EL APOSTOLADO DEL SUFRIMIENTO

 


Cualquiera que sufre, puede, si quiere, cooperar en una medida cuya magnitud sólo Dios conoce, a la salud del mundo; continuar la redención comenzada en el Calvario, y que no terminará sino hasta el último día; puede cooperar a salvar almas, avanzar el reino de Dios, hacer retroceder a Satanás, ayudar a los obreros del Señor; a sostener a la Iglesia de la tierra en sus combates, consolar a la Iglesia que sufre en el Purgatorio, y hacer salir de él a las pobres almas.

Basta unir sus sufrimientos a las Llagas de Jesús y sufrir en unión con el Salvador. 

Esta unión está al alcance de todos: no exige nada de difícil; los más simples, los más ignorantes de los que sufren pueden realizarla. 

Lo que exige desde luego es el estado de gracia y que esté exenta el alma de todo pecado mortal, porque para unirse al Cristo vivo es preciso ser un miembro vivo; pero ¿quién no puede, con ayuda de los sacramentos, guardar su alma en estado de gracia? 

Después es preciso estrechar la unión entre nuestros sufrimientos y los suyos, nuestras llagas y sus Llagas, por la comunión frecuente, eso es lo más fácil, lo más dulce y también el más poderoso medio de fortificar la unión. 

Hay también la oración, sobre todo la que se hace ante la Hostia a las Cinco Llagas, en que el alma, considerando los sufrimientos de Jesús, encuentra fuerza para sufrir, aceptar y aun amar sus propios sufrimientos. 

El último medio es aceptar con resignación, por amor á El, por compasión a sus sufrimientos, y aun simplemente para expiar nuestros pecados, pagar nuestra deuda y merecer el Paraíso, los sufrimientos que se digne hacernos padecer. 

Mientras mayor sea esta resignación en vista de Jesús y por su amor, más estrecha hace la unión con Él. Es preciso procurar renovar a menudo los actos. 

He ahí todas las condiciones del apostolado por las Cincos Llagas. ¡Cuán fáciles nos las ha hecho vuestra condescendencia! 

¡Lo que entonces sucede es magnífico, sublime! De Jesús y del paciente se hace un solo ser, una sola persona; el paciente presenta a Jesús todos los sufrimientos aceptados de sus miembros; Jesús vierte las virtudes y los méritos infinitos de sus Llagas; y aún más, Jesús se apropia estos sufrimientos; el paciente le da miembros en los cuales Él se ha encarnado de nuevo, y es Jesús quien sufre con el paciente, Jesús quien le santifica, Jesús quien deifica sus sufrimientos.


(Manual de Adoración al Santísimo Sacramento, R.P.A. Tesnière)

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