Cautivados por el resplandor de tu celestial belleza, e
impelidos por las angustias del mundo, nos arrojamos en
tus brazos, oh, inmaculada madre de Jesús y madre nuestra,
María, confiando encontrar en tu amantísimo corazón la
satisfacción de nuestras fervientes aspiraciones y el puerto
seguro en medio de las tempestades que por todas partes nos apremian.
Aunque abatidos por las culpas y abrumados por infinitas miserias,
admiramos y cantamos la incomparable riqueza de los excelsos
donde de que Dios te ha colmado por
encima de cualquier otra criatura, desde el primer instante
de tu concepción hasta el día en que, tras la asunción a los
cielos, te ha coronado por reina del universo.
¡Oh, límpida fuente de fe, rocía nuestras mentes con las
verdades eternas! ¡Oh, lirio fragante de toda la cristiandad,
embelesa nuestros corazones con tu celestial perfume! ¡Oh,
triunfadora del mal y de la muerte, inspíranos un profundo
horror al pecado, que hace al alma detestable a Dios
y esclava del infierno!
Escucha, oh, predilecta de Dios, el clamor ardiente que
de todos los corazones fieles se alza en esta novena consagrada a ti.
Inclínate hacia nuestras dolientes llagas.
Cambia el ánimo de los perversos, enjuga las lágrimas
de los angustiados y oprimidos, consuela a los pobres y humildes,
extingue los odios, suaviza las duras costumbres,
custodia la flor de la pureza en los jóvenes,
protege a la santa Iglesia.
Haz que todos los hombres sientan el atractivo de la bondad cristiana.
En tu nombre que resuena armonioso en los cielos,
ellos se reconozcan como hermanos y las naciones
como miembros de una sola familia, sobre la que resplandezca
el sol de una paz universal y sincera.
Acoge, oh, madre dulcísima, nuestras humildes súplicas,
y alcánzanos sobre todo que podamos repetir, delante
de tu trono, felices, contigo, el himno que se eleva hoy sobre
la tierra en torno a tus altares

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