CONSAGRACIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA (Oración compuesta por el papa Pío XII para el Año Mariano 1953-1954)

 
Cautivados por el resplandor de tu celestial belleza, e 
impelidos por las angustias del mundo, nos arrojamos en 
tus brazos, oh, inmaculada madre de Jesús y madre nuestra, 
María, confiando encontrar en tu amantísimo corazón la 
satisfacción de nuestras fervientes aspiraciones y el puerto 
seguro en medio de las tempestades que por todas partes nos apremian.

 Aunque abatidos por las culpas y abrumados por infinitas miserias, 
admiramos y cantamos la incomparable riqueza de los excelsos 
donde de que Dios te ha colmado por 
encima de cualquier otra criatura, desde el primer instante 
de tu concepción hasta el día en que, tras la asunción a los 
cielos, te ha coronado por reina del universo.

 ¡Oh, límpida fuente de fe, rocía nuestras mentes con las 
verdades eternas! ¡Oh, lirio fragante de toda la cristiandad, 
embelesa nuestros corazones con tu celestial perfume! ¡Oh, 
triunfadora del mal y de la muerte, inspíranos un profundo 
horror al pecado, que hace al alma detestable a Dios 
y esclava del infierno!
 
 Escucha, oh, predilecta de Dios, el clamor ardiente que 
de todos los corazones fieles se alza en esta novena consagrada a ti. 
Inclínate hacia nuestras dolientes llagas. 
Cambia el ánimo de los perversos, enjuga las lágrimas 
de los angustiados y oprimidos, consuela a los pobres y humildes, 
extingue los odios, suaviza las duras costumbres, 
custodia la flor de la pureza en los jóvenes, 
protege a la santa Iglesia. 

Haz que todos los hombres sientan el atractivo de la bondad cristiana. 
En tu nombre que resuena armonioso en los cielos, 
ellos se reconozcan como hermanos y las naciones 
como miembros de una sola familia, sobre la que resplandezca 
el sol de una paz universal y sincera.

 Acoge, oh, madre dulcísima, nuestras humildes súplicas, 
y alcánzanos sobre todo que podamos repetir, delante 
de tu trono, felices, contigo, el himno que se eleva hoy sobre 
la tierra en torno a tus altares

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