EN LA CRUZ HALLAMOS EL EJEMPLO DE TODAS LAS VIRTUDES


 

¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir: la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.

Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen a causa del pecado.

La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo aquel que quiera llevar una vida perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.

Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y, por esto, si él entregó su vida por nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.

Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir pacientemente grandes males, o sufrir, sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia.

Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.

Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Si por la desobediencia de uno - es decir, de Adán- todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.

Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en quien están encerrados todos los tesoros del saber y el conocer, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien finalmente, dieron a beber hiel y vinagre.

No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se repartieron mis ropas; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre.


(Santo Tomás de Aquino, presbítero y doctor de la Iglesia)`

LO DISPUSO TODO CON SUAVIDAD (Santa Ángela de Mérici, virgen)


Queridísimas madres y hermanas en Cristo Jesús: En primer lugar, poned todo vuestro empeño, con la ayuda de Dios, en concebir el propósito de no aceptar el cuidado y dirección de los demás, si no es movidas únicamente por el amor de Dios y el celo de las almas.

Sólo si se apoya en esta doble caridad, podrá producir buenos y saludables frutos vuestro cuidado y dirección, ya que, como afirma nuestro Salvador: Un árbol sano no puede dar frutos malos.

El árbol sano, dice, esto es, el corazón bueno y el ánimo encendido en caridad, no puede sino producir obras buenas y santas; por esto, decía san Agustín: «Ama, y haz lo que quieras»; es decir, con tal de que tengas amor y caridad, haz lo que quieras, que es como si dijera: «La caridad no puede pecar».

Os ruego también que tengáis un conocimiento personal de cada una de vuestras hijas, y que llevéis grabado en vuestros corazones no sólo el nombre de cada una, sino también su peculiar estado y condición. Ello no os será difícil si las amáis de verdad.

Las madres en el orden natural, aunque tuvieran mil hijos, llevarían siempre grabados en el corazón a cada uno de ellos, y jamás se olvidarían de ninguno, porque su amor es sobremanera auténtico. Incluso parece que cuantos más hijos tienen, más aumenta su amor y el cuidado de cada uno de ellos. Con más motivo, las madres espirituales pueden y deben comportarse de este modo, ya que el amor espiritual es más poderoso que el amor que procede del parentesco de sangre.

Por lo cual, queridísimas madres, si amáis a estas vuestras hijas con una caridad viva y sincera, por fuerza las llevaréis a todas y cada una de ellas grabadas en vuestra memoria y en vuestro corazón.

También os ruego que procuréis atraerlas con amor, mesura y caridad, no con soberbia ni aspereza, teniendo con ellas la amabilidad conveniente, según aquellas palabras de nuestro Señor: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, imitando a Dios, del cual leemos: Lo dispuso todo con suavidad. Y también dice Jesús: Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

Del mismo modo, vosotras tratadlas siempre a todas con suavidad, evitando principalmente el imponer con violencia vuestra autoridad: Dios, en efecto, nos ha dado a todos la libertad y, por esto, no obliga a nadie, sino que se limita a señalar, llamar, persuadir. Algunas veces, no obstante, será necesario actuar con autoridad y severidad, cuando razonablemente lo exijan las circunstancias y necesidades personales; pero, aun en este caso, lo único que debe movernos es la caridad y el celo las almas.

LO QUE PARECÍA MOLESTO, ES LO QUE HA SALVADO A TODO EL MUNDO

 Lo que parecía molesto, es lo que ha salvado a todo el mundo

San Juan Crisóstomo, obispo
Homilías sobre la carta a los Romanos (Homilía 15, 2: PG 60, 542-543) (del lecc. par-impar)
A los que llamó, los justificó. Los justificó por el baño regenerador. A los que justificó, los glorificó. Los glorificó por la gracia, por la adopción. ¿Cabe decir más? Que es como si dijera: No me hables más de peligros ni de insidias tramadas por todos. Pues si es verdad que hay quienes no tienen fe en los bienes futuros, no pueden negar sin embargo la evidencia de los bienes ya recibidos: por ejemplo, el amor que Dios te ha mostrado, la justificación, la gloria.
Y todo esto se te ha concedido en atención a lo que parecía molesto: y todo aquello que tú considerabas deshonroso: cruz, las torturas, las cadenas, fue lo que restableció el orden en todo el mundo. Y así como él se sirvió de su pasión, es decir de aquello que se presentaba como sufrimiento, para restablecer la libertad y la salvación de toda la naturaleza humana, así obra contigo: cuando sufres, se sirve de este sufrimiento para tu salvación y para tu gloria.
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién no está contra nosotros?, se pregunta. Pues hemos de admitir que todo el mundo, dictadores, pueblos, parientes y conciudadanos están contra nosotros. Sin embargo, todos esos que están contra nosotros están tan lejos de hacernos mal que hasta son agentes involuntarios de nuestras victorias y de los beneficios mil que nos vienen, pues la sabiduría de Dios troca sus asechanzas en salvación y gloria para nosotros.
¿Ved cómo nadie está contra nosotros? Pues lo que más renombre dio a Job fue precisamente que el diablo en persona tomó las armas contra él: se valió contra él de sus amigos, de su esposa, de las llagas, de los criados, urdiendo contra él mil otras maquinaciones. Y no obstante no le sucedió ningún mal. Si bien todo esto, con ser una gran cosa, no es la mayor: lo realmente extraordinario es que todo esto se trocó en bien y en una ganancia. Como Dios estaba de su parte, todo lo que parecía conspirar contra él, cedía en favor suyo.
Les pasó lo mismo a los apóstoles: judíos, paganos, falsos hermanos, príncipes, pueblos, hambre, pobreza y otras muchas cosas se pusieron en contra suya. Pero nada pudo contra ellos. Y lo más maravilloso era que todo esto les hacía más espléndidos, ilustres y dignos de alabanza ante Dios y los hombres. Por eso dice: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?
Y no contento con lo dicho, te pone en seguida ante la mayor prueba de amor de Dios para con nosotros, prueba sobre la que insiste una y otra vez: la muerte del Hijo. No sólo -dice- nos justificó, nos glorificó y nos predestinó a ser imagen suya, sino que no perdonó a su Hijo por ti. Por eso añadió: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Cómo podrá abandonarnos quien por nosotros no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros? Piensa en el gran peso de bondad que supone no perdonar a su propio Hijo, sino entregarlo y entregarlo por todos, por los hombres viles, ingratos, enemigos y blasfemos. ¿cómo no nos dará todo con él? Es como decir: si nos ha dado a su Hijo, y no sólo nos lo ha dado, sino que lo entregó a la muerte, ¿cómo puedes dudar de lo demás, si has recibido al Señor? ¿Cómo puedes abrigar dudas respecto a las posesiones, poseyendo al Señor?



PASTORCILLO DE MI ALMA


 Jesús mío, mi amor, mi hermoso Niño, te amo tanto... Tú lo sabes, pero yo quiero amarte más: haz que te ame hasta donde no pueda amarte más una criatura, que te ame, hasta morir...

Ven a mí, Niño mío; ven a mis brazos, ven a mi pecho, reclínate sobre mi corazón un instante siquiera, embriágame con tu amor, Pero si tanta dicha no merezco, déjame al menos que te adore, que doblegue mi frente sobre el césped que huellas con tus plantas, cuando andas en el pastoreo de tu rebaño.

Pastorcillo de mi alma, pastorcito mío, mira esta ovejita tuya cómo ansiosa te busca, cómo anhela por ti. Quisiera morar contigo para siempre y seguirte a donde quiera que fueras para ser en todo momento iluminada con la lumbre de tus bellísimos ojos y recreada con la sin par hermosura de tu rostro y regalada con la miel dulcísima que destila de tus labios. Quisiera ser apacentada de tu propia mano y que nunca más quitaras tu mano de ella. Más, quisiera Jesús mío: quisiera posar mis labios sobre la nívea blancura de tus pies.

Si, amor, mío, no quieras impedirme tanto bien; déjame que me anonade a tus plantas y me abrace con tus pies y los riegue con las lágrimas salidas de mi pecho amante, encendidas en el sagrado fuego de tu amor; déjame besarte y después... no quiero más, muérame luego. Si, muérame amándote, muérame por tu amor, muérame por ti, niño mío que eres sumo bien, mi dicha, mi hermosura, la dulzura de mi alma, la alegría de mi pecho, la paz de mi corazón, el encanto de mi vida. Ah, morir enfermo de amor y de amor por ti, luz mía, que dicha para mi alma, qué consuelo, qué felicidad.

Todo tuyo es mi ser, pues de la nada lo creaste, y me lo diste y otra vez vino a ser tuyo cuando me redimiste y con el precio de tu sangre me compraste; y otras tantas veces, hasta hoy he sido tuyo, cuantos son los instantes que he vivido pues esta vida que tengo, tú mismo a cada instante me la otorgas, la conservas y la guardas.

Por eso, Jesús mío, a ti quiero tornarme, de quien tantos bienes en uno he recibido. Tú, pues serás, de hoy más mi dueño único. Tú el único amado de mi alma, porque sólo tú eres mi padre y mi hermano y mi amigo; y solo tú eres mi rey, y creador y redentor, y tú solo mi Dios y mi soberano Señor.

Dulce Jesús mío Divino Niño de mi alma: dime una vez más que sí me amas y dame en prenda de amor, de amor eterno, tu santa bendición. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


(Padre Juan del Rizzo)

JESÚS NOS PROMETIÓ LA VIDA ETERNA



Emigremos por la caridad, habitemos allá arriba por la caridad. Por la misma caridad con que amamos a Dios.

Durante nuestra presente peregrinación, pensemos continuamente que nuestra permanencia en esta vida es transitoria, y así, con una vida santa, nos iremos preparando un puesto allí de donde nunca habremos de emigrar. 

Pues nuestro Señor Jesucristo, una vez resucitado, ya no muere más. Esto es lo que hemos de amar. Veamos qué es lo que nos ha prometido: no riquezas temporales y terrenas ni honores o ejecutorias de poder en este mundo, pues ya veis que todo esto se da también a los hombres malos, para que no sea sobrevalorado por los buenos. Ni la salud corporal; y no es que no la dé, sino que, como veis, se la da también al ganado. Ni una larga vida. ¿Cómo llamar largo lo que un día se acaba? Ni como algo extraordinario, nos prometió a nosotros los creyentes, la longevidad o una decrépita ancianidad, a la que todos aspiran antes de llegar y de la que todos se lamentan una vez que han llegado. Ni la belleza corporal, que la enfermedad o la deseada ancianidad hacen desaparecer.

Querer ser hermoso, querer ser anciano: he aquí dos deseos imposible de armonizar. Si eres anciano, no serás hermoso.

Así que no es esto lo que nos prometió el que dijo: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.

Prometió la vida eterna, donde no hemos de temer, donde no seremos perturbados, de donde no emigraremos, en donde no moriremos; donde ni se llorará al predecesor ni se esperará al sucesor. Y por ser de este orden las cosas que prometió a los que le amamos y a los que nos urge la caridad del Espíritu Santo, por eso no quiso darnos el Espíritu hasta ser glorificado. De este modo, en su propio cuerpo pudo mostrarnos la vida, que ahora no tenemos, pero que esperamos en la resurrección.


(San Agustín)

POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


Dígnate, adorable Salvador mío, por tu preciosa Sangre, por tu dolorosa Pasión y cruelísima muerte; por los tormentos que tu augusta Madre sufrió al pie de la cruz cuando te vio exhalar el último aliento; dígnate dirigir una mirada de piedad al seno profundo del Purgatorio y sacar de allí las almas que gimen privadas temporalmente de tu vista, y que suspiran por el instante de reunirse contigo en el paraíso celestial. 

Principalmente te pido por las almas de mis familiares, amigos y de aquellos por quienes más particularmente debo pedir, como son las almas más olvidadas y necesitadas.

No desoigas, Señor mis ruegos, que uno a los que por todos los fieles difuntos te dirige nuestra santa madre la Iglesia Católica, a fin de que tu misericordia las lleve allá donde con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por todos los siglos de los siglos. 

Amén, Jesús.

MARÍA, MADRE DE DIOS


 La maternidad divina de María es confirmada por el evangelista Lucas (Lc. 1, 39-45) en el pasaje en el que describe la visita de María a su prima Isabel, cuando ésta exclama: ¿”Cómo es que la Madre de mi Señor viene a mí”? Isabel se dirige a María como la “madre de mi Señor”. 

Esa palabra “Señor”, que en la versión griega está escrita como Kyrios, se refiere a Dios. Isabel utiliza la misma palabra que María ha utilizado al dar su consentimiento a la misión que Dios le proponía. María dice: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. María, sin duda, se refiere a Dios. 

Por lo mismo, Isabel también se está refiriendo a Dios cuando se dirige a María como “Madre de mi Señor”. Isabel reconoce a María como Madre del Mesías, Madre de aquel a quien puede ser dirigido el título divino de “Señor”.  Además, Lucas también señala que Isabel había quedado “llena del Espíritu Santo” y bendice a María y al hijo que lleva en sus entrañas.

María es verdadera Madre, ya que ella fue participe activa de la formación de la naturaleza humana de Cristo, de la misma manera en la que todas las madres contribuyen a la formación del fruto de sus entrañas. María es verdadera Madre porque Jesús es verdadero Hombre. 

Al mismo tiempo, en las Sagradas Escrituras encontramos numerosos pasajes en los que se afirma que Jesús es el Hijo de Dios. 

Lo que pertenece a Jesús o se afirma de Él, pertenece a la persona del Verbo. Y como ya hemos indicado, en las Escrituras también se afirma que María es la Madre de Jesús. Por lo que podemos concluir que si Jesús es el Verbo de Dios, María es también la Madre de Dios. 


(María, Madre de Dios y de la Iglesia, Concepcionistas, misioneras de la enseñanza).

LA TRINIDAD ES EL TODO


 

Allí donde actúa el Padre, allí opera el Hijo y el Espíritu Santo.  Viven de una misma Luz, de un mismo Amor, gozan de una misma beatitud en la contemplación de su propia Belleza eterna, en la posesión de una misma Divinidad a Tres.

El Padre ama al Hijo, el Hijo ama al Padre, el Padre y el Hijo se aman y nos aman en el Espíritu Santo, como nos conocen en el mismo Verbo.

Plenamente de acuerdo, en su consejo eterno, los Tres han decidido asociarnos a su vida íntima para que seamos «consumados» en Ellos «en la unidad».

Así el más inescrutable de los misterios se ha convertido para nosotros en el más familiar, el más caro (querido) a nuestras almas.  Nuestra vida espiritual no es más que una extensión de la vida de la Trinidad.  ¿Cómo no vendría el Padre a habitar en nosotros con su Hijo y su Espíritu de amor? Ahí está la Trinidad invitándonos a «vivir juntos» su amistad. 

La Trinidad en nosotros y nosotros en la Trinidad, en una vida de unión eterna: tal es el secreto de nuestro destino divino y ya, por anticipado, de nuestra felicidad acá abajo.

¿Qué importa lo demás? ¿Qué me importan todas las riquezas de este mundo si yo llegase a perder la Trinidad? Y si yo poseo la Trinidad, ¡qué me importan todos los tesoros del universo! Para mí, la Trinidad es el todo.


(M. PHILIPON, O. P., "La Trinidad en mi vida)

APROVECHAR EL TIEMPO

 
No puedes pensar en un San José ocioso. 
Tampoco en un San José febril, acongojado… 
Piensa con amor en el carpintero diligente, sin altibajos, 
sereno, sin nerviosismos. 
Ni un minuto desperdiciado. Tensión…, pero de voluntad…, 
de voluntad inflexible y serena, no de nervios.
¿Por qué no imitas a San José en tu modo de trabajar, de estudiar? 
Piensa un rato en el tiempo. ¿Concibes su valor? 
Gloria de Dios, Sangre de Cristo, almas, santidad, grados de felicidad 
perpetua… “Recoged las sobras para que nada se pierda”, 
dice Cristo tras la multiplicación de los panes. 
Para la turba, aun para los apóstoles todavía, los fragmentos nada valen. 
Para Cristo, son pan que puede saciar a otros hambrientos; 
son partecitas del milagro de su amor…
Al dividir tu tiempo, quedarán “fragmentos” …, momentos 
perdidos… Esos minutos pueden salvar almas, pueden saciar la 
sed asfixiante de amor que atormenta el Corazón de Cristo… 
Aprende de José a trabajar, a aprovechar el tiempo con avaricia 
santa. Dile con toda el alma: José bendito, quiero seguir tus 
ejemplos, pero soy débil, inconstante. Préstame tu ayuda 
poderosa. Tú todo lo puedes y yo todo lo necesito…
 
San José, modelo de laboriosidad, ruega por nosotros.
(Mes de San José)

IMITAR LA PASIÓN DE CRISTO

 




JESÚS (Sabiduría):

-Estaba yo clavado en el árbol de la Cruz, sobre el cual me había puesto el amor, con todo mi cuerpo maltratado y desfigurado, los ojos sangrientos y lívidos, los oídos taponados de injurias y blasfemias, el paladar anegado de amargura, y toda mi delicadísima carne cubierta de llagas afrentosas y horribles. 

En vano buscaba un alivio que no podría encontrar en todo el mundo. Mi cabeza, agravada por el dolor, colgaba sobre mi pecho; mi cuello estaba plagado de heridas; mi rostro cubierto de salivas; todo mi ser revestido de una horrible palidez de muerte; y tal había quedado toda la majestad de mi cuerpo, que no parecía sino un leproso desgraciado. ¡Y con todo, Yo era la Sabiduría Eterna, más hermosa que el sol que alumbra el universo! 

Discípulo: 

- ¡Oh espejo resplandeciente de todas las gracias, en cuyo rostro desean mirarse los ángeles del cielo!; ¡oh Verbo de la Luz, delicia del paraíso y gloria de los cielos! ¡Ah...! si hubiera yo podido en aquellos momentos tener reclinada sobre mi pecho aquella cara tan amable, tan pálida, tan ensangrentada, tan desfigurada..., la hubiera lavado con lágrimas de mi Corazón, y mi alma se hubiera desahogado con aquellos gemidos. ¡Ay...!, ¿por qué no tendré yo todo el llanto y todas las lágrimas de todos los santos? 

JESÚS (Sabiduría):

-El mejor modo de compartir mis dolores consiste en que los grabes por medio de actos en tu alma y en tu cuerpo. Prefiero el desprendimiento de todo lo terreno, el estudio e imitación de mis ejemplos, la transformación de una alma que imita mi Pasión.


(Tratado de la eterna sabiduría, beato Enrique Susón)

MARÍA,TOMA EN TUS BRAZOS A LOS NIÑOS ABORTADOS



Oh María, Madre de Jesús, a ti que se te confió ser la Madre del Hijo único de Dios, Nuestro Salvador, gracias a tu obediente consentimiento a la Voluntad de Dios, y que así te has convertido para todos los pueblos de todos los tiempos en el modelo de la
fe y del amor maternal: toma en tus brazos de madre a todos los niños que perecen víctimas del aborto, a fin de que puedan recibir eternamente la consolación del amor de una madre. 

Que pueda tu ejemplo e intercesión abrir los corazones de todos los que rechazan a Dios y a Sus santas leyes, reconfortar a todos los que sufren remordimientos por culpa de un aborto, y restaurar la esperanza en Cristo para todas estas madres y estos padres que se han arrepentido y lloran la pérdida de sus hijos. 

Amén

EL ESCAPULARIO ROJO



ORIGEN DEL ESCAPULARIO ROJO O ESCAPULARIO DE LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO:

En la ciudad de Troyes, Francia, el 26 de julio de 1846 Nuestro Señor se apareció a Sor Apolina Andriveau Hija de la Caridad. Dejemos que sea ella misma quien nos narre esta manifestación:

“Habiéndome subido a la capilla antes de la bendición del Santísimo, me pareció ver a nuestro Señor, que tenía en la mano derecha un escapulario rojo suspendido de dos cintas del mismo color; sobre uno de los extremos se veía la figura del Crucifijo, al pie del cual estaban los instrumentos más dolorosos de la Pasión tales como los azotes, el martillo, la lanza, la túnica de la que había sido revestido su cuerpo ensangrentado. Alrededor del crucifijo se leía esta inscripción: “Santa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, Sálvanos”

“En el otro extremo de las cintas y en la misma clase de tela estaban representados su Sagrado Corazón y el de su Bendita Madre. Una cruz colocada en el centro y poco más arriba, parecía unir los dos corazones; alrededor, ésta inscripción: “Sagrados Corazones de Jesús y María, Protégenos”

“Un Domingo por la tarde estaba yo haciendo el Viacrucis. En la décima tercera estación, me pareció que la Santísima Virgen ponía entre mis brazos el cuerpo sagrado de nuestro Divino Salvador que me decía: “el mundo se pierde, porque no piensa en la Pasión de Jesucristo. Haz cuanto puedas para salvarlo“.

Y continúa la vidente, diciendo:

“Creo que la Pasión de Jesucristo es el medio más eficaz de convertir a los pecadores y de reanimar la fe de los justos. ¿Quién podrá resistir a un Dios expirando por Amor a los hombres? “

La aparición de nuestro Señor con el escapulario en la mano se repitió varias veces; una de ellas en la exaltación de la Santa Cruz en 1847. Allí nuestro Señor le dijo: “los que lleven este escapulario, recibirán todos los Viernes la remisión de todos los pecados y un gran aumento de Fe, Esperanza y Caridad”

Y como la iglesia es muy prudente ante estas apariciones, luego de una cuidadosa investigación, el Beato Papa Pio IX, aprobó la propagación del escapulario de la Pasión el 25 de junio de 1847.




MENSAJE DEL ESCAPULARIO:

De ninguna manera podemos hablar de Cristo Crucificado quedándonos en el Viernes santo, sin mirarlo desde la luz de la Pascua de Resurrección. No podemos vivir con Jesús sino muriendo con Él, sólo reinaremos con Él si con Él sufrimos.

El escapulario de la Pasión es un instrumento de la Gracia de Dios que nos mueve a la conversión continua, a dejarnos tocar y lavar por la Sangre preciosa de Cristo, que se derramó por todos los pecadores. El color rojo del escapulario de la pasión es evocación de la Sangre derramada por nuestra Salvación y un símbolo de un amor en el que hemos de participar en Jesús Crucificado, Fuente y Modelo de ese amor. No es un amuleto o un talismán de buena suerte sino una visualización de la infinita y constante misericordia de Dios que nos llama a estar siempre con El como discípulos suyos, siguiendo las huellas de su vida, pasión, muerte y resurrección.

El escapulario de la Pasión, nos lleva a honrar el Corazón de Cristo, inseparablemente unido al Corazón de María que es quien nos lo dió, es acudir precisamente a la expresión más profunda de la Misericordia de Dios. El Señor resucitado mostró a sus apóstoles sus manos y su costado, antes de subir al cielo.

¡Oh, Jesús mío, qué poco conocemos tu misericordia! ¡Qué poco pensamos en tus sufrimientos que son los que nos han adquirido esa misericordia!


Sor Apolina Andriveau, Hija de la Caridad

ACTO DE ADORACIÓN



Vengo, Jesús mío, a visitarte. Te adoro en el sacramento de tu amor. Te adoro en todos los Sagrarios del mundo. Te adoro, sobre todo, en donde estás más abandonado y eres más ofendido. 

Te ofrezco todos los actos de adoración que has recibido desde la institución de este Sacramento y recibirás hasta el fin de los siglos. Te ofrezco principalmente las adoraciones de tu Santa Madre, de San Juan, tu discípulo amado, y de las almas más enamoradas de la Eucaristía. Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. 

Ángel de mi Guarda, ve y visita en mi nombre todos los Sagrarios del mundo. Di a Jesús cosas que yo no sé decirle, y pídele su bendición para mí.

SU BONDAD PROVENÍA DEL MISMO DIOS, FUENTE DE TODO BIEN


 

Hermanos, como sabéis, la conmemoración anual de esta santa mártir nos reúne en este lugar para celebrar principalmente su glorioso martirio, que pertenece ya al pasado, pero que es también actual, ya que también ahora continúa su victorioso combate por medio de los milagros divinos por los que es coronada de nuevo todos los días y recibe una incomparable gloria.

Es una virgen, porque nació del Verbo inmortal (quien también por mi causa gustó de la muerte en su carne) e indiviso Hijo de Dios, como afirma el teólogo Juan: A cuantos le recibieron, les da poder para ser hijos de Dios.

Esta mujer virgen, la que hoy os ha invitado a nuestro convite sagrado, es la mujer desposada con un solo esposo, Cristo, para decirlo con el mismo simbolismo nupcial que emplea el apóstol Pablo.

Una virgen que, con la lámpara siempre encendida, enrojecía y embellecía sus labios, mejillas y lengua con la púrpura de la sangre del verdadero y divino Cordero, y que no dejaba de recordar y meditar continuamente la muerte de su ardiente enamorado, como si la tuviera presente ante sus ojos.

De este modo, su mística vestidura es un testimonio que habla por sí mismo a todas las generaciones futuras, ya que lleva en sí la marca indeleble de la sangre de Cristo, de la que está impregnada, como también la blancura resplandeciente de su virginidad.

Águeda hizo honor a su nombre, que significa «buena»; ella fue en verdad buena por su identificación con el mismo Dios; fue buena para su divino Esposo y lo es también para nosotros, ya que su bondad provenía del mismo Dios, fuente de todo bien.

En efecto, ¿cuál es la causa suprema de toda bondad sino aquel que es el sumo bien? Por esto, difícilmente hallaríamos algo que mereciera, como Águeda, nuestros elogios y alabanzas.

Águeda, buena de nombre y por sus hechos; Águeda, cuyo nombre indica de antemano la bondad de sus obras maravillosas, y cuyas obras corresponden a la bondad de su nombre; Águeda, cuyo solo nombre es un estímulo para que todos acudan a ella, y que nos enseña también con su ejemplo a que todos pongamos el máximo empeño en llegar sin demora al bien verdadero, que es sólo Dios.

(San Metodio de Sicilia, obispo)

Del sermón sobre santa Águeda (Analecta Bollandiana 68, 76-78

DEBEMOS INVOCAR A SAN JOSÉ


Para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia,  juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen-Madre de Dios, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. 

Hemos visto la devoción a San José, que en el pasado han desarrollado y gradualmente incrementado los Romanos Pontífices, crecer a mayores proporciones en nuestro tiempo, particularmente después que Pío IX proclamase, dando su consentimiento a la solicitud de un gran número de obispos, a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica. 

Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria. 


(CARTA ENCÍCLICA QUAMQUAM PLURIES DE LEÓN XIII SOBRE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ)

ORACIÓN PARA PEDIR LA GRACIA DE AMAR MÁS A MARÍA



¡Oh Virgen del Carmen, María Santísima! Vos sois la criatura más noble, la más sublime, la más pura, más bella y más santa de todas. ¡Oh si todos os conocieran, Señora y Madre mía, si todos os amaran como Vos merecéis! Pero me consuelo porque tantas almas dichosas en el Cielo y en la tierra viven enamoradas de vuestra bondad y belleza. 

Y me alegro más porque Dios os ama a Vos sola más que a todos los hombres y ángeles juntos. Reina mía amabilísima, yo, miserable pecador, también os amo, pero os amo poco en comparación de lo que Vos merecéis; quiero, pues, un amor más grande y tierno hacia Vos, y esto Vos me lo habéis de alcanzar, ya que amaros a Vos y llevar vuestro Santo Escapulario es una señal de predestinación a la gloria, y una gracia que Dios no concede sino a los que eficazmente quiere salvar. 

Vos, pues, que todo lo alcanzáis de Dios, conseguidme esta gracia: que mi corazón arda en vuestro amor, conforme al afecto que Vos me mostráis; que os ame como verdadero hijo, ya que Vos me amáis con el amor más tierno de Madre, para que, uniéndome con Vos por el amor aquí en la tierra, no me separe de Vos después en la eternidad. Amén.


(Oraciones a la Virgen del Carmen)

SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS



"Tú, Señor, me ordenaste, finalmente, beber del caudal que manaba de tu santísimo corazón, invitándome sacar las aguas de mi salvación de tu fuente, Salvador mío. 

Lo que yo más deseaba es que de ahí derivaran torrentes de fe, esperanza y caridad, en mi persona. Tenía sed de pobreza, castidad y obediencia, y te pedía que me purificaras y vistieras por completo. 

Por eso, tras haberme atrevido a acercarme a tu dulcísimo corazón, calmando en él mi sed, me prometías un vestido de tres piezas con que cubrir mi alma desnuda y realzar con éxito mi misión: las piezas eran la paz, el amor y la perseverancia. Revestido con este ornamento saludable, confiaba en que nada habría de faltarme, y que todo acontecería para tu gloria.»


(San Pedro Canisio)

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 ¡Oh Padre Eterno! Por medio del Corazón de Jesús, mi vida, mi verdad y mi camino, llego a Vuestra Majestad; por medio de este adorable Corazón, os adoro por todos los hombres que no os adoran; os amo por todos los que no os aman; os conozco por todos los que, voluntariamente ciegos, no quieren conoceros. Por este divinísimo Corazón deseo satisfacer a Vuestra Majestad todas las obligaciones que os tienen todos los hombres; os ofrezco todas las almas redimidas con la preciosa sangre de vuestro divino Hijo, y os pido humildemente la conversión de todas por el mismo suavísimo Corazón. No permitáis que sea por más tiempo ignorado de ellas mi amado Jesús; haced que vivan por Jesús, que murió por todas. Presento también a Vuestra Majestad, sobre este santísimo Corazón, a vuestros siervos, mis amigos, y os pido los llenéis de su espíritu, para que, siendo su protector el mismo deífico Corazón, merezcan estar con vos eternamente. Amén.

CON CRISTO CRUCIFICADO



Déjame que a tu lado ponga mi cruz, ¡oh Cristo!
Déjame que yo sea el ladrón tercero.
Déjame que mi sangre se mezcle con la tuya.
No permitas que nunca desde mi cruz blasfeme,
o que crea baldío este tiempo que piso.
Deja que no malgaste mi dolor y mis horas.
Déjame que descubra que tu muerte es mi vida.
Déjame que yo vende al menos tus heridas,
que unja la carne con nuestro pobre aceite,
que quite con cuidado tu corona de espinas,
que sepa amarte, muerto, ya que no supe vivo.
Duerme ahora y descansa, Señor, duerme y
confía,
que el mundo será mejor cuando vuelvas.
Yo sé que volverás, que tú no puedes morir del
todo.
José Luis Martín Descalzo

GUARDAR LOS MANDAMIENTOS



"El que me ama , dice el Señor , guardará mis mandamientos y mi Padre le amará, y yo le amaré , y vendremos a él y haremos morada en su corazón".(San Juan 14,23)

 Piensan algunos que el verdadero espíritu consiste solamente en sentimientos del corazón, ternuras del alma , visiones, revelaciones, raptos y cosas semejantes, y como hemos dicho, el verdadero espiritu nace de la pureza , luz y caridad. 

Estas da el Padre , Hijo y Espíritu Santo a quien guardare sus mandamientos. Esta observancia , dice San Epifanio es maestro, guía, camino y luz del verdadero espíritu y asi como quien quiere hacer una agradable música en la  vihuela, pone todas las cuerdas en sus clavijas estiradas y las va tocando artificiosamente con el dedo, de la misma manera , dice San Juan Crisóstomo quien quiere enamorar a Dios y darle la música espiritual , que más suavemente oyen sus oídos, ponga en la vihuela de su conciencia las leyes que ha de guardar , y tocando con el dedo de las buenas obras, que no bastan solo deseos y palabras.


P. Jerónimo Gracian

LA CITA DE UNA ESTRELLA

 


Juntos vivían los dos monjes en lo alto de la montaña: 
entrado en años uno, joven el otro. La figura del viejo ermitaño más parecía una gavilla de sarmientos: alto, seco, comida parca, sueño corto, duro consigo mismo. 
Antes de rayar el alba, ya estaba en oración. Cómo resplandecía su rostro de gozo cuando cada mañana iluminaba el sol la cumbre del monte y él, desde su alto coro de piedra, cantaba sobre el valle, todavía denso en brumas: 
- Montes y cumbres, manantiales y ríos, cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor. 
El monje joven, en cambio, era todo ojos para ver, todo oídos para escuchar cuanto hacía y decía el Maestro. Sentía verdadera veneración por él, porque más que un hombre, evocaba otra Presencia: la de Dios. 
Aquella cumbre era el lugar adecuado para su empeño contemplativo: lejanía del barullo de la ciudad, silencio creador, aire puro. 
Cierto, era el lugar más adecuado. Sólo tenía un pequeño inconveniente: periódicamente debían descender al valle, avituallarse de provisiones y emprender de nuevo la marcha, pendiente arriba, cargados de alimentos. 
A mitad del repecho bullía una fuente. Eso sí, cada vez que el viejo monje asceta en su fatigosa ascensión se acercaba a la fuente, ofrecía su sed a Dios... y pasaba de largo. Y Dios, que no se deja 
vencer en generosidad, se lo agradecía cada noche, haciendo aparecer una estrella. 
Era como la sonrisa de Dios, aceptando la renuncia de su 
fiel servidor. 
Pero aquel día, el venerable anciano dudaba. No es que a él le importara mucho beber: toda su vida había sido una larga cadena de renuncias; pero aquel novicio... Lo miraba y veía sudoroso, fatigado, los labios resecos, cargado con el pesado 
saco de alimentos. Dudaba... 
- ¿Qué hago? ¿Bebo... o no bebo? Si bebo, Dios 
no me sonreirá esta noche tras la estrella; pero si 
no bebo, tampoco beberá él. ¿Y llegará a la cumbre? ¿No desfallecerá por el camino? 
Era mediodía: quemaban la piedras del monte. 
- Pues beberé, se decidió al fin el viejo monje asceta: antes es el amor. Dios mismo lo ha dicho. 
Inmediatamente el joven novicio se deshizo de su fardo pesado de alimentos, se arrodilló y bebió largamente. Cuando hubo saciado su sed, refrescó rostro y muñecas con el agua fría, se volvió 
sonriente al Maestro y le dijo: 
- Gracias... ya no podía más: me estaba muriendo de sed. de verdad, se lo agradezco. 
Reemprendieron la marcha. Pero ahora, la que repentinamente se nubló fue el alma del viejo asceta: 
- No debía haber bebido... Treinta años pasando junto a la fuente, privándome de beber... Tantas y tantas sonrisas de Dios... Hice mal. ¡Esta noche no se me aparecerá Dios tras la estrella amiga! 
Llegaron tarde a la cumbre. Anochecía. Turbado como estaba, el monje anciano apenas probó bocado. Se retiró pronto a orar. Sus ojos no se atrevían a mirar al horizonte. Seguro, aquella noche no acudiría Dios a la cita de la estrella amiga. 
Entrada ya la noche, a hurtadillas, como de reojo, miró. Sí, miró y gritó. No se pudo contener. Sus ojos asombrados no veían una estrella: veían dos. 
Su viejo corazón de ermitaño se desbordaba: 
- Gracias por la lección.... ¡Gracias, Señor! 

-LÓPEZ ARRÓNIZ, Prudencio. “Más allá...”-

EL CORAZÓN DE JESÚS ESTÁ ABIERTO EN LA EUCARISTÍA


 
El Corazón de Jesús es el que está  
está sobre el altar, entre el cielo y la tierra, 
para presentir nuestras necesidades, 
recibir nuestras oraciones y llevarlas al trono de Dios: 
¿Cómo podría no ser escuchado
el que ha pagado con su sangre
todas las gracias?

Es el Corazón del Autor mismo y del Soberano 
Maestro de todos los bienes; Él puede dar 
libremente y como quiere y tanto como quiere 
y a quien quiere, porque lo que da, le pertenece.

¿quién, pues, oh Jesús, podría carecer de 
confianza para vuestro Corazón omnipotente? 
Es el Corazón de un Salvador cuya misión 
es aliviar todos nuestros sufrimientos, 
remediar todas nuestras miserias, socorrer todas 
nuestras necesidades, perdonar todas nuestras 
faltas; y para cumplirla fielmente, ha sido hecho 
de la misma naturaleza que nuestros corazones; 
ha contraído las mismas obligaciones, 
experimentado los mismos afectos, sentido las 
mismas penas, padecido los mismos sufrimientos,
todo esto, a fin de saber por experiencia 
compadecer nuestras debilidades y hacerse un 
corazón de misericordia infatigable. 

Es también el Corazón universal, el Corazón 
de todos los hombres, el Corazón del mundo 
entero: fué abierto sobre la Cruz y permanece 
abierto en la Eucaristía, a fin de que todos 
podamos entrar en él: es tan grande, que todos 
caben allí.

(A la persona del Cristo Eucarístico, por el Padre
 Tesniére, de la Congregación del Santísimo Sacramento).

LA HUMILDAD ES LA BASE DE LA SANTIDAD



Proponte, por tanto, corresponder generosamente (al amor de predilección de Dios para contigo), haciéndote digno de él; es decir, semejante a él en las perfecciones adorables ya indicadas en las Escrituras y en el Evangelio, y que tú ya has aprendido. 

Pero, hermano mío: para que se dé esta imitación, es necesaria la continua reflexión y meditación sobre su vida; de la reflexión y meditación nace la estima de sus actos; y de la estima, el deseo y el empeño de la imitación. Todo esto nos viene proporcionado por nuestras leyes.

Mantengámonos constantes en la exacta observancia de las mismas y seremos perfectos. Sobre todo tienes que insistir en lo que es la base de la santidad cristiana y el fundamento de la bondad: en la virtud de la que nuestro divino Maestro y nuestro seráfico Padre (San Francisco de Asís) se nos propone como modelos: me refiero a la humildad. Humildad interna y externa; más interna que externa; más vivida que mostrada; más profunda que visible.

(19 de agosto de 1918, carta del Padre Pío a fray Gerardo da Deliceto, Ep. IV, 25)

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE LAS ALMAS DEL PURGATORIO


 

El Santo cura de Ars escribió un sermón sobre las benditas almas de purgatorio. Aquí un breve extracto del sermón:

[…] vengo a decirles que muchos padres sufren en el Purgatorio. Lloran y suplican con urgencia la ayuda de sus oraciones y de sus buenas obras.

Me parece oírlos clamar:

“Cuéntales a nuestros a nuestros hijos acerca de nuestros sufrimientos. Nosotros nos arrojamos a sus pies para implorar la ayuda de sus oraciones. ¡Ah! Cuéntales que desde que tuvimos que separarnos, hemos estado quemándonos entre las llamas”

Consideren la magnitud de los sufrimientos que soportan las almas en el Purgatorio.

Consideren los medios que ustedes poseen para mitigarlos: sus oraciones, buenas acciones y, sobre todo, el santo sacrificio de la Misa.

Y no quieran pararse a dudar sobre la existencia del Purgatorio. La iglesia nos enseña sobre el Purgatorio de una manera positiva y clara, es el lugar donde las almas de los justos completan la expiación de sus pecados antes de ser admitidos a la gloria del Paraíso, el cual les está asegurado. Sí, es un artículo de fe.

Si no hacemos penitencia proporcional al tamaño de nuestros pecados, aún cuando estemos perdonados en el Sagrado Tribunal, estaremos obligados a expiarlos.

(Santo Cura de Ars, la semana del buen cristiano)

EL SANTO ROSARIO



Esta oración es un resumen del Nuevo testamento, sus misterios y sus oraciones están tomados de textos bíblicos Difícilmente se puede encontrar una síntesis más armónica de oración mental y vocal que el rosario; en él se ora con los labios, se medita con la mente y se ama con el corazón.

La historia de la salvación está perfectamente presentada en sus momentos culminantes en los misterios del rosario.

“Porque sin la contemplación de los misterios, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas” (Pablo VI).

“El Rosario, a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría” (Juan Pablo II).

ORACIÓN DE LA MAÑANA EN EL SILENCIO DE ESTE DÍA


 
Señor, en el silencio de este día que nace,
vengo a pedirte paz, sabiduría y fuerza.
Hoy quiero mirar al mundo con ojos llenos de amor.

Ser paciente, comprensivo, humilde, suave y bueno.
Ver a tus hijos detrás de las apariencias,
como los ves tú mismo,
para así poder apreciar la bondad de cada uno.

Cierra mis oídos a toda murmuración.
Guarda mi lengua de toda maledicencia.
Que sólo los pensamientos que bendigan permanezcan en mí.

Quiero ser tan bien intencionado y bueno
que todos los que se acerquen a mí sientan tu presencia.
Revísteme de tu bondad señor
y haz que en este día yo te agrade en todo.
Amén.

(CONGREGACIÓN DE MISIONEROS OBLATOS DE LOS CORAZONES SANTÍSIMOS)

LA CANCIÓN DE MARÍA



 ¡Con que múltiples figuras los hombres te han retratado!
Hasta mi mísera rima también se atrevió a cantar, 
Y en cuanta ocasión podía, tus grandezas relatar. 

Eres la madre del Verbo que de tu carne enfundado,
Impenetrable y divino, quiso encarnarse de ti; 
Y nadie sabe el misterio, que sucedió... porque sí 

Porque Dios propuso hacernos un regalo inesperado,
Digno de su majestad y de su amor infinito,
De su gran munificencia, de su altruismo bendito. 

Como era cosa imposible, para el hombre ser librado   
De su perfidia heredada, de su condena eternal,
Plació al Creador redimirlo por tu vientre maternal. 

Y portando en tu inocencia al que tiene el Principado,
Aceptando que el prodigio no era obra del azar,
Diste, de tu vida al mundo, al que lo había de salvar. 

Al que complace a su Padre y que tanto tú has amado;
Al Cristo que vislumbraron en su visión los profetas, 
Que a los ángeles deslumbra, y al que cantan los poetas. 

Al Rey, por derecho propio, para ser siempre adorado 
En los coros celestiales; al que alaba la creación,
Y con el débil humano quiere tener comunión. 

Y suspendido de gozo ante el milagro sagrado,
De cantarte, aun con torpeza, no he de cansarme jamás,
Que donde more tu hijo, allí también morarás.

(Rafael Ángel Marañón)

EL ESPÍRITU SANTO

 «No sabemos del Espíritu Santo sino lo que la revelación 
nos enseña. ¿Y qué nos dice la revelación?
Que pertenece a la esencia infinita de un solo Dios 
en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. 
Ese es el misterio de la Santísima Trinidad. 

La fe aprecia en Dios la unidad de naturaleza y 
la distinción de personas.
El Padre, conociéndose a sí mismo, enuncia, expresa 
ese conocimiento en una palabra infinita, el Verbo, con 
acto simple y eterno. 



Y el Hijo, que engendra el Padre
es semejante e igual a Él mismo, porque el Padre le 
comunica su naturaleza, su vida, sus perfecciones.
El Padre y el Hijo se atraen el uno al otro con amor 
mutuo y único. 
¡Posee el Padre tanta perfección 
y hermosura tan absolutas! ¡Es el Hijo imagen tan perfecta del 
Padre! Por eso se dan el uno al otro, y ese amor mutuo, 
que deriva del Padre y del Hijo como de fuente única, 
es en Dios un amor subsistente, una persona distinta 
de las otras dos, que se llama Espíritu Santo. 

Pero es Dios lo mismo que el Padre y el Hijo, 
posee como ellos y con ellos la misma y única naturaleza 
divina, igual ciencia, idéntico poder, la misma bondad, igual 
majestad.»

(El Espíritu Santo en la Trinidad, Antonio Royo Marín)

La grandeza del hombre consiste en su semejanza con Dios, con tal de que la conserve. San Columbano, abad

 La grandeza del hombre consiste en su semejanza con Dios, con tal de que la conserve

San Columbano, abad

De las instrucciones (Instrucción 11, Sobre el amor, 1-2: Opera, Dublin, 106-197)

Hallamos escrito en la ley de Moisés: Creó Dios al hombre a su imagen y semejanza. Considerad, os lo ruego, la grandeza de esta afirmación; el Dios omnipotente, invisible, incomprensible, inefable, incomparable, al formar al hombre del barro de la tierra, lo ennobleció con la dignidad de su propia imagen. ¿Qué hay de común entre el hombre y Dios, entre el barro y el espíritu? Porque Dios es espíritu. Es prueba de gran estimación el que Dios haya dado al hombre la imagen de su eternidad y la semejanza de su propia vida. La grandeza del hombre consiste en su semejanza con Dios, con tal de que la conserve.

Si el alma hace buen uso de las virtudes plantadas en ella, entonces será de verdad semejante a Dios. El nos enseñó, por medio de sus preceptos, que debemos redituarle frutos de todas las virtudes que sembró en nosotros al crearnos. Y el primero de estos preceptos es: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, ya que él nos amó primero, desde el principio y antes de que existiéramos. Por lo tanto, amando a Dios es como renovamos en nosotros su imagen. Y ama a Dios el que guarda sus mandamientos, como dice él mismo: Si me amáis, guardaréis mis mandatos. Y su mandamiento es el amor mutuo, como dice también: Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.

Pero el amor verdadero no se practica sólo de palabra, sino de verdad y con obras. Retornemos, pues, a nuestro Dios y Padre su imagen inviolada; retornémosela con nuestra santidad, ya que él ha dicho: Sed santos, porque yo soy santo; con nuestro amor, porque él es amor, como atestigua Juan, al decir: Dios es amor; con nuestra bondad y fidelidad, ya que él es bueno y fiel. No pintemos en nosotros una imagen ajena; el que es cruel, iracundo y soberbio pinta, en efecto, una imagen tiránica.

Por esto, para que no introduzcamos en nosotros ninguna imagen tiránica, dejemos que Cristo pinte en nosotros su imagen, la que pinta cuando dice: La paz os dejo, mi paz os doy. Mas, ¿de qué nos servirá saber que esta paz es buena, si no nos esforzamos en conservarla? Las cosas mejores, en efecto, suelen ser las más frágiles, y las de más precio son las que necesitan de una mayor cautela y una más atenta vigilancia; por esto, es tan frágil esta paz, que puede perderse por una leve palabra o por una mínima herida causada a un hermano. Nada, en efecto, resulta más placentero a los hombres que el hablar de cosas ajenas y meterse en los asuntos de los demás, proferir a cada momento palabras inútiles y hablar mal de los ausentes; por esto, los que no pueden decir de sí mismos: : Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento, mejor será que se callen y, si algo dijeren, que sean palabras de paz.




ORACIÓN A SAN JOSÉ PARA SANTIFICAR EL TRABAJO


 

Glorioso San José, modelo de todos aquellos que se dedican al trabajo, obtenedme la gracia de trabajar con espíritu de penitencia para la expiación de mis pecados; de trabajar en conciencia, poniendo el culto del deber por encima de mis inclinaciones; de trabajar con reconocimiento y alegría, considerando un honor el emplear y desarrollar por el trabajo los dones recibidos de Dios; de trabajar con orden, paz, moderación y paciencia, sin retroceder jamás ante la pereza y las dificultades; de trabajar sobre todo con pureza de intención y desprendimiento de mí mismo, teniendo sin cesar ante mis ojos la muerte y la cuenta que deberé rendir del tiempo perdido, de los talentos inutilizados, del bien omitido y de las vanas complacencias en el éxito, tan funestas para la obra de Dios. Todo por Jesús, todo por María, todo a imitación vuestra ¡oh Patriarca San José! Tal será mi divisa en la vida y en la muerte. Así sea.


(San Pío X)

PERMANECED BAJO SU MIRADA


 

En sus acciones, los santos buscan la gloria de su Dios «sea que coman, sea que beban», mientras que muchas almas cristianas no saben ya encontrar a Dios ni en la oración, porque se imaginan que la vida espiritual es una cosa inaccesible, reservada a un reducidísimo número de almas privilegiadas, llamadas «místicas», y porque todo lo complican. 

La verdadera mística es la del bautismo, con la Trinidad en perspectiva y bajo el sello del Crucificado, es decir, en la normalidad de todas las mortificaciones cotidianas.

Sor Isabel de la Trinidad sabía insistir sobre ese punto ante las personas que la frecuentaban y a las que Dios retenía en el mundo: «Quisierais ser toda de Él aunque en el mundo: ¡es tan sencillo! Él está siempre con nosotros, estad vos siempre con Él. A través de todas vuestras acciones, en vuestros sufrimientos, cuando vuestro cuerpo está quebrantado, permaneced bajo su mirada. Vedlo viviente en vuestra alma. Nada puede impedirnos que nos unamos a Él por el amor, ni las alegrías, ni las tristezas de la tierra, ni la salud, ni la enfermedad, ni las lisonjas o la malicia de los hombres, nada, ni siquiera nuestras faltas»


(Fuente: La doctrina espiritual de Sor Isabel de la Trinidad)

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