EL SEÑOR ME DIO


1. «El Señor me dio» el comenzar a convertirme haciendo de mí el Buen Samaritano de los leprosos. Dicho de otro modo, el Señor comenzó por hacerme sensible a la palabra de su Evangelio haciéndome practicar un gesto típico del Evangelio; me metió de golpe en el Evangelio en acto.

2. Después, «el Señor me dio» una inmensa fe en las iglesias (las iglesias de piedra, las capillas, los oratorios). Son sus casas, Él mismo me lo dijo un día: «Ve y repara mi casa...» En ellas se puede adorar al Señor Jesucristo, pues conservan y protegen los signos vivientes de nuestra salvación: el crucifijo que me habló, el tabernáculo donde está su cuerpo.

3. A continuación, «el Señor me dio» una gran fe en sus ministros, sea cual fuere su comportamiento, pues veo en ellos al Señor Jesús en persona.


- San Francisco de Asís, Testamento (vv. 1-9) -

TORMENTOS DEL PURGATORIO, TESTIMONIO


No hay comparación entre las penas del Purgatorio y las penas de nuestra vida temporal, las del Purgatorio son mucho peores, hay innumerables apariciones de almas que lo han testificado, dejando visibles marcas de fuego que las atormenta. De estas marcas se ve la tremenda diferencia que hay entre el fuego terreno y el fuego del Purgatorio. 

Para darles un ejemplo, en la historia del Padre Estanislado Choscoa, domínico (Brovus, Huso. De Pologne, año 1590) leemos este hecho: 

Un día, mientras este santo religioso rezaba por los difuntos, vio un alma completamente devorada por las llamas, y le preguntó si aquel fuego era más penetrante que el de la tierra. 

“Ay de mí , respondió el alma gritando, todo el fuego de la tierra, comparado con el del Purgatorio es como suave brisa. 

El religioso dijo ¿Cómo es posible? quisiera probar, a condición sin embargo que me sirviese para descontar en  parte las penas que deberé sufrir en el Purgatorio” 

El alma agregó “Ningún mortal podría soportar la mínima parte de aquel fuego, sin morir al instante, sin embargo, si tú quieres convencerte, extiende la mano”. 

El padre sin vacilar extendió la mano, sobre la cual el alma hizo caer una gota de su sudor o de un líquido que se le parecía. Ante aquel contacto el religioso emitió un agudo grito y cayó al suelo desvanecido por el dolor que sintió. 

Acudieron los hermanos, los cuales le prodigaron todas las atenciones para que volviera en sí. 

Él lleno de terror, les contó lo que le había sucedido, y mostró sobre la mano una dolorosísima llaga. Tuvo que acostarse, porque no resistía estar en pie y después de un año y medio de increíbles sufrimientos, murió, exhortando a sus hermanos a rehuir las pequeñas culpas, para no caer en aquellos terribles tormentos. 

Hay numerosísimos hechos similares, de modo que es temerario e ilógico dudar de la realidad del fuego del Purgatorio. 


(El Purgatorio, P. Dolindo Ruotolo)

OS HAGO HONROSA REPARACIÓN


Dulce Salvador, a pesar de mi indignidad, a pesar de la parte que he tomado en las ingratitudes que os hieren tan cruelmente, quiero por gracia y amor vuestro consolaros, reparar y suplir. 

Yo os hago honrosa reparación por esta ignorancia en que están tantos cristianos sobre la presencia de vuestro Sagrado Corazón en la Eucaristía; ellos no quieren saber que Vos tenéis allí un Corazón; que este Corazón está lleno de vida y ardiente de amor por ellos; y y ellos os tratan como un objeto que no tiene Corazón, entrando en vuestras iglesias sin respeto, manteniéndose en ellas sin piedad, pasando delante de Vos sin saludaros, hablando y riendo insolentemente. 

Y hay un número todavía mayor de bautizados para los cuales no existís en la Eucaristía, Vos, cuyo Corazón vela sobre ellos, protege sus vidas y los pone a salvo de la justicia divina, irritada por su apostasía!

¿Quién trata a vuestro Corazón como el más sensible y tierno de los Corazones? 

Os hago honrosa reparación por todos los pecados que atacan vuestro Corazón en el Santo Sacrificio de la misa. ¡Cuántos cristianos rehúsan asistir a la misa aun el domingo, prefiriendo mejor marcharse con un pecado mortal, que dar a vuestro Corazón la satisfacción que tendría en colmarlos de los frutos de vuestra muerte! Y entre los que asisten á Él, ¡cuán pocos piensan en vuestro Corazón, en su agonía, en sus angustias, en los oprobios que sufrió en su Pasión!


(La persona del Cristo Eucarístico, R.P.A. Tesniére)

CRISTO, EL SEÑOR

 



Cristo, el Señor,
como la primavera,
como una nueva aurora,
resucitó.

Cristo, nuestra Pascua,
es nuestro rescate,
nuestra salvación.

Es grano en la tierra,
muerto y florecido,
tierno pan de amor.

Se rompió el sepulcro,
se movió la roca,
y el fruto brotó.

Dueño de la muerte,
en el árbol grita
su resurrección.

Humilde en la tierra,
Señor de los cielos,
su cielo nos dio.

Ábranse de gozo
las puertas del Hombre,
que al hombre salvó.

Gloria para siempre
al Cordero humilde
que nos redimió. Amén.

CALOR DE DIOS EN SANGRE REDENTORA

Calor de Dios en sangre redentora,
y un río de piedad en tu costado;
bajo tu cruz quédeme arrodillado,
con ansia y gratitud siempre deudora.
Conózcate, oh Cristo, en esta hora
de tu perdón; mi beso apasionado,
de ardientes labios en tu pie clavado,
sea flecha de amor y paz de aurora.
Conózcame en tu vía dolorosa
y conozca, Señor, en los fulgores
de tus siete palabras, mi caída;
que en esta cruz pujante y misteriosa
pongo, sobre el amor de mis amores,
el amor entrañable de mi vida. Amén.
(Himno de vísperas)

DIOS AMA A MARÍA MÁS QUE A LAS DEMÁS CRIATURAS

La plenitud inmensa de la gracia de María es superior a la de todos los ángeles y santos. Pero esto mismo puede confirmarse teológicamente desde otro punto de vista igualmente clarísimo y concluyente:

Como es sabido, el amor de Dios es causa de todo aquello que ama. El grado de amor con que Dios ama una cosa determina y causa el grado de bondad o de excelencia de esa cosa. Dios no ama más las cosas mejores porque son mejores, sino al revés: son mejores porque Dios las ama más. 

Ahora bien: como Dios ama a la Virgen María inmensamente más que a todas las demás criaturas juntas (ángeles y santos), puesto que la eligió nada menos que para Madre de su Unigénito Hijo, hay que concluir, lógica e inevitablemente, que la bondad, excelencia, santidad, gracia y gloria de María exceden inmensamente a la de todos los ángeles y santos juntos. Sólo Dios y la humanidad adorable de Cristo están por encima de María: nadie más.

(Antonio Royo Marín, "Teología y espiritualidad marianas")

RESPLANDORES DE PERFECTA SANTIDAD


Es conveniente que la Santísima Virgen María brille siempre adornada de los resplandores de la perfectísima santidad y que reporte un total triunfo sobre la antigua serpiente, Ella, enteramente inmune incluso de la misma mancha de la culpa original, tan venerable Madre, a quien Dios Padre dispuso dar a su único Hijo, a quien ama como a sí mismo, engendrado como ha sido igual a sí de su corazón, de tal manera que naturalmente fuese uno y el mismo Hijo común de Dios Padre y de la Virgen, y a la que el mismo Hijo en persona determinó hacer sustancialmente su Madre y de la que el Espíritu Santo quizo e hizo que fuese concebido y naciese Aquel de quien él mismo procede.

(Pío IX )



EL VERDADERO TESORO

 

¿Cómo no proponer a Clara, junto a Francisco, a la atención de los jóvenes de hoy? El tiempo que nos separa de la época de estos dos santos no ha disminuido su atractivo. Al contrario, se puede ver su actualidad si se compara con las ilusiones y las desilusiones que a menudo marcan la actual condición juvenil. Nunca un tiempo hizo soñar tanto a los jóvenes, con los miles de atractivos de una vida en la que todo parece posible y lícito. Y, sin embargo, ¡cuánta insatisfacción existe!, ¡cuántas veces la búsqueda de felicidad, de realización, termina por desembocar en caminos que llevan a paraísos artificiales, como los de la droga y de la sensualidad desenfrenada! También la situación actual con la dificultad para encontrar un trabajo digno y formar una familia unida y feliz, añade nubes al horizonte. No faltan, sin embargo, jóvenes que, incluso en nuestros días, recogen la invitación a fiarse de Cristo y a afrontar con valentía, responsabilidad y esperanza el camino de la vida, también realizando la elección de dejarlo todo para seguirlo en el servicio total a él y a los hermanos. La historia de Clara, junto a la de Francisco, es una invitación a reflexionar sobre el sentido de la existencia y a buscar en Dios el secreto de la verdadera alegría. Es una prueba concreta de que quien cumple la voluntad del Señor y confía en él no sólo no pierde nada, sino que encuentra el verdadero tesoro capaz de dar sentido a todo.


(Benedicto XVI)

SAN JOSÉ SE QUISO HACERSE PRESENTE PARA AYUDAR A LAS ALMAS DEL PURGATORIO


 

El 2 de noviembre de 1853, en París, una joven, inspirada por Dios, Eugenia Smet, concibió la idea de fundar una Congregación para auxiliar a las almas del purgatorio. Consultó con el santo cura de Ars, quien le dio consejos y le ayudó en esta Obra. 

Eugenia Smet era muy devota de san José, y le prometió, que si la Obra se llevaba a cabo, la primera casa fundada sería en su honor. Y la Obra se realizó con el nombre de Auxiliadoras de las almas del purgatorio para una misión universal: “Ayudar a todo bien, sea cual fuere, realizar una entrega total al servicio de los más abandonados de este mundo y del otro, acompañando a las personas en todas las etapas de la vida.“Ir desde las profundidades del purgatorio a los últimos confines de la tierra” (Constituciones, articulo 7). Dicho con un lenguaje más actual: “Ir desde las profundidades del dolor hasta el encuentro definitivo con el Amor”.

Lo más misterioso fue que al día siguiente de adquirir una casa en París para comenzar la Obra, un desconocido, que no sabía nada, les hizo regalo de una estatua de san José, como si el mismo san José hubiera querido hacerse presente y declararse protector de la Obra,

Hoy en día Eugenia Smet es ya santa María de la Providencia.

(Archivalladolid. com)

MARÍA Y JOSÉ, UN ENLACE DECRETADO POR LA DIVINA PROVIDENCIA


 La tribu de Judá procuró evitar la confusión con las otras tribus y conservar los linderos de las antiguas heredades. Se prueba esta conducta con el edicto de César Augusto, que obligó a José y a su santísima Esposa a venir de Nazaret a Belén, como a su patria.

Por esta exactitud escrupulosa con que en Israel se conservaban las memorias acerca de la distinción y origen de sus tribus, no había familia que no pudiera probar su descendencia.

Este cuidado, por lo que principalmente miraba a la tribu de Judá y casa de David, era en consecuencia de la continua esperanza en que vivían los judíos de la venida del Mesías. Sabían éstos, que el Libertador prometido había de nacer de la sangre de Judá y familia de David.

Era José hijo primogénito de Jacob, el pariente más inmediato de la hija única y heredera de San Joaquín , el que por consecuencia estaba prevenido por el Cielo y decretado por la ley, para contraer con ella su alianza. 

Era también José por las excelentes virtudes, que desde su niñez lo hicieron grande y distinguido entre los hebreos, acreedor a los desposorios con María ; y á él, inspirados de lo alto, se la concedieron por Esposa los sacerdotes, a cuyo cuidado estaba María después de la muerte de sus padres.

Todo iba gobernado por el consejo de la Augustísima Trinidad para que el enlace sirviera para que el misterio de la Encarnación del Verbo se ejecutara bajo la sombra de un matrimonio público con las precauciones de la más sabia providencia.


(Vida del Señor San José, Padre José ignacio Vallejo)

LA VIRGEN MARÍA Y LE EUCARISTÍA SON LAS DOS COLUMNAS QUE NOS SOSTENDRÁN

 El 30 de mayo de 1862, Don Bosco compartió con sus jóvenes un sueño que había tenido unos días antes:

“En toda aquella superficie líquida se ve una multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas proas terminan en un afilado  espolón de hierro a modo de lanza que hiere y  traspasa todo aquello contra lo cual llega a chocar. Dichas naves están armadas de cañones, cargadas de fusiles y de armas de diferentes clases; de material incendiario y también de libros, y se dirigen contra otra embarcación mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón, incendiarla o al menos  hacerle el mayor daño posible”.

Pero, continúa escribiendo este educador para quien los sueños eran una auténtica manifestación de los deseos de Dios, “en medio de la inmensidad del mar se levantan, sobre las olas, dos robustas columnas, muy altas, poco distante la una de la otra.

Sobre una de ellas campea la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con esta inscripción: "Auxilium Christianorum". Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: "Salus credentium”.

Cuando el capitán, el Papa, “guía la nave hacia las dos columnas, y al llegar al espacio comprendido entre ambas, la amarra con una cadena que pende de la proa a un áncora de la columna que ostenta la Hostia; y con otra cadena que pende de la popa la sujeta de la parte opuesta a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a la Virgen Inmaculada. Entonces se produce una gran confusión”.

Y todos los enemigos huyen, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen mutuamente y en el mar reina una calma absoluta.

Juan Bosco descifró algunos significados de este sueño: “Las naves de los enemigos son las persecuciones. Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación a lo que tiene que suceder», decía a finales del siglo XIX.

«¡Sólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto! -añadía, en una afirmación válida también para hoy-: devoción a María Santísima y la comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros y para hacerlos practicar a los demás siempre y en todo momento”.




ORACIÓN DE UN ANCIANO



Señor Jesús, amigo de los niños y de los jóvenes,
de los hombres y de las mujeres, enséñame a
envejecer.
Enséñame a envejecer sin que los años se
conviertan para mí en una carga que no puedo
soportar.
Enséñame a envejecer con amor, con alegría, con
fe, con esperanza.
Enséñame a envejecer con la frente en alto,
dignamente, con paz y sosiego.
Enséñame, Señor Jesús, a vivir la ancianidad con
entusiasmo, libre de prejuicios, sin quejas ni
lamentos inútiles, sin parar de crecer
interiormente.
Enséñame, Señor Jesús, a vivir la ancianidad con
el corazón puesto en Dios que me dio la vida y
me mantiene vivo. 
Enséñame, Señor Jesús, a vivir la ancianidad con
amor, amando; en el amor… dejándome amar,
dejándome cuidar, agradeciendo con amor cada
gesto, cada palabra.
Enséñame, Señor Jesús, a vivir la ancianidad
con humildad, sin desesperarme por lo que no
puedo hacer, por lo que antes era y ahora no soy,
por lo que representaba para mí mismo y para los
demás, y ahora ya no represento.
No permitas, Jesús, que me pierda a mí mismo
por no saber acoger con corazón dispuesto, lo
que es ley de la vida, y que, aunque las
apariencias digan otra cosa, es mi mejor
momento, porque me da tiempo para compartir
Contigo. Amén

LA CONFIANZA AGRADA A DIOS



Mi mente estaba extrañamente oscurecida, ninguna verdad me parecía clara. 
Sentía un gran vacío en mi alma y no conseguía llenarlo con nada.  Empecé a sentir el hambre y el anhelo de Dios, pero veía toda mi impotencia.   
Delante de los ojos de mi alma estaba constantemente todo el abismo de mi miseria. 
El sacerdote me explicó que ésas eran pruebas enviadas por Dios y me dijo: 
“ en ese estado no sólo no ofendes a Dios, sino que le agradas mucho, es una señal que Dios te ama inmensamente y que confía en ti, porque te visita con estas pruebas”.

A pesar de mi agonía, me postraba delante del Santísimo sacramento y repetía esas palabras:  
"Aunque me mates, yo confiaré en Ti" . 
Luego venían otros pensamientos:  
¿Para que empeñarme en las virtudes y en buenas obras?  ¿Para que mortificarme y anonadarme?  ¿Para que hacer votos?  ¿Para que rezar?  ¿Para que sacrificarme e inmolarme?

Terriblemente atormentada por estos sufrimientos entré en la capilla y de la profundidad de mi alma dije estas palabras:  Haz conmigo, Jesús, lo que Te plazca.  Yo Te adoraré en todas partes.  Y que se haga en mí Tu voluntad, oh Señor y Dios mío, y yo glorificaré Tu infinita misericordia. 

De repente vi a Jesús que me dijo:  "Yo estoy siempre en tu corazón". 
 
Un gozo inconcebible inundó mi alma y llenó de gran amor de Dios mi pobre corazón.  Veo que Dios nunca permite sufrimientos por encima de lo que podemos soportar. Si Dios manda al alma grandes tribulaciones, la sostiene con una gracia aun mayor, aunque no la notamos. Un solo acto de confianza en tal momento da más gloria a Dios que muchas horas pasadas en el gozo de consolaciones durante la oración. 

Fuente:
(Santa Maria Faustina Kowalska, del diario "La Divina Misericordia en mi alma")

SAN JOSÉ SE QUISO HACER PRESENTE PARA AYUDAR A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

El 2 de noviembre de 1853, en París, una joven, inspirada por Dios, Eugenia Smet, concibió la idea de fundar una Congregación para auxiliar a las almas del purgatorio. Consultó con el santo cura de Ars, quien le dio consejos y le ayudó en esta Obra. 

Eugenia Smet era muy devota de san José, y le prometió, que si la Obra se llevaba a cabo, la primera casa fundada sería en su honor. Y la Obra se realizó con el nombre de Auxiliadoras de las almas del purgatorio para una misión universal: “Ayudar a todo bien, sea cual fuere, realizar una entrega total al servicio de los más abandonados de este mundo y del otro, acompañando a las personas en todas las etapas de la vida.“Ir desde las profundidades del purgatorio a los últimos confines de la tierra” (Constituciones, articulo 7). Dicho con un lenguaje más actual: “Ir desde las profundidades del dolor hasta el encuentro definitivo con el Amor”.

Lo más misterioso fue que al día siguiente de adquirir una casa en París para comenzar la Obra, un desconocido, que no sabía nada, les hizo regalo de una estatua de san José, como si el mismo san José hubiera querido hacerse presente y declararse protector de la Obra.

Hoy en día Eugenia Smet es ya santa María de la Providencia.







CIEN REQUIEMS MEDITANDO LA PASIÓN DE CRISTO



Esta hermosa oración está dirigida especialmente a aliviar el tormento de las Almas del Purgatorio ya que se repite cien veces la oración del Requiem.

Para llevar la cuenta se usa un Rosario y por cada cuenta del Ave María se reza un Requiem, pero como son solo 50 se usa dos veces.

Nos ponemos en presencia del Señor haciendo la señal de la cruz y rezando el acto de contrición.

En las cuentas grandes rezamos:

Padre Eterno os ofrecemos la Sangre, Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo, los dolores de la Santísima Virgen y los de San José por la remisión de nuestros pecados, la libertad de las Almas del Purgatorio y la conversión de los pecadores. Amén


Primer Decena

Te ofrezco, mi adorado Jesús, en ayuda de las Almas del Purgatorio, los méritos de tus padecimientos y dolores sufridos, por nuestra redención. Y comienzo contemplando la Sangre que trasudó de tu cuerpo, por la tristeza y la angustia que te asaltó en Getsemaní.

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


Segunda Decena

Te ofrezco, mi adorable Jesús, por las Almas del Purgatorio, la inmensa aflicción que te oprimió el corazón al ver que Judas, discípulo Tuyo, por Ti amado y favorecido, se hizo perseguidor, y con beso sacrílego te traicionó para entregarte en manos de crueles enemigos.

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


Tercera Decena

Te ofrezco, mi adorado Jesús, por las Almas del Purgatorio, la admirable paciencia con la que soportaste tantos ultrajes de esa vil soldadesca que te condujo de Anás a Caifás, de Pilato a Herodes, el cual para mayor desprecio, te impuso la vestidura de los locos, entre las burlas y los agravios del pueblo, y te envió al gobernador romano.

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


Cuarta Decena

Te ofrezco, mi adorable Jesús, por las Almas del Purgatorio, la amargura que perturbó tu Espíritu, cuando por los judíos fuiste pospuesto por Barrabás, sedicioso y homicida. Luego atado a la columna, Tú, el Inocente y el Justo, fuiste golpeado con innumerables azotes, sin piedad alguna.

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


Quinta Decena

Te ofrezco, mi adorado Jesús, por las Almas del Purgatorio, la humillación que toleraste, cuando, para tratarte como falso rey, pusieron sobre tus hombros un manto de púrpura, te dieron por cetro una caña y ciñeron tu cabeza con la corona de espinas, y así Pilato te presentó al pueblo diciendo: “¡He aquí al Hombre!”

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


Sexta Decena

Te ofrezco, mi adorable Jesús, por las almas del Purgatorio, la piadosa compasión y el dolor profundo que sentiste cuando, con tanta violencia, fuiste separado de tu amadísima madre, que había venido a encontrarte y abrazarte.

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


Séptima Decena

Te ofrezco, adorado Jesús mío, por las almas del Purgatorio, los inauditos tormentos padecidos cuando, extendido sobre la cruz tu ensangrentado cuerpo, fuiste horriblemente traspasado por clavos en las manos y en los pies, y elevado en el ignominioso patíbulo.

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


Octava Decena

Te ofrezco, mi adorado Jesús, por las almas del Purgatorio, la ardiente sed que padeciste en este tiempo de Calvario, sed de agua, pero también de almas que calmen tan cruel agonía y por la cual recibes tan solo vinagre e ingratitudes.

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


Novena Decena

Te ofrezco, mi adorado Jesús, por las almas del Purgatorio, las angustias y las penas que durante tres horas continuas soportaste suspendido de la cruz, y las contracciones que sufriste en todos tus miembros, acrecentadas por la presencia de tu dolorida madre, testigo de semejante desgarradora agonía.

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


Décima Decena

Te ofrezco, mi adorado Jesús, por las almas del Purgatorio, la desolación que oprimió a la Virgen Santísima asistiendo a tu muerte, y el pesar de su tierno corazón, acogiéndote exánime entre sus brazos cuando fuiste bajado de la cruz.

Rece 10 Requiems:

Concédeles, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua. 

Al final de cada decena de Requiems:

Almas santas, almas purgantes, rogad a Dios por nosotros que nosotros oraremos por vosotras para que Dios les de la gloria del paraíso. Amén.


De Profundis

Concluimos con el Salmo 130 “De Profundis”


Desde lo hondo a ti grito, Señor;

Señor, escucha mi voz;

estén tus oídos atentos

a la voz de mi súplica.


Si llevas cuenta de los delitos, Señor,

¿quién podrá resistir?

Pero de ti procede el perdón,

y así infundes respeto.


Mi alma espera en el Señor,

espera en su palabra;

mi alma aguarda al Señor,

más que el centinela la aurora.


Aguarde Israel al Señor,

como el centinela la aurora;

porque del Señor viene la misericordia,

la redención copiosa;

y él redimirá a Israel

de todos sus delitos.


NUESTRA LUCHA CONTRA EL MUNDO


El mundo, el demonio y la carne son enemigos de nuestra salvación. Vamos a detenernos en el primero: EL MUNDO.

¿Qué es el mundo en este contexto espiritual? Podríamos decir que es el ambiente anticristiano que se respira entre los que viven completamente olvidados de Dios y entregados por completo a las cosas de la tierra y se manifiesta de varias formas:

a) FALSAS MÁXIMAS, en directa oposición a las del Evangelio. 

El mundo exalta las riquezas, los placeres, la violencia, el fraude y el engaño puestos al servicio del propio egoísmo, la libertad para entregarse a toda clase de excesos y pecados. «Somos jóvenes, hay que disfrutar de la vida», «Hay que ganar dinero, sea como sea», «Lo principal de todo es la salud y la vida larga», estas son las máximas del mundo a las que rinde culto y vasallaje. No concibe nada más noble y elevado.

b) BURLAS Y PERSECUCIONES contra la vida de piedad, contra la ropa decente; contra los espectáculos morales, que califica de ridículos y aburridos; contra la conciencia en los negocios; contra las leyes santas del matrimonio, que juzga anticuadas e imposibles de practicar; contra la vida cristiana del hogar; contra la obediencia de la juventud, a la que proclama libre para saltar por encima de todos los frenos y barreras...

c) PLACERES Y DIVERSIONES cada vez más abundantes, refinados e inmorales; promiscuidad, libertinaje, revistas y programas de chismes, conversaciones torpes, chistes procaces, frases de doble sentido, etc., etc. No se piensa ni se vive más que para el placer.

d) ESCÁNDALOS Y MALOS EJEMPLOS casi continuos, hasta el punto de apenas poder salir a la calle, abrir un periódico, contemplar un escaparate, oír una conversación sin que aparezca en toda su crudeza una incitación al pecado en alguna de sus formas.

¿CÓMO PODEMOS LUCHAR CONTRA EL MUNDO?

1) HUIR DE LAS OCASIONES PELIGROSAS.

Renunciar de buen grado a los espectáculos que contienen veneno, siembra sus errores y excita las pasiones bajas. 

2) AVIVAR LA FE.

Hemos de oponer a las falsas apariencias del mundo la firme adhesión del espíritu a las cosas divinas: desoir sus máximas perversas, y oir las palabras de Jesucristo; cuando nos quieran tentar sus halagos y seducciones, recordaremos las promesas eternas de Dios; antepondremos la paz de nuestra alma y la serenidad de una buena conciencia a los placeres y diversiones que nos ofrece el mundo, y ante sus burlas y menosprecios, demostraremos la entereza de los hijos de Dios; ante los escándalos y malos ejemplos, consideraremos la conducta de los santos.

3) CONSIDERAR LA VANIDAD DEL MUNDO. El mundo pasa velozmente: «porque pasa la forma de este mundo» (1 Cor. 7,31), y con él pasan sus placeres y concupiscencias: «el mundo pasa y también sus concupiscencias» (1 lo. 2,17). 

4) PISOTEAR EL RESPETO HUMANO.

Se le llama respeto humano el que nos importe lo que otros piensan de nosotros. La atención al qué dirán es una de las actitudes más viles e indignas de un cristiano y una de las más injuriosas contra Dios. Para no «disgustar» a cuatro gusanillos indecentes que viven en pecado mortal, nos avergonzamos de ser seguidores de Jesús.

Jesús nos advierte claramente en el Evangelio que negará delante de su Padre celestial a todo aquel que le hubiera negado delante de los hombres (Mt. 10,33). Y San Pablo afirma de sí mismo que no sería discípulo de Jesucristo si buscase agradar a los hombres (Gal. 1,10). El cristiano que quiera santificarse ha de prescindir en absoluto de lo que el mundo pueda decir o pensar. El mundo nos odiará y perseguirá—nos lo advirtió el divino Maestro (lo. 15,18-20)—, pero, si encuentra en nosotros una actitud decidida e inquebrantable, acabará dejándonos en paz. sólo contra los cobardes que vacilan, vuelve una y otra vez a la carga para arrastrarlos nuevamente a sus filas. 

El mejor medio de vencer al mundo es no ceder un solo paso, afirmando con fuerza nuestra personalidad en una actitud decidida, clara e inquebrantable de renunciar para siempre a sus máximas y vanidades.


 (Antonio Royo Marín, TEÓLOGO)

LA IGLESIA TIENE EL ENCARGO DE CONSERVAR LA PALABRA DE DIOS

La Biblia es el libro que recoge la revelación de Dios al hombre. Sin embargo, ella se nos presenta llena de problemas: errores cosmológicos, párrafos incomprensibles, imágenes de Dios contradictorias, etc. Será, entonces, aquí necesario ir entregando los elementos que permitan comprenderla y eventualmente leerla y adherir a su contenido. 

Comenzaremos, en primer lugar, con lo que se ha llamado la “inspiración”; es decir, la afirmación de que en la Biblia estamos ante una Palabra de Dios que se comunica a través de una palabra humana. Para ello es necesario distinguir “inspiración” de “revelación”. Dios se ha revelado al hombre mediante acciones y palabras. Dios elige mediadores para revelarse al pueblo: unos realizan las acciones salvadoras (Moisés, Josué, Ciro) y otros iluminan esas acciones mediante la Palabra divina (profetas, sabios). Así como Dios ha elegido a estos mediadores, elige a otros hombres para que pongan por escrito estas acciones salvadoras y estas palabras. Esto es lo que se llama técnicamente la “inspiración” divina: el hecho de que Dios -a través de hombres concretos- es “autor” de los textos bíblicos. ¿Cómo debe entenderse esta doble autoría divino-humana? En primer lugar, hay que descartar falsas visiones: que Dios sea el autor de la Biblia no significa que la haya escrito de su puño y letra, o que la haya hecho descender del cielo, o que la haya dictado, o que haya usado a los escritores bíblicos como simples instrumentos pasivos e inconscientes de su acción. Los autores bíblicos son propia y verdaderamente autores, hombres cuya capacidad imaginativa y expresiva no queda reducida en nada por ser inspirados. Más aún, son hombres que al escribir se manifiestan enteramente enraizados en un mundo concreto. Son voz que expresa la fe de un pueblo de creyentes, voz condicionada por la cultura, preocupaciones y expresiones de ese pueblo. La “inspiración” es esa influencia misteriosa de Dios en los autores humanos de la Biblia que, respetando su forma de ser, asegura su fidelidad al poner por escrito la Revelación tanto en lo que respecta a las acciones salvadoras como a las palabras que las iluminan. La “inspiración” no asegura “la mejor expresión” de esa Revelación (no todos los autores bíblicos son buenos escritores), pero sí una consignación completa e inequívoca de lo esencial. En el fondo, estamos ante una Palabra divina que se comunica a través de una Palabra humana. Así como Dios se ha hecho hombre en Jesús de Nazareth, así la Palabra de Dios se revela en el interior de una Palabra humana. De modo que, así como no se puede percibir la divinidad de Jesús si no se conoce su humanidad, así tampoco es posible conocer la Palabra de Dios si no se toma en serio el carácter humano de la Biblia. 

La palabra de Dios no la recibiremos sino escuchando la palabra de Israel, la Palabra de la Iglesia que está en la Biblia. Dicho desde otro punto de vista, la Palabra de Dios no la podemos conocer sino mediada por la Palabra de los que nos han precedido en la fe. No existe una vía que lleve a Dios pasando por fuera de la comunidad de los creyentes. Este hecho tiene una enorme significación en cuanto a nuestro acercamiento a la Biblia. Al leerla debemos estar siempre preguntándonos "¿Qué quiso decir el autor bíblico cuando escribió esto?”, ya que en lo que él quiso comunicar, ahí mismo es donde está la Palabra de Dios. Esta tarea está muy claramente expresada por el Concilio Vaticano II: “Dios habla en la Escritura por medio de hombres y en lenguaje humano; por lo tanto, el intérprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir y Dios quería dar a conocer en dichas palabras". "Para descubrir la intención del autor, hay que tener en cuenta, entre otras cosas, los géneros literarios" (Constitución sobre la Divina Revelación, Dei Verbum, nº 12, en adelante DV). 

¿Qué son los “géneros literarios”? Son las formas de expresión escrita que tiene una determinada cultura. Por ejemplo, en el caso de la cultura moderna, un escrito es una novela, un cuento, un poema, una carta, un libro de historia, etc. Un mensaje se transmite de forma muy diferente a través de estos medios: no le pedimos a un poema que nos relate un hecho con la misma exactitud que un libro de historia; cuando leemos un cuento sabemos que los hechos que ahí se narran son ficticios, etc. Esto que para nosotros es tan obvio no solemos aplicarlo cuando leemos la Biblia. Por ejemplo ante el libro de Jonás, que es un hermoso cuento, a veces nos preguntamos cómo hizo el protagonista para permanecer tres días en el vientre de la ballena. Los ejemplos podrían multiplicarse. Los géneros literarios son hijos de una cultura, de una época, de un pueblo. Cada uno de ellos tiene ciertas “reglas del juego” a las que el autor debe adaptarse (aunque pueda realizar una cierta “acomodación” personal) para poder ser comprendido. Por ejemplo, pensemos en como se escribe hoy una carta o un memorándum. Los géneros literarios bíblicos no son los nuestros y se ha necesitado de mucho estudio de la literatura israelita, egipcia y mesopotámica para comprenderlos. 

Para conocerlos bien nosotros debemos recurrir a los comentarios bíblicos. 10 La expresión “género literario” se utiliza con un sentido amplio cuando se habla de determinados tipos de libros, por ejemplo, los libros proféticos, sapienciales, los códigos legales, los evangelios, etc. Se utiliza también en un sentido restringido cuando alude a pequeñas unidades originalmente orales que han pasado a fomar parte de un libro. Por ej.: parábolas, proverbios, leyendas de variado tipo, relatos épicos, etc. A propósito de este tema de los géneros literarios, conviene hacer una distinción fundamental. Cuando decimos que un hecho determinado que narra un texto no es “histórico” (por ejemplo la historia de Jonás) no estamos diciendo que no sea “verdadero”. Un hecho narrado puede ser histórico o ficticio. La “verdad” (que se contrapone a la “falsedad”) de esa narración se refiere al aporte que ella hace en ese “camino de salvación” que es la verdad bíblica (ver más adelante). En el ejemplo puesto, el libro de Jonás aporta el redescubrimiento de la misión de Israel hacia los gentiles.  

La Biblia, Palabra conservada por Israel y por la Iglesia.

Suponiendo que todo lo dicho en el número anterior haya quedado claro, podemos aceptar que la Biblia es Palabra de Dios en cuanto que Él ha inspirado a diversos hombres para que con palabras escritas consignen claramente y sin falseamientos su autocomunicación mediante acciones y palabras. Sin embargo, permanece presente un importante problema: ¿quién decide cuando un libro es inspirado o no? 0, dicho de otro modo, ¿quién ha determinado cuáles son los libros que forman parte de la Biblia? Es la Iglesia, o el antiguo Israel, la que ha determinado qué libros forman parte de la Biblia. Como decíamos, el escritor de un libro bíblico es un hombre que, habiendo interiorizado de tal modo la Revelación de Dios, ha sabido, por querer de Dios mismo, expresarla plena e inequívocamente en su obra. Pero es la comunidad creyente la que ha corroborado posteriormente la perfecta concordancia entre esta obra y su convicción de fe. Es a partir de este juicio que se ha formado la Biblia. Que se ha formado el "Canon bíblico", como se dice técnicamente. Antes de seguir adelante, debemos aclarar el sentido exacto de tres términos que pueden llevar a confusiones. 

Ellos son: a) Inspiración: es decir, el hecho de que Dios, mediante un hombre, sea el autor de un libro bíblico. Es, por tanto, una característica del libro mismo. 

b) Canonicidad: es decir, el que la Iglesia haya reconocido públicamente un libro como inspirado y lo haya hecho formar parte del “canon” (lista oficial de libros inspirados) bíblico. 

c) Autenticidad: es decir, la atribución de un libro a su verdadero autor. Este es un hecho que no afecta a la fe y es demostrable empíricamente. 

Dados los conceptos de inspiración y canonicidad más arriba anotados, el que se niegue la autenticidad de un escrito (por ejemplo, el decir que la carta a los Hebreos no fue escrita por san Pablo) no significa de ningún modo negar su inspiración o su canonicidad; ya que la canonicidad no proviene del prestigio de su autor, sino del reconocimiento hecho por la Iglesia de que en él está la Palabra de Dios. Así como la Biblia es conservada por la Iglesia también debe ser leída “en Iglesia”. El Concilio nos da varias normas al respecto: "La Escritura se ha de leer e interpretar en el mismo Espíritu con que fue escrita; por tanto, para descubrir el verdadero sentido del texto sagrado hay que tener en cuenta con no menor cuidado el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia, la analogía de la fe. A los exégetas toca aplicar estas normas de trabajo para ir penetrando y exponiendo el sentido de la Sagrada Escritura, de modo que con dicho estudio pueda madurar el juicio de la Iglesia. Todo lo dicho sobre la interpretación de la Escritura queda sometido al juicio definitivo de la Iglesia, que recibió de Dios el encargo y el oficio de conservar e interpretar la Palabra de Dios" (DV, 12 c). Estas normas apuntan a una lectura integral de la Escritura: ella es obra del único Dios (“Espíritu”) que nos da en ella un “camino de salvación” (“verdad” bíblica: ver más adelante). 

Por ello al interpretar un texto no pueden aislarse de todo el proceso global de la salvación en la totalidad de los textos. También es necesario conocer cómo las diferentes generaciones de cristianos y los teólogos y el Magisterio han entendido el texto que uno estudia a lo largo de la historia de la Iglesia  (la “tradición viva de toda la Iglesia”). Por último, no se puede aislar el texto del conjunto de la Revelación (la “analogía de la fe”, que se traduce en el Credo). Obviamente estas normas se dirigen en primer lugar a los especialistas. Sin embargo, un cristiano común puede aplicarlas de hecho al leer la Biblia en grupos con una buena orientación, o en una buena edición, con buenas notas (como se ve, incluso en este último caso estamos ante una lectura “comunitaria” de la Biblia, la lectura puramente individual es la manera más segura de “perderse” en la interpretación de la Biblia). La interpretación de la Escritura corresponde a todos los cristianos; sin embargo, al Magisterio de la Iglesia le toca decir la “última palabra” en materia de interpretación (el “juicio definitivo”) cuando hay asuntos controvertidos o cuando es necesario subrayar lo central de la fe.

PEQUEÑO CURSO BÍBLICO Sergio Armstrong Cox

NO TENGO MÁS QUE UN DESEO: AMARLO


Sor Isabel de la Trinidad había hecho «suya» la doctrina de su Maestro. Volvía con predilección a la frase de san Juan: «Somos de los que hemos creído en el amor.» Hasta se puede adelantar, sin temor de exagerar, que había establecido toda su vida espiritual bajo la luz del «excesivo amor» de que habla san Pablo. «¡Siento tanto amor en mi alma! Es como un océano en el que me sumerjo,, me pierdo, es mi visión en la tierra en espera del cara a cara en la luz. Él está en mí, yo estoy en Él, no tengo más que amarlo, que dejarme amar, y esto todo el tiempo, a través de todas las cosas. Despertarse en el amor, moverse en el amor, dormirse en el amor, con el alma en su alma, el corazón en su corazón, para que con su contacto me purifique, me libre de mi miseria...»

 «Noche y día, en el cielo de su alma, ella quiere cantar el amor de su Maestro.» «No tengo más que un deseo, amarlo, amarlo todo el tiempo, velar con celo por su honor como una verdadera esposa; constituir su felicidad, hacerlo feliz construyéndole una morada y un abrigo en mi alma para que allí olvide, a fuerza de amor, todas las abominaciones que cometen los malos.»

 «Me ha amado, se ha entregado por mí.» Ese es, pues, el término del amor: darse... verterse todo entero en el amado; el amor hace salir de sí al amante para transportarlo, por medio de un inefable éxtasis, al seno del objeto amado. ¿No es verdad que este pensamiento es hermoso? Sea él como una divisa luminosa para nuestras almas; déjense éstas arrebatar por el Espíritu de amor y, bajo la luz de la fe, vayan ya a cantar con los bienaventurados el himno de amor que se canta eternamente ante el trono del Cordero. Sí, comencemos nuestro cielo en el amor. Él mismo es este amor. San Juan es quien nos lo dice: «Deus charitas est.» «Permanezcamos en Su amor y que Su amor permanezca en nosotros.» 

Como Teresa del Niño Jesús, y quizá bajo su influencia, ha encontrado su vocación en el amor: «...Quiero ser santa, santa para constituir su felicidad; pedidle que yo no viva más que de amor: “es mi vocación”.»«...Creo que es el amor el que nos permite detenernos mucho tiempo aquí abajo y por lo demás san Juan de la Cruz lo dice formalmente; tiene un capítulo admirable en donde describe la muerte de las almas víctimas del amor, los últimos asaltos que les libra, luego los ríos del alma que van a perderse en el océano del amor divino y se parecen ya a mares: tan inmensos son. 

San Pablo dice que “nuestro Dios es un fuego que consume.” Si nos mantenemos todo el tiempo unidas con Él, con una mirada de fe, simple y amorosa; si, como nuestro Maestro adorado, podemos decir al final de cada día: “Porque amo a mi Padre, hago siempre lo que le agrada”, ya sabrá Él consumirnos, e iremos a perdernos en el inmenso hogar para arder contentas durante la eternidad.» En el momento en que todo muere en ella, resplandece más que nunca esta primacía del amor. Recibe al sacerdote que le lleva la Extremaunción, exclamando: «¡Oh Amor... Amor... Amor...»


M.M. PHILIPON, O.P. LA DOCTRINA ESPIRITUAL DE SOR ISABEL DE LA TRINIDAD


DE LA PACIENCIA EN LAS ENFERMEDADES (San Alfonso Mª de Ligorio)


Decía San Vicente de Paúl: «Si conociésemos el precioso tesoro encerrado en las enfermedades, las recibiríamos con aquella alegría con que se reciben los más insignes beneficios». Por lo cual, hallándose el Santo trabajado continuamente por tantas enfermedades, que a menudo no le dejaban reposo ni de día ni de noche, lo soportaba todo con tal paz y serenidad de rostro: sin la más mínima queja, que se diría no padecía mal alguno. ¡Ah, y cómo edifica el enfermo que sufre la enfermedad con el rostro sereno de un San Francisco de Sales, el cual, en sus enfermedades, se limitaba a exponer sencillamente al médico su mal, tomaba con escrupulosa exactitud los remedios que le recetaba, por desabridos que fuesen, y luego quedaba en paz, sin lamentarse de lo que padecía! ¡De cuán diversa manera obran los imperfectos, que, por cualquier malecillo que padecen, andan siempre lamentándose con todos y quisieran que todos, familiares y amigos, las rodearan compadeciendo sus males! Santa Teresa exhortaba así a sus religiosas: «Sabed sufrir un poquito por amor de Dios, sin que lo sepan todos». 

El venerable P. Luis de la Puente fue en un Viernes Santo regalado por Jesucristo con tantos dolores corporales, que no había en su cuerpo parte libre de particular tormento; contó a un su amigo este padecimiento, pero luego se arrepintió, de tal modo que hizo voto de no declarar a nadie lo que en adelante padeciese. Dije que el Señor le regaló, porque los santos estimaban como regalos las enfermedades y dolores que el Señor les enviaba. 

Cierto día, San Francisco de Asís se hallaba en cama, acabado de dolores, y un compañero que le asistía le dijo: «Padre, ruegue a Dios que le alivie este trabajo y que no cargue tanto la mano sobre vos». Al oír esto, se lanzó prontamente el Santo de la cama y, arrodillado en tierra, se puso a dar gracias a Dios de aquellos dolores, y, vuelto al compañero, le dijo: «Sepa, hermano, que, si no supiese yo que había hablado por sencillez, no quisiera volverlo a ver». 

 Enfermo habrá que diga: –A mí no me desagrada tanto padecer cuanto verme imposibilitado de ir a la iglesia para practicar mis devociones, comulgar y oír la misa; no puedo ir al coro a rezar el oficio con mis compañeros; no puedo celebrar, ni siquiera puedo hacer oración, por los dolores y desvanecimientos de cabeza. –Pero, por favor, dígame: y ¿para qué quiere ir a la iglesia o al coro? ¿Para qué ir a comulgar, a celebrar o a oír misa? ¿Para agradar a Dios? Pero si ahora no le agrada a Dios que rece el oficio, que comulgue ni que oiga misa, sino que lleve con paciencia en el lecho las penalidades de la enfermedad... Si esta mi respuesta no es de su agrado, es señal de que no busca lo que a Dios agrada, sino lo suyo. El venerable P. Maestro Ávila, escribiendo a un sacerdote que se quejaba de este modo, le dice: «No tantéis lo que hiciérades estando sano, mas cuánto agradaréis al Señor con contentaros con estar enfermo. Y si buscáis, como creo que buscáis, la voluntad de Dios puramente, ¿que más se os da estar enfermo que sano, pues que su voluntad es todo nuestro bien?». Decís que no podéis hacer oración porque anda desconcertada la cabeza. Concedido: no podéis meditar, pero ¿y no podéis hacer actos de conformidad con la voluntad de Dios? Pues sabed que, si os ejercitáis en tales actos, tenéis la mejor oración que podéis tener, abrazando con amor los dolores que os afligen. 

Así lo hacía San Vicente de Paúl: cuando estaba gravemente enfermo, se ponía suavemente en la presencia de Dios, sin violentarse en aplicar el pensamiento en un punto particular, y se ejercitaba de cuando en cuando en algún acto de amor, de confianza, de acción de gracias y, más a menudo, de resignación, mayormente cuando con más fiereza le asaltaban los dolores. San Francisco de Sales decía que «las tribulaciones, consideradas en sí mismas, son espantosas; pero, consideradas como voluntad de Dios, son amables y deleitosas». ¿Que no podéis hacer oración? Y ¿qué mejor oración que repetir las miradas al crucifijo, ofreciéndole los trabajos que sufrís y uniendo lo poco que padecéis a los inmensos dolores padecidos por Jesucristo en la cruz? Hallándose en cama cierta virtuosa señora, víctima de graves dolencias, una criada le puso en manos el crucifijo, diciéndole que rogase a Dios la librase de aquellos dolores; a lo que respondió la enferma: «Pero ¿cómo me pides ruegue a Dios que me baje de la cruz, teniéndole crucificado en mis manos? Líbreme Dios de ello, pues quiero padecer por el que padeció por mí dolores mayores que los míos». 

Que fue lo que el mismo Señor dijo a Santa Teresa, hallándose apretada de grave enfermedad, apareciéndosele todo llagado: «Mira estas llagas, que nunca llegarán aquí tu dolores». Por lo que la Santa solía decir después cuando le aquejaba cualquier enfermedad: «¡Oh Señor mío!, cuando pienso por qué de maneras padecistes y como por ninguna lo merecíades, no sé qué me diga de mí ni dónde tuve el seso cuando no deseaba padecer, ni adónde estoy cuando me disculpo». Santa Liduvina estuvo treinta y ocho años en continuos padecimientos de fiebres, gota, inflamación de la garganta y llagas por todo el cuerpo; pero, teniendo siempre ante la vista los dolores de Jesucristo, se la veía en cama alegre y jovial. Cuéntase también de San José de Leonisa que, teniendo el cirujano que hacerle una dolorosa operación, ordenó lo ataran para evitar los movimientos por efecto del dolor, y el Santo, tomando en manos el crucifijo, exclamó: «¿Para qué esas cuerdas y para qué esas ataduras? Éste es quien me hará soportar pacientemente todo dolor por amor suyo»; y así sufrió la operación sin proferir una queja. 

El mártir San Jonás, condenado a permanecer durante una noche dentro de un estanque helado, dijo por la mañana que nunca había pasado una noche tan tranquila como aquélla, porque se había representado a Jesucristo pendiente de la cruz, y así sus dolores, en comparación con los de Cristo, se le habían hecho más bien regalos que tormentos. ¡Cuántos méritos se pueden alcanzar con sólo sufrir pacientemente las enfermedades! Le fue dado al P. Baltasar Álvarez ver la gloria que Dios tenía preparada para cierta religiosa ferviente que había sufrido con paciencia ejemplarísima la enfermedad, y decía que más había merecido aquella religiosa en ocho meses de enfermedad que otras de vida ejemplar en muchos años. Sufriendo con paciencia los dolores de nuestras enfermedades, se compone en gran parte, quizá la mayor, la corona que Dios nos tiene dispuesta en el paraíso. Esto precisamente se le reveló a Santa Liduvina, quien, después de haber sobrellevado tantas y tan dolorosas enfermedades como arriba se apuntó, deseaba morir mártir por Jesucristo, cuando cierto día que suspiraba por tal martirio víó una hermosa corona, pero no acabada aún, y oyó que se preparaba para ella, por lo que la Santa, deseosa de que se acabara, pidió al Señor que le aumentara los padecimientos. La escuchó el Señor y le envió unos soldados, que la maltrataron no sólo de palabra, sino apaleándola. Acto continuo se le apareció un ángel con la corona ya acabada, y le dijo que aquellos últimos tormentos habían terminado de engastar las perlas que faltaban, y poco después murió. 

 Para las almas que aman ardientemente a Jesucristo, los dolores e ignominias se tornan suaves y deleitables. De ahí que los santos mártires fuesen con tanta alegría al encuentro de los ecúleos, las uñas de hierro, las planchas ardientes y las hachas de los verdugos. El mártir San Procopio, cuando el tirano le atormentaba, le decía: «Atorméntame cuanto te plazca, pero ten por entendido que los amadores de Jesucristo nada estiman más precioso que padecer por su amor». San Gordiano, también mártir, decía al tirano que le amenazaba con la muerte: «Tú me amenazas con la muerte, pero lo que yo siento es no poder morir más que una vez por Jesucristo». Pero ¿por qué los mártires, pregunto yo, hablaban de esta manera? ¿Eran acaso insensibles a los tormentos o habían perdido el juicio? No, responde San Bernardo; no hizo esto la estupidez, sino el amor. No eran estúpidos, sino que sentían perfectamente los tormentos y dolores que les hacían padecer; pero, porque amaban a Jesucristo tenían a gran ganancia sufrir tanto y perderlo todo, aun la misma vida, por su amor. En tiempo de enfermedad debemos, sobre todo, estar dispuestos a aceptar la muerte, y la muerte que a Dios le plazca. Tenemos que morir y alguna ha de ser nuestra última enfermedad; así que en cada una de ellas habemos de estar dispuestos a abrazar la que Dios nos tenga aparejada. 

Pero dirá algún enfermo: «Yo cometí muchos pecados y no hice penitencia de ellos, por lo que quisiera vivir, no por vivir, sino para satisfacer a la justicia divina antes de morir». Pero dime, hermano mío, ¿cómo sabes que viviendo harás penitencia y no serás peor de lo que antes fuiste? Ahora puedes esperar de la misericordia divina que te habrá perdonado. ¿Qué mayor penitencia que estar pronto a aceptar resignadamente la muerte si tal es la voluntad de Dios? San Luis Gonzaga, muerto en la juventud de los veintitrés años, se abrazó alegremente con la muerte, diciendo: «Ahora confío hallarme en gracia de Dios, y como ignoro lo que después acontecerá, muero contento si al Señor le place llamarme ahora a la otra vida». El P. Maestro Ávila decía «que cualquiera que se hallase con mediana disposición debía antes desear la muerte que la vida, por razón del peligro en que se vive, que todo cesa con la muerte». Además, en este mundo no se puede vivir, debido a nuestra natural debilidad, sin cometer algún pecado, al menos venial; aun cuando no sólo fuera más que para evitar el peligro de ofender a Dios venialmente, deberíamos abrazarnos alegremente con la muerte. Por otra parte, si amamos verdaderamente a Dios, debíamos suspirar ardientemente por verle en el paraíso y amarle con todas nuestras fuerzas, cosa que no se puede hacer perfectamente en esta vida; pero si la muerte no nos abre aquella puerta, no podremos entrar en la dichosa patria del amor. Por esto exclamaba el enamorado de Dios, San Agustín: «¡Ea, Señor, muérame yo para contemplarte!». Señor, permitidme morir, pues si no muero, no puedo llegar a veros y amaros cara a cara.

(Práctica de amor a Jesucristo, San Alfonso Mª de Ligorio)

LA CONTINENCIA ES UN FIN MÁS ELEVADO QUE EL MATRIMONIO


El matrimonio es un verdadero bien, porque un bien es incuestionablemente criar hijos y gobernar la casa con sabiduría y prudencia; pero, en cambio, es aún mejor no casarse.

En los primeros tiempos de la humana progenie, atendiendo de un modo particularísimo a la propagación y crecimiento del pueblo de Dios, que era el que había de profetizar y de donde había de nacer el Príncipe y Salvador del mundo, hubieron de usar los santos del bien del matrimonio, no por ser ideal en sí mismo, sino por ser necesario para la obtención de otro fin. 

Pero como, en la presente condición del mundo, en todo el orbe se da un gran número de hombres espirituales para poder constituir una sociedad santa y perfecta, débese aconsejar a aquellos que anhelen contraer matrimonio, incluso a los que solo pretendan el fin único y legítimo de tener prole, que prefieran el bien de la continencia, como un bien mucho más excelente y elevado que el matrimonio.

Ya sé que hay quienes no son de este parecer y que con sordina replican: "¿Y qué acontecería si los hombres todos se abstuvieran de toda unión conyugal? ¿Cómo podría subsistir el género humano?". 

Pluguiera a Dios que todos apetecieran aquel bien de la continencia, siempre que a ello fueran compelidos por la caridad que nace de un corazón puro, de una buena conciencia y de una fe no fingida, porque así se completaría mucho antes la ciudad de Dios y se aceleraría más rápidamente el fin de los siglos.

¿Y qué otra cosa, en efecto, parece exhortarnos el Apóstol a realizar cuando dice: Desearía que todos fueseis como yo mismo, esto es, célibes?  El que no tiene mujer, anda únicamente solícito de las cosas del Señor y en lo que ha de hacer para agradar a Dios. Al contrario: el que tiene mujer, anda afanado en las cosas del mundo y en cómo ha de agradar a la mujer, y así se halla dividido. De la misma manera, la mujer no casada o una virgen piensa en las cosas de Dios para ser santa en cuerpo y alma. Mas la casada piensa en las del mundo y en cómo ha de agradar al marido. Estas palabras de San Pablo me fuerzan a creer que en los tiempos que corremos deberían casarse solamente aquellos que no pueden guardar continencia, según la sentencia del mismo Apóstol: Pero si no pueden contenerse, cásense, pues es mejor casarse que abrasarse.

(San Agustín, sobre el matrimonio)

ADVIENTO


El Adviento se viste de violetas.
Es, en el alma, tensión de espera.

No es aún la cosecha:
es primavera.

El Adviento es hambre de pan,
clamor de profetas;
es mugido en los establos
y cónclave en las estrellas.

El Adviento es llamada en los cielos,
luna que al sueño despierta,
suave temblor de alborada que alerta,
pasos de peregrinos que inquietan.

El Adviento es gravidez
que viene pidiendo urgencias.
Ya están convocados ángeles y reyes,
pastores, pesebre y bueyes…

El Adviento es Ella, es la Virgen bella,
serena, ante el cuenco de pajas que ya se quiebran.
Ya se escucha el «Gloria» en las lejanías.
El Adviento es Ella: ¡Santa María!

(Padre Jesús del Castillo)

¡OH ALMAS REDIMIDAS!

Es de considerar aquí que la fuente y aquel sol resplandeciente que está en el centro del alma no pierde su resplandor y hermosura que siempre está dentro de ella, y no hay cosa que pueda quitar su hermosura.  Pero si sobre un cristal que está al sol se pusiese un paño muy negro, claro está que, aunque el sol dé en él, no hará su claridad operación en el cristal.

¡Oh almas redimidas por la sangre de Jesucristo! ¡Entendeos y habed lástima de vosotras! ¿Cómo es posible que entendiendo esto no procuráis quitar esta pez (suciedad) de este cristal? Mirad que, si se os acaba la vida, jamás tornaréis a gozar de esta luz. 

¡Oh Jesús, qué es ver a un alma apartada de ella! ¡Cuáles quedan los pobres aposentos del castillo! ¡qué turbados andan los sentidos, que es la gente que vive en ellos!.

Donde está plantado el árbol que es el demonio, ¿qué fruto puede dar?

(Santa Teresas de Jesús, "Las moradas")

SANTIFICARÁS LAS FIESTAS


El tercer mandamiento de la ley de Dios es: "Santificarás las fiestas"

Los domingos y fiestas de precepto hay que abstenerse de los trabajos que impiden dar culto a Dios. 

A no ser que sean necesarios para el Servicio Público, como las profesiones de médicos, enfermeros, seguridad etc... o no se puedan aplazar por circunstancias imprevistas o por ser urgentes.

Está permitido trabajar en obras de caridad y apostolado. También se puede estudiar y practicar el arte.

Para santificar las fiestas es necesario, lo primero, cumplir con el precepto de oír Misa y de no trabajar sin necesidad. Pero también hay que evitar toda diversión que suponga una ofensa a Dios.

La palabra «Domingo» significa «Día del Señor», y muchos, con sus pecados, lo convierten en día de Satanás.

(Para Salvarte, P. Jorge Loring)

FIAT A LA SANTIDAD EN EL TIEMPO DE ADVIENTO


 La Madre Teresa de Calcuta, hasta la edad de 36 años era una religiosa de la Congregación de Loreto, fiel a su vocación y dedicada a su trabajo, pero nada hacía prever en ella algo extraordinario. Fue durante un viaje en tren desde Calcuta a Darjeeling por su retiro espiritual anual cuando ocurrió el hecho que cambió su vida. La voz misteriosa de Dios le dirigió una invitación clara: deja tu orden, tu vida anterior y ponte a mi disposición para una obra que yo te indicaré. 

Gracias a los documentos que salieron a la luz durante el proceso de beatificación, conocemos hoy las palabras exactas que le dijo Jesús: «Deseo religiosas indias, Misioneras de la Caridad, que sean mi fuego de amor entre los más pobres, los enfermos, los moribundos, los niños de la calle. Quiero que tu conduzcas hacia mí a los pobres... ¿Rechazarías hacer esto por mí?». Y también: «Hay conventos con muchas religiosas que se ocupan de las personas ricas y favorecidas, pero para mis indigentes no existe absolutamente ninguno».

Al final, Madre Teresa, como María, dijo a Dios su pleno fiat, «sí». Lo dijo con los hechos que conocemos y lo dijo con gozo.

También en su libro autobiográfico Don y Misterio, el San Juan Pablo II escribe: «En otoño de 1942 tomé la decisión definitiva de entrar en el seminario» : la cursiva en el texto indica muchas explicaciones que no se ofrecen, pero que se intuyen. Esa decisión fue precedida también de una llamada; fue la decisión de responder a una invitación, como es toda vocación sacerdotal. Ahora sabemos qué construyó Dios sobre esa decisión, sobre aquel «Aquí estoy, yo iré», pronunciado en el lejano 1942.

Todos hemos recibido la llamada a la santidad, digamos sí a Dios, pronunciemos ese FIATen este tiempo de Adviento.


(Meditación de Adviento, Padre Raniero Cantalamessa, ofm)

CÓMO FUE NOMBRADO SAN JOSÉ, PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL


En el siglo XIX, hubo un movimiento del sentir popular pidiendo la declaración del patrocinio de san José sobre toda la Iglesia. Entre los cientos de cartas que llegaron al escritorio de Pío IX estaba la de un sacerdote dominico, el Beato Juan José Lataste, en la que contaba al Papa que había ofrecido su vida para que llegase esa declaración pontificia. El Papa, muy movido por esa petición en particular, en la Solemnidad de la Inmaculada de 1870, invocaba urbi et orbi ese patrocinio en las misas de todas las basílicas pontificias en que se leyó el Decreto Quemadmodum Deus de la Sagrada Congregación de Ritos, donde se decía: 

“Del mismo modo que Dios constituyó al otro José, hijo del patriarca Jacob, gobernador de toda la tierra de Egipto para que asegurase al pueblo su sustento, así al llegar la plenitud de los tiempos, cuando iba a enviar a la tierra a su Hijo Unigénito para la salvación del mundo, designó a este otro José, del cual el primero era un símbolo, y le constituyó Señor y Príncipe de su casa y de su posesión y lo eligió por custodio de sus tesoros más preciosos. Porque tuvo por esposa a la inmaculada Virgen María, de la cual por obra del Espíritu Santo nació Nuestro Señor Jesucristo, tenido ante los hombres por hijo de José, al que estuvo sometido. Y al que tantos reyes y profetas anhelaron contemplar, este José no solamente lo vio, sino que conversó con él, lo abrazó, lo besó con afecto paternal y con cuidado solícito alimentó al que el pueblo fiel tomaría como pan bajado del cielo para la vida eterna. Por esta sublime dignidad que Dios confirió a su siervo bueno y fidelísimo, la Iglesia, después de su esposa, la Virgen Madre de Dios, lo veneró siempre con sumos honores y alabanzas e imploró su intercesión en los momentos de angustia. Y puesto que en estos tiempos tristísimos la misma Iglesia es atacada por doquier por sus enemigos y se ve oprimida por tan graves calamidades que parece que los impíos hacen prevalecer sobre ella las puertas del infierno, los venerables obispos de todo el orbe católico, en su nombre y en el de los fieles a ellos confiados, elevaron sus preces al Sumo Pontífice para que se dignara constituir a san José por patrono de la Iglesia Universal. Al haber sido renovadas con más fuerza estas mismas peticiones y deseos durante el Santo Concilio Ecuménico Vaticano, Nuestro Santísimo Papa Pío IX, conmovido por la luctuosa situación de estos tiempos, para ponerse a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del santo patriarca José, quiso satisfacer los votos de los obispos y solemnemente lo declara PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL” ordenando que su fiesta del 19 de marzo se celebrara en lo sucesivo con rito doble de primera clase, sin octava por motivo de caer en Cuaresma. También dispuso que esta declaración se publicara medainte el presente decreto de la Sagrada Congregación de Ritos en este día de la Inmaculada Concepción de la Virgen madre de Dios y esposa del castísimo José.

 Día 8 de diciembre de 1870

C. Episc. Oslien. et Velitern. Card. PATRIZI S. R. C. Praef.

(Francisco Cerro Chaves, obispo)

ESPERA LA VIRGEN PURA

Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que dé a luz al Infante
que ha concebido en su vientre,
porque va a nacer el día
veinticuatro de diciembre.

En la grávida doncella
un gozo especial se advierte
y hay un brillo en su mirada
que sobrepasa con creces
la belleza y el candor
que imaginarse uno puede.

Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que la familia humana,
sumida en sombras de muerte,
con la venida del Niño,
la claridad recupere
y se sienta hija de Dios
y heredera de sus bienes.

Espera la Virgen pura,
el momento ya inminente,
en que aparezca en la tierra
el que será Rey de Reyes
y el que abra al hombre las puertas
de las moradas celestes.

Mientras llega ese momento,
la esperanza la mantiene
en una íntima vigilia
de ternuras y quereres,
siempre atenta a los anuncios
que a su Niño se refieren
porque sabe a ciencia cierta
que, ya en el mismo Pesebre,
será preciso que empiece
a cumplir con sus deberes.

Gozosa mira a José,
ensimismada y silente,
mientras piensa que su Niño
llenará el globo terrestre
de amor e instaurará un reino
que durará eternamente.

(Francisco Vaquerizo, Poemas de Adviento)

YO SOY LA VERDADERA FLOR



Cuenta Santa Verónica Giuliani:

"A los tres o cuatro años, estando una mañana en el huerto gustosamente entretenida en coger flores, me pareció ver visiblemente al Niño Jesús acompañándome en coger dichas flores. 

Al punto dejé de cogerlas y me fui hacia el divino Niño con deseo de asirlo, y me pareció que me decía: 

“Yo soy la verdadera flor”. 

Y desapareció, dejándome cierta luz que me movía a no tomar gusto en las cosas momentáneas: me hallaba con la atención fija en el divino Niño. Se me había grabado tanto en la mente, que estaba como loca y no me daba cuenta de lo que hacía. 

Corría de un sitio para otro por ver si lo podía encontrar. Y recuerdo que mi madre y mis hermanas trataban de detenerme para que no siguiese corriendo, y me decían: “¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loca?”. 

Yo me reía y no decía nada; y sentía que no podía estar quieta. A cada paso volvía al huerto para ver si aparecía. Todo mi pensamiento se hallaba fijo en el Niño Jesús. 


(Santa Verónica Giuliani, P. Ángel Peña O.A.R.)

MARÍA (Padre Pedro Miguel Lamet, SJ, poema de adviento)

Cuando contemplo el brillo de mi aldea
bajo el sol que se ríe con la fuente,


o el trigo que se mece blandamente
y promete nacer mientras verdea;

cuando escucho a José que carpintea
una cuna de olivo, oigo a la gente
que me sabe feliz porque presiente
una ola de luz con la marea…,

los ojos cierro y palpo tu presencia
en este santuario de mi seno.
Oh, mi niño, te siento en mi regazo,
y te escucho latir con la querencia
de un vacío que nunca estuvo lleno,
y un mundo desvalido sin tu abrazo

(Padre Pedro Miguel Lamet, SJ)

QUIERO ESTAR EN VELA, SEÑOR


Quiero estar en vela, Señor

Preparado para que, cuando Tú llames, yo te abra

Despierto para que, cuando Tú te acerques, te deje entrar

Alegre para que, cuando Tú te presentes, veas mi alegría


QUIERO ESTAR EN VELA, SEÑOR

Que, el tiempo en el que vivo, no me impida ver el futuro

Que, mis sueños humanos, no eclipsen los divinos

Que, las cosas efímeras, no se antepongan sobre las definitivas


QUIERO ESTAR EN VELA, SEÑOR

Y que, cuando nazcas, yo pueda velarte

Para que, cuando vengas, salga a recibirte

Y que, cuando llores, yo te pueda arrullar


QUIERO ESTAR EN VELA, SEÑOR

Para que, la violencia, de lugar a la paz

Para que los enemigos se den la mano

Para que la oscuridad sea vencida por la luz

Para que el cielo se abra sobre la tierra


QUIERO ESTAR EN VELA, SEÑOR

Porque el mundo necesita ánimo y levantar su cabeza

Porque el mundo, sin Ti, está cada vez más frío

Porque el mundo, sin Ti, es un caos sin esperanza

Porque el mundo, sin Ti, vive y camina desorientado


QUIERO ESTAR EN VELA, SEÑOR

Prepara mi vida personal: que sea la tierra donde crezcas

Trabaja mi corazón: que sea la cuna donde nazcas

Ilumina mis caminos: para que pueda ir por ellos y encontrarte

Dame fuerza: para que pueda ofrecer al mundo lo que tu me das


Quiero estar, en vela, Señor

Entre otras cosas porque, tu Nacimiento,

será la mejor noticia de la Noche Santa

que se hará madrugada de amor inmenso en Belén.

¡VEN, SEÑOR!


Posted by Reflejos de Luz , Adviento

DIOS EN SU BONDAD TAMBIÉN NOS DA AL ÁNGEL CUSTODIO

 El amor de Dios es inmenso en extremo, no cabe en nuestra mente humana el amor que nos tiene Dios. 

No solo se contenta con entregar a su Hijo único, que bajó del Cielo, de la eternidad y se ajustó a este tiempo, se hizo carne, semejante a nosotros menos en el pecado, para que lo pudiésemos comprender mejor, sino que ese Hijo se ha quedado con nosotros hasta el fin de los tiempos en la Eucaristía para darnos fuerza.

No solo se contenta con darnos a María como Madre nuestra, refugio de pecadores, sino que nos da también un Padre que nos ayuda en nuestro caminar, como es San José y que no nos niega ninguna gracia que le pidamos con fe.

No solo se contenta con morar en nuestros corazones, para enriquecernos de sus gracias, sino que nos da desde que nacemos un compañero invisible, un Ángel Custodio que nos inspira y nunca nos deja.

Más atenciones no puede tener Dios con nosotros, sin contar con la intercesión de los santos, o con personas maravillosas que nos pone en nuestro camino cada día, en fin, son tantas cosas, como dice el salmo: "cuantos planes en nuestro favor"




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