El Eterno demostró caridad desde un principio; Contemplad a ese eterno Ser, infinito, omnipotente, que, siendo glorioso en sí mismo y sin tener necesidad de nadie, saca del caos al universo, y le puebla de provechosas bestias, de exquisitas plantas, de canoras aves; le enriquece con deliciosas fuentes, con ricos minerales; le adorna con esas esferas luminosas que gravitan sobre nuestras cabezas; y cuando tiene dispuesta la habitación, y cuando la ha hermoseado, forma al hombre del polvo, y le otorga la imagen de sí mismo, la vida, fuente del conocimiento y del amor, principio de felicidad y de gozo; y le constituye rey de la creación, dueño de ese palacio inmenso, tan perfectamente armonizado, tan sumamente delicioso.
Prevarica el hombre, le falla, pero Nuestro Señor le ama con caridad perpetua, y no le arroja al averno como a Luzbel, y no le destruye, ni le aniquila, sino que en medio de la hecatombe universal, en medio del horroroso diluvio, le preserva en Noé y su familia. Se contamina de nuevo la especie humana; mas Dios la aprecia, y para no destruirla como merecía, segrega de la sociedad corrompida hombres particulares que constituyan un pueblo escogido, segregación que fue completamente gratuita y fundada en el amor.
Sí; ésta fue obra del amor divino, y en ella afianza más el Eterno su caridad para con su privilegiada criatura; la libra de todos sus enemigos, no sin obrar antes y después innumerables portentos; la cede una tierra de la que mana miel y leche; la promete finalmente un Libertador, hijo de su descendencia. ¡Qué pruebas! ¿Será posible que prosigamos refiriendo los prodigios del amor de Dios sin omitirlos casi todos? Omitiéndolos, empero, y volviendo nuestra mirada a los más visibles, ¿a qué no fuerza el amor? Ved al Hijo de Dios cómo baja de su solio y se une a la criatura; pero, ¿fue por librarla solamente del pecado, o por gozarse con ella? ¡Ah! yo reservo para el mismo Dios este ideal, y me limito a decir que vino a librar al hombre; mas vino por amor y le libró amando, y porque tuvo deseos de amarle más, se quedó en su compañía, amándole.
("Bellezas de la Santa Eucaristía, Fray Amado de Cristo Burguera y Serrano)

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