediéis mis miserias y para que me libréis del ahogo de mis faltas e imperfecciones; iré porque las grandes enfermedades que me aquejan sólo Vos podéis remediarlas; una mirada compasiva, divino Médico, y quedarán sanas mis potencias y sentidos.

Párate aquí un poco y descúbrele confiado todos tus males corporales y espirituales, y después prosigue:

Virgen Santísima: ya que compadecida de los esposos de Caná de Galilea los sacasteis del apuro, alcanzándoles de Jesús aquella milagrosa conversión del agua en vino, pedidle también que obre en mi favor un prodigio semejante, concediéndome las gracias que para recibirle dignamente he menester. A Vos nunca os dio un desaire; siempre sois atendida: interesaos, pues, por mí; haced en mi favor cuanto podéis. ¡Oh, cuánto lo necesito!

Ángeles santos: veis que voy a sentarme a la santa Mesa y comer al que es vuestro pan; alcanzadme que yo vaya con el vestido nupcial y ataviado con el adorno de todas las virtudes.

¡Oh Santos todos moradores del cielo! Interesaos por mí, y haced que yo me llegue al augusto Sacramento cual os llegabais vosotros, y que, sacando de él los frutos que vosotros, pueda decir con verdad: «Vivo yo, mas no yo, sino que vive en mi Cristo ». Con esta fe, esperanza, confianza y amor me llego a Vos, Señor y Dios mío.



Esta oración para rezar antes de la comunión aparece en el devocionario que San Antonio María Claret escribió con el título de "Camino recto".

EN LA CRUZ HALLAMOS EL EJEMPLO DE TODAS LAS VIRTUDES

 


¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.
Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado.
La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.
Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.
Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.
Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.
Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Si por la desobediencia de uno - es decir, de Adán- todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.
Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien finalmente, dieron a beber hiel y vinagre.
No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se repartieron mis ropas; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre.
Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia
De las Conferencias (Conferencia 6 sobre el Credo)

ACTO DE ESPERANZA

 


Espero en Ti, Jesús mío, porque eres mi Dios y me has creado

para el Cielo.

Espero en Ti, porque eres mi Padre. Todo lo he recibido de tu

bondad. Sólo lo malo es mío.

Espero en Ti, porque eres mi Redentor.

Espero en Ti, porque eres mi Hermano y me has comunicado

tu filiación divina.

Espero en Ti, porque eres mi Abogado que me defiendes ante

el Padre.

Espero en Ti, porque eres mi Intercesor constante en la

Eucaristía.

Espero en Ti, porque has conquistado el cielo con tu Pasión y

muerte.

Espero en Ti, porque reparas mis deudas.

Espero en Ti, porque eres el verdadero Tesoro de las almas.

Espero en Ti, porque eres tan bueno que me mandas que

confíe en Ti bajo pena de condenación eterna.

Espero en Ti, porque siempre me atiendes, y me consuelas, y

nunca has defraudado mi esperanza.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!

UNA ADVERTENCIA DE UN ÁNGEL DE LA GUARDA SOBRE LOS QUE NO AYUDAN A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


La venerable Arcángela Panigarola, monja dominica, priora del monasterio de Santa Marta en Milán, tenía un extraordinario celo por el alivio de las almas del Purgatorio. Rezaba y hacía rezar por todos sus conocidos, e incluso por los desconocidos, cuya muerte le fuese mencionada. 

Su padre, Gotardo, al que ella quería mucho, era uno de esos cristianos mundanos que no se preocupaban en rezar por los difuntos. Este falleció, y Arcángela, desolada, comprendiendo que su querido difunto necesita más oraciones que lágrimas, se decidió a encomendarlo a Dios mediante sufragios especiales. 

Pero, sorprendentemente, esta resolución casi no se llevó a efecto: esta hija, tan piadosa y tan devota de su padre, terminó haciendo poco por su alma. Dios permitió que, a pesar de sus santos propósitos, perdiese constantemente de vista a su padre para ocuparse de otras almas. 

Finalmente, un acontecimiento inesperado vino a explicar este extraño olvido, y a despertar la devoción de la monja por su padre. 

En el Día de la Conmemoración de los Difuntos, se había encerrado en su celda, dedicándose únicamente a ejercicios de piedad y penitencia por las almas. De repente, se le apareció su ángel de la guarda, la tomó de la mano y la condujo en espíritu al Purgatorio. 

Allí, entre las almas que vio, reconoció la de su padre, sumergida en un estanque de agua helada. En cuanto Gotardo vio a su hija, se levantó hacia ella, y en medio de un gemido, le reprochó el haberlo abandonado en sus sufrimientos, mientras que no había dejado de tener caridad para con otros, aliviando y liberando almas de desconocidos. 

Arcángela guardó silencio, reconociendo que era verdad lo que le reprochaba. Luego respondió en medio de lágrimas: "Oh mi amado padre, haré todo lo que me pidas. Que el Señor conceda que mis súplicas te liberen lo antes posible". 

Ella no podía salir de su asombro, ni entender cómo había olvidado así a su padre querido. Pero su ángel, tras traerla de vuelta, le hizo saber que este olvido había sido el resultado de una disposición de la Justicia Divina. Le dijo: “Dios lo permitió como castigo por el poco celo que en vida tuvo por Dios, por su propia alma y por las almas de los demás. Lo viste atormentado y congelado en un lago de hielo, en castigo por su tibieza en el servicio de Dios y su indiferencia por la salvación de las almas. Es cierto que tu padre no tenía malas costumbres, pero no mostraba ninguna inclinación por el bien, por las obras piadosas y caritativas a las que la Iglesia exhorta a los fieles. Por eso Dios permitió que fuese olvidado, incluso por ti, ya que habrías ayudado muchísimo a reducir su castigo". 

La Justicia Divina suele infligir este castigo a los que carecen de fervor y caridad: permite que sean tratados de la misma forma como lo hicieron con Dios y con sus hermanos. Esta es, además, la regla de Justicia que el Salvador establece en el Evangelio: "La medida que uséis con los demás, será usada con vosotros".

SAN SEBASTIÁN, TESTIMONIO FIEL DE CRISTO

 


Hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios. Muchas son las persecuciones, muchas las pruebas; por tanto, muchas serán las coronas, ya que muchos son los combates. Te es beneficioso el que haya muchos perseguidores, ya que entre esta gran variedad de persecuciones hallarás más fácilmente el modo de ser coronado.


Pongamos como ejemplo al mártir san Sebastián, cuyo día natalicio celebramos hoy.

Este santo nació en Milán. Quizá ya se había marchado de allí el perseguidor, o no había llegado aún a aquella región, o la persecución era más leve. El caso es que Sebastián vio que allí el combate era inexistente o muy tenue.


Marchó, pues, a Roma, donde recrudecía la persecución por causa de la fe; allí sufrió el martirio, allí recibió la corona consiguiente. De este modo, allí, donde había llegado como transeúnte, estableció el domicilio de la eternidad permanente. Si sólo hubiese habido un perseguidor, ciertamente este mártir no hubiese sido coronado.


Pero, además de los perseguidores que se ven, hay otros que no se ven, peores y mucho más numerosos.

Del mismo modo que un solo perseguidor, el emperador, enviaba a muchos sus decretos de persecución y había así diversos perseguidores en cada una de las ciudades y provincias, así también el diablo se sirve de muchos ministros suyos que provocan persecuciones, no sólo exteriores, sino también interiores, en el alma de cada uno.


Acerca de estas persecuciones, dice la Escritura: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido. Se refiere a todos, a nadie exceptúa. ¿Quién podría considerarse exceptuado, si el mismo Señor soportó la prueba de la persecución?

¡Cuántos son los que practican cada día este martirio oculto y confiesan al Señor Jesús! También el Apóstol sabe de este martirio y de este testimonio fiel de Cristo, pues dice: Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia.

-San Ambrosio-

LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO EN SAN JOSÉ

 


Sería prolijo analizar detalladamente esta actuación particular de cada don en San José; por eso nos limitaremos a recordar únicamente el objeto o materia propia de cada uno.

Don de entendimiento: Por el don de entendimiento, que purificó y perfeccionó su fe, obtuvo el santo Patriarca un conocimiento mucho más profundo, esclarecido y exacto de todos los misterios y verdades sobrenaturales, penetrando su íntimo sentido y conveniencia, especialmente en aquellos que tan íntimamente prestó su cooperación, como la encarnación y redención divinas.


Don de sabiduría: Este don perfeccionó la ardentísima caridad de San José, no intrínsecamente, sino dándole un conocimiento afectivo y experimental admirable y suavísimo de esa presencia e íntima unión con Dios por el amor, juzgando de todo lo demás y ordenándolo todo a su transformación de lo más profundo de sí mismo en Dios.


Don de ciencia: Este don completó el conocimiento y juicio que San José tuviera de las cosas humanas, capacitándole para juzgar con certeza sobre lo que debía obrar, es decir, como los debía utilizar en orden a Dios y a su aprovechamiento sobrenatural.


Don de consejo: Por el don de consejo el Espíritu Santo corroboró la virtud de la prudencia en San José, dando certeza y seguridad a sus juicios prácticos para elegir todas las cosas necesarias o convenientes en orden a la vida eterna, especialmente para juzgar en los casos concretos más difíciles e inesperados y obrar en ellos con toda confianza y decisión.


Don piedad: El espíritu Santo, por el don de piedad, imprimió constantemente en el alma de San José un afecto filial hacia Dios, como a verdadero Padre, sintiendo vivamente esa filiación divina amando a los demás hombres como hijos también de Dios y a hermanos en él, abarcando en su afecto a todos los seres como a cosas de Dios, ofreciéndose también en sacrificio y redención por los demás hombres, unido al sacrificio de María de María y de Jesús.


Don de fortaleza: Con el don de fortaleza San José aceptó aquel divino ministerio tan superior a sus fuerzas perseverando en el cumplimiento de sus deberes a pesar de todas las dificultades, siempre seguro de la ayuda divina, sereno y hasta gozoso en los trabajos en los trabajos y persecuciones, esperando del Señor la recompensa.


Don de temor de Dios: Por el don de temor el santo Patriarca vivió siempre sometido a Dios con filial reverencia, no temiendo precisamente su pecado o reparación, pero reconociendo su pequeñez ante la excelencia y majestad divinas y ante innumerables gracias con que incesantemente le favoreció.


Sin duda que los siete dones del Espíritu santo, los que San José debió ejercitar por razón de su ministerio fueron el don del consejo y el don de fortaleza, para dirigir y gobernar y defender a la Sagrada Familia entre tantas privaciones y adversidades, sin perder un momento de vista el supremo sacrificio de la cruz.


Cuánto haya sido el mérito que adquirió y la gloria que le corresponde por el ejercicio de tantas virtudes y la correspondencia a los dones del Espíritu Santo, hemos de deducirlo de la abundancia de la gracia y de la caridad con que estuvo siempre adornado, de la cantidad y excelencia de sus obras y de la perfección de cada uno de sus actos, sirviéndonos de suprema medida en todo aquello su excelsa aproximación a la Santísima Virgen.

Bonifacio LLamera, O.P
Transcrito por José Gálvez Krüger para ACI Prensa

DECLARACIÓN DEL DOGMA DE LA MATERNIDAD DIVINA EN EL CONCILIO DE EFESO


Con motivo de la controversia originada por la doctrina de Nestorio, se reunió el Concilio de Éfeso en el año 431. Este Concilio condenó la doctrina de Nestorio y afirmó que en Cristo no hay dos personas, una divina y otra humana, sino una sola persona divina con dos naturalezas, la divina por ser Hijo de Dios y la humana por ser hijo de María. 

El concilio de Efeso expresó inequívocamente este misterio de Cristo y dio a María el título de Theotokos, Madre de Dios. Respecto a María, Madre de Dios, proclamó lo siguiente:

"Si alguno no confesare que Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y por lo tanto la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema”

.El Concilio también proclamó: "Desde un comienzo la Iglesia enseña que en Cristo hay una sola persona, la segunda persona de la Santísima Trinidad. María no es sólo madre de la naturaleza, del cuerpo pero también de la persona quien es Dios desde toda la eternidad. Cuando María dio a luz a Jesús, dio a luz en el tiempo a quien desde toda la eternidad era Dios. Así como toda madre humana, no es solamente madre del cuerpo humano sino de la persona, así María dio a luz a una persona, Jesucristo, quien es ambos Dios y hombre, entonces Ella es la Madre de Dios”.

 Según indica el Papa Juan Pablo II, “la expresión Theotokos, que literalmente significa ‘la que ha engendrado a Dios’, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz. Así pues, al proclamar a María ‘Madre de Dios’, la Iglesia desea afirmar que ella es la ‘Madre del Verbo encarnado, que es Dios’. Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”

. El hecho de que el Concilio tuviera lugar precisamente en la ciudad de Éfeso que, según la Tradición, fue el lugar donde vivió la Virgen María durante los últimos años de su vida, puede considerarse como providencial. Quizás por eso, los cristianos de Éfeso fueron grandes defensores de la maternidad divina de María y pidieron con fuerza que esta verdad fuera afirmada en el Concilio. Como ha indicado el Papa Francisco: “Durante el Concilio, los habitantes de Éfeso se congregaban a ambos lados de la puerta de la basílica donde se reunían los Obispos, gritando: ‘¡Madre de Dios!’, ¡Madre de Dios!’. Los fieles, al pedir que se definiera oficialmente este título mariano, demostraban reconocer ya la divina maternidad. Es la actitud espontánea y sincera de los hijos, que conocen bien a su madre, porque la aman con inmensa ternura. Pero es algo más: es el ‘sensu fidei’ del santo pueblo fiel de Dios, que nunca, en su unidad, nunca se equivoca”.

El título Madre de Dios es el misterio central y principal de la Virgen María, porque conlleva una teología de Jesucristo que es fundamental para nuestra fe. Que María es la madre de Dios es un hecho tan estrechamente vinculado al plan salvífico de Dios para los hombres que desde el Concilio de Éfeso en 431, su reconocimiento ha sido la piedra de toque de la ortodoxia. Esta definición proclama dos hechos acerca de la Virgen María: que Ella es verdadera Madre de Jesús; y que es también verdadera Madre de Dios porque Cristo es al mismo tiempo Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

En Cristo hay dos naturalezas que suponen dos generaciones: la divina y la humana. La primera procede del Padre, desde toda la eternidad y en ella María no tiene parte alguna. Sólo en la generación humana tiene María la maternidad. María es verdadera Madre, ya que ella fue partícipe activa de la formación de la naturaleza humana de Cristo, de la misma manera en la que todas las madres contribuyen a la formación del fruto de sus entrañas. María es verdadera Madre porque Jesús es verdadero Hombre. Aunque El no necesitaba una madre para venir a salvar a los hombres, quiso tenerla y escogió a una humilde joven de Nazaret, María, para que fuera su Madre.

Jesucristo es realmente una Persona subsistiendo en dos naturalezas: la humana y la divina. Jesús, en cuanto hombre, toma su cuerpo de María Santísima en el tiempo, según hemos visto en la carta de San Pablo a los Gálatas (Gal. 4, 4). María dio una naturaleza humana a la Persona del Verbo. “Lo que hace la maternidad de María esencialmente diferente de la maternidad puramente humana no es el hecho de que ella hizo algo más o algo diferente en la concepción de su hijo, sino que su hijo es una Persona Divina. En vez de dar personalidad humana para ser engendrada en el seno de María, Dios da la Persona Divina de su propio Hijo como el objetivo de la actividad maternal de María”.

La maternidad de María es singular porque sobre ella descendió el Espíritu Santo, que es Dios y en María engendró al Hijo que existía desde el principio de los siglos. María es también verdadera Madre de Dios. Jesús es una sola Persona divina con dos naturalezas. Por lo tanto, lo que le sucede a su naturaleza humana realmente le sucede a su única Persona. Su persona fue concebida por María y el Verbo de Dios nació en su humanidad de María. “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios…Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. 

(Concepcionistas Misioneras de la enseñanza)

VENÍA A SALVAR, PERO LE ERA TAMBIÉN NECESARIO MORIR

 


Cristo, que por naturaleza era impasible, se sometió por su misericordia a muchos padecimientos. Es inadmisible que Cristo se hiciera pasar por Dios en provecho personal. ¡Ni pensarlo! Muy al contrario: siendo -como nos enseña la fe- Dios, se hizo hombre en aras de su misericordia. No predicamos a un hombre deificado; proclamamos más bien a un Dios encarnado. Adoptó por madre a una esclava quien por naturaleza no conoce madre y que, sin embargo, apareció sobre la tierra sin padre, según la economía divina.
Observa en primer lugar, oh hombre, la economía y las motivaciones de su venida, para exaltar en un segundo tiempo el poder del que se ha encarnado. Pues el género humano había, por el pecado, contraído una inmensa deuda, deuda que en modo alguno podía saldar. Porque en Adán todos habíamos suscrito el recibo del pecado: éramos esclavos del diablo. Tenía en su poder el documento de nuestra esclavitud y exhibía títulos de posesión sobre nosotros señalando nuestro cuerpo, juguete de las más variadas pasiones. Pues bien: al hallarse el hombre gravado por la deuda del pecado, no podía pretender salvarse por sí mismo. Ni siquiera un ángel hubiera podido redimir al género humano: el precio del rescate no hubiera sido suficiente. No quedaba más que una solución: que el único que no estaba sometido al pecado, es decir, Dios, muriera por los pecadores. No había otra alternativa para sacar al hombre del pecado.
¿Y qué es lo que ocurrió? Pues que el mismo que había sacado de la nada todas las cosas dándoles la existencia y que poseía plenos poderes para saldar la deuda, ideó un seguro de vida para los condenados a muerte y una estupenda solución al problema de la muerte. Se hizo hombre naciendo de la Virgen de un modo para él harto conocido. No hay palabra humana capaz de explicar este misterio: murió en la naturaleza que había asumido y llevó a cabo la redención en virtud de lo que ya era, según lo que dice san Pablo: por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.


¡Oh prodigio realmente estupendo! Negoció y obtuvo para los demás la inmortalidad el que por naturaleza era inmortal. A nivel de encarnación, jamás existió, ni existe ni existirá un ser semejante, a excepción del nacido de María, Dios y hombre: y no sólo por el mero hecho de haberse adecuado a la multitud de reos susceptibles de redención, sino porque era, bajo tantos aspectos, superior a ellos. Pues en cuanto Hijo, conserva inmutable la misma naturaleza que su Padre; como creador del universo, posee plenos poderes; como misericordioso, posee una inmensa e inagotable misericordia; finalmente, como pontífice, está a nuestro lado cual idóneo intercesor. Bajo cualquiera de estos aspectos, jamás hallarás ningún otro que se le pueda comparar. Considera, por ejemplo, su clemencia: Entregado espontáneamente y condenado a muerte, destruyó la muerte que hubieran debido sufrir los que le crucificaban; trocó en saludable la perfidia de quienes lo mataban y que se convertían por eso mismo en obradores de iniquidad.
Venía a salvar, pero le era también necesario morir. Siendo Dios, el Emmanuel se hizo hombre; la naturaleza que era nos trajo la salvación, la naturaleza asumida soportó la pasión y la muerte. El que está en el seno del Padre es el mismo que se encarna en el seno de la madre; el que reposa en el regazo de la madre es el mismo que camina sobre las alas del viento. El mismo que en los cielos es adorado por los ángeles, en la tierra se sienta a una misma mesa con los recaudadores.
¡Oh gran misterio! Veo los milagros y proclamo la divinidad; contemplo sus sufrimientos y no niego la humanidad. Además, el Emmanuel, en cuanto hombre, abrió las puertas de la humanidad, pero en cuanto Dios ni violó ni rompió los sellos de la virginidad. Más aún: salió del útero como entró por el oído: nació del modo como fue concebido. Entró sin pasión y salió sin corrupción.
San Proclo de Constantinopla
De los sermones (Sermón 1 en alabanza de santa María, 4.5.6.9.10 PG 65, 683-687.690-691)

SAN JOSÉ SIEMPRE NOS ESCUCHA

 


La madre María Angélica Álvarez (1887-1986), fundadora del Monasterio de la Visitación de México, cuenta en sus Memorias: 

"En la capilla había un altar con una imagen del señor san José, que llamábamos “San José del Paso” por encontrarse precisamente en un lugar de mucho paso. Como yo lo estaba viendo casi continuamente por la vecindad con la capilla, le empecé a cobrar mucha devoción a san José y más que él me empezó a mimar mucho, porque todo cuanto deseaba (y eran muchas cosas) las dibujaba en un papel y se las ponía en las manos del santo bendito y, con una eficacia asombrosa, en seguida me concedía mis súplicas:

Ya fuera un santo Cristo para el cuarto de la Madre (y a los pocos días nos lo regalaron), ya fuera candeleros para el altar de Nuestra Señora (y a no tardar allí estaban los candeleros), en fin, un libro que deseara, una lámpara, floreros, cuanto hay, lo mismo era pedírselo que obtenerlo. Esto cundió, no sólo entre las Hermanas que con frecuencia le hacían de esta manera sus peticiones, sino también entre las niñas del Pensionado, y el bondadoso santo siempre nos escuchaba".

CONSAGRACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA (Oración compuesta por el papa Pío XII para el Año Mariano 1953-1954)

 
Cautivados por el resplandor de tu celestial belleza, e 
impelidos por las angustias del mundo, nos arrojamos en 
tus brazos, oh, inmaculada madre de Jesús y madre nuestra, 
María, confiando encontrar en tu amantísimo corazón la 
satisfacción de nuestras fervientes aspiraciones y el puerto 
seguro en medio de las tempestades que por todas partes nos apremian.

 Aunque abatidos por las culpas y abrumados por infinitas miserias, 
admiramos y cantamos la incomparable riqueza de los excelsos 
donde de que Dios te ha colmado por 
encima de cualquier otra criatura, desde el primer instante 
de tu concepción hasta el día en que, tras la asunción a los 
cielos, te ha coronado por reina del universo.

 ¡Oh, límpida fuente de fe, rocía nuestras mentes con las 
verdades eternas! ¡Oh, lirio fragante de toda la cristiandad, 
embelesa nuestros corazones con tu celestial perfume! ¡Oh, 
triunfadora del mal y de la muerte, inspíranos un profundo 
horror al pecado, que hace al alma detestable a Dios 
y esclava del infierno!
 
 Escucha, oh, predilecta de Dios, el clamor ardiente que 
de todos los corazones fieles se alza en esta novena consagrada a ti. 
Inclínate hacia nuestras dolientes llagas. 
Cambia el ánimo de los perversos, enjuga las lágrimas 
de los angustiados y oprimidos, consuela a los pobres y humildes, 
extingue los odios, suaviza las duras costumbres, 
custodia la flor de la pureza en los jóvenes, 
protege a la santa Iglesia. 

Haz que todos los hombres sientan el atractivo de la bondad cristiana. 
En tu nombre que resuena armonioso en los cielos, 
ellos se reconozcan como hermanos y las naciones 
como miembros de una sola familia, sobre la que resplandezca 
el sol de una paz universal y sincera.

 Acoge, oh, madre dulcísima, nuestras humildes súplicas, 
y alcánzanos sobre todo que podamos repetir, delante 
de tu trono, felices, contigo, el himno que se eleva hoy sobre 
la tierra en torno a tus altares

ORACIÓN POR LOS NO NACIDOS

 



Alabado sea el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, El Creador y Defensor de toda la vida. Señor, escucha las palabras de la familia, la cual esta reunida aquí delante de Tí. 

Nosotros venimos a ofrecer nuestras oraciones de alabanza y acción de gracias, y a abogar por la vida, especialmente por los no-nacidos. 

Nosotros Te suplicamos, Señor, por la preservación y protección de estos pequeños, que están muy desamparados, totalmente imposibilitados para protegerse, y que Tú según tu voluntad tienen derecho a la vida.  

Nosotros también oramos por todas las madres embarazadas, para que ellas puedan disfrutar la alegría de ver, poseer, acariciar y amar a sus criaturas.  

Nosotros pedimos al omnipotente Espíritu Santo enseñar a todo el pueblo que la existencia humana empieza en el primer momento de la concepción, y dura hasta la muerte natural. 

Sin duda Tú solo como dador de vida, tienes todo el derecho de quitarla.  

Nosotros oramos especialmente por la conversión de nuestros líderes gubernamentales, la medicina profesional, y por todos aquellos que perdonan, abogan, promueven o participan en el pecado del aborto.  

Nosotros oramos por tu pueblo que ahora esta contra el aborto, incluso desafiando la pérdida económica, el arresto o la persecución.  

Nosotros oramos para que ellos no pierdan la esperanza, y para que Tú les suministres la fuerza y la paciencia necesarias para llevar adelante esta guerra contra el maligno.  

Finalmente, nosotros oramos para que Tú nos perdones por nuestra indiferencia, y por no hacer lo suficiente para eliminar esta abominación en el mundo.  

Nosotros ofrecemos nuestras oraciones a través de María, Tu Madre y nuestra Madre, en nombre del amadísimo Jesús.  

Amén

Venga también ahora la Palabra del Señor a quienes la esperamos en silencio

 


Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa descendió desde el trono real de los cielos. Este texto de la Escritura se refiere a aquel sacratísimo tiempo en que la Palabra todopoderosa de Dios vino a nosotros para anunciarnos la salvación, descendiendo del seno y del corazón del Padre a las entrañas de una madre. Pues Dios, que en distintas ocasiones y de muchas maneras habló antiguamente a nuestros padres por los profetas, en esta etapa final nos ha hablado por su Hijo, de quien dijo: Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto, escuchadlo. Descendió, pues, a nosotros la Palabra de Dios desde el trono real de los cielos, humillándose para enaltecernos, haciéndose pobre para enriquecernos, encarnándose para deificamos.
Y para que el pueblo que iba a ser redimido abrigara una confiada esperanza en la venida y la eficacia de esta Palabra, es calificada de todopoderosa. Tu Palabra -dice- todopoderosa. Ya que si esta Palabra no fuera todopoderosa, el hombre condenado y sujeto a toda clase de miserias no sabría esperar con esperanza firme ser por ella liberado del pecado y de la pena del pecado. Así pues, para que el hombre perdido estuviera cierto de su salvación, se califica de todopoderosa a la Palabra que venía a salvarlo.
Y fíjate hasta qué punto es todopoderosa: no existía el cielo ni las maravillas que hay bajo el cielo; ella lo dijo y existió. Hecho de la nada por la omnipotencia de esta Palabra, que, sin solución de continuidad, creó simultáneamente la materia junto con la forma. Dijo la Palabra: Hágase el mundo, y el mundo existió. Dijo: Hágase el hombre, y el hombre existió.
Ahora bien: la recreación no fue tan fácil como la creación: creó imperando, recreó muriendo; creó mandando, recreó padeciendo. Vuestros pecados -dice- me han dado mucho quehacer. No me causó fatiga la administración y el gobierno de la máquina del universo, pues alcanzo con vigor de extremo a extremo y gobierno el universo con acierto. Sólo el hombre, violando continuamente la ley dada y establecida por mí, me ha dado quehacer con sus pecados. Ved por qué, bajando del trono real, no desdeñé el seno de la virgen ni hacerme uno con el hombre en su abyección. Recién nacido, se me envuelve en pañales y se me acuesta en un pesebre porque en la posada no se encontró sitio para el Creador del mundo.
Así pues, todo estaba en el más profundo silencio: callaban en efecto los profetas que lo habían anunciado, callaban los apóstoles que habían de anunciarlo. En medio de este silencio que hacía de intermediario entre ambas predicaciones, se percibía el clamor de los que ya lo habían predicado y el de aquellos que muy pronto habían de predicarlo. Pues mientras un silencio sereno lo envolvía todo, la Palabra todopoderosa, esto es, el Verbo del Padre, descendió desde el trono real de los cielos. Con expresión feliz se nos dice que en medio del silencio vino el mediador entre Dios y los hombres: hombre a los hombres, mortal a los mortales, para salvar con su muerte a los muertos.
Y ésta es mi oración: que venga también ahora la Palabra del Señor a quienes le esperamos en silencio; que escuchemos lo que el Señor Dios nos dice en nuestro interior. Callen las pasiones carnales y el estrépito inoportuno; callen también las fantasías de la loca imaginación, para poder escuchar atentamente lo que nos dice el Espíritu, para escuchar la voz que nos viene de lo alto. Pues nos habla continuamente con el Espíritu de vida y se hace voz sobre el firmamento que se cierne sobre el ápice de nuestro espíritu; pero nosotros, que tenemos la atención fija en otra parte, no escuchamos al Espíritu que nos habla.
Julián de Vézelay
De los sermones sobre la Navidad (Sermón 1 : SC 192, 45.52.60) 

EL NOMBRE DE JESÚS, EL GRAN FUNDAMENTO DE LA FE

 


Éste es aquel santísimo nombre que fue tan deseado por los antiguos patriarcas, anhelado en tantas angustias, prolongado en tantas enfermedades, invocado en tantos suspiros, suplicado en tantas lágrimas, pero donado misericordiosamente en el tiempo de la gracia. Te suplico que ocultes el nombre del poder, que no se escuche el nombre de la venganza, que se mantenga el nombre de la justicia. Danos el nombre de la misericordia, suene el nombre de Jesús en mis oídos, porque entonces tu voz es dulce, y tu rostro, hermoso.
Así pues, el gran fundamento de la fe es el nombre de Jesús, que hace hijos de Dios. En efecto, la fe de la religión católica consiste en el conocimiento y la luz de Jesucristo, que es la luz del alma, la puerta de la vida, el fundamento de la salvación eterna. Si alguien carece de ella o la ha abandonado, camina sin luz por las tinieblas de la noche, y avanza raudo por los peligros con los ojos cerrados y, por mucho que brille la excelencia de la razón, sigue a un guía ciego mientras siga a su propio intelecto para comprender los misterios celestes, o intenta construir una casa olvidándose de los cimientos, o quiere entrar por el tejado dejando de lado la puerta. Por tanto, Jesús es ese fundamento, luz y puerta, que, habiendo de mostrar el camino a los que andaban perdidos, se manifestó a todos como la luz de la fe, por la que el Dios desconocido puede ser deseado y, suplicado, puede ser creído y, creído, puede ser encontrado.
Este fundamento sustenta la Iglesia, que se edifica en el nombre de Jesús. El nombre de Jesús es esplendor de los predicadores, porque con un luminoso esplendor hace anunciar y oír su palabra. ¿Cómo piensas que la luz de la fe se extendió por todo el orbe tanto, tan rápida y encendidamente, a no ser porque Jesús es predicado? ¿No nos llamó Dios a su luz admirable por la luz y sabor de ese nombre? Porque hemos sido iluminados y hemos visto la luz en esa luz, dice Pablo con razón: En otro tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor: caminad como hijos de la luz.
¡Oh nombre glorioso, nombre grato, nombre amoroso y virtuoso! Por tu medio son perdonados los delitos, por tu medio son vencidos los enemigos, por tu medio son librados los débiles, por tu medio son confortados y alegrados los que sufren en las adversidades. Tú, honor de los creyentes; tú, doctor de los predicadores; tú, fortalecedor de los que obran; tú, sustentador de los vacilantes. Con tu ardiente fervor y calor, se inflaman los deseos, se alcanzan las ayudas suplicadas, se embriagan las almas al contemplarte y, por tu medio, son glorificados todos los que han alcanzado el triunfo en la gloria celeste. Dulcísimo Jesús, haznos reinar juntamente con ellos por medio de tu santísimo nombre.
San Bernardino de Siena, presbítero

LAS LLAGAS DE CRISTO EN LA HOSTIA SANTA

 


¡Oh palabra de vida, de paz, de esperanza y de salud para mi pobre alma culpable y desgraciada! Pero ¿donde estáis, Jesús? ¿Acaso me esperáis en el Calvario de Jerusalén? ¿Acaso en el cielo deberé buscar vuestras Llagas para refugiarme en ellas? ¡Oh Jesús! ¡Nosotros estamos muy lejos del Calvario y mucho más lejos del cielo todavía! 

¿No podremos encontrar vuestras Llagas en el mismo lugar de nuestros sufrimientos, y a nuestro lado, cerca de nosotros? Y si solamente el Crucifijo bendito me ofrece el ejemplo, y la gracia, y el refugio de vuestras Llagas, oh Jesús, aun ese Crucifijo no es más que una imagen y un recuerdo; necesito más: vuestras Llagas con la Sangre, con el amor, vuestras Llagas con Vos mismo, Vos que habéis sufrido y que me habéis amado! Y el amor ha prevenido este deseo y satisfecho esta necesidad de mi Corazón! 

En la Hostia, bajo el velo Sacramental, el Salvador guarda en sus manos, en sus pies y en su costado las llagas de su Pasión; ellas permanecen abiertas y continúan destilando su bálsamo compuesto de la sangre, del sufrimiento y del amor de Jesús, y ellas nos lo aplican. Y estas Hostias están por todas partes; estas Hostias os siguen, os envuelven y os contienen, y son, en verdad, el Jesús que ha sufrido por vosotros, y es él mismo quien os presenta abiertos, hospitalarios y seguros esos refugios tan sagrados y dulces. 

Entrad en ellos por la comunión; penetraréis mucho más por la comunión en las llagas del Salvador que lo que penetraron los clavos y la lanza del centurión; entraréis en ellas más profundamente que Tomás. Besad en espíritu la entrada de estos saludables retiros; pegad vuestra boca a esas venas de una agua tan límpida y tan fresca; dejad esas fuentes puras correr sobre vosotros y cubriros; bañaos en esas aguas de vida; verted sobre vuestras llagas la esencia de esas rosas encarnadas; en fin, reposad y gustad en ellas cuán dulce es el Señor. 

Haced a menudo, haced todos los días esta consoladora experiencia; pero tened fe y confianza, y bendecid con los acentos de la verdadera gratitud a la Hostia de las Cinco Llagas, a la Hostia del sufrimiento, aceptada y deseada y llevada por amor, la Hostia en que el Salvador os da todas las gracias, todos los ejemplos, todas las virtudes de su sufrimiento; la Hostia que os rendirá la paciencia y la resignación, la fuerza y la esperanza, la Hostia que habrá sufrido vuestros propios dolores con vosotros, en vosotros y más que vosotros, uniendo a sus Llagas vuestras llagas, todas vuestras llagas, las de vuestros miembros y las de vuestra alma, para curarlas, santificarlas y hacerlas fecundas.

MANUAL DE LA ADORACIÓN DEL SANTISIMO SACRAMENTO POR EL R. P. A. TESNIERE de la Congregación del Santísimo Sacramento.

LA PALABRA TOMÓ DE MARÍA NUESTRA CONDICIÓN HUMANA

 



La Palabra tendió una mano a los hijos de Abrahán, afirma el Apóstol, y por eso tenía que parecerse en todo a sus hermanos y asumir un cuerpo semejante al nuestro. Por esta razón, en verdad, María está presente en este misterio, para que de ella la Palabra tome un cuerpo, y, como propio, lo ofrezca por nosotros. La Escritura habla del parto y afirma: Lo envolvió en pañales; se proclaman dichosos los pechos que amamantaron Señor, y, por el nacimiento de este primogénito, fue ofrecido el sacrificio prescrito. El ángel Gabriel había anunciado esta concepción con palabras muy precisas, cuando dijo a María no simplemente «lo que nacerá en ti» -para que no se creyese que se trataba de un cuerpo introducido desde el exterior-, sino de ti, para que creyésemos que aquel que era engendrado en María procedía realmente de ella.
Las cosas sucedieron de esta forma para que la Palabra, tomando nuestra condición y ofreciéndola en sacrificio, la asumiese completamente, y revistiéndonos después a nosotros de su condición, diese ocasión al Apóstol para afirmar lo siguiente: Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad.
Estas cosas no son una ficción, como algunos juzgaron; ¡tal postura es inadmisible! Nuestro Salvador fue verdaderamente hombre, y de él ha conseguido la salvación el hombre entero. Porque de ninguna forma es ficticia nuestra salvación ni afecta sólo al cuerpo, sino que la salvación de todo el hombre, es decir, alma y cuerpo, se ha realizado en aquel que es la Palabra.
Por lo tanto, el cuerpo que el Señor asumió de María era un verdadero cuerpo humano, conforme lo atestiguan las Escrituras; verdadero, digo, porque fue un cuerpo igual al nuestro. Pues María es nuestra hermana, ya que todos nosotros hemos nacido de Adán.
Lo que Juan afirma: La Palabra se hizo carne, tiene la misma significación, como se puede concluir de la idéntica forma de expresarse. En san Pablo encontramos escrito: Cristo se hizo por nosotros un maldito. Pues al cuerpo humano, por la unión y comunión con la Palabra, se le ha concedido un inmenso beneficio: de mortal se ha hecho inmortal, de animal se ha hecho espiritual, y de terreno ha penetrado las puertas del cielo.
Por otra parte, la Trinidad, también después de la encarnación de la Palabra en María, siempre sigue siendo la Trinidad, no admitiendo ni aumentos ni disminuciones; siempre es perfecta, y en la Trinidad se reconoce una única Deidad, y así la Iglesia confiesa a un único Dios, Padre de la Palabra.
-San Atanasio de Alejandría, Obispo y Doctor de la Iglesia-

LA FIDELIDAD BROTA DE LA TIERRA Y LA JUSTICIA MIRA DESDE EL CIELO

 


Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.
Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne del pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.
Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Este se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así -como dice la Escritura-: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor.
Pues la verdad brota de la tierra: Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de una virgen. Y la justicia mira desde el cielo: puesto que, al creer en el que ha nacido, el hombre no se ha encontrado justificado por sí mismo, sino por Dios.
La verdad brota de la tierra: porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo: porque todo beneficio y todo don perfecto viene de arribaLa verdad brota de la tierra: la carne, de María. Y la justicia mira desde el cielo: porque el hombre no puede recibir nada, si no se lo dan desde el cielo.
Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierraPor él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. No dice: «Nuestra gloria», sino: La gloria de Dios; porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por tanto, el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, y no en sí mismo.
Por eso, después que la Virgen dio a luz al Señor, el pregón de las voces angélicas fue así: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. ¿Por qué la paz en la tierra, sino porque la verdad brota de la tierra, o sea, Cristo ha nacido de la carne? Y él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa: para que fuésemos hombres que ama el Señor, unidos suavemente con vínculos de unidad.
Alegrémonos, por tanto, con esta gracia, para que el testimonio de nuestra conciencia constituya nuestra gloria: y no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios. Por eso se ha dicho: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. ¿Pues qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios? Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia.
San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
(Sermón 185: PL 38,997-999) 

TODO EL MUNDO ESPERA LA REPUESTA DE MARÍA

 


Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.
Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.
Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David, con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo, postrado a tus pies.
Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.
Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.
¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe.
Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.
Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.
Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.
San Bernardo de Claraval, abad
De la Homilía sobre las excelencias de la Virgen Madre 4,8-9 (del lecc. par-impar

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