LA TRANSFIGURACÓN DEL SEÑOR ¡Qué bien se está aquí!
ALABANZAS DE LA MADRE DE DIOS
𝐄𝐋 𝐌𝐈𝐋𝐀𝐆𝐑𝐎 𝐃𝐄 𝐒𝐀𝐍 𝐁𝐄𝐍𝐈𝐓𝐎
Cuando Maurus llegó al lago – sin pensarlo- corrió sobre la superficie del agua, agarró a Plácido por el pelo y lo arrastró hasta la orilla.Sólo se dio cuenta de que había caminado sobre el agua después de que él estaba ya de vuelta en tierra. San Gregorio Magno escribe que Maurus “se maravilló y tenía miedo de lo que había hecho.”
Y aquí es donde las cosas se ponen todavía más extrañas. Hablando sobre el evento más tarde ese mismo día, Maurus insistió en que difícilmente había estado consciente de caminar sobre el agua mientras lo hizo.
¿Y Plácido? Él afirmó que la persona que lo había sacado del agua en el medio del lago no llevaba puesta la ropa de Maurus, sino la de Benito. En otras palabras, de alguna manera misteriosa, aunque Maurus había sido el que fue al lago, Benito había trabajado milagrosamente a través de él para caminar sobre las aguas y salvar a Plácido.
FRASES DE SANTA ISABEL DE LA TRINIDAD
He hallado mi cielo en la tierra pues el cielo es Dios y Dios está en mi alma. EP (Carta) 110.
El contemplativo es un ser que vive bajo el resplandor de la faz de Cristo, que penetra en el misterio de Dios impulsado no por la luz que proyecta el pensamiento humano sino por la claridad que produce la palabra del Verbo encarnado. EP 137
Creo que si Él me ha amado tan apasionadamente y me ha hecho tantos favores es por verme tan débil. EP 49.
Mi ideal consiste en ser la Alabanza de su gloria. EP 232. ¿Qué importa estar en el cielo o en la tierra? Vivamos en el amor para glorificar al Amor. Cuanto más cerca se vive de Dios más se ama. EP 53.
Las almas penetran en Dios mediante la fe viva y allí, simplificadas y en paz, El las conduce por encima de las cosas y gustos sensibles hasta la tiniebla sagrada quedando transformadas en imagen de Dios. Esas almas viven, según la expresión de San Juan, en sociedad (Jn. 1,3) con las Tres adorables Personas, en comunión de vida. En esto consiste la vida contemplativa.
Es una contemplación que conduce a la posesión. Ahora bien, esta posesión simple es la vida eterna disfrutada en el abismo sin fondo. Es allí, donde por encima de la razón, nos espera el profundo reposo de la inmutabilidad divina. (Tratados Espirituales, día 4to del Manuscrito “A”)
Las rejas no existirán nunca para nuestros corazones… en el Carmelo el corazón se dilata y su amor es aún más intenso. EP 81. Mirad, en el Carmelo el corazón se dilata y sabe amar mejor. EP 82
Para vencer el orgullo: matarlo de hambre. Mira, el orgullo es amor propio. Pues bien; el amor de Dios debe ser tan fuerte que anule por completo nuestro amor propio. EP 276
¡Oh muerte! Yo misma te llamaría a gritos si no tuviese la esperanza de sufrir y hacer algún bien en la tierra. Yo he hallado mi cielo en la tierra en mi querida soledad del Carmelo, donde vivo a solas con Dios solo. Todo lo hago con Él. Por eso realizo las cosas con alegría divina. Que barra, trabaje o haga oración, todo me resulta encantador y delicioso porque descubro a mi divino Maestro en todas partes. EP 83
Me parece que mi misión en el cielo consistirá en atraer las almas al recogimiento interior. La auténtica unión divina no está en las dulzuras espirituales sino en el desprendimiento y en el dolor. La Virgen me parece más imitable que cualquier santa. Su vida era tan sencilla…
Cuando se ama, se desea el bien para la persona amada. Presiento que mi misión en el cielo consistirá en atraer las almas, ayudándoles a salir de ellas mismas, para unirse al Señor a través de un movimiento sencillo y amoroso, y conservarlas en ese gran silencio interior que permite a Dios imprimirse en ellas, transformarlas en Él mismo. EP 295
Vivamos de amor para morir de amor y para glorificar a Dios que es Amor. EP 295.
Todo depende de la intención que se tenga. Podemos santificar hasta las cosas más pequeñas y transformar en divinos los actos más ordinarios de la vida. EP 275
¡Amar! Es tan sencillo… Es entregarse a los designios de su voluntad divina como Él se entregó a la voluntad del Padre. Es permanecer en Él porque el corazón del que ama ya no vive en sí sino en Aquel que es el objeto de su amor. Es sufrir por Él, aceptando alegremente todos los sacrificios e inmolaciones que nos permiten agradar a su Corazón. EP 257
No nos purificaremos considerando nuestra miseria sino contemplando a Aquel que es la pureza y la santidad. San Pablo dice que: el Señor nos ha destinado a ser semejanza de la imagen de su Hijo (Rm 8,29). En los momentos más angustiosos, piense que el Artista divino se sirve del cincel para embellecer más su obra y permanezca en paz bajo la mano que la está labrando. EP 228.
Cuando te aconsejo la oración, no se trata de imponerse una cantidad de oraciones vocales para rezarlas diariamente. Hablo, más bien, de esa elevación del alma a Dios a través de todas las cosas que nos constituye en una especie de comunión ininterrumpida con la Santísima Trinidad, obrando con sencillez a la luz de su mirada. EP 202.
Creo que nada refleja mejor el amor del Corazón de Dios que la Eucaristía. Es la unión, la comunión, es Él en nosotros, nosotros en Él. Y ¿no es esto el cielo en la tierra? EP 165
SALMO 103: HIMNO AL DIOS CREADOR
Bendice, alma mía, al Señor:
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.
Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.
Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;
pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.
De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.
Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.
Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.
Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
la tierra está llena de tus criaturas.
Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.
Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;
escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.
Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.
Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.
Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
CRISTO HA NADIDO DE LA VIRGEN
El Amigo de los hombres se ha hecho hombre, naciendo de la Virgen
HIMNOS Y CANTOS A SANTA MARÍA
flor de las flores,
Virgen de vírgenes
y Amor de amores.
Rosa en que el Señor
puso su querer,
flor la más hermosa
que se vio nacer,
Virgen que hace dulce
nuestro padecer,
Amor que hace nuestros
sus santos amores.
Rosa entre rosas,
flor de las flores,
Virgen de vírgenes
y Amor de amores.
Gloria a Dios Padre,
gloria a Dios Hijo,
igual por siempre,
gloria al Espíritu. Amén.
****************************************************************
Ruega por nosotros,
amorosa Madre,
para que tu Hijo
no nos desampare.
De tus ojos penden
las felicidades;
míranos, Señora,
no nos desampares.
Bien veo, Señora,
Madre de mi alma,
que por mis pecados
lágrimas derramas.
Gloria, gloria al Padre,
gloria, gloria al Hijo,
gloria para siempre
igual al Espíritu. Amén.
te saludan los cantos que alza el amor.
Reina de nuestras almas, flor de las flores,
muestra aquí de tu gloria los resplandores,
que en el cielo tan sólo te aman mejor.
Virgen santa, Virgen pura,
vida, esperanza y dulzura
del alma que en ti confía;
Madre de Dios, Madre mía,
mientras mi vida alentare
todo mi amor para ti;
mas si mi amor te olvidare...,
Madre mía, Madre mía,
aunque mi amor te olvidare,
tú no te olvides de mí.
siempre decir cantar de tus loores;
no me partir de te servir,
mejor de las mejores.
Gran confianza tengo yo en ti, Señora,
mi esperanza está en ti, hora tras hora;
de tribulanza, sin tardanza
venme a librar ahora.
Estrella del mar, puerto de belleza
de todo mi dolor en mi tristeza
venme a librar y confortar,
Señora de la alteza.
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¡oh Madre del Señor!;
tú eres de Dios gloria,
la obra de su amor.
¡Oh rosa sin espinas!,
¡Oh vaso de elección!
de ti nació la vida,
por ti nos vino Dios.
Sellada fuente pura
de gracia y de piedad,
bendita cual ninguna,
sin culpa original.
Infunde en nuestro pecho
la fuerza de tu amor,
feliz Madre del Verbo,
custodia del Señor. Amén.
EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE VIDA
EXAMINAD SI LOS ESPÍRITUS PROVIENEN DE DIOS
Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
VÍA CRUCIS CON SAN JOSÉ
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor, Dios Nuestro.
En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén
PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
En el silencioso trayecto hasta Belén, José, el hombre de la vida interior, tal vez recapacitó para sus adentros: “Éste, que hoy nacerá, volverá a renacer como Mesías, como Salvador…”. El camino de la fe-confianza nos exige acompañamiento, entrega, renuncia y ánimo. Nadie como José supo hacer tanto desde el silencio y la obediencia por Dios y por los hombres. ¡Cuánto se parecieron en estas horas! ¡José obediente en cada sueño y siempre! ¡Jesús obediente hasta la muerte y sin demasiado ruido hasta en su mismo juicio!
SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús con la Cruz a cuestas camino al calvario.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
La vida es amor y muchas veces por amar se sufre. No hay vida sin dolor, sin dificultades, sin cruz. En la vida de José, desde la aldea de Nazaret, hubo noches de dudas, de sueños, de sufrimientos y de angustias, pero también de certezas. El Señor, por la calle del calvario, vuelve la mirada a su pasado. Allá, en el fondo de una noche hermosa y estrellada, una figura amada y respetada, salta en su pensamiento: ¡José, mi padre! El que me enseñó a enfrentar y ser fuerte ante el peso de las dificultades.
TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús, de pequeño, seguramente subiendo por las calles de Nazaret, debe haber tropezado una y otra vez: de la fuente de agua hasta la casa acompañando a María, de las mieses a la sinagoga o del juego hasta el taller donde trabajaba José. Pero siempre sintió y entendió que una experimentada mano, maternal en María y paternal amorosa en José, lo iba a levantar. Son las mismas manos, las que en estas horas de ascenso hasta el calvario, siente sobre su hombro otra vez. María con su presencia y José en su corazón y memoria: ¡Animo, hijo, soy José! ¡Todo sea por la voluntad de Dios!
CUARTA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con su Madre.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
María, la gran mujer del SÍ, que desde la mañana hasta entrada la noche, tantas veces cuidó, alimentó, arrulló, vistió al niño Jesús, se asoma en la esquina más insospechada para llorar y abrazar a su hijo. La presencia de María es una certeza para Jesús. “No estás solo: Aquí como siempre está Tu Madre”. No son sólo dos amores los que se hallan frente a frente, no son solamente dos corazones los que se fusionan en un impresionante abrazo. En medio de tanto dolor, la Madre lleva a Jesús el cariño y el amor de aquel que nunca desapareció de sus entrañas: José siempre presente en el corazón. Dos tesoros, los más preciados por José, se encuentran en el camino de la cruz: María y Jesús de Nazaret.
QUINTA ESTACIÓN: El Cireneo ayuda a Jesús a cargar la Cruz.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
En medio del ruido sobrecogedor y estremecedor en el camino al calvario, con risas, gritos y burlas, una mano amiga levanta el madero y lo carga. Simón de Cirene, un humilde trabajador, ayuda en medio de ese espectáculo a subir la cima del Monte Calvario. Quién sabe, si de haber vivido José, no hubiera cargado esa cruz para soportarla sobre su propio hombro antes que dejarla en el de Jesús. Seguramente para Jesús esta actitud del cireneo le recordó a tantas actitudes de José. Tal vez Jesús, sintiendo el peso de la cruz, debe haber pensado: “Si José hubiera vivido, como buen carpintero, habría aliviado de madera el peso de la cruz”.
SEXTA ESTACIÓN: La Verónica limpia el rostro de Jesús.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Cuántas veces en el taller Jesús le acercó a José un trapo para secarse el sudor por el trabajo. Un paño limpio e intachable, como la vida misma de José, coloca con cariño la Verónica sobre el rostro de Jesús de Nazaret. Y es que el camino de la cruz se hace más humano y más divino con el alivio de este gesto de amor para con el rostro sufriente de Jesús. La fe y la caridad se hacen presentes en este gesto de amor para con quien sufre. Si valiente fue una mujer ante el semblante sangriento de Jesús, no lo fue menos en su día, la audacia y la serenidad del bueno de San José. José guardó limpio su hogar, amó con devoción a María su mujer y siempre pensó que Jesús era la transparencia viva y real del amor de Dios.
SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Con la única tregua de la caída como descanso, Jesús sigue manifestando públicamente su más alto ideal: el amor a Dios en los hombres. Seguramente, en algún momento de su niñez, la voz de José le susurró al oído: “Lo malo, hijo mío, no es caer, equivocarse. Lo triste es caer sin hacer de nuevo un esfuerzo por levantarse, por comenzar una vez más”. Las palabras y el recuerdo de José, el varón justo, son la fuerza para levantarse y seguir.
OCTAVA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
En el camino al calvario hay palabras de fe, de ánimo y gestos de amor para con Jesús. A pocos metros de llegar al Gólgota, un grupo de mujeres detiene la mirada del Maestro. Son presencia de compasión y de misericordia. Aun estando su vida en peligro, y a punto de extinguirse, Jesús les resignifica sus lágrimas: ¡Lloren por los hombres! ¡Lloren por ustedes! José le enseñó que no siempre el hombre talla, ni trata bien, ni aprovecha dignamente, la madera noble.
NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Una vez más, Jesús con su rostro en tierra. Tres caídas en el camino, y podrían haber sido muchas más, cuando la locura del amor quiere ser elevada a su máximo exponente en el estandarte de la cruz. Con la rodilla en el suelo, sus ojos buscan en esta vía dolorosa la luz del cielo. Una luz, una lámpara como aquella que alumbró tantas noches de pobreza y de búsqueda de Dios el hogar de Nazaret: la llama de José ¿Acaso José no hablaría de tú a tú con Jesús, como un padre lo hace con su hijo, para formarlo, educarlo, prevenirlo y estimularlo para cuando llegasen una y otra vez, dos y tres veces, las humillaciones o las espinas que clava la vida?
DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestiduras.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús nació en Belén despojado de todo bien. Unos pañales en la cuna de paja fueron el único abrigo de Dios con apariencia de niño, mientras José era testigo mudo y sereno ante tanto misterio. En la cruz, despojado de todo vestido. Tanto en Belén como en el calvario sintió el calor de la presencia de María. José, hombre despojado de riquezas y de abundancia, con convencimiento y fe, le enseñó a Jesús que a Dios se llega, se conquista y se entra por la puerta de la sencillez y de la pobreza.
DECIMOPRIMERA ESTACIÓN: Jesús es clavado en la Cruz.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Los clavos sujetan a Jesús en la cruz con la misma fuerza con la que los ojos de José se fijaron en él. Los clavos hieren a Jesús. El afecto de José lo hizo crecer. Los clavos traspasan manos y pies. El amor de José superó todos los límites de bondad y de entrega, de obediencia y de fe. ¿Cuáles fueron más fuertes? ¿Los clavos de la cruz o el amor de José? ¿Cuáles fueron más profundos? ¿Los clavos que perforaron la madera o aquellos otros que sostienen con firmeza los valores, las convicciones, la justicia, el amor a Dios que con prudencia San José le enseñó a Jesús?
DECIMOSEGUNDA ESTACIÓN: Jesús muere en la Cruz.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
El Rey del mundo, aquel que siendo niño caminó de la mano de José, se alza entre burlas y sollozos, erguido y sufriente, apuntando -por el hombre- hacia el Padre. El Rey del cielo nació en Belén y, por el calvario, nos trasladará a todos a una nueva vida recién amanecida. José, el hombre de la dulce muerte, el hombre que acompaña el buen morir, quién sabe si en aquel instante de desgarro y abandono no gritó a través del centurión: “¿No se dan cuenta lo que hacen? ¡Han dejado morir al mismo Hijo de Dios!” En una cosa se parece la muerte de Jesús a la de José: en las dos, estuvo cerca María.
DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús es bajado de la Cruz.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Aquel que en tantos amaneceres y anocheceres se sintió protegido por los brazos de San José, ahora en el atardecer del Viernes Santo, es sostenido, llorado, reverenciado y guardado en los de María. En Nazaret fue cuidado y recogido con mimo, arrullado por las manos de la Virgen María y bendecido muchas veces por San José. Pero al final, en el punto culmen del trayecto de la pasión, cuando el cielo y la tierra parecen fundirse en un abrazo por la cruz, es cuando el silencio de San José se hace cercano y protector del hijo que bajó hasta el abismo de la misma muerte.
DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es colocado en el sepulcro.
Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
La semilla esparcida con pasión y regada con amor llega a dar el ciento por uno. Jesús, desde Belén, pasando por Nazaret y subiendo a Jerusalén, fue grano del amor de Dios que, siendo pequeño, maduró definitivamente y con sangre en el árbol de la cruz. José, el hombre que esperó y creyó contra toda esperanza, también sembró con paciencia y serenidad lo que Jesús más tarde ofreció: el amor a Dios y a los hombres. ¿Qué más se puede esperar del Señor, del Hijo del carpintero?
EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN (San Pedro Crisólogo)
El hecho de que una virgen conciba y continúe siendo virgen en el parto y después del parto es algo totalmente insólito y milagroso; es algo que la razón no se explica sin una intervención especial del poder de Dios; es obra del Creador, no de la naturaleza; se trata de un caso único, que se sale de lo corriente; es cosa divina, no humana. El nacimiento de Cristo no fue un efecto necesario de la naturaleza, sino obra del poder de Dios; fue la prueba visible del amor divino, la restauración de la humanidad caída. El mismo que, sin nacer, había hecho al hombre del barro intacto tomó, al nacer, la naturaleza humana de un cuerpo también intacto; la mano que se dignó coger barro para plasmarnos también se dignó tomar carne humana para salvarnos. Por tanto, el hecho de que el Creador esté en su criatura, de que Dios esté en la carne, es un honor para la criatura, sin que ello signifique afrenta alguna para el Creador.
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