LAS ESPINAS DEL CORAZÓN DE JESÚS

 


Espina para el Corazón de Jesús es la falta de una fe viva por parte de muchos que le aman y sirven, y le sirven casi a la fuerza y arrastrándose más que caminando, en la vida espiritual.

Espina es la falta de conformidad con la voluntad de Dios, que hace murmurar de la Divina Providencia, cuando las cosas no suceden según el propio gusto o capricho.

Espina es la falta de caridad que tienen los ricos con los pobres. Siempre habrá pobres en el mundo; pero no habría de haber miserables. Jesús impone la caridad como ley suya.

Espina es la falta de devoción que manifiestan muchos cristianos en sus mismas oraciones; y las irreverencias que cometen en los templos con su porte poco cristiano.

Espina es para el Corazón de Jesús la falta de paciencia y dominio propio de muchos cristianos, que no saben sufrir la menor contrariedad sin quejarse o incomodarse.

Espina es para el Corazón de Jesús la sobra de comodidades de aquellos cristianos que se espantan al solo nombre del sacrificio y nada hacen por amor de Jesús, que tanto sufrió por ellos.

Espina es la sobra de amor propio que domina en tantos corazones que no pueden soportar el menor aviso o corrección, viviendo por otra parte llenos de defectos.

Espina es la sobra de negligencia con que se hacen las cosas de Dios. Mientras algunos son todo actividad y energía para las cosas puramente temporales.

Espina es la sobra de frialdad, causa de que muchos cristianos, por otra parte buenos, cometan muchos pecados veniales sin que traten de enmendarse de ellos.

Espina es para el Corazón de Jesús ver la falta de cristianos en los templos y la sobra de ellos en los centros de mundanas diversiones. El Corazón de Jesús ama, y no es amado. ¿Qué haces tú?

OBSEQUIOS Y OFRECIMIENTOS A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 


1. Oh beatísima Trinidad!, os doy palabra de procurar con todo esfuerzo y empeño salvar mi alma, ya que la creasteis a vuestra imagen y semejanza y para el cielo. Y también por amor vuestro procuraré salvar las almas de mis prójimos.

2. Para salvar mi alma y daros gloria y alabanza, sé que he de guardar la divina ley. Os doy palabra de guardarla como la niña de mis ojos, y también procuraré que los demás la guarden.

3. Aquí, en la tierra, me ejercitaré en alabaros, y espero que después lo haré con más perfección en el cielo; y por esto, con frecuencia rezaré el Trisagio y el verso: Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, Y también procuraré que los demás os alaben. Amén.

V. Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo.

R. Alabémosle y ensalcémosle en todos los siglos.

Omnipotente y sempiterno Dios, que concediste a tus siervos el conocer la gloria de tu eterna Trinidad en la confesión de la verdadera fe y el adorar la Unidad en tu augusta Majestad; Te rogamos, Señor, que por la fuerza de esa misma fe nos veamos siempre libres de todas las adversidades. Por Cristo, Señor nuestro. Amén.

ESPOSA DE CRISTO (SANTA ISABEL DE LA TRINIDAD)

 Preciosa reflexión de santa Isabel de la Trinidad sobre lo que significa ser esposa de Cristo, vocación que viven de una manera especial las monjas contemplativas.


"Esposa". Todo cuanto este nombre hace presentir de amor dado y recibido, de intimidad, fidelidad, abnegación absoluta... 

Ser esposa es entregarse como él se entregó, ser inmolada como él, por él y para él; es Cristo mismo que se hace todo nuestro y nosotros que nos hacemos totalmente suyos. 

Ser esposa es tener plenos derechos sobre su corazón, es un cruce de corazones abiertos toda la vida, es vivir con él, siempre con él. Es reposar de toda cosa en él y permitirle a él reposarse de toda cosa en nuestra alma. Es no saber otra cosa que amar. Amar adorando, Amar reparando, Amar orando, suplicando, olvidando. Amar siempre y de todas formas. 

Ser esposa es tener los ojos en sus ojos, el pensamiento obsesionado por él, el corazón apresado totalmente, totalmente invadido, como fuera de sí mismo, traspasado a él; el alma llena de su alma, llena de su oración, tener todo el ser cautivado y dado. Es ser fecunda corredentora, engendrar hijos adoptivos del Padre, los rescatados por Cristo, los coherederos de su gloria. 

En fin, ser tomada por esposa es haber fascinado su corazón hasta tal punto que, olvidando toda distancia, el Verbo se derrama en el alma como en el seno del Padre, con el mismo éxtasis de amor infinito. Y así el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo invaden el alma, la deifican y la consuman en el Uno por amor

REPARACIÓN POR LAS LLAGAS DE CRISTO


 

«Él ha recibido estas Llagas a causa de nuestras iniquidades; ha sido maltratado a causa de nuestros crímenes.» 

Es vuestro amor, oh Jesús, quien acepta estas Llagas con sus crueles sufrimientos; pero es el pecado quien las causa; y por expiar los pecados cometidos por las manos, por los pies y por el corazón del hombre, las recibís en vuestras manos, en vuestros pies y en vuestro corazón. 



LAS LLAGAS DE LAS MANOS:

Así, pues, en las Llagas de vuestras adorables manos debo ver la gravedad de los pecados cometidos por mis manos, en las de vuestros sacratísimos pies comprenderé el mal de los pecados, cuyo instrumento son mis pies; y considerando vuestro Corazón abierto por la lanza, comprenderé la iniquidad y los crímenes de mi Corazón; y la sangre, el sufrimiento y la virtud de estas Llagas purificarán mis acciones, mis pensamientos y mis afectos. 

Nuestras manos están sumergidas en la pereza; están cargadas de joyas, de perlas y de anillos de oro; han triunfado de su fineza y de su blancura; han sido un instrumento de pecado; lavadas en los perfumes, se han mantenido en la molicie, huyendo del trabajo que hubiera podido quitar un tanto cuanto su suavidad y brillo; y lo que es más, se han hecho impuras, sucias y criminales.

Y por esto es que las vuestras, oh Jesús, vuestras purísimas manos, después de haber sido maltratadas y encallecidas en los rudos trabajos de treinta años, están hoy heridas y desgarradas: el lodo se mezcla a la sangre; y por todo atavío, ellas ostentan los enormes clavos que las atraviesan de parte a parte. 

Podemos verlas bajo la tensión de la crucifixión, extendidas, abiertas, dejando correr liberalmente, con su sangre, la vida, el perdón, la salvación. 

Para expiar el pecado de las manos avaras que siempre atesoran y siempre permanecen cerradas a las necesidades del pobre y del huérfano, las manos de Cristo han sido fijadas a este leño por las manos inmundas de los verdugos.

Para expiar el crimen de los pecados sacrílegos, el crimen de las manos de Judas, que fué el primero en comer indignamente vuestra Eucaristía, y de todos los de su raza, que desde que estáis en el Sacramento os han sacrílegamente tocado, comido y profanado. 

Las manos del hombre se han entregado a la violencia; han sido el instrumento de la venganza, de la cólera y del asesinato.—Y para expiar estos crímenes y lavar toda la sangre injustamente vertida, vuestras manos, siempre dulces, benéficas y saludables, vuestras manos, oh Jesús, son heridas, traspasadas y ensangrentadas.

¡Jesús! así es que en el sufrimiento, la ignominia y la transfixión de vuestras manos expiáis todos los crímenes cometidos por las manos del hombre. ¡Ah! dejadme besar vuestras manos traspasadas: ellas se extienden hasta mis labios en la Hostia sagrada; dejadme que aplique mis manos, para purificarlas, contra vuestras manos .

Yo os pido perdón por la Llaga de vuestra mano derecha y por la Llaga de vuestra mano izquierda, por todos los pecados que por mis manos he cometido. 




LAS LLAGAS DE LOS PIES:

Vuestros pies, el Profeta los había percibido sobre la cima de los montes, cuando os veía venir como heraldo de la buena nueva; ¡cuán bellos, deslumbrantes, ágiles, fuertes, intrépidos e infatigables eran! No temían ni las espinas de los zarzales, ni las asperezas de la piedra; desafiaban al frío y al lodo, al sol y al polvo, a los sudores y á las fatigas. Ellos siguieron el camino recto y justo, sin declinar jamás en el sendero de la iniquidad; sus huellas marcan el camino seguro, y quien las sigue no marcha en las tinieblas. Y ahora vedlos cubiertos de un lodo rojinegro, formado de polvo y de sangre coagulada; están deformes, desgarrados, destrozados y horriblemente agujereados; ellos están clavados sobre la Cruz y guardarán para siempre los estigmas de aquella hora de suplicio y de vergüenza. 

¿Qué es, pues, esto, oh Jesús! Vos habéis debido expiar por las redes tendidas por la maldad á los pies de los sencillos; por las caídas ocasionadas por las piedras de escándalo, dispuestas por el perverso bajo los pies de la inocencia. Vos habéis expiado por el orgullo en el andar y por la impaciencia, por la vanidad que triunfa de una forma agradable, de una gracia lasciva. Vos habéis pagado por todos los pasos y las posturas y los gestos de los bailes, en que la concupiscencia y el libertinaje encuentran en el hogar doméstico, como en las escenas públicas, tan abundante alimento. 

Todos los pasos que el pecador da para satisfacer los fines, y de los que cada uno renueva su crimen, renovando su resolución de cometerlo; todos los deseos, todos los ardores que alimenta para afianzar su presa; todas las genuflexiones hechas en otro tiempo ante los ídolos del paganismo, y todas las que reclaman los ídolos de carne de un mundo convertido en pagano, y todas las que, por lo contrario, se os rehúsan en vuestros templos en que residís, sin embargo, Amor de los amores, Belleza de las bellezas, único Dios verdaderamente adorable; todos estos pecados, todas estas manchas, todas estas abominaciones, todas estas apostasías, cuyo signo es el pie del hombre, órgano ó instrumento, habéis aceptado expiarlas, sufrir su castigo, pagar su deuda á la justicia de nuestro Padre, y por esto, oh dulce Víctima, vuestros pies son ligados, crucificados, traspasados. 

¡Oh, cuánto deseo besar vuestros pies con Magdalena y María y con todos los Santos é inundarlos con mis lágrimas de arrepentimiento! Jesús, por las Llagas de vuestros pies sacratísimos, dejadme que venere y bese con amor vuestra Eucaristía, y cuya sangre y sufrimiento corran en mi alma por la comunión, como un remedio de vida; Jesús, purificadme, purificadme. 



LA LLAGA DEL CORAZÓN:

Si los pies y las manos son los instrumentos de tantos pecados, ¿no puede decirse que el corazón participa de todas las faltas que el hombre comete ? ¿ No es el órgano de las afecciones? ¿No es la afección mala y desordenada á las criaturas, á los bienes sensibles, lo que constituye la malicia esencial del pecado? 

También vuestro Corazón, oh Jesús, ha comenzado por los pecados del corazón una expiación secreta desde su formación en el seno de María; también ha sufrido su Pasión propia en Getsemaní, donde sufrió en las angustias de la tristeza, del espanto y del fastidio llevadas hasta la agonía, el castigo merecido por los crímenes de nuestros corazones. 

Mas era preciso que esta Pasión fuese manifiesta y que el tesoro de expiaciones reunido en vuestro Corazón pudiese ser distribuido; por esto permitisteis que vuestro costado fuese atravesado por la lanza, y vuestro Corazón abierto: dos fuentes brotaron de ellos entonces y no cesarán de correr jamás; ellas han formado dos ríos de pureza. El río de agua corre en las piscinas del bautismo; lava el corazón de sus manchas originales y le da la pureza primitiva; el río de sangre serpentea á través del mundo en los cálices sagrados de los altares, y da la pureza activa y meritoria, la pureza que se purifica más y más cada día, y que llega á ser la perfecta pureza. 

Corazón purísimo de Jesús, fuisteis traspasado para lavar en ese río de sangre y agua nuestros corazones cargados, torpes y carnales que se han embriagado de la afección sensual y que habiéndoos olvidado totalmente han pervertido vuestros mejores dones. ¡Desbordad, desbordad vuestras olas purificadoras sobre nuestros corazones perdidos, depravados y corrompidos , focos ardientes de tantos males! 

¡Corazón amantísimol la lanza os atraviesa de parte á parte para que vuestro amor, vuestra condescendencia, vuestra bondad, vuestra generosidad, derramándose con vuestra Sangre en esas ondas límpidas y rojas, paguen la deuda ingrata de nuestros corazones, cerrados por el egoísmo, endurecidos por el odio, devorados por la envidia, insensibles á las necesidades de los demás y sensibles solamente á la ruina de los otros, para regocijarse de ella. 

¡ Corazón humildísimo de Jesús! la lanza os destroza para que vuestra humildad y vuestra dulzura caigan á torrentes, para destrozarlos de arrepentimiento, sobre nuestros corazones orgullosos, ambiciosos, insaciables, incrédulos, desconfiados, disimulados, perversos é hipócritas, idólatras de sí mismos y rebeldes á Dios, obstinados, endurecidos é impenitentes, fijos en el mal y más duros que el granito. 

Por todos estos crímenes, cuyo principio, centro y medio son nuestros corazones, os pido perdón, ¡oh Corazón traspasado de Jesús! y os ofrezco en expiación las ansiedades, las angustias, los terrores, los temores de vuestro Corazón ; sus tristezas y sus disgustos en Getsemaní, sus sufrimientos y su agonía sobre la cruz, la llaga profunda que lo penetró, la sangre y y agua que brotaron de ésta. No por un simple deseo, ni una pura ficción de mi espíritu, sino en realidad os ofrezco, oh Jesús misericordioso, vuestro propio Corazón en la Hostia Eucarística en que vive siempre atravesado; os lo ofrezco á la hora de su inmolación sobre la piedra del Sacrificio; os lo ofrezco en sus largos anonadamientos en el Tabernáculo perpetuo; os lo ofrezco en mi alma cuando habiéndole recibido pueda unir y mezclar mi corazón culpable á vuestro Corazón inocente ,perder mi corazón en la Llaga hospitalaria de vuestro Corazón, y deciros: Piedad, piedad por los pecados de mi corazón, á causa de los sufrimientos y de las humillaciones del vuestro.


(Manual de la Adoración del Santísimo Sacramento, por el R.P.A. Tesniére)

AY DEL ALMA EN LA QUE NO HABITA CRISTO (SAN MACARIO)

 


Así como en otro tiempo Dios, irritado contra los judíos, entregó a Jerusalén a la afrenta de sus enemigos, y sus adversarios los sometieron, de modo que ya no quedaron en ella ni fiestas ni sacrificios, así también ahora, airado contra el alma que quebranta sus mandatos, la entrega en poder de los mismos enemigos que la han seducido hasta afearla.
Y, del mismo modo que una casa, si no habita en ella su dueño, se cubre de tinieblas, de ignominia y de afrenta, y se llena de suciedad y de inmundicia, así también el alma, privada de su Señor y de la presencia gozosa de sus ángeles, se llena de las tinieblas del pecado, de la fealdad de las pasiones y de toda clase de ignominia.
¡Ay del camino por el que nadie transita y en el que no se oye ninguna voz humana!, porque se convierte en asilo de animales. ¡Ay del alma por la que no transita el Señor ni ahuyenta de ella con su voz a las bestias espirituales de la maldad! ¡Ay de la casa en la que no habita su dueño! ¡Ay de la tierra privada de colono que la cultive! ¡Ay de la nave privada de piloto!, porque, embestida por las olas y tempestades del mar, acaba por naufragar. ¡Ay del alma que no lleva en sí al verdadero piloto, Cristo!, porque, puesta en un despiadado mar de tinieblas, sacudida por las olas de sus pasiones y embestida por los espíritus malignos como por una tempestad invernal terminará en el naufragio.
¡Ay del alma privada del cultivo diligente de Cristo que es quien le hace producir los buenos frutos del Espíritu!, porque, hallándose abandonada, llena de espinos y de abrojos, en vez de producir fruto, acaba en la hoguera. ¡Ay del alma en la que no habita Cristo, su Señor!, porque, al hallarse abandonada y llena de la fetidez de sus pasiones, se convierte en hospedaje de todos los vicios.
Del mismo modo que el colono, cuando se dispone a cultivar la tierra, necesita los instrumentos y vestiduras apropiadas, así también Cristo, el rey celestial y verdadero agricultor, al venir a la humanidad desolada por el pecado, habiéndose revestido de un cuerpo humano y llevando como instrumento la cruz, cultivó el alma abandonada, arrancó de ella los espinos y abrojos de los malos espíritus, quitó la cizaña del pecado y arrojó al fuego toda la hierba mala; y, habiéndola así trabajado incansablemente con el madero de la cruz, plantó en ella el huerto hermosísimo del Espíritu, huerto que produce para Dios, su Señor, un fruto suavísimo y gratísimo.

DIOS EXISTE (Anthony Flew)

 


El filósofo y famoso promotor del ateísmo Antony Flew creyó a los 81 años... y escribió «Dios existe» Los nuevos hallazgos de la ciencia cambiaron su punto de vista. El problema del mal en el mundo, entre otros, fue la razón de su ateísmo.

Pero Flew cambió de opinión a medida que estudiaba más biología, se dio cuenta que la evidencia apoyaba la existencia de una inteligencia creadora, y que el azar y la necesidad o el mero materialismo no eran suficientes para explicar la complejidad del mundo. Los ateos lo acusaron de "senilidad", sin pruebas médicas que acreditasen nada. Desde luego esto no deja en buen lugar a los ateos, que por no reconocer nada en favor de Dios, acusan de senil a Anthony Flew; es muy injusto. 

Esto fue lo que escribió en sus últimos años, si alguien piensa que esto lo ha escrito un hombre senil, es que no ha conocido a muchas personas seniles en sus vidas:

 "Dos factores fueron especialmente decisivos. Uno fue mi creciente empatía con la idea de Einstein y de otros científicos notables de que tenía que haber una Inteligencia detrás de la complejidad integrada del universo físico. 

El segundo era mi propia idea de que la complejidad integrada de la vida misma —que es mucho más compleja que el universo físico— solo puede ser explicada en términos de una fuente inteligente. Creo que el origen de la vida y de la reproducción sencillamente no pueden ser explicados desde una perspectiva biológica, a pesar de los numerosos esfuerzos para hacerlo. 

Con cada año que pasa, cuanto más descubrimos de la riqueza y de la inteligencia inherente a la vida, y menos posible parece que una sopa química pueda generar por arte de magia el código genético. Se me hizo palpable que la diferencia entre la vida y la no-vida era ontológica y no química. La mejor confirmación de este abismo radical es el cómico esfuerzo de Richard Dawkins para aducir en "El espejismo de Dios" que el origen de la vida puede atribuirse a un “azar afortunado”. Si este es el mejor argumento que se tiene, entonces el asunto queda zanjado. No, no escuché ninguna voz. Fue la evidencia misma la que me condujo a esta conclusión."

EL HIJO, EL HIJO, ¿QUIÉN SE LLEVA "El HIJO"?

 


Un hombre rico y su hijo tenían gran pasión por el arte. Tenían de todo en su colección, desde Picasso hasta Rafael. Muy a menudo, padre e hijo se sentaban juntos a admirar las grandes obras de arte.

Cuando el conflicto de Vietnam surgió, el hijo fue a la guerra. Fue muy valiente y murió en la batalla mientras rescataba a otro soldado. El padre recibió la noticia y sufrió profundamente la muerte de su único hijo. Un mes más tarde, justo antes de la Navidad, alguien tocó a la puerta. Un joven con un gran paquete en sus manos le dijo al padre: “Señor, usted no me conoce, pero yo soy el soldado por quien su hijo dio la vida. El salvó muchas vidas ese día, y me estaba llevando a un lugar seguro cuando una bala le atravesó el pecho, muriendo así instantáneamente. El hablaba muy a menudo de usted y de su amor por el arte.”

El muchacho extendió el paquete: “Yo se que esto no es mucho. Yo no soy un gran artista, pero creo que a su hijo le hubiera gustado que usted recibiera esto.”

El padre abrió el paquete. Era un retrato de su hijo pintado por el joven soldado. El contempló con profunda admiración la manera en que el soldado había capturado la personalidad de su hijo en la pintura. El padre estaba tan atraído por la expresión de los ojos de su hijo que los suyos
propios se inundaron de lágrimas. Le agradeció al joven soldado y ofreció pagarle por el cuadro.

“ Oh no señor, yo nunca podría pagarle lo que su hijo hizo por mí. Es un regalo.”

El padre colgó el retrato arriba de la repisa de su chimenea. Cada vez que los visitantes e invitados llegaban a su casa, les mostraba el retrato de su hijo antes de mostrar su famosa galería.

El hombre murió unos meses más tarde y se anunció una subasta para todas las pinturas que poseía. Mucha gente importante y de influencia acudió con grandes expectativas de hacerse con un famoso cuadro de la colección.

Sobre la plataforma estaba el retrato del hijo. El subastador golpeó su mazo para dar inicio a la subasta. “Empezaremos los remates con este retrato de el hijo. ¿Quién ofrece por este retrato?” Hubo un gran silencio. Entonces una voz del fondo de la habitación gritó: “¡Queremos ver las pinturas famosas! ¡Olvídese de ésta!” Sin embargo el subastador persistió: ¡Alguien ofrece algo por esta pintura? ¿$100.00 dólares? ¿$200.00 dólares?”

Otra voz gritó con enojo: “¡No venimos por ésta pintura! Venimos a ver los Van Goghs, los Rembrants. ¡Vamos a las ofertas de verdad!”

Pero aun así el subastador continuaba su labor: “¡El Hijo! ¡El Hijo! ¡¿Quién se lleva El Hijo?!

Finalmente, una voz se oyó desde muy atrás del cuarto: “¡Yo doy diez dólares por la pintura!” Era el viejo jardinero del padre y del hijo, siendo éste muy pobre, era lo único que podía ofrecer.

“¡Tenemos $10 dólares!, ¡¿Quién da $20?!” gritó el subastador.

“¡Dásela por $10! ¡Muéstranos de una vez las obras maestras!” dijo otro exasperado."

“¡$10 dólares es la oferta! ¡¿Dará alguien $20?! ¿Alguien da $20?”

La multitud se estaba poniendo bien enojada. No querían la pintura de El Hijo. Querían las que representaban una valiosa inversión para sus propias colecciones. El subastador golpeó por fin el mazo: “Va una, van dos, ¡VENDIDA por $10 dólares!”

Un hombre que estaba sentado en segunda fila gritó feliz: “¡Ahora empecemos con la colección!”

El subastador soltó su mazo y dijo: “Lo siento mucho damas y caballeros, pero la subasta llegó a su final.”

“Pero, ¿qué de las pinturas?”

“Lo siento. Cuando me llamaron para conducir esta subasta, se me dijo de un secreto estipulado en el testamento del dueño. Yo no tenía permitido revelar esta estipulación hasta este preciso momento. Solamente la pintura de EL HIJO sería subastada. Aquel que la comprara heredaría absolutamente todas las posesiones de este hombre, incluyendo las famosas pinturas. ¡El hombre que compró EL HIJO se queda con todo!

Reflexión:

Dios nos ha entregado a su Hijo quien murió en una cruz hace 2,000 años. Así como el subastador, su mensaje hoy es: "¡EL HIJO, EL HIJO, ¿QUIÉN SE LLEVA EL HIJO?" Quien ama al Hijo lo tiene todo.

Mateo 6:33 "Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.


EL VALOR DEL SUFRIMIENTO (Santa Rosa de Lima)


 

El salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad:

"¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: esta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!"

Oídas estas palabras, me sobrevino un impetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen:

"Oíd pueblos, oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma."

Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad se había de ir por el mundo, dando voces:

"¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conocieran las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres."



HOY ESTÁ ANTE MÍ LA MUERTE

 



Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como la salud al hombre enfermo, 

Como la libertad después del cautiverio.


Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como la fragancia de la mirra,

Como yacer a la sombra en un día fresco.


Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como la fragancia de lotos en flor, 

Como yacer en riberas de embriaguez.


Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como el paso fugitivo de la lluvia, 

Como el retorno de los hombres desde la aventura al hogar.


Ante mis ojos está la muerte hoy día 

Como la claridad de los cielos,

Como un hombre cazando lo desconocido.


Ante mis ojos está la muerte hoy día

Como la nostalgia de un hombre por su hogar, 

Después de pasar muchos años en prisión.


(Poema egipcio)

LA ORACIÓN (Fray Luis de Granada)

 


Oración, propiamente hablando, es una petición que hacemos a Dios de las cosas que convienen para nuestra salvación. Pero se toma también oración en otro sentido más amplio: como cualquier levantamiento del corazón a Dios. Y según esto, la meditación y la contemplación, y cualquier otro buen pensamiento se llaman también oración. 

Lo que me movió a tratar esta materia fue tener entendido que la principal causa de todos los males que hay en el mundo es la falta de consideración, como lo significó el profeta Jeremías, cuando dijo: 
«Asolada y destruida está toda la tierra, porque no hay quien se pare 
a pensar con atención las cosas de Dios» 
2Jer 12,11.
De lo cual parece que la causa de nuestros males no es tanto la falta de fe, cuanto de la consideración de los misterios de nuestra fe. Porque si ésta no faltase, ellos tienen tanta virtud y eficacia, que el menor de ellos que atenta y devotamente se considerase, bastaría para la moderación y remedio de nuestra vida.

¿Quién tendría manos para cometer un pecado, si pensase que Dios murió por el pecado, y que lo castiga con perpetuo destierro del Cielo y con pena perdurable? Por lo que parece que, aunque los misterios de nuestra fe sean tan poderosos para inclinar los corazones a lo bueno, mas como muchos de los cristianos nunca se ponen a considerar aquello en lo que creen, no obran en sus corazones lo que podrían obrar. Porque, así como dicen los médicos que para que las medicinas aprovechen es necesario que sean primero tomadas y digeridas en el estómago con el calor natural –porque de otra manera ninguna cosa aprovecharían–, así también, para que los misterios de nuestra fe nos sean provechosos y saludables, conviene que sean primero tomados y digeridos en nuestro corazón con el calor de la devoción y la meditación; porque, de otra manera, muy poco aprovecharán.  

Y por falta de esto vemos a cada paso a muchos cristianos muy enteros en la fe, y muy rotos en la vida, porque nunca se paran a considerar qué es lo que creen. Y así tienen la fe como en un rincón del arca, o como la espada en la vaina, o como la medicina en la botica, sin servirse de ella para lo que es. Creen así a bulto y a carga cerrada lo que dice la Iglesia, creen que hay juicio, y pena y gloria para buenos 
y malos. Mas, ¿cuántos hallarás que se paren a pensar en cómo ha de ser este juicio, y esta pena y esta gloria, con los demás?
Pues por esta causa nos es tan encomendada en las Sagradas Escrituras la continua consideración y meditación de la ley de Dios y de sus misterios, que es el estudio de la verdadera sabiduría. Si no 
mira cuán encarecidamente nos encomienda esto aquel gran profeta y amigo de Dios, Moisés, cuando dice:  
«Poned estas palabras mías en vuestros corazones, y traedlas 
atadas como por señal en las manos, y enseñadlas a vuestros 
hijos para que piensen en ellas. Cuando estés sentado en tu casa, 
o andes por el camino, cuando te acuestes y levantes, pensarás 
y rumiarás en ellas, y has de escribirlas en los umbrales y 
puertas de tu casa, para que siempre las traigas ante los ojos»

(Fundamentos de la oración, Fray Luis de Granada)

EL PURGATORIO

 


El Purgatorio es un estado transitorio de purificación necesaria para aquellos que, habiendo muerto en gracia de Dios y teniendo segura su salvación, necesitan mayor purificación para llegar a la santidad necesaria para entrar en el cielo.    
Esta purificación es totalmente distinta al castigo del infierno.  
 
 El purgatorio es doctrina de fe formulada en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). 
  
   Dios creó los seres humanos para que disfruten de su Creador viéndole en la Gloria. Sin embargo todos hemos pecado y en esa condición no se puede entrar en el cielo, pues nada manchado puede entrar en el Cielo; por lo cual, todos necesitamos la redención de Jesucristo para poder ir al Cielo. Jesús nos purifica con el poder de su Sangre para poder ser admitidos al cielo. La salvación es posible solo por medio de Jesucristo. 
Si morimos en gracia de Dios es porque hemos recibido esa gracia por los méritos de Jesucristo que murió por nosotros en la cruz. 
La purificación del purgatorio también es gracias a Jesucristo.  
    
El purgatorio es necesario porque pocas personas se abren tan perfectamente a la gracia de Dios aquí en la tierra como para morir limpios y poder ir directamente al cielo. 
Por eso muchos van al purgatorio donde los mismos méritos de Jesús completan la purificación. 



    
 Según esto, el alma que está en el purgatorio ha sido ya liberada de sus culpas, pero como de ellas no hizo en la tierra una penitencia suficiente, debe padecer ahora la pena del purgatorio, que elimine en su ser «toda herrumbre o mancha de pecado», disponiéndole así para la perfecta y beatífica unión con Dios.  
 
 
Fundamento Bíblico sobre la existencia del Purgatorio 
 
   La doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio encuentra fundamento en la Biblia, cuando esta se sabe interpretar correctamente: 
 
   El texto del 2 Macabeos 12, 43-46 da por supuesto que existe una purificación después de la muerte. 
(Judas Macabeo) “efectuó entre sus soldados una colecta... a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado... Pues... creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren en gracia de Dios... Ofreció este sacrificio por los muertos; para que fuesen perdonados de su pecado”. 
 
   Asimismo las palabras de nuestro Señor: 
   “El que insulte al Hijo del Hombre podrá ser perdonado; en cambio, el que insulte al Espíritu Santo no será perdonado, ni en este mundo, ni en el otro”.  Mt 12,32. 
 
   “Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo”. Lucas 12,58-59 
 
   En estos pasajes Jesús habla de un castigo temporal que no puede ser el infierno ni tampoco el cielo.  
 
   Se llega a semejante conclusión en la carta de San Pablo, 1 Corintios 3, 12-13: 
   “Pues la base nadie la puede cambiar; ya está puesta y es Cristo Jesús. Pero, con estos cimientos, si uno construye con oro, otro con plata o piedras preciosas, o con madera, caña o paja, la obra de cada uno vendrá a descubrirse. El día del Juicio la dará a conocer porque en el fuego todo se descubrirá. El fuego probará la obra de cada cual: si su obra resiste el fuego, será premiado; pero, si es obra que se convierte en cenizas, él mismo tendrá 
que pagar. El se salvará, pero como quien pasa por el fuego". 
 
   De manera que hay un fuego después de la muerte que, diferente al del infierno, es temporal. El alma que por allí pasa se salvará. A ese estado de purgación le llamamos el "purgatorio". 
  
   1 Cor 15,29:  "De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué pues se bautizan por los muertos?"  
 
   La palabra "bautismo" es utilizada aquí como una metáfora para expresar sufrimiento o penitencia (Mc 10,38-39; Lc 3,16; 12,50). Pablo escribe sobre una práctica entre los cristianos de "bautizarse" por los difuntos. El no la condena, si no que la exalta como válida porque demuestra fe en la resurrección. 
Compare 1 Cor 15,29 con 2 Macabeos 12,44 y verá la similitud.  


ORACIÓN PARA ANTES DE COMULGAR

 




SEÑOR MÍO JESUCRISTO 
(para antes de la comunión)

Señor mio Jesucristo, Creador y conservador del cielo y de la tierra, Padre el más amoroso, médico el más compasivo, maestro sapientísimo, pastor el más caritativo de nuestras almas. Aquí tenéis a este miserable pecador, indigno de estar en vuestra presencia y más indigno aún de acercarse a ese banquete inefable. ¡Ay, Señor! Cuando considero vuestra infinita bondad en querer venir a mí, me pasmo..., y al mirar la multitud de pecados con que os ofendí y agravié en toda mi vida, me confundo, me ruborizo y me siento compelido a deciros: «Señor, no vengáis...; apartaos de mí, porque soy un miserable pecador». Si el Bautista no se consideraba digno de desatar las correas de vuestro calzado, ¿ cómo mereceré yo tan grande honor?... Si el temor y el respeto hace que tiemblen los Ángeles en vuestra presencia, ¿podré yo no temblar al presentarme y sentarme a vuestra mesa divina? Si la Santísima Virgen, aunque destinada para ser vuestra Madre, y condecorada con todas las excelencias, prerrogativas y gracias posibles en una pura criatura, se considera, sin embargo, como una esclava, e indigna de concebiros en sus purísimas y virginales entrañas, ¿podré yo, miserable pecador, lleno de imperfecciones y defectos, tener valor para recibiros en mi interior? ¡Ay, Señor! ¿No os horroriza este delincuente?... ¿No os causa asco el venir a mi y entrar en tan vil e inmunda morada?

En verdad, Señor, que yo no tuviera valor para acercarme a Vos, si primero no me llamaseis, diciéndome como a otro Zaqueo, no una vez sola, sino tantas cuantas son las inspiraciones con que me dais a conocer el deseo que tenéis de venir a mi: Baja, Zaqueo, pues hoy quiero hospedarme en tu casa. Pero ¿qué es lo que os mueve a venir a mí, Señor? ¿Mis méritos? ¿Mis virtudes? ¿Cómo hablará de virtudes y méritos un pecador como yo?, ¡ah, ya lo entiendo, Señor; mis miserias, mi pobreza: esto es lo que os mueve. ¡Oh exceso de amor!

Vos dijisteis que no son los sanos los que necesitan del médico, sino los enfermos; y he aquí por qué queréis venir: veis mi urgente necesidad, y el deseo de remediarla os impele. En efecto, Señor, es tal el estado de mi alma, que puedo decir con verdad: «De la planta del pie a la coronilla de la cabeza no hay en mi parte sana»; ¡tantas son mis imperfecciones! No obstante, aquí me tenéis, Señor; me presento a Vos, no porque de Vos me juzgue digno, sino porque no puedo vivir sin Vos; iré a Vos cual otro mendigo al rico, para que remediéis mis miserias y para que me libréis del ahogo de mis faltas e imperfecciones; iré porque las grandes enfermedades que me aquejan sólo Vos podéis remediarlas; una mirada compasiva, divino Médico, y quedarán sanas mis potencias y sentidos.

Párate aquí un poco y descúbrele confiado todos tus males corporales y espirituales, y después prosigue:

Virgen Santísima: ya que compadecida de los esposos de Caná de Galilea los sacasteis del apuro, alcanzándoles de Jesús aquella milagrosa conversión del agua en vino, pedidle también que obre en mi favor un prodigio semejante, concediéndome las gracias que para recibirle dignamente he menester. A Vos nunca os dio un desaire; siempre sois atendida: interesaos, pues, por mí; haced en mi favor cuanto podéis. ¡Oh, cuánto lo necesito!

Ángeles santos: veis que voy a sentarme a la santa Mesa y comer al que es vuestro pan; alcanzadme que yo vaya con el vestido nupcial y ataviado con el adorno de todas las virtudes.

¡Oh Santos todos moradores del cielo! Interesaos por mí, y haced que yo me llegue al augusto Sacramento cual os llegabais vosotros, y que, sacando de él los frutos que vosotros, pueda decir con verdad: «Vivo yo, mas no yo, sino que vive en mi Cristo ». Con esta fe, esperanza, confianza y amor me llego a Vos, Señor y Dios mío.



Esta oración para rezar antes de la comunión aparece en el devocionario que San Antonio María Claret escribió con el título de "Camino recto".

EN LA CRUZ HALLAMOS EL EJEMPLO DE TODAS LAS VIRTUDES

 


¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.
Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado.
La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.
Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.
Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.
Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.
Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Si por la desobediencia de uno - es decir, de Adán- todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.
Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien finalmente, dieron a beber hiel y vinagre.
No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se repartieron mis ropas; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre.
Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia
De las Conferencias (Conferencia 6 sobre el Credo)

ACTO DE ESPERANZA

 


Espero en Ti, Jesús mío, porque eres mi Dios y me has creado

para el Cielo.

Espero en Ti, porque eres mi Padre. Todo lo he recibido de tu

bondad. Sólo lo malo es mío.

Espero en Ti, porque eres mi Redentor.

Espero en Ti, porque eres mi Hermano y me has comunicado

tu filiación divina.

Espero en Ti, porque eres mi Abogado que me defiendes ante

el Padre.

Espero en Ti, porque eres mi Intercesor constante en la

Eucaristía.

Espero en Ti, porque has conquistado el cielo con tu Pasión y

muerte.

Espero en Ti, porque reparas mis deudas.

Espero en Ti, porque eres el verdadero Tesoro de las almas.

Espero en Ti, porque eres tan bueno que me mandas que

confíe en Ti bajo pena de condenación eterna.

Espero en Ti, porque siempre me atiendes, y me consuelas, y

nunca has defraudado mi esperanza.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío!

UNA ADVERTENCIA DE UN ÁNGEL DE LA GUARDA SOBRE LOS QUE NO AYUDAN A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


La venerable Arcángela Panigarola, monja dominica, priora del monasterio de Santa Marta en Milán, tenía un extraordinario celo por el alivio de las almas del Purgatorio. Rezaba y hacía rezar por todos sus conocidos, e incluso por los desconocidos, cuya muerte le fuese mencionada. 

Su padre, Gotardo, al que ella quería mucho, era uno de esos cristianos mundanos que no se preocupaban en rezar por los difuntos. Este falleció, y Arcángela, desolada, comprendiendo que su querido difunto necesita más oraciones que lágrimas, se decidió a encomendarlo a Dios mediante sufragios especiales. 

Pero, sorprendentemente, esta resolución casi no se llevó a efecto: esta hija, tan piadosa y tan devota de su padre, terminó haciendo poco por su alma. Dios permitió que, a pesar de sus santos propósitos, perdiese constantemente de vista a su padre para ocuparse de otras almas. 

Finalmente, un acontecimiento inesperado vino a explicar este extraño olvido, y a despertar la devoción de la monja por su padre. 

En el Día de la Conmemoración de los Difuntos, se había encerrado en su celda, dedicándose únicamente a ejercicios de piedad y penitencia por las almas. De repente, se le apareció su ángel de la guarda, la tomó de la mano y la condujo en espíritu al Purgatorio. 

Allí, entre las almas que vio, reconoció la de su padre, sumergida en un estanque de agua helada. En cuanto Gotardo vio a su hija, se levantó hacia ella, y en medio de un gemido, le reprochó el haberlo abandonado en sus sufrimientos, mientras que no había dejado de tener caridad para con otros, aliviando y liberando almas de desconocidos. 

Arcángela guardó silencio, reconociendo que era verdad lo que le reprochaba. Luego respondió en medio de lágrimas: "Oh mi amado padre, haré todo lo que me pidas. Que el Señor conceda que mis súplicas te liberen lo antes posible". 

Ella no podía salir de su asombro, ni entender cómo había olvidado así a su padre querido. Pero su ángel, tras traerla de vuelta, le hizo saber que este olvido había sido el resultado de una disposición de la Justicia Divina. Le dijo: “Dios lo permitió como castigo por el poco celo que en vida tuvo por Dios, por su propia alma y por las almas de los demás. Lo viste atormentado y congelado en un lago de hielo, en castigo por su tibieza en el servicio de Dios y su indiferencia por la salvación de las almas. Es cierto que tu padre no tenía malas costumbres, pero no mostraba ninguna inclinación por el bien, por las obras piadosas y caritativas a las que la Iglesia exhorta a los fieles. Por eso Dios permitió que fuese olvidado, incluso por ti, ya que habrías ayudado muchísimo a reducir su castigo". 

La Justicia Divina suele infligir este castigo a los que carecen de fervor y caridad: permite que sean tratados de la misma forma como lo hicieron con Dios y con sus hermanos. Esta es, además, la regla de Justicia que el Salvador establece en el Evangelio: "La medida que uséis con los demás, será usada con vosotros".

SAN SEBASTIÁN, TESTIMONIO FIEL DE CRISTO

 


Hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios. Muchas son las persecuciones, muchas las pruebas; por tanto, muchas serán las coronas, ya que muchos son los combates. Te es beneficioso el que haya muchos perseguidores, ya que entre esta gran variedad de persecuciones hallarás más fácilmente el modo de ser coronado.


Pongamos como ejemplo al mártir san Sebastián, cuyo día natalicio celebramos hoy.

Este santo nació en Milán. Quizá ya se había marchado de allí el perseguidor, o no había llegado aún a aquella región, o la persecución era más leve. El caso es que Sebastián vio que allí el combate era inexistente o muy tenue.


Marchó, pues, a Roma, donde recrudecía la persecución por causa de la fe; allí sufrió el martirio, allí recibió la corona consiguiente. De este modo, allí, donde había llegado como transeúnte, estableció el domicilio de la eternidad permanente. Si sólo hubiese habido un perseguidor, ciertamente este mártir no hubiese sido coronado.


Pero, además de los perseguidores que se ven, hay otros que no se ven, peores y mucho más numerosos.

Del mismo modo que un solo perseguidor, el emperador, enviaba a muchos sus decretos de persecución y había así diversos perseguidores en cada una de las ciudades y provincias, así también el diablo se sirve de muchos ministros suyos que provocan persecuciones, no sólo exteriores, sino también interiores, en el alma de cada uno.


Acerca de estas persecuciones, dice la Escritura: Todo el que se proponga vivir piadosamente en Cristo Jesús será perseguido. Se refiere a todos, a nadie exceptúa. ¿Quién podría considerarse exceptuado, si el mismo Señor soportó la prueba de la persecución?

¡Cuántos son los que practican cada día este martirio oculto y confiesan al Señor Jesús! También el Apóstol sabe de este martirio y de este testimonio fiel de Cristo, pues dice: Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia.

-San Ambrosio-

LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO EN SAN JOSÉ

 


Sería prolijo analizar detalladamente esta actuación particular de cada don en San José; por eso nos limitaremos a recordar únicamente el objeto o materia propia de cada uno.

Don de entendimiento: Por el don de entendimiento, que purificó y perfeccionó su fe, obtuvo el santo Patriarca un conocimiento mucho más profundo, esclarecido y exacto de todos los misterios y verdades sobrenaturales, penetrando su íntimo sentido y conveniencia, especialmente en aquellos que tan íntimamente prestó su cooperación, como la encarnación y redención divinas.


Don de sabiduría: Este don perfeccionó la ardentísima caridad de San José, no intrínsecamente, sino dándole un conocimiento afectivo y experimental admirable y suavísimo de esa presencia e íntima unión con Dios por el amor, juzgando de todo lo demás y ordenándolo todo a su transformación de lo más profundo de sí mismo en Dios.


Don de ciencia: Este don completó el conocimiento y juicio que San José tuviera de las cosas humanas, capacitándole para juzgar con certeza sobre lo que debía obrar, es decir, como los debía utilizar en orden a Dios y a su aprovechamiento sobrenatural.


Don de consejo: Por el don de consejo el Espíritu Santo corroboró la virtud de la prudencia en San José, dando certeza y seguridad a sus juicios prácticos para elegir todas las cosas necesarias o convenientes en orden a la vida eterna, especialmente para juzgar en los casos concretos más difíciles e inesperados y obrar en ellos con toda confianza y decisión.


Don piedad: El espíritu Santo, por el don de piedad, imprimió constantemente en el alma de San José un afecto filial hacia Dios, como a verdadero Padre, sintiendo vivamente esa filiación divina amando a los demás hombres como hijos también de Dios y a hermanos en él, abarcando en su afecto a todos los seres como a cosas de Dios, ofreciéndose también en sacrificio y redención por los demás hombres, unido al sacrificio de María de María y de Jesús.


Don de fortaleza: Con el don de fortaleza San José aceptó aquel divino ministerio tan superior a sus fuerzas perseverando en el cumplimiento de sus deberes a pesar de todas las dificultades, siempre seguro de la ayuda divina, sereno y hasta gozoso en los trabajos en los trabajos y persecuciones, esperando del Señor la recompensa.


Don de temor de Dios: Por el don de temor el santo Patriarca vivió siempre sometido a Dios con filial reverencia, no temiendo precisamente su pecado o reparación, pero reconociendo su pequeñez ante la excelencia y majestad divinas y ante innumerables gracias con que incesantemente le favoreció.


Sin duda que los siete dones del Espíritu santo, los que San José debió ejercitar por razón de su ministerio fueron el don del consejo y el don de fortaleza, para dirigir y gobernar y defender a la Sagrada Familia entre tantas privaciones y adversidades, sin perder un momento de vista el supremo sacrificio de la cruz.


Cuánto haya sido el mérito que adquirió y la gloria que le corresponde por el ejercicio de tantas virtudes y la correspondencia a los dones del Espíritu Santo, hemos de deducirlo de la abundancia de la gracia y de la caridad con que estuvo siempre adornado, de la cantidad y excelencia de sus obras y de la perfección de cada uno de sus actos, sirviéndonos de suprema medida en todo aquello su excelsa aproximación a la Santísima Virgen.

Bonifacio LLamera, O.P
Transcrito por José Gálvez Krüger para ACI Prensa

DECLARACIÓN DEL DOGMA DE LA MATERNIDAD DIVINA EN EL CONCILIO DE EFESO


Con motivo de la controversia originada por la doctrina de Nestorio, se reunió el Concilio de Éfeso en el año 431. Este Concilio condenó la doctrina de Nestorio y afirmó que en Cristo no hay dos personas, una divina y otra humana, sino una sola persona divina con dos naturalezas, la divina por ser Hijo de Dios y la humana por ser hijo de María. 

El concilio de Efeso expresó inequívocamente este misterio de Cristo y dio a María el título de Theotokos, Madre de Dios. Respecto a María, Madre de Dios, proclamó lo siguiente:

"Si alguno no confesare que Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y por lo tanto la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema”

.El Concilio también proclamó: "Desde un comienzo la Iglesia enseña que en Cristo hay una sola persona, la segunda persona de la Santísima Trinidad. María no es sólo madre de la naturaleza, del cuerpo pero también de la persona quien es Dios desde toda la eternidad. Cuando María dio a luz a Jesús, dio a luz en el tiempo a quien desde toda la eternidad era Dios. Así como toda madre humana, no es solamente madre del cuerpo humano sino de la persona, así María dio a luz a una persona, Jesucristo, quien es ambos Dios y hombre, entonces Ella es la Madre de Dios”.

 Según indica el Papa Juan Pablo II, “la expresión Theotokos, que literalmente significa ‘la que ha engendrado a Dios’, a primera vista puede resultar sorprendente, pues suscita la pregunta: ¿cómo es posible que una criatura humana engendre a Dios? La respuesta de la fe de la Iglesia es clara: la maternidad divina de María se refiere solo a la generación humana del Hijo de Dios y no a su generación divina. El Hijo de Dios fue engendrado desde siempre por Dios Padre y es consustancial con él. Evidentemente, en esa generación eterna María no intervino para nada. Pero el Hijo de Dios, hace dos mil años, tomó nuestra naturaleza humana y entonces María lo concibió y lo dio a luz. Así pues, al proclamar a María ‘Madre de Dios’, la Iglesia desea afirmar que ella es la ‘Madre del Verbo encarnado, que es Dios’. Su maternidad, por tanto, no atañe a toda la Trinidad, sino únicamente a la segunda Persona, al Hijo, que, al encarnarse, tomó de ella la naturaleza humana”

. El hecho de que el Concilio tuviera lugar precisamente en la ciudad de Éfeso que, según la Tradición, fue el lugar donde vivió la Virgen María durante los últimos años de su vida, puede considerarse como providencial. Quizás por eso, los cristianos de Éfeso fueron grandes defensores de la maternidad divina de María y pidieron con fuerza que esta verdad fuera afirmada en el Concilio. Como ha indicado el Papa Francisco: “Durante el Concilio, los habitantes de Éfeso se congregaban a ambos lados de la puerta de la basílica donde se reunían los Obispos, gritando: ‘¡Madre de Dios!’, ¡Madre de Dios!’. Los fieles, al pedir que se definiera oficialmente este título mariano, demostraban reconocer ya la divina maternidad. Es la actitud espontánea y sincera de los hijos, que conocen bien a su madre, porque la aman con inmensa ternura. Pero es algo más: es el ‘sensu fidei’ del santo pueblo fiel de Dios, que nunca, en su unidad, nunca se equivoca”.

El título Madre de Dios es el misterio central y principal de la Virgen María, porque conlleva una teología de Jesucristo que es fundamental para nuestra fe. Que María es la madre de Dios es un hecho tan estrechamente vinculado al plan salvífico de Dios para los hombres que desde el Concilio de Éfeso en 431, su reconocimiento ha sido la piedra de toque de la ortodoxia. Esta definición proclama dos hechos acerca de la Virgen María: que Ella es verdadera Madre de Jesús; y que es también verdadera Madre de Dios porque Cristo es al mismo tiempo Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

En Cristo hay dos naturalezas que suponen dos generaciones: la divina y la humana. La primera procede del Padre, desde toda la eternidad y en ella María no tiene parte alguna. Sólo en la generación humana tiene María la maternidad. María es verdadera Madre, ya que ella fue partícipe activa de la formación de la naturaleza humana de Cristo, de la misma manera en la que todas las madres contribuyen a la formación del fruto de sus entrañas. María es verdadera Madre porque Jesús es verdadero Hombre. Aunque El no necesitaba una madre para venir a salvar a los hombres, quiso tenerla y escogió a una humilde joven de Nazaret, María, para que fuera su Madre.

Jesucristo es realmente una Persona subsistiendo en dos naturalezas: la humana y la divina. Jesús, en cuanto hombre, toma su cuerpo de María Santísima en el tiempo, según hemos visto en la carta de San Pablo a los Gálatas (Gal. 4, 4). María dio una naturaleza humana a la Persona del Verbo. “Lo que hace la maternidad de María esencialmente diferente de la maternidad puramente humana no es el hecho de que ella hizo algo más o algo diferente en la concepción de su hijo, sino que su hijo es una Persona Divina. En vez de dar personalidad humana para ser engendrada en el seno de María, Dios da la Persona Divina de su propio Hijo como el objetivo de la actividad maternal de María”.

La maternidad de María es singular porque sobre ella descendió el Espíritu Santo, que es Dios y en María engendró al Hijo que existía desde el principio de los siglos. María es también verdadera Madre de Dios. Jesús es una sola Persona divina con dos naturalezas. Por lo tanto, lo que le sucede a su naturaleza humana realmente le sucede a su única Persona. Su persona fue concebida por María y el Verbo de Dios nació en su humanidad de María. “En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios…Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”. 

(Concepcionistas Misioneras de la enseñanza)

VENÍA A SALVAR, PERO LE ERA TAMBIÉN NECESARIO MORIR

 


Cristo, que por naturaleza era impasible, se sometió por su misericordia a muchos padecimientos. Es inadmisible que Cristo se hiciera pasar por Dios en provecho personal. ¡Ni pensarlo! Muy al contrario: siendo -como nos enseña la fe- Dios, se hizo hombre en aras de su misericordia. No predicamos a un hombre deificado; proclamamos más bien a un Dios encarnado. Adoptó por madre a una esclava quien por naturaleza no conoce madre y que, sin embargo, apareció sobre la tierra sin padre, según la economía divina.
Observa en primer lugar, oh hombre, la economía y las motivaciones de su venida, para exaltar en un segundo tiempo el poder del que se ha encarnado. Pues el género humano había, por el pecado, contraído una inmensa deuda, deuda que en modo alguno podía saldar. Porque en Adán todos habíamos suscrito el recibo del pecado: éramos esclavos del diablo. Tenía en su poder el documento de nuestra esclavitud y exhibía títulos de posesión sobre nosotros señalando nuestro cuerpo, juguete de las más variadas pasiones. Pues bien: al hallarse el hombre gravado por la deuda del pecado, no podía pretender salvarse por sí mismo. Ni siquiera un ángel hubiera podido redimir al género humano: el precio del rescate no hubiera sido suficiente. No quedaba más que una solución: que el único que no estaba sometido al pecado, es decir, Dios, muriera por los pecadores. No había otra alternativa para sacar al hombre del pecado.
¿Y qué es lo que ocurrió? Pues que el mismo que había sacado de la nada todas las cosas dándoles la existencia y que poseía plenos poderes para saldar la deuda, ideó un seguro de vida para los condenados a muerte y una estupenda solución al problema de la muerte. Se hizo hombre naciendo de la Virgen de un modo para él harto conocido. No hay palabra humana capaz de explicar este misterio: murió en la naturaleza que había asumido y llevó a cabo la redención en virtud de lo que ya era, según lo que dice san Pablo: por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados.


¡Oh prodigio realmente estupendo! Negoció y obtuvo para los demás la inmortalidad el que por naturaleza era inmortal. A nivel de encarnación, jamás existió, ni existe ni existirá un ser semejante, a excepción del nacido de María, Dios y hombre: y no sólo por el mero hecho de haberse adecuado a la multitud de reos susceptibles de redención, sino porque era, bajo tantos aspectos, superior a ellos. Pues en cuanto Hijo, conserva inmutable la misma naturaleza que su Padre; como creador del universo, posee plenos poderes; como misericordioso, posee una inmensa e inagotable misericordia; finalmente, como pontífice, está a nuestro lado cual idóneo intercesor. Bajo cualquiera de estos aspectos, jamás hallarás ningún otro que se le pueda comparar. Considera, por ejemplo, su clemencia: Entregado espontáneamente y condenado a muerte, destruyó la muerte que hubieran debido sufrir los que le crucificaban; trocó en saludable la perfidia de quienes lo mataban y que se convertían por eso mismo en obradores de iniquidad.
Venía a salvar, pero le era también necesario morir. Siendo Dios, el Emmanuel se hizo hombre; la naturaleza que era nos trajo la salvación, la naturaleza asumida soportó la pasión y la muerte. El que está en el seno del Padre es el mismo que se encarna en el seno de la madre; el que reposa en el regazo de la madre es el mismo que camina sobre las alas del viento. El mismo que en los cielos es adorado por los ángeles, en la tierra se sienta a una misma mesa con los recaudadores.
¡Oh gran misterio! Veo los milagros y proclamo la divinidad; contemplo sus sufrimientos y no niego la humanidad. Además, el Emmanuel, en cuanto hombre, abrió las puertas de la humanidad, pero en cuanto Dios ni violó ni rompió los sellos de la virginidad. Más aún: salió del útero como entró por el oído: nació del modo como fue concebido. Entró sin pasión y salió sin corrupción.
San Proclo de Constantinopla
De los sermones (Sermón 1 en alabanza de santa María, 4.5.6.9.10 PG 65, 683-687.690-691)

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