LOS FRUTOS DE LA COMUNIÓN


 

1. Acrecienta la unión con Cristo

Recibir la Eucaristía en la comunión da como fruto principal la unión íntima con Jesús. En efecto, el Señor dice:

Quien come mi Carne y bebe mi Sangre habita en mí y yo en él (Jn 6,56).

La vida en Cristo encuentra su fundamento en el banquete eucarístico:

Lo mismo que me ha enviado el Padre, que vive, y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí (Jn 6,57).

Cada Comunión Sacramental es una segunda y perpetua Encarnación de Jesucristo y establece una sociedad de vida y de amor entre el hombre y el Salvador. Y a medida que va creciendo esta unión con el Señor, nos vamos asemejando a Él cada vez más. El cristiano se transforma así por la Comunión en otro Cristo. San Pedro Julián lo explica así:

El hombre trabajará y Jesús dará la gracia del trabajo. El hombre guardará para sí el mérito; pero toda la gloria será para Jesucristo. Jesús podrá decir todavía a su Padre: Os amo, os adoro, sufro todavía y vivo de nuevo en los miembros de mi Iglesia (los cristianos).

2. Acrecienta la vida de gracia

Así lo dice el Catecismo:

Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, «vivificada por el Espíritu Santo y vivificante» (PO 5), conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentado por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dada como viático.


3. Nos aleja del pecado

 El Cuerpo de Cristo que recibimos en la Comunión Sacramental es «entregado por nosotros», y la Sangre que bebemos es «derramada por muchos para el perdón de los pecados». Por eso la Eucaristía no puede unirnos a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados. Es el remedio para curarnos de las heridas del pecado. Nos da las fuerzas necesarias para combatir por las virtudes para vivir con fidelidad a Cristo.


4. Borra los pecados veniales 

La Eucaristía fortalece la caridad que, en la vida cotidiana, tiende a debilitarse; y esta caridad vivificada borra los pecados veniales (cf Concilio de Trento: DS 1638). Dándose a nosotros, Cristo reaviva nuestro amor y nos hace capaces de romper los lazos desordenados con las criaturas y de unirnos en Él. Por ello, en cada celebración eucarística pedimos perdón al Señor y nuestra alma queda purificada de los pecados veniales para que esté mejor dispuesta para recibirlo. 


5. Nos preserva de futuros pecados mortales

Por la misma caridad que enciende en nosotros, la Eucaristía nos preserva de futuros pecados mortales. Cuanto más participamos en la vida de Cristo y más progresamos en su amistad, tanto más difícil se nos hará romper con Él por el pecado mortal. Y más fácil se nos hará el progreso espiritual. La Comunión diaria era el secreto de los santos para conservar y acrecentar la vida de gracia y el amor a Dios y al prójimo. 


6. Fortalece la unidad de la Iglesia

Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya por el Bautismo. San Pablo, nos lo recuerda:

Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan (1 Co 10, 17).


7. Inclina a la práctica de la caridad con los más necesitados

La Santa Comunión nos ayuda a ver en los más desvalidos al mismo Cristo. Como Él nos enseñó en el Evangelio, si damos de comer a un hambriento, lo alimentamos a Él, si vestimos a un desnudo, lo vestimos a Él. Todo bien que hagamos al más necesitado, se lo hacemos al mismo Señor. San Juan Crisóstomo advierte:

Has gustado la sangre del Señor y no reconoces a tu hermano. […] Deshonras esta mesa, no juzgando digno de compartir tu alimento al que ha sido juzgado digno […] de participar en esta mesa. Dios te ha liberado de todos los pecados y te ha invitado a ella. Y tú, aún así, no te has hecho más misericordioso

por Mariana Manzanares | Vida espiritual




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