LAS TRES AZUCENAS DEL CARMELO (LAS MÁRTIRES CARMELITAS DE GUADALAJARA

 




El 24 de julio de 1936, por las calles de Guadalajara, tres carmelitas descalzas fueron perseguidas y abatidas a tiros. La mayor tenía cincuenta y ocho años; las otras dos apenas treinta. «¡Disparadles, son monjas!». No hace falta más para conocer el delito, la sentencia y la causa de la muerte. No preguntaron sus nombres ni registraron sus bolsillos ni comprobaron si escondían armas, documentos o consignas; bastó reconocer en aquellas tres mujeres, torpemente disfrazadas con ropas seglares, algo que no habían conseguido ocultar: eran religiosas. No murieron por lo que habían hecho sino por lo que eran; no formaban un comando ni llevaban fusiles ni defendían una posición militar; defendían, sin palabras, el derecho de Jesucristo a poseer enteramente un corazón humano. Las tres murieron separadas apenas por unos minutos y unos centenares de metros, pero habían recorrido juntas un camino mucho más largo: el de la fidelidad humilde, cotidiana y escondida. Porque su martirio no comenzó con los disparos: había empezado muchos años antes, en la celda, en el coro, en el refectorio, en la obediencia aceptada, en la recreación fraterna, en las pequeñas renuncias de cada día. Impresionan los últimos minutos: los fusiles, los gritos, los cuerpos caídos sobre la calle; pero aquellas mujeres, para su hora suprema, se prepararon en las horas pequeñas. Porque no se aprende a decir sí ante un pelotón si se ha vivido diciendo no a Dios en lo cotidiano; no entrega de golpe su sangre quien ha regateado cada día las pequeñas gotas del sacrificio, ni sostiene el nombre de Jesús entre disparos quien se ha avergonzado habitualmente de Él. Estas tres sabían que el martirio se alcanza barriendo bien, guardando silencio, llegando puntual al coro, obedeciendo sin dramatismo, aceptando la monotonía, sonriendo en la recreación y volviendo a empezar después de cada flaqueza.

Mª Pilar, el perdón; Ángeles, el silencio; Teresa: ¡Viva Cristo Rey!

El monasterio de San José de Guadalajara hunde sus raíces en la expansión temprana de la reforma de Santa Teresa. La comunidad había sido fundada en Arenas de San Pedro en 1594 y se trasladó a Guadalajara en 1619, bajo el patronazgo de la duquesa del Infantado. Buscando una vida enteramente escondida con Cristo en Dios, durante siglos generaciones de mujeres atravesaron sus puertas para desaparecer del mundo con el afan de salvarlo. Porque la clausura no es olvido indiferente; quien entra en el Carmelo no abandona a los hombres: los introduce en su oración; se retira de la superficie para descender al lugar donde se libran las verdaderas batallas. En julio de 1936, la comunidad estaba formada por dieciocho religiosas que vivían en una España crispada, herida por el odio ideológico, la violencia política y una hostilidad creciente contra la Iglesia. En los primeros días de la Guerra Civil la persecución religiosa se manifestó con una brutalidad que no distinguía entre combatientes y monjas, entre hombres armados y mujeres encerradas tras una reja. El 22 de julio Guadalajara cayó en manos de fuerzas revolucionarias y las carmelitas tuvieron que abandonar precipitadamente su convento ante el temor cierto de que fuera asaltado e incendiado. Vestidas de civil, salieron de dos en dos para refugiarse en casas de familias conocidas. Para una carmelita el hábito es memoria de una alianza, signo visible de una pertenencia, pobre librea de la Virgen; aquellas mujeres tuvieron que sustituirlo por otras ropas pero bajo el vestido seglar permanecía intacta su consagración. Al hablar de «las tres carmelitas» parece que su santidad hubiera sido uniforme, como si fueran tres figuras idénticas recortadas sobre el mismo fondo. Pero la gracia no fabrica copias: Dios conduce a cada alma por un camino irrepetible. Eran tres mujeres distintas por edad, carácter, formación y sensibilidad a quienes la sangre unió al final porque antes las había unido una misma vocación.

María Pilar de San Francisco de Borja, llamada en el mundo Jacoba Martínez García y nacida en Tarazona en 1877, la mayor de las tres, fue la última de once hermanos, ocho de los cuales murieron en la infancia, y los supervivientes fueron uno sacerdote y dos carmelitas en el mismo convento. Cuando llegó el martirio llevaba ya muchos años de vida religiosa, muchas jornadas aparentemente iguales, muchas fidelidades que nadie había anotado. Porque la santidad suele necesitar duración, no todo se resuelve en un entusiasmo inicial; hay virtudes que solo se adquieren después de repetir durante décadas los mismos actos de amor: después de ir a maitines cuando el cuerpo pesa; tras aceptar una corrección o perseverar en la oración cuando el alma no siente nada; sosteniendo la vocación cuando ha perdido toda novedad sensible. La sangre de María Pilar no fue la improvisación de una tarde heroica sino el último renglón de una vida escrita lentamente. En sus conversaciones en comunidad había expresado cómo imaginaba el martirio: si llegaba aquella hora, decía, irían cantando «Corazón Santo, Tú reinarás». El reinado de Cristo no era para ella una consigna política ni una expresión decorativa, sino la certeza de que Su Corazón traspasado vencería precisamente cuando todo pareciese derrotarlo. No pudo cantar aquel himno cuando recibió los disparos; pronunció palabras todavía más altas: «¡Viva Cristo Rey! ¡Dios mío, perdónalos!» Herida gravemente, cayó en la calle. Al comprobar que aún vivía, volvieron a dispararle y fue además atacada con arma blanca. Un guardia logró trasladarla primero a una farmacia, después a la Cruz Roja y finalmente al Hospital Provincial. Allí murió sosteniendo un crucifijo y repitiendo el perdón para quienes la habían destrozado. ¿Cabe una interpretación política de este martirio? Concedamos: podría gritarse «¡Viva Cristo Rey!» con una cierta exaltación, mas solo la gracia permite añadir: «Perdónalos». El Reino que proclamaba María Pilar no se parecía a los reinos de este mundo: su Rey llevaba corona de espinas, su trono era una cruz, su victoria consistía en amar cuando el odio parecía tener todas las armas. María Pilar no murió maldiciendo, sino intercediendo por España; no pidiendo castigo, sino misericordia. Si habían quebrado su cuerpo, no consiguieron inocular odio en su corazón. He ahí el triunfo auténtico del mártir: no simplemente soportar la violencia, sino impedir que la violencia se apodere interiormente de él.

La hermana Teresa del Niño Jesús y de San Juan de la Cruz (Eusebia García García), nacida en Mochales, de Guadalajara, en 1909, la segunda de ocho hermanos, es la más joven de las tres mártires. Tras leer la “Historia de un alma” de Santa Teresa del Niño Jesús, ingresó en el Carmelo con 16 años en 1925 y pronunció los votos solemnes en 1930. Su nombre religioso cifra una vocación tendida entre dos cumbres del Carmelo: la infancia espiritual de Santa Teresita y la desnudez de San Juan de la Cruz. De la primera aprendió que la santidad consiste en entregarse con confianza; del segundo, que el amor verdadero no se reserva nada. De fuerte carácter, solía decir: “No me gustan las vidas de los santos en las que sólo hablan de sus virtudes, ocultando sus faltas y combates. Cuando yo muera, no oculten mis defectos para que brille más la misericordia de Jesús para conmigo”. Antes de la persecución había expresado el deseo de morir proclamando «¡Viva Cristo Rey!». Y decía que los mártires tendrían en el cielo un amor particular a sus verdugos, porque estos les habían abierto la puerta de la felicidad eterna, entregando al mártir a la Vida. Solo un corazón completamente poseído por Cristo puede contemplar al enemigo no como alguien a quien odiar, sino como alguien por quien interceder. El 24 de julio, cuando la situación de la casa donde se refugiaban comenzó a resultar peligrosa para quienes las ocultaban, Teresa se ofreció a buscar otro alojamiento. Salió acompañada de María Pilar y María Ángeles hacia una casa amiga de la calle Francisco Cuesta pero en el camino fueron reconocidas y una miliciana alertó a los demás: «¡Disparadles, son monjas!»  María Ángeles cayó primero; María Pilar fue abatida después; Teresa contempló la muerte de ambas, pero los disparos no la alcanzaron. Intentó refugiarse, fue interceptada y un hombre aparentó querer conducirla a un lugar seguro, mas la dirigió hacia el cementerio y otros milicianos se sumaron al grupo. Como trataran de doblegarla y de que gritara una consigna revolucionaria, Teresa abrió los brazos en cruz, echó a correr y gritó con toda la fuerza de su juventud: «¡Viva Cristo Rey! ¡Viva Cristo Rey!», mientras una descarga por la espalda acababa con su vida.  Había deseado dar toda su sangre a Cristo y Cristo la tomó en serio. Su carrera final no fue una huida: corría hacia la muerte, sí, pero en realidad corría hacia el Esposo. Abrió los brazos para parecerse por última vez al Crucificado. Ella, que había vivido con los brazos recogidos en la oración, ocupados en el trabajo, cruzados bajo el escapulario, los abrió cuando ya no pretendía guardarse ni una sola gota de sangre. Al día siguiente de su martirio, su tío sacerdote, Florentino García Andrea, fue detenido en la parroquia de San Pedro de Sigüenza, y fusilado en el paraje La Hortaza, camino de Barbatona, al amanecer del 11 de agosto. 

María Ángeles de San José se llamaba Marciana Valtierra Tordesillas. Había nacido en Getafe en 1906, la menor de once hermanos, seis de los cuales murieron niños. Perdió a su madre cuando contaba tres años, y por cuidar de su padre no pudo entrar en el carmelo de San José hasta los 24. La lectura de «Historia de un alma», de santa Teresa del Niño Jesús, contribuyó al despertar de su vocación carmelitana. Deseando entrar en el Joven Carmelo del Cerro de los Angeles, cuya priora, Santa Maravillas de Jesús, por no tener plazas libres, la derivó a San José de Guadalajara, tomó el hábito en 1930, y emitió sus votos solemnes en 1934, apenas dos años antes de morir. En las recreaciones, al hablarse del posible martirio, María Ángeles consideraba morir por Cristo una gracia inmensa, de la que se juzgaba indigna. Y añadía: «Hay que alcanzarla con la fidelidad en las cosas pequeñas».  Cuando salió del portal de la calle Francisco Cuesta fue la primera en recibir los disparos. Cayó mortalmente herida y murió allí, en silencio. No conocemos una frase final pronunciada por ella;  tal vez ese silencio sea su última enseñanza. No todos los mártires mueren predicando pero todos predican muriendo. En María Ángeles, su cuerpo abatido decía todo lo necesario: que prefirió morir antes que avergonzarse de ser esposa de Jesucristo. La habían identificado como monja; eso bastó para matarla y eso basta a la Iglesia para venerarla.

La verdad histórica: el delito de gritar ¡Viva Cristo Rey! 

Las carmelitas de Guadalajara no fueron asesinadas en medio de un combate ni alcanzadas por disparos fortuitos: murieron por odio a la fe. La causa determinante de la agresión fue su condición religiosa, reconocida y denunciada expresamente. Esa realidad fue la que permitió a la Iglesia reconocer formalmente su martirio. La frase «son monjas» funcionó como acusación completa. Si en otras épocas habría provocado respeto, en aquella tarde provocó la descarga. ¿Por qué resulta tan insoportable una monja para una ideología totalitaria? Porque una contemplativa es una mujer que se ha colocado fuera del mercado de los poderes humanos; no puede ser comprada con honores, seducida con ascensos ni amenazada con la pérdida de un porvenir que ya ha entregado. Vive de una relación que el Estado no administra; obedece a una autoridad que no nace de las urnas ni de los fusiles; ama a un Esposo invisible, pero más real para ella que todos los jefes de la tierra. Una monja de clausura parece indefensa, y precisamente por eso es peligrosa para todo poder que pretenda ser absoluto. Con su existencia afirma que el hombre no pertenece al Estado, que no se realiza únicamente mediante lo que produce; que existe una fecundidad que no es biológica y una libertad más alta que la autonomía. Que hay un Rey eterno ante quien todos los poderes de la tierra son provisionales. Había que hacerlas desaparecer porque el totalitarismo no se conforma con expulsar a Dios de los edificios públicos; necesita expulsarlo de la memoria, de la conciencia, del lenguaje y hasta de los cuerpos que le pertenecen. Las tres carmelitas murieron porque sus personas eran templos de una Presencia que no podía ser requisada.

Hablar de los mártires de 1936 exige verdad, serenidad y justicia: ni se honra a los muertos manipulando la historia ni se sirve a la reconciliación ocultando los crímenes. España había llegado a julio de 1936 desgarrada por enfrentamientos sociales, políticos y militares, por violencias procedentes de diversos sectores y por una incapacidad colectiva para preservar la convivencia. Pero reconocer la complejidad del contexto no lleva a difuminar la especificidad de la persecución religiosa. Miles de sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares fueron asesinados no por acciones bélicas, sino por su identidad católica. Iglesias, imágenes, archivos y conventos fueron destruidos. Vestir una sotana, poseer un crucifijo, esconder a un sacerdote o haber profesado en una comunidad podía convertirse en sentencia de muerte. La Iglesia, al beatificar mártires, no canoniza una guerra, un bando ni un proyecto político; no declara santos a todos los que murieron de una parte ni niega los pecados cometidos por católicos, sino que, tras estudiar vidas y muertes concretas, reconoce que determinadas personas fueron asesinadas por odio a Cristo y aceptaron la muerte con fe, fortaleza y perdón. En el caso de Guadalajara, la motivación quedó desnuda en una sola exclamación: «Son monjas». El sustantivo contenía el crimen.



Santa Teresa deseó desde niña marchar a tierra de moros para derramar la sangre por Cristo. Cuando comprendió que no estaba llamada a ese martirio exterior, convirtió toda su vida en martirio de amor: morir a sí misma, sufrir por la Iglesia, entregarse a la oración y fundar pequeños «colegios de Cristo» donde unas pocas mujeres sostuvieran el mundo desde la clausura. San Juan de la Cruz no murió violentamente, pero padeció cárcel, incomprensión, abandono y una noche purificadora que hizo de toda su existencia una oblación. Santa Teresita confesó su deseo de padecer todos los martirios, aunque sabía que su verdadero martirio sería el del amor vivido en la pequeñez. Las tres carmelitas de Guadalajara reúnen esas tres corrientes. En María Pilar aparece la firmeza teresiana y el celo por el reinado de Cristo. En Teresa, la totalidad sanjuanista: no guardar nada, dar toda la sangre, salir de sí para entrar en Dios. En María Ángeles, el caminito teresiano-lexoviense de la fidelidad escondida. Las tres muestran que el Carmelo es trasunto del Calvario. El silencio les enseñó a escuchar la voz del Esposo; la pobreza les quitó apoyos; la castidad unificó sus corazones; la obediencia les enseñó a no pertenecerse; la clausura les mostró que sólo basta Dios. Así, cuando llegó la muerte, ya la habían ensayado. Solo faltaba el último acto de obediencia. 

Las mártires de Guadalajara son un eco de la escatología del reinado de Cristo y de la espiritualidad reparadora del Sagrado Corazón. María Pilar imaginaba a la comunidad camino del martirio cantando «Corazón Santo, tú reinarás». Teresa deseaba morir – y lo logró – proclamando «¡Viva Cristo Rey!». Ambas expresiones pertenecen al clima espiritual de una España que había recibido con fuerza la devoción al Sagrado Corazón y la doctrina del reinado social de Jesucristo. Pero conviene comprenderlas bien. Cristo Rey no es un caudillo celestial puesto al servicio de nuestras preferencias temporales: Su Reino no se impone con fusiles; no necesita vengadores ni conquista plazas: conquista corazones. Al gritar «¡Viva Cristo Rey!» mientras era asesinada, Teresa mostraba que adoraban un Rey que vence dejándose herir y reina desde un madero. María Pilar enlazó el grito de victoria con el perdón, sin el cual «Cristo Rey» puede convertirse en una consigna. El Sagrado Corazón reinó porque tres víctimas amaron hasta el final. Reinó cuando María Pilar perdonó. Reinó cuando María Ángeles calló. Reinó cuando Teresa abrió los brazos en cruz. Si los rojos dominaban la calle, Cristo reinaba en aquellos tres corazones. Y el imperio de Su Amor dura eternamente, mientras que cualquier control de una ciudad termina.

Saboreo de martirio, feminidad indoblegable y pudor bajo las balas 

Las carmelitas hablaran del martirio en las recreaciones conventuales, mientras cosían, conversaban y se animaban mutuamente, en una pedagogía comunitaria martirial: las unas alimentaban la fe de las otras; la mayor compartía su ardor; la joven confesaba su deseo; la más tímida recordaba la necesidad de ser fiel en lo pequeño. La caridad cristiana es así: prestar fe al que flaquea, memoria al que olvida, esperanza al que se cansa y valentía al que teme. Nuestras tres mártires llevaban dentro las palabras de sus hermanas: María Ángeles había oído hablar del perdón; Teresa, la organista, había escuchado cantar el reinado del Corazón; María Pilar había contemplado el ardor de las jóvenes. Cuando salieron juntas, llevaban consigo la fe de toda la comunidad. Esto interpela a nuestras familias, parroquias, seminarios y conventos. ¿De qué hablamos cuando estamos juntos? ¿Nos ayudamos a desear la santidad o nos confirmamos mutuamente en la mediocridad? ¿Alimentamos la valentía o cultivamos el miedo y la contemporización de lo políticamente correcto, también en lo eclesial, tan descafeinado hoy y tan lejano de la parresía apostólica y martirial? ¿Nuestras conversaciones hacen más fácil ser fiel a Cristo o más cómodo alejarse de Él? Aquellas recreaciones prepararon mártires; muchas conversaciones actuales preparan desertores, apóstatas silentes o piadosos burgueses.

Las tres mártires ofrecen además una reflexión necesaria sobre la libertad y la dignidad de la mujer. A menudo se presenta la vida religiosa como negación de la autonomía femenina. Se imagina a la monja como una mujer anulada por una estructura, privada de experiencias y sometida a reglas que le impiden realizarse. Pero ¿quién fue realmente libre aquella tarde? ¿Los hombres y mujeres sometidos al odio colectivo, incapaces de mirar a tres personas sin reducirlas a una etiqueta, o las religiosas que habían elegido conscientemente a Quién entregar su vida y permanecieron fieles cuando la elección les costó sangre? El mundo pretende liberar a la mujer de todos los vínculos, excepto de aquellos que el propio mundo le impone. Acepta que entregue su cuerpo al mercado, a la moda, al placer o a la productividad y no comprende que lo entregue a Dios. Las tres descalzas de Guadalajara fueron asesinadas porque, fuera del proyecto ideológico que las rodeaba, habían tomado una decisión irreversible y escandalosa: no estar disponibles para ningún otro absoluto que Jesucristo.

Teresa mostró una extraordinaria firmeza cuando un hombre intentó tomarla del brazo. No aceptó una falsa protección que comprometiese su libertad y su consagración: caminó recelosa, repitiendo el nombre de Jesús, hasta que comprendió la trampa y respondió abriendo los brazos en cruz.  No fue una mujer pasiva: fue una mujer consagrada. Porque si la pasividad se deja utilizar, la consagración se inmola, no se deja poseer.

La agonía de María Pilar, tendida en el mostrador de una farmacia, con un riñón al descubierto, contiene un detalle delicado y terrible: al oír hablar a Doña María Carrasco, le decía: “No me deje señora, que no me toquen; ¡perdónales, Señor!”  En medio de dolores extremos, conservaba el pudor de una mujer que había pertenecido toda su vida a Cristo. Su pudor cristiano no era miedo al cuerpo sino conciencia de su grandeza. Para la carmelita, el cuerpo no es algo que pueda manipularse sin respeto: ha sido consagrado; ha ayunado, velado, trabajado, arrodillado y recibido la Sagrada Comunión. Es el cuerpo de una esposa de Cristo y templo del Espíritu Santo. 

Nuestra época habla continuamente del cuerpo y, sin embargo, rara vez lo trata como sagrado. Lo exhibe, modifica, comercializa, medicaliza, explota y desecha. Estas mártires recuerdan que el cuerpo cristiano posee una dignidad que ni siquiera la violencia puede abolir. Los disparos destruyeron sus cuerpos mas no los profanaron interiormente, porque la dignidad no depende de que el agresor la reconozca: depende de Dios, que la ha depositado en nosotros.

La beatificación: libertad juampablista y actualidad

San Juan Pablo II beatificó a las tres carmelitas el 29 de marzo de 1987, en la plaza de San Pedro. Aquella celebración tuvo una importancia histórica singular: fueron las primeras mártires de la persecución religiosa de 1936 elevadas a los altares. El Papa las presentó a la Iglesia junto con otras grandes figuras españolas – los Beatos Marcelo Spínola y Mosén Sol – y exhortó a los fieles a vivir y testimoniar la fe coherentemente en la sociedad.  La fecha marcó un cambio decisivo, pues durante décadas la memoria de los mártires de la Cruzada española – ahora se dice absurdamente «del siglo XX» – había quedado envuelta en heridas políticas, interpretaciones contrapuestas y silencios interesados. La beatificación no pretendía reabrir una guerra; venía a liberar a las víctimas de la utilización ideológica y a situarlas en su verdadero lugar: ante el altar de Dios.

Juan Pablo II no proclamó vencedores a unos españolas contra otros sino a tres cristianas que perdonaron, no presentándolas como combustible para el resentimiento, sino como medicina para la reconciliación. Porque el mártir recuerda la verdad del crimen, pero no perpetúa el odio. La memoria cristiana no es amnesia: sabe quién mató, por qué mató y cómo murió la víctima, pero lleva esa verdad hasta la cruz, donde la justicia no queda negada y la misericordia no se vuelve sentimentalismo.

En el Ángelus posterior, Juan Pablo II pidió que la vida de los católicos españoles sintonizara con la voluntad de Dios y que fueran testigos de Cristo en la sociedad. Y extendió expresamente su saludo y bendición a los Carmelos de España. 

Las tres carmelitas son beatas vírgenes y mártires y su memoria litúrgica propia es el 24 de julio, fecha de su martirio. Aun no canonizadas, esperamos un reconocimiento universal que, sin añadir nada a su gloria en el cielo, extendería su culto a toda la Iglesia. Hay que invocarlas, conocerlas, pedir su intercesión, para que su testimonio salga de los límites de la memoria local.

Si Compiègne posee a Bernanos y a Poulenc y la guillotina francesa se convirtió en literatura universal , la de Guadalajara – pese a la temprana semblanza nada menos que de Cristina de Arteaga – es una historia menos conocida. ¿No es hora de que estas tres mujeres dejen de ser solo «las mártires de Guadalajara» para convertirse en maestras espirituales de toda España? Al morir porque su condición cristiana era visible, nos enseñan que la fe no puede reducirse a sentimiento privado. Hoy se tolera con relativa facilidad una fe encerrada en la conciencia, siempre que no afecte a las decisiones, al lenguaje, a la moral ni a la vida pública. Se acepta que alguien «tenga sus creencias» con tal de que viva como si no las tuviera. Las carmelitas no pronunciaban discursos políticos; su sola existencia hacía pública la soberanía de Dios. El católico de hoy no necesita buscar provocaciones ni adoptar una agresividad impropia del Evangelio, pero tampoco puede camuflar indefinidamente su pertenencia a Cristo. Llega un momento en que hay que dejarse reconocer. Si no por un hábito, por una decisión honrada, una palabra limpia, la negativa a participar en una injusticia, la fidelidad al matrimonio, la defensa de la vida, la forma de tratar al débil, la valentía de santiguarse, el modo de perdonar. También hoy puede escucharse, con otros acentos: «Es cristiano». La cuestión es si esa identificación nos avergüenza o nos honra.

Porque no se improvisa la valentía. Nos gustaría pensar que seríamos heroicos en una persecución. Pero el martirio no transforma mágicamente un alma negligente. Quien no sabe renunciar a una comodidad difícilmente renunciará a la vida; quien calla siempre por miedo al juicio social no hablará fácilmente ante un tribunal; quien guarda rencor por una pequeña ofensa no perdonará espontáneamente a quien le dispara. La gracia grande se prepara mediante la fidelidad en lo pequeño y cada jornada ofrece un entrenamiento para el martirio: levantarse cuando corresponde; cumplir el deber sin aplausos; dominar una palabra áspera; renunciar a una curiosidad; guardar pureza en la mirada; confesar la fe sin jactancia; perdonar antes de acostarse; rezar cuando no apetece; ser fiel a la Santa Misa; no negociar con la conciencia. Tal vez nunca nos pidan la sangre pero todos estamos llamados a entregar la voluntad. Y acaso cuesta más morir cada día a uno mismo que morir una sola vez.

Las tres mártires nos enseñan que el perdón no borra la verdad. María Pilar no dijo que no hubiera sucedido nada. Su cuerpo estaba despedazado, sabía quiénes la habían atacado y preguntaba con la sencillez desconcertada de la inocencia qué daño les había hecho. Pero perdonó. El perdón cristiano no declara justo lo injusto; no convierte al asesino en inocente ni dispensa del deber de reparar; pero renuncia a devolver odio por odio y entrega el juicio definitivo a Dios. España necesita esta lección para no construir memoria sin perdón ni pedir perdón sin verdad. Nuestras mártires unen ambas cosas. La verdad: fueron asesinadas por ser monjas; y el perdón: murieron sin odiar. Solo sobre esas dos columnas puede construirse una reconciliación que no sea ni propaganda ni olvido.

Pilar, Teresa y Ángeles nos recuerdan que Cristo debe reinar primero dentro de nosotros. Si es fácil aclamar a Cristo Rey, no lo s tanto permitirle gobernar. Él reina cuando domina nuestro orgullo y resentimiento, nuestra sensualidad, nuestras ambiciones, nuestra lengua. No reina de verdad en quien grita su nombre y se niega a cumplir sus mandamientos. Teresa proclamó «¡Viva Cristo Rey!» después de una vida de obediencia; María Pilar, perdonando. Ahí está la medida. Antes de pedir que Cristo reine en las leyes, hemos de preguntarnos si reina en nuestras casas; antes de lamentar que la sociedad lo rechace, debemos examinar cuántas estancias de nuestro corazón permanecen cerradas para Él. Porque el reinado social de Cristo comienza en una conciencia arrodillada.

Las tres mártires habían nacido en hogares cristianos y recibido una fe suficientemente fuerte como para madurar en vocación. La documentación oficial de la causa subraya precisamente el valor del ambiente familiar cristiano en la formación y crecimiento de la fe.  Hoy pedimos vocaciones, pero educamos a los jóvenes como si la entrega total fuese una desgracia; queremos sacerdotes, pero no nuestro hijo; monjas, pero no nuestra hermana. Admiramos a los mártires cuando ya están en los altares, aunque quizá habríamos intentado disuadirlos cuando llamaron a la puerta del convento. Una Iglesia sin familias generosas termina siendo una Iglesia sin altares atendidos, sin conventos vivos y sin misioneros. Las vocaciones no caen del cielo como meteoritos; crecen donde se reza, se habla de la consagración, se ama la Santa Misa y los padres comprenden que los hijos les han sido confiados, no entregados en propiedad.

¡Cristo merece toda la vida!

La muerte de las carmelitas desmonta tres grandes mentiras modernas. La primera, que la religión debilita a la mujer: aquellas tres mujeres fueron más libres y más fuertes que quienes las rodeaban armados. La segunda, que la clausura aparta de la realidad: cuando llegó la hora más real de su existencia, estaban preparadas para afrontarla. La tercera, que la fe divide y genera odio: quienes murieron por Cristo fueron las que perdonaron, mientras quienes pretendían construir una sociedad sin Dios dispararon sobre mujeres indefensas. Si la ideología pide odio, la fe da perdón. La ideología exige consignas, manidas y sofísticas y la fe responde con el nombre de Jesús. La ideología llega a quitar la vida y, a cambio, la fe da la eternidad.

Las tres carmelitas de Guadalajara murieron sin tribunal ni sentencia. Fue un martirio desordenado, callejero, brutal. Y es que la santidad no se desarrolla en escenas perfectas: no hay tiempo para preparar las palabras, adoptar una postura solemne, reunir a la comunidad; a veces Dios llega en medio del caos y una bala interrumpe la frase, una puerta no se abre, un supuesto protector se convierte en amenaza, la hermana que caminaba a tu lado cae al suelo. Entonces, solo queda lo que llevabas dentro: María Ángeles, silencio; María Pilar, perdón; Teresa, el nombre de Cristo. Salió de ellas lo que vivía en ellas. 

Guadalajara conserva los lugares de aquel recorrido, con su callejero convertido en vía crucis: la calle Francisco Cuesta, el entorno de San Juan de Dios, el puente de San Antonio, el camino del cementerio. Lugares por los que hoy circula la vida diaria sin advertir quizá que allí cayó sangre martirial. El cristianismo posee la capacidad misteriosa de transformar la geografía. Una acera en la que alguien muere por Cristo se convierte en memoria; un hospital, en santuario; el camino al cementerio, en vía sacra. No sería inútil que los católicos de España peregrinaran más a esos lugares. Viajamos lejos buscando emoción religiosa y a veces ignoramos los santuarios de martirio que tenemos al lado. España está sembrada de conventos, cunetas, tapias y cementerios donde alguien pronunció por última vez el nombre de Jesús. No para cultivar resentimientos o reabrir trincheras de odio a los perseguidores, sino para pedir valentía, cerrar heridas en la verdad y aprender de los mártires a perdonar.

En 1941, los restos de las mártires fueron recuperados de la fosa común y llevados al monasterio de San José. Hoy reposan junto al altar mayor, bajo las imágenes de aquellas tres mujeres que un día salieron de la clausura obligadas y vestidas de seglares, ocultando su identidad y volvieron públicamente reconocidas como mártires. Escaparon buscando refugio y regresaron para convertirse ellas mismas en refugio de quienes pidieran su intercesión. Salieron como fugitivas y retornaron como vencedoras.

España necesita mirar a estas mujeres porque hoy padece otras formas persecución y de cobardía. No nos amenazan con fusiles, pero sí con el ridículo; no nos llevan al cementerio, pero pueden llevarnos a la irrelevancia social; no nos exigen gritar «Viva el comunismo», pero se nos insta constantemente a repetir los «dogmas culturales» de la temporada. Y muchos católicos, cediendo antes de que nadie se lo pida, ocultan la fe, suavizan la doctrina, piden disculpas por la moral del Evangelio, hablan de «valores» sin nombrar a Cristo, quieren ser aceptados a cualquier precio, votar a cualquier partido, coquetear en cualquier ambiente.

Las mártires de Guadalajara no fueron agresivas: no provocaron ni insultaron ni buscaron la muerte. Pero, cuando la muerte llegó, no compraron unos minutos más de vida al precio de negar al Esposo. Esa es la cuestión que plantean: ¿Hay algo que no estemos dispuestos a vender? ¿Existe en nosotros una fidelidad no negociable? ¿O bastaría una mirada irónica, una pérdida económica, un titular hostil o una amenaza profesional para que escondiéramos el escapulario del alma?

Dios quiso que las tres murieran de modo distinto. María Ángeles cayó en silencio. María Pilar tuvo tiempo para perdonar. Teresa corrió proclamando a Cristo Rey. Tres formas de una misma confesión. El silencio dice: te pertenezco. El perdón dice: amo como Tú. El grito dice: reinas sobre mí. No todos estamos llamados a una misma exteriorización de la fe. Hay santos silenciosos, santos que consuelan y santos que proclaman. Pero en todos debe existir la misma raíz: una pertenencia absoluta a Jesucristo. La Iglesia de hoy necesita esas tres gracias: el silencio de María Ángeles frente al ruido vacío; el perdón de María Pilar frente al resentimiento; la valentía de Teresa frente a la apostasía vergonzante.

Si aquella mañana habían vestido ropas seglares para ocultar que eran monjas, al atardecer, su sangre les devolvió el hábito. El martirio vistió a María Ángeles de silencio, a María Pilar de misericordia, a Teresa de fortaleza. Las balas rasgaron sus vestidos prestados, pero dejaron al descubierto su verdadera identidad de esposas de Cristo. Nada más. Nada menos. Mujeres que habían entregado la vida antes de que nadie viniera a quitársela. Por eso, cuando llegaron los disparos, encontraron muy poco que arrebatar: sus vidas ya pertenecían a Cristo. Y lo que se ha puesto definitivamente en sus manos puede ser herido, perseguido, despedazado y enterrado, pero no puede perderse. Las calles de Guadalajara escucharon durante unos segundos el fragor del tiroteo; el Carmelo continúa escuchando el silencio de María Ángeles, el «perdónalos» de María Pilar, el «¡Viva Cristo Rey!» de Teresa. Tres azucenas tronchadas. Tres lámparas encendidas ante el Cordero. Y un latido para nuestro tiempo: ¡Cristo merece toda la vida!



Por: Mons. Alberto José González Chaves

EL APOSTOLADO DEL SUFRIMIENTO

 


Cualquiera que sufre, puede, si quiere, cooperar en una medida cuya magnitud sólo Dios conoce, a la salud del mundo; continuar la redención comenzada en el Calvario, y que no terminará sino hasta el último día; puede cooperar a salvar almas, avanzar el reino de Dios, hacer retroceder a Satanás, ayudar a los obreros del Señor; a sostener a la Iglesia de la tierra en sus combates, consolar a la Iglesia que sufre en el Purgatorio, y hacer salir de él a las pobres almas.

Basta unir sus sufrimientos a las Llagas de Jesús y sufrir en unión con el Salvador. 

Esta unión está al alcance de todos: no exige nada de difícil; los más simples, los más ignorantes de los que sufren pueden realizarla. 

Lo que exige desde luego es el estado de gracia y que esté exenta el alma de todo pecado mortal, porque para unirse al Cristo vivo es preciso ser un miembro vivo; pero ¿quién no puede, con ayuda de los sacramentos, guardar su alma en estado de gracia? 

Después es preciso estrechar la unión entre nuestros sufrimientos y los suyos, nuestras llagas y sus Llagas, por la comunión frecuente, eso es lo más fácil, lo más dulce y también el más poderoso medio de fortificar la unión. 

Hay también la oración, sobre todo la que se hace ante la Hostia a las Cinco Llagas, en que el alma, considerando los sufrimientos de Jesús, encuentra fuerza para sufrir, aceptar y aun amar sus propios sufrimientos. 

El último medio es aceptar con resignación, por amor á El, por compasión a sus sufrimientos, y aun simplemente para expiar nuestros pecados, pagar nuestra deuda y merecer el Paraíso, los sufrimientos que se digne hacernos padecer. 

Mientras mayor sea esta resignación en vista de Jesús y por su amor, más estrecha hace la unión con Él. Es preciso procurar renovar a menudo los actos. 

He ahí todas las condiciones del apostolado por las Cincos Llagas. ¡Cuán fáciles nos las ha hecho vuestra condescendencia! 

¡Lo que entonces sucede es magnífico, sublime! De Jesús y del paciente se hace un solo ser, una sola persona; el paciente presenta a Jesús todos los sufrimientos aceptados de sus miembros; Jesús vierte las virtudes y los méritos infinitos de sus Llagas; y aún más, Jesús se apropia estos sufrimientos; el paciente le da miembros en los cuales Él se ha encarnado de nuevo, y es Jesús quien sufre con el paciente, Jesús quien le santifica, Jesús quien deifica sus sufrimientos.


(Manual de Adoración al Santísimo Sacramento, R.P.A. Tesnière)

EL ÁNGELUS

 


Tradicionalmente el rezo del Ángelus se realiza a medio día (12:00 h. hora del Ángelus), pero solía rezarse también por la mañana al empezar la jornada (6:00 h.) y por la tarde al caer el sol (18:00 h.).
V. El Ángel del Señor anunció a María,
R. Y concibió por obra del Espíritu Santo.
Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús.
Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén
V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra.
Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús.
Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén
V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros.
Dios te salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre Jesús.
Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo…(tres veces)
Oración
Te rogamos, Señor, que derrames tu gracia en nuestros corazones para que los que, por el anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo Jesucristo, por su Pasión y Cruz seamos llevados a la gloria de su Resurrección. Por Jesucristo Nuestro Señor.
R. Amén.


MARÍA EXPLICA SU DOLOR EN LA PASIÓN DE CRISTO

 


Palabras de la Virgen a la esposa, explicándole su dolor en la pasión de Cristo, y sobre cómo el mundo fue vendido por Adán y Eva y recuperado mediante Cristo y su Madre la Virgen. 

Habló María: “Considera, hija, la pasión de mi Hijo. Sentí como si los miembros de su cuerpo y su corazón fueran los míos. Lo mismo que los otros niños son normalmente gestados en el útero de su madre, igual ocurrió en mí. 

Sin embargo, Él fue concebido por la ferviente caridad del amor de Dios, mientras que otros son concebidos por la concupiscencia de la carne. Así, su primo Juan dijo rectamente: ‘El Verbo se hizo carne’. Él vino y estuvo en mí por el amor. El verbo y el amor lo crearon en mí. Él fue para mí como mi propio corazón y, por ello, cuando di a luz sentí que la mitad de mi corazón había nacido y salido de mí. Cuando Él sufría, sentía cómo sufría mi propio corazón. Cuando algo está mitad fuera y mitad dentro, si la parte de fuera es dañada, la parte de adentro siente un dolor parecido. De la misma manera, cuando mi Hijo fue azotado y herido, era como si mi propio corazón estuviera siendo azotado y herido. 

Yo era la persona más cercana a Él en su pasión, y nunca me separé de Él. Estuve al lado de su cruz y, como quien está más cerca del dolor lo sufre más, así su dolor fue peor para mí que para los demás. Cuando Él me miró desde la cruz y yo lo miré, mis lágrimas brotaron de mis ojos como sangre de las venas. Cuando Él me vio desbordada de dolor, se sintió tan angustiado por mi dolor que todo el dolor de sus propias heridas se amainó al ver el dolor en mí.

Por ello puedo decir que su dolor era mi dolor y que su corazón era mi corazón. Igual que Adán y Eva vendieron el mundo por una sola manzana, puedes decir que mi Hijo y Yo recuperamos el mundo con un solo corazón. Así, hija mía, piensa en cómo estaba yo cuando murió mi Hijo y así no te resultará difícil prescindir del mundo”. Respuesta del Señor a un ángel que estaba rezando, de que a la esposa se le darían padecimientos en el cuerpo y en el alma, y sobre cómo a las almas más perfectas se les dan mayores molestias


Las Profecías y Revelaciones de Santa Brígida de Suecia

DAR MUERTE AL ORGULLO, LA BATALLA POR LA SANTIDAD

 


Una parábola nos puede ayudar a entender la dificultad que tenemos para llegar hasta el final en nuestra lucha contra el orgullo: 
Comparo nuestra situación a la de un país infestado de bandoleros: 
son nuestros pecados, nuestros vicios, nuestro orgullo, que nos envenenan la existencia, interfieren la comunicación en el país, nos impiden vivir en paz. 
Entonces este país descubre que su vecino es un rey maravilloso, generoso, dotado de un ejército poderoso. 
En su desesperación, lanza una llamada hacia este rey, que franquea la frontera con su ejército. 
Los bandoleros tienen miedo y desaparecen a lo profundo de los bosques; el país respira, sus habitantes encuentran la concordia y la alegría de vivir juntos. 
Creemos que tal es el fruto de nuestra conversión a Jesucristo... pero en realidad 
estamos totalmente equivocados: lo que llamamos «paz» es un compromiso mediocre, una dosificación entre Bien y Mal que llamamos «equilibrio», una «coexistencia pacífica» entre el viejo hombre y el nuevo, entre nuestro corazón de carne y nuestro corazón de piedra. 
«No es magnífico, decimos, pero en fin, no hay que pedir demasiado». 

Cristo ha venido para darnos su paz, y no la del mundo, que nos persuade a aceptar el compromiso. Cristo quiere darnos su paz por la extinción de todo lo que amenaza la circulación del Amor. También el rey dice un día: –¿Qué ha pasado con los bandoleros? 
Señor, se esconden, están neutralizados... –¡Sí, pero hay que acabar con ellos! Voy a perseguirles y exterminarlos. 
–¡Oh! pero les despertaréis, será de nuevo la guerra... 
–No he venido a traer la paz sino la división: una guerra de exterminio contra todo lo que amenaza mi Paz. 

Es pues el rey mismo el que desencadena a los bandoleros que su presencia había dormido. De ahí las tentaciones extrañas que pueden levantarse en nosotros después de largos años pasados al servicio de Cristo: el despertar de fiebres dormidas... también el nacimiento de fiebres desconocidas. ¡Es buen signo, es el Espíritu Santo que hace limpieza!.
La clave está en si nosotros preferimos la tranquilidad de ese compromiso con el orgullo o dejamos que el Señor emprenda esa lucha sin cuartel que va a despertar a nuestro peor enemigo. La clave es si aceptamos la paz del mundo o buscamos la paz de Dios, la una sólo proporciona cierta tranquilidad, la otra nos lleva a la guerra.
 
El mundo da su paz a modo de negociación y de compromiso entre el hombre viejo y el nuevo, el corazón de piedra y el corazón de carne. 
Nosotros tenemos un poco de los dos, el agua de las lágrimas que está preparada para brotar de la roca... y la roca misma. 
Nuestro corazón de piedra no es líquido, no está roto, no está contrito, no está 
muerto. 



De ahí surge una situación muy dolorosa. Querríamos que los dos adversarios que se baten en nuestro corazón, como Esaú y Jacob en el seno de Rebeca, lleguen a un pacto: –¡No demasiada dureza! ¡No demasiado orgullo! ¡No demasiado 
egoísmo!, pide Jacob. –¡No demasiado amor! ¡No demasiada humildad! ¡No demasiada locura!, responde Esaú. 

Mediante este pacto es posible la coexistencia pacífica. Nosotros llamamos a eso la paz, el equilibrio cristiano, pero es una paz muy provisional. Cuando Cristo dice: «No os doy la paz como la da el mundo», eso significa: «No la doy a modo de pacto, sino por una disolución total del adversario». 
Entonces va a ser necesario que el corazón de piedra sea roto, pulverizado, triturado. Y poco a poco, al calor de un fuego dulce que es el de la dulzura de Dios, se licúe. Cuando se vuelva líquido, ya no habrá conflicto entre el corazón de piedra y el corazón de carne, porque ya no habrá corazón de piedra. Esa será la Paz tal y como Jesús la da... la santidad. 
Un santo es alguien cuyo corazón de piedra ha sido engullido por la ternura.

Su primer ataque, que es suficiente la mayoría de las veces, es conseguir que aceptemos quedarnos en un nivel mediocre, bajo pretexto de modestia, de realismo, e incluso de humildad: «Esto no va demasiado mal... estoy en paz...» esta famosa paz de compromiso que el mundo da. 

Entonces allí hay todo un arsenal de máximas destinadas a persuadirnos, a la vez, de que no es posible ir más lejos, y de que no es necesario. «Hay sin duda algunos viajeros interplanetarios que se embarcan en los cohetes espaciales: personajes más admirables que imitables que se llaman santos... 
¡Pero eso no se le concede a todo el mundo!» No vemos el orgullo que se esconde detrás de estas máximas, la negativa a dejarse zarandear, humillar, desinflar... 
¡entonces ya está hecho! El demonio ha ganado, porque Dios es tímido. 
Viene hacia nosotros con su gran Amor, paralizado como el albatros sobre el puente del navío por la amplitud de sus alas.

La primera batalla, aquella donde flaquea la mayoría, es en suma una batalla doctrinal: ¿Cuál es el programa? Hay toda clase de venenos hoy, pero el más peligroso no es nuevo: es la famosa distinción entre el cristianismo «normal» u «ordinario», y el cristianismo excepcional o extraordinario de los santos, de la vida mística. 
Nos obstinamos en confundir la vida mística con las gracias, a veces sospechosas, que reciben algunos. Esta confusión sistemática es un maravilloso refugio para el demonio. Pues, antes de saber cómo llegaremos, la primera 
pregunta que se plantea es: ¿Reconoces tú que éste es el programa, y el programa para todo el mundo? Pues todos son llamados, los grados son diversos, pero nadie tiene el derecho de decir: No soy llamado a la vida mística, a la intimidad trinitaria. Por lo tanto hace falta esperar, hasta el final, la santidad.

Cuando descubrimos que seguimos siendo lamentables, que no pasamos de la mediocridad, empieza entonces la segunda batalla: «¿Esperas, incluso hasta el final, la liberación total, la purificación total? ¿Sí o no?» Es la batalla de la esperanza. 
La primera batalla es la de la fe: creer que la santidad nos concierne a todos. 
La  segunda batalla es la de la esperanza: creerlo efectivamente para 
nosotros.

("El coraje de tener miedo", por el sacerdote y teólogo dominico Marie Dominique Molinié)

ORACIONES AL ESPÍRITU SANTO PARA PEDIR SUS 7 DONES

 


Ven Espíritu Santo, inflama mi corazón y enciende en el fuego de tu Amor. Dígnate escuchar mis súplicas, y envía sobre mí tus dones, como los enviaste sobre los Apóstoles el día de Pentecostés.

Espíritu de Verdad, te ruego me llenes del don de Entendimiento, para penetrar las verdades reveladas, y así aumentar mi fe; distinguiendo con su luz lo que es del buen, o del mal espíritu.

Espíritu Sempiterno, te ruego me llenes del don de Ciencia, para sentir con la Iglesia en la estima de las cosas terrenas, y así aumentar mi esperanza; viviendo para los valores eternos.

Espíritu de Amor, te ruego me llenes del don de Sabiduría, para que saboree cada día más con qué infinito Amor soy amado, y así aumente mi caridad a Dios y al prójimo; actuando siempre movido por ella.

Espíritu Santificador, te ruego me llenes del don de Consejo, para obrar de continuo con prudencia; eligiendo las palabras y acciones más adecuadas a la santificación mía y de los demás.

Espíritu de Bondad, te ruego me llenes del don de Piedad, para practicar con todos la justicia; dando a cada uno lo suyo: a Dios con gratitud y obediencia, a los hombres con generosidad y amabilidad.

Espíritu Omnipotente, te ruego me llenes del don de Fortaleza, para perseverar con constancia y confianza en el camino de la perfección cristiana; resistiendo con paciencia las adversidades.

Espíritu de Majestad, te ruego me llenes del don de Temor de Dios, para no dejarme llevar de las tentaciones de los sentidos, y proceder con templanza en el uso de las criaturas.

Divino Espíritu, por los méritos de Jesucristo y la intercesión de tu Esposa, María Santísima, te suplico que vengas a mi corazón y me comuniques la plenitud de tus dones, para que, iluminado y confortado por ellos, viva según tu voluntad, muera entregado a tu Amor y así merezca cantar eternamente tus infinitas misericordias. Amén.

¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO!

 


¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando me abruman los pesares de la vida; mi cáliz es muy amargo, pero yo quiero unirlo con el pensamiento al que Vos aceptasteis por mí en el huerto de Getsemaní y hallare fuerzas para beberlo a mi vez.
¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando me vea víctima de la injusticia, cuando me abandonen los amigos, cuando la soledad me parezca más amarga, porque también vos conocisteis la amargura y el abandono... ¿No podré soportar la indiferencia y la ingratitud de los hombres cuando mi Dios fue traicionado por sus discípulos?
¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando el trabajo me parezca penoso, cuando el desaliento se apodere de mi alma... Vos sois quien permitís este desfallecimiento, Salvador mío, para que me acerque a vuestra cruz y vaya a buscar, en ese manantial bendito la fuerza y el valor que me faltan.
¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando venga a visitarme la enfermedad y cuando me abrume el dolor... Me uno de corazón a vuestra cruel agonía; uno mis sufrimientos a los vuestros; los ofrezco, ¡oh. Jesús!, en expiación de las faltas que he tenido la desgracia de cometer y que os han conducido hasta el Calvario.
¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO! cuando lloro la ausencia de un ser querido... Siento despedazado mi corazón, pero se que Vos habéis bendecido las lágrimas llorando a vuestro amigo Lázaro, y me siento más resignado al venir a suplicaros que bendigáis las mías.
¡HÁGASE VUESTRA VOLUNTAD, DIOS MÍO!, en todo el curso de mi vida; cualesquiera que sean mis trabajos, os los ofrezco, divino Redentor mío; Vos habéis aceptado, siendo víctima inocente, el peso de los pecados del mundo; dadme fuerzas para sobrellevar a mi vez las pruebas que he merecido y que me envía vuestra divina mano... ¡Las consideraré como una prenda de vuestro amor a fin de que sean prenda de mi salvación!

LA SANTÍSIMA VIRGEN TOMA EL LUGAR DE UNA MONJA PARA SALVARLA


 ---------- Singular favor de María a Beatriz----------

La piedad y compasión de María hacia el pecador bien se mostró en el caso 
de Beatriz, monja en el monasterio de Monte Eraldo, como lo refieren Cesáreo y el 
P. Rho.
Esta infeliz religiosa, vencida por el amor desordenado a un joven, decidió 
fugarse con él. Y, en efecto, un día, la desdichada, fue ante la imagen de María y allí 
depositó las llaves del monasterio, pues era la portera, y se fugó.

Marchando a un país lejano, vivió como mujer de la vida durante quince 
años. Sucedió que llegó por allí el proveedor del monasterio y ella, pensando que no 
la reconocería, le preguntó si conocía a sor Beatriz. Muy bien la conozco, le 
respondió: es una santa monja y ahora es una maestra de novicias. Ante esta 
noticia, ella quedó confusa y maravillada, no acertando a comprender qué había 
pasado. Y por cerciorarse, cambió de indumentaria y viajó al monasterio. Hizo llamar 
a sor Beatriz, y he aquí que se le presenta delante la Santísima Virgen en la figura 
de aquella imagen ante la que había dejado el hábito y las llaves. 

Y la Madre de Dios le habló así: 
“Has de saber, Beatriz, que yo, para impedir tu deshonor, he tomado tu figura, y he hecho tus veces durante estos quince años en que has vivido alejada del monasterio y de Dios, haciendo tus oficios. 
Hija, vuelve, haz penitencia, que mi Hijo aún te espera; y procura con una santa vida, conservar el buen nombre que te he conquistado”. 
Dicho esto desapareció.
Beatriz entró en el monasterio, retomando el hábito de religiosa y, agradecida a tan gran misericordia de María vivió como una santa. Y en la hora de la muerte lo manifestó todo para gloria de esta gran Señora.

(San Alfonso María de Ligorio, "Las Glorias de María")

EL LLANTO DEL ALMA Y LOS CONSUELOS DE LA ETERNA SABIDURÍA


 

EL LLANTO DEL ALMA

 Entra dentro de ti, alma mía, echa lejos de ti todas las cosas exteriores, y recógete en el secreto de tu corazón. Todos tus esfuerzos serán pocos para sufrir este dolor in menso y para sondear el abismo de miserias en que has caído. Broten de mi pecho, arroyado en lágrimas, gritos y lamentos aterradores que repercutan a través de los valles hondos, de las montañas gigantes, de las aguas inmensas, y no se detengan hasta llegar al cielo y a oídos de todos los santos del paraíso. 

Sí; exclamaré; ¡oh, vosotros los que sois del todo insensibles, ojalá pudiera yo enterneceros con los gemidos de mi corazón, con las ondas de mis lágrimas!, ¡ojalá pudiera haceros sentir algo de mi dolor, mostrándoos las penas que me despedazan y me consumen! ¡Desventurado de mí! El Padre celestial creó mi alma superior a todas las cosas sensibles, la adornó con sus más ricos dones, la escogió por esposa querida..., y yo me he huido de El y lo he perdido. 

¡Padre mío!, ¡amor mío! ¡Ay, ay, desgraciado de mí! ¿Qué he hecho?, ¿qué es lo que me he perdido? Perdiéndoos a Vos me he perdido a mí mismo, he perdido la amistad de los ángeles del cielo, se ha desvanecido como el humo toda mi felicidad, mi alma ha quedado sola y desnuda de todo bien. Todos los que me hacían alarde de su amistad me han engañado indignamente y se han convertido para mí en verdaderos verdugos, y me han arrebatado todo mi tesoro, al despojarme de la gracia y amistad de mi único y ver dadero amigo. 

¿No tengo sobrado motivo para llorar? ¿Dónde podré encontrar consuelo para mi dolor? Todas las criaturas me han abandonado, y yo me he apartado de mi Dios y Señor. ¡Oh día triste el día de mi caída! ¡Oh, vosotras, rosas de amor, lirios de pureza!; oíd mi llanto, y al contemplar mi hermosura marchita y estéril, entender cuan presto se marchitan las flores sobre las que el mundo ha puesto su mano. En adelante, mi vida será una muerte continua, mi alegría una continua tristeza, mi juventud un eterno languidecer..., y con todo, mis dolores nunca serán proporcionados a la gravedad de mi culpa. 

¡Oh!, sí: el mayor de mis tormentos, el verdadero infierno de mi pobre corazón, será el haber ofendido a Dios. ¡Ay, ay, desgraciado de mí!, que he podido despreciar vuestras gracias y olvidaros, Dios mío; yo, a quien habéis advertido a tiempo con tal dulzura, a quien con tal familiaridad habéis tratado! ¡Oh dureza del corazón humano, que tales pecados es capaz de cometer!; ¡oh corazón más duro que el bronce, que no te quiebras de dolor! 

En otros tiempos más felices, mi alma era la esposa amada del Rey de la Gloria; ahora no merece ser su vil esclava. ¡Ay!, temo levantar mis ojos al cielo; mi lengua enmudece en presencia de mi Dios. El mundo me pesa y me molesta; deseara estar más bien en un bosque espesísimo, donde ni los pasos ni las miradas del hombre pudieran penetrar, y allí descansaría mi corazón deshaciéndose en gritos y lamentos. Sí, en lamentos, porque el llanto es mi único consuelo. ¡Oh pecado, pecado!, ¡a qué estado de miseria me has reducido! ¡Maldito sea quien te sirve, oh mundo engañador! A mí ya me has dado lo que me debías, el precio de mi esclavitud; ya todo el mundo me aborrece, y hasta yo desearía huir de mí mismo.

 ¡Almas que todavía estáis enriquecidas con los dones de vuestro real Esposo!, ¡almas puras y santas que sabéis huir a tiempo del pecado y conservar vuestra primera inocencia!, vosotras sois dichosas, sumamente dichosas; y si no conocéis vuestra felicidad, es porque la conciencia pura y limpia no puede sentir nunca las angustias que matan a un corazón manchado por el pecado. Yo, en cambio, lloro amargamente, y mis gemidos no tienen consuelo. ¡Qué delicias experimenté cuando estaba con Vos, Jesús mío, Jesús amadísimo!; ¡qué contento estaba entonces y qué tranquilo!; y con todo, no conocía mi propia felicidad. Ahora, ¡oh, si pudiese declarar toda la intensidad de mi dolor!, ¡quién tuviera el poderío de la inmensidad de los cielos, de las aguas de la mar, de todas las plantas y seres de la tierra, para expresar por ellas los sufrimientos de mi pobre corazón, y las desgracias irreparables que me acarrea el haber ofendido al Esposo amantísimo de mi alma! ¿Por qué nací yo a esta vida?; ¿qué me queda ya que esperar sino los abismos de una eterna desesperación? 1

LOS CONSUELOS DE LA SABIDURÍA:

La Sabiduría (Jesucristo):

 No hay para qué desesperarte. Yo vine al mundo porque te amo, para reconciliarte con el Padre, y para concederte una gloria aun más estimable que la inocencia cuya pérdida lloras. 

Discípulo: 

¿Qué voz es esta que tan dulcemente habla a mi corazón, y consuela mi alma desterrada del cielo y de la tierra? 

La Sabiduría (Jesucristo):

¿No me conoces? ¿Por qué te abates de esa manera? Ya veo, hijo mío muy querido, que te ciega el exceso del dolor; pero, ¿no sabes que yo soy la Sabiduría del Padre, llena de ternuras y de bondad? Sí, mira: yo soy un abismo de misericordia tan grande, que ni los mismos santos lo pueden comprender, y que está siempre abierto para recibir a todos los corazones humillados y contritos. 

 Yo sufrí por ti la pobreza, el destierro, la muerte de cruz. Todavía me puedes ver pálido, chorreando sangre, lleno del mismo amor que me interpuso entre tu alma y los justos castigos de mi Padre. Soy tuyo, soy tu hermano, tu esposo. He olvidado tus ofensas como si nunca me las hubieras hecho. Date a mí, y en adelante procura no separarte jamás del cumplimiento de mi voluntad. Levanta la cabeza, mírame lleno de valor, y purifícate en mi sangre. En prenda de nuestra reconciliación, toma este anillo, este vestido; este calzado; gocémonos ahora, porque tu alma ha de ser mi esposa muy amada. Me ha cautivado tu dolor, y no he podido resistir a tus gemidos. ¡Siento tanta compasión por los corazones entristecidos...! Si el universo entero ardiese en vivas llamas, su fuego no abrasaría un simple puñado de paja con más ímpetu que el que mueve a mi insaciable misericordia a recibir a un alma penitente.



Discípulo: 

¡Oh Padre de misericordia, mi dulce hermano, mi amable esposo, única alegría de mi corazón!; ¿de modo que habéis querido escucharme y concederme el perdón, a pesar de mis ruindades y de mi ingratitud? ¡Qué favor, qué clemencia, qué misericordia más grande! Os adoro, os bendigo, os doy infinitas gracias, me postro a vuestros pies..., y os ofrezco a vuestro Hijo Unigénito, que por mí expiró en una cruz: sea El el iris de paz que os haga olvidar todas mis iniquidades. Ahora vuelvo a nacer en los brazos de Jesús crucificado; me sumerjo en sus llagas, uno mi alma a su alma, mi corazón a su corazón, para que nunca, ni en vida ni en muerte, pueda separarme más de sus tiernos abrazos. En adelante, antes morir, antes el purgatorio, antes el infierno, que ofender a mi Señor y mi Redentor. 

¡Qué no pueda yo hacer llegar hasta el cielo gemidos tan hondos que me rompan el corazón! Quisiera morirme en un exceso de dolor, porque cuanto ha sido mayor vuestra bondad en perdonarme mis pecados, tanto más cruelmente me atormenta el haberos ofendido y haber sido tan ingrato a vuestra infinita misericordia. ¿Cómo he de agradeceros, ¡oh Sabiduría Eterna, mi dulzura, mi consuelo!, el que me hayáis cerrado con vuestras propias llagas las llagas mías que ninguna criatura del mundo podía remediar? Enseñadme ahora cómo he de llevar en mi cuerpo el estigma de vuestro amor, para que el mundo entero, los ángeles y los santos sepan de una vez que no soy del todo insensible a la caridad infinita con que habéis atendido a este desgraciado desposeído de toda esperanza. 

 La Sabiduría (Jesucristo):

Si es que estás conmigo espiritualmente crucificado, llevarás en tu cuerpo los estigmas de mi amor.  Hazme entrega generosa de todo tu ser y de todo cuanto te pertenece, y esto para no reclamarlo jamás. No tengas más que lo estrictamente necesario, y de este modo tus manos estarán ya clavadas en la cruz. Afianza en mí, y sólo en mí, tu alma inconstante, tu corazón voluble, tus pensamientos inciertos, y entonces también tu pie derecho estará crucificado. Cuida de que no se debiliten con el tiempo las energías de tu alma ni las energías de tu cuerpo, para que nunca caigas en la negligencia y el abandono, y entonces tus brazos, como los míos, estarán extendidos en la Cruz siempre dispuestos a cumplir mi voluntad. Rinde a tu cuerpo en los ejercicios y prácticas espirituales en obsequio del desfallecimiento de mis piernas, y no le permitas jamás satisfacer sus apetitos. Los disgustos, las tentaciones, las penalidades que con frecuencia te asaltarán y te agobiarán, serán precisamente las que más te han de unir conmigo, con los abrazos de la Pasión, y por amor mío llevarás sobre ti la imagen de mis dolores. Tu privación de todo consuelo, y tus luchas contra la naturaleza, me devolverán mis energías primeras. Tu cuerpo será un lecho blando, para que en él descansen mis miembros fatigados. Tu aversión al pecado será la alegría de mi alma; tus ternuras endulzarán mis sufrimientos, y tu fervor acrecentará más y más el amor mío. 

Discípulo: 

Espero de Vos estos favores, ¡oh Eterna Sabiduría!, y pongo a vuestro servicio mi voluntad con todo lo que ella es. Ahora comprendo cuan fácil es serviros, y cómo es ligero el yugo de vuestra obediencia. Esto lo saben mejor que nadie los que han tenido la desgracia de llevar el yugo aplastante de la iniquidad.


 "Tratado de la Eterna Sabiduría" Beato Enrique Susón, predicador y escritor de la Orden de Santo Domingo

LA VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO

 


La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo. Ello no deja de tener su significado, y, si nuestras explicaciones no alcanzaran a estar a la altura de misterio tan elevado, no hemos de perdonar esfuerzo para profundizarlo, y sacar provecho de él.
Juan nace de una anciana estéril; Cristo, de una joven virgen. El futuro padre de Juan no cree el anuncio de su nacimiento y se queda mudo; la Virgen cree el del nacimiento de Cristo y lo concibe por la fe. Esto es, en resumen, lo que intentaremos penetrar y analizar; y, si el poco tiempo y las pocas facultades de que disponemos no nos permiten llegar hasta las profundidades de este misterio tan grande, mejor os adoctrinará aquel que habla en vuestro interior, aun en ausencia nuestra, aquel que es el objeto de vuestros piadosos pensamientos, aquel que habéis recibido en vuestro corazón y del cual habéis sido hechos templo.
Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegaron hasta Juan. Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aun antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. Estas cosas pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de la humana pequeñez. Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de su padre. Estos acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza de su significado.
Zacarías calla y pierde el habla hasta que nace Juan, el precursor del Señor, y abre su boca. Este silencio de Zacarías significaba que, antes de la predicación de Cristo, el sentido de las profecías estaba en cierto modo latente, oculto, encerrado. Con el advenimiento de aquel a quien se referían estas profecías, todo se hace claro. El hecho de que en el nacimiento de Juan se abre la boca de Zacarías tiene el mismo significado que el rasgarse el velo al morir Cristo en la cruz. Si Juan se hubiera anunciado a sí mismo, la boca de Zacarías habría continuado muda. Si se desata su lengua es porque ha nacido aquel que es la voz; en efecto, cuando Juan cumplía ya su misión de anunciar al Señor, le dijeron: ¿Tú quién eres? Y él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto. Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz pasajera, Cristo la palabra eterna desde el principio.
SAN AGUSTÍN

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