DAR MUERTE AL ORGULLO, LA BATALLA POR LA SANTIDAD

 


Una parábola nos puede ayudar a entender la dificultad que tenemos para llegar hasta el final en nuestra lucha contra el orgullo: 
Comparo nuestra situación a la de un país infestado de bandoleros: 
son nuestros pecados, nuestros vicios, nuestro orgullo, que nos envenenan la existencia, interfieren la comunicación en el país, nos impiden vivir en paz. 
Entonces este país descubre que su vecino es un rey maravilloso, generoso, dotado de un ejército poderoso. 
En su desesperación, lanza una llamada hacia este rey, que franquea la frontera con su ejército. 
Los bandoleros tienen miedo y desaparecen a lo profundo de los bosques; el país respira, sus habitantes encuentran la concordia y la alegría de vivir juntos. 
Creemos que tal es el fruto de nuestra conversión a Jesucristo... pero en realidad 
estamos totalmente equivocados: lo que llamamos «paz» es un compromiso mediocre, una dosificación entre Bien y Mal que llamamos «equilibrio», una «coexistencia pacífica» entre el viejo hombre y el nuevo, entre nuestro corazón de carne y nuestro corazón de piedra. 
«No es magnífico, decimos, pero en fin, no hay que pedir demasiado». 

Cristo ha venido para darnos su paz, y no la del mundo, que nos persuade a aceptar el compromiso. Cristo quiere darnos su paz por la extinción de todo lo que amenaza la circulación del Amor. También el rey dice un día: –¿Qué ha pasado con los bandoleros? 
Señor, se esconden, están neutralizados... –¡Sí, pero hay que acabar con ellos! Voy a perseguirles y exterminarlos. 
–¡Oh! pero les despertaréis, será de nuevo la guerra... 
–No he venido a traer la paz sino la división: una guerra de exterminio contra todo lo que amenaza mi Paz. 

Es pues el rey mismo el que desencadena a los bandoleros que su presencia había dormido. De ahí las tentaciones extrañas que pueden levantarse en nosotros después de largos años pasados al servicio de Cristo: el despertar de fiebres dormidas... también el nacimiento de fiebres desconocidas. ¡Es buen signo, es el Espíritu Santo que hace limpieza!.
La clave está en si nosotros preferimos la tranquilidad de ese compromiso con el orgullo o dejamos que el Señor emprenda esa lucha sin cuartel que va a despertar a nuestro peor enemigo. La clave es si aceptamos la paz del mundo o buscamos la paz de Dios, la una sólo proporciona cierta tranquilidad, la otra nos lleva a la guerra.
 
El mundo da su paz a modo de negociación y de compromiso entre el hombre viejo y el nuevo, el corazón de piedra y el corazón de carne. 
Nosotros tenemos un poco de los dos, el agua de las lágrimas que está preparada para brotar de la roca... y la roca misma. 
Nuestro corazón de piedra no es líquido, no está roto, no está contrito, no está 
muerto. 



De ahí surge una situación muy dolorosa. Querríamos que los dos adversarios que se baten en nuestro corazón, como Esaú y Jacob en el seno de Rebeca, lleguen a un pacto: –¡No demasiada dureza! ¡No demasiado orgullo! ¡No demasiado 
egoísmo!, pide Jacob. –¡No demasiado amor! ¡No demasiada humildad! ¡No demasiada locura!, responde Esaú. 

Mediante este pacto es posible la coexistencia pacífica. Nosotros llamamos a eso la paz, el equilibrio cristiano, pero es una paz muy provisional. Cuando Cristo dice: «No os doy la paz como la da el mundo», eso significa: «No la doy a modo de pacto, sino por una disolución total del adversario». 
Entonces va a ser necesario que el corazón de piedra sea roto, pulverizado, triturado. Y poco a poco, al calor de un fuego dulce que es el de la dulzura de Dios, se licúe. Cuando se vuelva líquido, ya no habrá conflicto entre el corazón de piedra y el corazón de carne, porque ya no habrá corazón de piedra. Esa será la Paz tal y como Jesús la da... la santidad. 
Un santo es alguien cuyo corazón de piedra ha sido engullido por la ternura.

Su primer ataque, que es suficiente la mayoría de las veces, es conseguir que aceptemos quedarnos en un nivel mediocre, bajo pretexto de modestia, de realismo, e incluso de humildad: «Esto no va demasiado mal... estoy en paz...» esta famosa paz de compromiso que el mundo da. 

Entonces allí hay todo un arsenal de máximas destinadas a persuadirnos, a la vez, de que no es posible ir más lejos, y de que no es necesario. «Hay sin duda algunos viajeros interplanetarios que se embarcan en los cohetes espaciales: personajes más admirables que imitables que se llaman santos... 
¡Pero eso no se le concede a todo el mundo!» No vemos el orgullo que se esconde detrás de estas máximas, la negativa a dejarse zarandear, humillar, desinflar... 
¡entonces ya está hecho! El demonio ha ganado, porque Dios es tímido. 
Viene hacia nosotros con su gran Amor, paralizado como el albatros sobre el puente del navío por la amplitud de sus alas.

La primera batalla, aquella donde flaquea la mayoría, es en suma una batalla doctrinal: ¿Cuál es el programa? Hay toda clase de venenos hoy, pero el más peligroso no es nuevo: es la famosa distinción entre el cristianismo «normal» u «ordinario», y el cristianismo excepcional o extraordinario de los santos, de la vida mística. 
Nos obstinamos en confundir la vida mística con las gracias, a veces sospechosas, que reciben algunos. Esta confusión sistemática es un maravilloso refugio para el demonio. Pues, antes de saber cómo llegaremos, la primera 
pregunta que se plantea es: ¿Reconoces tú que éste es el programa, y el programa para todo el mundo? Pues todos son llamados, los grados son diversos, pero nadie tiene el derecho de decir: No soy llamado a la vida mística, a la intimidad trinitaria. Por lo tanto hace falta esperar, hasta el final, la santidad.

Cuando descubrimos que seguimos siendo lamentables, que no pasamos de la mediocridad, empieza entonces la segunda batalla: «¿Esperas, incluso hasta el final, la liberación total, la purificación total? ¿Sí o no?» Es la batalla de la esperanza. 
La primera batalla es la de la fe: creer que la santidad nos concierne a todos. 
La  segunda batalla es la de la esperanza: creerlo efectivamente para 
nosotros.

("El coraje de tener miedo", por el sacerdote y teólogo dominico Marie Dominique Molinié)

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