DIOS HA CREADO EL MUNDO CON ORDEN Y SABIDURÍA Y CON SUS DONES LO ENRIQUECE


No perdamos de vista al que es Padre y Creador de todo el mundo, y tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece. Contemplémoslo con nuestra mente y pongamos los ojos de nuestra alma en la magnitud de sus designios, sopesando cuán bueno se muestra él para con todas sus creaturas.

Los astros del firmamento obedecen en sus movimientos, con exactitud y orden, las reglas que de él han recibido; el día y la noche van haciendo su camino, tal como él lo ha determinado, sin que jamás un día irrumpa sobre otro. El sol, la luna y el coro de los astros siguen las órbitas que él les ha señalado en armonía y sin transgresión alguna. La tierra fecunda, sometiéndose a sus decretos, ofrece, según el orden de las estaciones, la subsistencia tanto a los hombres como a los animales y a todos los seres vivientes que la habitan, sin que jamás desobedezca el orden que Dios le ha fijado.

Los abismos profundos e insondables y las regiones más inescrutables obedecen también a sus leyes. La inmensidad del mar, colocada en la concavidad en la que Dios la puso, nunca traspasa los límites que le fueron impuestos, sino que en todo se atiene a lo que él le ha mandado. Pues al mar dijo el Señor: Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas. Los océanos, que el hombre no puede penetrar, y aquellos otros mundos que están por encima de nosotros obedecen también a las ordenaciones del Señor.

Las diversas estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno, van sucediéndose en orden, una tras otra. El ímpetu de los vientos irrumpe en su propio momento y realiza así su finalidad sin desobedecer nunca; las fuentes, que nunca se olvidan de manar y que Dios creó para el bienestar y la salud de los hombres, hacen brotar siempre de sus pechos el agua necesaria para la vida de los hombres; y aún los más pequeños de los animales, uniéndose en paz y concordia, van reproduciéndose y multiplicando su prole.

Así, en toda la creación, el Dueño y soberano Creador del universo ha querido que reinara la paz y la concordia, pues él desea el bien de todas sus creaturas y se muestra siempre magnánimo y generoso con todos los que recurrimos a su misericordia, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la majestad por los siglos de los siglos. Amén.

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios

(Cap. 19, 2—20, 12: Funk 1, 87-89)


VEN, ESPÍRITU SANTO



Ven, Espíritu Santo, 
quedan aún muchos muros 
que han de ser derribados; 
aún no sabemos hablar 
lenguas que todos entiendas, 
y hay tantas guerras estúpidas. 
Ven, Espíritu Santo, 
porque no somos hermanos 
no conocemos el nombre 
ni del que está a nuestro lado; 
seguimos soñando torres 
que nos hagan superiores, 
y lo maltratamos todo. 
Ven, Espíritu Santo, 
para enseñarnos a orar 
y saber decir “Jesús”; 
proclamar su testimonio 
con la palabra y la vida, 
y para que grabes en nosotros 
la imagen viva de Cristo. 
Ven, Espíritu Santo, 
Sé nuestro mejor perfume, 
nuestra alegría secreta, 
nuestra fuente inagotable, 
nuestro sol y nuestra hoguera, 
nuestro aliento y nuestro viento, 
nuestro huésped y consejero. 
Ven, Espíritu Santo. 
Ven, Espíritu amigo. 
Ven. 

-Itaka, escolapios-

ME PONDRÉ DE CENTINELA PARA ESCUCHAR LO QUE ME DICE EL SEÑOR

 De los Sermones de san Bernardo, abad

(Sermón 5 sobre diversas materias, 1-4: Opera omnia, edición cisterciense, 6,1 [1970], 98-103)

Leemos en el Evangelio que, predicando en cierta ocasión el Salvador y habiendo afirmado que daría a comer su carne sacramental para que así sus discípulos pudieran participar de su pasión, algunos exclamaron: ¡Duras son estas palabras! Y se alejaron de él. A vista de ello, preguntó el Señor a sus discípulos si también ellos querían dejarlo; ellos entonces respondieron: Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna.

Pues bien, hermanos, es manifiesto que en nuestros días las palabras de Jesús son también espíritu y vida para algunos y, por ello, éstos lo siguen; pero, en cambio, a otros estas mismas palabras les parecen duras, por lo cual no faltan quienes van a buscar en otra parte un consuelo miserable. La sabiduría no deja de levantar su voz en las plazas, anunciando que el camino que conduce a la muerte es ancho y espacioso, a fin de que cuantos andan por él vuelvan sobre sus pasos.

Durante cuarenta años —dice— aquella generación me repugnó, y dije: «Es un pueblo de corazón extraviado.» Y en otro salmo añade: Una sola vez habló Dios; es cierto que Dios habló una sola vez, pues está hablando siempre, ya que su locución es continua y eterna, y nunca se interrumpe.

Esta voz invita sin cesar a los pecadores, exhortándoles a meditar en su corazón y reprendiendo los errores de este corazón, pues es la voz de aquel que habita en el corazón del hombre y habla en su interior, realizando así lo que ya dijo por boca del profeta: Hablad al corazón de Jerusalén.

Ya véis, hermanos, cuán saludablemente nos amonesta el profeta a fin de que si hoy escuchamos su voz no endurezcamos el corazón. Las palabras que leemos en el profeta son casi las mismas que hallamos también en el Evangelio. En efecto, en el Evangelio dice el Señor: Mis ovejas oyen mi voz, y en el salmo afirma el profeta: Nosotros, su pueblo (el del Señor, ciertamente), el rebaño que él guía, ojalá escuchemos hoy su voz y no endurezcamos el corazón.

Escucha, finalmente, al profeta Habacuc; él no disimula la increpación del Señor, sino que la medita asiduamente y por ello exclama: Me pondré de centinela, me plantaré en la atalaya, velaré para escuchar lo que me dice, lo que responde a mis quejas. Procuremos, hermanos, ponernos también nosotros de centinela, porque la vida presente es tiempo de lucha.

Que nuestra vida tenga su centro en nuestro interior, donde Cristo habita, y que nuestros actos sean reflexivos y nuestras obras según los dictados de la razón; pero de tal forma que no confiemos excesivamente en nuestros actos ni nos fiemos excesivamente de nuestras simples reflexiones.



DEL GRANDÍSMO PELIGRO QUE HAY EN ESTIMAR LA HONRA Y LOS OFICIOS DE MANDO



Una cosa es amar la honra o estimación humana por sí misma y parando en ella, y esto es malo y otra cosa es cuando estas cosas se aman por algún buen fin, y esto no es malo. 

Claro es que una persona que tiene mando o estado de aprovechar a otros, puede querer aquella honra y estima para tratar su oficio con mayor provecho de los otros; pues que si tienen en poco al que manda, tendrán en poco su mandamiento, aunque sea bueno. 

Está escrito (Eccli., 41, 15): "Ten cuidado de la buena fama". 

Es a Dios a quien tenemos que dar gloria, como la solemos dar viendo una rosa, o un árbol con fruto y frescura. Esto es lo que manda el santo Evangelio (Mí., 5, 13), que luzca nuestra luz delante de los hombres, de manera que, viendo nuestras buenas obras, den gloria al celestial Padre, del cual procede todo lo bueno. Y este intento de la honra de Dios y de aprovechar a los prójimos movió a San Pablo (2 Cor., 4) a contar de sí mismo grandes y secretas mercedes que nuestro Señor le había hecho.

Es muy difícil no pegarse al corazón la honra que de fuera nos dan, así es cosa dificultosa y que muy pocos la alcanzan. Porque, como San Crisóstomo dice: 

«Andar entre honras y no pegarse al corazón del honrado, es como andar entre hermosas mujeres sin alguna vez mirarlas con ojos no castos.» 

Se requiere mayor virtud para tener mando que para obedecer. Cosa es de grandísimo espanto, que pudiendo un hombre andar seguramente por tierra llana, escoja los peligros de andar por la mar; y no con bonanza, sino con tempestades continuas. Porque, según San Gregorio dice: «¿Qué otra cosa es el poderío de la alteza sino tempestad del ánima?» Y tras estos trabajos y peligros que en lugar alto hay, sucede aquélla terrible amenaza dicha por Dios, aunque de pocos oída y sentida, (Sab., 6): Juicio durísimo será hecho en los que tienen mando. 


-Fuente: San Juan de Ávila, Libro espiritual-

CUANDO TE MIRO, BUEN JESÚS, Tito Brandsma, santo Carmelita



Cuando te miro, buen Jesús, advierto
en ti el amor del más querido amigo,
y siento que, al amarte yo, consigo
el mayor galardón, el bien más cierto.

Este amor tuyo -bien lo sé- produce
sufrimiento y exige gran coraje;
mas a tu gloria, en este duro viaje,
sólo el camino del dolor conduce.

Feliz en el dolor mi alma se siente:
la Cruz es mi alegría, no mi pena;
es gracia tuya que mi vida llena
y me une a ti, Señor, estrechamente.

Si quieres añadir nuevos dolores
a este viejo dolor que me tortura,
fina muestra serán de tu ternura,
porque a ti me asemejen redentores.

Déjame, mi Señor, en este frío
y en esta soledad, que no me aterra:
a nadie necesito ya en la tierra
en tanto que Tú estés al lado mío.

¡Quédate, mi Jesús! Que, en mi desgracia,
jamás el corazón llore tu ausencia:
¡que todo lo hace fácil tu presencia
y todo lo embelleces con tu gracia!


Este poema fue escrito por Tito Brandsma, santo Carmelita, el 1213 de febrero de 1942 delante de una estampa de Jesús, en la cárcel de Scheveningen. Tito tenía en su celda una estampa de Cristo crucificado de Fray Angélico. Para Tito, el acto de mirar la imagen de Jesús en su celda no era unilateral. Se basaba en la amistad. Es una mirada que se devuelve. Del amado al amado. Una mirada que viaja de un lado a otro en comprensión, apoyo y amor mutuos. 

EN PASTOS JUGOSOS APACENTARÉ A MIS OVEJAS



No os descarriéis entre la niebla, escuchad más bien la voz del pastor. Retiraos a los montes de las santas Escrituras, allí encontraréis las delicias de vuestro corazón, nada hallaréis allí que os pueda envenenar o dañar, pues ricos son los pastizales que allí se encuentran. Venid, pues, vosotras, solamente vosotras, las ovejas que estáis sanas; venid, y apacentaos en los montes de Israel.

En los ríos y en los poblados del país. Desde los montes que os hemos mostrado fluyen, abundantes, los ríos de la predicación evangélica, de los cuales se dice: A toda la tierra alcanza su pregón; a través de estos ríos de la predicación evangélica el mundo entero se ha convertido en alegre y rico pastizal, donde pueden apacentarse los rebaños del Señor.

Las apacentaré en ricos pastizales, tendrán sus dehesas en los montes más altos de Israel, esto es, hallarán un lugar del que podrán decir: «Bien estamos aquí; aquí hemos encontrado y nos han manifestado la verdad; no nos han engañado.» Se recostarán bajo la claridad de Dios, y en la luz de Dios encontrarán su descanso. Dormirán, es decir, descansarán, se recostarán en fértiles campos.

Y pastarán pastos jugosos en los montes de Israel. Ya hemos dicho más arriba que los montes de Israel son unos montes buenos, hacia los cuales levantamos nuestros ojos, pues de ellos nos viene el auxilio. Aunque, en realidad, el auxilio nos viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Por ello, para que no pongamos nuestra confianza en un monte, por muy bueno que nos parezca, se nos dice a continuación: Yo mismo apacentaré a mis ovejas. Levanta, pues, tus ojos a los montes, de donde te vendrá el auxilio, pero espera únicamente en el que te dice: Yo mismo te apacentaré, pues, tu auxilio te viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Y concluye, diciendo: Las apacentaré con justicia. Fíjate cómo él es el único que puede apacentar con justicia. Pues, ¿quién puede juzgar al hombre? La tierra entera está llena de juicios temerarios. En efecto, aquel de quien desesperábamos, en el momento menos pensado, súbitamente se convierte y llega a ser el mejor de todos. Aquel, en cambio, en quien tanto habíamos confiado, en el momento menos pensado, cae súbitamente y se convierte en el peor de todos. Ni nuestro temor es constante ni nuestro amor indefectible.

Lo que sea en el día de hoy el hombre apenas si lo sabe el propio hombre, aunque, quizá, en alguna manera, lo que es hoy sí que puede saberlo; pero lo que uno será mañana ni uno mismo lo sabe. El Señor, en cambio, que conoce lo que hay en el hombre, puede apacentar con justicia, dando a cada uno lo que necesita: A éste, esto; a ése, eso; a aquél, aquello: a cada cual según sus propias necesidades, pues él sabe bien qué es lo que debe hacer.

Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores

(Sermón 46, 24-25. 27: CCL 41, 551-553)


LA LUCHA POR LA SANTIDAD



Quien desea conquistar la santidad no puede dejar nunca de combatir contra todo lo que se opone a la perfección. El primerísimo y más frecuente combate que tendrá que sostener día por día será el atacar a sus pasiones, especialmente a aquellas que más le atacan su alma, y el tratar de ir consiguiendo poco a poco pero sin cansase ni desanimarse, las virtudes contrarias a sus malas costumbres, pasiones, e indebidas inclinaciones. 

No debemos ponernos plazos, pues lo importante no es en cuánto tiempo se consigue la victoria, sino en no dejar de luchar, aunque los éxitos que se van consiguiendo no sean muy rápidos y notorios. Dios no sólo premia las victorias conseguidas sino sobre todo los esfuerzos hechos por obtenerlas. Nuestro deber no es alcanzar la perfección sino tender continuamente hacia ella.

En el combate contra las malas tendencias es necesario no dejar un sólo día sin hacer algo por progresar en la virtud, porque en esto sucede como a los que van remando río arriba: si sueltan por un momento los remos se los lleva la corriente.

No debemos creer jamás que ya hemos llegado, pues nos  equivocaremos totalmente. Esto llevaría a no aprovechar las nuevas ocasiones que se presentan cada día de practicar la virtud y de rechazar el mal.

No perdamos ninguna ocasión, por el contrario aprovechemos lo más posible cada ocasión que se nos presente de practicar cualquiera de las virtudes, ya sea la paciencia, el silencio, la humildad, la caridad, la alegría, la piedad, el perdón etc. 

Y huyamos con pavor de toda ocasión de pecar. Huir, huir siempre, porque la seducción o atracción hacia el mal es de todas las fuerzas la que más arrastra, y aún a las personas más fuertes se las lleva como a una hoja el viento.


-El combate espiritual, P. Lorenzo Scúpoli-

LA SANTA MISA EXPLICADA POR SAN PÍO DE PIETRELCINA (Testimonio del P. Derobert, hijo espiritual del Padre Pío)


El Padre Pío me había explicado poco después de mi ordenación sacerdotal que celebrando la Eucaristía había que poner en paralelo la cronología de la Misa y la de la Pasión. Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, de que el sacerdote en el Altar es Jesucristo. Desde ese momento Jesús en su Sacerdote, revive indefinidamente la Pasión.

Desde la señal de la cruz inicial hasta el ofertorio es necesario reunirse con Jesús en Getsemaní, hay que seguir a Jesús en su agonía, sufriendo ante esta "marea negra" de pecado. Hay que unirse a él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica había que escuchar las lecturas de la misa como estando dirigidas personalmente a nosotros.

El Ofertorio, es el arresto. La Hora ha llegado...

El Prefacio, es el canto de alabanza y de agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar por fin a esta "Hora".

Desde el comienzo de la Plegaria Eucarística hasta la Consagración nos encontramos ¡rápidamente! con Jesús en la prisión, en su atroz flagelación, su coronación de espinas y su camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén teniendo presente en el "momento" a todos los que están allí y a todos aquellos por los que pedimos especialmente.

La Consagración nos da el Cuerpo entregado ahora, la Sangre derramada ahora. Es místicamente, la crucifixión del Señor. Y por eso el Padre Pío de Pietrelcina sufría atrozmente en este momento de la Misa.

Nos reunimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante, al Padre, el Sacrificio Redentor. Es el sentido de la oración litúrgica que sigue inmediatamente a la Consagración.

El "Por él, con él y en él" corresponde al grito de Jesús: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu". Desde ese momento, el Sacrificio es consumado y aceptado por el Padre. Los hombres, en adelante, ya no están separados de Dios y se vuelven a encontrar unidos. Es la razón por la que, en este momento, se recita la oración de todos los hijos: "Padre Nuestro....."

La fracción del Pan marca la muerte de Jesús.....

La intinción, el instante en el que el Padre, habiendo quebrado la Hostia (símbolo de la muerte...) deja caer una partícula del Cuerpo de Cristo en el Cáliz de la preciosa Sangre, marca el momento de la Resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo y es a Cristo vivo a quien vamos a recibir en la comunión.

La bendición del Sacerdote marca a los fieles con la cruz, como signo distintivo y a la vez como escudo protector contra las astucias del Maligno....

Se comprenderá que después de haber oído de la boca del P. Pío tal explicación, sabiendo bien que él vivía dolorosamente esto, me haya pedido seguirle por este camino...lo que hago cada día...¡y con cuánta alegría!.

ORACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS




Sagrado Corazón de Jesús,
Os pido por mis parientes y mis bienhechores, 
Corazón de Jesús, el más amante, agradecido 
y mejor de los hijos. 
Os pido por los niños y los jóvenes,
guardad su inocencia; avivad su fe; 
dadles el valor cristiano; haceos amar de ellos.
Corazón de Jesús, Corazón de Padre 
y Corazón de Madre, que nos engendrasteis 
en vuestra muerte, que nos abreváis con vuestra 
Sangre, y que nos seguís por 
donde quiera siempre para defendernos. 
Os pido por todos los pobres pecadores, 
Corazón de Jesús, Hostia de propiciación 
para sus crímenes, Víctima santa que por 
su salud os inmoláis todos los días en el altar. 
Os pido por los agonizantes, Corazón de Jesús, 
que nos guardáis en el Viático los frutos saludables 
de vuestra agonía y de vuestra muerte. 
Os pido por todos los que lloran, por los perseguidos 
y por los miserables, Corazón compasivo,
que habéis conocido la amargura de 
las lágrimas y que estáis tan abandonado en 
vuestro Sacramento. 
Os pido por mi por patria: dadle un gobierno 
cristiano; proteged todas las instituciones 
que os sirven: os lo pido, Corazón de Jesús, 
que amáis á todas las almas, 
os pido por las que gimen en el Purgatorio, y 
os ofrezco los méritos de esta adoración en sufragio 
de las más olvidadas y de mis familiares. 
Os pido, en fin, por mí mismo: mis necesidades 
son inmensas; abrid sobre mí los ojos de 
vuestro Corazón piadosísimo.

-Manual de Adoración, R.P.A. Tesniére-


ESTREMECEDOR RELATO DE LA VIRGEN MARÍA ACERCA DE LA PASIÓN DE CRISTO -¡Que siempre lo tengan en su memoria!-


Cuando mi Hijo murió yo era como una mujer con el corazón traspasado por cinco espadas. 

La primera fue su vergonzosa y afrentosa desnudez.

La segunda espada fue la acusación contra Él, pues le acusaron de traición, de falsedad y de perfidia. Él, quien yo sabía que era justo y honesto y que nunca ofendió ni quiso ofender a nadie. 

La tercera espada fue su corona de espinas, que perforó su sagrada cabeza tan salvajemente que la sangre saltó hasta su boca, su barba y sus oídos. 

La cuarta espada fue su voz mortecina en la cruz, con la que gritó al Padre diciéndole: ‘Padre ¿por qué me has abandonado? Era como si dijera: ‘Padre, nadie se apiada de mí, sólo tú’. 

La quinta lanza que cortó mi corazón fue su amarguísima muerte.

Su preciosísima sangre se le derramaba por tantas venas como espadas traspasaron mi corazón. Las venas de sus manos y pies fueron horadadas, y el dolor de sus nervios perforados le llegaba hasta el corazón y desde su corazón volvía de nuevo a recorrer sus terminaciones nerviosas. Su corazón era fuerte y vigoroso, al haber sido dotado de una buena constitución, esto hacía que su vida resistiera luchando contra la muerte y que su amargura se prolongara aún más en el colmo de su dolor.  A medida que su muerte se aproximaba y su corazón reventaba ante tan insoportable dolor, de repente todo su cuerpo se convulsionó y su cabeza, que se le iba hacia atrás, pareció erguirse de alguna manera. Abrió levemente sus ojos semicerrados y a la vez abrió su boca, de forma que pudo verse su lengua ensangrentada. Sus dedos y brazos, que habían estado muy contraídos, se le estiraron. 

Nada más entregar su espíritu, su cabeza se abatió sobre su pecho. Sus manos se corrieron un poco desde el lugar de las heridas y sus pies tuvieron que soportar la mayor parte del peso. Entonces, mis manos se resecaron, mis ojos se nublaron en oscuridad y mi rostro se quedó lívido como la muerte. Mis oídos no oían nada, mis labios no podían articular palabra, mis pies no me sostenían y mi cuerpo cayó al suelo.

Cuando me levanté y vi a mi hijo, con un aspecto peor que un leproso, le entregué toda mi voluntad, sabiendo que todo había ocurrido según su voluntad y no habría sucedido si él no lo hubiese permitido. Le di las gracias por todo y cierto júbilo se entremezcló con mi tristeza, porque vi que Él, quien nunca había pecado, por su grandísimo amor, quiso sufrirlo todo por los pecadores. 

¡Que esos que están  en el mundo contemplen lo que pasé cuando murió mi Hijo, y que siempre lo tengan en su memoria!”.


-Las Profecías y Revelaciones de Santa Brígida de Suecia-

EL CORAZÓN DE JESÚS EN LA EUCARISTÍA



El Corazón de Jesús es también el Corazón universal,
el Corazón de todos los hombres, el Corazón del mundo
entero: fue abierto sobre la Cruz y permanece
abierto en la Eucaristía, a fin de que todos podamos
entrar en Él: es tan grande, que todos
caben allí; tan vigilante, que nada acontece que
El no lo sepa; tan sensible, que parece ser el
Corazón de todos, experimentando en sí mismo
lo que todos experimentan.
Sobre estos títulos apoyo mi oración, oh Jesús,
y sé que Vos no los negaréis.
Corazón de Jesús, esposo de la Iglesia,
que la habéis amado tanto hasta hacerla nacer de
vuestro costado abierto y que la alimentáis con
vuestra Carne, dadle la paz, extended su imperio y dadle su autoridad social sobre todas las naciones cristianas.
Corazón de Jesús, Pastor eterno, obispo de nuestras
almas y fuente del sacerdocio, que amáis a vuestros
sacerdotes hasta darles el derecho de inmolaros
todos los días, dad a los Obispos y a los sacerdotes
el celo por las almas para daros a conocer y amar.


-El Corazón de Jesús en la Eucaristía, R.P.A. Tesniére-

SOLO EL AMOR PERMANECE

Antes de volar a Dios, Santa Isabel de la Trinidad escribe a una amiga: 

«Se acerca la hora en que voy a pasar de este mundo a mi Padre, y antes de partir quiero enviaros una palabra de mi corazón, un testamento de mi alma. Nunca estuvo tan exuberante de amor el corazón del Maestro como en el instante supremo en que iba a dejar a los suyos. Me parece que algo análogo pasa en su pequeña esposa en la tarde de su vida y siento como una ola que sube de mi corazón hasta el vuestro... A la luz de la eternidad, el alma ve las cosas en su verdadero punto. ¡Qué vacío es todo lo que no ha sido hecho por Dios y con Dios! Os ruego marquéis todo con el sello del amor. Sólo eso permanece.»

Es el último pensamiento que dirige a sus hermanas que rezan a su alrededor las oraciones de los agonizantes: «En la tarde de la vida todo pasa, sólo el amor permanece. Hay que hacerlo todo por amor.»


- La doctrina espiritual de sor Isabel de la Trinidad, por M.M. Philpon-



CRUZ DE CRISTO, Himno

Cruz de Cristo,
cuyos brazos
todo el mundo han acogido.


Cruz de Cristo,
cuya sangre
todo el mundo ha redimido.

Cruz de Cristo,
luz que brilla
en la noche del camino.

Cruz de Cristo,
cruz del hombre,
su bastón de peregrino.

Cruz de Cristo,
árbol de vida,
vida nuestra, don eximio.

Cruz de Cristo,
altar divino
de Dios-Hombre en sacrificio. 
Amén.

MOSTRÁOS CON UNA LUZ MÁS VIVA



¡Oh Bondad inmensa!; ¡con cuánta ternura
me habéis siempre tratado! Cuando yo era nada, Vos me
criasteis; cuando os abandono, me buscáis; cuando huyo,
me detenéis y me, atáis con vuestro amor. 
¡Qué feliz sería si pudiera multiplicar mi corazón 
para poder amaros cien mil veces más de lo que os amo, 
para poder alabaros sin cesar! 
¡Qué dichosa es el alma a quien miráis con misericordia, 
a quien de tal modo ganáis con vuestro amor que
no pueda más encontrar descanso sino en Vos!
Ya que Vos sois la Sabiduría eterna a quien amo y a
quien adoro, no despreciéis a vuestra criatura; compadeceos 
más bien de este pobre corazón, helado y yerto por
las vanidades del mundo. Sacadlo de sus lazos y de sus
tinieblas, iluminadlo, y otorgadme la gracia de poder
acercarme a Vos.
¿Será posible amarnos y no decirnos nada? Ya lo sabéis; 
mi corazón no descansa más que pensando en Vos,
y suspirando por vuestra presencia. El verdadero amante 
no desea otra cosa que gozar de la presencia del amado: 
y si queréis que a Vos solamente ame, y que os ame
cada vez más, es preciso que se me os mostréis con una
luz más viva, y que me concedáis un conocimiento
 todavía mayor de vuestra Bondad.

-Beato Enrique Suson-

ÚNICA APARICIÓN DE SAN JOSÉ SOLO

 


El 7 de junio de 1660, hace más de 360 años, San José se apareció a un joven pastor en el monte Bessillon, en la localidad francesa de Cotignac. Esta es la única vez en la que el Santo Custodio de la Familia de Nazaret se apareció solo, un hecho reconocido por la Iglesia Católica.

 El 7 de junio de 1660, el pastor Gaspar Ricard d´Estienne se refugió con sus animales a la sombra de los árboles del cerro del Bessillon, en la provincia de Var, municipio de Cotignac (Francia). Estaba sediento, pues hacía mucho calor. De pronto, un hombre de contextura imponente surgió delante de él y señalando una roca, le dijo:

- Yo soy José. Levanta esa roca y beberás.

- No podré, es demasiado pesada.

- Sí podrás.

Entonces, el pastor se acerca y con gran sorpresa mueve la roca al primer intento. Y una fuente de agua viva comienza a fluir en el lugar. Gaspar corre y bebe con avidez. Cuando se levanta, el hombre había desaparecido. El pastor corre a anunciar la novedad al pueblo, donde nadie le cree. Pero algunas personas deciden seguirlo para ver el supuesto manantial.

A su llegada, todos gritan de alegría, porque el agua corre en abundancia desde hace tres horas y todos constatan que la roca que Gaspar movió tan fácilmente, no se mueve, si no la empujan al menos ocho hombres juntos. Entonces, Gaspar adquiere conciencia de la fuerza que le fue dada por el cielo y exclama:

- El que estaba ahí era san José, él me dio fuerza.

Todos se arrodillan y le dan gracias a san José. Posteriormente, las curaciones obtenidas por la aplicación del agua milagrosa atraen multitudes hacia el cerro del Bessillon. El culto a san José, hasta entonces inexistente en la comarca, toma un impulso extraordinario y se extiende rápidamente por toda la Provenza. Y con los donativos recibidos y con la aprobación del obispo de Fréjus, se construye una capilla en el lugar. El rey de Francia Luis XIV decretó que, a partir de ese momento, la fiesta de san José fuera día festivo en todo el reino de Francia. Al año siguiente, el 19 de marzo de 1661, el rey consagró Francia a san José.

En marzo de 1917, el entonces Obispo de Fréjus-Toulon, Mons. Félix Guillibert, afirmó en una carta que la brevedad del mensaje de San José en la aparición de 1660 muestra que el Santo Custodio "no es hablador".

Hasta el día de hoy se puede ver en el lugar una inscripción tomada del libro de Isaías: "Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación".


- Fuente: Aciprensa -

GRACIAS, SEÑOR POR EL DÍA


Gracias, Señor, por el día,
por tu mensaje de amor
que nos das en cada flor;
por esta luz de alegría,
te doy las gracias, Señor.

Gracias, Señor, por la espina
que encontraré en el sendero,
donde marcho pregonero
de tu esperanza divina;
gracias, por ser compañero.

Gracias, Señor, porque dejas
que abrase tu amor mi ser,
porque haces aparecer
tus flores a mis abejas,
tan sedientas de beber.

Gracias por este camino,
donde caigo y me levanto,
donde te entrego mi canto
mientras marcho peregrino,
Señor, a tu monte santo.

Gracias, Señor, por la luz
que ilumina mi existir;
por este dulce dormir
que me devuelve a tu cruz.
¡Gracias, Señor, por vivir! Amén.

SANTO ERES SEÑOR, FUENTE DEL AMOR

Padre Celestial, verdaderamente eres importante 
en nuestra vida, 
eres lo más íntimo y valioso que tenemos.
Tú llenas de sentido nuestra existencia,
de paz nuestro corazón,
de esperanza nuestros malos momentos.
Tú creaste el Universo 
y dejaste a la humanidad la responsabilidad 

de llevarlo a su perfección.
Desde entonces el mundo se debate 
entre el amor y el egoísmo 
y no acabamos de conseguir un mundo 
como a ti y a nosotros nos gustaría.
Muchas personas han vivido y viven ese gran ideal 
de amor sin fronteras,
deseando ver nacer un mundo de hermanos, 
donde todos estemos unidos, 
donde sólo se hable de paz.
Nosotros nos encontramos entre ellas, 
a pesar de nuestros defectos, 
gracias a que te hemos conocido 
y, desde entonces, queremos vivir en tu Amor.
Queremos hoy y siempre agradecértelo 
y decirte con todas nuestras fuerzas, 
unidos a todos los que han compartido 
y comparten este sentimiento:
SANTO, SANTO, SANTO...
Santo eres, Señor, fuente del Amor.
De ti procede todo brote de misericordia y de generosidad.
Te sentimos como nuestro Creador y Padre, 
como Origen y Destino de nuestras vidas.
Y esto, gracias a Jesús, tu Hijo,
que un día decidió integrarse en nuestro mundo 
para decirnos directamente, sin intermediarios, 
lo que nos amas; 
para acercarnos a Ti 
y hacernos sentir tu presencia 
más profundamente que la nuestra.
Sufrió un rechazo por parte de los poderes establecidos 
y, sabiendo próxima su muerte, 
quiso reunir a los suyos para celebrar su despedida.
En esa última cena....
Éste es el sacramento de nuestra fe, 
y cada vez que lo celebramos 
sentimos especialmente tu presencia, 
esperando el momento en que vuelvas.
Jesús, queremos darte las gracias por lo que hiciste. 
Nosotros, casi dos mil años después,
te conocemos gracias a una larga cadena de seguidores tuyos 
y a tu presencia constante por encima del tiempo.
Un día te respondimos que eras Cristo 
y que queríamos seguirte por encima de todo, 
unirnos a ti en tu ideal
de hacer realidad el Reino de Dios en el mundo, 
aportando un poco de luz y sal 
en la construcción de un universo 
más fraternal y solidario.
Hoy revivimos ese compromiso 
y manifestamos querer seguir ese proceso sin límites.

-Plegarias, Deme Orte-

CREO EN EL ESPÍRITU SANTO


Yo creo en el Espíritu Santo, 
Espíritu de paz y de unidad, 
que nos hace hablar una misma lengua, 
que llevará a cumplimiento 

todo lo que Jesús 
nos prometió. 
Él es el Espíritu de las promesas 
hechas desde antiguo por Dios 
y renovadas por Jesús, 
el Hijo Primogénito del Padre. 
Yo creo en el Espíritu santo 
que vive en la Iglesia, 
que habla por los profetas, 
que nos resucitará 
para una vida sin fin. 
Yo creo en el Espíritu Santo, 
Señor y dador de vida, 
aliento de todo lo bueno que existe, 
fuerza de toda vida que nace, 
soplo de toda inspiración y creación. 
Yo creo en el Espíritu Santo, 
está presente de mil maneras 
en la sonrisa abierta, 
en la mano tendida, 
en la poesía callada, 
en la música sonora, 
en el amor entregado, 
en la mirada enamorada, 
en el intento nuevo de superación, 
en el peso de los años del anciano, 
en los cálculos del laboratorio, 
en lo más oculto de nuestro barrio, 
en lo más impensado de nuestro mundo, 
en los rincones mismos de donde le echamos... 

-Álvaro Ginel-

JESÚS, PELÍCANO BUENO

 Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

- Santo Tomás de Aquino-



Desde muy antiguo, la iconografía cristiana ha representado a Jesús con la imagen de un pelícano. Su significado simbólico radica en que esta ave, en tiempos de escasez, cuando sus polluelos están muy hambrientos, en lugar de dejarlos morir de hambre, los nutre con la carne y sangre que saca de su pecho con su propio pico. Tan admirable comportamiento condujo a relacionar a esa ave con Jesucristo, quien ofrece su propio cuerpo y sangre en la eucaristía para alimentarnos. 

La eucaristía es un alimento saludable que nos hace sentirnos hermanos, comunidad, asamblea eclesial, miembros del cuerpo místico de Cristo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17).

Jesús, el Pelícano bueno, se entregó con y por amor, para y por nosotros. La vivencia eucarística  es imposible sin una comunión fraterna de amor. No puede concebirse una comunidad dividida y enfrentada en desunión total. Puede haber en la asamblea pobres y ricos, de diferentes ideologías, razas y naciones; pero todos en igualdad y amor de hermanos. Y esto, ¿realmente lo hacemos vida? El amor a Dios y el amor al prójimo deben estar intrínsecamente unidos.

Fr. Rodolfo Méndez

Real Convento de Predicadores, Valencia

LA HORA DEL ESPÍRITU


 A nuestros corazones 
la hora del Espíritu ha llegado, 
la hora de los dones 
y del apostolado: 
lenguas de fuego y viento huracanado. 
Oh, Espíritu, desciende: 
orando está la Iglesia que te espera: 
visítanos y enciende, 
como la vez primera, 
los corazones en la misma hoguera. 
La fuerza y el consuelo, 
el río de la gracia y de la vida 
derrama desde el cielo: 
la tierra envejecida 
renovará su faz reverdecida. 
Gloria a Dios, uno y trino: 
al Padre Creador, al Hijo amado, 
y Espíritu divino 
que nos ha regalado; 
alabanza y honor le sea dado. Amén. 

-Liturgia de las Horas-

SAN AGUSTÍN Y EL MISTERIO DE LA TRINIDAD

 


Un día San Agustín paseaba por la orilla del mar, dando vueltas en su cabeza a muchas de las doctrinas sobre la realidad de Dios, una de ellas la doctrina de la Trinidad. De repente, alza la vista y ve a un hermoso niño, que está jugando en la arena, a la orilla del mar. 

Le observa más de cerca y ve que el niño corre hacia el mar, llena el cubo de agua del mar, y vuelve donde estaba antes y vacía el agua en un hoyo. Así el niño lo hace una y otra vez. Hasta que ya San Agustín, sumido en gran curiosidad se acerca al niño y le pregunta:

- "Oye, niño, ¿qué haces?" Y el niño le responde: 

-"Estoy sacando toda el agua del mar y la voy a poner en este hoyo". Y San Agustín dice:

- "Pero, eso es imposible". Y el niño responde: 

-"Más imposible es tratar de hacer lo que tú estas haciendo: Tratar de comprender en tu mente pequeña el misterio de Dios".

CONTEMPLAD AL SEÑOR Y QUEDAREIS RADIANTES


Dulce es la luz, como dice el Eclesiastés, y es cosa muy buena contemplar con nuestros ojos este sol visible. Sin la luz, en efecto, el mundo se vería privado de su belleza, la vida dejaría de ser tal. Por esto Moisés, el vidente de Dios, había dicho ya antes: Y vio Dios que la luz era buena. Pero nosotros debemos pensar en aquella magna, verdadera y eterna luz que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre, esto es, Cristo, salvador y redentor del mundo, el cual, hecho hombre, compartió hasta lo último la condición humana; acerca del cual dice el salmista: Cantad a Dios, tocad en su honor, alfombrad el camino del que avanza por el desierto; su nombre es el Señor: alegraos en su presencia.

Aplica a la luz el apelativo de dulce, y afirma ser cosa buena el contemplar con los propios ojos el sol de la gloria, es decir, a aquel que en el tiempo de su vida mortal dijo: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Y también: La causa de la condenación es ésta: Que la luz ha venido al mundo. Así, pues, al hablar de esta luz solar que vemos con nuestros ojos corporales, anunciaba de antemano al Sol de justicia, el cual fue en verdad sobremanera dulce para aquellos que tuvieron la dicha de ser instruidos por él y de contemplarlo con sus propios ojos mientras convivía con los hombres, como otro hombre cualquiera, aunque en realidad no era un hombre como los demás. En efecto, era también Dios verdadero, y por esto hizo que los ciegos vieran, que los cojos caminaran, que los sordos oyeran, limpió a los leprosos, resucitó a los muertos con el solo imperio de su voz.

Pero también ahora es cosa dulcísima fijar en él los ojos del espíritu, y contemplar y meditar interiormente su pura y divina hermosura y así, mediante esta comunión y este consorcio, ser iluminados y embellecidos, ser colmados de dulzura espiritual, ser revestidos de santidad, adquirir la sabiduría y rebosar, finalmente, de una alegría divina que se extiende a todos los días de nuestra vida presente. Esto es lo que insinuaba el sabio Eclesiastés cuando decía: Si uno vive muchos años, que goce de todos ellos. Porque realmente aquel Sol de justicia es fuente de toda alegría para los que lo miran; refiriéndose a él dice el salmista: Gozan en la presencia de Dios, rebosando de alegría; y también: Alegraos, justos, en el Señor, que merece la alabanza de los buenos.


Del Comentario de san Gregorio de Agrigento, obispo, sobre el Eclesiastés

(Libro 10, 2: PG 98, 1138-1139)

QUÉ HERMOSOS SON LOS PIES

¡Qué hermosos son los pies
del que anuncia la paz a sus hermanos!
¡Y qué hermosas las manos
maduras en el surco y en la mies!

Grita lleno de gozo,
pregonero, que traes noticias buenas:
se rompen las cadenas,
y el sol de Cristo brilla esplendoroso.

Grita sin miedo, grita,
y denuncia a mi pueblo sus pecados;
vivimos engañados,
pues la belleza humana se marchita.

Toda yerba es fugaz,
la flor del campo pierde sus colores;
levanta sin temores,
pregonero, tu voz dulce y tenaz.

Si dejas los pedazos
de tu alma enamorada en el sendero,
¡qué dulces, mensajero,
qué hermosos, que divinos son tus pasos! Amén.

CONSEJOS ANTE LAS TENTACIONES:


La estrategia fundamental para prevenir las tentaciones la sugirió Nuestro Señor Jesucristo a los discípulos de Getsemaní en la noche de la cena: «Velad y orad para no caer en la tentación» (Mt. 26,41). Se impone la vigilancia y la oración. 

a) Vigilancia.—El demonio no renuncia a la posesión de nuestra alma. Si a veces parece que nos deja en paz y no nos tienta, es tan sólo para volver al asalto en el momento menos pensado. 

Esta vigilancia se ha de manifestar en la huida de todas las ocasiones, en el dominio de nosotros mismos, particularmente del sentido de la vista y de la imaginación; en el examen preventivo, en la frecuente renovación del propósito firme de nunca más pecar, en combatir la ociosidad, madre de todos los vicios, y en otras cosas semejantes. Estamos en estado de guerra con el demonio, y no podemos abandonar nuestro puesto de guardia y centinela, si no queremos que se apodere por sorpresa, en el momento menos pensado, de la fortaleza de nuestra alma. 

b) Oración.—No bastan nuestra vigilancia y nuestros esfuerzos. La permanencia en el estado de gracia, y, por consiguiente, el triunfo contra la tentación, requiere una gracia eficaz de Dios, que sólo puede obtenerse por vía de oración.  Por eso Cristo nos enseñó en el Padre nuestro a pedirle a Dios que «no nos deje caer en la tentación». 

Y es muy bueno y razonable que en esta oración preventiva invoquemos también a María, nuestra buena Madre, que aplastó con sus plantas virginales la cabeza de la serpiente infernal, y a nuestro ángel de la guarda, uno de cuyos oficios principales es precisamente el de defendernos contra los asaltos del enemigo infernal.


-Antonio Royo Marín, teología de la perfección cristiana-

ZAQUEO

 Jesús, de paso hacia Jerusalén, entró en Jericó. La curiosidad y los rumores de que acababa de hacer un nuevo milagro devolviendo la vista a Bartimeo, un ciego a quien todos conocían en Jericó, hizo que una gran multitud se conglomerase en la puerta de la ciudad.

Entre esos curiosos estaba un tal Zaqueo, jefe y director de los aduaneros de la zona.  Era pequeñito de estatura, dice el evangelista por lo que, en las aglomeraciones de multitudes, estaba condenado a no ver nada, por eso, entre el mar de gentes no lograba distinguir al famoso maestro galileo. 

Pero Zaqueo era hombre tozudo, así que buscó un sicomoro que resistiera su peso, y se encaramó en él.

Cuando Jesús pasó ante él, no pudo dejar de percibir la extraña figura de aquel hombre subido como un chiquillo sobre un árbol. Quizá preguntó de quién se trataba y alguien le explicó que era un famoso ricachón que les exprimía a todos con los impuestos que, para colmo, revertían luego en las arcas romanas. A Jesús no le fue difícil adivinar qué gran corazón se escondía tras el pequeño cuerpecillo y afrontó la situación con un cierto humorismo. Comenzó por llamar a Zaqueo por su nombre, como si se tratase de un viejo camarada y siguió por autoinvitarse a su casa.

"Baja pronto, porque hoy me hospedaré en tu casa" (Lc 19,5).

La sorpresa de Zaqueo debió ser enorme, pero sin hacer una pregunta, bajó del árbol y corrió hacia su casa para que todo estuviera dispuesto cuando Jesús llegase.

Pero no todos asistieron a la escena con la misma limpieza. Muchos murmuraban de que hubiera entrado a alojarse en casa de un hombre pecador (Lc 19,7). ¿Es que no había en todo Jericó un centenar de casas «limpias» que hubiera podido escoger mejor que la de ese impuro? Zaqueo es un traidor al nacionalismo judío, un enemigo del pueblo escogido y, por tanto, de Dios. 

Cuando Jesús llegaba, desde la misma puerta y ante el amplio grupo de apóstoles y curiosos que lo acompañaban, hizo una solemne proclamación: Señor, desde hoy mismo doy la mitad de mis bienes a los pobres y, si a alguien le he defraudado en algo, le devolveré el cuádruplo. La misma audacia generosa que le lleva a subirse al sicomoro, prescindiendo de todo respeto humano, es la que le empuja ahora a una decisión tan radical. No va a dar una pequeña limosna, va a dar la mitad de su hacienda. No va a devolver lo que haya podido robar, va a multiplicarlo por cuatro.

Jesús ahora sonríe: he aquí alguien que le ha entendido sin demasiadas explicaciones, he aquí un corazón como los que él mendiga. Dice: Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto que éste es verdaderamente un hijo de Abraham. Y luego, repitiendo algo que ya ha dicho muchas veces, añade: Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10).

Quienes oyen esta frase sienten en sus almas un nuevo latigazo: ven en ella un nuevo reto a los fariseos, para quienes lo perdido está perdido para siempre.  ¡Otra vez el predicador que desordena el orden establecido y coloca a los pecadores y prostitutas por encima, en su interés, de los santos y los puros!.


-Jose Luis Martín Descalzo, La Cruz y la Gloria-

CONOZCAMOS EL AMOR DE CRISTO, QUE EXCEDE TODO CONOCIMIENTO (santa Rosa de Lima)


 

El Salvador levantó la voz y dijo, con incomparable majestad:

«¡Conozcan todos que la gracia sigue a la tribulación. Sepan que sin el peso de las aflicciones no se llega al colmo de la gracia. Comprendan que, conforme al acrecentamiento de los trabajos, se aumenta juntamente la medida de los carismas. Que nadie se engañe: ésta es la única verdadera escala del paraíso, y fuera de la cruz no hay camino por donde se pueda subir al cielo!»

Oídas estas palabras, me sobrevino un ímpetu poderoso de ponerme en medio de la plaza para gritar con grandes clamores, diciendo a todas las personas, de cualquier edad, sexo, estado y condición que fuesen:

«Oíd, pueblo; oíd, todo género de gentes: de parte de Cristo y con palabras tomadas de su misma boca, yo os aviso: Que no se adquiere gracia sin padecer aflicciones; hay necesidad de trabajos y más trabajos, para conseguir la participación íntima de la divina naturaleza, la gloria de los hijos de Dios y la perfecta hermosura del alma.»

Este mismo estímulo me impulsaba impetuosamente a predicar la hermosura de la divina gracia, me angustiaba y me hacía sudar y anhelar. Me parecía que ya no podía el alma detenerse en la cárcel del cuerpo, sino que se había de romper la prisión y, libre y sola, con más agilidad, se había de ir por el mundo, dando voces:

«¡Oh, si conociesen los mortales qué gran cosa es la gracia, qué hermosa, qué noble, qué preciosa, cuántas riquezas esconde en sí, cuántos tesoros, cuántos júbilos y delicias! Sin duda emplearían toda su diligencia, afanes y desvelos en buscar penas y aflicciones; andarían todos por el mundo en busca de molestias, enfermedades y tormentos, en vez de aventuras, por conseguir el tesoro inestimable de la gracia. Esta es la mercancía y logro último de la constancia en el sufrimiento. Nadie se quejaría de la cruz ni de los trabajos que le caen en suerte, si conociera las balanzas donde se pesan para repartirlos entre los hombres.»

De los Escritos de santa Rosa de Lima, virgen

LA DEVOCIÓN A LA EUCARISTÍA ATENÚA EL PURGATORIO


 

A Santa Gertrudis se le aparece, después de muerta, una religiosa fallecida en la flor de la edad y en gracia del Señor después de una continua adoración al Santísimo Sacramento. 

Se le aparece radiante de luz celeste, arrodillada ante el Divino Maestro que hacía salir de sus heridas gloriosas, cinco rayos luminosos que iban a tocar dulcemente los cinco sentidos de la piadosa hermana. Sin embargo ceñía la frente de ésta, una nube de profunda tristeza. 

Santa Gertrudis extrañada preguntó al Señor por qué mientras Él favorecía a su sierva de un modo tan especial, ella no parecía gozar de una gloria perfecta, Jesús responde: 

“Recién ahora esta alma fue juzgada digna de contemplar solamente mi humanidad glorificada y mis cinco heridas, en consideración a su devoción hacia el misterio Eucarístico. Pero no puede ser admitida todavía a la visión beatífica porque tiene algunas manchas pequeñísimas cometidas por ella en la práctica de la regla.

Y porque la santa intercedía por ella, Jesús le hace conocer que sin sus numerosos sufragios aquella alma no habría podido terminar su pena todavía. 

El amor que en vida había tenido a Jesús Sacramentado le hacía contemplar su Divina Humanidad, como la había contemplado velada en la Hostia Santa.

He aquí un ejemplo que demuestra cómo la Divina Eucaristía atenúa en las almas purgantes la pena de la privación de Dios.


- El Purgatorio, P. Dolindo Ruotolo-

ORACIÓN DE LA NOCHE (Padre Ignacio Larrañaga)



Padre mío, ahora que las voces se silenciaron y
los clamores se apagaron, aquí, al pie de la
cama, mi alma se eleva hasta Ti para decirte
gracias. Creo en Ti, espero en Ti, te amo con
todas mis fuerzas.
Deposito en tus manos la fatiga y la lucha, las
alegrías y los desencantos de este día que quedó
atrás. Si los nervios me traicionaron, si los
impulsos egoístas me dominaron, si di entrada al
rencor o a la tristeza, ¡perdón, Señor!
Ten piedad de mí.
Si he sido infiel, si pronuncié palabras vanas, si
me dejé llevar por la impaciencia, si fui espina
para alguien, ¡perdón, Señor! No quiero
entregarme al sueño esta noche, sin sentir sobre
mi alma la seguridad de tu dulce misericordia.
Te doy gracias, Padre mío, porque has sido la
sombra fresca que me ha cobijado durante todo
este día. Te doy gracias porque, invisible,
cariñoso, envolvente, me has cuidado a lo largo
de estas horas.
Señor, a mi alrededor ya todo es silencio y calma.
Envía al ángel de la paz a esta casa. Relaja mis
nervios, sosiega mi espíritu, suelta mis tensiones,
inunda mi ser de silencio y serenidad.
Vela sobre mí, Padre querido, mientras me
entrego confiado al sueño, como un niño que
duerme feliz en tus brazos. En tu nombre, Señor,
descansaré tranquilo. Amén.

EDITH STEIN SE CONVIERTE AL LEER EL LIBRO DE LA VIDA, AUTOBIOGRÁFÍA DE SANTA TERESA DE JESÚS (DE ÁVILA)




En el verano de 1921, Edith visita a unos amigos, éstos se marchan de viaje, ella se queda sola en la casa, va a la biblioteca y coge el primer libro que encuentra: es la Vida de Santa Teresa de Jesús escrita por ella misma. Empieza a leer el libro y no lo deja hasta que lo acaba, cuando ya es de madrugada. Cuando cierra el libro dirá: «Ésta es la verdad». 

En el libro de la Vida, Santa Teresa narra cómo Dios irrumpe en su vida, iluminándola con una Sabiduría superior, y lo narra con humildad, con transparencia, con una gran sinceridad. 

Y Edith se deja seducir por la experiencia de Teresa, porque ella da testimonio de un Dios muy distinto al de la filosofía o de la ciencia, un Dios que, antes que nada y por encima de todo, es amor, ese Dios que habita en una luz inaccesible, es cercano, y Edith ve que aquí sí está la verdad que ella busca. 

Después de leer la Vida de Santa Teresa se ilumina su propia vida, decide convertirse al catolicismo y más tarde ingresará de carmelita para caminar hacia el encuentro íntimo con Dios.

 La nueva convertida describe la experiencia de su conversión: 

“Me siento... como alguien, que estuvo en peligro de ahogarse, y al que luego en una habitación clara y caliente, se le regaló paz y acogida, aunque sigue teniendo ante sus ojos aquel mar oscuro. Qué no sentiría una persona así regalada sino una especie de «escalofrío» a la vez que una inmensa gratitud por aquel brazo fuerte, que le había cogido y salvado a tierra segura...”. 

Afirmará más tarde, “la vida me ha tirado por tierra, pero el cristianismo bendito me ha dado fuerzas para retornarla otra vez, agradecida. Por eso puedo hablar, en el sentido más profundo, de un renacimiento. 


(EDITH STEIN, UNA MUJER INTELECTUAL Y SANTA por María del Pilar Vila Griera)

SEGUIR A CRISTO POR EL CAMINO DE LA HUMILDAD Y DE LA CRUZ



Jesús reina siempre en mi corazón. El Señor me pide que sea humilde, que llore mis pecados, que le ame mucho, que ame mucho a mis hermanas, que no las mortifique en nada, ni yo me mortifique por nada, que viva muy recogida en él sin voluntad propia, completamente abandonada en la suya divina. En este valle de lágrimas no pueden faltar penas, y hemos de estar contentas por tener que ofrecer algo a nuestro amantísimo Jesús, que tanto quiso sufrir por nuestro amor. 

El camino de la cruz es el más recto para unirse con Dios y, por tanto, es el que siempre debemos desear; que el Señor no permita que yo me separe de su divina voluntad. 

¡Bendito sea Dios que nos da estos trabajos para ofrecérselos por su amor! Ya llegará el día en que nos alegremos de haberlos sufrido. Entretanto, seamos generosas, sufriendo todo, si no podemos con alegría, por lo menos con mucha conformidad con la divina voluntad, de quien tanto padeció por nuestro amor, que por grandes que sean nuestros sufrimientos, nunca llegarán a los suyos. 

Si quiere ser perfecta, procure ser lo primero muy humilde de pensamiento, palabra, obras y deseos. Estudie bien lo que esto quiere decir y trabaje con fervor para conseguirlo. Tenga siempre presente la mirada en nuestro amantísimo Jesús, preguntándole en lo íntimo de su corazón lo que quiere de usted, y no se lo niegue jamás, aunque tenga que hacer mucha violencia a su natural. 

¡Bendito sea quien nos lo proporciona todo para nuestro bien! Teniéndole a él, todo lo tenemos. 


- De las cartas y escritos de la beata María Sagrario de San Luis Gonzaga, virgen y mártir Carmelita -

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