Oración, propiamente hablando, es una petición que hacemos a Dios de las cosas que convienen para nuestra salvación. Pero se toma también oración en otro sentido más amplio: como cualquier levantamiento del corazón a Dios. Y según esto, la meditación y la contemplación, y cualquier otro buen pensamiento se llaman también oración.
Lo que me movió a tratar esta materia fue tener entendido que la principal causa de todos los males que hay en el mundo es la falta de consideración, como lo significó el profeta Jeremías, cuando dijo:
«Asolada y destruida está toda la tierra, porque no hay quien se pare
a pensar con atención las cosas de Dios» 2Jer 12,11.
De lo cual parece que la causa de nuestros males no es tanto la falta de fe, cuanto de la consideración de los misterios de nuestra fe. Porque si ésta no faltase, ellos tienen tanta virtud y eficacia, que el menor de ellos que atenta y devotamente se considerase, bastaría para la moderación y remedio de nuestra vida.
¿Quién tendría manos para cometer un pecado, si pensase que Dios murió por el pecado, y que lo castiga con perpetuo destierro del Cielo y con pena perdurable? Por lo que parece que, aunque los misterios de nuestra fe sean tan poderosos para inclinar los corazones a lo bueno, mas como muchos de los cristianos nunca se ponen a considerar aquello en lo que creen, no obran en sus corazones lo que podrían obrar. Porque, así como dicen los médicos que para que las medicinas aprovechen es necesario que sean primero tomadas y digeridas en el estómago con el calor natural –porque de otra manera ninguna cosa aprovecharían–, así también, para que los misterios de nuestra fe nos sean provechosos y saludables, conviene que sean primero tomados y digeridos en nuestro corazón con el calor de la devoción y la meditación; porque, de otra manera, muy poco aprovecharán.
Y por falta de esto vemos a cada paso a muchos cristianos muy enteros en la fe, y muy rotos en la vida, porque nunca se paran a considerar qué es lo que creen. Y así tienen la fe como en un rincón del arca, o como la espada en la vaina, o como la medicina en la botica, sin servirse de ella para lo que es. Creen así a bulto y a carga cerrada lo que dice la Iglesia, creen que hay juicio, y pena y gloria para buenos
y malos. Mas, ¿cuántos hallarás que se paren a pensar en cómo ha de ser este juicio, y esta pena y esta gloria, con los demás?
Pues por esta causa nos es tan encomendada en las Sagradas Escrituras la continua consideración y meditación de la ley de Dios y de sus misterios, que es el estudio de la verdadera sabiduría. Si no
mira cuán encarecidamente nos encomienda esto aquel gran profeta y amigo de Dios, Moisés, cuando dice:
«Poned estas palabras mías en vuestros corazones, y traedlas
atadas como por señal en las manos, y enseñadlas a vuestros
hijos para que piensen en ellas. Cuando estés sentado en tu casa,
o andes por el camino, cuando te acuestes y levantes, pensarás
y rumiarás en ellas, y has de escribirlas en los umbrales y
puertas de tu casa, para que siempre las traigas ante los ojos»
Y por falta de esto vemos a cada paso a muchos cristianos muy enteros en la fe, y muy rotos en la vida, porque nunca se paran a considerar qué es lo que creen. Y así tienen la fe como en un rincón del arca, o como la espada en la vaina, o como la medicina en la botica, sin servirse de ella para lo que es. Creen así a bulto y a carga cerrada lo que dice la Iglesia, creen que hay juicio, y pena y gloria para buenos
y malos. Mas, ¿cuántos hallarás que se paren a pensar en cómo ha de ser este juicio, y esta pena y esta gloria, con los demás?
Pues por esta causa nos es tan encomendada en las Sagradas Escrituras la continua consideración y meditación de la ley de Dios y de sus misterios, que es el estudio de la verdadera sabiduría. Si no
mira cuán encarecidamente nos encomienda esto aquel gran profeta y amigo de Dios, Moisés, cuando dice:
«Poned estas palabras mías en vuestros corazones, y traedlas
atadas como por señal en las manos, y enseñadlas a vuestros
hijos para que piensen en ellas. Cuando estés sentado en tu casa,
o andes por el camino, cuando te acuestes y levantes, pensarás
y rumiarás en ellas, y has de escribirlas en los umbrales y
puertas de tu casa, para que siempre las traigas ante los ojos»
(Fundamentos de la oración, Fray Luis de Granada)

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