LA TRANSFIGURACÓN DEL SEÑOR ¡Qué bien se está aquí!

 

El misterio que hoy celebramos lo manifestó Jesús a sus discípulos en el monte Tabor. En efecto, después de haberles hablado, mientras iba con ellos, acerca del reino y de su segunda venida gloriosa, teniendo en cuenta que quizá no estaban muy convencidos de lo que les ha anunciado acerca del reino, y deseando infundir en sus corazones una firmísima e íntima convicción, de modo que por lo presente creyeran en lo futuro, realizó ante sus ojos aquella admirable manifestación, en el monte Tabor, como una imagen prefigurativa del reino de los cielos. Era como si les dijese: «El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que vuestra fe se debilite, y, por esto, ahora mismo, en el tiempo presente, os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar al Hijo del hombre con la gloria del Padre».
Y el evangelista, para mostrar que el poder de Cristo estaba en armonía con su voluntad, añade: Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Éstas son las maravillas de la presente solemnidad, éste es el misterio, saludable para nosotros, que ahora se ha cumplido en la montaña, ya que ahora nos reúne la muerte y, al mismo tiempo, la festividad de Cristo. Por esto, para que podamos penetrar, junto con los elegidos entre los discípulos inspirados por Dios, el sentido profundo de estos inefables y sagrados misterios, escuchemos la voz divina y sagrada que nos llama con insistencia desde lo alto, desde la cumbre de la montaña.
Debemos apresurarnos a ir hacia allí -así me atrevo a decirlo- como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.
Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!
Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí!, donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras.
Anastasio Sinaíta, obispo
Del sermón en el día de la Transfiguración del Señor (Núms. 6-10: Mélanges d´archéologie et d´histoire 67 [1955], 241-244)

ALABANZAS DE LA MADRE DE DIOS

 



Tengo ante mis ojos la asamblea de los santos padres, que, llenos de gozo y fervor, han acudido aquí, respondiendo con prontitud a la invitación de la santa Madre de Dios, la siempre Virgen María. Este espectáculo ha trocado en gozo la gran tristeza que antes me oprimía. Vemos realizadas en esta reunión aquellas hermosas palabras de David, el salmista: Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos.
Te saludamos, santa y misteriosa Trinidad, que nos has convocado a todos nosotros en esta iglesia de santa María, Madre de Dios.
Te saludamos, María, Madre de Dios, tesoro digno de ser venerado por todo el orbe, lámpara inextinguible, corona de la virginidad, trono de la recta doctrina, templo indestructible, lugar propio de aquel que no puede ser contenido en lugar alguno, madre y virgen, por quien es llamado bendito, en los santos evangelios, el que viene en nombre del Señor.
Te saludamos, a ti, que encerraste en tu seno virginal a aquel que es inmenso e inabarcable; a ti, por quien la santa Trinidad es adorada y glorificada; por quien la cruz preciosa es celebrada y adorada en todo el orbe; por quien exulta el cielo; por quien se alegran los ángeles y arcángeles; por quien son puestos en fuga los demonios; por quien el diablo tentador cayó del cielo; por quien la criatura, caída en el pecado, es elevada al cielo; por quien toda la creación, sujeta a la insensatez de la idolatría, llega al conocimiento de la verdad; por quien los creyentes obtienen la gracia del bautismo y el aceite de la alegría; por quien han sido fundamentadas las Iglesias en todo el orbe de la tierra; por quien todos los hombres son llamados a la conversión.
Y ¿qué más diré? Por ti, el Hijo unigénito de Dios ha iluminado a los que vivían en tinieblas y en sombra de muerte; por ti, los profetas anunciaron las cosas futuras; por ti, los apóstoles predicaron la salvación a los gentiles; por ti, los muertos resucitan; por ti, reinan los reyes, por la santísima Trinidad.
¿Quién habrá que sea capaz de cantar como es debido las alabanzas de María? Ella es madre y virgen a la vez; ¡qué cosa tan admirable! Es una maravilla que me llena de estupor. ¿Quién ha oído jamás decir que le esté prohibido al constructor habitar en el mismo templo que él ha construido? ¿Quién podrá tachar de ignominia el hecho de que la sirviente sea adoptada como madre?
Mirad: hoy todo el mundo se alegra; quiera Dios que todos nosotros reverenciemos y adoremos la unidad, que rindamos un culto impregnado de santo temor a la Trinidad indivisa, al celebrar, con nuestras alabanzas, a María siempre Virgen, el templo santo de Dios, y a su Hijo y esposo inmaculado: porque a él pertenece la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
San Cirilo de Alejandría, obispo
De la homilía de pronunciada en el Concilio de Éfeso (Homilia 4: PG 77,991.995-996)


𝐄𝐋 𝐌𝐈𝐋𝐀𝐆𝐑𝐎 𝐃𝐄 𝐒𝐀𝐍 𝐁𝐄𝐍𝐈𝐓𝐎

 


San Benito hizo muchos milagros en vida, pero uno de ellos es particularmente llamativo: "salvó a un hombre de ahogarse al convertirse brevemente en otra persona". Un monje llamado Plácido estaba tomando agua del lago, accidentalmente cayó y fue arrastrado rápidamente por la corriente.A pesar de que Benito se encontraba a una buena distancia del lago, milagrosamente supo lo que había sucedido y de inmediato ordenó a otro monje, llamado Maurus, correr hacia el lago para salvar a Plácido.

Cuando Maurus llegó al lago – sin pensarlo- corrió sobre la superficie del agua, agarró a Plácido por el pelo y lo arrastró hasta la orilla.Sólo se dio cuenta de que había caminado sobre el agua después de que él estaba ya de vuelta en tierra. San Gregorio Magno escribe que Maurus “se maravilló y tenía miedo de lo que había hecho.”

Y aquí es donde las cosas se ponen todavía más extrañas. Hablando sobre el evento más tarde ese mismo día, Maurus insistió en que difícilmente había estado consciente de caminar sobre el agua mientras lo hizo.

¿Y Plácido? Él afirmó que la persona que lo había sacado del agua en el medio del lago no llevaba puesta la ropa de Maurus, sino la de Benito. En otras palabras, de alguna manera misteriosa, aunque Maurus había sido el que fue al lago, Benito había trabajado milagrosamente a través de él para caminar sobre las aguas y salvar a Plácido.

FRASES DE SANTA ISABEL DE LA TRINIDAD




He hallado mi cielo en la tierra pues el cielo es Dios y Dios está en mi alma. EP (Carta) 110.

El contemplativo es un ser que vive bajo el resplandor de la faz de Cristo, que penetra en el misterio de Dios impulsado no por la luz que proyecta el pensamiento humano sino por la claridad que produce la palabra del Verbo encarnado. EP 137

Creo que si Él me ha amado tan apasionadamente y me ha hecho tantos favores es por verme tan débil. EP 49.

Mi ideal consiste en ser la Alabanza de su gloria. EP 232. ¿Qué importa estar en el cielo o en la tierra? Vivamos en el amor para glorificar al Amor. Cuanto más cerca se vive de Dios más se ama. EP 53.

Las almas penetran en Dios mediante la fe viva y allí, simplificadas y en paz, El las conduce por encima de las cosas y gustos sensibles hasta la tiniebla sagrada quedando transformadas en imagen de Dios. Esas almas viven, según la expresión de San Juan, en sociedad (Jn. 1,3) con las Tres adorables Personas, en comunión de vida. En esto consiste la vida contemplativa.

Es una contemplación que conduce a la posesión. Ahora bien, esta posesión simple es la vida eterna disfrutada en el abismo sin fondo. Es allí, donde por encima de la razón, nos espera el profundo reposo de la inmutabilidad divina. (Tratados Espirituales, día 4to del Manuscrito “A”)

Las rejas no existirán nunca para nuestros corazones… en el Carmelo el corazón se dilata y su amor es aún más intenso. EP 81. Mirad, en el Carmelo el corazón se dilata y sabe amar mejor. EP 82

Para vencer el orgullo: matarlo de hambre. Mira, el orgullo es amor propio. Pues bien; el amor de Dios debe ser tan fuerte que anule por completo nuestro amor propio. EP 276

¡Oh muerte! Yo misma te llamaría a gritos si no tuviese la esperanza de sufrir y hacer algún bien en la tierra. Yo he hallado mi cielo en la tierra en mi querida soledad del Carmelo, donde vivo a solas con Dios solo. Todo lo hago con Él. Por eso realizo las cosas con alegría divina. Que barra, trabaje o haga oración, todo me resulta encantador y delicioso porque descubro a mi divino Maestro en todas partes. EP 83

Me parece que mi misión en el cielo consistirá en atraer las almas al recogimiento interior. La auténtica unión divina no está en las dulzuras espirituales sino en el desprendimiento y en el dolor. La Virgen me parece más imitable que cualquier santa. Su vida era tan sencilla…

 Cuando se ama, se desea el bien para la persona amada. Presiento que mi misión en el cielo consistirá en atraer las almas, ayudándoles a salir de ellas mismas, para unirse al Señor a través de un movimiento sencillo y amoroso, y conservarlas en ese gran silencio interior que permite a Dios imprimirse en ellas, transformarlas en Él mismo. EP 295

Vivamos de amor para morir de amor y para glorificar a Dios que es Amor. EP 295. 

Todo depende de la intención que se tenga. Podemos santificar hasta las cosas más pequeñas y transformar en divinos los actos más ordinarios de la vida. EP 275

¡Amar! Es tan sencillo… Es entregarse a los designios de su voluntad divina como Él se entregó a la voluntad del Padre. Es permanecer en Él porque el corazón del que ama ya no vive en sí sino en Aquel que es el objeto de su amor. Es sufrir por Él, aceptando alegremente todos los sacrificios e inmolaciones que nos permiten agradar a su Corazón. EP 257

No nos purificaremos considerando nuestra miseria sino contemplando a Aquel que es la pureza y la santidad. San Pablo dice que: el Señor nos ha destinado a ser semejanza de la imagen de su Hijo (Rm 8,29). En los momentos más angustiosos, piense que el Artista divino se sirve del cincel para embellecer más su obra y permanezca en paz bajo la mano que la está labrando. EP 228.

Cuando te aconsejo la oración, no se trata de imponerse una cantidad de oraciones vocales para rezarlas diariamente. Hablo, más bien, de esa elevación del alma a Dios a través de todas las cosas que nos constituye en una especie de comunión ininterrumpida con la Santísima Trinidad, obrando con sencillez a la luz de su mirada. EP 202.

Creo que nada refleja mejor el amor del Corazón de Dios que la Eucaristía. Es la unión, la comunión, es Él en nosotros, nosotros en Él. Y ¿no es esto el cielo en la tierra? EP 165




SALMO 103: HIMNO AL DIOS CREADOR

 


Salmo 103-I:

Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto.

Extiendes los cielos como una tienda,
construyes tu morada sobre las aguas;
las nubes te sirven de carroza,
avanzas en las alas del viento;
los vientos te sirven de mensajeros;
el fuego llameante, de ministro.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas;

pero a tu bramido huyeron,
al fragor de tu trueno se precipitaron,
mientras subían los montes y bajaban los valles:
cada cual al puesto asignado.
Trazaste una frontera que no traspasarán,
y no volverán a cubrir la tierra.

De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
en ellos beben las fieras de los campos,
el asno salvaje apaga su sed;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Salmo 103-II:
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.

Él saca pan de los campos,
y vino que le alegra el corazón;
y aceite que da brillo a su rostro,
y alimento que le da fuerzas.

Se llenan de savia los árboles del Señor,
los cedros del Líbano que él plantó:
allí anidan los pájaros,
en su cima pone casa la cigüeña.
Los riscos son para las cabras,
las peñas son madriguera de erizos.

Hiciste la luna con sus fases,
el sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas y viene la noche,
y rondan las fieras de la selva;
los cachorros rugen por la presa,
reclamando a Dios su comida.

Cuando brilla el sol, se retiran,
y se tumban en sus guaridas;
el hombre sale a sus faenas,
a su labranza hasta el atardecer.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Salmo 103-III:
Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.

Ahí está el mar: ancho y dilatado,
en él bullen, sin número,
animales pequeños y grandes;
lo surcan las naves, y el Leviatán
que modelaste para que retoce.

Todos ellos aguardan
a que les eches comida a su tiempo:
se la echas, y la atrapan;
abres tu mano, y se sacian de bienes;

escondes tu rostro, y se espantan;
les retiras el aliento, y expiran
y vuelven a ser polvo;
envías tu aliento, y los creas,
y repueblas la faz de la tierra.

Gloria a Dios para siempre,
goce el Señor con sus obras,
cuando él mira la tierra, ella tiembla;
cuando toca los montes, humean.

Cantaré al Señor mientras viva,
tocaré para mi Dios mientras exista:
que le sea agradable mi poema,
y yo me alegraré con el Señor.

Que se acaben los pecadores en la tierra,
que los malvados no existan más.
¡Bendice, alma mía, al Señor!

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

CRISTO HA NADIDO DE LA VIRGEN


 

El Amigo de los hombres se ha hecho hombre, naciendo de la Virgen

San Proclo de Constantinopla
sobre la Natividad del Señor, 1-2 (PG 65,843-846)
Alégrense los cielos, y las nubes destilen la justicia, porque el Señor se ha apiadado de su pueblo. Alégrense los cielos, porque, al ser creados en el principio, también Adán fue formado de la tierra virgen por el Creador, mostrándose como amigo y familiar de Dios. Alégrense los cielos, porque ahora, de acuerdo con el plan divino, la tierra ha sido santificada por la encarnación de nuestro Señor, y el género humano ha sido liberado del culto idolátrico. Las nubes destilen la justicia, porque hoy el antiguo extravío de Eva ha sido reparado y destruido por la pureza de la Virgen María y por el que de ella ha nacido, Dios y hombre juntamente. Hoy el hombre, cancelada la antigua condena, ha sido liberado de la horrenda noche que sobre él pesaba.
Cristo ha nacido de la Virgen, ya que de ella ha tomado carne, según la libre disposición del plan divino: La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros; por esto, la Virgen ha venido a ser madre de Dios. Y es virgen y madre al mismo tiempo, porque ha dado a luz a la Palabra encarnada, sin concurso de varón; y, así, ha conservado su virginidad por la acción milagrosa de aquel que de este modo quiso nacer. Ella es madre, con toda verdad, de la naturaleza humana de aquel que es la Palabra divina, ya que en ella se encarnó, de ella salió a la luz del mundo, identificado con nuestra naturaleza, según su sabiduría y voluntad, con las que obra semejantes prodigios. De ellos según la carne, nació el Mesías, como dice san Pablo.
En efecto, él fue, es y será siempre el mismo; mas por nosotros se hizo hombre; el Amigo de los hombres se hizo hombre, sin sufrir por eso menoscabo alguno en su divinidad. Por mí se hizo semejante a mí, se hizo lo que no era, aunque conservando lo que era. Finalmente, se hizo hombre, para cargar sobre sí el castigo por nosotros merecido y hacernos, de esta manera, capaces de la adopción filial y otorgarnos aquel reino, del cual pedimos que nos haga dignos la gracia y misericordia del Señor Jesucristo, al cual, junto con el Padre y el Espíritu Santo, pertenece la gloria, el honor y el poder, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNOS Y CANTOS A SANTA MARÍA



Rosa entre rosas,
flor de las flores,
Virgen de vírgenes
y Amor de amores.

Rosa en que el Señor
puso su querer,
flor la más hermosa
que se vio nacer,
Virgen que hace dulce
nuestro padecer,
Amor que hace nuestros
sus santos amores.

Rosa entre rosas,
flor de las flores,
Virgen de vírgenes
y Amor de amores.

Gloria a Dios Padre,
gloria a Dios Hijo,
igual por siempre,
gloria al Espíritu. Amén.

****************************************************************



Ruega por nosotros,
amorosa Madre,
para que tu Hijo
no nos desampare.

De tus ojos penden
las felicidades;
míranos, Señora,
no nos desampares.

Bien veo, Señora,
Madre de mi alma,
que por mis pecados
lágrimas derramas.

Gloria, gloria al Padre,
gloria, gloria al Hijo,
gloria para siempre
igual al Espíritu. Amén.
**********************************
Salve, Madre; en la tierra de tus amores,
te saludan los cantos que alza el amor.
Reina de nuestras almas, flor de las flores,
muestra aquí de tu gloria los resplandores,
que en el cielo tan sólo te aman mejor.

Virgen santa, Virgen pura,
vida, esperanza y dulzura
del alma que en ti confía;
Madre de Dios, Madre mía,
mientras mi vida alentare
todo mi amor para ti;
mas si mi amor te olvidare...,
Madre mía, Madre mía,
aunque mi amor te olvidare,
tú no te olvides de mí.
----------------------------------------
Quiero seguirte a ti, flor de las flores,
siempre decir cantar de tus loores;
no me partir de te servir,
mejor de las mejores.

Gran confianza tengo yo en ti, Señora,
mi esperanza está en ti, hora tras hora;
de tribulanza, sin tardanza
venme a librar ahora.

Estrella del mar, puerto de belleza
de todo mi dolor en mi tristeza
venme a librar y confortar,
Señora de la alteza.

---------------------------------------
Tú eres toda hermosa
¡oh Madre del Señor!;
tú eres de Dios gloria,
la obra de su amor.

¡Oh rosa sin espinas!,
¡Oh vaso de elección!
de ti nació la vida,
por ti nos vino Dios.

Sellada fuente pura
de gracia y de piedad,
bendita cual ninguna,
sin culpa original.

Infunde en nuestro pecho
la fuerza de tu amor,
feliz Madre del Verbo,
custodia del Señor. Amén.

EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE VIDA

 


La Eucaristía es la vida de todos los pueblos. La Eucaristía les proporciona un principio de vida. Todos pueden reunirse sin ninguna barrera de raza o de lengua para celebrar las sagradas fiestas de la Iglesia. La Eucaristía les da la ley de la vida, en la que prevalece la caridad, de la cual este sacramento es la fuente; por esta razón forma entre ellos un lazo común, una especie de parentesco cristiano. Todos comen del mismo pan, todos son convidados de Jesucristo, que crea entre ellos sobrenaturalmente una simpatía de costumbres fraternales. Leed los Hechos de los Apóstoles, que afirman que la muchedumbre de los primeros cristianos, judíos conversos y paganos bautizados, originarios de diversas regiones, tenían un sólo corazón y una sola alma (Hech 4,32). ¿Por qué? Porque eran constantes en escuchar la enseñanza de los Apóstoles y perseveraban en la fracción del pan.
Sí, la Eucaristía es la vida de las almas y de las sociedades humanas. Como el sol es la vida de los cuerpos y de la tierra. Sin el sol la tierra sería estéril, es él quien la fecunda, la embellece y hace rica; es él quien da a los cuerpos la agilidad, la fuerza y la belleza. Ante tales efectos prodigiosos, no es extraño que los paganos le hayan adorado como el dios del mundo. En efecto, el astro del día obedece a un Sol supremo, al Verbo divino, a Jesucristo, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, y que, por la Eucaristía, Sacramento de vida, actúa personalmente, en lo más íntimo de las almas, para formar así familias y pueblos cristianos. ¡Oh dichosa y mil veces dichosa, el alma que ha encontrado este tesoro escondido, que va a beber a esta fuente de agua viva, que come a menudo este Pan de vida eterna!
La comunidad cristiana es, sobre todo, una familia. El vínculo entre sus miembros es Jesús-Eucaristía. Él es el padre que ha preparado la mesa familiar. La fraternidad cristiana ha sido promulgada en la Cena por la paternidad de Jesucristo. Él llama a sus Apóstoles «hijitos míos» es decir, mis niños, y les manda que se amen los unos a los otros como Él los amó.
En la mesa santa todos son hijos, que reciben el mismo alimento y san Pablo saca la consecuencia de que forman una sola familia, un mismo cuerpo, pues todos participan de un mismo pan, que es Jesucristo. Finalmente, la Eucaristía da a la comunidad cristiana la fuerza para practicar la ley de honrar y amar al prójimo. Jesucristo quiere que se honre y ame a los hermanos. Por esto se personifica en ellos: «cada vez que lo hicisteis con uno de éstos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40); y se da a cada uno en Comunión.
(San Pedro Julián Eymard, presbítero)

EXAMINAD SI LOS ESPÍRITUS PROVIENEN DE DIOS


 

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.

Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
«¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?»
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión de pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios. Más tarde, cuando se dedicó a las prácticas espirituales, esta experiencia suya le ayudó mucho a comprender lo que sobre la discreción de espíritus enseñaría luego a los suyos.
Luis Gonçalves de Cámara
De los Hechos de san Ignacio recibidos de labios del mismo santo (Cap. 1,5-9: Acta Sanctorum Iulii 7 [1868], 647)

VÍA CRUCIS CON SAN JOSÉ


 
Nos ponemos en presencia del Señor:  
Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos, líbranos, Señor,  Dios Nuestro. 
En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. 
Amén



PRIMERA ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

En el silencioso trayecto hasta Belén, José, el hombre de la vida interior, tal vez recapacitó para sus adentros: “Éste, que hoy nacerá, volverá a renacer como Mesías, como Salvador…”. El camino de la fe-confianza nos exige acompañamiento, entrega, renuncia y ánimo. Nadie como José supo hacer tanto desde el silencio y la obediencia por Dios y por los hombres. ¡Cuánto se parecieron en estas horas! ¡José obediente en cada sueño y siempre! ¡Jesús obediente hasta la muerte y sin demasiado ruido hasta en su mismo juicio! 

 


SEGUNDA ESTACIÓN: Jesús con la Cruz a cuestas camino al calvario. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

  La vida es amor y muchas veces por amar se sufre. No hay vida sin dolor, sin dificultades, sin cruz. En la vida de José, desde la aldea de Nazaret, hubo noches de dudas, de sueños, de sufrimientos y de angustias, pero también de certezas. El Señor, por la calle del calvario, vuelve la mirada a su pasado. Allá, en el fondo de una noche hermosa y estrellada, una figura amada y respetada, salta en su pensamiento: ¡José, mi padre! El que me enseñó a enfrentar y ser fuerte ante el peso de las dificultades. 

 


TERCERA ESTACIÓN: Jesús cae por  primera vez. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Jesús, de pequeño, seguramente subiendo por las calles de Nazaret, debe haber tropezado una y otra vez: de la fuente de agua hasta la casa acompañando a María, de las mieses a la sinagoga o del juego hasta el taller donde trabajaba José. Pero siempre sintió y entendió que una experimentada mano, maternal en María y paternal amorosa en José, lo iba a levantar. Son las mismas manos, las que en estas horas de ascenso hasta el calvario, siente sobre su hombro otra vez. María con su presencia y José en su corazón y memoria: ¡Animo, hijo, soy José! ¡Todo sea por la voluntad de Dios! 


CUARTA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con su Madre. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

 María, la gran mujer del SÍ, que desde la mañana hasta entrada la noche, tantas veces cuidó, alimentó, arrulló, vistió al niño Jesús, se asoma en la esquina más insospechada para llorar y abrazar a su hijo. La presencia de María es una certeza para Jesús. “No estás solo: Aquí como siempre está Tu Madre”. No son sólo dos amores los que se hallan frente a frente, no son solamente dos corazones los que se fusionan en un impresionante abrazo. En medio de tanto dolor, la Madre lleva a Jesús el cariño y el amor de aquel que nunca desapareció de sus entrañas: José siempre presente en el corazón. Dos tesoros, los más preciados por José, se encuentran en el camino de la cruz: María y Jesús de Nazaret.  



QUINTA ESTACIÓN: El Cireneo ayuda a Jesús a cargar la Cruz. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

En medio del ruido sobrecogedor y estremecedor en el camino al calvario, con risas, gritos y burlas, una mano amiga levanta el madero y lo carga. Simón de Cirene, un humilde trabajador, ayuda en medio de ese espectáculo a subir la cima del Monte Calvario. Quién sabe, si de haber vivido José, no hubiera cargado esa cruz para soportarla sobre su propio hombro antes que dejarla en el de Jesús. Seguramente para Jesús esta actitud del cireneo le recordó a tantas actitudes de José. Tal vez Jesús, sintiendo el peso de la cruz, debe haber pensado: “Si José hubiera vivido, como buen carpintero, habría aliviado de madera el peso de la cruz”.  


SEXTA ESTACIÓN: La Verónica limpia el rostro de Jesús.  

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Cuántas veces en el taller Jesús le acercó a José un trapo para secarse el sudor por el trabajo. Un paño limpio e intachable, como la vida misma de José, coloca con cariño la Verónica sobre el rostro de Jesús de Nazaret. Y es que el camino de la cruz se hace más humano y más divino con el alivio de este gesto de amor para con el rostro sufriente de Jesús. La fe y la caridad se hacen presentes en este gesto de amor para con quien sufre. Si valiente fue una mujer ante el semblante sangriento de Jesús, no lo fue menos en su día, la audacia y la serenidad del bueno de San José. José guardó limpio su hogar, amó con devoción a María su mujer y siempre pensó que Jesús era la transparencia viva y real del amor de Dios. 



SÉPTIMA ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez.  

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Con la única tregua de la caída como descanso, Jesús sigue manifestando públicamente su más alto ideal: el amor a Dios en los hombres. Seguramente, en algún momento de su niñez, la voz de José le susurró al oído: “Lo malo, hijo mío, no es caer, equivocarse. Lo triste es caer sin hacer de nuevo un esfuerzo por levantarse, por comenzar una vez más”. Las palabras y el recuerdo de José, el varón justo, son la fuerza para levantarse y seguir. 


OCTAVA ESTACIÓN: Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

En el camino al calvario hay palabras de fe, de ánimo y gestos de amor para con Jesús. A pocos metros de llegar al Gólgota, un grupo de mujeres detiene la mirada del Maestro. Son presencia de compasión y de misericordia. Aun estando su vida en peligro, y a punto de extinguirse, Jesús les resignifica sus lágrimas: ¡Lloren por los hombres! ¡Lloren por ustedes! José le enseñó que no siempre el hombre talla, ni trata bien, ni aprovecha dignamente, la madera noble.  


NOVENA ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Una vez más, Jesús con su rostro en tierra. Tres caídas en el camino, y podrían haber sido muchas más, cuando la locura del amor quiere ser elevada a su máximo exponente en el estandarte de la cruz. Con la rodilla en el suelo, sus ojos buscan en esta vía dolorosa la luz del cielo. Una luz, una lámpara como aquella que alumbró tantas noches de pobreza y de búsqueda de Dios el hogar de Nazaret: la llama de José ¿Acaso José no hablaría de tú a tú con Jesús, como un padre lo hace con su hijo, para formarlo, educarlo, prevenirlo y estimularlo para cuando llegasen una y otra vez, dos y tres veces, las humillaciones o las espinas que clava la vida? 


DÉCIMA ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestiduras.  

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Jesús nació en Belén despojado de todo bien. Unos pañales en la cuna de paja fueron el único abrigo de Dios con apariencia de niño, mientras José era testigo mudo y sereno ante tanto misterio. En la cruz, despojado de todo vestido. Tanto en Belén como en el calvario sintió el calor de la presencia de María. José, hombre despojado de riquezas y de abundancia, con convencimiento y fe, le enseñó a Jesús que a Dios se llega, se conquista y se entra por la puerta de la sencillez y de la pobreza.  


DECIMOPRIMERA ESTACIÓN: Jesús es clavado en la Cruz. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Los clavos sujetan a Jesús en la cruz con la misma fuerza con la que los ojos de José se fijaron en él. Los clavos hieren a Jesús. El afecto de José lo hizo crecer. Los clavos traspasan manos y pies. El amor de José superó todos los límites de bondad y de entrega, de obediencia y de fe. ¿Cuáles fueron más fuertes? ¿Los clavos de la cruz o el amor de José? ¿Cuáles fueron más profundos? ¿Los clavos que perforaron la madera o aquellos otros que sostienen con firmeza los valores, las convicciones, la justicia, el amor a Dios que con prudencia San José le enseñó a Jesús? 


DECIMOSEGUNDA ESTACIÓN: Jesús muere en la Cruz.  

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

El Rey del mundo, aquel que siendo niño caminó de la mano de José, se alza entre burlas y sollozos, erguido y sufriente, apuntando -por el hombre- hacia el Padre. El Rey del cielo nació en Belén y, por el calvario, nos trasladará a todos a una nueva vida recién amanecida. José, el hombre de la dulce muerte, el hombre que acompaña el buen morir, quién sabe si en aquel instante de desgarro y abandono no gritó a través del centurión: “¿No se dan cuenta lo que hacen? ¡Han dejado morir al mismo Hijo de Dios!” En una cosa se parece la muerte de Jesús a la de José: en las dos, estuvo cerca María. 


DECIMOTERCERA ESTACIÓN: Jesús es bajado de la Cruz. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

Aquel que en tantos amaneceres y anocheceres se sintió protegido por los brazos de San José, ahora en el atardecer del Viernes Santo, es sostenido, llorado, reverenciado y guardado en los de María. En Nazaret fue cuidado y recogido con mimo, arrullado por las manos de la Virgen María y bendecido muchas veces por San José. Pero al final, en el punto culmen del trayecto de la pasión, cuando el cielo y la tierra parecen fundirse en un abrazo por la cruz, es cuando  el silencio de San José se hace cercano y protector del hijo que bajó hasta el abismo de la misma muerte. 

 


DECIMOCUARTA ESTACIÓN: Jesús es colocado en el sepulcro. 

Te adoramos oh Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo. 

La semilla esparcida con pasión y regada con amor llega a dar el ciento por uno. Jesús, desde Belén, pasando por Nazaret y subiendo a Jerusalén, fue grano del amor de Dios que, siendo pequeño, maduró definitivamente y con sangre en el árbol de la cruz. José, el hombre que esperó y creyó contra toda esperanza, también sembró con paciencia y serenidad lo que  Jesús más tarde ofreció: el amor a Dios y a los hombres. ¿Qué más se puede esperar del Señor, del Hijo del carpintero?

EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN (San Pedro Crisólogo)


 

El hecho de que una virgen conciba y continúe siendo virgen en el parto y después del parto es algo totalmente insólito y milagroso; es algo que la razón no se explica sin una intervención especial del poder de Dios; es obra del Creador, no de la naturaleza; se trata de un caso único, que se sale de lo corriente; es cosa divina, no humana. El nacimiento de Cristo no fue un efecto necesario de la naturaleza, sino obra del poder de Dios; fue la prueba visible del amor divino, la restauración de la humanidad caída. El mismo que, sin nacer, había hecho al hombre del barro intacto tomó, al nacer, la naturaleza humana de un cuerpo también intacto; la mano que se dignó coger barro para plasmarnos también se dignó tomar carne humana para salvarnos. Por tanto, el hecho de que el Creador esté en su criatura, de que Dios esté en la carne, es un honor para la criatura, sin que ello signifique afrenta alguna para el Creador.

Hombre, ¿por qué te consideras tan vil, tú que tanto vales a los ojos de Dios? ¿Por qué te deshonras de tal modo, tú que has sido tan honrado por Dios? ¿Por qué te preguntas tanto de dónde has sido hecho, y no te preocupas de para qué has sido hecho? ¿Por ventura todo este mundo que ves con tus ojos no ha sido hecho precisamente para que sea tu morada? Para ti ha sido creada esta luz que aparta las tinieblas que te rodean; para ti ha sido establecida la ordenada sucesión de días y noches; para ti el cielo ha sido iluminado con este variado fulgor del sol, de la luna, de las estrellas; para ti la tierra ha sido adornada con flores, árboles y frutos; para ti ha sido creada la admirable multitud de seres vivos que pueblan el aire, la tierra y el agua, para que una triste soledad no ensombreciera el gozo del mundo que empezaba.
Y el Creador encuentra el modo de acrecentar aún más tu dignidad: pone en ti su imagen, para que de este modo hubiera en la tierra una imagen visible de su Hacedor invisible y para que hicieras en el mundo sus veces, a fin de que un dominio tan vasto no quedara privado de alguien que representara a su Señor. Más aún, Dios, por su clemencia, tomó en sí lo que en ti había hecho por sí y quiso ser visto realmente en el hombre, en el que antes sólo había podido ser contemplado en imagen; y concedió al hombre ser en verdad lo que antes había sido solamente en semejanza.
Nace, pues, Cristo para restaurar con su nacimiento la naturaleza corrompida; se hace niño y consiente ser alimentado, recorre las diversas edades para instaurar la única edad perfecta, permanente, la que él mismo había hecho; carga sobre sí al hombre para que no vuelva a caer; lo había hecho terreno, y ahora lo hace celeste; le había dado un principio de vida humana, ahora le comunica una vida espiritual y divina. De este modo lo traslada a la esfera de lo divino, para que desaparezca todo lo que había en él de pecado, de muerte, de fatiga, de sufrimiento, de meramente terreno; todo ello por el don y la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, ahora y siempre y por los siglos inmortales. Amén.

(San Pedro Crisólogo,Sermón 148: PL 52, 596-598)

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“El verdadero humilde ha de ir contento por el camino que le llevare el Señor.” (Camino de Perfección 17, 1)
“La oración es la llave para abrir la puerta que le permite a Dios trabaje en nuestra vida, y para que haga su obra en nosotros, tenemos que ser humildes en todo, para dejarnos someternos por Él y sentir que somos en todo, dependientes de Él, con un absoluto reconocimiento de la necesidad de Él. Todo el cimiento de la oración va fundado en humildad, y mientras más se abaja un alma y se empequeñece en la oración, más la ensalza Dios” (VII Moradas 4, 9.).
“Siempre me parece que encuentro razones que me hacen ver que es mayor virtud disculparme; esto algunas veces es lícito, pero a mí me falta discreción o mejor dicho humildad, para disculparme sólo cuando es conveniente. Verdaderamente hace falta mucha humildad para verse condenar sin culpa y callar, y es gran imitación del Señor, que nos quitó todas las culpas” (Camino de Perfección 15, 1-2).
“Y como todo este edificio va fundamentado en humildad, cuanto más nos vamos acercando a Dios mayor ha de ser esta virtud y si no, todo se viene abajo” (Libro Vida 12, 5).
“Es falta de humildad que tú quieras que se te de lo que nunca has merecido, y por eso creo que no tendrá mucha humildad quien lo desee; porque así como un pobre labrador está lejos de desear ser rey, pareciéndole imposible porque no lo merece, así lo está el humilde de cosas semejantes” (VI Moradas 9, 16).
“Muchas veces permite el Señor una caída para que el alma quede más humilde” (Carta 400, 5)
“Por subidas que estéis en los cielos; pues mientras estamos en esta tierra no hay cosa que más nos importe que la humildad. Y luego añade; “¿para qué hemos de querer alas para volar?; más que busque cómo aprovechar más en esto. Y a mi parecer jamás nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza; y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes.” (Castillo Interior I, 2)
“El verdadero humilde siempre anda dudoso en virtudes propias, y le parecen más ciertas y de más valor las que ve en sus prójimos.
(Camino de Perfección 38,9)
“Parezcámonos en algo a nuestro Rey, que no tuvo casa sino en el portal de Belén adonde nació”(Camino de Perfección 2,9)
“Pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí aprenderemos la verdadera humildad” (I Moradas 2, 10-11)
“¡Cuánto honor recibirá el que por Cristo no quiso honores y con gusto se vio humillado!” (Libro Vida 27, 14).
“Y con esto no andéis turbadas ni inquietas, que aunque no fuese de Dios, si tenéis humildad y buena conciencia, no os dañará, que sabe Su Majestad sacar de los males bienes, y por el camino que el demonio os quería perder, ganaréis más” (VI Moradas 9, 13).
“Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante, a mi parecer sin considerarlo, sino de presto, esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira.” (VI Moradas 10,7)
“Cada una mire en sí lo que tiene de humildad, y verá lo que está aprovechada. Paréceme que al verdadero humilde, aun de primer movimiento, no osará el demonio tentarle en cosa de mayorías; porque, como es tan sagaz, teme el golpe. Es imposible, si uno es humilde, que no gane más fortaleza en esta virtud.” (Camino de Perfección 12,6)
“Procurad tener limpia conciencia y humildad, menosprecio de todas las cosas del mundo”(Camino de Perfección 21,7)
“La humildad verdadera aunque el alma se reconozca ruin y nos aflija ver lo que somos y sintamos verdaderamente que somos grandes pecadores, no viene con alboroto ni desasosiega el alma ni la oscurece ni le causa sequedad; más bien goza de ello con quietud, con suavidad, con luz... Le duele lo que ofendió a Dios; pero le ensancha el corazón su misericordia. Tiene luz para humillarse y alabar a Su Majestad porque la soportó tanto”(Libro Vida 30, 9).
“Si se es humilde, no se teme perder la vida ni el prestigio por amor de Dios” (Libro Vida 21, 1)
“El amador verdadero de Dios ha de amar poco su vida y su prestigio, no le importa lo que otros opinen” (Camino de Perfección 12).
“Hagan oraciones, anden con humildad, supliquen al Señor no los traiga en tentación; que, cierto que, a no haber esta señal, que andan en ella. Mas andando con humildad y procurando saber la verdad, sujetas a confesor, fiel es el Señor” (Camino de Perfección 69
“El verdaderamente humilde ha de desear con verdad ser tenido en poco y perseguido y condenado sin culpa, aun en cosas graves. Porque si quiere imitar al Señor, ¿en qué mejor puede imitarle que en esto? Y para esto no hacen falta fuerzas corporales ni ayuda de nadie, sino de Dios” (Camino de Perfección 15, 1-2).
“Verdad es que sirviendo con humildad, en fin, nos socorre el Señor en las necesidades” (Camino de Perfección 38,6)
“Examine cada una la humildad que tiene y verá lo que ha avanzado. Si uno es humilde al ser tentado hará balance de su vida y comparará lo que ha hecho por el Señor con lo que le debe, y el misterio de su humillación para darnos ejemplo de humildad, mirando sus pecados y a dónde merecía estar por ellos. Sale el alma tan gananciosa, que el demonio no osa volver otro día para no salir con la cabeza quebrada” (Camino de Perfección 12, 6).
“Pues procuremos mirar siempre las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros y tapar sus defectos con nuestros grandes pecados” (Libro Vida 13,10).
“La que le parezca que es tenida entre todas en menos, téngase por más dichosa; y así lo es si lo lleva como lo debe llevar, que no le faltará honor en esta vida y en la otra” (Camino de Perfección 13, 3).
“Cuando nos hagan algún halago o algún regalo o cuando nos traten bien pensemos que no lo merecemos, que cierto es contra la razón que nos traten bien en esta vida” (Camino de Perfección 13, 2).
“Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester (necesario) alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a Padre, pedirle como a Padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija.” (Camino de Perfección 28,2)

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