En la oquedad de nuestro barro breve
el mar sin nombre de Su luz no cabe.
Ninguna lengua a Su verdad se atreve.
Nadie lo ha visto a Dios. Nadie lo sabe.
Mayor que todo dios, nuestra sed busca,
se hace menor que el libro y la utopía,
y, cuando el Templo en su esplendor Lo ofusca,
rompe, infantil, del vientre de María.
El Unigénito venido a menos
traspone la distancia en un vagido;
calla la gloria y el amor explana;
Sus manos y Sus pies de tierra llenos,
rostro de carne y sol del Escondido,
¡versión de Dios en pequeñez humana!
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LA VISITACIÓN
El tardío precoz hijo convoca
al cumplimiento de las profecías,
y el seno de Isabel se hace boca
junto a la muda fe de Zacarías.
Virgen y madre, sierva y libertaria,
la más mujer de todas las mujeres,
tú has puesto el cielo en la ración diaria
de nuestras amarguras y placeres.
Azoras la montaña de Judá,
grávida de caminos, que no sabe
que en tus andares el Camino va
y cómo será humano ir en pos
de esa ternura que en tu vientre cabe,
feto de sueño y sangre, nuestro Dios.
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NO TIENEN VINO
La verdad es que no tenemos vino.
Nos sobran las tinajas, y la fiesta
se enturbia para todos, porque el sino
es común y la sola sala es ésta.
Nos falta la alegría compartida.
Rotas las alas, sueltos los chacales,
hemos cegado el curso de la vida
entre los varios pueblos comensales.
¡Sangre nuestra y de Dios, vino completo,
embriáganos de Ti para ese reto
de ser iguales en la alteridad.
Uva pisada en nuestra dura historia,
vino final bebido a plena gloria
en la bodega de la Trinidad!
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LOS DIEZ LEPROSOS
Eran diez leprosos. Era
esa infinita legión
que sobrevive a la vera
de nuestra desatención.
Te esperan y nos espera
en ellos Tu compasión.
Hecha la cuenta sincera,
¿cuántos somos?, ¿cuántos son?
Leproso Tú y compañía,
carta de ciudadanía
nunca os acaban de dar.
¿Qué Francisco aún os besa?
¿Qué Clara os sienta a la mesa?
¿Qué Iglesia os hace de hogar?
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EUNUCO POR EL REINO DE DIOS
Voy a engarzar en paz esas espinas
entre las rosas todavía nuevas.
Mi voluntad rendida Tú examinas,
Tú mi holocausto sin retorno pruebas.
Tus manos han ceñido mis riñones
desde la mocedad. Te ha reservado
mi corazón la flor de sus carbones.
Si he amado, Señor, a Ti te he amado.
Mi opción de eunuco por el Reino ostento
sobre esta frágil condición de hombre,
capaz, con todo, de acoger Tu aliento.
Cuando el lagar su desazón concluya,
Tú salvarás la causa de mi nombre
que sólo quiere ser la Causa Tuya.
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EL HIJO DEL HOMBRE SERÁ ENTREGADO
Crepita la floresta y desmorona
toda su verde historia sin techumbre.
La savia en las cenizas se amontona
y el fuego no consigue hacerse lumbre.
Llama llevada por su propio viento,
pájaro azul, recado de la tarde,
arde bajo la fiebre el pensamiento,
toda la vida en ciega espera arde.
La carretera ya no es más camino.
Y este hijo del hombre, agobiado
por las voces del pueblo y su destino,
llama y ceniza al viento desolado,
va a celebrar su Pascua, sin más vino
que el mosto de la sangre derramado.
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DÓNDE ESTÁ, OH MUERTE TU VICTORIA
¿Dónde está tu victoria, muerte extraña?
¿Dónde está tu derrota, muerte amiga?
Nos llevas, te llevamos, en la entraña,
grano en tu surco, de tu surco espiga.
Juntos crecemos. Tú hacia el ocaso,
cumplida la misión que nos fecunda.
Nosotros hacia el día, por el «paso»
de tu garganta abierta. La profunda
soledad de tu abismo se ha llenado
con el grito del Dios crucificado,
con tu muerte en Su muerte redentora.
¡Victoria derrotada en Su agonía,
oh hermana temporal, vientre del Día,
umbral de los «levantes de la aurora»!
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VÍ UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA
Entonces veré el sol con ojos nuevos
y la noche y su aldea reunida;
la garza blanca y sus ocultos huevos,
la piel del río y su secreta vida.
Veré el alma gemela de cada hombre
en la entera verdad de su querencia;
y cada cosa en su primero nombre
y cada nombre en su lograda esencia.
Confluyendo en la paz de Tu mirada,
veré, por fin, la cierta encrucijada
de todos los caminos de la Historia
y el reverso de fiesta de la muerte.
Y saciaré mis ojos en Tu gloria,
para ya siempre más ver, verme y verte.