La paciencia proviene de las palabras paz y ciencia y es: La capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse.
La paciencia es aquella virtud que nos ayuda a esperar y gracias a la cual los cristianos podemos ser sembradores de paz y de alegría, porque conservamos la serenidad en los momentos difíciles y transmitimos a quienes nos rodean.
Las Bienaventuranzas puedan parecer una exhortación a ser pacientes ante los sufrimientos de la vida. “Si vamos al fondo de las Bienaventuranzas, observaremos que siempre aparece el sujeto secreto: Jesús. Él es aquel en quien se ve lo que significa ser pobres en el Espíritu; Él es el afligido, el manso, quien tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso. Él tiene el corazón puro, es el que lleva la paz, el perseguido por causa de la justicia. Todas las palabras del Sermón de la Montaña son carne y sangre en él”
Para nosotros debiera resultar más fácil esperar y tener paciencia mientras vivimos los padecimientos del tiempo presente (Rom 8, 18), porque nuestros sufrimientos ahora tienen otro significado, son camino de redención; el dolor, la enfermedad, la misma muerte, son realidades que han sido liberadas de su antiguo veneno, y convertidas en medio de salvación: son medicina saludable, fuente de gozo espiritual y preparación para la bienaventuranza eterna.
Para ser pacientes, aunque sigue siendo necesaria la virtud, basta estar unidos a Cristo. A través de los sacramentos de la Iglesia y del ejercicio de las virtudes teologales, vamos experimentando que el siervo paciente es Él, y en mis tribulaciones se hace presente para hacerse solidario conmigo. Él lleva la carga, el sufre lo que yo sufro y lleva el peso de la Cruz redentora sobre sus espaldas; yo solamente le ayudo un poco y entre los dos llenamos de sentido las penas.
Para entrar en contacto con Jesucristo, el lugar ideal es la celebración litúrgica, donde se renuevan los misterios de su vida y se nos comunican. Qué importante es participar con serenidad en la Santa Misa, porque ahí estamos con Él, entramos en su tiempo, en su ritmo. Si luchamos por participar serenamente en la santa Misa, conseguiremos adquirir esa paciencia divina que llevaremos en el corazón a lo largo del día.
A veces corremos y queremos que Dios también corra... en la Misa vemos el reloj y si se entretiene el sacerdote un poco más de lo habitual, nos molestamos. Hay que saber estar con Dios y no correr.
Es impresionante el modo como lo afirma el Santo Padre Benedicto XVI: “En la conciencia de los hombres de hoy las cosas de Dios, y con ello la liturgia, no se muestran en absoluto urgentes. Hay urgencia para cualquier cosa posible. Las cosas de Dios nunca parece que sean urgentes”, y se entiende por eso que haya afirmado con gran sabiduría, que “el mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres”.
Ser paciente es posible, independientemente del modo de ser y de la magnitud de las dificultades con las que nos enfrentamos, porque contamos con la fuerza de Dios. Tenemos delante una meta hacia la que nuestro Señor quiere que vayamos, y que hacía al Apóstol Pablo pedir como algo verdaderamente importante: “que el Señor dirija sus corazones hacia el amor de Dios y la paciencia de Cristo" (2 Tes, 3,5).
Padre Eduardo Díaz Covarrubias

No hay comentarios:
Publicar un comentario