Desde sus primeros años, María supo que descendía de la estirpe de del Rey David, de la cual debía nacer el esperado Mesías.
¿Qué sentimientos debió suscitar en Ella este gran pensamiento? Los graves pecados de su pueblo debían pesar de manera humillante, cada día con mayor fuerza, sobre su limpidísima alma, estimulándola a expiar con su pureza y con su oración.
Pero no obstante, bien sabía Ella que una adecuada expiación podía solamente ser ofrecida por el Mesías, esa flor divina de su estirpe; de ahí que encendíase e inflamábase cada día más en su corazón el deseo, el ansia ardiente del Redentor.
Ella pedía con un ardor incomparablemente más intenso que el de Simeón, no morir sin antes haber saludado al Salvador esperado que restablecería la paz entre Dios y los hombres.
Sin embargo, en su profunda humildad, no se imaginaba jamás que Dios la había elegido para ser Madre del Mesías como se lo reveló a Santa Brígida:
"Jamás me consideré digna de pensar que yo misma sería esa Virgen, ni de que me correspondiera tan alta dignidad.
Por tanto, mi único deseo y oración constante era que se me concediera vivir lo suficiente para ver a esa santísima Virgen y ser su humilde servidora; y mi mayor anhelo era besar devotamente sus manos y sus pies".
(GABRIELE M. ROSCHINI O. S. M.
LA VIDA DE LA VIRGEN
MARÍA)

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