El Padre llama a mi puerta buscando un lugar para su hijo.
- El alquiler es barato, de verdad - le digo.
- No quiero alquilarlo, quiero comprarlo - dice Dios.
- No sé si quiero venderlo, pero puedes entrar y echarle un vistazo.
- Sí, voy a verlo - dice Dios.
- Te podría dejar una o dos habitaciones.
- Me gusta – dice Dios. Voy a tomar las dos. Quizás decidas algún día darme más. Puedo esperar.
- Me gustaría dejarte más, pero me resulta algo difícil; necesito cierto espacio para mí.
- Me hago cargo – dice Dios, pero aguardaré. Lo que he visto me gusta.
- Bueno, quizás te pueda dejar otra habitación. En realidad, yo no necesito tanto.
- Gracias – dice Dios. La tomo. Me gusta lo que he visto.
- Me gustaría dejarte toda la casa, pero tengo mis dudas.
- Piénsalo – dice Dios -. Yo no te dejaría fuera. Tu casa sería mía y mi hijo viviría en ella. Y tú tendrías más espacio del que has tenido nunca.
- No entiendo lo que me estás diciendo.
- Ya lo sé – dice Dios -, pero no puedo explicártelo. Tendrás que descubrirlo por tu cuenta. Y esto sólo puede suceder si le dejas a él toda la casa.
- Un poco arriesgado, ¿no?
- Así es – dice Dios -, pero ponme a prueba.
- Me lo pensaré. Me pondré en contacto contigo.
- Puedo esperar – dice Dios. Lo que he visto me gusta.
-Margaret Halaska, o.s.f-

No hay comentarios:
Publicar un comentario