Hombre de fe:
La fe de José es admirable, está a la misma altura de la fe de Abrahán, el Padre de todos los
creyentes, el que creyó a pesar de todo, el que creyó cuando todo se hundía, el que creyó contra toda esperanza.
Así fue la fe de José. Una fe que es confianza y generosidad; una fe que le hace vivir pendiente de la palabra de Dios y por ello al servicio atento y delicado de Jesús y de María.
Humildad:
La humildad de San José es una de sus mayores encantos. Pudo decir muy bien junto a María: "El Señor mira la pequeñez de sus siervos".
José es de los que pasan por la vida sin hacerse notar, sin molestar a nadie, sin aplastar.
Y porque se vació de sí mismo, vivió siempre sirviendo a los demás.
Hombre de vida interior y silencio:
José está siempre más dispuesto a escuchar más que a hablar. Está siempre atento a las palabras, a los signos, a las personas. Su misión es cuidar la Palabra y guardarla en su corazón.
En el silencio de Nazaret, el artesano de Dios nos dejó el hermoso ejemplo de saber vivir en un segundo lugar, y por esto, asimilar con disponibilidad la Palabra y vivir sólo para ella.
La pobreza:
San José aceptó la pobreza con humildad, una pobreza que lo llevó a no encontrar ni una posada donde su esposa pudiera dar a luz al mismo Hijo de Dios, pero san José acepta mansamente esta situación y no se revela contra Dios.
Varón justo:
La Iglesia ensalza la dignidad de San José, aplicándole las frases que la Sagrada Escritura dedica al hijo de Jacob: "¿Podremos por ventura, encontrar un hombre como éste, lleno del Espíritu de Dios...? Tú, serás quien gobierne mi casa y todo mi pueblo te obedecerá".
(Tomado de Novena a san José, del libro "Oraciones y Plegarias)

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