𝙿𝙾𝚁 𝚂𝚄𝚂 𝙵𝚁𝚄𝚃𝙾𝚂 𝙻𝙾𝚂 𝙲𝙾𝙽𝙾𝙲𝙴𝚁𝙴́𝙸𝚂


 

Ya que estaba determinado que la Virgen Madre de Dios nacería de Ana, la naturaleza no se atrevió a adelantarse al germen de la gracia, sino que esperó a dar su fruto hasta que la gracia hubo dado el suyo. Convenía, en efecto, que naciese como primogénita aquella de la había de nacer el primogénito de toda la creación, en el cual todo se mantiene.

¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana! Toda la creación os está obligada, ya que por vosotros ofreció al Creador el más excelente de todos los dones, a saber, aquella madre casta, la única digna del Creador.
Alégrate, Ana, la estéril, que no dabas a luz, rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores. Salta de gozo, Joaquín, porque de tu hija un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado, y será llamado: «Ángel del gran designio» de la salvación universal, «Dios guerrero». Este niño es Dios.
¡Oh bienaventurados esposos Joaquín y Ana, totalmente inmaculados! Sois conocidos por el fruto de vuestro vientre, tal como dice el Señor: Por sus frutos los conoceréis. Vosotros os esforzasteis en vivir siempre de una manera agradable a Dios y digna de aquella que tuvo en vosotros su origen. Con vuestra conducta casta y santa, ofrecisteis al mundo la joya de la virginidad, aquella que había de permanecer virgen antes del parto, en el parto y después del parto; aquella que, de un modo único y excepcional, cultivaría siempre la virginidad en su mente, en su alma y en su cuerpo.
¡Oh castísimos esposos Joaquín y Ana! Vosotros, guardando la castidad prescrita por la ley natural, conseguisteis, por la gracia de Dios, un fruto superior a la ley natural, ya que engendrasteis para el mundo a la que fue madre de Dios sin conocer varón. Vosotros, comportándoos en vuestras relaciones humanas de un modo piadoso y santo, engendrasteis una hija superior a los ángeles, que es ahora la reina de los ángeles. ¡Oh bellísima niña, sumamente amable! ¡Oh hija de Adán y madre de Dios! ¡Bienaventuradas las entrañas y el vientre de los que saliste! ¡Bienaventurados los brazos que te llevaron, los labios que tuvieron el privilegio de besarte castamente, es decir, únicamente los de tus padres, para que siempre y en todo guardaras intacta tu virginidad!
Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad. Alzad fuerte la voz, alzadla, no temáis.
San Juan Damasceno, presbítero y doctor de la Iglesia
(Sermón 6, Sobre la natividad de la Virgen María, 2.4.5.6 PG 96,663.667.670)

ESPÍRITU SANTO, DAME TUS SIETE DONES


 

Amor infinito y Espíritu Santificador:

Contra la necedad, concédeme el Don de Sabiduría, que me libre del tedio y de la insensatez.

Contra la rudeza, dame el Don de Entendimiento, que ahuyente tibiezas, dudas, nieblas, desconfianzas.

Contra la precipitación, el Don de Consejo, que me libre de las indiscreciones e imprudencias.

Contra la ignorancia, el Don de Ciencia, que me libre de los engaños del mundo, demonio y carne, reduciendo las cosas a su verdadero valor.

Contra la pusilanimidad, el Don de Fortaleza, que me libre de la debilidad y cobardía en todo caso de conflicto.

Contra la dureza, el Don de Piedad, que me libre de la ira, rencor, injusticia, crueldad y venganza.

Contra la soberbia, el Don de Temor de Dios, que me libre del orgullo, vanidad, ambición y presunción.

NO BUSCARÉ OTRA COSA, SINO A DIOS


 

“Procuraré con todas veras seguir las huellas de mi Jesús.

Si me siento afligida, abandonada, desolada, le haré compañía en el Huerto.

Si me siento despreciada, injuriada, le haré compañía en el Pretorio.

Si estoy deprimida y angustiada en las agonías del padecer, con fidelidad le haré compañía en el Monte, y con generosidad, en la Cruz, atravesado con la lanza el corazón ...

Me despojaré de todo interés propio, para no mirar ni a pena ni a premio, sino sólo a la gloria de Dios y al puro agrado suyo, no buscando otra cosa sino permanecer entre estos dos extremos: agonizar aquí hasta que Dios quiera, o morir aquí de puro amor suyo.

No buscaré ni amaré otra cosa sino a Dios...

Alejaré de mí todo insensato temor ... Sólo a él temeré, huyendo siempre de cuanto pudiera procurarle disgusto ...

Si por mi debilidad cayera en cualquier error,  me levantaré inmediatamente por el arrepentimiento, reconociendo mi miseria ... Fijaré siempre mi corazón en Dios, apartándolo, con todo el esfuerzo posible, de todo lo que no sea él.

Quiero que mi corazón sea morada de Jesús,  haciendo del mismo un Calvario de penas ..., a fin de que él sea dueño absoluto, y habite allí a su gusto con todo lo que le agrada...”


(San Pablo de la Cruz, muerte mística, dedicada a una joven novicia, Sor Ángela M. Cencelli, por eso habla en femenino)

ACTO DE CARIDAD PARA CON DIOS


 

Te amo, Jesús mío, y te amo con todas las veras y como a nadie.
 Porque Tú me has amado infinitamente,
 Porque Tú me has amado desde la eternidad.
 Porque Tú has muerto para salvarme
 Porque Tú no has podido amar más.
 Porque Tú me has hecho participante de tu divinidad y quieres
 que lo sea de tu gloria.
Porque Tú te entregas del todo a mi en la Comunión.
 Porque Tú me das en manjar tu Cuerpo y en bebida tu Sangre.
 Porque Tú estás siempre por mi amor en la Santa Eucaristía.
 Porque Tú me recibes siempre en audiencia sin hacerme
 esperar.
 Porque Tú eres mi mayor Amigo.
 Porque Tú me llenas de tus dones.
 Porque Tú me tratas siempre muy bien, a pesar de mis
 pecados e ingratitudes.
 Porque Tú me has enseñado que Dios es Padre que me ama
 mucho.
 Porque Tú me has dado por Madre a tu misma Madre.
 ¡Dulce Corazón de Jesús, haz que te ame cada día más y más!
 Dulce Corazón de Jesús, sé mi amor.
 Te amo por los que no te aman.
 Te amo por los que nunca piensan en Ti.
 Te amo por los que no te visitan.
 Te amo por los que te ofenden e injurian.
 ¡Que pena por esto!
 Te amo y te digo con aquel tu siervo:
 ¡Oh Jesús, yo me entrego a Ti para unirme al amor eterno,
 inmenso e infinito que tienes a tu Padre celestial! ¡Oh Padre
 adorable! Te ofrezco el amor eterno, inmenso e infinito de tu
 amado Hijo Jesús, como mío que es. Te amo cuando tu Hijo
 te ama. 

(San Juan Eudes)

24 FORMAS DE AYUDAR A LAS ALMAS DEL PURGATORIO

 


1. Rezar la Novena a las Santas Almas

2. Ofrecer la Comunión por las almas del purgatorio.

3. Ofrecer y encargar Misas por ellas.

4. Rezar el Vía Crucis por las almas del Purgatorio

5. Rezar el Santo Rosario por ellas.

6. Rezar los 100 Réquiem.

7. Obtener indulgencias a través de acciones piadosas, y aplicar sus méritos a las Almas del Purgatorio.

8. Visitar una iglesia u oratorio el Día de los Difuntos y allí recitar el Padre Nuestro y el Credo.

9. Dar limosna: La ayuda material a los pobres siempre se ha considerado una penitencia que se puede ofrecer por las Santas Almas. “Porque la limosna salva de la muerte y limpia todo pecado” (Tobías 12, 9).

10. Rezar la Coronilla a la Divina Misericordia.

11. Hacer la oración de Santa Gertrudis por las Almas del Purgatorio.

12. Rociar agua bendita en el suelo: San Juan Macías, un gran amigo de los que estaban en el purgatorio, solía rociar agua bendita en el suelo para el beneficio espiritual de las almas que sufrían.

13. Visitar un cementerio, y allí rezar la breve oración del Réquiem Aeternam: "Dales, Señor, el descanso eterno y brille para ellas la luz perpetua".

14: Adoración Eucarística: visitar el Santísimo Sacramento para realizar actos de reparación al Sagrado Corazón de Jesús en nombre de las Almas del purgatorio.

15. Sacrificios: practicar pequeños actos de abnegación a lo largo de tu día y ofrecer estas penitencias por las pobres almas.

16. Rezar el Oficio de los Muertos, está en la Liturgia de las Horas.

17: Pedir la intercesión de los santos que fueron conocidos por ser grandes amigos de las Santas Almas durante su vida: San Nicolás de Tolentino, Santa Gertrudis la Grande, Santa Catalina de Génova, San Padre Pío, San Felipe Neri, San Juan Macías, Santa Faustina Kowalska etc...

18: A lo largo de su día, ofrezca oraciones breves y espontáneas (jaculatorias) por las almas del Purgatorio.

19: Confesarte: confesar tus propios pecados hace que tus oraciones por las almas de los demás sean más efectivas.

20: Difundir devoción a las Santas Almas: Haz que los demás sean conscientes de la gran necesidad que tienen estas almas que sufren de nuestras oraciones.

21: Pedir la intercesión de la Virgen del Carmen, abogada de las Almas del Purgatorio para que las alivie.

22: Pedir a San José, Custodio del Purgatorio, que interceda por ellas.

23: Encender velas en casa o en la Iglesia por las Almas del Purgatorio.

24: Mirar un Crucifijo y decir: Jesús, por tus cinco LLagas, ayuda a las Almas del Purgatorio (En una aparición de Jesús a Sor Marta Chambón le enseñó esta oración)

𝐌𝐀́𝐑𝐓𝐈𝐑𝐄𝐒 𝐂𝐀𝐑𝐌𝐄𝐋𝐈𝐓𝐀𝐒 𝐃𝐄 𝐂𝐎𝐌𝐏𝐈𝐄𝐆𝐍𝐄

 


𝐌𝐀́𝐑𝐓𝐈𝐑𝐄𝐒 𝐂𝐀𝐑𝐌𝐄𝐋𝐈𝐓𝐀𝐒 𝐃𝐄 𝐂𝐎𝐌𝐏𝐈𝐄𝐆𝐍𝐄

Una hermana carmelita, sor Isabel Bautista, monja en el monasterio de Compiégne (Francia), tuvo una vez un sueño en el que, según dijo, se le habían aparecido todas las religiosas de su convento, en el cielo, cubiertas de resplandeciente manto blanco y sosteniendo en las manos una palma, símbolo de la gloria del martirio.

Un siglo más tarde aquella visión iba a concretarse en realidad. Y posteriormente un decreto de la Iglesia de Roma declaraba mártires con todos los honores de veneración a dieciséis carmelitas del monasterio de Compiégne que habían dado la vida por su fe. El sueño de sor Isabel Bautista se había cumplido. Pero para que se cumpliese hubo necesidad de que el mundo pasara por una situación gravísima. Al siglo XVIII le faltaba una decena de años para terminarse. Francia comenzaba a padecer los primeros síntomas de la Revolución.

La Asamblea Nacional Constituyente había hecho público un decreto por el que se exigía que los religiosos fueran considerados como funcionarios del Estado. Deberían prestar juramento a la Constitución y sus bienes serían confiscados. Era el año 1790. Miembros del Directorio del distrito de Compiégne, cumpliendo órdenes, se presentaron el 4 de agosto de aquel año en el monasterio a hacer inventario de las posesiones de la comunidad. Las monjas tuvieron que dejar sus hábitos y abandonar su casa. Un día la madre priora, entendiendo el deseo que cada día se hacía más patente en el corazón de sus monjas, les propuso hacer "un acto de consagración por el cual la comunidad se ofreciera en holocausto para aplacar la cólera de Dios y por que la divina paz que su querido Hijo había venido a traer al mundo volviera a la Iglesia y al Estado".

La regularidad y el orden de su vida, que reproducía todo lo posible en tales circunstancias la vida y horario conventuales, fueron notados por los jacobinos de la ciudad y las denunciaron al Comité de Salud Pública, cosa que hicieron sin pérdida de tiempo. El régimen del terror estaba oficialmente establecido en Francia.

El Comité encontró diversos objetos que fueron considerados de gran interés y altamente comprometedores. A saber: cartas de sacerdotes en las que se trataba bien de novenas, de escapularios, bien de dirección espiritual. También se halló un retrato de Luis XVI e imágenes del Sagrado Corazón. Todo ello era suficiente para demostrar la culpabilidad de las monjas.

El 22 de junio de 1794 eran recluidas en el monasterio de la Visitación, que se había convertido en cárcel.

Transcurridos unos días, justamente el 12 de julio, el Comité de Salud Pública dio órdenes para que fueran trasladadas a París.

Las hicieron montar en dos carretas de paja y les ataron las manos a la espalda. Escoltadas por un grupo de soldados salieron para la capital. Su destino era la famosa prisión de la Conserjería, antesala de la guillotina.

Testigos dignos de crédito declararon que se las podía oír todos los días, a las dos de la mañana, recitar sus oficios. Su última fiesta fue la del 16 de julio, Nuestra Señora del Monte Carmelo. La celebraron con el mayor entusiasmo, sin que por un instante su comportamiento denotase la menor preocupación. Por la tarde recibieron un aviso para que compareciesen al día siguiente ante el Tribunal Revolucionario.

Fueron sometidas a un interrogatorio muy breve y, sin que se llamara a declarar a un solo testigo, el Tribunal condenó a muerte a las dieciséis carmelitas.

Una hora después subían en las carretas que las conducirían a la plaza del Trono.

Ellas iban tranquilas; todo lo que se movía a su alrededor les era indiferente. Cantaron el Miserere y luego el Salve, Regina. Al pie ya de la guillotina entonaron el Te Deum, canto de acción de gracias, y, terminado éste, el Veni Creator. Por último, hicieron renovación de sus promesas del bautismo y de sus votos de religión.

Una a una recibieron la bendición de la madre Teresa de San Agustín antes de recibir el golpe de gracia. Al final, después de haber visto caer a todas sus hijas, la madre priora entregó, con igual generosidad que ellas, su vida al Señor, poniendo su cabeza en las manos del verdugo. Era el día 17 de julio por la tarde.

Una placa de mármol con el nombre de las mártires y la fecha de su muerte figura sobre la fosa y en ella hay grabada una frase latina que dice: Beati qui in Domino moriuntur. Felices los que mueren en el Señor.

Se sucedieron los milagros, como una garantía de su santidad, y en 1905 San Pío X declaraba beatas a aquellas "que, después de su expulsión, continuaron viviendo como religiosas y honrando devotamente al Sagrado Corazón".


(Santidad carmelitana) 




HIMNO A LA VIRGEN DEL CARMEN

 


Blanca flor del Carmelo, vid en racimo, 
 celeste claridad, puro prodigio al ser, 
a una, Madre de Dios y Virgen: 
 ¡Virgen fecunda! Madre, 
que florecida del Enmanuel, 
 atesoras intacta la doncellez;
 estrella, guía de los rumbos del mar, sénos propicia. 
 Vástago de Jesé, vara profética 
 que el Hijo del Altísimo das en cosecha; 
 Madre, consiente que vivamos contigo ahora y siempre. 
 Azucena que brotas inmaculada 
 y te yergues señera entre las zarzas; 
 devuelve, Virgen, nuestra frágil arcilla a su alto origen. 
 Ponnos, nueva Judit, para la lucha 
 tu santo Escapulario como armadura; 
 con tu vestido cantaremos victoria del enemigo. 
 Bajo noches oscuras navega el alma, 
 enciende tú los rayos de la esperanza, 
 y sé el lucero que lleve nuestra nave, segura al puerto. 
 Señora, desde siempre los carmelitas
 nos tenemos por hijos de tu familia, 
 y confiamos que un día nos acojas en tu regazo. 
 María, puerta y llave del paraíso, 
 queremos desatarnos y estar con Cristo; 
 si tú nos abres, reinaremos allí con tu Hijo, ¡Madre! Amén.

LA SABIDURÍA MISTERIOSA REVELADA POR EL ESPÍRITU SANTO (San Buenaventura)

 


Cristo es el camino y la puerta. Cristo es la escalera; y el vehículo, él, que es la placa de la expiación colocada sobre el arca de Dios y el misterio escondido desde el principio de los siglos. El que mira plenamente de cara esta placa de expiación y la contempla suspendida en la cruz, con la fe, con esperanza y caridad, con devoción, admiración, alegría, reconocimiento, alabanza y júbilo, este tal realiza con él la pascua, esto es, el paso, ya que, sirviéndose del bastón de la cruz, atraviesa el mar Rojo, sale de Egipto y penetra en el desierto, donde saborea el maná escondido, y descansa con Cristo en el sepulcro, muerto en lo exterior, pero sintiendo, en cuanto es posible en el presente estado de viadores, lo que dijo Cristo al ladrón que estaba crucificado a su lado: Hoy estarás conmigo en el paraíso.
Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda especulación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tierra. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.
Si quieres saber cómo se realizan estas cosas pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendimiento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estudio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.
Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ardentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado y la misma muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fuera de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y quedar con vida. Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos silencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pasemos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: «¡Amén!»
San Buenaventura, obispo
Del Opúsculo sobre el itinerario de la mente hacia Dios, 7,1.2.4.6: (Opera omnia 5,312-313)

𝐒𝐈 𝐁𝐔𝐒𝐂𝐀𝐑𝐄 𝐀𝐆𝐑𝐀𝐃𝐀𝐑 𝐀 𝐋𝐎𝐒 𝐇𝐎𝐌𝐁𝐑𝐄𝐒, 𝐍𝐎 𝐒𝐄𝐑Ɩ́𝐀 𝐒𝐈𝐄𝐑𝐕𝐎 𝐃𝐄 𝐂𝐑𝐈𝐒𝐓𝐎


 

Si de algo podemos preciarnos es del testimonio de nuestra conciencia. Hay hombres que juzgan temerariamente, que son detractores, chismosos, murmuradores, que se empeñan en sospechar lo que no ven, que se empeñan incluso en pregonar lo que ni sospechan; contra esos tales, ¿qué recurso queda sino el testimonio de nuestra conciencia? Y ni aun en aquellos a los que buscamos agradar, hermanos, buscamos nuestra propia gloria, o al menos no debemos buscarla, sino más bien su salvación, de modo que, siguiendo nuestro ejemplo, si es que nos comportamos rectamente, no se desvíen. Que sean imitadores nuestros, si nosotros lo somos de Cristo; y, si nosotros no somos imitadores de Cristo que tomen al mismo Cristo por modelo. Él es, en efecto, quien apacienta su rebaño, él es el único pastor que lo apacienta por medio de los demás buenos pastores, que lo hacen por delegación suya.

Por tanto, cuando buscamos agradar a los hombres, no buscamos nuestro propio provecho, sino el gozo de los demás, y nosotros nos gozamos de que les agrade lo que es bueno, por el provecho que a ellos les reporta, no por el honor que ello nos reporta a nosotros. Está bien claro contra quiénes dijo el Apóstol: Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo. Como también está claro a quiénes se refería al decir: Procurad contentar en todo a todos, como yo, por mi parte, procuro contentar en todo a todos. Ambas afirmaciones son límpidas, claras y transparentes. Tú limítate a pacer y beber, sin pisotear ni enturbiar.
Conocemos también aquellas palabras del Señor Jesucristo, maestro de los apóstoles: Alumbre vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo, esto es, al que os ha hecho tales. Nosotros somos su pueblo, el rebaño que él guía. Por lo tanto, él ha de ser alabado, ya que él es de quien procede la bondad que pueda haber en ti, y no tú, ya que de ti mismo no puede proceder más que maldad. Sería contradecir a la verdad si quisieras ser tú alabado cuando haces algo bueno, y que el Señor fuera vituperado cuando haces algo malo.
El mismo que dijo: Alumbre vuestra luz a los hombres, dijo también en la misma ocasión: Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres. Y, del mismo modo que estas palabras te parecían contradictorias en boca del Apóstol, así también en el Evangelio. Pero si no enturbias el agua de tu corazón, también en ellas reconocerás la paz de las Escrituras, y participarás tú también de su misma paz.
Procuremos, pues, hermanos, no sólo vivir rectamente, sino también obrar con rectitud delante de los hombres, y no sólo preocuparnos de tener la conciencia tranquila, sino también, en cuanto lo permita nuestra debilidad y la vigilancia de nuestra fragilidad humana, procuremos no hacer nada que pueda hacer sospechar mal a nuestro hermano más débil, no sea que, comiendo hierba limpia y bebiendo un agua pura, pisoteemos los pastos de Dios, y las ovejas más débiles tengan que comer una hierba pisoteada y beber un agua enturbiada.
(SAN AGUSTÍN)

POEMAS Y CANTOS A LA VIRGEN MARÍA

 


SI TE ACORDARÁS DE MÍ

Dime, Señora, di,
cuando parta de esta tierra,
si te acordarás de mí.

Cuando ya sean publicados
mis tiempos en mal gastados
y todos cuantos pecados
yo mezquino cometí,
si te acordarás de mí.

En el siglo duradero
del juicio postrimero,
do por mi remedio espero
los dulces ruegos de ti,
si te acordarás de mí.

Cuando yo esté en la afrenta
de la muy estrecha cuenta
de cuantos bienes y renta
de tu Hijo recibí,
si te acordarás de mi.

Cuando mi alma cuitada,
temiendo ser condenada
de hallarse muy culpada
tenga mil quejas de sí,
si te acordarás de mí.

Juan Alvarez Gato (1445-1510)

***

SALVE MADRE, 
EN LA TIERRA DE MIS AMORES

Salve, Madre,
en la tierra de mis amores
te saludan los cantos
que alza el amor.
Reina de nuestras almas,
flor de las flores,
muestra aquí
de tu gloria los resplandores,
que en el cielo tan sólo
te aman mejor.

Virgen Santa, Virgen pura,
vida, esperanza y dulzura
del alma que en ti confía,
Madre de Dios, Madre mía,
mientras mi vida alentare,
todo mi amor para ti,
mas si mi amor te olvidare,
Madre mía, Madre mía,
aunque mi amor te olvidare
tú no te olvides de mí.

***



Flor del Carmelo
Viña floridal esplendor del cielo;
Virgen fecunda y singular;
oh Madre dulce
de varón no conocida;
a los carmelitas,
proteja tu nombre,
estrella del mar.

***

SI TÚ ME MIRAS
(San Alberto Hurtado)

¡Madre mía querida y muy querida!
Ahora que ves en tus brazos a ese bello Niño
no te olvides de este siervo tuyo,
aunque sea por compasión mírame;
ya sé que te cuesta apartar los ojos de Jesús
para ponerlos en mis miserias,
pero, madre, si tú no me miras,
¿cómo se disiparán mis penas?
Si tú no te vuelves hacia mi rincón,
¿quien se acordará de mí?
Si tú no me miras,
Jesús que tiene sus ojitos clavados en los tuyos, 
no me mirará.
 
Si tú me miras, El seguirá tu mirada y me verá
y entonces con que le digas
“¡Pobrecito! necesita nuestra ayuda”;
Jesús me atraerá a sí y me bendecirá
y lo amaré y me dará fuerza y alegría,
confianza y desprendimiento.
Me llenará de su amor y de tu amor
y trabajaré mucho por El y por Ti,
haré que todos te amen
y amándote se salvarán.
¡Madre! ¡Y solo con que me mires!
 
Fuente: padrealbertohurtado.cl

***
LA VIRGEN AL MEDIODÍA

No tengo nada que ofrecerte,
nada que solicitarte…
Vengo solamente, oh María,
para contemplarte…,
contemplar tu rostro,
dejar al corazón que cante
en tu propio lenguaje…

Porque tú eres hermosa,
porque eres inmaculada,
la mujer de la Gracia
finalmente restaurada,
la criatura en su primigenio honor
y en su florecimiento definitivo,
tal como salió de Dios
en la mañana de su original esplendor.

Inefablemente intacta
porque tú eres la Madre de Jesucristo,
que es la verdad entre tus brazos,
y la única esperanza y el único fruto.

Porque tú eres la mujer, el Edén
de la antigua ternura olvidada…
¡Que toda la creación te cante agradecida,
Madre de Jesucristo,
simplemente porque existes.

Paul Claudel

****



ORACIÓN SENTIDA
Federico Rivas Frade
(Colombia).

Ante el viejo retablo donde lloras,
mi madre se postraba de rodillas,
y lo mismo que en ti, vi en sus mejillas,
rodar el llanto en las amargas horas.

Como un rayo de luz de dos auroras
de ella y del cielo en que sin mancha brillas,
bajaba con mis súplicas sencillas
la compasión que tú de Dios imploras.

Muerta mi madre, en noches de amargura,
ante el cuadro a caer vuelvo de hinojos,
y cuando el alma su oración murmura,
se aplacan de mi vida los enojos
porque al rogarte a ti, se me figura
que ella me está mirando en tus ojos.


𝐋𝐀 𝐀𝐌𝐈𝐒𝐓𝐀𝐃 𝐕𝐄𝐑𝐃𝐀𝐃𝐄𝐑𝐀 𝐄𝐒 𝐏𝐄𝐑𝐅𝐄𝐂𝐓𝐀 𝐘 𝐂𝐎𝐍𝐒𝐓𝐀𝐍𝐓𝐄

 


Jonatán, aquel excelente joven, sin atender a su estirpe regia y a su futura sucesión en el trono, hizo un pacto con David y, equiparando el siervo al Señor, precisamente cuando huía de su padre, cuando estaba escondido en el desierto, cuando estaba condenado a muerte, destinado a la ejecución, lo antepuso a sí mismo, abajándose a sí mismo y ensalzándolo a él:  -le dice- serás el rey, y yo seré tu segundo.

¡Oh preclarísimo espejo de amistad verdadera! ¡Cosa admirable! El rey estaba enfurecido con su siervo y concitaba contra él a todo el país, como a un rival de su reino; asesina a los sacerdotes, basándose en la sola sospecha de traición; inspecciona los bosques, busca por los valles, asedia con su ejército los montes y peñascos, todos se comprometen a vengar la indignación regia; sólo Jonatán, el único que podía tener algún motivo de envidia, juzgó que tenía que oponerse a su padre y ayudar a su amigo, aconsejarlo en tan gran adversidad y, prefiriendo la amistad al reino, le dice: Tú serás el rey, y yo seré tu segundo. Y fíjate cómo el padre de este adolescente lo provocaba a envidia contra su amigo, agobiándolo con reproches, atemorizándolo con amenazas, recordándole que se vería despojado del reino y privado de los honores.
Y, habiendo pronunciado Saúl sentencia de muerte contra David, Jonatán no traicionó a su amigo. ¿Por qué va a morir David? ¿Qué ha hecho? El se jugó la vida cuando mató al filisteo; bien que te alegraste al verlo. ¿Por qué ha de morir? El rey, fuera de sí al oír estas palabras, intenta clavar a Jonatán en la pared con su lanza, llenándolo además de improperios: ¡Hijo de perdida -le dice- , ya sabía yo que estabas confabulado con él, para vergüenza tuya y de tu madre! Y, a continuación, vomita todo el veneno que llevaba dentro, intentando salpicar con él el pecho del joven, añadiendo aquellas palabras capaces de incitar su ambición, de fomentar su envidia, de provocar su emulación y su amargor: Mientras el hijo de Jesé esté vivo sobre la tierra, tu reino no estará seguro.
¿A quién no hubieran impresionado estas palabras? ¿A quién no le hubiesen provocado a envidia? Dichas a cualquier otro, estas palabras hubiesen corrompido, disminuido y hecho olvidar el amor, la benevolencia y la amistad. Pero aquel joven, lleno de amor, no cejó en su amistad, y permaneció fuerte ante las amenazas, paciente ante las injurias, despreciando, por su amistad, el reino, olvidándose de los honores, pero no de su benevolencia.  -dice- serás el rey, y yo seré tu segundo.
Esta es la verdadera, la perfecta, la estable y constante amistad: la que no se deja corromper por la envidia; la que no se enfría por las sospechas; la que no se disuelve por la ambición; la que, puesta a prueba de esta manera, no cede; la que, a pesar de tantos golpes, no cae; la que, batida por tantas injurias, se muestra inflexible; la que provocada por tantos ultrajes, permanece inmóvil. Anda, pues, haz tú lo mismo.
San Elredo de Rievaulx, abad
Del Tratado sobre la amistad espiritual (Lib. 3, 92. 93. 94. 96: CCL CM 1, 337-338) (del lecc. par-impar

EL DISCÍPULO DEL APÓSTOL PABLO

 

Nosotros, unos necios por Cristo: esto lo decía nuestro bienaventurado guía y santísimo patrono, refiriéndose a sí mismo y a los demás apóstoles, como también a todos los que profesan las enseñanzas cristianas y apostólicas. Pero ello, hermanos muy amados, no ha de sernos motivo de admiración o de temor, ya que un discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo. Nuestros enemigos se hacen mal a sí mismos y nos prestan a nosotros un servicio, ya que nos ayudan a conseguir la corona de la gloria eterna, mientras que provocan sobre ellos la ira de Dios, y, por esto, debemos compadecerlos y amarlos en vez de odiarlos y aborrecerlos. Más aún, debemos orar por ellos y no dejarnos vencer del mal, sino vencer el mal con el bien, y amontonar las muestras de bondad sobre sus cabezas, según nos aconseja nuestro Apóstol, como carbones encendidos de ardiente caridad; así ellos viendo nuestra paciencia y mansedumbre, se convertirán y se inflamarán en amor de Dios.
A nosotros, aunque indignos, Dios nos ha elegido del mundo, por su misericordia, para que, dedicados a su servicio, vayamos progresando constantemente en virtud y, por nuestra constancia, demos fruto abundante de caridad, jubilosos por la esperanza de poseer la gloria que nos corresponde por ser hijos de Dios, y glorificándonos incluso en medio de nuestras tribulaciones.
Fijaos en vuestro llamamiento, hermanos muy amados; si lo consideramos atentamente, fácilmente nos daremos cuenta de que exige de nosotros que no rehusemos el participar en los sufrimientos de Cristo, puesto que nuestro propósito es seguir, aunque sea de lejos, las huellas de los santos apóstoles y demás soldados del Señor. Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús.
Los que hemos tomado por guía y padre a un apóstol tan eximio y hacemos profesión de seguidores suyos debemos esforzarnos en poner por obra sus enseñanzas y ejemplos; no sería correcto que, en las filas de semejante capitán, militaran unos soldados cobardes o desertores, o que un padre tan ilustre tuviera unos hijos indignos de él.
San Antonio María Zaccaría, presbítero
Del Sermón a sus hermanos de religión (J.A.Gabutio. Historia Congregationis Clericorum Regularium sancti Pauli, 1,8

SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO

 



Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Sólo este discípulo estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente, que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al palpar creyese?
Todo esto no sucedió porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado, nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la realidad de la resurrección.
Palpó y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído?» Como sea que el apóstol Pablo dice: La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve, es evidente que la fe es la plena convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: Porque me has visto has creído? Pero es que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver la divinidad. Por esto, lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, viendo creyó, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios, cosa que escapaba a su mirada.
Y es para nosotros motivo de alegría lo que sigue a continuación: Dichosos los que crean sin haber visto. En esta sentencia el Señor nos designa especialmente a nosotros, que lo guardamos en nuestra mente sin haberlo visto corporalmente. Nos designa a nosotros, con tal de que las obras acompañen nuestra fe, porque el que cree de verdad es el que obra según su fe. Por el contrario, respecto de aquellos que creen sólo de palabra, dice Pablo: Hacen profesión de conocer a Dios, pero con sus acciones lo desmienten. Y Santiago dice: La fe sin obras es un cadáver.
San Gregorio Magno, papa
(Homilía 26,7-9: PL 76,1201-1202)


MILAGRO DE SAN JOSÉ EN ÁFRICA

 



En la Costa oriental de África florecía, en el siglo XIX, una misión en Mandera. El padre Hacquard refiere la fundación de la misión:

"Corría el año 1880 y necesitábamos una misión intermedia entre Bagamoyo y Mhomda. Acompañado del padre Machón, emprendí el viaje para buscar un sitio conveniente para establecer un pueblo cristiano, encomendándonos a san José.

El día 19 de marzo, fiesta de san José, emprendimos la marcha y nos dirigimos a Udoé, un lugar jamás visitado por ningún europeo. Los indígenas de aquella comarca eran antropófagos y por ninguna parte nos concedían la autorización de establecernos.

Yo me dirigí a san José, encomendándole el éxito de nuestro viaje. De Udoé pasamos a Uriguá, caminando sin guía ni norte, a la aventura, pero en ningún sitio nos permitían establecer la misión hasta que llegamos a la casa del cacique Kingarú, llamado cara de serpiente.

Al instante que nos vio, se detuvo admirado y, mirándonos fijamente, prorrumpió en expresiones:

- Sí, ellos son. ¡Los mismos! Escuchadme. Esta noche, no sé si despierto o dormido, he visto ante mí a un venerable anciano que, tocándome como para despertarme, me ha dicho: “Kingarú, sepas que vienen a tu casa con una pequeña caravana dos blancos, recíbelos bien y dales cuanto te pidan”. Y esos sois vosotros, los mismos que yo vi.

Entonces, llamó a las gentes del pueblo y les dijo:

- Mirad a estos dos blancos, a quienes vi esta noche juntos con un anciano y de quienes os he hablado esta mañana. Ellos son.

Permanecimos allí ocho días y todos se esforzaron en atendernos bien. Una vez elegido el lugar de nuestra vivienda, dispusimos de nuevo la partida; para la cual, el mismo Kingarú quiso acompañarnos y servirnos de guía y de escolta.

Al cabo de quince días, vino a visitarnos a Bagamoyo y, llegado el momento de comenzar la obra proyectada, volvió de nuevo con gran tropa de hombres para conducir a los misioneros y llevar todo el equipaje y enseres necesarios.

Él es uno de los más asiduos y constantes asistentes a los ejercicios de la Misión. Esto y mucho más ha obrado san José por el pueblo de Mandera, por lo cual le debemos honor y gloria y reconocimiento eternos.


(Tomado de Las misiones católicas, tomo IV p. 54 de 1883)


CONSEJOS DEL PADRE PÍO


 

Tengámonos por lo que somos de verdad: nada, miseria, debilidad; una fuente de perversidad sin límites ni atenuantes, capaces de convertir el bien en mal, de abandonar el bien por el mal, de atribuirnos el bien que no tenemos o aquel bien que hemos recibido en préstamo, y de justificarnos en el mal y, por amor del mismo mal, despreciar al Sumo Bien.

 Con este convencimiento grabado en la mente, tú:

 1º: No te complacerás nunca en ti mismo por algún bien que puedas acoger en ti, porque todo te viene de Dios y a Él debes dar honor y gloria;

 2º: No te lamentarás nunca de las ofensas, te vengan de donde te vinieren;

 3º: Perdonarás todo con caridad cristiana, teniendo bien presente el ejemplo del Redentor, que llegó incluso a excusar ante su Padre a los que le crucificaron;

 4º: Gemirás siempre como pobre delante de Dios;

 5º: No te maravillarás de ningún modo de tus debilidades e imperfecciones; pero, reconociéndote por lo que eres, te avergonzarás de tu inconstancia y de tu infidelidad a Dios; y, ofreciéndole tus propósitos y confiando en Él, te abandonarás tranquilamente en los brazos del Padre del cielo, como un tierno niño en los de su madre.

 (19 de agosto de 1918, carta del Padre Pío a fray Gerardo da Deliceto, Ep. IV, 25)

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO PARA EVANGELIZAR EN REDES SOCIALES 🕊 (Para rezarla antes de evangelizar)



Espíritu Santo, me postro en tu presencia, te adoro y te agradezco esta oportunidad que me das de evangelizar en las redes sociales. Me ofrezco amorosamente a ti para ayudarte a salvar a la humanidad a través del uso de internet. Te doy gracias por tener estos medios modernos como herramienta para transmitir a mis hermanos tu amor infinito por todos los hombres.

Espíritu Santo, unido al Padre y al Hijo en santa y vital comunión, inspírame para compartir lo mejor de mí como don para los demás.

Espíritu Santo, Tú eres la fuente de la vida y de la creatividad, derrama tus dones sobre mí para llevar a muchos hermanos a la libertad de los hijos de Dios. Infúndeme tu Espíritu de santidad para que pueda ayudarte en esta tarea de evangelización.

Ven, Espíritu Santo, dulce huésped del alma, quiero ser sal de la tierra y luz del mundo, que cuantos lean mis publicaciones obtengan la gracia de la conversión si no te conocen, o se sientan renovados e impulsados en su fe.

Líbrame de la soberbia, de la envidia y de querer ser protagonista, dame la humildad y la alegría del servicio, la transparencia en la comunicación y la generosidad en el compartir.

Ven, Espíritu Santo, y hazme instrumento de comunión, paz y verdad con todas las personas que encuentre en este medio digital, que siempre camine por sendas de luz para poder compartir cosas acertadas, que siempre haga tu santa voluntad.

Amén

Salmo 6: Oración del afligido que acude a Dios


 


Salmo 6: Oración del afligido que acude a Dios

Ant: Sálvame, Señor, por tu misericordia.
 
Ahora mi alma está agitada... Padre, líbrame de esta hora (Jn 12,27)
Señor, no me corrijas con ira,
no me castigues con cólera.
Misericordia, Señor, que desfallezco;
cura, Señor, mis huesos dislocados.
Tengo el alma en delirio,
y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

Vuélvete, Señor, liberta mi alma,
sálvame por tu misericordia.
Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,
y en el abismo, ¿quién te alabará?

Estoy agotado de gemir:
de noche lloro sobre el lecho,
riego mi cama con lágrimas.
Mis ojos se consumen irritados,
envejecen por tantas contradicciones.

Apartaos de mí, los malvados,
porque el Señor ha escuchado mis sollozos;
el Señor ha escuchado mi súplica,
el Señor ha aceptado mi oración.

Que la vergüenza abrume a mis enemigos,
que avergonzados huyan al momento.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant: Sálvame, Señor, por tu misericordia.
Segundo Salmo
Salmo 9 A-I: Acción de gracias por la victoria
Ant: El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.
 
De nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
proclamando todas tus maravillas;
me alegro y exulto contigo,
y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo.

Porque mis enemigos retrocedieron,
cayeron y perecieron ante tu rostro.
Defendiste mi causa y mi derecho,
sentado en tu trono como juez justo.

Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío
y borraste para siempre su apellido.
El enemigo acabó en ruina perpetua,
arrasaste sus ciudades y se perdió su nombre.

Dios está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud.

Él será refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant: El Señor es el refugio del oprimido en los momentos de peligro.
Tercer Salmo
Salmo 9 A-II:
Ant: Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.
 
Tañed en honor del Señor, que reside en Sión;
narrad sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre, él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes.

Piedad, Señor; mira como me afligen mis enemigos;
levántame del umbral de la muerte,
para que pueda proclamar tus alabanzas
y gozar de tu salvación en las puertas de Sión.

Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron,
su pie quedó prendido en la red que escondieron.
El Señor apareció para hacer justicia,
y se enredó el malvado en sus propias acciones.

Vuelvan al abismo los malvados,
los pueblos que olvidan a Dios.
Él no olvida jamás al pobre,
ni la esperanza del humilde perecerá.

Levántate, Señor, que el hombre no triunfe:
sean juzgados los gentiles en tu presencia.
Señor, infúndeles terror,
y aprendan los pueblos que no son más que hombres.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Ant: Narraré tus hazañas en las puertas de Sión.

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO


 

El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella.

San Pedro, el primero de los apóstoles, que amaba ardientemente a Cristo, y que llegó a oír de él estas palabras: Ahora te digo yo: Tú eres Pedro. Él había dicho antes: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Cristo le replicó: «Ahora te digo yo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre esta piedra edificaré esta misma fe que profesas. Sobre esta afirmación que tú has hecho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Porque tú eres Pedro». «Pedro» es una palabra que se deriva de «piedra», y no al revés. «Pedro» viene de «piedra», del mismo modo que «cristiano» viene de «Cristo».
El Señor Jesús, antes de su pasión, como sabéis, eligió a sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles. Entre ellos, Pedro fue el único que representó la totalidad de la Iglesia casi en todas partes. Por ello, en cuanto que él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras: Te daré las llaves del reino de los cielos. Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única. De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo: Yo te entrego, tratándose de algo que ha sido entregado a todos. Pues, para que sepáis que la Iglesia ha recibido las llaves del reino de los cielos, escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: A quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
En este mismo sentido, el Señor, después de su resurrección, encomendó también a Pedro sus ovejas para que las apacentara. No es que él fuera el único de los discípulos que tuviera el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia; y, si se dirige a Pedro con preferencia a los demás, es porque Pedro es el primero entre los apóstoles.
No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor.
A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro.
En un solo día celebramos el martirio de los dos apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa aunque fueran martirizados en días diversos Primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebramos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros por la sangre de los apóstoles. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina.
(San Agustín)

MARÍA CONSERVABA TODAS ESTAS COSAS EN SU CORAZÓN



 María iba reflexionando sobre todas las cosas que había conocido leyendo, escuchando, mirando, y de este modo su fe iba en aumento constante, sus méritos crecían, su sabiduría se hacía más clara y su caridad era cada vez más ardiente. Su conocimiento y penetración, siempre renovados, de los misterios celestiales la llenaban de alegría, la hacían gozar de la fecundidad del Espíritu, la atraían hacia Dios y la hacían perseverar en su propia humildad. Porque en esto consisten los progresos de la gracia divina, en elevar desde lo más humilde hasta lo más excelso y en ir transformando de resplandor en resplandor. Bienaventurada el alma de la Virgen que, guiada por el magisterio del Espíritu que habitaba en ella, se sometía siempre y en todo a las exigencias de la Palabra de Dios. Ella no se dejaba llevar por su propio instinto o juicio, sino que su actuación exterior correspondía siempre a las insinuaciones internas de la sabiduría que nace de la fe. Convenía, en efecto, que la sabiduría divina, que se iba edificando la casa de la Iglesia para habitar en ella, se valiera de María Santísima para lograr la observancia de la ley, la purificación de la mente, la justa medida de la humildad y el sacrificio espiritual.

Imítala tú, alma fiel. Entra en el templo de tu corazón, si quieres alcanzar la purificación espiritual y la limpieza de todo contagio de pecado. Allí Dios atiende más a la intención que a la exterioridad de nuestras obras. Por esto, ya sea que por la contemplación salgamos de nosotros mismos para reposar en Dios, ya sea que nos ejercitemos en la práctica de las virtudes o que nos esforcemos en ser útiles a nuestro prójimo con nuestras buenas obras, hagámoslo de manera que la caridad de Cristo sea lo único que nos apremie. Éste es el sacrificio de la purificación espiritual, agradable a Dios, que se ofrece no en un templo hecho por mano de hombres, sino en el templo del corazón, en el que Cristo, el Señor, entra de buen grado.
San Lorenzo Justiniani, obispo
(Sermón 8, en la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen María: Opera 2, Venecia 1751, 38-39)

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