EXHORTACIÓN Y SÚPLICA POR LA PERSEVERANCIA (Santa Clara de Asís)

Angostos son el camino y la senda, y estrecha la puerta por la que se va y se entra en la vida, y son pocos los que caminan y entran por ella y, si hay algunos que por un cierto tiempo van por ellos, son poquísimos los que perseveran. 

Bienaventurados, pues, aquellos a los que se les ha dado caminar por ella y perseverar hasta el fin.

Estemos atentos, por tanto, para que, si hemos entrado por el camino del Señor, de ningún modo nos apartemos jamás de él por nuestra culpa e ignorancia, no sea que injuriemos a tan gran Señor y a su Madre la Virgen y a nuestro bienaventurado padre Francisco, a la Iglesia triunfante y también a la militante.  

Pues escrito está: Malditos los que se apartan de tus mandatos (Sal 118,21).  Por eso, doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo para que, por los méritos de la gloriosa Virgen santa María, su Madre, y de nuestro beatísimo padre Francisco y de todos los  santos,  el mismo Señor que inició en nosotros la obra buena, nos dé también el incremento y la perseverancia final. Amén.



INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

Por gracia y privilegio singularísimo de Dios omnipotente, en atención a los méritos previstos de Jesucristo Redentor, la Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original en el primer instante de su concepción (Dogma de fe, expresamente definido por la Iglesia.)
Santo Tomás de Aquino expone hermosamente la razón teológica de este privilegio de María: 

«A los que Dios elige para una misión determinada, les prepara y dispone de suerte que la desempeñen idónea y convenientemente. Ahora bien: la Santísima Virgen María fue elegida por Dios para ser Madre del Verbo encarnado y no puede dudarse de que la hizo por su gracia perfectamente idónea para semejante altísima misión. 



Pero no sería idónea Madre de Dios si alguna vez hubiera pecado, aunque fuera levemente, y ello por tres razones:

a) Porque el honor de los padres redunda en los hijos, según se dice en los Proverbios: Gloria de los hijos son sus padres (Prov 17,6).

b) Por su especialísima afinidad con Cristo, que de ella recibió la carne. Pero dice San Pablo a los Corintios: ¿Qué concordia puede haber entre Cristo y Belial? (I Cor 1,24).

c) Porque el Hijo de Dios, que es la Sabiduría divina, habitó  de un modo singular en el alma de María y en sus mismas entrañas  virginales. Pero en el libro de la Sabiduría se nos dice: En el alma maliciosa no entrará la sabiduría, ni morará en cuerpo esclavo del pecado (Sab 1,4).

Hay que concluir, por consiguiente, de una manera absoluta, que la bienaventurada Virgen no cometió jamás ningún pecado, ni mortal ni venial, para que en ella se cumpla lo que se lee en el Cantar de 
los Cantares: "Toda hermosa eres, amada mía, y no hay en ti mancha ninguna" (Cant 4,7).

(Teología y espiritualidad marianas, Antonio Royo Marín)

PATERNIDAD DE SAN JOSÉ SOBRE JESÚS


Siempre pensamos en la maternidad de la Virgen sobre nosotros, pero no siempre hemos caído en la cuenta de esa paternidad espiritual de san José sobre toda la Iglesia y sobre cada uno de nosotros. 

La paternidad de san José sobre Jesús, aunque no fue física, tuvo  todas las características de una verdadera paternidad. Su relación paternal con Jesús fue personal, afectuosa, y se prolongó durante muchos más años de los que pasó con sus mismos apóstoles. 

Como hombre, Jesús tuvo en José un modelo de masculinidad. Fue testigo del ejemplo diario de su padre, aprendió de Él las virtudes del trabajo, y podemos reconocer en su humanidad trazos de la humanidad de José. “En verdad, en verdad os digo: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al Padre” (Jn. 5, 19). Y José, fue, en lo humano determinante en su paternidad. 

“José cumplió plenamente su papel paterno, en todo sentido.  Seguramente educó a Jesús en la oración, juntamente con María. Él, en particular, lo habrá llevado consigo a la sinagoga, a los ritos del sábado, como también a Jerusalén, para las grandes fiestas del pueblo de Israel. José, según la tradición judía, habrá dirigido la oración doméstica tanto en la cotidianidad —por la mañana, por la tarde, en las comidas—, como en las principales celebraciones religiosas. 

Así, en el ritmo de las jornadas transcurridas en Nazaret, entre la casa sencilla y el taller de José, Jesús aprendió a alternar oración y trabajo, y a ofrecer a Dios también la fatiga para ganar el pan necesario para la familia”  -Benedicto XVI, Audiencia general del 28 de diciembre de 2011-


(San José del Evangelio, Monseñor Francisco Cerro Chaves)

LOS JUSTOS SOLO PROGRESAN POR LAS PRUEBAS (Palabras de la Virgen María a Santa Brígida)


Considera que a los malvados se les permite continuar viviendo como prueba para los buenos, para que ellos, exasperados por lo hábitos de los perversos, puedan conseguir su remuneración como fruto de paciencia. 

Esto lo podrás entender mejor por medio de un ejemplo. Una rosa desprende un agradable roma, es bella para la vista y suave para el tacto, pero crece entre espinas que pinchan si las tocas, son feas a la vista y no desprenden ningún buen olor. 

Igualmente, las personas buenas y rectas, pese a que pueden ser agradables por su paciencia, bellas por su carácter y suaves por su buen ejemplo, aún no pueden progresar ni ser puestas a prueba a menos que estén entre los malvados.

La espina es, a veces, la protección de la rosa, de forma que nadie la arranque en plena floración. Igualmente, los malvados ofrecen a los buenos la ocasión de no seguirles en el pecado.

El vino no mantiene su calidad excepto entre excrementos y tampoco las personas buenas y Justas pueden mantenerse firmes en el avance hacia la virtud sin ser puestas a prueba mediante tribulaciones y siendo perseguidas por los injustos. 

Por ello, soporta con alegría a los enemigos de mi Hijo. Recuerda que Él es su Juez y, si la justicia demandara que Él los destruyera por completo, acabaría con ellos en un instante. ¡Toléralos, pues, tanto como Él los toleró!”.


(Santa Brígida, profecías y revelaciones)

LA PERLA Y EL ACEITE


Dice Nuestro Señor Jesucristo que el reino de los cielos es semejante al mercader que trata en perlas , y cuando halla una preciosa , vende todo su caudal y la compra, y las prudentes vírgenes aconsejan ir por aceite a los mercaderes.

No hay cosa más parecida al verdadero espíritu que el aceite y la perla . Porque el aceite sube y nada sobre todos los licores, sana , ablanda, purifica y acicala ; arde y sustenta la luz .

La perla es preciosa cuando es fina ; y nace del rocío, cuando abriéndose por la mañana el nácar le recibe , y cerrándose , le guarda y congela con su calor, hasta que viene a hacerse perla del color del cielo de donde el rocío bajó.

El verdadero espíritu sube y se levanta sobre todos los licores de los buenos deseos; cunde y penetra con paz, quietud silencio inefable todo el corazón en quien es derramado; sana el alma, ablanda la condición por áspera que sea; acicala lo interior, purifica la conciencia, enciende el fuego de la caridad, hace unión con Cristo , la caridad es la más preciosa joya de las virtudes ; y engéndrase del rocío de las divinas inspiraciones, cuando abriéndose el corazón por la mañana con los deseos que nacen de la oración , las recibe, y después con el recogimiento y fervor las conserva y pone por obra ; de donde resulta la perla de verdadero espíritu, que vale todo cuanto el alma posee.


(Dilucidario del verdadero espíritu, P. Jerónimo Gracian, Carmelita)

ORACIÓN A SAN JOSÉ


A Ti, oh bendito José, recurrimos en nuestra tribulación e invocamos confiadamente también tu patrocinio.

Por esa caridad con que te uniste a la inmaculada Virgen Madre de Dios, y por ese afecto paternal con que abrazaste al Niño Jesús, te suplicamos y oramos humildemente, que mires con gracia la herencia que Jesucristo ha comprado por Su Sangre, y ayúdanos en nuestras necesidades con Tu poder y fuerza.

Guardián vigilante de la Sagrada Familia, protege al pueblo elegido de Jesucristo; 

Aparta de nosotros, padre amado, toda la plaga del error y la corrupción: ayúdanos misericordiosamente desde el cielo, defensor más poderoso, en nuestras batallas con los poderes de las tinieblas; e incluso como en la antigüedad rescataste al Niño Jesús del supremo peligro de su vida, ahora defiende a la Santa Iglesia de Dios de las trampas del enemigo y de toda adversidad.

Mantennos a todos bajo tu protección continua, para que seamos apoyados por tu ejemplo y tu ayuda, podamos llevar una vida santa, morir felizmente y llegar por fin a la posesión de la bendición eterna en el Cielo. Amén.

REPARACIÓN AL SANTÍSIMO SACRAMENTO DEL ALTAR


Adorable Jesús mío, os hago honrosa reparación por 
todos los pecados que vienen a ultrajar vuestro 
Corazón en la Comunión. 
Allí vuestro Corazón se entrega con tanto amor, 
pero ¡cuántas contrariedades, cuántas humillaciones, 
cuántos malos tratos para vuestro Corazón! 
Perdón por todos aquellos que rehusan este don.
Perdón por todos los que evitan recibirlo frecuentemente, 
cuando es el precio de su santidad. 
Perdón por las comuniones sacrílegas en que vuestro 
purísimo Corazón, condenado al contacto de 
los corazones corruptos, sufre una humillación peor 
que el beso de Judas. 
Perdón por las comuniones tibias, en que el afecto 
del pecado venial, el amor del mundo, la pereza en 
el sacrificio os disputan el amor de nuestros corazones. 
Quiero hacer reparación por el trato
indigno a que se somete tantas veces a la Hostia,
por los que al recibir la Sagrada Hostia,
están llenos de indignidades, 
la odian y la pisotean, la llevan a sus retiros, 
vestíbulos del infierno, y la hacen el juguete 
de sus mofas y víctima de su rabia diabólica; 
y hasta en las hostias profanadas, oh Jesús, 
vuestro Corazón no cesa de vivir, de callarse y 
de amar. Perdón, sobre todo, por nuestra ingratitud, 
que es la madre de todas las frialdades, de todas 
las irreverencias y de todos los 
crímenes cometidos contra el Sacramento de 
vuestro amor: Vos nos amáis, y nosotros no os 
amamos; Vos nos alimentáis, y nosotros os 
despreciamos; Vos nos colmáis de honor y 
nosotros os rebajamos por nuestra conducta: 
Corazón de Jesús, Vos sois el amor y nosotros 
somos la ingratitud. 

(Manual de Adoración al Santísimo Sacramento del Altar, R.P.A. Tesniere)

JOSÉ Y MARÍA, MATRIMONIO VIRGINAL


 Analizando la naturaleza del matrimonio, tanto san Agustín como santo Tomás la ponen siempre en la «indivisible unión espiritual», en la «unión de los corazones», en el «consentimiento», elementos que en aquel matrimonio de María y José se han manifestado de modo ejemplar. 

En el momento culminante de la historia de la salvación, cuando Dios revela su amor a la humanidad mediante el don del Verbo, es precisamente el matrimonio de María y José el que realiza en plena «libertad» el «don esponsal del sí» al acoger y expresar tal amor. «En esta grande obra de renovación de todas las cosas en Cristo, el matrimonio, purificado y renovado, se convierte en una realidad nueva, en un sacramento de la nueva Alianza. 

Y he aquí que en el umbral del Nuevo Testamento, como ya al comienzo del Antiguo, hay una pareja. 

Pero, mientras la de Adán y Eva había sido fuente del mal que ha inundado al mundo, la de José y María constituye el vértice, por medio del cual la santidad se esparce por toda la tierra. 

El Salvador ha iniciado la obra de la salvación con esta unión virginal y santa, en la que se manifiesta su omnipotente voluntad de purificar y santificar la familia, santuario de amor y cuna de la vida»


(Exhortación apostólica Redemtoris Custos, Juan Pablo II)

¿A QUÉ EDAD SE DESPOSÓ SAN JOSÉ CON LA VIRGEN MARÍA?

 Aunque no es relevante en la historia de la Redención la edad su edad, es muy bello conocer datos de nuestro querido Padre San José.

Se ha levantado siempre controversia entre los que discurren sobre la edad de San José. Por ejemplo, San Epifanio, Cedreno y Nicéforo juzgaron que era octogenario cuando se desposó con la Virgen María.  Esta sentencia se sacó del Protoevangelio de Santiago y del Evangelio del nacimiento de María , libros apócrifos, y llenos de fábulas, reprobados desde su origen, por lo que no podemos fiarnos de ellos.

No parece que San José fuera mayor pues por poner un ejemplo, como nos enseña San Gerónimo, ¿Qué consuelo podría hallar una niña criada en el Templo, en un hombre, que con sus muchos años llevaba la vejez a cuestas, que es como una enfermedad tan molesta como incurable en su viaje a Egipto? Algunos añaden , que como San José murió siendo Jesús muy jóven, esa muerte tuvo que haber provenido de su avanzada vejez . 

Yo respondo que la muerte no se prueba con la mayor ancianidad; pues vemos que la juventud y la vejez corren con iguales pasos hacia el sepulcro, los jóvenes también mueren, y más en esos tiempos donde la medicina no estaba avanzada.

Gerson, tenido por el primer teólogo de su siglo, junto con el cardenal Viguerio, teólogo acreditadísimo en tiempo de Julio II, y Teófilo Rainaud, se declaran a favor de aquellos que hacen a San José de una edad varonil cuando se desposó con la Virgen, y ésta misma opinión han abrazado muchos teólogos más, como Baroni, Francisco Suarez, o Gabriel Vázquez, y otros eruditos como Sandino, o Saliano.


Veamos cómo lo explica el incomparable doctor Francisco Suarez : 

San José no era de edad avanzada cuando se desposó con la Virgen María, por cuatro razones:

1ª Porque convenía que en aquellos desposorios se guardara entre los esposos aquella proporción que según el uso y la costumbre se suele observar.

2ª Porque era también conveniente que José fuese de una edad proporcionada a la generación; pues de otra suerte no se mantendría ileso el honor y fama de la Madre de Dios

3ª Porque José debía ser un hombre robusto para emprender el viaje a Egipto y para buscar con su trabajo la manutención de su familia.

4ª Porque la Escritura de algún modo está de parte de su edad varonil, cuando dice en el capítulo primero de San Lúcas, que la Virgen estaba desposada con un varón, y no dice con un anciano, y en Isaías 62,5, hablándose de la venida de Cristo, se dice: "como el joven se desposa con la virgen..." esta profecía se aplica a este misterio. 

Además según las costumbres de los hebreos, como refiere Agustín Calmet, se casaban muy jóvenes, por lo que como se lee en el Talmud, era reprensible el padre que casaba a la hija con un anciano.

Concluimos que es mucho más verosímil que San José fuera jóven.


(Vida del Señor San José, P. Jose Ignacio Vallejo, Jesuita)

LAS LLAGAS DE JESÚS NOS LLAMAN


 Generalmente pasaba la noche en puro llanto, me parece que al pensar en las ofensas que se hacían a Dios, y también pensando en la santísima Pasión.

Me parece recordar que, cuando oía que había algún pecador obstinado que no quería convertirse a Dios, me daba tal pena que no descansaba ni de día ni de noche, y decía de corazón al 

Señor: “Dios mío, aquí me tenéis, pronta a cualquier padecimiento, con tal que se conviertan a Vos todos los que os ofenden”. 

Hacía muchas penitencias a este fin, cada vez me venían más ansias de padecer por la conversión de las almas.  A veces, al acostarme, oía como una voz sensible que me iba diciendo: 

“No es tiempo de reposo, sino de padecer”. De pronto me encontraba levantada y arrodillada delante del crucifijo. Le decía: “¡Dios mío, os pido almas! Estas llagas vuestras sean voces por mí. ¡Oh almas redimidas con la sangre de Jesús, venid a estas fuentes de amor! Yo os llamo, estas santas llagas son voz por mí: ¡venid todas, venid todas!” 


(Santa Verónica Giuliani, P. Ángel Peña O.A.R.)

EL CIELO ES UNA FELICIDAD ARREBATADORA

¿Por qué nos hizo Dios? Dado que Dios es un Ser infinitamente perfecto, la principal razón por la que hace algo debe ser una razón infinitamente perfecta.  Dios quiere hacernos partícipes de su amor y felicidad.  Dios no necesita de nosotros, la gloria que dan a Dios las obras de su creación es la que llamamos «gloria extrínseca». Es algo fuera de Dios, que no le añade nada.

A quien poseeremos no será un ser humano, por maravilloso que sea. Será el mismo Dios con quien nos uniremos de un modo personal y consciente; Dios que es Bondad, Verdad y Belleza infinitas; Dios que lo es todo, y cuyo amor infinito puede (como ningún amor humano es capaz de hacer) colmar todos los deseos y anhelos del corazón humano.

Conoceremos entonces una felicidad arrebatadora tal, que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre», según la cita de San Pablo (1 Cor 2,9). Y esta felicidad, una vez conseguida, nunca se podrá perder.


La sucesión de momentos que experimentaremos en el cielo -el tipo de duración que los teólogos llaman aevum- no serán ciclos cronometrables en horas y minutos. No habrá sentimiento de «espera», ni sensación de monotonía, ni expectación del mañana. Para nosotros, el «AHORA» será lo único que contará.

Esto es lo maravilloso del cielo: que nunca se acaba. Estaremos absortos en la posesión del mayor Amor que existe, ante el cual el más ardiente de los amores humanos es una pálida sombra.

Y nuestro éxtasis no estará tarado por el pensamiento que un día tendrá que acabar, como ocurre con todas las dichas terrenas.

Si nos hacemos conscientes de esto, si tenemos ante nuestros ojos la felicidad del Cielo, cualquier sufrimiento lo llevaremos con paciencia y amor, sabiendo que esa felicidad que nos espera, esa posesión de Dios, es infinita e insdescriptible y esto nos dará fuerzas para entrar por la puerta estrecha y luchar por no cometer pecados, al menos graves.


(Leo J. Trese, La fe explicada)

AMIGOS DE LA CRUZ

 Queridos hermanos, ahí tenéis los dos bandos: el de Jesucristo y el del mundo. A la derecha, el de nuestro amable Salvador. Sube por un camino estrecho y angosto como nunca a causa de la corrupción del mundo, va delante, descalzo, la cabeza coronada de espinas, el cuerpo ensangrentado y cargado con una pesada cruz.

Sólo le sigue un puñado de personas, ya que su voz es tan delicada que no se la puede oír en medio del tumulto del mundo.

A la izquierda, el bando del mundo o del demonio. Es el más nutrido, el más espléndido y brillante, los caminos son anchos y sembrados de flores, bordados de placeres y diversiones, cubiertos de oro y plata.

A la derecha, el pequeño rebaño que sigue a Cristo habla sólo de lágrimas, penitencias, oraciones y menosprecio del mundo, han crucificado sus bajos instintos y gritan ¡Animo! ¡Animo! Si Dios está con ¿quién estará contra nosotros? Una ligera tribulación nos prepara un peso eterno de gloria. El número de los elegidos es menor de lo que se piensa. 

Los mundanos, al contrario, para incitarse a perseverar en su malicia sin escrúpulos, gritan todos los días: «¡Vivir! ¡Paz!  ¡Alegría! ¡Comamos, bebamos, cantemos, bailemos, juguemos! Dios es bueno y no nos creó para condenarnos. Dios no prohíbe las diversiones. No nos condenaremos por eso. ¡Fuera escrúpulos! No moriréis ... » (Gen. 3,4). 

Pues el buen Jesús os está mirando y os dice a cada uno en particular: "Tengo aparentemente muchos amigos que aseguran amarme, pero en el fondo me aborrecen, porque no aman mi cruz. Tengo muchos amigos de mi mesa y muy pocos de mi cruz".

Meditemos detenidamente estas admirables palabras pues encierran toda la perfección cristiana: El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y me siga (Mt 16,24; Lc. 9,23).


(San Luis de Montfort)

LA VIRGEN MARÍA CURA A SAN ODILÓN



San Odilón tenía tres años, cuando tras una grave dolencia que puso en riesgo su vida, quedaron sus miembros paralizados. 

Aconteció un día que, al regresar de un viaje que efectuó en compañía de los criados de su padre, detuvieron en un pueblecito cuya iglesia estaba dedicada a la Virgen María, y los criados, con el fin de comprar algunas provisiones, dejaron al enfermito en su camilla junto al portal de la iglesia, Mas como tardasen en volver, abandonó el niño por inspiración divina la camilla donde descansaba y, arrastrándose por el suelo, llegó a franquear el umbral de la iglesia y logró acercarse al altar de la Virgen. 

Sin duda para ayudarse a levantar asió con sus manos los manteles del altar y, al punto que los hubo tocado, sintió que salía de ellos, como en otro tiempo de los vestidos del Salvador, una fuerza misteriosa que milagrosamente le restituía la salud.  Los criados, al volver, quedaron maravillados viéndole saltar de gozo ante el altar de la Virgen. 

La bondadosa Madre que le había curado, parecía sonreírle desde, su trono. Odilón, que ya amaba a la Virgen, le tuvo desde ese día particular devoción y correspondió a los favores de su celestial Protectora ofreciéndole generosamente su salud y su corazón. 

Acudió más adelante en peregrinación a la iglesia en que había recibido tan señalado beneficio y, de rodillas ante el altar, se consagró a María con la siguiente oración: 

«¡Oh benignísima Virgen María! Desde hoy y para siempre me consagro a tu servicio. Socórreme en mis necesidades, ¡oh poderosísima medianera y abogada de los hombres!; cuanto tengo te doy, y gustoso me entrego a Ti por entero por tu perpetuo siervo y esclavo». 


(Extraído del libro : el santo de cada día)

MARÍA Y LA EUCARISTÍA

María nos guía a su Hijo Jesús, presente en la Eucaristía. 

Como decía San Juan Pablo II: "María guía a los fieles a la Eucaristía. Ella está siempre presente junto a Jesús Eucaristía y siempre está presente durante la misa como madre que nos lleva a Jesús".

Así como la Iglesia y la Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y la Eucaristía.

Por eso, el recuerdo de María en la celebración eucarística es unánime ya desde la antigüedad en las Iglesias de Oriente y Occidente.

Y la mirada embelesada de María, al contemplar el rostro de Cristo recién nacido y al estrecharlo en sus brazos, ¿no es acaso el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística?


(Fuente: Experiencias de Dios, Ángel Peña O.A.R.)




TE SALUDAMOS, OH MARÍA, MADRE DE DIOS


Te saludamos, oh María, Madre de Dios,
verdadero tesoro de todo el universo,
Antorcha que jamás se apagará,
Templo que nunca será destruido,
sitio de Refugio para todos los desamparados,
por Quién ha venido al mundo,
el que es Bendito por los siglos.
Por ti la Trinidad ha recibido más gloria en la tierra,
por ti la Cruz nos ha salvado;
por ti los Cielos se estremecen de alegría,
y los demonios son puestos en fuga;
el enemigo del Alma es lanzado al abismo
y nosotros débiles Criaturas
somos elevados al Puesto de Honor».
Amén.

(Oración de San Cirilo de Alejandría, en ocasión solemnísima, cuando el concilio de Efeso confesó a María como Madre de Dios)

CONSAGRACIÓN DE LA FAMILIA AL ESPÍRITU SANTO



¡Oh Dios Espíritu Santo! Postrados ante tu divina majestad,
venimos a consagrarnos a Ti con todo lo que somos y tenemos.
Por un acto de la omnipotencia del Padre hemos sido creados,
por gracia del Hijo hemos sido redimidos,
y por tu inefable amor has venido a nuestras almas para santificarnos,
comunicándonos tu misma vida divina.
Desde el día de nuestro bautismo has tomado posesión de cada uno de nosotros,
transformándonos en templos vivos
donde Tú moras juntamente con el Padre y el Hijo;
y el día de la Confirmación fue el Pentecostés
en que descendiste a nuestros corazones con la plenitud de tus dones,
para que viviéramos una vida íntegramente cristiana.
Permanece entre nosotros para presidir nuestras reuniones;
santifica nuestras alegrías y endulza nuestros pesares;
ilumina nuestras mentes con los dones de la sabiduría,
del entendimiento y de la ciencia;
en horas de confusión y de dudas asístenos con el don del consejo;
para no desmayar en la lucha y el trabajo concédenos tu fortaleza;
que toda nuestra vida religiosa y familiar esté impregnada de tu espíritu de piedad;
y que a todos nos mueva un temor santo y filial
para no ofenderte a Ti que eres la santidad misma.
Asistidos en todo momento por tus dones y gracias,
queremos llevar una vida santa en tu presencia.
Por eso hoy te hacemos entrega de nuestra familia
y de cada uno de nosotros por el tiempo y la eternidad.
Te consagramos nuestras almas y nuestros cuerpos,
nuestros bienes materiales y espirituales,
para que Tú sólo dispongas de nosotros y de lo nuestro según tu beneplácito.
Sólo te pedimos la gracia que después de haberte glorificado en la tierra,
pueda toda nuestra familia alabarte en el cielo,
donde con el Padre y el Hijo vives y reinas por los siglos de los siglos. Así sea.

GUÍAME, SEÑOR (John Henry Newman)

Guíame, Señor, mi luz,
en las tinieblas que me rodean,
¡guíame hacia delante!
La noche es oscura y estoy lejos de casa.
¡Guíame tú!
¡Dirige Tú mis pasos!
No te pido ver claramente el horizonte lejano:
me basta con avanzar un poco...
No siempre he sido así, 
no siempre Te pedí que me guiases Tú.
Me gustaba elegir yo mismo y organizar mi vida...
pero ahora, ¡guíame Tú!
Me gustaban las luces deslumbrantes
y, despreciando todo temor, 
el orgullo guiaba mi voluntad:
Señor, no recuerdes los años pasados...
Durante mucho tiempo tu paciencia me ha esperado:
sin duda, Tú me guiarás por desiertos y pantanos,
por montes y torrentes
hasta que la noche dé paso al amanecer
y me sonría al alba el rostro de Dios: 
¡tu Rostro, Señor!

(John Henry Newman)

ACCIÓN DE GRACIAS POR TANTOS DONES RECIBIDOS

En unión con Jesús te agradezco, Dios Padre, por todas las gracias personales que me has concedido. 
Tú me diste la vida, sacándome de la nada y me la conservaste día a día hasta este momento. 
Pero Tú Me has dado otra vida más valiosa, la de la gracia, que me hace partícipe de Tu misma vida divina y, después de la primera gracia con la que me santificaste en el día del bautismo, 
¡cuántas gracias me han sido concedidas, que conservaron, aumentaron y, tal vez, reconquistaron la vida sobrenatural!

Pienso en los dones de tu amor de los que tanto he gozado:

En la Iglesia, que me has dado para que sea mi maestra y guía hacia la eternidad.
En los Sacerdotes, que me han otorgado los dones de Tu amor.
En los perdones continuadamente renovados.
En la Eucaristía, que ha sido para mí, alimento, sostén y consuelo.
En la Virgen, que es mi buena Madre, mi consoladora, mi ayuda, mi especial protectora en cada instante de mi vida.
En el Paraíso, que me has preparado y que con Tu gracia espero alcanzar.

Contemplo mi vida sembrada de alegrías y dolores y comprendo que todo en ella ha sido amor.
Todo, oh mi Dios, porque de Tu Corazón amante no puede salir nada que no sea gracia y amor.
Por todo ésto, 
R/: Te doy gracias, Dios mío.

Por las alegrías que me has permitido gozar, así como por los dolores y las pruebas con que has sembrado mi camino, R/.
Por las gracias conocidas y por las desconocidas, R/.
Por los favores del pasado y los del futuro, R/.
Por todo lo que has hecho en mí y por mí, y por todo lo que todavía querrás hacer en el futuro, R/.
Sobre todo, por haberme llamado al conocimiento de Tu Amor y a consagrarme a él, R/.
Por la luz y la alegría Tuyas, que estoy tan lejos de merecer, R/.
Por la luz y la alegría que el conocimiento de Tu Amor trajo a mi vida, R/.
Por la posesión de Tu amor que Te hace mío y a mí me hace Tuyo, R/.



AUTORIDAD PATERNA DE SAN JOSÉ SOBRE JESÚS

Como se deduce de los textos evangélicos, el matrimonio de José con María es el fundamento jurídico de la paternidad de José. Es para asegurar la protección paterna a Jesús por lo que Dios elige a José como esposo de María. 

Los evangelistas, aun afirmando claramente que Jesús ha sido concebido por obra del Espíritu Santo y que en aquel matrimonio se ha conservado la virginidad (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 26-38), llaman a José esposo de María y a María esposa de José (cf. Mt 1, 16. 18-20. 24; Lc 1, 27; 2, 5)

Y también para la Iglesia, si es importante profesar la concepción virginal de Jesús, no lo es menos defender el matrimonio de María con José, porque jurídicamente depende de este matrimonio la paternidad de José. 


La Escritura afirma, por medio de la autoridad angélica, que él era el marido. No temas, dice, recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. 

Se le ordena poner el nombre del niño, aunque no fuera fruto suyo. La Escritura sabe que Jesús no ha nacido de la semilla de José, porque a él, preocupado por el origen de la gravidez de ella, se le ha dicho: es obra del Espíritu Santo. Y, no obstante, no se le quita la autoridad paterna, visto que se le ordena poner el nombre al niño. Finalmente, aun la misma Virgen María, plenamente consciente de no haber concebido a Cristo por medio de la unión conyugal con él, le llama sin embargo, padre de Cristo.

El hijo de María es también hijo de José en virtud del vínculo matrimonial que les une. 


(EXHORTACIÓN APOSTÓLICA REDEMPTORIS CUSTOS

DEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II)

JESÚS VALORA LA CONTEMPLACIÓN


La Iglesia ha visto siempre en el gesto de María, hermana de Marta y Lázaro, un anuncio de lo que será la vida en el reino de los cielos: su recogimiento, su desasimiento de todo lo terreno, su contemplación de Cristo, son un resumen de aquel buscar el reino de Dios y su justicia (Mt 6,33) que hace olvidarse de toda la añadidura.
Su hermana Marta busca «muchas cosas», se divide, se dispersa, le puede la impaciencia. Está sirviendo, sí, y sirviendo a Dios, pero lo hace nerviosa y agitada, disgregada, como vivimos todos los que braceamos en este mundo. 
La Iglesia entiende el cielo y ese preludio que es la contemplación como unidad quieta y dichosa. 
Pocos entienden esa contemplación, que confunden con la pasividad. María no es ociosa, simplemente elige lo esencial. Contemplar, amar, escuchar, llenar de jugo el alma, no son precisamente pasividad, aunque el mundo valore muy por encima de eso la lucha, la fuerza, esa agitación que llamamos «acción» cuando es, en su mayor parte, un afán de engañarnos a nosotros mismos, para parecer que estamos llenos cuando nuestra alma está vacía. 
Pero mal suplen las manos la vaciedad del espíritu.
Por eso Jesús defiende esta contemplación y la presenta como la vanguardia de los verdaderos valores. 
La contemplación no huye de la realidad, sino de la vaciedad.
No elige la soledad por temor al mundo, sino porque sabe que en esa soledad hay más plenitud que en el ruido.
Pero el que Jesús señale la prioridad de la contemplación no implica una condena de la acción, se necesita también acción, y  Santa Teresa de Ávila sale muy femeninamente en defensa de Marta, ella dice que si todas se estuvieran como María, embebidas, no hubiera quien diera de comer a este divino Huésped.

(P. Jose Luis Martín Descalzo, la Cruz y la Gloria)

LA HORA DE LA MUERTE, LA LUCHA SUPREMA

Durante más de seis mil años el diablo no ha tenido otra profesión que tentar a los hombres; Piense, por tanto, si debe conocer todos los trucos y estratagemas para hacerlos caer.  

Especialmente en la hora de la muerte, estos monstruos saldrán en bandas del infierno para derrotarte, como le pasó a un señor alemán que vio alrededor de su cama, en su agonía, ¿sabes cuántos demonios? Quince mil . (S. Léonard de Port-Maurice, Sermones de Cuaresma).

Esta última lucha con los poderes del infierno será verdaderamente terrible para los pecadores y las almas descuidadas, ya que hasta los más grandes santos han tenido que luchar en su última hora contra una espantosa cantidad de demonios, como lo atestiguan los siguientes hechos:

Justo cuando San Francisco de Asís estaba en agonía, a punto de entregar su alma a Dios, el demonio, que antes se había apoderado de una mujer y la atormentaba cruelmente, la dejó por dos días, pero al cabo de los dos días volvió para atormentarla más que antes.

Un noble caballero, llamado Landolfe, habiendo oído hablar de esta mujer, fue a buscarla y le preguntó al demonio por qué se alejó de ella y luego la volvió para atormentarla con más crueldad.

“ Cuando lo abandoné”, dijo el espíritu maligno, “fue porque yo y los de mi familia que estamos en esta región, habíamos unido todos nuestros esfuerzos con motivo de la muerte del mendigo Francisco. Queríamos disputar su alma y apoderarnos de ella; pero estaba rodeada y protegida por una multitud de ángeles que nos superaron por muchos y que la llevaron directamente al cielo. Por lo tanto, nos vimos obligados a retirarnos en confusión; y por eso ahora me estoy compensando por el descanso que le había dado durante dos días a esta desgraciada. »(Fioretti de San Francisco de Asís.)

****************************************************

Si Satanás tenía esperanza de llevarse el alma de San Francisco de Asís y removió todo el infierno para lograrlo, imaginemos con las almas descuidadas y pecadoras.

Estemos en vela.


(Católicos, Gloria tv)

EL SEÑOR PUSO SU TRONO EN EL SENO DE MARÍA



Los predestinados tienen gran confianza en la bondad y poder de María, su bondadosa Madre. 
Reclaman sin cesar su socorro. La miran como su estrella polar, para llegar a buen puerto. 
Le manifiestan sus penas y necesidades con toda la sinceridad del corazón.
Se acogen a los pechos de su misericordia y dulzura para obtener por su intercesión el perdón de sus pecados o saborear, en medio de las penas y sequedades, sus dulzuras maternales. Se arrojan, esconden y pierden de manera maravillosa en su seno amoroso y virginal, para ser allí inflamados en amor puro, ser allí purificados de las menores manchas y encontrar allí plenamente a Jesucristo, que reside en María como en su trono más glorioso.

¡Oh! ¡Qué felicidad! “No creas –dice el abad Guerrico– que es mayor felicidad habitar en el seno de Abrahán que en el de María, dado que el Señor puso en éste su trono”.

(Tratado de la Verdadera Devoción a María, San Luis Mª de
Montfort)

NO QUIERO OTRA DEFENSA

 

A Ti acudo, Señor, no quiero otra defensa. 
He sabido mil veces que tu amor nunca falla, 
y que tu protección llega más lejos 
que los dardos encendidos 
de la mentira humana. 
Mírame vientre en tierra 
sin poder levantarme; 

me pesa mucho el fardo 
de mis propios delitos; 
y, por si fuera poco, me arrojan, como piedra, 
el desprecio de unos; de otros, desconfianza; 
y acusaciones mil difamatorias. 

¡Dios mío! ¡Mi Verdad! 
Descorre con tu aliento 
esta espesa cortina de mentiras y burlas; 
y aparezca ante todos mi inocencia, ¡la tuya!, 
la que sólo de Ti puede alcanzar el hombre. 
Quisieron hasta hacerme dudar de tu ternura; 
quisieron extinguir la luz de mi esperanza; 
quisieron acabar con la raíz de mi canto... 

Pero sé que han de ver mis huellas florecidas 
y a mis hijos vivir en tu amistad plantados. 
Mi corazón aún no se ha hundido en el cieno 
de la desconfianza; mi alma no ha cedido 
a los duros embates del rencor y del odio. 
Y en medio del peligro 
soy libre todavía para poder cantarte, 
¡libre para ir dando perdón como respuesta! 

Y han de saber en mí que Tú respondes 
tomando la defensa del humilde, 
levantando hasta el cielo 
al pobre que a Ti clama, 
llenando de tu gloria la carne entumecida 
por el hambre y el frío 
que sólo en Ti se sacian. 

(Salmo 57. Poema de A. López Baeza)

GRACIAS, SEÑOR

Gracias, Señor,  por habernos evitado
la caída en la fosa, porque de no
haber sido por aquella muerte,
la humanidad entera habría sido
devorada por la victoria del Enemigo.

Gracias, Señor, y siempre serán
pocas, por habernos protegido
de nuestras particulares maldades
y por interceder ante Dios por nosotros.

Gracias, Señor,  porque al haber
vencido a la Muerte con aquella Cruz
terrible, se cerraron las puertas
del Infierno para los que creen en Tí,
y aunque es bien cierto que, como
pecadores que somos, caemos
demasiadas veces en la tentación,
no por eso Tú, Cristo, con tu sangre,
dejas de librarnos de una muerte
eterna más que merecida y segura.

Gracias, Señor, muerto por nosotros,
por ser tan perseverante
en el amor y tan constante en el perdón.
Si perdonaste a los que te estaban
matando de aquella forma tan
innecesaria y brutal, qué no harás
con aquellos que cumplen tu voluntad.

Gracias, Señor,  porque con la sangre
y el agua de tu costado herido,
confirmaste la realidad eucarística
a la que habías dado forma,
una horas antes, en aquella Santa Cena
y así te quedaste con nosotros
para siempre, siempre, siempre.

Gracias, Señor, por aquellas heridas,
expresión de verdadero amor,
que son para nosotros, una ventana
abierta a la vida eterna desde la que
podemos mirar y ver las
praderas del definitivo Reino de Dios.

(Eleuterio Fernández Guzmán)

MARÍA, MEDIADORA DE TODAS LAS GRACIAS

Muchos santos hablan de la mediación universal de María. Afirman que todas las gracias y bendiciones que recibimos de Dios, las recibimos por medio y por manos de María, por haber sido constituida por Jesús como madre nuestra (Jn 19, 27) y mediadora ante Él para llegar al Padre.

El mejor camino es ir por medio de María a Jesús y por Jesús al Padre con la ayuda y gracia del Espíritu Santo. 

San Luis María Grignion de Montfort dice:

El Altísimo la ha constituido tesorera única de todos sus tesoros y única dispensadora de sus gracias.

San Bernardino de Siena (1380-1444):

Éste es el proceso de la distribución de  las gracias divinas: de Dios fluyen a Cristo y de Cristo a su Madre; y de ella a toda la Iglesia. No vacilo, por ello, en decir que ha recibido jurisdicción sobre las gracias que se administran por sus manos. 

San Bernardo afirma: María es la mediadora universal de todas las gracias. Toda gracia, que Dios da a los hombres, pasa de Dios a Cristo, de Cristo pasa a María y por María se nos da a nosotros.

San Alfonso María de Ligorio declara:

Dios quiere que todas las gracias que han sido, son y serán dispensadas a los hombres hasta el fin del mundo por los méritos de Jesucristo, sean dispensadas por las manos y por la intercesión de María. Ella es la tesorera de todas las gracias que Dios nos quiere dispensar. 



LA EUCARISTÍA NOS UNE ÍNTIMAMENTE CON LA SANTÍSIMA TRINIDAD


En la eucaristía está real y verdaderamente Cristo entero, con su cuerpo, alma y divinidad. Las tres divinas personas de la Santísima Trinidad son absolutamente inseparables, de suerte que donde esté una de ellas tienen que estar forzosamente las otras dos. 

«Es verdad que en todo tiempo somos templos de Dios vivo (2 Cor 6,16), porque, según dice Santo Tomás, ‘por la gracia la Trinidad entera es huésped del alma’.

Sin embargo, es más cierto esto en el momento de la comunión, porque en este momento viene Jesús a nosotros como Pan de Vida, expresamente para comunicar esta vida que Él tiene del Padre.

El alma del que comulga llega a hacerse como el cielo de la Trinidad. En mi alma como en el cielo enuncia el Padre su eterna Palabra, engendra su Hijo y le repite al dármelo: Hoy te he engendrado...

Ahora, en mi alma, el Padre y el Hijo cambian sus mutuas ternuras, se mantienen en este lazo inenarrable, se dan ese abrazo viviente, ese beso inefable, y su amor se exhala en ese soplo abrasador, torrente de llama, que es el Espíritu Santo"


(P. Bernador O.P., teólogo)

EL CRISTO DEL OCEANO (Relato de Anatole France)


 

Aquel año, muchos de los habitantes de Saint-Valery que habían salido a pescar, murieron ahogados en el mar. Se hallaron sus cuerpos arrojados por las olas a la playa junto a los despojos de sus barcas y, durante nueve días, por la ruta empinada que conduce a la iglesia, se vieron pasar los ataúdes transportados por los suyos y seguidos por las viudas llorosas, cubiertas con manto negro, como las mujeres de la Biblia. El patrón Jean Lenoël y su hijo Désiré fueron así colocados en la nave central, bajo la bóveda en la que ellos mismos habían colgado tiempo atrás, como ofrenda a Nuestra Señora, un barco con todos sus aparejos. Eran hombres justos y que temían a Dios. Y el señor Guillaume Truphème, párroco de Saint-Valery, después de haberles dado la absolución, dijo con una voz regada por las lágrimas:

-Jamás fueron sepultados en tierra sagrada, para esperar ahí el juicio de Dios, personas más honestas y mejores cristianos que Jean Lenoël y su hijo Désiré.

Y mientras las barcas con sus patrones perecían cerca de la costa, los grandes navíos naufragaban en alta mar, y no había día que el océano no devolviera algún despojo. Y sucedió que una mañana, unos chicos que trasladaban una barca vieron una figura flotando sobre el mar. Era la de Jesucristo, a tamaño natural, esculpida en madera resistente y si barnizar, que parecía una obra antigua. El buen Dios flotaba sobre el agua con los brazos extendidos. Los chicos lo sacaron a la orilla y lo llevaron a Saint-Valery. Tenía la frente ceñida por una corona de espinas; sus pies y sus manos estaban taladrados. Pero faltaban los clavos lo mismo que la cruz. Con los brazos aún abiertos para ofrecerse y bendecir, aparecía tal como lo habían visto José de Aritmatea y las santas mujeres en el momento de darle sepultura. Los chicos se lo entregaron al párroco Truphème que les dijo:

-Esta imagen del Salvador es una escultura antigua y el que la hizo debe estar muerto desde hace mucho tiempo. Aunque los vendedores de Amiens y de París venden en la actualidad por cien francos e incluso más, estatuas admirables, hay que reconocer que los artistas de antaño tenían también su mérito. Pero a mí me alegra sobre todo la idea de que si Jesucristo ha venido así, con los brazos abiertos a Saint-Valery, es para bendecir su parroquia tan cruelmente golpeada y para anunciar que Él tiene piedad de las pobres personas que van a la pesca poniendo en peligro sus vidas. Es el Dios que caminaba sobre los aguas y bendecía las redes de Cefas.

Y, tras haber hecho que colocaran al Cristo en la iglesia, sobre el mantel del altar mayor, el párroco Truphème se marchó para encargarle al carpintero Lemerre una bella cruz en madera de roble. Cuando estuvo hecha, clavaron en ella al buen Dios con clavos nuevos y la irguieron en la nave, por encima del poyo de mampostería. Fue entonces cuando vieron que sus ojos estaban llenos de misericordia y como húmedos de una piedad celestial. Uno de los mayordomos de la parroquia, que asistía a la colocación del crucifijo, creyó ver que las lágrimas corrían por el divino rostro. A la mañana siguiente, cuando el señor párroco entró en la iglesia con el monaguillo para celebrar misa, se sorprendió mucho al ver la cruz vacía encima del poyo y el Cristo tendido sobre el altar. Tan pronto como terminó la celebración del santo sacrificio, mandó llamar al carpintero y le preguntó por qué había desclavado el Cristo de su cruz. Pero el carpintero respondió que él no lo había tocado en absoluto; y, después de haber interrogado al pertiguero y a los fabriqueros, el párroco Truphème se aseguró de que nadie había entrado en la iglesia desde el momento en el que el buen Dios había sido colocado por encima del poyo.

Tuvo entonces la sensación de que aquellas cosas eran milagrosas y las meditó prudentemente. El domingo siguiente, habló de ello a los fieles de la parroquia y les invitó a contribuir con sus donaciones para erigir una nueva cruz más bella que la primera y más digna de llevar a Aquel que redimió al mundo. Los humildes pescadores de Saint-Valery dieron tanto dinero como pudieron, y las viudas ofrecieron sus alianzas. Por lo que el párroco pudo ir de inmediato a Abbeville para encargar una cruz de madera negra, muy brillante, coronada por un letrero con la inscripción «I.N.R.I» en letras doradas. Dos meses más tarde, la colocaron en el lugar de la primera y clavaron en ella el Cristo entre la lanza y la esponja. Pero Jesús la abandonó como a la otra, y durante la noche fue a tenderse sobre el altar.

Cuando, a la mañana siguiente, el señor párroco la encontró allí, cayó de rodillas y oró durante mucho rato. El rumor de aquel milagro se difundió por todos los alrededores, y las señoras de Amiens hicieron colectas para el Cristo de Saint-Valery. Y el padre Truphème recibió de París dinero y joyas, y la esposa del ministro de Marina, la señora Hyde de Neuville, le envió un corazón de diamantes. Disponiendo de todas aquellas riquezas, un orfebre de la calle Saint-Sulpice hizo, en dos años, una cruz de oro y pedrerías que fue inaugurada con gran solemnidad en la iglesia de Saint-Valery, el segundo domingo después de Pascua del año 18... Pero Aquel que no había rechazado la cruz dolorosa, se escapó de esta cruz tan rica y fue a tenderse de nuevo sobre el lino blanco del altar. Por temor a ofenderlo, esta vez lo dejaron allí, y allí descansaba desde hacía más de dos años, cuando Pierre, el hijo de Pierre Caillou, fue a decirle al párroco Truphème que había encontrado en la playa la auténtica cruz de Nuestro Señor.

Pierre era un chico retrasado, y como no tenía suficiente inteligencia para ganarse la vida, le daban pan por caridad; era apreciado por todos porque no hacía daño a nadie. Pero tenía una conversación sin mucha lógica, que nadie escuchaba. Sin embargo, el padre Truphème, que no dejaba de meditar en el misterio del Cristo del océano, se impresionó por lo que el pobre insensato acababa de decir. Fue con el pertiguero y dos fabriqueros al lugar en el que el chico decía haber visto una cruz y encontró dos planchas con clavos, que el mar había golpeado de acá para allá mucho tiempo y que verdaderamente, formaban una cruz.

Eran restos de un antiguo naufragio. Se veían aún sobre una de aquellas planchas dos letras pintadas en negro, una J y una L, y nadie podía dudar de que no fuera un trozo de la barca de Jean Lenoël, que cinco años antes había perecido en el mar, junto a su hijo Désiré. Al ver las planchas el pertiguero y los fabriqueros comenzaron a reírse del inocente que tomaba los tablones rotos de un barco por la cruz de Jesucristo. Pero el párroco interrumpió sus burlas. Había meditado mucho, había orado mucho desde que el Cristo del océano había llegado junto a los pescadores, y empezaba a comprender el misterio de la caridad infinita. Se arrodilló sobre la arena de la playa, recitó la oración por los fieles difuntos, y luego ordenó al pertiguero y a los fabriqueros que llevaran sobre sus hombros aquel despojo y lo depositaran en la iglesia. Cuando estuvo hecho, levantó el Cristo de encima del altar, lo colocó sobre los tablones de la barca e incluso él mismo lo clavó en ellos, con los clavos que el mar había corroído.

Por orden suya, aquella cruz ocupó a partir del día siguiente el lugar que ocupaba la cruz de oro y pedrerías, por encima del poyo. El Cristo del océano no se desclavó nunca más. Quiso permanecer sobre aquella madera en la que unos hombres habían muerto invocando su nombre y el de su Madre. Y allí, entreabriendo su boca augusta y dolorosa, parece decir: «Mi cruz está hecha de todos los sufrimientos de los hombres, pues yo soy realmente el Dios de los pobres y de los desdichados».

LA ASOMBROSA BILOCACIÓN DEL PADRE PÍO


En el convento de San Elías de Pennisi, San Pio de Pietrelcina experimentó por primera vez el fenómeno de la bilocación. La noche del 18 de enero de 1905, mientras se encontraba en el coro, recogido en profunda oración, se sintió trasladado a una casa señorial de la ciudad de Údine, donde estaba muriéndose un hombre y naciendo una niña.

El caso curioso fue narrado por el mismo religioso que, por obediencia lo puso por escrito y, después de muchos años, por la joven que entonces había nacido.

"Hace días- escribe Fray Pío- me pasó algo insospechado: Mientras me encontraba en el coro con Fray Atanasio, eran como las 23 horas del 18 de este mes, me encontré en una casa señorial donde moría un papá mientras nacía una niña. Se me apareció entonces la Santísima Virgen que me dijo: ‘Te confío esta criatura, es una piedra preciosa en su estado bruto. Trabájala, límpiala, hazla lo más brillante posible, porque un día quiero usarla para adornarme…’ 

Le contesté a la Virgen: ‘¿Cómo podría ser posible, si yo soy todavía un estudiante y no sé si un día podré tener la suerte y la alegría de ser sacerdote? Y aunque llegue a ser sacerdote, ¿cómo podré ocuparme de esta niña, viviendo yo tan lejos de aquí?’ La Virgen me respondió: ‘No dudes. Será ella quien irá a buscarte, pero antes la encontrarás en la Basílica de San Pedro en Roma’. Después de esto… me encontré otra vez en el coro".

Este escrito fue cuidadosamente guardado por el director espiritual del Padre Pío, el padre Agustín de San Marco en Lamis. La niña de la que se habla en el escrito se llama Giovanna Rizzani. Su Papá estaba inscrito en la Masonería. Durante su última enfermedad, su lujosa residencia fue rigurosamente vigilada día y noche por los masones, situada en la calle Tiberio de Ciani No. 33 de la ciudad italiana de Údine. Esto, para impedir el paso de cualquier sacerdote.

Horas antes de morir, su esposa Leonilde- que era muy religiosa- estaba cerca del lecho del moribundo recogida en oración y lágrimas. De repente vio salir de la recámara y alejarse por el pasillo a un fraile capuchino. Se levantó enseguida, lo llamó y lo siguió mientras el fraile desaparecía.

La señora estaba extremadamente angustiada pensando en su esposo que se moría sin los auxilios religiosos. En aquel momento, oyó gemir al perro que estaba amarrado en el jardín de la casa, como si el animal percibiera la muerte ya próxima del amo. La señora, no aguantando el gemido del perro, fue a soltarlo.  En esos momentos sintió los dolores del parto y allí mismo dio a luz a una niña. El administrador de la casa corrió para ayudarle. De lejos vieron la escena los dos masones que vigilaban la entrada y también el párroco que quería entrar a la casa para auxiliar al moribundo.

El administrador, después de que ayudó a la señora a alcanzar la recámara, bajó indignado contra los masones que impedían el paso al sacerdote y les gritó: "Dejen entrar al padre. Ustedes pueden impedirle que asista al moribundo, pero no tienen derecho a impedirle que vaya a bautizar a la niña que acaba de nacer prematuramente".

Fue así como se dejó pasar al sacerdote, que además de bautizar a la niña, administró los últimos sacramentos al moribundo arrepentido.

A la muerte del señor Juan Bautista Rizzani, la joven viuda se trasladó a Roma con sus padres. Allí, la pequeña Giovanna creció educada cristianamente.

Una tarde del verano de 1922 Giovanna, ya convertida en adolescente, se dirigió a la Basílica de San Pedro para confesarse. No se veía sacerdote alguno en los confesionarios, pero de improviso se le cruza un joven sacerdote capuchino quien bajo la petición de Giovanna acepta confesarla.

Ingresó, recuerda la chica, en el segundo confesionario, situado a la izquierda, entrando a la Basílica. Al finalizar la confesión… “lo esperaba para besarle la mano. Pero del confesionario no salió nadie, ¡porque no había nadie!”.

(Ni en 1905 u otro año, estuvo padre Pío en Udine, cerca de Venecia. Tampoco en 1922 salió ni un solo día de San Giovanni Rotondo).

En sus vacaciones de verano de 1923, narra Giovanna, fue con una tía y dos amigas a San Giovanni Rotondo, para conocer al sacerdote de quien tanto se comentaba, Padre Pío. Era el atardecer. El corredor que llevaba de la antigua sacristía a la clausura del convento estaba abarrotado de gente, pero Giovanna se encontraba en primera fila. El Padre Pío, al pasar, la miró y le dijo: “Yo te conozco, naciste el día en que murió tu padre”, y le dio a besar la mano, bendiciéndola.

Al día siguiente, en el confesionario, lo oyó decir: “¡Hija mía, por fin estás aquí! Hace años que te estoy esperando…”.

Giovanna respondió: “Padre ¿qué quiere de mí? Yo no lo conozco. Es la primera vez que vengo a S. Giovanni Rotondo. Acompaño a mi tía. Quizás está en un error, me confundió con otra muchacha”. “No, no me equivoco -le respondió el Padre Pío- ni te confundo con otra muchacha. Tú ya me conoces. Me encontraste el año pasado en la Basílica de San Pedro en Roma”.

Ante el asombro de Giovanna, ella recuerda que el padre le explicó que aquel confesor en el Vaticano era él. Luego para su asombro le habló de la encomienda que sobre ella recibió mientras estuvo presente durante la muerte de su padre… “Fuiste confiada a mi cuidado por la Santísima Virgen María”, fueron las palabras del santo sacerdote.

ORACIÓN A SAN JOSÉ, PROTECTOR DE LAS FAMILIAS

 

Glorioso San José, protector, modelo
y guía de las familias cristianas:
te ruego protejas a la mía.
Haz reinar en ella el espíritu de fe y de devoción,
la fidelidad a los mandamientos de Dios
y de la Iglesia, la paz y la unión de los hijos,
el desprendimiento de los bienes temporales
y el amor a los asuntos del cielo.
Dígnate velar sobre todos nuestros intereses.
Ruega al Señor que bendiga nuestra casa,
que otorgue la paz a la familia
y acierto a los hijos en la elección de estado.
Concede a todos los miembros de nuestra familia
y de todas las familias de la tierra,
la gracia de vivir y morir en el amor de Jesús y de María.
Amén.

(Misioneros Digitales Católicos)

CRISTO EN EL MISTERIO DE LA CRUZ


Edith Stein es una santa carmelita, ella en su adolescencia llegó a ser radicalmente feminista y atea, sin embargo se convirtió y llegó a la santidad. 

Les mostramos un párrafo de su vida en la que ella cuenta que su primer encuentro con la fe fue gracias a un testimonio de una creyente, por eso no debemos pensar que con los ateos e incrédulos está todo perdido, demos buenos testimonios y oremos por ellos:

"El año 1917 Edith Stein tiene el primer encuentro fuerte con la fe. En octubre de este año recibe una  noticia: su amado profesor Reinach ha muerto en los campos de batalla de Flandes. Al ir a visitar a la viuda para darle el pésame, cree que se encontrará con una mujer deshecha por el dolor, en cambio la encuentra serena, llena de esperanza. Constató la fuerza de la Cruz de Cristo, capaz de vencer el dolor y la muerte. 

Ella misma confesará: 

“Fue mi primer encuentro con la Cruz, mi primera experiencia de la fuerza divina que emana de la Cruz y se comunica a quienes la abrazan. Por vez primera me fue dado contemplar en toda su luminosidad a la Iglesia que nace de la pasión de Cristo, en su victoria sobre el aguijón de la muerte. Fue en aquel momento en que se desplomó mi incredulidad, palideció el hebraísmo y Cristo se alzó radiante ante mí: Cristo en el misterio de la Cruz”

(Edith Stein, una mujer intelectual y santa, por María del Pilar Vila Griera)

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