AYÚDAME, SEÑOR, A PERDONAR

Te pido que bendigas mi humana fragilidad,
Cura mis heridas y que no sangren más.
Dame un amor que supere mi dolor,
que sea capaz de amar
a quienes me han causado tal dolor.
Porque sólo perdonando encontramos nuestra naturaleza humana.
Un amor que sepa perdonar y curar
nos muestra quiénes somos:
frágiles vasos de arcilla,
llenos de poder y aroma divino.
Hazme más profundamente humano y acércame más hacia Ti,
para que pueda conocer la alegría de perdonar de corazón.
(Joe Mannath)



LA CONVERSIÓN DEL GRANJERO, SI YO PUDIERA HACERME PATO...


Había un matrimonio que vivía en una granja, rodeados de animalitos, cerditos, patos, gallinas etc.. eran felices y se llevaban muy bien, pero la mujer tenía una espinita clavada en su corazón: su marido no tenía fe, era muy bueno, pero no creía en Dios y nunca la acompañaba a Misa.
Ella oraba mucho por su conversión sin obtener ningún fruto.

Un domingo, como tantos otros, se disponía a ir a la Iglesia, y volvió a preguntarle a su marido si quería acompañarla y una vez más la misma negativa: ¿para qué voy a ir? , esos son cosas de beatas, ve tú, yo mientras me quedaré aquí a ver la tele y cuidar de los animales. Su mujer, cansada de oir siempre las mismas excusas le dijo:
-Me parece muy mal que no agradezcas a Jesús que viniera a la tierra, Él hizo ese esfuerzo inmenso para vivir con nosotros un tiempo, para decirnos cuantos nos ama... ¡ y encima le costó la cruz!- gritó la mujer al borde de las lágrimas.
-Pues que no hubiera venido, dijo el marido enfadado.


La mujer se marchó muy triste a Misa, y por el camino iba orando: Dios mío, dale a mi marido una señal, hazle conocer tu inmenso amor, las razones de tu venida al mundo, no permitas que mi marido muera sin conocerte, confío en ti Señor...así iba orando la pobre mujer, abatida pero confiada.

En la casa, el marido se sentó en su sillón favorito con una cerveza frente al televisor. Al rato vio por la ventana varios patos sueltos corriendo por ahí, se habían escapado del corral. Salió corriendo intentando atraparlos, pero corrían despavoridos, no los podía coger, el hombre sudaba y corría detrás de los patos, temiendo que se fueran asustados a una carretera cercana y los atropellara un coche.
El hombre decía: Si yo pudiera hablarles y hacerles entender el peligro que corren, deben entrar al corral para que esten a salvo, solo me entenderían si yo fuera otro pato, ¡si yo pudiera volverme pato!...y en ese momento algo se iluminó dentro de aquel hombre, se detuvo en seco, los ojos cargados de lágrimas, el corazón encogido...¡claro! ahora lo entendía, ahora entendía por qué Dios había bajado a la tierra y se había hecho hombre, para hablar en nuestro idioma.



Dios, todo un Dios eterno, se había ajustado al tiempo y se había revestido de carne mortal solo para que le pudieramos entender. 
El hombre cayó a tierra y permaneció allí en silencio mucho tiempo.
Cuando la mujer volvió, lo encontró cambiado, tan cambiado que ya nunca volvió a ser el de antes.



Y por cierto, siempre a partir de ese día, siempre la acampañaba a Misa.



Si el granjero se hubiera convertido en pato para salvarlos, hubiera tenido mérito, pero no hubiera cambiado de naturaleza, pues el hombre y el animal son de la misma naturaleza, sin embargo, Dios tiene más mérito, pues para venir al mundo tuvo que cambiar de naturaleza, pues Dios es de naturaleza Divina, no humana.

RAZONES PARA PROPAGAR LA DEVOCIÓN A MARÍA


Acostumbran los amantes hablar con frecuencia de las personas que aman y alabarlas para cautivar para el objeto de su amor la estima y las alabanzas de los demás. Muy escaso debe ser el amor de quienes se vanaglorian de amar a María, pero después no piensan demasiado en hablar de ella y hacerla amar de los demás. No actúan así los verdaderos amantes de nuestra Señora.
Ellos quieren alabarla sobre todo y verla muy amada por todos. Por eso, siempre que pueden, en público y en privado, tratan de encender en el corazón de todas aquellas benditas llamas de amor a su amada Reina, en las que se sienten inflamados.

Para que cada uno se persuada de cuánto importa para su bien y el de los pueblos promover la devoción a María, ayudará escuchar lo que dicen los doctores. Dice san Buenaventura que quienes se afanan en propagar las glorias de María tienen asegurado el paraíso. Y lo confirma Ricardo de San Lorenzo al decir que honrar a esta Reina de los Ángeles es conquistar la vida eterna.
Porque nuestra Señora, la más agradecida, añade el mismo, se empeñará en honrar en la otra vida al que en esta vida no dejó de honrarla.



¿Quién no conoce la promesa de María en favor de los que se dedican a hacerla conocer y amar?
La santa Iglesia le hace decir en la fiesta de la Inmaculada Concepción: “Los que me esclarecen, obtendrán la vida eterna” (Eclo 24, 31).
“Regocíjate, alma mía –decía san Buenaventura, que tanto se esforzó en pregonar las alabanzas de María–; salta de gozo y alégrate con ella, porque son muchos los bienes preparados para los que la ensalzan”.
Y puesto que las sagradas Escrituras, añadía, alaban a María, procuremos siempre celebrar a esta divina Madre con el corazón y con la lengua para que al fin nos lleve al reino de los bienaventurados.

Se lee en las revelaciones de santa Brígida que, acostumbrando el obispo B. Emigdio a comenzar sus predicaciones con alabanzas a María, se le apareció la Virgen a la santa y le dijo: Hazle saber a ese prelado que comienza sus predicaciones alabándome, que yo quiero ser para él una madre, tendrá una santa muerte y yo presentaré su alma al Señor. Y, en efecto, aquel santo murió rezando y con una paz celestial.
A otro religioso dominico, que terminaba sus predicaciones hablando de María, se le apareció en la hora de la muerte, lo defendió del demonio, lo reconfortó y llevó consigo su alma al paraíso. El piadoso Tomás de Kempis presentaba a María recomendando a su Hijo a quienes pregonan sus alabanzas, y diciendo así: “Hijo, apiádate del alma de quien te amó a ti y a mí me alabó”.

Por lo que mira al provecho de los fieles, dice san Anselmo que habiendo sido el sacrosanto seno de María el camino del Señor para salvar a los pecadores, no puede ser que al oír las predicaciones sobre María no se conviertan y se salven los pecadores. Todas las gracias se dispensan sólo por manos de María y todos los que se salvan sólo se salvan por mediación de esta divina Madre, se ha de concluir necesariamente que de predicar a María y confiar en su intercesión depende la salvación de todos.


Así santificó a Italia san Bernardino de Siena; así convirtió provincias santo Domingo; así san Luis Beltrán en todas sus predicaciones no dejaba de exhortar a la devoción a María; y así tantos y tantos. El P. Séñeri el joven, célebre misionero, en todas sus misiones predicaba sobre la devoción a María, y a ésta la llamaba su predicación predilecta.
Y nosotros (los redentoristas) en nuestras misiones, en que tenemos por regla inviolable el no dejar nunca el sermón de la Señora, podemos atestiguar con toda verdad que ninguna predicación produce tanto provecho y compunción en los pueblos como ésta de la misericordia de María.
Digo “de la misericordia de María” porque, como dice san Bernardo: “Alabamos su humildad, admiramos su virginidad, pero a los indigentes les sabe más dulce su misericordia: a la misericordia nos abrazamos con amor, la recordamos con frecuencia y más a menudo la invocamos”.


Por eso dejo para otros describir los grandes privilegios de María, que yo, sobre todo, voy a hablar de su gran compasión y de su poderosa intercesión. Para eso he recogido durante años y con mucho trabajo cuanto he podido de lo que los santos padres y otros célebres escritores han dicho de la misericordia y del poder de María.

Fuente: Las Glorias de María
(San Alfonso María de Ligorio)

ACCIÓN DE GRACIAS, MI COPA REBOSA


Y mi copa rebosa...Jesús, siempre me das más de lo que busco, más de lo que espero, más de lo que sueño, porque eres generoso, tu generosidad no tiene medida, hasta el punto de dar tu vida en una cruz, ¿quién hoy en día se desgastaría así por sus semejantes?

¿quién daría hoy ni una cuarta parte de lo que nos has dado y de lo que nos sigues dando? Gracias Jesús, solo te puedo dar gracias porque mi copa rebosa, rebosa de amor, de gracia, de bendiciones.

EXPERIENCIA DE SANTA FAUSTINA CON UN ALMA DEL PURGATORIO, LA IMPORTANCIA DE ORAR POR ELLAS AUNQUE PAREZCA TODO PERDIDO




Una noche vino a visitarme una de nuestras hermanas que había muerto hacia dos meses antes.  Era una de las hermanas del primer coro.  La vi en un estado terrible. 
Toda en llamas, la cara dolorosamente torcida.  [La visión] duró un breve instante y desapareció. 
Un escalofrió traspasó mi alma y aunque no sabia donde sufría, en el purgatorio o en el infierno, no obstante redoblé mis plegarias por ella. 

La noche siguiente vino de nuevo, pero la vi en un estado aun más espantoso, entre llamas mas terribles, en su cara se notaba la desesperación.  Me sorprendí mucho que después de las plegarias que había ofrecido por ella la vi en un estado más espantoso y pregunté: ¿No te han ayudado nada mis rezos?  Me contestó que no le ayudaron nada mis rezos y que no le iban a ayudar.  Pregunté: ¿Y las oraciones que toda la Congregación ofreció por ti, tampoco te han ayudado?  Me contestó que nada. 
Aquellas oraciones fueron en provecho de otras almas.  Y le dije: Si mis plegarias no te ayudan nada, hermana, te ruego que no vengas a verme.  Y desapareció inmediatamente. 
Sin embargo yo no dejé de rezar. 



Después de algún tiempo volvió a visitarme de noche, pero en un estado distinto. 
No estaba entre llamas como antes y su rostro era radiante, los ojos brillaban de alegría y me dijo que yo tenia el amor verdadero al prójimo, que muchas almas se aprovecharon de mis plegarias y me animó a no dejar de [interceder] por las almas que sufrían en el purgatorio y me dijo que ella no iba a permanecer ya por mucho tiempo en el purgatorio.  ¡Los juicios de Dios son verdaderamente misteriosos!




Fuente: La Divina Misericordia en mi alma, Diario de santa Faustina
 

CÓMO SE HA DE RESISTIR A LAS TENTACIONES, CAPÍTULO XIII , Imitación de Cristo, Thomas Kempis


Cuando en el mundo vivimos no podemos estar sin tribulaciones y tentaciones, según que está escrito en el libro de Job.
Tentación es la vida del hombre sobre la tierra. Por eso cada uno debe tener cuidado, y velar en oración contra sus tentaciones porque no halle el diablo lugar de engañarlo, que nunca duerme, buscando por rodeos a quien devorar.

Ninguno hay tan santo ni tan perfecto, que no sea algunas veces tentado. Y es muchas veces provechoso al hombre ser tentado, porque es humillado, purgado y enseñado. Todos los santos por muchas tribulaciones y tentaciones pasaron, y aprovecharon; y los que no quisieron sufrir bien las tentaciones, fueron habidos por malos, y desfallecieron.


No hay orden tan santa, ni lugar tan secreto, donde no haya tentaciones y adversidades. No hay hombre seguro de tentaciones del todo en tanto que vive; porque en nosotros está la causa, que nacemos con inclinación de pecado; y una tentación o tribulación ida, sobreviene otra. Siempre tenemos que sufrir, porque se perdió el primer estado de la inocencia. Muchos quieren huir de las tentaciones, y caen en ellas más gravemente. No se pueden vencer con sólo huir; mas con paciencia y verdadera humildad somos hechos más fuertes que todos los enemigos.
El que solamente desvía lo de fuera, y no arranca la raíz, poco aprovechará; al contrario, las tentaciones volverán a él más rápido, y se encontrará peor. Poco a poco con paciencia y larga esperanza, con el favor divino, vencerás mejor que no con tu propia importunidad y fatiga.



Toma muchas veces consejo en la tentación, y no seas tú desabrido con el que es tentado; mas procura de consolarlo, como tú querrías ser consolado.
El principio de toda mala tentación es no ser constante en el bien comenzado, y no confiar en Dios, porque como la nave sin gobierno se tambalea con las olas, así el hombre descuidado, y que deja su propósito, es tentado de diversas maneras.

El fuego prueba al hierro, y la tentación al justo. Muchas veces no sabemos lo que podemos,pero la tentación descubre lo que somos.

Debemos velar principalmente al principio de la tentación; porque entonces más fácilmente es vencido el enemigo, cuando no lo dejamos pasar de la puerta del alma. Por lo cual dijo uno: resiste a los principios: tarde viene el remedio cuando la llaga es muy vieja.
Lo primero que ocurre al alma es sólo el pensamiento, luego la importuna imaginación, después la delectación y el feo movimiento, y el consentimiento, y así se apodera poco a poco el enemigo del todo, por no resistirle al principio.
Y cuanto uno fuere más perezoso en resistir, tanto cada día se hace más débil, y el enemigo más fuerte. Algunos padecen graves tentaciones al principio de su conversión, otros al fin, otros casi toda su vida padecen. Algunos son tentados blandamente, según la sabiduría y juicio de la divina ordenación, que mide el estado y los méritos de todos, y todo lo tiene ordenado para salud de los escogidos.


Por eso no hemos de desesperar cuando somos tentados, sino rogar a Dios con mayor fervor, que tenga por bien de nos ayudar en toda tribulación.
El cual sin duda, según el dicho de San Pablo, nos pondrá tal remedio, que la podamos sufrir, y salgamos de ella con provecho.
Pues así es, humillémonos bajo la mano de Dios en toda tribulación y tentación; que Él salvará y engrandecerá a los humildes de espíritu. En las tentaciones y adversidades se ve cuánto el hombre ha aprovechado, y en ellas consiste el mayor merecimiento, y se conoce mejor la virtud.
No es mucho ser el hombre devoto y ferviente cuando no siente pesadumbre; mas si en el tiempo de la adversidad se sufre con paciencia, esperanza es de gran bien. Algunos hay que son guardados de grandes tentaciones, y son vencidos muy a menudo de pequeñas, con la idea de que se humillen, y no confíen en ellos mismos en cosas grandes, pues no son grandes en cosas chicas.
(Imitación de Cristo, Thomas Kempis)

MEMORARE Fray Luis de Granada, O.P. (1504-1588)


No me desampare tu amparo,
no me falte tu piedad,
no me olvide tu memoria.
Si tú, Señora, me dejas, ¿quién me sostendrá?
Si tú me olvidas, ¿quién se acordará de mí?
Si tú, que eres Estrella de la mar
y guía de los errados, no me alumbras, ¿dónde iré a parar?
No me dejes tentar del enemigo,
y si me tentare, no me dejes caer,
y si cayere, ayúdame a levantar.
¿Quién te llamó, Señora, que no le oyeses?
¿Quién te pidió, que no le otorgases?



ORACION AL ANGEL DE LA GUARDA PARA ALCANZAR UN MATRIMONIO FELIZ



Señor Dios Santo,
 tú has creado a Adán,
 tú has creado a Eva, su mujer,
 para que sea su socorro y su apoyo.
 Eres tú el que ha dicho:
 “No es bueno que el hombre este solo;
 hagámosle una ayuda semejante a él”.

Bendito seas Padre Celestial
 por tu plan de amor en el hombre y la mujer.
 Bendito seas Padre Santo
 por tu plan de amor en mí.
 Bendito seas Padre Celestial
 por tu Espíritu Santo
 que has derramado en mi corazón,
 yo vivo en la plenitud de tu amor
 revelado en Jesucristo.

 Padre Santo,
 en el Nombre de Jesucristo,
 y en unión de la Santísima Virgen María,
 de acuerdo a tu Santa Voluntad
 y para tu gloria,
 te pido que tu plan divino
 en mi vida sentimental
 se cumpla ahora y para siempre.
Si me llamas para vivir
 el sacramento del matrimonio,
 se benévolo conmigo
 y envía tu ángel delante de mí,
 como lo hiciste por Isaac y Rebeca.

 Tú que das la esposa inteligente
 y el esposo justo que teme a Dios como José,
concédemelo también a mi,
y pido a mi ángel de la guarda
 que me conduzca hacia mi futuro cónyuge
 como el arcángel Rafael guió a Tobías
 hacia su esposa Sara.

 Que tú Santo Mensajero
 favorezca nuestro encuentro
 y deje libre nuestro camino hacia el matrimonio,
 para la gloria de tu Nombre,
 con el fin de que unidos por este sacramento,
 podamos alabarte juntos
 y celebrar tu benevolencia.

 Haznos fecundos Señor
 y danos tu gracia y tu protección.
 Guárdanos fieles a Ti,
 fieles el uno al otro hasta el final del camino.
Padre Celestial,
 tengo confianza y me encomiendo a Ti,
 y en el nombre de Jesucristo
 y con la intercesión de la Santísima Virgen María
 te pido me reveles cuál es mi vocación,
 me entrego a tu decisión
 pues tú sabes mejor que yo
 lo que más me conviene.

 Cambia mi corazón
 para que acepte tu voluntad
 y pueda alcanzar la felicidad
 que tú me has prometido,
 por Jesucristo tu Hijo bien amado,
 mi Señor y mi Dios.
 Amén.
 

LA EUCARISTÍA ES MEMORIAL DE LAS VIRTUDES QUE JESUCRISTO EJERCIÓ EN LA TIERRA


Como Cristo Nuestro Señor vino al mundo a darnos ejemplo de vida, y ponernos delante el dechado de virtudes que todos debíamos imitar, así también viene ahora, en este Sacramento de la Eucaristía, para darnos cada día nuevos ejemplos de estas mismas virtudes, especialmente de las que son más necesarias para nuestra salvación y perfección.


¿Qué virtudes son éstas?

La Primera es la humildad, que encubre su infinita grandeza y resplandor con una vestidura tan vil como es la de pan y vino; de donde resulta que muchos le desprecian y tratan como puro pan y vino.


La segunda es la obediencia que es pronta y puntual al sacerdote que consagra, acudiendo luego que dice aquellas palabras, a pesar de que éste sea malo; siempre y cuando se cumplan los requisitos para la validez del Sacramento, sin importar el lugar y hora que las dijere, sin réplica ni dilación alguna.


La tercera es la mansedumbre y paciencia admirable en todas las injurias que se le hacen, así por los herejes o infieles como por los pecadores que le reciben en pecado, o por los descuidos de los sacerdotes flojos y negligentes, sin que sea parte ninguna de estas cosas para que deje de estar en la hostia todo el tiempo que dura las especies sacramentales.



La cuarta es la caridad y misericordia con que viene al Sacramento, para ejercitar todas las obras de misericordia con todos los hombres, grandes y pequeños, sin distinción de personas, no mirando más que al bien de cada una de las almas, dándose todo a cada una, en testimonio de que murió por todas y cada una de ellas.


La quinta es la perseverancia, en permanecer en la hostia y cáliz hasta que se consumen las especies sacramentales, como también en cumplir todo lo dicho, hasta el fin de los tiempos, sin que ninguno de los pecados sean poderosos para que deje de cumplir lo prometido.

Por lo mismo debes de ponderar, alma cristiana detenidamente cada una de estas esclarecidas virtudes; y, cuando vayas a comulgar, pídeselas a Nuestro Señor, poniendo los ojos de las fe en las cinco señales de las llagas que tiene allí su cuerpo glorificado.

Por último, terminemos exclamando y pidiéndole:

Oh Dulcísimo Jesús Sacramentado,
ven a mí, con tus cinco sagradas llagas,
y por ellas te pido me des estas cinco virtudes. Por las dos llagas de tus sagrados pies,
te pido humildad y mansedumbre,
por las dos llagas de las manos,
obediencia y perseverancia,
y por la llaga de tu costado,
lléname de tu encendida caridad,
para que, amándote y obedeciéndote
con perseverancia,
alcance la corona de tu gloria.



Tomado del libro "Horas de Luz: Meditaciones Espirituales para todos los días del año " del Rev. Padre Saturnino Osés, S. J.

EL TESORO INAPRECIABLE DE LA SANTÍSIMA POBREZA, FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO

Capítulo XIII

Cómo San Francisco y el hermano Maseo colocaron sobre una piedra, junto a una fuente, el pan que habían mendigado, y San Francisco rompió en loores a la pobreza 



El admirable siervo y seguidor de Cristo messer San Francisco, para conformarse en todo perfectamente a Cristo, quien, como dice el Evangelio, envió a sus discípulos de dos en dos a todas las ciudades y lugares a donde Él debía ir, una vez que, a ejemplo de Cristo, hubo reunido doce compañeros, los mandó de dos en dos por el mundo a predicar. Y para darles ejemplo de verdadera obediencia, se puso el primero en camino, a ejemplo de Cristo, que comenzó a obrar antes que a enseñar.

Habiendo asignado a los compañeros las otras partes del mundo, él tomó al hermano Maseo por campanero y se dirigió a tierras de Francia. Al llegar un día muy hambrientos a una aldea, fueron, según la Regla, a pedir de limosna el pan por amor de Dios.
San Francisco fue por un barrio y el hermano Maseo por otro. Pero como San Francisco era de aspecto despreciable y pequeño de estatura, por lo que daba la impresión, a quien no le conocía, de ser un pordiosero vil, no recogió sino algunos mendrugos y desperdicios de pan seco.  Al hermano Maseo, en cambio, por ser tipo gallardo y de buena presencia, le dieron buenos y grandes trozos, y aun panes enteros.

Terminado el recorrido, se juntaron los dos en las afueras del pueblo para comer en un lugar donde había una hermosa fuente, y cerca de la fuente, una hermosa piedra, ancha, sobre la cual cada uno colocó la limosna que había recibido. Y, viendo San Francisco que los trozos de pan del hermano Maseo eran más numerosos y más hermosos y grandes que los suyos, no cabía en sí de alegría, y exclamó: 
 - ¡Oh hermano Maseo, no somos dignos de un tesoro como éste! 

Y como repitiese varias veces estas palabras, le dijo el hermano Maseo:

- Padre carísimo, ¿cómo se puede hablar de tesoro donde hay tanta pobreza y donde falta lo necesario? Aquí no hay ni mantel, ni cuchillo, ni tajadores, ni platos, ni casa, ni mesa, ni criado, ni criada.


- Esto es precisamente lo que yo considero gran tesoro -repuso San Francisco-: el que no haya aquí cosa alguna preparada por industria humana, sino que todo lo que hay nos lo ha preparado la santa providencia de Dios, como lo demuestran claramente el pan obtenido de limosna, la mesa tan hermosa de piedra y una fuente tan clara. Por eso quiero que pidamos a Dios que nos haga amar de todo corazón el tesoro de la santa pobreza, tan noble, que tiene por servidor al mismo Dios.

Dichas estas palabras y habiendo hecho oración y tomado la refección corporal con aquellos trozos de pan y aquella agua, reanudaron el camino hacia Francia. 

Llegados a una iglesia, dijo San Francisco al compañero:

- Entremos en esta iglesia para orar.

Y San Francisco fue a ponerse detrás del altar; se puso en oración, y en ella recibió un fervor tan intenso de la visitación de Dios, que encendió fuertemente su alma en el amor a la santa pobreza; parecía, por el resplandor del rostro y por su boca desmesuradamente abierta, que despedía llamaradas de amor. Y, marchando así encendido hacia el compañero, le dijo:

- ¡Ah, ah, ah!, hermano Maseo, entrégate a mí. 

Lo repitió por tres veces, y, a la tercera, San Francisco levantó en alto al hermano Maseo con el aliento y lo lanzó hacia adelante a la distancia de una lanza grande. Esto produjo gran estupor al hermano Maseo, y más tarde contó a los compañeros que, cuando San Francisco lo levantó y lo despidió con el aliento, él sintió en el alma tal dulcedumbre y tal consuelo del Espíritu Santo como nunca lo había sentido en su vida. 

Después de esto, dijo San Francisco:

- Mi querido compañero, vamos a San Pedro y a San Pablo a pedirles que nos enseñen y ayuden a poseer el tesoro inapreciable de la santísima pobreza, ya que es un tesoro tan noble y tan divino, que no somos dignos de poseerlo en nuestros vasos vilísimos; es ésta una virtud celestial por la cual vale la pena pisotear todas las cosas terrenas y transitorias; por ella caen al suelo todos los obstáculos que se ponen delante del alma para impedirle que se una libremente con Dios eterno. Esta es aquella virtud que hace que el alma, viviendo en la tierra, converse en el cielo con los ángeles; ella acompañó a Cristo en la cruz, con Cristo fue sepultada, con Cristo resucitó, con Cristo subió al cielo; las almas que se enamoran de ella reciben, aun en esta vida, ligereza para volar al cielo, porque ella templa las armas de la amistad, de la humildad y de la caridad.

Pediremos, pues, a los santísimos apóstoles de Cristo, que fueron perfectos amadores de esta perla evangélica, que nos alcancen esta gracia de nuestro Señor Jesucristo: que nos conceda, por su santa misericordia, hacernos dignos de ser verdaderos amadores, cumplidores y humildes discípulos de la preciosísima, amadísima y angélica pobreza. 



 Platicando de esta suerte, llegaron a Roma y entraron en la iglesia de San Pedro; San Francisco se puso en oración en un ángulo de la iglesia, y el hermano Maseo en el otro.

Permanecieron largo rato en oración, con muchas lágrimas y gran devoción; en esto se aparecieron a San Francisco los santos apóstoles Pedro y Pablo rodeados de gran resplandor y le dijeron: 

- Puesto que pides y deseas observar lo que Cristo y sus santos apóstoles observaron, nos envía nuestro Señor Jesucristo para anunciarte que tu oración ha sido escuchada, y te ha sido concedido por Dios, a ti y a tus seguidores, en toda perfección, el tesoro de la santísima pobreza. Y todavía más: te comunicamos de parte suya que a todos aquellos que, a tu ejemplo, abracen con perfección este ideal, Él les asegura la bienaventuranza de la vida eterna; y tú y todos tus seguidores seréis bendecidos por Dios.

Dichas estas palabras, desaparecieron, dejando a San Francisco lleno de consuelo. Al levantarse de la oración, fue donde su compañero y le preguntó si Dios le había revelado alguna cosa; él respondió que no. Entonces, San Francisco le refirió cómo se le habían aparecido los santos apóstoles y lo que le habían revelado. Por ello, llenos de alegría, los dos determinaron volver al valle de Espoleto, dejando el viaje a Francia. 

En alabanza de Cristo. Amén. 
 

CÓMO SAN FRANCISCO QUISO HUMILLAR AL HERMANO MASEO PARA BIEN SUYO

Capítulo XII

LAS FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO





San Francisco gustaba de humillar al hermano Maseo, con el fin de que los muchos dones y gracias que Dios le daba no le hiciesen envanecerse, sino, más bien, le hiciesen crecer de virtud en virtud a base de la humildad. Una vez que se hallaba en un eremitorio con sus primeros compañeros, verdaderos santos, entre los que estaba el hermano Maseo, dijo un día a éste delante de todos: 

- Hermano Maseo, todos estos compañeros tuyos tienen la gracia de la contemplación y de la oración; tú, en cambio, tienes la gracia de la predicación y el don de agradar a la gente. Quiero, pues, que, para que ellos puedan darse a la contemplación, te encargues tú de atender a la puerta, a la limosna y a la cocina. Cuando los demás hermanos estén comiendo, tú comerás a la puerta del convento, de manera que los que vengan, ya antes de llamar, reciban de ti algunas buenas palabras de Dios, y así no haya necesidad de que ningún otro vaya a recibirlos. Y esto lo harás por el mérito de la santa obediencia. 


El hermano Maseo se quitó la capucha, inclinó la cabeza y recibió con humildad esta obediencia, y la fue cumpliendo durante varios días, atendiendo juntamente a la puerta, a la limosna y a la cocina. Pero los compañeros, siendo como eran hombres iluminados por Dios, comenzaron a sentir en sus corazones gran remordimiento al ver que el hermano Maseo, hombre de tanta o más perfección que ellos, tenía que correr con todo el peso del eremitorio, mientras ellos estaban libres. Movidos, pues, por un mismo impulso, fueron a rogar al Padre santo que tuviera a bien distribuir entre ellos aquellos oficios, ya que en manera alguna podían soportar sus conciencias que el hermano Maseo tuviera que sobrellevar tantas fatigas. Al oírles, San Francisco dio crédito a sus conciencias y accedió a lo que pedían. Llamó al hermano Maseo y le dijo:

- Hermano Maseo, tus compañeros quieren compartir los oficios que te he encomendado; quiero, pues, que esos oficios se repartan entre todos. - Padre -dijo el hermano Maseo con gran humildad y paciencia-, lo que tú dispones, en todo o en parte, yo lo acepto como venido de Dios.

Entonces, San Francisco, viendo la caridad de aquellos hermanos y la humildad del hermano Maseo, les dirigió una plática admirable sobre la santísima humildad, enseñándoles que cuanto mayores son los dones y las gracias que Dios nos da, tanto más humildes debemos ser; porque, sin la humildad, ninguna virtud es acepta a Dios. Y, hecha la plática, distribuyó los oficios con grandísima caridad. 

En alabanza de Cristo. Amén. 




¿POR QUÉ DEBEMOS TENER CONFIANZA EN JESUCRISTO?

San Alfonso María de Ligorio escribe que el amor que Jesucristo nos manifestó por todo lo que hizo por nosotros, nos debe inspirar gran confianza.



David depositaba toda su confianza en el futuro Redentor, y exclamaba: “En tus manos mi espíritu encomiendo; me librarás; Señor, Dios de verdad” (Ps. 30, 6). ¡Con cuánta mayor razón habremos nosotros de confiar en Jesucristo después de venido al mundo y acabado la obra de la redención!

Si tenemos sobrados motivos de temer la muerte eterna, merecida por nuestros pecados, mayores y más fuertes motivos tenemos para esperar la vida eterna, apoyados en los méritos de Jesucristo, que son de infinito valor y más poderosos para salvarnos que lo fueron nuestros pecados para perdernos. Habíamos pecado y merecido el infierno, pero el Redentor vino a cargar con todas nuestras culpas y las expió con sus padecimientos: “Mas nuestros sufrimientos Él los ha llevado, nuestros dolores Él los cargó sobre sí” (Is. 53, 4).


¡Y cuánto mejor habla a favor nuestro y nos alcanza divina misericordia la sangre de Jesucristo que hablaba contra Caín la sangre de Abel! Pecadores, dice el Apóstol, ¡felices de vosotros, que después de pecar acudís a Jesús crucificado, que derramó toda su sangre para ponerse como mediador de paz entre Dios y los pecadores y recabar de Él vuestro perdón! Si contra vosotros claman vuestras iniquidades, a favor vuestro clama la sangre del Redentor, y la divina justicia no puede menos de aplacarse a la voz de esta sangre. 

Cierto que de todas nuestras culpas habemos de rendir estrecha cuenta al eterno Juez; pero y ¿quién será este nuestro juez? “El Padre... todo el juicio lo ha entregado al Hijo” (Jn. 5, 22). Consolémonos, pues, que el Eterno Padre puso nuestra causa en manos de nuestro mismo Redentor.
San Pablo nos anima con estas palabras: “¿Quién será el que condene? Cristo Jesús  intercede por nosotros” (Rom. 8, 34). ¿Quién es el juez que nos ha de condenar?
El mismo Salvador, que, para no condenarnos a muerte eterna, quiso condenarse a sí mismo, y, en consecuencia, murió, y, no contento con ello, ahora en el cielo prosigue cerca del Padre siendo mediador de nuestra salvación.



Santo Tomás de Villanueva dice al pecador: «¿Qué temes, pecador? ¿Por qué desconfías? ¿Cómo te condenará, si te arrepientes, quien murió para que no te condenaras? ¿Cómo rechazará a quien a Él vuelve el que bajó del cielo para buscarte?». 

Y si por razón de nuestra flaqueza tememos sucumbir a los asaltos de nuestros enemigos, contra los cuales es menester combatir, he aquí, según dice el Apóstol, lo que tenemos que hacer: “Corramos, por medio de la paciencia, la carrera que tenemos delante, fijos los ojos en el jefe iniciador y consumador de la fe, Jesús, el cual, en vez del gozo que se le ponía delante, sobrellevó la cruz, sin tener cuenta de la confusión” (Hebr. 12, 1-2). Corramos, pues, con ánimo esforzado a la pelea, mirando a Jesús crucificado, que desde la cruz nos brinda con su auxilio y nos promete la victoria y la corona.

Si en lo pasado caímos, fue por no haber mirado las llagas y las ignominias que nuestro Redentor padeció y por no haberle pedido su ayuda.
En cuanto a lo porvenir, no dejemos de tener ante la vista cuanto por nosotros padeció y cuán presto se halla a socorrernos desde el punto que acudamos a Él, y así a buen seguro que saldremos triunfantes de nuestros enemigos.
Santa Teresa decía, con su intrépido espíritu: «Yo deseo servir a este Señor... No entiendo estos miedos: ¡Demonio!, ¡demonio!, adonde podemos decir: ¡Dios!, ¡Dios!, y hacerle temblar».
Por el contrario, decía la Santa que, si no ponemos en Dios toda nuestra confianza, de poco o ningún provecho será toda nuestra diligencia: «Buscaba remedio, hacía diligencias; mas no debía entender que todo aprovecha poco si, quitada de todo punto la confianza de nosotros, no la ponemos en Dios».

Santa Teresa de Jesús


¡Qué grandes misterios de confianza y amor son para nosotros la pasión de Jesucristo y el Santísimo Sacramento del Altar!, misterios que fueran increíbles si la fe no nos certificara de ellos.
¡Un Dios omnipotente querer hacerse hombre, derramar toda su sangre y morir de dolor sobre un patíbulo!, y ¿para qué? ¡Para pagar por nuestros pecados y salvar así a los rebeldes gusanillos! Y ¡querer dar después a tales gusanillos su mismo cuerpo, sacrificado en la cruz, y dárselo en alimento para unirse estrechamente a ellos! ¡Oh Dios, tales misterios debieran inflamar en amor todos los corazones de los hombres! ¿Qué pecador, por perdido que se crea, podrá desesperar del perdón si se arrepiente del mal hecho, viendo a un Dios tan enamorado de los hombres e inclinado a dispensarles toda suerte de bienes? Esto inspiraba tanta confianza a San Buenaventura, que prorrumpía en estas palabras: «¿Cómo podrá negarme las gracias necesarias a la salvación aquel que tanto hizo y sufrió por salvarme?... Iré a Él fundado en toda esperanza, pues no me negará nada quien por mí quiso morir».  “Lleguémonos, pues –nos dice el Apóstol–, con segura confianza al trono de la gracia, para que alcancemos misericordia y hallemos gracia en orden a ser socorridos en el tiempo oportuno”
(Hebr. 4, 16). 





No nos turben nuestras miserias, que en Jesús crucificado encontraremos toda riqueza y toda gracia. Los méritos de Jesucristo nos han enriquecido con todos los tesoros divinos, y no hay gracia que podamos desear que no la alcancemos pidiéndosela. 

Dice San León que Jesucristo, con su muerte, nos acarreó mayores bienes que males nos acarreara el demonio con el pecado, con lo que declaraba lo que ya había dicho San Pablo, que el don de la redención fue mayor que el pecado, y que la gracia excedió al delito. Por eso nos animó el Salvador a esperar toda suerte de favores y gracias, fiados en sus merecimientos, enseñándonos, además, Él mismo la fórmula que habíamos de emplear para alcanzar cuanto quisiéramos de su Padre: “En verdad, en verdad os digo: si alguna cosa pidiereis al Padre, os la concederá en nombre mío” (Jn. 16, 23). Pedid, dice, cuanto deseéis, pero pedidlo al Padre en mi nombre, y os prometo que seréis oídos.

En efecto, ¿cómo podría el Padre negarnos gracia alguna después de habernos dado a su propio Hijo, a quien ama como a sí mismo? “Quien a su propio Hijo no perdonó, antes por nosotros todos lo entregó, ¿cómo no juntamente con Él nos dará de gracia todas las cosas?” (Rom. 8, 32).

Si la flaqueza nuestra estuviere con demasiados temores congojada, pensando que Dios se ha olvidado –como la vuestra lo está–, provee el Señor de consuelo, diciendo en el profeta Isaías: ¿Por ventura se puede olvidar la madre de no tener misericordia del niño que parió de su vientre?
Pues si aquélla se olvidare, yo no me olvidaré de ti, que en mis manos te tengo escrita. 



¡Oh Cristo, puerto de seguridad para los que, acosados de las ondas tempestuosas de su corazón, huyen de ti! ¡Oh Cristo, diligente y cuidadoso pastor, cuán engañado está quien en ti y de ti no se fía!...
Por esto dices:
"No volví la faz a quien me la hería, ¿y he de volverla a quien la mira para adorarla? ¡Qué poca confianza es ésta, que viéndome de mi voluntad despedazado en mano de perros que por amor a los hijos, estar los hijos dudosos de mí si los amo, amándome ellos! ¿A quién desprecié que me quisiese? ¿A quién desamparé que me llamase?".  

Fuente: 
Práctica de amor a Jesucristo (San Alfonso María de Ligorio)

AFECTOS Y SÚPLICAS DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO A JESÚS EUCARISTÍA


¡Oh Dios de amor!, ¡oh amante infinito y digno de infinito amor!, decidme: ¿qué más invenciones pudierais hallar para haceros amar de nosotros?
No os bastó haceros hombre y sujetaros a nuestras miserias; no os bastó derramar por todos nosotros la sangre a fuerza de tormentos y después morir consumado de dolores en el patíbulo destinado a los reos más infames. Acabasteis por ocultaros bajo las especies de pan para haceros nuestro alimento y así uniros por completo con cada uno de nosotros. Decidme, os pregunto nuevamente, ¿qué más invenciones pudierais hallar para haceros amar de nosotros? ¡Desgraciados si no os amáramos en esta vida; porque, al entrar en la eternidad, cuáles no serían nuestros remordimientos!  Jesús mío, no quiero morir sin amaros, y sin amaros con todas mis fuerzas.  Siento dolor por haberos causado tanta pena; me arrepiento de ello y quisiera morir de puro dolor.  Ahora os amo sobre todas las cosas, os amo más que a mí mismo y os consagro todos los afectos de mi corazón. Vos que me inspiráis este deseo, dadme fortaleza para llevarlo a la práctica.  Jesús mío, Jesús mío, no quiero de vos otra cosa sino a vos; ya que me habéis atraído a vuestro amor, todo lo dejo y renuncio a todo para unirme a vos,  pues vos sólo me bastáis. 
María, Madre de Dios, rogad a Jesús por mí y hacedme santo; vos que a tantos trocasteis de pecadores en santos, renovad otra vez este prodigio con vuestro siervo.


¿SATANÁS EXISTE? ¿CÓMO ES SATANÁS?


Dice Sertillanges que la obra maestra de Satanás ha sido hacer creer a los hombres que él no existe.
La  existencia de  Satanás es  dogma de  fe. 
Está  definido en  el Concilio  Lateranense  IV, que dice explícitamente: «Creemos firmemente  y  confesamos sinceramente que el  diablo y demás demonios fueron creados por Dios buenos, mas ellos, por sí mismos, se hicieron malos». «Por lo tanto no se puede negar la existencia real de un ser creado por Dios».

El pecado del demonio fue de soberbia.
La Biblia dice que Dios creó los ángeles y que algunos pecaron y fueron  condenados  para  siempre:  éstos  son  los  demonios.  «Los demonios son ángeles caídos».

La existencia del demonio también lo ha confirmado recientemente la Iglesia al actualizar el ritual de los exorcismos, esto demuestra que sigue vigente la doctrina del demonio. 



Padre Gabriele Amorth

El cardenal Jorge Arturo Medina Estévez Prefecto de la Congregación para el Culto Divino, dijo en Rueda de Prensa, El 26 de enero  de  1999: 
«Sabemos  que  hay  católicos  que  ponen  en  duda  la existencia del diablo, pero esta realidad pertenece a la fe y a la doctrina de la Iglesia Católica.
Quien diga que el diablo no existe no está ya en la fe.

El cardenal Medina dice «que el influjo nefasto del demonio y de sus secuaces se ejerce habitualmente a través del engaño, la mentira y la confusión.
Si Jesús es la Verdad, el diablo es mentiroso por excelencia. Desde siempre, desde el principio, la mentira ha sido su estrategia preferida.
Engaña a los hombres haciéndoles creer que la felicidad se encuentra en el dinero, en el poder, en la concupiscencia carnal.
Engaña a los hombres persuadiéndoles de que no tienen necesidad de Dios y de que son autosuficientes, sin necesidad de la gracia y de la salvación. Incluso engaña a los hombres disminuyendo, es más, haciendo desaparecer el  sentido  del  pecado,  sustituyendo  la  ley  de  Dios  como  criterio  de moralidad por las costumbres y las convenciones de la mayoría.
Persuade a los niños de que la mentira es un modo apto para resolver los diversos problemas, y así poco a poco se crea entre los hombres un atmósfera de desconfianza y de sospecha. Tras las mentiras y engaños, que llevan la imagen del Gran Mentiroso, se desarrollan las incertezas, las dudas, un mundo en el que no hay ya seguridad, ni Verdad y donde, en cambio, reina el relativismo y la convicción de que la libertad consista en el hacer lo que
se quiere; así no se entiende ya que la verdadera libertad es la identificación con la voluntad de Dios, fuente del bien y de la única felicidad posible».


El demonio es un ser inteligente, no humano, que induce a los hombres al mal. Pero su poder no es infinito, al demonio se le puede vencer con la ayuda de Dios. No es más que una criatura, potente por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre una criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios». 



En la Biblia parece clara la existencia del demonio en la tentación de Eva, en las pruebas de Job, etc.; y sobre todo en el Evangelio. Cristo para rechazar a Pedro que le proponía huir de la cruz le dice:«Apártate de mí, Satanás». Es decir, Cristo supone que Satanás es alguien. Si no, ese modo de hablar no tendría sentido.
Dice el Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica que el demonio es persona. Así lo considera Cristo pues supone que tiene deseos: le dice a Pedro que «Satanás quiere cribaros como al trigo». Y San Pedro llama a Satanás nuestro adversario y afirma que anda buscando el modo de hacernos daño. En otra ocasión Cristo afirma que Él expulsa al demonio.



D. Salvador Muñoz Iglesias, Profesor de Sagrada Escritura en el Seminario de Madrid, dice:

«Quien niegue la existencia real de Satanás tiene que admitir que Cristo o se equivocó o nos engañó.
Si un cristiano no puede admitir ninguna de estas dos cosas, tendrá que aceptar la existencia real de Satanás». «Si  hay  algo  claro  en  una  lectura  de  las  páginas  del  Nuevo Testamento, es que para Jesús y los Apóstoles, el demonio es una realidad, una realidad viva; y no una simple figuración o un fantasma»

Pablo VI dijo: «Quien rehusa reconocer la existencia de Satanás se sale del marco de la enseñanza bíblica y eclesiástica».

Dice Monden: «No se puede eliminar de la Escritura la existencia del demonio como ser personal sin alterar el mensaje cristiano en su misma esencia».

 A veces se dan casos, aunque rarísimos, de posesión diabólica. Hay que distinguir entre la auténtica posesión diabólica y los enfermos mentales que se creen poseídos del demonio. Para las auténticas posesiones diabólicas la Iglesia tiene sacerdotes especializados que practican exorcismos para expulsar los demonios. También hay que distinguir entre el verdadero exorcismo, realizado por un sacerdote  especializado  con  el  ritual  de  la  Iglesia,  y  las  oraciones  de liberación que puede hacer cualquier cristiano.

El demonio «es el tentador que busca nuestra desgracia y quiere cerrarnos las puertas del cielo». «Sin embargo,  no tiene poder sobre la salvación eterna del hombre, si éste no se lo permite». «Aunque el diablo es capaz de tentarnos no puede arrancarnos nuestro consentimiento». 





Dice la Biblia que el demonio nos tienta porque nos tiene envidia, pues siendo la naturaleza humana inferior a la angélica, nosotros podemos salvarnos y él no. Por eso quiere impedir nuestra salvación eterna.

Dice San Pablo que el diablo nos tienta. Y para tentarnos, nos engaña. San Juan le llama «mentiroso». En el Nuevo Testamento se habla del demonio más de cien veces.
En nuestros días la presencia del diablo se da principalmente en las prácticas de espiritismo y en el juego de la «ouija».  Y también en las sectas satánicas y en las posesiones diabólicas.



Fuente: Para salvarte (P. Jorge Loring)

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