Exhortación a la práctica heroica de la fe y de la caridad -San Tito Brandsma-



Suele decirse con frecuencia que vivimos en un tiempo magnífico, un tiempo de grandes 
hombres y grandes mujeres. Pero tal vez sería más cierto decir que vivimos en un tiempo de 
gran decadencia de costumbres, en el que, sin embargo, muchos sienten la necesidad de 
reaccionar para defender las cosas que les son más queridas y sagradas. 
Es comprensible el deseo de que surja un guía capaz y fuerte. Nosotros buscamos un guía que luche por una causa santa, es decir, por un ideal fundado, no en las solas fuerzas del hombre, sino en los designios divinos. 

El neopaganismo considera la naturaleza como una emanación de la divinidad, y lo 
mismo sostiene respecto de diversas razas y pueblos de la tierra, pero afirmando al mismo 
tiempo que, como una estrella difiere de otra por su brillo y esplendor, así también una raza es más pura y más noble que la otra. Y en la medida en que esta raza posee una luz más brillante, tiene también la misión o tarea de propagarla y hacerla brillar en el mundo. 
Lo que, según dicen, solo es posible si, eliminando los elementos que le son extraños, se purifica a sí misma de toda mancha. De ahí proviene el culto de la raza y de la sangre, el culto de los héroes del propio pueblo. 

A partir de un tal error, es fácil llegar a otros errores no menos funestos. Es doloroso 
contemplar el gran entusiasmo y las grandes energías que se ponen al servicio de un ideal tan erróneo e infundado. Pero es lícito aprender del enemigo. Su falsa y perversa filosofía nos puede ayudar para purificar y mejorar nuestra visión del mundo y de los hombres, y su inútil entusiasmo nos puede servir de estímulo para acrecentar el amor hacia nuestro ideal, nuestra disponibilidad a vivir y morir por él y la firmeza para realizarlo en nosotros mismos y en los demás. 

También nosotros confesamos nuestra procedencia de Dios. Y queremos igualmente lo 
que él quiere. Pero no aceptamos la doctrina de la emanación de la divinidad, y no nos 
divinizamos a nosotros mismos. 
Admitimos, sí, que procedemos de Dios, y de él, por lo mismo, dependemos. Y cuando hablamos de su reino y rezamos por la venida del mismo, no pensamos en una diferencia de raza o de sangre, sino en una hermandad universal, porque todos los hombres son nuestros hermanos, sin excluir a los que nos odian y nos combaten, sintiéndonos íntimamente unidos a aquel que hace salir el sol sobre malos y buenos.
 
En ningún caso queremos caer en el pecado de un paraíso terrestre, en el pecado de hacernos iguales a Dios. Ni instituir un culto de héroes fundado en la divinización de la naturaleza humana. 
Reconocemos la ley de Dios y nos sometemos a ella. Y no queremos romper por una 
insana y delirante valoración de nosotros mismos la dependencia que nos une al Ser supremo, del que hemos recibido la existencia.
 
Con todo, aun reconociendo la ley de Dios dentro de nosotros mismos, advertimos la 
existencia de otra ley que intenta prevalecer en nosotros contra el Espíritu de Dios. Y a veces 
sentimos, como san Pablo, nacer en nosotros el deseo de obrar diversamente; se nos hace 
difícil reconocer la imperfección de nuestra naturaleza y su íntima contradicción. Querríamos ser mejores tanto en nuestro modo de ser como en nuestras aptitudes. Y a veces pensamos ser ya lo que solamente queremos ser, por más que, reflexionando serenamente, no dejemos de reconocer nuestra imperfección y comprendamos que podemos aún perfeccionarnos mucho. 

Admitiendo además honestamente que podríamos lograrlo, si fuera mayor nuestro esfuerzo. 
Porque nada se consigue sin trabajo y sin empeño. Nos convencemos, de hecho, de que, en 
lugar de detenernos a llorar nuestras propias o las ajenas debilidades, es mejor recordar lo que interiormente se le dijo a san Pablo: «Sufficit tibi gratia mea». Te basta mi gracia. Unido a mí, lo puedes todo. 

Vivimos en un mundo que condena el amor como una debilidad que hay que superar. No 
es el amor, dicen algunos, lo que hay que cultivar, sino las propias fuerzas: que cada uno sea 
lo más fuerte posible, y que los débiles perezcan. Son los mismos que afirman que la religión 
cristiana, pregonera del amor, ha cumplido ya su tiempo y debe, por lo mismo, ser sustituida por la antigua potencia germánica. 
Así es, por desgracia. Os vienen con esta doctrina, y no faltan incautos que la aceptan de buena gana. 

El amor no es conocido. «Amor haud amatur», decía ya en su tiempo san Francisco de Asís y, algunos siglos después, en Florencia, santa María Magdalena de Pazzi tocaba en éxtasis la campana del monasterio de las carmelitas para anunciar a todo el mundo cuán bello es el amor. 
¡Oh, también yo quisiera tocar las campanas del mundo entero para decir a los hombres que es hermoso el amor! Por más que el neopaganismo repudie el amor, la historia nos enseña que nosotros, con el amor, venceremos también a este nuevo paganismo. 

No, nosotros no renunciaremos nunca al amor, y el amor nos conciliará de nuevo los corazones de los paganos. La naturaleza supera a la filosofía, y por más que una ideología se empeñe en repudiar al amor y condenarlo como una debilidad, el testimonio vivo de este amor lo convertirá siempre en una nueva fuerza capaz de vencer y unir los corazones de los hombres.

De los sermones del beato Tito Brandsma sobre la virtud heroica y sobre los santos Vilibrordo y Bonifacio. 

JESÚS, OCÚPATE TÚ ,Por el siervo de Dios Padre Dolindo Ruotolo -Director espritual del Padre Pio-

 Habla Jesús  al  alma:

¿Por qué te confundes agitándote? Déjame a cargo de  tus cosas y todo se calmará. En verdad te digo que cada acto verdadero y el completo abandono en Mi, produce el efecto que  deseas y resuelve las situaciones  espinosas.

 Abandonarse en Mi no significa atormentarse,  confundirse y desesperarse elevando luego hacia Mi una plegaria agitada para que Yo haga lo que Uds quieren, sino  que es cambiar la agitación en oración. Abandonarse  significa cerrar plácidamente los ojos del alma, alejar el  pensamiento de la tribulación y descansar en MI para que  solo YO obre, diciendo “Ocúpate Tu”. 

Se oponen al  abandono:  la preocupación, la agitación y el querer prever  las consecuencias de un hecho. Es como la confusión que tienen los niños que  pretenden que su mamá se ocupe de sus necesidades, y al  mismo tiempo quieren ocuparse ellos mismos entorpeciendo el trabajo de ella con sus ideas y caprichos infantiles.

Cierren los ojos y déjense llevar, por la corriente de mi  Gracia, cierren los ojos y déjenme trabajar, cierren los  ojos y piensen en el presente, alejando el pensamiento del futuro como si fuera una tentación;  reposen en Mi creyendo  en mi bondad y les prometo por mi Amor que diciéndome con abandono “Ocúpate Tu”, Yo me ocupo de  lleno, los consuelo, los libero, los conduzco.

 Y cuando los debo llevar por un camino diverso del que ustedes ven, Yo los adiestro, los llevo en mis brazos  haciéndolos encontrar en la otra ribera ,como niños  dormidos en los brazos maternos. Aquello que los angustia y  les hace un inmenso mal es su razonamiento, su pensamiento  atormentado y continuo, el querer resolver ustedes  mismos todo aquello que los aflige.  

Cuantas cosas obro YO cuando el alma se vuelve  hacia MI en sus necesidades tanto espirituales como  materiales y me dice “Ocúpate Tu”.

Cierra los ojos y  reposa ! Obtienen pocas gracias cuando se confunden para  producirlas ustedes mismos, obtienen muchísimas cuando la  oración y la confianza en Mí son completas: Ustedes, en su  dolor, oran para que Yo obre, pero para que obre según  ustedes creen… No se dirigen hacia Mí, sino que quieren  que Yo me adapte a sus ideas, no son enfermos que piden al  médico una cura, sino que la sugieren.

 No obren de este modo. Oren como Yo les enseñé en  el Padrenuestro: Sea santificado tu Nombre, es decir, que  seas glorificado en esta necesidad que tengo; que venga a nosotros tu reino, es decir, que todo lo que nos ocurre a  nosotros y al mundo concurra a tu Reino;  hágase tu  Voluntad  así en la tierra como en el Cielo, es decir, dispón Tú en esta necesidad como mejor te parezca, para  nuestra vida eterna.

Si me dicen de verdad: hágase Tu Voluntad, que es  lo mismo que decir “Ocúpate Tu”, Yo intervengo con toda  mi omnipotencia, y resuelvo aun en las situaciones más cerradas y difíciles. ¿Te das cuenta de que la desgracia  aumenta en vez de disminuir?  No te desanimes, cierra los  ojos y dime con confianza: Hágase tu voluntad. “Ocúpate  Tu”.

Te digo que Yo me ocupo, y que intervengo como un  medico, y hasta obro un milagro cuando es necesario. Si ves que la situación empeora no te angusties. 

Cierra los ojos y di  “Ocúpate Tú”. Te digo que yo me ocupo y no existe una  medicina más poderosa que una intervención mía de Amor. Yo  me ocupo sólo cuando cierran los ojos.

Ustedes son ansiosos, quieren evaluarlo todo,  pensar en todo, y es así como se abandonan en las fuerzas  humanas y, peor aun, en los hombres, confiando en la intervención de ellos. Esto es lo que obstaculiza mi  intervención.  Oh, cómo deseo este abandono de su parte,  para poder beneficiarlos ¡Cómo me duele verlos agitados! Es justamente eso lo que desea Satanás, agitarlos para alejarlos de mi acción y así poder convertirlos en  presas de las iniciativas humanas, por eso deben confiar solo en Mí, reposar solo en Mí y abandonarse en Mí para todo.

Yo hago milagros en proporción al pleno abandono en Mí y a la despreocupación de parte de ustedes. Yo  distribuyo tesoros de Gracia cuando ustedes se encuentran en  la pobreza extrema. Si poseen  sus propios recursos, aunque sean pocos, o si los  buscan, los encontrarán en el campo natural y seguirán por lo tanto el curso natural de las cosas, que es a menudo entorpecido por Satanás.

Ningún razonador ha hecho milagros, ni siquiera los Santos. Obra divinamente aquel que se abandona en DIOS.

Cuando ves que las cosas se complican, di con los  ojos del alma cerrados: Jesús, Ocúpate Tú. Tu Haz esto en todas tus necesidades. Hagan todos esto y verán grandes, continuos y silenciosos milagros.

Se lo prometo por mi  Amor.



ZAQUEO , Jose Luis Martín Descalzo

 Es Lucas quien narra el bellísimo episodio de Zaqueo.

 Jesús, de paso hacia Jerusalén, entró en Jericó. Y su llegada a la ciudad fue precedida por su fama. Allí le conocían ya bien, pero, además, muchos habían oído el pregón de los sacerdotes pidiendo que quien supiera su paradero lo denunciase. Por eso se maravillaban ahora de verle marchar derechamente al matadero. La curiosidad y los rumores de que acababa de hacer un nuevo milagro devolviendo la vista a Bartimeo, un ciego a quien todos conocían en Jericó, hizo que una gran multitud se conglomerase en la puerta de la ciudad. Entre esos curiosos estaba un tal Zaqueo, jefe y director de los aduaneros de la zona. Era un personaje realmente original: su mucho dinero no había enorgullecido su corazón; era espontáneo, ardiente, curioso, sin sentido del ridículo. Un hombre que carecía de complejos, aunque tenía todos los motivos para tener muchos. 

Era pequeñito de estatura, dice el evangelista. Si tenemos en cuenta que la estatura media de los judíos de la época era más bien baja (en torno al metro y medio), Zaqueo debía de ser casi un enano o, al menos, un buen chaparrete. Con lo que, en las aglomeraciones de multitudes, estaba condenado a no ver nada. Eso es lo que esta vez estaba ocurriéndole: entre el mar de cabezas no lograba ebookelo.com - Página 90 distinguir la del famoso maestro galileo. Pero Zaqueo era hombre tozudo, amigo de salirse con la suya. Si hubiera tenido un céntimo de respeto humano no se le habría ocurrido la idea de subirse a un árbol. ¡Él, un hombre famoso y conocido en la ciudad, un hombre rico y poderoso, exponerse así a los comentarios burlones de todo el mundo! ¡Subirse a los árboles era cosa de chiquillos, no de gente formal como él! ¡Y qué pensaría el propio Jesús si llegaba a divisarle! La idea era disparatada, pero Zaqueo no se detuvo un momento a pensarla: se anticipó a la comitiva, eligió un lugar por donde tuvieran forzosamente que pasar, buscó allí un sicomoro que resistiera su peso, y en él se encaramó. Todavía hay hoy en Jericó sicomoros con raíces en arbotante que salen fuera de la tierra y se unen casi con las ramas más bajas. No era difícil subirse a ellas, con lo que su estatura ganaba medio metro más. Allí se encaramó aquel hombrecillo de cuerpo pequeño y alma ardiente. 

Cuando Jesús pasó ante él, no pudo dejar de percibir la extraña figura de aquel hombre subido como un chiquillo sobre un árbol. Quizá preguntó de quién se trataba y alguien le explicó que era un famoso ricachón que les exprimía a todos con los impuestos que, para colmo, revertían luego en las arcas romanas. A Jesús no le fue difícil adivinar qué gran corazón se escondía tras el pequeño cuerpecillo ridículo. Y afrontó la situación con un cierto humorismo. Comenzó por llamar a Zaqueo por su nombre, como si se tratase de un viejo camarada y siguió por autoinvitarse a su casa. Baja pronto, porque hoy me hospedaré en tu casa (Lc 19,5). La sorpresa de Zaqueo no es para descrita. ¿Cómo sabía su nombre este predicador? ¿Por qué esta familiaridad en darse por invitado a su casa? 


Pero ya hemos dicho que este hombre tenía el corazón mayor que las apariencias. Sin hacer una pregunta, bajó del árbol y corrió hacia su casa para que todo estuviera dispuesto cuando Jesús llegase. Pero no todos asistieron a la escena con la misma limpieza. Muchos murmuraban de que hubiera entrado a alojarse en casa de un hombre pecador (Lc 19,7). ¿Es que no había en todo Jericó un centenar de casas «limpias» que hubiera podido escoger mejor que la de ese impuro? Zaqueo es un traidor al nacionalismo judío, un enemigo del pueblo escogido y, por tanto, de Dios. Y es más responsable que los simples recaudadores (como fuera Mateo) que aceptaban ese trabajo para malvivir. Zaqueo es todo un jefe de aduana, uno de los que realmente vivían del sudor de los pobres. ¿Oyó Zaqueo todas estas explicaciones? Si no las escuchó, le fue fácil suponerlas. Por eso se anticipó a los escrúpulos que pudiera tener Jesús antes de entrar en su casa. Desde la misma puerta y ante el amplio grupo de apóstoles y curiosos que acompañaban a Jesús hizo una solemne proclamación: Señor, desde hoy mismo doy la mitad de mis bienes a los pobres y, si a alguien le he defraudado en algo, le devolveré el cuádruplo. 

La misma audacia generosa que le lleva a subirse al sicomoro, prescindiendo de todo respeto humano, es la que le empuja ahora a una decisión tan radical. No va a dar una pequeña limosna, va a dar la mitad de su ebookelo.com - Página 91 hacienda. No va a devolver lo que haya podido robar, va a multiplicarlo por cuatro. Jesús ahora sonríe: he aquí alguien que le ha entendido sin demasiadas explicaciones, he aquí un corazón como los que él mendiga. Dice: Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto que éste es verdaderamente un hijo de Abraham. Y luego, repitiendo algo que ya ha dicho muchas veces, añade: Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 19,10). Quienes oyen esta frase sienten en sus almas un nuevo latigazo: ven en ella un nuevo reto a los fariseos, para quienes lo perdido está perdido para siempre. ¡Otra vez el predicador que desordena el orden establecido y coloca a los pecadores y prostitutas por encima, en su interés, de los santos y los puros! Y regresa de nuevo la nube de la muerte por el horizonte.

HAGAMOS UNA GUIRNALDA PARA CRISTO



Haremos las guirnaldas 
en tu amor floridas, 
y en un cabello mío entretejidas.

Este versillo se entiende harto propiamente de la Iglesia y de Cristo, en el cual la Iglesia, esposa suya, habla con él.
Se entiende por guirnaldas todas las almas santas engendradas por Cristo en la Iglesia, que cada una de ellas es como una guirnalda arreada de flores de virtudes y dones, y todas ellas juntas son una guirnalda para la cabeza del Esposo Cristo.
La flor que tienen las obras y virtudes es la gracia y virtud que del amor de Dios tienen, sin el cual no solamente no estarían floridas, pero todas ellas serían secas y sin valor delante de Dios, aunque humanamente fuesen perfectas. 
Pero, porque él da su gracia y amor, son las obras floridas en su amor, y en un cabello mío entretejidas.
Este cabello suyo es su voluntad de ella y amor que tiene al Amado, el cual amor tiene y hace el oficio que el hilo en la guirnalda. Porque, así como el hilo enlaza y une las flores en la guirnalda, así el amor del alma enlaza y une las virtudes en el alma y las sustenta en ella. 
Porque, como dice san Pablo, es la caridad el vínculo y atadura de la perfección.

(San Juan de la Cruz)

LA PENA DE LA PRIVACIÓN DE DIOS EN EL PURGATORIO

Podemos decir, que la intensidad de la pena exactamente proporcional a las culpas cometidas, y se agudiza por la pena de privación de Dios y el deseo de poseerlo, debido al gran amor que las almas sienten por Él. 

Por eso consideramos al Purgatorio como una lucha de amor. El Señor no es severísimo con ellas, es más bien amorosísimo y las purifica porque las quiere en una perfecta felicidad. 

El alma percibe este amor de Dios y se lanza hacia Él; arde por amor, gime por amor, percibe la niebla oscura en que se encuentra, porque es amada y ama; pide ayuda para salir de su estado para que sea acortado. 

No pudiendo ella acortarlo con sus propios méritos, siendo incapaz de hacer méritos, se encuentra en una ansiedad por amor.  El gemido del amor del alma que desea a Dios y que siente la atracción del amor divino, que desea su felicidad, constituye la pena de la privación de Dios. 

Podemos decir también, que es una pena que suaviza los tormentos del fuego y de los sentidos. 

Parece una paradoja y sin embargo es así, el alma considera cualquier pena purificadora como un paso al Sumo Bien y a la eterna felicidad, así como una mujer que debe hacerse una cura de belleza para presentarse a una fiesta, acepta sufrir molestias por el fin que persigue.


- El Purgatorio, P. Dolindo Ruotolo- 

LOS BUENOS LIBROS SON COMO ÁRBOLES QUE DAN BUEN FRUTO


En las palabras del Exodo, en que mandaba Dios cortar todos los árboles que no diesen fruto y plantar buenos frutales en la tierra de Promisión, podemos ver en esos árboles, los libros, y según San Clemente papa, nuestro entendimiento es como la tierra , que por más fértil , bien labrada y regada que sea , si los árboles que en ella se plantan no son buenos, nunca darán buen fruto, que por más ingenio , estudio y luz que uno tenga, si los libros que leyere no fueren provechosos , no se aprovechará : Y el mal árbol, dice el Señor , no puede dar buen fruto, ni el bueno malo.

Ningún provecho mejor puede tener nuestra alma que el conocimiento y amor de Dios; pues, como dijo San Juan, esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, Dios vivo , y a Jesucristo , a quien tú enviaste, y el fin de todo y de todos los preceptos, como dice San Pablo , es la caridad.

De aquí es que los libros que, descubriendo el camino de oración , nos guían a mayor conocimiento y amor de Dios , como hacen los de la madre Teresa de Jesús y otros libros espirituales, se han de tener en mucha estima y leer con mucha atención.


(Fray Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, O.C.D.)

EL SUEÑO DE SANTO DOMINGO Y SAN FRANCISCO DE ASÍS


De acuerdo con la leyenda, el Papa Inocencio III, Santo Domingo y San Francisco tuvieron un sueño. Cada uno de ellos vio que la Basílica Laterana estaba comenzando a derrumbarse, y a dos frailes, uno en hábito marrón y el otro en un hábito blanco, colocándose ellos mismos como columnas para evitar el colapso total.

Francisco de Asís se reconoció a sí mismo como el fraile del hábito marrón, pero no sabía quién era el otro fraile. De igual modo, Domingo de Guzmán se reconoció a sí mismo como el fraile del hábito blanco, pero desconocía quién era el del hábito marrón. Para Inocencio III el sueño era un misterio.

El día siguiente, cuando Domingo iba a ver al Papa sobre la aprobación de su Orden, se encontró a un fraile joven vestido con un hábito marrón. Mirándose mutuamente, cada uno reconoció al otro como el compañero que ayudaba a soportar la Basílica Laterana, y se abrazaron en medio de la calle.

Después fueron juntos a ver al Papa, y éste comprendió inmediatamente el significado de su sueño: «Las Órdenes de estos dos gran hombres serán como columnas que salvarán a la Iglesia de su destrucción».

SAN JOSÉ, NUESTRO PADRE ESPIRITUAL



Jesucristo quiere que tengamos la paternidad espiritual de san José, quiere que tengamos a san José por padre. Su paternidad espiritual y amorosa tiene el poder de acercarnos extremadamente a los Corazones de Jesús y de María, incrementar nuestra virtud, protegernos de las potencias malignas, y ayudarnos a alcanzar el cielo. 

Este es el tiempo de san José. Muchos hombres no han tenido una buena experiencia de la paternidad. Él nos conducirá espiritualmente con todo lo que hace un padre: nos alimentará, nos dará educación, vestido, protección y corregirá cuando sea necesario. 

- San José del Evangelio, Arzobispo Francisco Cerro-

“Somos hijos de María, y esta es nuestra gloria y nuestro consuelo. Pero también somos hijos adoptivos de san José y esto no es cosa menor, por la confianza que tenemos en él” (Beato Guillermo Chaminade)

OREMOS POR LAS FAMILIAS

 En una ocasión llegó a mis manos este cuento:

Un pintor quería pintar su obra maestra, pero no encontraba inspiración.
Se le ocurrió preguntar a los demás lo que consideraban más importante.
Preguntó a un sacerdote. Éste le contestó: LA FE.
Preguntó a una novia que venía de la boda. 
Ésta le contestó: EL AMOR.
Preguntó a un soldado que venía de la guerra. 
Éste le contestó: LA PAZ.
Al volver a su casa vio en su madre LA FE, en su mujer EL AMOR y en sus hijos LA PAZ. Ya tenía la inspiración. Pintó SU FAMILIA.

Una de las grandes alegrías de la vida es tener una familia unida, pues en la familia unida reina la paz, el respeto, la comprensión, el diálogo, el sacrificio, la entrega, el servicio, la responsabilidad, el testimonio...: en una palabra EL AMOR.

Recemos porque todas las familias permanezcan unidas.


(Para Salvarte, P. Jorge Loring)




ESPÍRITU DE AMOR


 
Invocamos, Padre, tu Espíritu de amor, 
callado pero presente y activo en la historia, 
haciéndola historia de salvación.
Él animó y anima a los profetas a denunciar las injusticias 
y los abusos de los poderosos, 
y a ser portadores de tu Palabra salvadora.
Él inspiró a María el entendimiento de tu actuación salvadora 
y la proclamación gozosa de tus planes liberadores.
Él acompañó a Jesús, 
lo empujó al desierto de la prueba y el encuentro contigo, 
lo envió a proclamar la buena noticia a los pobres 
y la liberación a los oprimidos.
Él le fue animando en su predicación del Reino
con signos y palabras.
Jesús respondió con docilidad y entrega total, 
llegando a vaciarse a sí mismo, 
exhalando su espíritu, dándose del todo.
El día de Pentecostés celebramos que vino sobre 
los apóstoles y María convirtiéndolos
en comunidad de creyentes, 
y enviándolos a anunciar el Evangelio
y ser testigos de la Resurrección hasta los confines del mundo.
Que ese mismo Espíritu descienda sobre nosotros 
transformándonos de individuos en personas, 
de discípulos en creyentes, 
de grupo de amigos en comunidad cristiana, 
santificada por tu gracia, adornada con tus dones, 
enriquecida con tus carismas, enviada a una misión liberadora, 
esperanzada y comprometida en la realización de tu Reino.
Que tu Espíritu de comunión 
nos ayude a superar nuestros miedos y egoísmos; 
nos dé aliento en nuestros compromisos;
nos dé sabiduría en nuestro caminar, 
fortaleza en nuestra debilidad 
y amor en todo lo que hagamos.
Que tu Espíritu renueve la faz de la tierra, 
transformándolo todo con su aliento:
Que sea consuelo y esperanza 
para las personas y colectivos que sufren.
Que sea portador de esperanza en la liberación.
Que sea comunión en la diversidad, respeto en el pluralismo.
Que sea el lenguaje del amor 
el que haga entenderse a las personas.
Que haga posible la comunicación, el diálogo,
la paz, la justicia, y la solidaridad,
desechando el odio, la violencia, la muerte y la guerra
en las relaciones entre las personas y los pueblos.
Que haga a los creyentes 
verdaderos testigos de Cristo Resucitado: 
que nos haga transmisores de paz, de alegría, 
de comprensión y esperanza.
Que nos haga a todos y a todas suspirar 
por la plenitud a que aspiramos, 
sin renunciar nunca a la utopía, 
y nos haga gozar de la felicidad que deseamos, 
viviendo intensamente cada instante.

-Plegarias eucarísticas, Deme Orte-

NOCHE DE ÁNIMAS -Rufino Villalobos-



 I 
Oculta el sol sus últimos fulgores, 
La noche extiende su enlutado manto 
Y sólo vense ya en el camposanto 
En las tumbas cien luces de colores. 
Poco a poco se apagan los rumores 
Y en esta soledad que causa espanto 
Vengo a regar con dolorido llanto 
La tierra en que reposan mis mayores. 
¡Soledad, soledad! ¡Quién sospechara 
Que toda humana gloria aquí acabara 
Sin que los hombres impedirlo puedan! 
Yo de esta soledad al ser testigo, 
Como el poeta, en mi interior me digo: 
¡Qué solos, ¡ay, Señor!, los muertos quedan! 

II 
¡Muerte! Voz de dolor y de misterio 
Que resuena sin fin hora tras hora 
Aquí en la soledad aterradora 
Del sombrío y helado cementerio. 
En el mundo desde uno a otro hemisferio 
Es la muerte la dueña y la sefi.ora 
Que domina a los hombres vencedora 
Con las duras cadenas de su imperio. 
Muerte, di, ¿quién podrá esquivar tu yugo? 
¿Quién se podrá ocultar de tu presencia 
ni qué hombre puede contra ti ser fuerte? 
¡Oh de la humanidad fatal verdugo! 
¿Tan breve habrá de ser nuestra existencia 
Que todo se termine con la muerte? 

III 
Todo aquí acaba: el torpe devaneo 
Las riquezas, la dicha y la ventura 
Y, siendo desigual la sepultura, 
Al rico y al mendigo iguales veo. 
¡Todo se acaba! Pero ¡no! Yo creo 
Lo que mi fe bendita me asegura: 
Que esas cruces que miran a la altura 
Dicen dónde se colma mi deseo. 
El cielo que la santa cruz señala 
Es el lugar que el alma fiel escala 
Cuando sale del cuerpo desprendida. 
Para el alma que cree, ama y espera 
Aquí empieza la vida verdadera: 
La cruz junto a la muerte dice: ¡Vida!

-Rufino Villalobos-

POR TI



Te saludamos a ti, que abarcaste en tus limpias entrañas virginales al inmenso e incomprensible. 
Por ti recibe gloria y adoración la santa Trinidad. 
Por ti se rinden veneración y culto a la preciosa cruz en el mundo entero. 
Por ti exulta el paraíso. 
Por ti los ángeles y los arcángeles se regocijan. 
Por ti los demonios emprenden la huida. 
Por ti el tentador fue derrocado de las alturas. 
Por ti el hombre caído en el pecado halla acogida en el cielo. 
Por ti toda criatura, sujeta a la alienación de los ídolos, llega al conocimiento de la verdad. 
Por ti los creyentes obtienen la gracia del santo bautismo y el óleo de la alegría. 
Por ti se han erigido iglesias en toda la redondez de la tierra. Por ti los pueblos se sienten atraídos a la conversión. 
¿Qué más añadiré? Por ti el Hijo único de Dios brilló como una luz sobre los que habitaban en tierra y sombras de muerte. Por ti los profetas vaticinaron. 
Por ti los apóstoles predicaron el mensaje de la salvación de las naciones. 
Por ti los muertos despiertan a la vida. 
Por ti los reyes reinan, por la gracia de la santa Trinidad. 
Y ¿qué humano fuera capaz de enaltecer a María, como se merece, siendo tan digna de alabanza?

-San Cirilo de Alejandría-

LA IGLESIA CATÓLICA CREÓ EL CANON DE LA BIBLIA

 La Iglesia Católica es el creador del canon de la Biblia, tal como la conocemos actualmente. 

Los fariseos y los saduceos habían estado luchando por el canon de las Escrituras desde el tiempo de Jesús.  Por último, en el concilio de Roma en 382 dc, el Papa Dámaso I infaliblemente declaró que sólo 73 libros de cientos de otros eran de inspiración divina.  Estos 73 libros son los que actualmente están en la Biblia Católica hoy. 

La Iglesia Católica nunca agregó otros libros a este canon cerrado.  Por el contrario, Martín Lutero, más de 1100 años más tarde, restó siete libros de su Biblia protestante, porque no estaba de acuerdo con ellos: Tobit, Primero de Macabeos, Segundo de Macabeos, Baruch, Judith, Sabiduría y Sirach.  Estos libros divinamente inspirados habían estado en la Biblia desde el siglo IV, pero Lutero los quitó de su Biblia porque no estaban de acuerdo con su teología personal.  También quiso excluir a Santiago y al Apocalipsis del Nuevo Testamento, pero sus seguidores le impidieron hacerlo.

Estos libros descartados, están todos en la Biblia de Gutenberg, que fue la primera Biblia impresa, publicada en el siglo anterior de la herejía de Lutero.




PADRE NUESTRO, PADRE DE CRISTO



¡Padre nuestro! 
Estoy tan acostumbrado a decirte “Padre” 
que casi lo hago sin darme cuenta. 
Sin embargo... 
cuando lo pienso más en serio, 
tiemblo un poco. 
Porque si eres mi Padre, yo soy tu hijo... 
Y el hijo tiene la carne y la sangre del padre. 
Hoy te pido, Padre mío 
(y Padre de tantos otros hijos, 
de tantos hermanos míos), 
que jamás deje de llamarte así, 
que jamás deje de ser el que engendraste 
para que te ame y para ser amado por Ti. 
¡Padre nuestro! ¡Padre de Cristo! 
Que nunca deje de recordar 
la misericordia que nos mostraste en Jesús. 
No permitas que abandone nunca tu casa. 
Si estoy lejos de ella (por tantas locuras, 
por tantas maldades, por tantas tonterías), 
dame fuerzas para volver ahora mismo: 
¡Tú me amas y eres más grande 
que todos mis pecados juntos! 
Y si me das las gracia 
de vivir siempre en tu casa, 
disfrutando de todo lo tuyo, 
dame generosidad para compartir 
todo lo mío; 
dame humildad para comprender 
a mis hermanos 
y recibirlos en nuestra casa siempre, 
como Tú los recibes. 
¡Así sea! 

-Héctor Muñoz. “Oraciones para muchachos”.-

EDUCANDO A JESÚS

Jesús aprendió a hablar escuchando a sus padres María y José, ellos dirigieron sus primeros pasos acompañando con sus desvelos y sus brazos abiertos la incipiente vida del niño. Su hijo era un niño normal pero desde el principio los dos eran conscientes que era también un niño misterio, todo el misterio de Dios habitaba en él. A ellos les es confiado el poner el nombre , Jesús, y educarlo en la tradición del pueblo elegido. 

En José y María recae la tarea más asombrosa y apasionante que existe en la vida humana: la educación del hijo. El profeta escribe el oráculo del Todopoderoso: “Cuando Israel era niño, Yo le amé, y de Egipto llamé a mi hijo (...). Yo enseñé a andar a Efraím, lo tomaba en mis brazos; pero ellos no entendían que Yo los cuidaba. Con vínculos de afecto los atraje, con lazos de amor. Era para ellos como quien alza a un niño hasta sus mejillas, y me inclinaba a él y le daba de comer” (Oseas 11, 1-4). Si los cristianos han visto en este oráculo la referencia a Cristo, cómo no ver también la referencia a María y José. El Amor de Dios a Israel se compara al amor de un padre y de una madre hacia su hijo, aunque es un amor mucho más fuerte. José y María pueden aplicarse estas palabras: yo llamé, yo enseñé a andar, yo le daba de comer.

(José Gálvez Krüger, IX Congreso de Josefología, Polonia)

ÁNGELUS DE SAN JOSÉ


(puede recitarse después del Ángelus mariano como devoción privada)

V. El ángel del Señor se apareció en sueños a José. 

R. Para que no repudiara a María.

Dios te salve, José, rico eres en gracia, el Señor es contigo. Bendito tú eres entre todos los varones y bendito es el fruto del vientre de María, Jesús. San José, padre adoptivo del Hijo de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

V. José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa. 

R. Pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo.

Dios te salve, José, rico eres en gracia, el Señor es contigo. Bendito tú eres entre todos los varones y bendito es el fruto del vientre de María, Jesús. San José, padre adoptivo del Hijo de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

V. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. 

R. Porque salvará a su pueblo de sus pecados.

Dios te salve, José, rico eres en gracia, el Señor es contigo. Bendito tú eres entre todos los varones y bendito es el fruto del vientre de María, Jesús. San José, padre adoptivo del Hijo de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

V. Ruega por nosotros, glorioso Patriarca san José. R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.

Oremos. Sostenidos por el patrocinio del Esposo de tu Santísima Madre, rogamos Señor de tu clemencia hagas que nuestros corazones, despreciando todo lo terrenal, te amen, a ti, Dios verdadero, con perfecta caridad. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. R. Amén.

Gloria al Padre… (tres veces).

Y que todos los moribundos descansen en el Señor y obtengan la vida eterna. Amén.


(Enciclopedia Católica online, «OMNIA DOCET PER OMNIA»)

ROSARIO DE SAN MIGUEL ARCANGEL


 (Hay un Rosario especial que consta de nueve grupos de tres cuentas en vez de cinco como el Rosario normal, para hacer las nueve salutaciones, pero si no disponemos de ese Rosario, se puede hacer sin él)

Empezamos rezando en la Medalla la siguiente invocación:

0h Dios, ven en mi ayuda. Apresúrate, Señor a socorrerme.

Gloria al Padre, Gloria al hijo y Gloria al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén

Primera Salutación

Por la intercesión de San Miguel y el Coro Celestial de los Serafines, que Dios Nuestro Señor prepare nuestras almas; y así recibir dignamente en nuestros corazones, el fuego de la Caridad perfecta. Amén.

(Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria)

Segunda Salutación

Por la intercesión de San Miguel y el Coro Celestial de los Querubines, que Dios Nuestro Señor nos conceda la gracia de abandonar los caminos del pecado; y seguir el camino de la Perfección Cristiana. Amén.

(Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria)

Tercera Salutación

Por la intercesión de San Miguel y el Coro Celestial de Los Tronos, que Dios Nuestro Señor derrame en nuestros corazones, el verdadero y sincero espíritu de humildad. Amén.

(Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria)

Cuarta Salutación

Por la intercesión de San Miguel y el Coro Celestial de Dominaciones, que Dios Nuestro Señor nos conceda la gracia de controlar nuestros sentidos; y así dominar nuestras pasiones. Amén.

(Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria)

Quinta Salutación

Por la intercesión de San Miguel y el Coro Celestial de Las Virtudes, que Dios Nuestro Señor nos conserve de todo mal, y no nos deje caer en la tentación. Amén.

(Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria)

Sexta Salutación

Por la intercesión de San Miguel y el Coro Celestial de Potestades, que Dios Nuestro Señor protege nuestras almas, contra las acechanzas del demonio. Amén.

(Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria)

Séptima Salutación

Por la intercesión de San Miguel y el Coro Celestial de Los Principados, que Dios Nuestro Señor se digne llenar nuestras almas, con el verdadero espíritu de la obediencia. Amén.

(Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria)

Octava Salutación

Por la intercesión de San Miguel y el Coro Celestial de Los Arcángeles, que Dios Nuestro Señor nos conceda la gracia de la perseverancia final en la Fe, y en las buenas obras; y así nos lleve a la Gloria del Paraíso. Amén.

(Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria)

Novena Salutación

Por la intercesión de San Miguel y el Coro Celestial de Los Ángeles, que Dios Nuestro Señor nos conceda la gracia, de ser protegidos por ellos, durante ésta vida mortal; y que nos guíen a la Gloria Eterna. Amén.

(Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria)

En las cuatro cuentas finales, rezamos un Padrenuestro en honor de cada uno de los siguientes Ángeles, como se indica:

En honor a San Miguel.

En honor a San Gabriel.

En honor a San Rafael.

En honor al Santo Ángel de la Guarda.

Oración final:

Oh Glorioso Príncipe, San Miguel, Jefe Principal de la Milicia Celestial; Guardián fidelísimo de las almas; Vencedor eficaz de los espíritus rebeldes; fiel Servidor en el Palacio del Rey Divino, sois nuestro admirable Guía y Conductor. Vos que brilláis con excelente resplandor y con virtud sobrehumana, libradnos de todo mal. Con plena confianza recurrimos a vos. Asistidnos con vuestra afable protección; para que seamos más y más fieles al servicio de Dios, todos los días de nuestra vida.

V. Ruega por nosotros, Oh Glorioso San Miguel, Príncipe de la Iglesia de Jesucristo.

R. Para que seamos dignos de alcanzar Sus Promesas.

SONETO A CRISTO CRUCIFICADO


Yo, vivo, y vos, muriendo dueño amado;
yo, en gloria; y vos en penas mi querido;
yo, sano; y vos, mi bien, tan mal herido;
yo, con soberbia; y vos tan humillado;
yo, con honor; y vos tan afrentado;
yo, celebrando; y vos escarnecido;
yo, contento; y vos tan ofendido;
yo, confortado; y vos crucificado.
No, Señor, no es razón siendo mi esposo
que yo muera a fuerza de mi llanto,
muriendo vos tan triste y abatido.
Muramos ambos, Dueño Sacrosanto:
vos de amor que me tenéis piadoso;
yo, de dolor, de haber pecado tanto. 


-Este soneto fue escrito por Ignacio María de Varona y Agüero, nieto del matrimonio: Don Ignacio María de Varona y Doña Trinidad de la Torre Cisneros, propietarios de la famosa magen del Cristo de la Veracruz de Puerto Príncipe.-

DISTINTOS GRADOS DE FELCIDAD EN EL CIELO


Quizás parezca una paradoja afirmar que en el cielo unos serán más felices que otros, cuando antes habíamos dicho que en el cielo todos serán perfectamente felices. Pero no hay contradicción. Aquellos que hayan amado más a Dios en esta vida serán más dichosos al consumarse ese amor en el cielo.

Es cierto que cada bienaventurado será perfectamente feliz, pero también es verdad que unos tendrán mayor capacidad de felicidad que otros. Para utilizar un ejemplo antiguo: una botella de cuarto y una botella de litro pueden ambas estar llenas, pero la botella de litro contiene más que la de cuarto. Esto explica que la felicidad en el Cielo será colmada para todos, pero unos serán más felices que otros sin que los menos felices pierdan nada de su felicidad porque están colmados según su capacidad.

Otra comparación: seis personas escuchan una sinfonía; todos están absortos en la música, pero cada uno la disfruta en seis grados distintos, que dependerán de su particular conocimiento y apreciación de la música.

En el catecismo encontramos la siguiente pregunta «¿Qué debemos hacer para adquirir la felicidad del cielo?», a lo que contesta diciendo: «Para adquirir la felicidad del cielo debemos conocer, amar y servir a Dios en esta vida.» Esa palabra del medio, «amar», es la palabra clave, lo esencial. Pero el amor no se da sin previo conocimiento, hay que conocer a Dios para poder amarle. Y no es amor verdadero el que no se manifiesta en obras: haciendo lo que el amado quiere. Así, pues, debemos también servir a Dios.


(La fe explicada, Leo J. Trese)

SAN JOSÉ, PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL

 El Papa Pío IX, atendiendo a las innumerables peticiones que recibió de los fieles católicos del mundo entero, y, sobre todo, al ruego de los obispos reunidos en el concilio Vaticano I, declaró y constituyó a San José Patrono Universal de la Iglesia, el 8 de diciembre de 1870.

¿Qué guardián o que patrón va darle Dios a su Iglesia? pues el que fue el protector del Niño Jesús y de María.

Cuando Dios decidió fundar la familia divina en la tierra, eligió a San José para que sea el protector y custodio de su Hijo; para cuando se quiso que esta familia continuase en el mundo, esto es, de fundar, de extender y de conservar la Iglesia, a San José se le encomienda el mismo oficio. Un corazón que es capaz de amar a Dios como a hijo y a la Madre de Dios como a esposa, es capaz de abarcar en su amor y tomar bajo su protección a la Iglesia entera, de la cual Jesús es cabeza y María es Madre.





PULSA LAS DIEZ CUERDAS (San Agustín)


Hay una guerra que sostiene el hombre consigo mismo, luchando contra sus malos deseos, frenando la avaricia, extirpando el orgullo, sofocando la ambición, degollando la lujuria. 

Toma la cítara y pulsa estas diez cuerdas y mata las fieras: 

Pulsas la primera cuerda, por la que se adora a un único Dios, y cae la bestia de la superstición. 

Pulsas la segunda, por la que no tomas en vano el nombre del Señor, y cae la bestia del error de las herejías nefandas, que creyeron que podían tomarlo en vano. 

Pulsas la tercera cuerda, en la que, mirando a la esperanza del futuro descanso, haces lo que haces, y das muerte al amor de este mundo, más cruel que las otras bestias. En efecto, por el amor de este mundo se fatigan los hombres en todos sus negocios; tú fatígate en todas tus buenas obras no por el amor de este mundo, sino por el eterno descanso que promete Dios.

Pulsas la cuarta cuerda, para ofrecer honor a los padres, y cae la bestia del desafecto: Honra a tu padre y a tu madre 

Pulsas la quinta cuerda y cae la bestia de la lujuria: No cometerás adulterio.

Pulsas la sexta cuerda, cayó la bestia de la crueldad.

Pulsas la séptima cuerda, cayó la bestia de la rapacidad: No robarás.

Pulsas la octava cuerda, cayó la bestia de la falsedad. No levantarás falso testimonio.

Pulsas la novena cuerda, cayó la bestia del pensamiento adulterino. Porque una cosa es fornicar con otra mujer y otra apetecer la mujer ajena. Por eso se dieron dos mandamientos: No cometerás adulterio y No desearás la mujer de tu prójimo. No desearás la mujer de tu prójimo 

Pulsas la décima cuerda, cayó la bestia de la codicia. No desearás la propiedad de tu prójimo.

Y así, al caer todas las bestias, caminas seguro e inocente en el amor de Dios y en la sociedad de los hombres. Pulsando las diez cuerdas, ¡cuántas bestias matas! Porque bajo estas cabezas hay muchas otras cabezas. En cada cuerda no matas una sola bestia, sino manadas de ellas. Y así cantarás el cántico nuevo con amor, no con temor.

(San Agustín)

EL CIELO Y NUESTRO AMOR A DIOS (El amor de Dios no está en los sentimientos, está en la voluntad).

 


Me temo que mucha gente vea el cielo como un lugar donde encontrarán a los seres queridos difuntos, más que el lugar donde encontrarán a Dios. Es cierto que en el cielo veremos a las personas queridas, y que nos alegrará su presencia, pero cuando estemos con Dios, estaremos con todos los que con El están.

Pero el Cielo es algo más que una reunión de familia. En una escala infinitamente mayor, Dios es más importante. 

Nunca se resaltará bastante que la felicidad del Cielo consiste, esencialmente, en la visión intelectual de Dios -la final y completa posesión de Dios, al que hemos deseado y amado débilmente y de lejos-. Y si éste ha de ser nuestro destino -estar eternamente unidos a Dios por el amor-, de ello se desprende que hemos de empezar a amarle aquí en esta vida.Si no hay un principio de amor de Dios en nuestro corazón, aquí, sobre la tierra, no puede haber la fruición del amor en la eternidad.

Para esto nos ha puesto Dios en la tierra, para que, amándole, pongamos los cimientos necesarios para nuestra felicidad en el cielo y hay un solo modo de probar nuestro amor a Dios, y es haciendo lo que El quiere que hagamos, siendo la clase de hombre que Él quiere que seamos. El amor de Dios no está en los sentimientos, está en la voluntad. No es por lo que sentimos sobre Dios, sino por lo que estamos dispuestos a hacer por Él, como probamos nuestro amor a Dios.

Y cuanto más hagamos por Dios aquí, tanto mayor será nuestra felicidad en el cielo.

(La fe explicada, Leo J. Trese)

VEN ESPÍRITU SANTO, LUZ Y GOZO



Ven, Espíritu Santo, luz y gozo,
Amor, que en tus incendios nos abrasas:
renueva el alma de este pueblo tuyo
que por mis labios canta tu alabanza.

En sus fatigas diarias, sé descanso;
en su lucha tenaz, vigor y gracia:
haz germinar la caridad del Padre,
que engendra flores y que quema zarzas.

Ven, Amor, que iluminas el camino,
compañero divino de las almas:
ven con tu viento a sacudir al mundo
y a abrir nuevos senderos de esperanza. Amén.

Instrucción a los recién bautizados sobre la eucaristía San Ambrosio, Tratado sobre los misterios 43.47-49


 Los recién bautizados, enriquecidos con tales distintivos, se dirigen al altar de Cristo, diciendo: Me acercare al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud. En efecto, despojados ya de todo resto de sus antiguos errores, renovada su juventud como un águila, se apresuran a participar del convite celestial. Llegan, pues, y, al ver preparado el sagrado altar, exclaman: Preparas una mesa ante mi. A ellos se aplican aquellas palabras del salmista: El Señor es mi pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas. Y más adelante: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Preparas una mesa ante mi, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa.


Es, ciertamente, admirable el hecho de que Dios hiciera llover el maná para los padres y los alimentase cada día con aquel manjar celestial, del que dice el salmo: El hombre comió pan de ángeles. Pero los que comieron aquel pan murieron todos en el desierto; en cambio, el alimento que tú recibes, este pan vivo que ha bajado del cielo, comunica el sostén de la vida eterna, y todo el que come de él no morirá para siempre, porque es el cuerpo de Cristo.

Considera, pues, ahora qué es más excelente, si aquel pan de ángeles o la carne de Cristo, que es el cuerpo de vida. Aquel maná caía del cielo, éste está por encima del cielo; aquél era del cielo, éste del Señor de los cielos; aquél se corrompía si se guardaba para el día siguiente, éste no sólo es ajeno a toda corrupción, sino que comunica la incorrupción a todos los que lo comen con reverencia. A ellos les manó agua de la roca, a ti sangre del mismo Cristo; a ellos el agua los sació momentáneamente, a ti la sangre que mana de Cristo te lava para siempre. Los judíos bebieron y volvieron a tener sed, pero tú, si bebes, ya no puedes volver a sentir sed, porque aquello era la sombra, esto la realidad.

Si te admira aquello que no era más que una sombra, mucho más debe admirarte la realidad. Escucha cómo no era más que una sombra lo que acontecía con los padres: Bebían –dice el Apóstol– de la roca que los seguía, y la roca era Cristo; pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros. Los dones que tú posees son mucho más excelentes, porque la luz es más que la sombra, la realidad más que la figura, el cuerpo del Creador más que el maná del cielo.

Instrucción a los recién bautizados sobre la eucaristía
San Ambrosio, Tratado sobre los misterios 43.47-49

 

EL ESPÍRITU SANTO


 

Dios había prometido por boca de sus profetas que en los últimos días derramaría su Espíritu sobre sus siervos y siervas, y que éstos profetizarían; por esto descendió el Espíritu Santo sobre el Hijo de Dios, que se había hecho Hijo del hombre, para así, permaneciendo en él, habitar en el género humano, reposar sobre los hombres y residir en la obra plasmada por las manos de Dios, realizando así en el hombre la voluntad del Padre y renovándolo de la antigua condición a la nueva, creada en Cristo.

Nuestros cuerpos, en efecto, recibieron por el baño bautismal la unidad destinada a la incorrupción, pero nuestras almas la recibieron por el Espíritu.


(San Ireneo)

ORACIÓN A LA VIRGEN DEL CARMEN

Blanca flor del Carmelo, 
vid en racimo, 
celeste claridad, 
puro prodigio 
al ser, a una, 
Madre de Dios y Virgen: 
¡Virgen fecunda!
 
Madre, que florecida 
del Enmanuel, 
atesoras intacta 
la doncellez; 
estrella, guía 
de los rumbos del mar, 
sénos propicia. 
Vástago de Jesé, 
vara profética 
que el Hijo del Altísimo 
das en cosecha; 
Madre, consiente 
que vivamos contigo 
ahora y siempre. 

Azucena que brotas 
inmaculada 
y te yergues señera 
entre las zarzas; 
devuelve, Virgen, 
nuestra frágil arcilla 
a su alto origen. 
Ponnos, nueva Judit, 
para la lucha 
tu santo Escapulario 
como armadura; 
con tu vestido 
cantaremos victoria 
del enemigo. 

Bajo noches oscuras 
navega el alma, 
enciende tú los rayos 
de la esperanza, 
y sé el lucero 
que lleve nuestra nave, 
segura al puerto. 
Señora, desde siempre 
los carmelitas 
nos tenemos por hijos 
de tu familia, 
y confiamos 
que un día nos acojas 
en tu regazo. 

María, puerta y llave 
del paraíso, 
queremos desatarnos 
y estar con Cristo; 
si tú nos abres, 
reinaremos allí 
con tu Hijo, ¡Madre! Amén.

VISITA AL CEMENTERIO


Yo me postro sobre esta tierra donde reposan los restos mortales de mis queridos padres, 
parientes, amigos, y todos mis hermanos en la fe que me han precedido en el camino de la 
eternidad.
Mas ¿qué puedo hacer yo por ellos? ¡Oh divino Jesús, que padeciendo y muriendo por 
nuestro amor nos comprasteis con el precio de vuestra sangre la eterna vida; yo sé que 
vivís y escucháis mis plegarias y que es copiosísima la gracia de vuestra redención.
Perdonad, pues oh Dios misericordioso, a las almas de estos mis amados difuntos, 
libradlas de todas las penas y de todas las tribulaciones, y acogedlas en el seno de vuestra 
Bondad y en la alegre compañía de vuestros Ángeles y Santos para que, libres de todo 
dolor y de toda angustia, os alaben, gocen y reinen con Vos en el Paraíso de vuestra gloria 
por todos los siglos de los siglos. Amén

EFECTOS DE LA SAGRADA COMUNIÓN EN EL ALMA

La eucaristía nos une íntimamente con Cristo y, en cierto sentido, nos transforma en  Es el efecto más inmediato y primario, puesto que en ella recibimos real y verdaderamente el cuerpo, sangre, alma y divinidad del mismo Cristo. Consta expresamente por la Sagrada Escritura (lo 6,48-58) y por el magisterio de la Iglesia, que lo ha definido solemnemente (D 883). 

Esta unión con Cristo es tan íntima y entrañable, que es imposible concebir acá en la tierra otra mayor. Sólo será superada por la unión beatífica en el cielo. El mismo Cristo la expresa de manera sublime en el Evangelio: «El que come mi carne y bebe mi sangre, está en mi y yo en él. Así como me envió mi Padre vivo y vivo yo por mi Padre, así también el que me come vivirá por mi» (lo 6,57-58). No hay ninguna semejanza ni analogía humana que pueda darnos idea cabal de lo que significa esta compenetración o mutua inhesión entre Cristo y el que comulga. No se trata de un contacto físico, que, por otra parte, sería muy superficial y exterior, como el de dos personas que se abrazan. Tampoco es un contacto moral a distancia, como el que se establece por el amor entre dos amigos ausentes. Es un contacto de transfusión o mutua inhesión que escapa a todas las analogías humanas: «está en mí y yo en él». Acaso un ejemplo imperfecto y analogía lejana nos lo pueda dar una esponja sumergida en el agua, que queda materialmente repleta y empapada de ella, de suerte que puede decirse, en cierto modo, que la esponja está en el agua y el agua en la esponja. Tan profunda es esta mutua adhesión de Cristo con el alma y de ésta con Aquél, que, entendida en sus verdaderos términos, puede hablarse de verdadera transformación del alma en Cristo. No en sentido panteísta o de conversión de la propia personalidad en la de Cristo — burdo error expresamente condenado por la Iglesia como herético (D 510)— , sino en sentido espiritual y místico, permaneciendo intacta la dualidad de personas. 


Esto es lo que quiso expresar San Agustín al escribir en sus Confesiones aquellas misteriosas palabras que le pareció oír de la Verdad eterna: «Manjar soy de grandes: crece y me comerás. Mas no me mudarás tú en ti, como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí» . Este contacto tan íntimo y entrañable con Cristo, manantial y fuente de la vida divina, es de tal eficacia santificadora, que bastaría una sola comunión ardientemente recibida para remontar hasta la cumbre de la santidad a un alma imperfecta y principiante en la vida espiritual.

La eucaristía nos une íntimamente con la Santísima Trinidad. Es una consecuencia necesaria e inevitable del hecho de que en la eucaristía esté real y verdaderamente Cristo entero, con su cuerpo, alma y divinidad. Porque, como hemos explicado más arriba (cf. n.89,3.*), las tres divinas personas de la Santísima Trinidad son absolutamente inseparables, de suerte que donde esté una de ellas tienen que estar forzosamente las otras dos. Y aunque es cierto que el alma en gracia es siempre y en todo momento templo vivo de la Santísima Trinidad, que en ella inhabita (cf. lo 14,23; 2 Cor 6,16), la sagrada comunión perfecciona y arraiga más y más en el alma ese misterio de la inhabitación trinitaria, que constituye la quintaesencia de la vida sobrenatural del cristiano. Escuchemos a un teólogo contemporáneo explicando estas ideas: «Es verdad que en todo tiempo somos templos de Dios vivo (2 Cor 6,16), porque, según dice Santo Tomás, ‘por la gracia la Trinidad entera es huésped del alma’. Sin embargo, es más cierto esto en el momento de la comunión, porque en este momento viene Jesús a nosotros como pan de vida, expresamente para comunicar esta vida que El tiene del Padre. El que come este pan tendrá la vida. Pero ¿cómo vivirá? A si como el Padre, que me ha enviado, vive, y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí (lo 6,58). El alma del que comulga llega a hacerse como el cielo de la Trinidad. En mi alma como en el cielo enuncia el Padre su eterna Palabra, engendra su Hijo y le repite al dármelo: Hoy te he engendrado... Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo puestas todas mis delicias (Ps 2,7; Le 3,22). 


Ahora, en mi alma, el Padre y el Hijo cambian sus mutuas ternuras, se mantienen en este lazo inenarrable, se dan ese abrazo viviente, ese beso inefable, y su amor se exhala en ese soplo abrasador, torrente de llama, que es el Espíritu Santo»

 La eucaristía nos une íntimamente con todos los miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo. Lo insinúa claramente San Pablo cuando dice: «El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan» (1 Cor 10,16-17). La misma palabra comunión sugiere esta misma idea. Es la común unión de los miembros vivos del Cuerpo místico de Cristo con su divina Cabeza y la de cada uno de ellos entre sí. La razón profunda es porque todos esos miembros vivos están como injertados en Cristo, formando con El, su divina Cabeza, el Cristo total, o sea, el organismo viviente de su Cuerpo místico. Es, pues, imposible unirse a la Cabeza por el abrazo estrechísimo de la comunión sin que por el mismo hecho nos unamos íntimamente con todos los miembros vivos de su Cuerpo místico. Por eso la eucaristía es el gran signo de la unidad (San Agustín) y el que lleva a la máxima perfección posible acá, en la tierra, el deseo ardiente de Cristo: Que todos sean uno... a fin de que sean consumados en la unidad (lo 17,21-23). Ahora bien: ¿quiénes son esos miembros vivos de su Cuerpo místico? 

a) En primer lugar, la Virgen María, a la que la eucaristía nos une íntimamente. No sólo porque María es la Madre de Jesús y el miembro más excelso de su Cuerpo místico, sino porque, en cierto sentido, en la eucaristía hay algo que pertenece realmente a María. ¿Acaso la carne purísima de Jesús no se formó exclusivamente en las entrañas virginales de María? La eucaristía, al darnos a Jesús, nos da realísimamente algo perteneciente a María, y en este sentido se puede decir que «comulgamos a María» al mismo tiempo que a Cristo. 

b) Los ángeles, que forman parte también del Cuerpo místico de la Iglesia y tienen a Cristo por Cabeza aun en cuanto hombre, como explica Santo T om ás4, si bien se relacionan con El de manera distinta que el hombre, ya que solamente este último fue redimido por Cristo. Por eso a la eucaristía se la llama pan de los ángeles, porque ellos se nutren de la contemplación y goce fruitivo del mismo Verbo eterno, que la eucaristía nos entrega a nosotros en manjar.

c) Los bienaventurados del cielo, que experimentan un gozo indecible al vernos comulgar — lo ven todo reflejado en el Verbo, como en una pantalla cinematográfica— y se unen íntimamente a nosotros en el momento en que la eucaristía nos une íntimamente a la misma Cabeza común. 

d) Las almas del purgatorio, que constituyen la Iglesia purgante y que esperan de nosotros — principalmente a través de la eucaristía como sacrificio— la ayuda fraternal de nuestros sufragios. No hay otro medio más íntimo y entrañable de unirnos con nuestros queridos difuntos que ofrecer por ellos la santa misa y recibir la sagrada comunión. Les enviamos con ello un abrazo muy real y verdadero, que se traduce en un alivio considerable de sus penas y un aceleramiento de la hora de su liberación. 

e) Todos los cristianos en gracia, que están incorporados a su divina Cabeza y reciben continuamente de ella su influjo vivificador. Es una especie de fusión de almas tan íntima y profunda, que no hay ninguna unión humana que pueda darnos idea de esa divina y sublime realidad. Símbolo de esta unión es el pan y vino de la eucaristía, ya que, como dice hermosamente San Agustín, «el pan se hace de muchos granos de trigo, y el vino, de muchos racimos de uva». Y en otro lugar dice: «¡Oh sacramento de piedad, oh signo de unidad, oh lazo de caridad!»6. Los cristianos en pecado, si conservan todavía la fe y la esperanza informes, pertenecen de algún modo — radicalmente se dice en teología— al Cuerpo místico de Cristo; pero como miembros muertos o ramas secas, que están en gran peligro de eterna condenación si la muerte les sorprende en ese lamentable estado. Los paganos, infieles y herejes no son miembros actuales del Cuerpo místico de Cristo, sino únicamente en potencia, o sea, en cuanto que están llamados a él por la conversión y el bautismo. Y los demonios y condenados del infierno no lo son, ni siquiera en potencia, por su total, absoluta e irremediable desvinculación de Cristo Redentor.

(Antonio Royo Marín, Teología moral para seglares)

A VECES SOMOS MERCADERES


El pasaje bíblico de la expulsión de los mercaderes del Templo sirve para ilustrar el templo del alma; los comerciantes y las mercancías son todos los obstáculos que hemos de remover para vaciarnos y desasirnos. "Leemos en el santo Evangelio (Mateo 21, 12) que Nuestro Señor entró en el templo y echó fuera a quienes compraban y vendían. Dios quiere tener vacío este templo de modo que no haya nada adentro fuera de Él mismo. Es así porque este templo le gusta tanto ya que se le asemeja de veras, y Él mismo está muy a gusto en este templo siempre y cuando se encuentre ahí a solas.

¿Por qué es necesario vaciar el templo? "Pues luz y oscuridad no pueden existir juntos, no más que Dios y la criatura: Si Dios debe entrar, es preciso que el creado salga".

Los mercaderes son quienes se acercan a Dios en busca de premios y compensaciones por sus obras, son aquellos que se cuidan de no cometer pecados graves y les gustaría ser buenos y hacen obras buenas... mas las hacen para que Nuestro Señor les dé algo en recompensa o algo que les gusta: todos ésos son mercaderes, pues Dios en absoluto está obligado a darles ni a hacerles nada en recompensa, a no ser que quiera hacerlo gratuita y voluntariamente. Porque lo que son, lo son gracias a Dios, y lo que tienen, lo tienen de Dios y no por sí mismos. 

Por lo tanto, Dios no les debe nada, ni por sus obras ni por sus dádivas, a no ser que quisiera hacerlo voluntariamente como merced y no a causa de sus obras ni de sus dádivas, porque no dan nada de lo suyo y tampoco obran por sí mismos, según dice Cristo mismo: «Sin mí no podéis hacer nada» (Juan 15, 5). Esos que quieren regatear así con nuestro Señor, son ignorantes y conocen poco o nada de la verdad. Si quieres librarte del todo del mercantilismo para que Dios te permita permanecer en ese templo, debes hacer con pureza y para gloria de Dios todo cuanto eres capaz de hacer en todas tus obras, y debes mantenerte tan libre de todo ello como es libre la nada que no se halla ni acá ni allá" 

(Maestro Eckhart)

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