EL LLANTO DEL ALMA
Entra dentro de ti, alma mía, echa lejos de ti todas las
cosas exteriores, y recógete en el secreto de tu corazón.
Todos tus esfuerzos serán pocos para sufrir este dolor in
menso y para sondear el abismo de miserias en que has
caído.
Broten de mi pecho, arroyado en lágrimas, gritos y lamentos aterradores que repercutan a través de los valles
hondos, de las montañas gigantes, de las aguas inmensas,
y no se detengan hasta llegar al cielo y a oídos de todos
los santos del paraíso.
Sí; exclamaré; ¡oh, vosotros los que
sois del todo insensibles, ojalá pudiera yo enterneceros
con los gemidos de mi corazón, con las ondas de mis lágrimas!, ¡ojalá pudiera haceros sentir algo de mi dolor,
mostrándoos las penas que me despedazan y me consumen!
¡Desventurado de mí! El Padre celestial creó mi alma
superior a todas las cosas sensibles, la adornó con sus más
ricos dones, la escogió por esposa querida..., y yo me he
huido de El y lo he perdido.
¡Padre mío!, ¡amor mío! ¡Ay,
ay, desgraciado de mí! ¿Qué he hecho?, ¿qué es lo que me he perdido? Perdiéndoos a Vos me he perdido a mí mismo, he perdido la amistad de los ángeles del cielo, se ha
desvanecido como el humo toda mi felicidad, mi alma ha
quedado sola y desnuda de todo bien.
Todos los que me hacían alarde de su amistad me han
engañado indignamente y se han convertido para mí en
verdaderos verdugos, y me han arrebatado todo mi tesoro, al despojarme de la gracia y amistad de mi único y ver
dadero amigo.
¿No tengo sobrado motivo para llorar?
¿Dónde podré encontrar consuelo para mi dolor? Todas
las criaturas me han abandonado, y yo me he apartado de
mi Dios y Señor. ¡Oh día triste el día de mi caída!
¡Oh, vosotras, rosas de amor, lirios de pureza!; oíd mi
llanto, y al contemplar mi hermosura marchita y estéril,
entender cuan presto se marchitan las flores sobre las
que el mundo ha puesto su mano.
En adelante, mi vida será una muerte continua, mi
alegría una continua tristeza, mi juventud un eterno languidecer..., y con todo, mis dolores nunca serán proporcionados a la gravedad de mi culpa.
¡Oh!, sí: el mayor de
mis tormentos, el verdadero infierno de mi pobre corazón, será el haber ofendido a Dios. ¡Ay, ay, desgraciado
de mí!, que he podido despreciar vuestras gracias y olvidaros, Dios mío; yo, a quien habéis advertido a tiempo
con tal dulzura, a quien con tal familiaridad habéis tratado!
¡Oh dureza del corazón humano, que tales pecados es
capaz de cometer!; ¡oh corazón más duro que el bronce,
que no te quiebras de dolor!
En otros tiempos más felices,
mi alma era la esposa amada del Rey de la Gloria; ahora
no merece ser su vil esclava. ¡Ay!, temo levantar mis ojos
al cielo; mi lengua enmudece en presencia de mi Dios.
El mundo me pesa y me molesta; deseara estar más
bien en un bosque espesísimo, donde ni los pasos ni las
miradas del hombre pudieran penetrar, y allí descansaría mi corazón deshaciéndose en gritos y lamentos. Sí, en lamentos, porque el llanto es mi único consuelo. ¡Oh pecado, pecado!, ¡a qué estado de miseria me has reducido!
¡Maldito sea quien te sirve, oh mundo engañador! A mí
ya me has dado lo que me debías, el precio de mi esclavitud; ya todo el mundo me aborrece, y hasta yo desearía
huir de mí mismo.
¡Almas que todavía estáis enriquecidas con los dones
de vuestro real Esposo!, ¡almas puras y santas que sabéis
huir a tiempo del pecado y conservar vuestra primera
inocencia!, vosotras sois dichosas, sumamente dichosas; y
si no conocéis vuestra felicidad, es porque la conciencia
pura y limpia no puede sentir nunca las angustias que
matan a un corazón manchado por el pecado. Yo, en
cambio, lloro amargamente, y mis gemidos no tienen
consuelo. ¡Qué delicias experimenté cuando estaba con
Vos, Jesús mío, Jesús amadísimo!; ¡qué contento estaba
entonces y qué tranquilo!; y con todo, no conocía mi propia felicidad.
Ahora, ¡oh, si pudiese declarar toda la intensidad de
mi dolor!, ¡quién tuviera el poderío de la inmensidad de
los cielos, de las aguas de la mar, de todas las plantas y
seres de la tierra, para expresar por ellas los sufrimientos de mi pobre corazón, y las desgracias irreparables
que me acarrea el haber ofendido al Esposo amantísimo
de mi alma! ¿Por qué nací yo a esta vida?; ¿qué me queda
ya que esperar sino los abismos de una eterna desesperación?
1
LOS CONSUELOS DE LA SABIDURÍA:
La Sabiduría (Jesucristo):
No hay para qué desesperarte. Yo vine
al mundo porque te amo, para reconciliarte con el Padre,
y para concederte una gloria aun más estimable que la
inocencia cuya pérdida lloras.
Discípulo:
¿Qué voz es esta que tan dulcemente habla a mi corazón, y consuela mi alma desterrada del cielo
y de la tierra?
La Sabiduría (Jesucristo):
¿No me conoces? ¿Por qué te abates de esa
manera? Ya veo, hijo mío muy querido, que te ciega el
exceso del dolor; pero, ¿no sabes que yo soy la Sabiduría
del Padre, llena de ternuras y de bondad? Sí, mira: yo
soy un abismo de misericordia tan grande, que ni los mismos santos lo pueden comprender, y que está siempre
abierto para recibir a todos los corazones humillados y
contritos.
Yo sufrí por ti la pobreza, el destierro, la muerte de
cruz. Todavía me puedes ver pálido, chorreando sangre,
lleno del mismo amor que me interpuso entre tu alma y
los justos castigos de mi Padre. Soy tuyo, soy tu hermano,
tu esposo. He olvidado tus ofensas como si nunca me las
hubieras hecho. Date a mí, y en adelante procura no separarte jamás del cumplimiento de mi voluntad.
Levanta la cabeza, mírame lleno de valor, y purifícate
en mi sangre. En prenda de nuestra reconciliación, toma
este anillo, este vestido; este calzado; gocémonos ahora,
porque tu alma ha de ser mi esposa muy amada. Me ha
cautivado tu dolor, y no he podido resistir a tus gemidos.
¡Siento tanta compasión por los corazones entristecidos...!
Si el universo entero ardiese en vivas llamas, su fuego no
abrasaría un simple puñado de paja con más ímpetu que el que mueve a mi insaciable misericordia a recibir a un
alma penitente.
Discípulo:
¡Oh Padre de misericordia, mi dulce hermano, mi amable esposo, única alegría de mi corazón!; ¿de
modo que habéis querido escucharme y concederme el
perdón, a pesar de mis ruindades y de mi ingratitud?
¡Qué favor, qué clemencia, qué misericordia más grande!
Os adoro, os bendigo, os doy infinitas gracias, me postro
a vuestros pies..., y os ofrezco a vuestro Hijo Unigénito,
que por mí expiró en una cruz: sea El el iris de paz que
os haga olvidar todas mis iniquidades.
Ahora vuelvo a nacer en los brazos de Jesús crucificado; me sumerjo en sus llagas, uno mi alma a su alma,
mi corazón a su corazón, para que nunca, ni en vida ni
en muerte, pueda separarme más de sus tiernos abrazos.
En adelante, antes morir, antes el purgatorio, antes el infierno, que ofender a mi Señor y mi Redentor.
¡Qué no
pueda yo hacer llegar hasta el cielo gemidos tan hondos
que me rompan el corazón!
Quisiera morirme en un exceso de dolor, porque
cuanto ha sido mayor vuestra bondad en perdonarme mis
pecados, tanto más cruelmente me atormenta el haberos
ofendido y haber sido tan ingrato a vuestra infinita misericordia.
¿Cómo he de agradeceros, ¡oh Sabiduría Eterna, mi
dulzura, mi consuelo!, el que me hayáis cerrado con vuestras propias llagas las llagas mías que ninguna criatura del
mundo podía remediar? Enseñadme ahora cómo he de
llevar en mi cuerpo el estigma de vuestro amor, para que
el mundo entero, los ángeles y los santos sepan de una
vez que no soy del todo insensible a la caridad infinita
con que habéis atendido a este desgraciado desposeído de
toda esperanza.
La Sabiduría (Jesucristo):
Si es que estás conmigo espiritualmente crucificado, llevarás en tu cuerpo los estigmas de mi amor. Hazme entrega generosa de todo tu ser y de todo cuanto
te pertenece, y esto para no reclamarlo jamás.
No tengas más que lo estrictamente necesario, y de
este modo tus manos estarán ya clavadas en la cruz.
Afianza en mí, y sólo en mí, tu alma inconstante, tu
corazón voluble, tus pensamientos inciertos, y entonces
también tu pie derecho estará crucificado.
Cuida de que no se debiliten con el tiempo las energías de tu alma ni las energías de tu cuerpo, para que
nunca caigas en la negligencia y el abandono, y entonces
tus brazos, como los míos, estarán extendidos en la Cruz
siempre dispuestos a cumplir mi voluntad.
Rinde a tu cuerpo en los ejercicios y prácticas espirituales en obsequio del desfallecimiento de mis piernas, y
no le permitas jamás satisfacer sus apetitos.
Los disgustos, las tentaciones, las penalidades que con
frecuencia te asaltarán y te agobiarán, serán precisamente
las que más te han de unir conmigo, con los abrazos de la
Pasión, y por amor mío llevarás sobre ti la imagen de mis
dolores.
Tu privación de todo consuelo, y tus luchas contra la
naturaleza, me devolverán mis energías primeras.
Tu cuerpo será un lecho blando, para que en él descansen mis miembros fatigados.
Tu aversión al pecado será la alegría de mi alma; tus
ternuras endulzarán mis sufrimientos, y tu fervor acrecentará más y más el amor mío.
Discípulo:
Espero de Vos estos favores, ¡oh Eterna Sabiduría!, y pongo a vuestro servicio mi voluntad con todo
lo que ella es. Ahora comprendo cuan fácil es serviros, y
cómo es ligero el yugo de vuestra obediencia. Esto lo saben mejor que nadie los que han tenido la desgracia de
llevar el yugo aplastante de la iniquidad.
"Tratado de la
Eterna Sabiduría" Beato Enrique Susón, predicador y escritor de la Orden de Santo Domingo