¿QUÉ TENDRÁN QUE DECIR LOS HERMANOS SEPARADOS DE CARLO ACUTIS?

 


Carlo Acutis era y es Católico, amaba a la Virgen María y a Jesús Eucaristía. ¿Qué tendrán que decir a esto los hermanos separados?.

Para hacerlo beato se produjo un milagro por intercesión suya y para hacerlo santo, otro milagro. Los dos milagros perfectamente documentados, con pruebas médicas, con testigos fiables.

El primer milagro atribuido a Acutis ocurrió en 2013 en Campo Grande, Brasil, cuando un niño de siete años, afectado por un grave trastorno pancreático sin cura médica, recuperó la salud tras entrar en contacto con un trozo de camiseta que había pertenecido al joven. La curación, considerada milagrosa por las autoridades eclesiásticas, fue la que permitió su beatificación.

El segundo milagro reconocido por el Vaticano se produjo en mayo de 2024 e involucró a Valeria Valverde, una estudiante costarricense de 21 años. Según el Vaticano, la madre peregrinó hasta la tumba de Acutis en Asís para pedir por la recuperación de su hija, quien había sufrido un severo trauma cerebral tras caer de una bicicleta. Tras la visita, los informes médicos confirmaron la recuperación, un hecho considerado inexplicable por la ciencia y atribuido a la intercesión del beato.

Por estos dos milagros, el papa León XIV ha canonizado a Carlo Acutis. Su cuerpo descansa en una tumba abierta en el Santuario de la Expoliación, en Asís, centro de Italia.

Más prueba que ver a Carlo incorrupto, imposible. ¿Qué dirán de esto los hermanos protestantes? ¿se atreverán a decir que no está incorrupto? ¿se atreverán a decir que los milagros son un fraude? ¿ se atreverán a decir que todo es una farsa?

Ay cuántas oportunidades nos da Dios cada día pero seguimos ciegos, negando una y otra vez la realidad que se impone inexorable ante nuestros ojos. 

(Carmen de Jesús Crucificado, O.C.D.S.)

NACIMIENTO DE LA MADRE DE DIOS

 


Cristo es el fin de la ley: él nos hace pasar de la esclavitud de esta ley a la libertad del espíritu. La ley tendía hacia él como a su complemento; y él, como supremo legislador, da cumplimiento a su misión, transformando en espíritu la letra de la ley. De este modo, hacía que todas las cosas lo tuviesen a él por cabeza. La gracia es la que da vida a la ley y, por esto, es superior a la misma, y de la unión de ambas resulta un conjunto armonioso, conjunto que no hemos de considerar como una mezcla, en la cual alguno de los dos elementos citados pierda sus características propias, sino como una transmutación divina, según la cual todo lo que había de esclavitud en la ley se cambia en suavidad y libertad, de modo que, como dice el Apóstol, no vivamos ya esclavizados por lo elemental del mundo, ni sujetos al yugo y a la esclavitud de la ley.
Éste es el compendio de todos los beneficios que Cristo nos ha hecho; ésta es la revelación del designio amoroso de Dios: su anonadamiento, su encarnación y la consiguiente divinización del hombre. Convenía, pues, que esta fulgurante y sorprendente venida de Dios a los hombres fuera precedida de algún hecho que nos preparara a recibir con gozo el gran don de la salvación. Y éste es el significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada. El día de hoy nació la Virgen; es luego amamantada y se va desarrollando; y es preparada para ser la Madre de Dios, rey de todos los siglos.
Un doble beneficio nos aporta este hecho: nos conduce a la verdad y nos libera de una manera de vivir sujeta a la esclavitud de la letra de la ley. ¿De qué modo tiene lugar esto? Por el hecho de que la sombra se retira ante la llegada de la luz, y la gracia sustituye a la letra de la ley por la libertad del espíritu. Precisamente la solemnidad de hoy representa el tránsito de un régimen al otro, en cuanto que convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura, sustituyendo lo antiguo por lo nuevo.
Que toda la creación, pues, rebose de contento y contribuya a su modo a la alegría propia de este día. Cielo y tierra se aúnen en esta celebración, y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo. Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor.
(San Andrés de Creta, Obispo)

LA VOLUNTAD DE DIOS, REGLA SUPREMA

 Queremos salvar nuestra alma y tender a la perfección de la vida espiritual, es decir, purificarnos de veras, progresar en todas las virtudes, llegar a la unión de amor con Dios, y por este medio transformarnos cada vez más en El; he aquí la única obra a la que hemos consagrado nuestra vida: obra de una grandeza incomparable y de un trabajo casi sin límites; que nos proporciona la libertad, la paz, el gozo, la unción del Espíritu Santo, y exige a su vez sacrificios sin número, una paciente labor de toda la vida. Esta obra gigantesca no seria tan sólo difícil, sino absolutamente imposible si contásemos sólo con nuestras fuerzas, pues es de orden absolutamente sobrenatural.

        Todo lo puedo en Aquel que me conforta; sin Dios sólo queda la absoluta impotencia, por nosotros nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni desearlo, ni cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios, de la perfecta adquisición de las virtudes, de la vida de intimidad con Dios que representan un cúmulo enorme de impotencias humanas y de intervenciones divinas. El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por cuanto es capaz con la ayuda de Dios de llevar a cabo las obras más santas; pero es a la vez lo más pobre y necesitado que hay, ya que sin e! auxilio divino no puede concebir siquiera el pensamiento de lo bueno. Por dicha nuestra, Dios ha querido salir fiador de nuestra salvación, por lo que jamás podremos bendecirle como se merece, pero no quiere salvarnos sin nosotros y, por consiguiente, debemos unir nuestra acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin El nada podemos.



        Nuestra santificación, nuestra salvación misma es, pues, obra de entrambos: para ella se precisan necesariamente la acción de Dios y nuestra cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad divina y de la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a cada instante; quien prescinde de El cae, o se fatiga en estéril agitación. Es, pues, de importancia suma no obrar sino unidos con Dios y esto todos los días y a cada momento, así en nuestras menores acciones como en cualquier circunstancia. porque sin esta íntima colaboración se pierde trabajo y tiempo. Cuántas obras, llenas en apariencia, quedarán vacías por sólo este motivo! Por no haberlas hecho en unión con Dios, a pesar del trabajo que nos costaron, se desvanecerán ante la luz de la eternidad como sueño que se nos va así que despertamos.

        Ahora bien, si Dios trabaja con nosotros en nuestra santificación, justo es que El lleve la dirección de la obra: nada se deberá hacer que no sea conforme a sus planes, bajo sus órdenes y a impulsos de su gracia. El es el primer principio y último fin; nosotros hemos nacido para obedecer a sus determinaciones. Nos llama a la escuela del servicio divino, para ser El nuestro maestro; nos coloca en el taller del Monasterio, para dirigir allí nuestro trabajo; nos alista bajo su bandera para conducirnos El mismo al combate. Al Soberano Dueño pertenece mandar, a la suma sabiduría combinar todas las cosas; la criatura no puede colaborar sino en segundo término con su Creador.

        Esta continua dependencia de Dios nos impondrá innumerables actos de abnegación, y no pocas veces tendremos que sacrificar nuestras miras limitadas y nuestros caprichosos deseos con las consiguientes quejas de la naturaleza; mas guardémonos bien de escucharla. Podrá cabemos mayor fortuna que tener por guía la divina sabiduría de Dios, y por ayuda la divina omnipotencia, y ser los socios de Dios en la obra de nuestra salvación; sobre todo si se tiene en cuenta que la empresa realizada en común sólo tiende a nuestro personal provecho? Dios no reclama para sí sino su gloria y hacernos bien, dejándonos todo el beneficio. El perfecciona la naturaleza, nos eleva a una vida superior, nos procura la verdadera dicha de este mundo y la bienaventuranza en germen. Ah, si comprendiéramos los designios de Dios y nuestros verdaderos intereses! Seguro que no tendríamos otro deseo que obedecerle con todo esmero, ni otro temor que no obedecerle lo bastante; le suplicaríamos e insistiríamos para que hiciera su voluntad y no la nuestra. Porque abandonar su sabia y poderosa mano para seguir nuestras pobres luces y vivir a merced de nuestra fantasía, es verdadera locura y supremo infortunio.



        Una consideración más nos mostrará que en temer a Dios y hacer lo que El quiere consiste todo el hombre; y es que la voluntad divina, tomada en general, constituye la regla suprema del bien, la única regla de lo justo y lo perfecto; y que la medida de su cumplimiento es también la medida de nuestro progreso.

        Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. No basta pues, decir: Señor, Señor!, para ser admitido en el reino de los cielos; es necesario hacer la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos. El que mantiene unida su voluntad a la de Dios, vive y se salva: el que de ella se aparta. muere y se pierde. Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, ven y sígueme. Es decir, haz mejor la voluntad de Dios, añade a la observancia de los preceptos la de los consejos.

        Si quieres subir hasta la cumbre de la perfección, cumple la voluntad de Dios cada día más y mejor. Te irás elevando a medida que tu obediencia venga la ser más universal en su objetivo, más exacta en su ejecución, más sobrenatural en sus motivos, más perfecta en las disposiciones de tu voluntad. Consulta los libros santos, pregunta a la vida y a la doctrina de nuestro Señor y verás que no se pide sino la fe que se afirma con las obras, el amor que guarda fielmente la palabra de Dios. Seremos perfectos en la medida que hagamos la voluntad de Dios.

        Este punto es de tal importancia que nos ha parecido conveniente apoyarlo con algunas citas autorizadas.

        Toda la pretensión de quien comienza oración-y no se olvide esto, que importa mucho-, ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias puedan hacer que su voluntad se conforme con la de Dios; y, como diré después, en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. No penséis que hay aquí más algarabías, ni cosas no sabidas y entendidas, que en esto consiste todo nuestro bien. La conformidad ha de entenderse aquí en su más alto sentido.

        Cada cual -explica San Francisco de Sales- se forja la perfección a su modo: unos la ponen en la austeridad de los vestidos: otros, en la de los manjares, en la limosna, en la frecuencia de los Sacramentos, en la oración, en una no sé qué contemplación pasiva y supereminente: otros, en aquéllas gracias que se llaman dones gratuitos: y se engañan tomando los efectos por la causa, lo accesorio por lo principal. y con frecuencia la sombra por el cuerpo. En cuanto a mi. yo no se ni conozco otra perfección sino amar a Dios de todo corazón y al prójimo como a nosotros mismos. Y completa el pensamiento en otra parte, cuando dice que la devoción (o la perfección) sólo añade al fuego de la caridad la llama que la hace pronta, activa y diligente, no sólo en la guarda de los mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los consejos e inspiraciones celestiales . Así como el amor de Dios es la forma más elevada y más perfecta de la virtud, una sumisión perfecta a la voluntad divina es la expresión más sublime y más pura, la flor más exquisita de este amor. Por otra parte, ¿no es evidente que, no existiendo nada tan bueno y tan perfecto como la voluntad de Dios, se llegará a ser más santo y más virtuoso, cuanto más perfectamente nos conformemos con esta voluntad?



        Un discípulo de San Alfonso ha resumido su doctrina diciendo que personas que hacen consistir su santidad en practicar muchas penitencias, comuniones, oraciones vocales, viven evidentemente en la ilusión. Todas estas cosas no son buenas sino en cuanto Dios las quiere, de otra suerte, en vez de aceptarlas las detesta, pues tan sólo sirven de medios para unirnos a la voluntad divina.

        Tenemos verdadera satisfacción en repetirlo: toda la perfección, toda la santidad consiste en ejecutar lo que Dios quiere de nosotros; en una palabra, la voluntad divina es regla de toda bondad y de toda virtud; por ser santa lo santifica todo. aun las acciones indiferentes, cuando se ejecutan con el fin de agradar a Dios. Si queremos santificación, debemos aplicarnos únicamente a no seguir jamás nuestra propia voluntad, sino siempre la de Dios porque todos los preceptos y todos los consejos divinos se reducen en sustancia a hacer y a sufrir cuanto Dios quiere y como Dios lo quiere. De ahí que toda la perfección se puede resumir y expresar en estos términos: Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace.

        Toda nuestra perfección -dice San Alfonso- consiste en el amor de nuestro Dios infinitamente amable; y toda la perfección del amor divino consiste a su vez en la unión de nuestra voluntad con la suya Si deseamos, pues, agradar y complacer al corazón de Dios, tratemos no sólo de conformarnos en todo a su santa voluntad, sino de unificarnos con ella (si así puedo expresarme), de suerte que de dos voluntades no vengamos a formar sino una sola Los santos jamás se han propuesto otro objeto sino hacer la voluntad de Dios, persuadidos de que en esto consiste toda la perfección de un alma. El Señor llama a David hombre según su corazón, porque este gran rey estaba siempre dispuesto a seguir la voluntad divina; y María, la divina Madre, no ha sido la más perfecta entre todos los santos, sino por haber estado de continuo más perfectamente unida a la voluntad de Dios. Y el Dios de sus amores, Jesús, el Santo por excelencia, el modelo de toda perfección, ha sido jamás otra cosa que el amor y la obediencia personificados? Por la abnegación que profesa a su Padre y a las almas, sustituye a los holocaustos estériles y se hace la Víctima universal. La voluntad de su Padre le conducirá por toda suerte de sufrimientos y humillaciones, hasta la muerte y muerte de cruz. Jesús lo sabe; pero precisamente para esto bajó del cielo, para cumplir esa voluntad, que a trueque de crucificarle, se convertiría en fuente de vida. Desde su entrada en el mundo declara al Padre que ha puesto su voluntad en medio de su corazón para amarla, y en sus manos para ejecutarla fielmente. Esta amorosa obediencia será su alimento, resumirá su vida oculta, inspirará su vida pública hasta el punto de poder decir: Yo hago siempre lo que agrada a mi Padre; y en el momento de la muerte lanzará bien alto su triunfante Consummatum est: Padre mío, os he amado hasta el último límite, he terminado mi obra de la Redención, porque he hecho vuestra voluntad, sin omitir un solo ápice.

        Uniformar nuestra voluntad con la de Dios, he ahí la cumbre de la perfección -dice San Alfonso-, a eso debemos aspirar de continuo, ése debe ser el fin de nuestras obras, de todos nuestros deseos, de todas nuestras meditaciones, de nuestros ruegos. A ejemplo de nuestro amado Jesús, no veamos sino la voluntad de su Padre en todas las cosas; que nuestra única ocupación sea cumplirla con fidelidad siempre creciente e infatigable generosidad y por motivos totalmente sobrenaturales. Este es el medio de seguir a Nuestro Señor a grandes pasos y subir junto a El en la gloria. Un día fue conducida al cielo en visión la Beata Estefanía Soncino, dominica, donde vio cómo muchos que ella había conocido en vida estaban levantados a la misma jerarquía de los Serafines; y tuvo revelación de que habían sido sublimados a tan alto grado de gloria por la perfecta unión de voluntad con que anduvieron unidos a la de Dios acá en la tierra.

(El santo abandono, Dom Vital Lehodey)


CANTOS, POESÍAS Y PENSAMIENTOS DE SANTA MARÍA DE JESÚS CRUCIFICADO (Mariam Baouardy)

 


Cántico al Amor


¡Al Amor, mi Amor,
venid, adorémosle!
Adoremos la Trinidad que es un solo Dios.
¡Oh misterio incomprensible!
¡Oh Tres inmensos que hacen Uno solo!
Su bondad en paternal 
para aquellos que le buscan:
¡Venid, adorémosle!


Acción de gracias


Salud, salud, rayo de luz
que me descubres a mi amado Salvador.
Mi corazón late, mi espíritu se siente arrebatado 
en Dios mi Salvador…
El muro tan alto ha caído, 
la cadena de hierro de mi cuello
ha caído hecha polvo en el nombre del Señor…
Mi corazón late y mi espíritu se siente arrebatado.


Canto a la cruz


¡Salve, salve, árbol bendito 
que nos das el fruto de la vida!
Sobre tus hojas veo escritas estas palabras:
¡Nada temas!
Tu verdor dice: espera.
Tus ramas me dicen: caridad.
Y tu sombra me dice: humildad.
¡Salve, salve, árbol bendito 
En ti encuentro el fruto de la vida!
A tus pies quiero morir.


María, Madre de la resurrección


A los pies de María, mi madre querida, 
he reencontrado la vida.
Decís que yo soy una huerfanita, 
pero mirad: Tengo una madre en lo más alto del cielo.
¡Dichosos los hijos de tal madre!
María me llama
y en este monasterio yo quedaré para siempre,
a los pies de María, donde encontré la vida.


Canto a la muerte


Muerte, ¡último cumplimiento de la vida!
Muerte mía, ¡ven y háblame bajo!
Día tras día he velado esperándote 
y por ti he sufrido la alegría y el martirio de la vida.
Cuanto soy, tengo, espero y amo 
ha corrido siempre hacia ti en un profundo misterio.
Mírame una vez más
y mi vida será tuya para siempre.
Las flores están ya enlazadas
y lista la guirnalda para el esposo.
Será la boda y la novia dejará la casa 
y sola, en la noche solitaria,
encontrará a su Señor.

Salmo de confianza

Señor, soy el pollito que atrapa el milano;
le picotea en la cabeza para aplastársela;
pero el pobre pequeñuelo huye
y se cobija bajo el ala de su madre para estar seguro.
Corrí hacia mi Padre y mi Rey, que vino hacia mí.
Me sentí como si fuera un pollito bajo el ala de su madre.

Salmo de contemplación

¿Con qué puedo compararme, Señor?
con los pajaritos sin plumas en el nido;
si el padre y la madre no les dan su alimento,
mueren de hambre.
Así mi alma, Señor, sin Ti
no tiene apoyo, no puede vivir.

¿Con qué me compararé, Señor?
Con un pequeño grano de trigo, sepultado en tierra.
si el rocío no lo alimenta
y el sol no lo calienta
el grano se marchita y muere.
Pero si Tú lo regalas
con la dulzura del rocío y el calor de tu Sol,
de la pequeña semilla
plena de linfa y de vigor
brotarán raíces
y germinará un tallo fuerte
y abundante de frutos.

¿Con qué me compararé, Señor?
Con una rosa cortada
que al instante se marchita
y pierde su aroma,
pero unida a su tallo
permanece fresca y brillante,
intacta en su aroma.

¡Guárdame en Ti, Señor,
y comunícame tu Vida!

¿Con qué Te compararé, Señor?
Con la paloma que proporciona alimento a sus pequeños,
con una tierna madre
que alimenta a su criatura.

Salmo penitencial

Señor, mi tierra es árida y está quemada,
báñame con tu escarcha.
Mi carne va en corrupción
y mis pies no pueden sostenerme
ni mis manos moverse.
Mis nervios paralizados,
mis huesos secos
y la médula de mis huesos
es como humo contaminado;
pero yo confío en tu misericordia.

Súplica

Espíritu Santo, inspiradme;
Amor de Dios, consumidme;
al verdadero camino, conducidme.

María, Madre mía, miradme,
con Jesús, bendecidme;
de todo mal, de toda ilusión,
de todo peligro, preservadme.

Cántico de las alas

Me agarro a las alas de mi Salvador.
Veo toda la tierra;
me llama bienaventurada.
¡Oh qué dul­ce es perteneceros!
¡Oh mi Salvador!
Tu nombre es grande, lle­na los cielos.
Todo le alaba y se llena de gozo en su presencia.

Mis alas volanderas
es mi Salvador quien me las ha dado
Su mirada se ha compadecido de mi alma.
Él me dio las alas con que volar.
Yo estaba hundida en el abismo
y de allí me ha sacado el Señor.
Desde aquel día mi morada
es su seno para siempre.
¡Dichoso el día que jamás termina!

El Señor me ha recibido en su patria.
¿Qué decís vosotros, habitantes de la tierra?
Él me dio alas para volar,
Él me da mil flores
para sembrar en la ruta que veo;
me ha puesto entre las manos una canasta de flores.
Todos los amigos pueden recibirlas.
A lo largo del camino he sembrado.
Los amigos y enemigos se apresuran para llevarse algunas.

Él me dio alas para volar
y la canasta de flores sobre las rodillas.
El cielo y la tierra,
todo sonreía con su inmaculada sonrisa...




𝐏𝐞𝐧𝐬𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐬𝐚𝐧𝐭𝐚 𝐌𝐚𝐫𝛊́𝐚 𝐝𝐞 𝐉𝐞𝐬𝐮́𝐬 𝐂𝐫𝐮𝐜𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐝𝐨 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐠𝐢𝐝𝐨𝐬 𝐞𝐧 𝐜𝐮𝐚𝐝𝐞𝐫𝐧𝐢𝐥𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐬𝐮𝐬 𝐡𝐞𝐫𝐦𝐚𝐧𝐚𝐬 𝐜𝐚𝐫𝐦𝐞𝐥𝐢𝐭𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐚𝐥𝐳𝐚𝐬. 𝐄𝐥𝐥𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐞𝐱𝐩𝐫𝐞𝐬𝐚𝐛𝐚 𝐞𝐧 𝐯𝐨𝐳 𝐚𝐥𝐭𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐛𝐚 𝐞𝐧 𝐞́𝐱𝐭𝐚𝐬𝐢𝐬 𝐲 𝐞𝐥𝐥𝐚𝐬 𝐥𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐧𝛊́𝐚𝐧 𝐩𝐨𝐫 𝐞𝐬𝐜𝐫𝐢𝐭𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐩𝐞𝐫𝐝𝐢𝐞𝐫𝐚𝐧
- Un día, sor María estaba tan maravillosamente extasiada que ya no se contenía y bailaba delante del sagrario, llamando a Jesús: «Simiente querida». Decía: «Simiente querida, ¡tú vienes todos los días a mí!... David bailaba delante del arca, ¡y yo bailo delante del sagrario! El Amor está ahí, el Amor está ahí. ¡El sagrario es más que el arca de la alianza!»
- «Todos aman al rico, le honran. El pobre es despreciado, no tiene nada pero si él es humilde… ¿A quién honra el Señor? ¡A la humildad! La humildad es dichosa, la humildad es feliz, está bien en todas partes, la humildad está satisfecha con todo. La humildad lleva en su corazón al Señor dondequiera que se halle. El orgullo deja todo fuera de sí, todo le aburre, le enfada, le decae. Todo indigna y todo aflige al orgullo; tiene angustia en este mundo y en el otro. ¡La humildad es el reino del corazón de Dios! Hay que trabajar para conseguirla, hay que sembrarla, para que Dios la dé. No solo hay que decir: “Dámela, Señor”, sino que hay que sembrarla y trabajarla».
- «El Señor me ha hecho ver el infierno y me ha dicho: “En el infierno hay todo tipo de virtudes, pero no hay humildad: y en el cielo, hay toda clase de defectos, pero no hay orgullo”. Es decir, Dios perdona todo a un alma humilde y no da importancia a la virtud que carece de humildad».
- «El Señor dice: “Estaré con los pequeños, no me gustan los grandes y no permitiré que los grandes habiten en mi casa”».
- «El ego pierde al mundo. Aquellos que ensalzan su ego llevan la tristeza y la angustia con ellos a todas partes. No podemos tener juntos a Dios y a nuestro ego… Si pensamos tanto en nosotros mismos no tenemos a Dios y, si tenemos a Dios, no tenemos el yo… No tenéis dos corazones, solo poseéis uno… Todo es éxito para aquel que no se fija mucho en sí mismo, todo le llena de dicha… Donde está el "yo", no hay humildad, ni dulzura, ni virtud alguna, y aunque rece o suplique, sus rezos no ascienden y no llegan a Dios… Aquel que no es egoísta tiene todas las virtudes, la paz y la dicha».
- «El Señor dice: “Si alguna vez falláis, humillaos rápidamente, el Señor os perdonará; pero si acusáis al prójimo, Dios no perdona”. Me gustaría que, antes de decir algo contra el prójimo, pusiéramos la mano en el fuego».

CANTOS A LA VIRGEN MARÍA

 


TU ERES DEL SEÑOR
Eres tan sencilla como luz de
amanecer, eres tú, María,
fortaleza de mi fe. Tú eres
flor, eres del Señor, te dejas
acariciar por su amor. 

Eres tan humilde como el vuelo de
un gorrión, eres tú, María, el
regazo del amor. Tú eres
flor, eres del Señor, te dejas
acariciar por su amor.

YO QUIERO ESTAR EN LAS
MANOS DEL SEÑOR, COMO TÚ
PARA AMAR, EN LAS MANOS DEL
SEÑOR, COMO TÚ, COMO TÚ,
COMO TÚ.

Eres tan pequeña como el canto de
mi voz, eres la grandeza de aquel que
te modeló. Tú eres flor, eres del Señor,
te dejas acariciar por su amor.

Eres tan hermosa como el cielo, como el
mar, eres tú, María, como el gozo de soñar.
Tú eres flor, eres del Señor, te dejas
acariciar por su amor.

YO QUIERO ESTAR EN LAS
MANOS DEL SEÑOR, COMO TÚ
PARA AMAR, EN LAS MANOS DEL
SEÑOR, COMO TÚ, COMO TÚ,
COMO TÚ.

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MIENTRAS RECORRES LA VIDA

Mientras recorres la vida,
tú nunca solo estás,
contigo por el camino,
Santa María va.

Coro:  Ven con nosotros a caminar,
Santa María, ven. (bis)

Aunque te digan algunos,
que nada puede cambiar,
lucha por un mundo nuevo,
lucha por la verdad.

Coro:  Ven con nosotros a caminar,
Santa María, ven. (bis)

Si por el mundo los hombres,
sin conocerse van,
no niegues nunca tu mano,
al que contigo está.

Coro:  Ven con nosotros a caminar,
Santa María, ven. (bis)

Aunque parezcan tus pasos,
inútil caminar,
tú vas haciendo caminos,
otros los seguirán.

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HOY HE VUELTO

Cuántas veces siendo niño te recé

Con mis besos te decía que te amaba

Poco a poco con el tiempo, olvidándome de Ti

Por caminos que se alejan me perdí

Por caminos que se alejan me perdí.


Hoy he vuelto, Madre, a recordar

Cuántas cosas dije ante tu altar

Y al rezarte puedo comprender

Que una Madre no se cansa de esperar

Que una Madre no se cansa de esperar.


Al regreso, me encendías una luz

Sonriendo desde lejos me esperabas

En la mesa, la comida aún caliente y el mantel

Y en tu abrazo, mi alegría de volver

Y en tu abrazo, mi alegría de volver.


Hoy he vuelto, Madre, a recordar

Cuántas cosas dije ante tu altar

Y al rezarte puedo comprender

Que una Madre no se cansa de esperar

Que una Madre no se cansa de esperar.


Aunque el hijo se alejará del hogar

Una madre siempre espera su regreso

El regalo más hermoso que a los hijos da el Señor

Que es la madre y el milagro de su amor

Que es la madre y el milagro de su amor.


Hoy he vuelto, Madre, a recordar

Cuántas cosas dije ante tu altar

Y al rezarte puedo comprender

Que una Madre no se cansa de esperar

Que una Madre no se cansa de esperar.


Hoy he vuelto, Madre, a recordar

Cuántas cosas dije ante tu altar

Y al rezarte puedo comprender

Que una Madre no se cansa de esperar

Que una Madre no se cansa de esperar

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QUIERO DECIR QUE SÍ

Quiero decir que sí, como tú, María

Como tú un día, como tú, María

Quiero decir que sí

Quiero decir que sí

Quiero decir que sí

Quiero decir que sí

Quiero negarme a mí, como tú, María

Como tú un día, como tú María

Quiero negarme a mí

Quiero negarme a mí

Quiero negarme a mí

Quiero negarme a mí

Quiero seguirle a él, como tú, María

Como tú un día, como tú María

Quiero seguirle a él

Quiero seguirle a él

Quiero seguirle a él

Quiero entregarme a él, como tú, María

Como tú un día, como tú, María

Quiero entregarme a él

Quiero entregarme a él

Quiero entregarme a él

Quiero entregarme a él

Quiero decir que sí

Quiero decir que sí

Quiero decir

Quiero decir que sí

Writer(s): Luis Alfredo Diaz Britos

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MADRE DE LOS POBRES

Madre de los pobres,
los humildes y sencillos,
de los tristes y los niños
que confían siempre en Dios.

Tú, la más pobre, porque nada ambicionaste,
tú, perseguida, vas huyendo de Belén,
tú, que un pesebre ofreciste al rey del cielo,
toda tu riqueza fue tenerlo sólo a Él.

Tú, que en sus manos sin temor te abandonaste,
tú, que aceptaste ser la esclava del Señor,
vas entonando un poema de alegría:
“canta alma mía, porque Dios me engrandeció”.

Tú, que has vivido el dolor y la pobreza,
tú, que has sufrido en las noches sin hogar,
tú, que eres la madre de los pobres y olvidados,
eres el consuelo del que reza en su llorar.

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JUNTO A TI, MARÍA

Junto a tí, María
como un niño quiero estar
Tómame en tus brazos
Guíame en mí caminar.

Quiero que me eduques
Que me enseñes a rezar
Hazme transparente
Lléname de paz.

Madre, Madre
Madre, Madre
Madre, Madre
Madre, Madre

Gracias, Madre mía
Por llevarnos a Jesús
Haznos más humildes
Tan sencillos como tú.

Gracias, Madre mía
Por abrir tu corazón
Porque nos congregas
Y nos das tu amor.

Madre, Madre
Madre, Madre
Madre, Madre
Madre, Madre

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MARÍA, TÚ QUE VELAS JUNTO A MÍ

María, Tú que velas junto a mí,
y ves el fuego de mi inquietud.
María, Madre, enséñame a vivir
con ritmo alegre de juventud.

Ven, Señora a nuestra soledad,
ven a nuestro corazón,
a tantas esperanzas que se han muerto,
a nuestro caminar sin ilusión.

Ven, y danos la alegría
que nace de la fe y del amor,
el gozo de las almas que confían
en medio del esfuerzo y el dolor.

 María, Tú que velas junto a mí,
y ves el fuego de mi inquietud.
María, Madre, enséñame a vivir
con ritmo alegre de juventud.

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MARÍA, TÚ QUE ME LLENAS DE AMOR

María, tu que me llenas de amor
Eres la luz que me lleva al Señor;
En mi canción te traigo poemas
Que nacen de mí.

En las mañanas cuando sale el sol,
Veo tu rostro cerca del Señor;
En la estampita que cuelga en el cuadro
De mi habitación.

Dios te salve María, María, María
Virgen pura en el parto (María, María)
En tus manos ponemos
Nuestra fe y esperanza
Madrecita querida, no te apartes de mí.

María, tu que me llenas de amor
Eres la luz que me lleva al Señor;
En mi canción te traigo poemas
Que nacen de mí.

En las mañanas cuando sale el sol,
Veo tu rostro cerca del Señor;
En la estampita que cuelga en el cuadro
De mi habitación.

Dios te salve María, María, María
Virgen pura en el parto (María, María)
En tus manos ponemos
Nuestra fe y esperanza.

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¿QUIÉN SERÁ LA MUJER?

Quién será la mujer que a tantos inspiró
poemas bellos de amor.
Le rinden honor la música, la luz,
el mármol, la palabra y el color.

Quién será la mujer que el rey y el labrador
llaman en su dolor;
el sabio, el ignorante, el pobre y el señor,
el santo al igual que el pecador.

María es esa mujer
que desde siempre el Señor se preparó,
para nacer como una flor
en el jardín que a Dios enamoró./ (bis)

Quién será la mujer radiante como el sol
vestida de resplandor,
la luna a sus pies, el cielo en derredor
y ángeles cantándole su amor.

Quién será la mujer humilde que vivió
en un pequeño taller,
amando sin milagros, viviendo de su Fe,
la esposa siempre alegre de José.

María es esa mujer
que desde siempre el Señor se preparó,
para nacer como una flor
en el jardín que a Dios enamoró./ (bis)

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QUIERO CAMINAR CONTIGO, MARÍA

Quiero caminar contigo María

Pues tu eres mi madre eres mi guía

Tu eres para mí el más grande ejemplo

De santidad, de humildad.


Quiero caminar contigo María

No solo un momento todos los días

Necesito tu amor de madre

Tu interceción ante el Señor.


Guía mis pasos llévame al Cielo

Bajo tu manto no tengo miedo

Llena de gracia, Ave María

Hoy yo te ofrezco toda mi vida


Quiero caminar contigo María

Madre en el dolor y en la alegría

Tú que fuiste fiel hasta el extremo

Fiel en la cruz, fiel a Jesús


Guia mis pasos llévame al cielo

Bajo tu manto no tengo miedo

Llena de gracia, Ave María

Hoy yo te ofrezco toda mi vida


Celestial princesa mírame con compasión

Hoy te doy mi alma, vida y corazón


Guía mis pasos llévame al Cielo

Bajo tu manto no tengo miedo

Llena de gracia, Ave María

Hoy yo te ofrezco toda mi vida


Guía mis pasos llévame al cielo

Bajo tu manto no tengo miedo

Llena de gracia, Ave María

Hoy yo te ofrezco toda mi vida

LOS CUATRO GRADOS DEL AMOR (San Bernardo de Claraval)



San Bernardo exhorta a amar al Señor sin medida y enumera cuatro grados de amor:

1) Primer grado del amor - El hombre se ama por sí mismo: «En primer lugar, pues, se ama el hombre a sí por sí mismo… Cuando ve que no puede subsistir por sí mismo, comienza a buscar Dios por la fe».

2) Segundo grado del amor - El hombre ama a Dios por sí mismo: «En el segundo grado ama a Dios, pero por sí mismo, no por Él. Sus miserias y necesidades le impulsan a acudir con frecuencia a Él en la meditación, la lectura, la oración y la obediencia. Dios se le va revelando de un modo sencillo y humano, y se le hace amable».

3) Tercer grado del amor - El hombre ama a Dios por Él mismo: «… pasa «[el hombre] al grado tercero, en el que ama a Dios no por sí mismo, sino por Él. Aquí permanece mucho tiempo, y no sé si en esta vida puede hombre alguno elevarse al cuarto grado…».

4) Cuarto grado del amor - El hombre se ama a sí mismo por Dios: «…que consiste en amarse solamente por Dios. […]. Olvidado por completo de sí, y totalmente perdido, se lanza sin reservas hacia Dios, y estrechándose con él se hace un espíritu con Él»


(San Bernardo de Claraval)

REINA DEL MUNDO Y DE LA PAZ

 


Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya antes de la asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los cielos. Convenía en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo; convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor.
Así pues, durante su vida mortal, gustaba anticipadamente las primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable sublimidad, como también descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración. Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles cuidaban de ella, especialmente san Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le hubiese encomendado su Madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban de contemplar a su Reina, éstos a su Señora, y unos y otros se esforzaban en complacerla con sentimientos de piedad y devoción.
Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes, inundada como estaba por el mar inagotable de los carismas divinos, derramaba en abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que superaban a las de cualquiera otra criatura. Daba la salud a los cuerpos y el remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas, habiendo alcanzado por la Madre del Señor lo que deseaban.
Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, la Esposa, Madre del Esposo único, suave y agradable, llena de delicias, como una fuente de los jardines espirituales, como un pozo de agua viva y vivificante, que mana con fuerza del Líbano divino, desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras, hacía derivar ríos de paz y torrentes de gracia celestial. Por esto, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el Rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del Salmista, que decía al Señor: De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.
(San Amadeo de Lausana, obispo)

CÓMO SAN FRANCISCO CONVIRTIÓ A TRES LADRONES HOMICIDAS

 


Yendo una vez San Francisco por el territorio de Borgo San Sepolcro, al pasar por una aldea llamada Monte Casale, se le presentó un joven muy noble y delicado, que le dijo:

-- Padre, me gustaría mucho ser de vuestra fraternidad.
-- Hijo -le respondió San Francisco-, tú eres joven, delicado y noble; se te va a hacer duro sobrellevar la pobreza y austeridad de nuestra vida.
-- Padre, ¿no sois vosotros hombres como yo? -repuso él-. Lo mismo que vosotros la sobrelleváis, la podré sobrellevar también yo con la gracia de Cristo.
Agradó mucho a San Francisco esta respuesta; por lo que, bendiciéndolo, lo recibió, sin más, en la Orden y le puso por nombre hermano Ángel. Este joven se portó tan a satisfacción, que, al poco tiempo, San Francisco lo hizo guardián del convento del mismo Monte Casale.
Por aquel tiempo merodeaban por aquellos parajes tres famosos ladrones, que perpetraban muchos males en toda la comarca. Un día fueron al eremitorio de los hermanos y pidieron al guardián, el hermano Ángel, que les diera de comer. El guardián les reprochó ásperamente:
-- ¿No tenéis vergüenza, ladrones y asesinos sin entrañas, que, no contentos con robarles a los demás el fruto de sus fatigas, tenéis cara, además, insolentes, para venir a devorar las limosnas que son enviadas a los servidores de Dios? No merecéis que os sostenga la tierra, puesto que no tenéis respeto alguno ni a los hombres ni a Dios que os creó. ¡Fuera de aquí, id a lo vuestro y que no vuelva a veros aquí!
Ellos lo llevaron muy a mal y se marcharon enojados.
En esto regresó San Francisco de fuera con la alforja del pan y con un recipiente de vino que habían mendigado él y su compañero. El guardián le refirió cómo había despedido a aquella gente. Al oírle, San Francisco le reprendió fuertemente, diciéndole que se había portado cruelmente, porque mejor se conduce a los pecadores a Dios con dulzura que con duros reproches; que Cristo, nuestro Maestro, cuyo Evangelio hemos prometido observar, dice que no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos, y que Él no ha venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia (Mt 9,12s); y por esto Él comía muchas veces con ellos.
-- Por lo tanto -terminó-, ya que has obrado contra la caridad y contra el santo Evangelio, te mando, por santa obediencia, que, sin tardar, tomes esta alforja de pan que yo he mendigado y esta orza de vino y vayas buscándolos por montes y valles hasta dar con ellos; y les ofrecerás de mi parte todo este pan y este vino. Después te pondrás de rodillas ante ellos y confesarás humildemente tu culpa y tu dureza. Finalmente, les rogarás de mi parte que no hagan ningún daño en adelante, que teman a Dios y no ofendan al prójimo; y les dirás que, si lo hacen así, yo me comprometo a proveerles de lo que necesiten y a darles siempre de comer y de beber. Una vez que les hayas dicho esto con toda humildad, vuelve aquí.
Mientras el guardián iba a cumplir el mandato, San Francisco se puso en oración, pidiendo a Dios que ablandase los corazones de los ladrones y los convirtiese a penitencia.
Llegó el obediente guardián a donde estaban ellos, les ofreció el pan y el vino e hizo y dijo lo que San Francisco le había ordenado. Y plugo a Dios que, mientras comían la limosna de San Francisco, comenzaran a decir entre sí:
-- ¡Ay de nosotros, miserables desventurados! ¡Qué duras penas nos esperan en el infierno a nosotros, que no sólo andamos robando, maltratando, hiriendo, sino también dando muerte a nuestro prójimo; y, en medio de tantas maldades y crímenes, no tenemos remordimiento alguno de conciencia ni temor de Dios! En cambio, este santo hermano ha venido a buscarnos por unas palabras que nos dijo justamente reprochando nuestra maldad, se ha acusado de ello con humildad, y, encima de esto, nos ha traído el pan y el vino, junto con una promesa tan generosa del Padre santo. Estos sí que son siervos de Dios merecedores del paraíso, pero nosotros somos hijos de la eterna perdición, merecedores de las penas del infierno; cada día agravamos nuestra perdición, y no sabemos si podremos hallar misericordia ante Dios por los pecados que hasta ahora hemos cometido.
Estas y parecidas palabras decía uno de ellos; a lo que añadieron los otros dos:
-- Es mucha verdad lo que dices; pero ¿qué es lo que tenemos que hacer?
-- Vamos a estar con San Francisco -dijo el primero-, y, si él nos da esperanza de que podemos hallar misericordia ante Dios por nuestros pecados, haremos lo que nos mande; así podremos librar nuestras almas de las penas del infierno.
Pareció bien a los otros este consejo, y todos tres, de común acuerdo, marcharon apresuradamente a San Francisco y le hablaron así:
-- Padre, nosotros hemos cometido muchos y abominables pecados; no creemos poder hallar misericordia ante Dios; pero, si tú tienes alguna esperanza de que Dios nos admita a misericordia, aquí nos tienes, prontos a hacer lo que tú nos digas y a vivir contigo en penitencia.
San Francisco los recibió con caridad y bondad, los animó con muchos ejemplos, les aseguró de la misericordia de Dios y les prometió con certeza que se la obtendría de Dios, haciéndoles ver cómo la misericordia de Dios es infinita. Y concluyó:
-- Aunque hubiéramos cometido infinitos pecados, todavía es más grande la misericordia de Dios; según el Evangelio y el apóstol San Pablo, Cristo bendito ha venido a la tierra para rescatar a los pecadores.
Movidos de estas palabras y parecidas enseñanzas, los tres ladrones renunciaron al demonio y a sus obras; San Francisco los recibió en la Orden y comenzaron a hacer gran penitencia. Dos de ellos vivieron poco tiempo después de su conversión y se fueron al paraíso. Pero el tercero sobrevivió, y, recordando sin cesar sus pecados, se dio a tal vida de penitencia, que por quince años seguidos, fuera de las cuaresmas comunes, en que se acomodaba a los demás hermanos, en los demás tiempos estuvo ayunando tres días a la semana a pan y agua; andaba siempre descalzo, vestido de una sola túnica; nunca se acostaba después de los maitines.
En alabanza de Cristo bendito. Amén.
(Florecillas de San Francisco)

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