Dios vive su vida en la plenitud apretada de su infinita perfección. Tiene en sí todo cuanto pudiera apetecer. No necesita nada para ser y tener cuanto es y cuanto tiene, porque es lo que puede ser y tiene cuanto puede tener, a pesar de poder ser y tener todo en infinitud.
El hombre es lo que Dios ha querido que sea, y tiene cuanto Dios ha querido darle. Dios quiso crearle para que fuera imagen de su infinita perfección y para que le poseyera por gracia en cuanto es y tiene.
Todo lo que Dios es, en Él es realidad infinita por su adhesión a sí mismo. El hombre es imagen de Dios y le posee en la medida que a Él se adhiere.
Por eso, para llenar la plenitud de su ser y de su obrar, el hombre ha de tender irresistiblemente hacia Dios, único fin para el que fue creado, y cuando esto hace, vive en el encajamiento de su realidad, es feliz y da sentido perfecto a todo su ser y actuar. Por lo que un hombre que no tiende hacia Dios, es un ser deforme en la creación, fuera de su centro y desencajado de su fin; es un ser extraño.
Por eso, cuando el pecado nos separó de Dios y nos sacó de nuestro centro, lanzándonos por derroteros que nos alejaban del Sumo Bien, Dios mismo, ante tal desconcierto, determinó, en un derramamiento de amor y de misericordia hacia nosotros, hacerse Hombre, para, como Camino, conducirnos nuevamente a su Vida por medio de la Verdad de su enseñanza. Y para que todo cuanto deseaba se convirtiera en realidad, nos injertó en Él, haciéndonos una cosa consigo mismo en la persona del Verbo Encarnado, reencajándonos en su plan infinito y haciéndonos vivir en Él y hacia Él, según su designio amoroso al crearnos.
(Madre Trinidad de la Santa Iglesia, fundadora de la "Obra de la Iglesia)

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