EL MISTERIO DEL PURGATORIO

 


DOCTRINA CATÓLICA DEL PURGATORIO 

 EL PURGATORIO ES un estado transitorio de purificación necesaria para aquellos que, habiendo muerto en gracia de Dios y teniendo segura su salvación, necesitan mayor purificación para llegar a la santidad necesaria para entrar en el cielo. Esta purificación es totalmente distinta al castigo del infierno. 

 El purgatorio es doctrina de fe formulada en los Concilios de Florencia (cf. DS 1304) y de Trento (cf. DS 1820; 1580). Dios creó los seres humanos para que disfruten de su Creador viéndole en la Gloria. Sin embargo todos hemos pecado y en esa condición no se puede entrar en el cielo, pues nada manchado puede entrar en el Cielo; por lo cual, todos necesitamos la redención de Jesucristo para poder ir al Cielo. Jesús nos purifica con el poder de su Sangre para poder ser admitidos al cielo. 

La salvación es posible solo por medio de Jesucristo. Si morimos en gracia de Dios es porque hemos recibido esa gracia por los méritos de Jesucristo que murió por nosotros en la cruz. La purificación del purgatorio también es gracias a Jesucristo. 

 El purgatorio es necesario porque pocas personas se abren tan perfectamente a la gracia de Dios aquí en la tierra como para morir limpios y poder ir directamente al cielo. Por eso muchos van al purgatorio donde los mismos méritos de Jesús completan la purificación. Según esto, el alma que está en el purgatorio ha sido ya liberada de sus culpas, pero como de ellas no hizo en la tierra una penitencia suficiente, debe padecer ahora la pena del purgatorio, que elimine en su ser «toda herrumbre o mancha de pecado», disponiéndole así para la perfecta y beatífica unión con Dios. 

 Santa Catalina de Génova en su tratado del Purgatorio, nos da un ejemplo claro con el fin de entender el propósito del paso por el Purgatorio y su efecto en el alma: “Imaginemos un enamorado, que aunque desea de todo corazón unirse con su amada, viéndose a sí mismo lleno de miserias en el alma y en el cuerpo, en forma alguna quiere realizar su unión conyugal en tanto no recupere una salud perfecta que le haga digno de ella. La misma fuerza del amor le lleva, pues, sin vacilar, a someterse en una clínica a tratamientos muy severos y dolorosos, psíquicos y somáticos, con tal de librarse cuanto antes de todas las miserias personales que hacen la unión indigna e imposible. Pues bien, después de la muerte, el alma enamorada de Dios, que todavía ve en sí muchas miserias no purificadas, siente la necesidad del purificatorio, y a él se somete, agradecida a la misericordia divina, para disponerse cuanto antes a la perfecta unión con el Señor” 

Fundamento Bíblico sobre la existencia del Purgatorio 

 La doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio encuentra fundamento en la Biblia, cuando esta se sabe interpretar correctamente: El texto del 2 Macabeos 12, 43-46 da por supuesto que existe una purificación después de la muerte. (Judas Macabeo) “efectuó entre sus soldados una colecta... a fin de que allí se ofreciera un sacrificio por el pecado... Pues... creían firmemente en una valiosa recompensa para los que mueren en gracia de Dios... Ofreció este sacrificio por los muertos; para que fuesen perdonados de su pecado”.

 Asimismo las palabras de nuestro Señor: “El que insulte al Hijo del Hombre podrá ser perdonado; en cambio, el que insulte al Espíritu Santo no será perdonado, ni en este mundo, ni en el otro”. Mt 12,32. “Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo”. Lucas 12,58-59  En estos pasajes Jesús habla de un castigo temporal que no puede ser el infierno ni tampoco el cielo. 

 Se llega a semejante conclusión en la carta de San Pablo, 1 Corintios 3, 12-13: “Pues la base nadie la puede cambiar; ya está puesta y es Cristo Jesús. Pero, con estos cimientos, si uno construye con oro, otro con plata o piedras preciosas, o con madera, caña o paja, la obra de cada uno vendrá a descubrirse. El día del Juicio la dará a conocer porque en el fuego todo se descubrirá. El fuego probará la obra de cada cual: si su obra resiste el fuego, será premiado; pero, si es obra que se convierte en cenizas, él mismo tendrá que pagar. El se salvará, pero como quien pasa por el fuego". De manera que hay un fuego después de la muerte que, diferente al del infierno, es temporal. El alma que por allí pasa se salvará. A ese estado de purgación le llamamos el "purgatorio". 1 Cor 15,29: "De otro modo, ¿qué harán los que se bautizan por los muertos, si en ninguna manera los muertos resucitan? ¿Por qué pues se bautizan por los muertos?" La palabra "bautismo" es utilizada aquí como una metáfora para expresar sufrimiento o penitencia (Mc 10,38-39; Lc 3,16; 12,50). 

Pablo escribe sobre una práctica entre los cristianos de "bautizarse" por los difuntos. El no la condena, si no que la exalta como válida porque demuestra fe en la resurreción. Compare 1 Cor 15,29 con 2 Macabeos 12,44 y verá la similitud. Mensaje N° 23 – 8/12/99,17:00 Hs. (Veo a la Virgen llorar sangre y me muestra una imagen del mundo al tiempo que me dice:) "Éste es el mundo en donde mis hijos se matan" Las penas del purgatorio Aunque no sea doctrina-definida, se mantiene como doctrina común que el sufrimiento mayor del purgatorio consiste en la "pena de ausencia", porque las almas están temporalmente privadas de la visión beatífica. Sin embargo, no hay comparación entre este sufrimiento y las penas del infierno. El purgatorio es temporal y por eso lleva consigo la esperanza de ver a Dios algún día cara a cara. Las almas lo llevan con paciencia, pues comprenden que la purificación es necesaria. Lo aceptan generosamente por amor de Dios y con perfecta sumisión a su voluntad. Las penas del purgatorio son proporcionales al grado de pecado de cada persona. Es probable que las penas del purgatorio van disminuyendo gradualmente y aumente en ellas la alegría de la cercana entrada en el cielo. Estas almas tienen total certeza de la salvación y poseen fe, esperanza y caridad. Saben que ellas mismas están en amistad con Dios, confirmadas en gracia. 

 Respecto de las penas, nos dice Santa Catalina de Génova en su libro “Tratado del Purgatorio”, que se experimenta a la vez, gran gozo y gran dolor: “Verdad es que el amor de Dios, que redunda en el alma, según entiendo, le da un gozo tan grande que no se puede expresar; pero este contentamiento, al menos a las almas que están en el purgatorio, no les quita su parte de pena. Y es aquel amor, que está como retardado, el que causa esa pena; una pena que es tanto más cruel cuanto es más perfecto el amor de que Dios la hace capaz. Así pues, gozan las almas del purgatorio de un contento grandísimo, y sufren al mismo tiempo una grandísima pena; y una cosa no impide la otra” “Cuando el alma, por visión interior, se ve así atraída por Dios con tanto fuego de amor, que redunda en su mente, se siente toda derretir en el calor de aquel amor fogoso de su dulce Dios. Y ve que Dios, solamente por puro amor, nunca deja de atraerla y llevarla a su total perfección”. “Cuando el alma ve esto, mostrándoselo Dios con su luz; cuando encuentra en sí misma aquel impedimento que no le deja seguir aquella atracción, aquella mirada unitiva que Dios le ha dirigido para atraerla; y cuando, con aquella luz que le hace ver lo que importa, se ve retardada para poder seguir la fuerza atractiva de aquella mirada unitiva, se genera en ella la pena que sufren los que están en el purgatorio”. 

 María Simma, humilde campesina del Norte de Austria, fallecida hace varios años, quien tenía el Don de ver y hablar con las almas del purgatorio nos refería lo siguiente acerca del Purgatorio: “Diría que es una invención genial por parte de Dios. Y aquí quisiera proponerles una imagen toda mía. Supongan que un día se abre una puerta y aparece un ser extraordinariamente bello, de una belleza tal, nunca vista sobre la tierra. Aquí quedan fascinados, trastornados por este SER de luz y de belleza, tanto más que él demuestra estar locamente enamorado de ustedes (lo que nunca se hubiesen imaginado); se dan cuenta que también él tiene un gran deseo de atraerlos a sí, de abrazarlos; y el fuego del amor que quema ya en sus corazones los empuja seguramente a precipitarse entre sus brazos. Pero ustedes, se dan cuenta, en ese preciso instante, de que hace meses que no se lavan, que huelen mal, que se sienten horriblemente feos; tienen la nariz que chorrea, los cabellos grasosos y pegoteados, horribles manchas de suciedad sobre la ropa, etc., etc. Entonces se dicen a sí mismos: "¡No, no es posible que yo me presente en este estado!. Es preciso que antes me lave, me duche, y luego, rápidamente, regrese a verlo…". Pero he aquí que el amor nacido en sus corazones es tan intenso, tan fuerte, tan abrasador, que este atraso debido a la ducha es absolutamente insoportable. Y el dolor mismo de la ausencia, aunque dure sólo pocos minutos, causa un ardor atroz en el corazón. Y, ciertamente, este ardor es proporcional a la intensidad de la revelación del amor: es una Llama de amor. Pues bien, el Purgatorio es exactamente esto. Es un atraso impuesto por nuestra impureza, un atraso antes del abrazo de Dios, una Llama de amor que hace sufrir terriblemente; una espera, o si quieren, una nostalgia, del Amor. Es precisamente esta Llama, esta ardorosa nostalgia la que nos purifica de todo lo que aún es impuro en nosotros. Me atrevería a decir que el Purgatorio es un lugar de deseo, del deseo loco de Dios, de Dios que ya ha sido reconocido y visto, pero al cual el alma todavía no se ha unido. Las almas del Purgatorio hablan con frecuencia con María sobre ese gran deseo, de esa sed que tienen de Dios, y cómo ese deseo es para ellas profundamente doloroso; es, sin duda, una verdadera agonía. En la práctica el Purgatorio es una gran crisis, una crisis que nace de la falta de Dios.



¿Es Dios quien envía las almas al Purgatorio? 

 Es el alma misma quien quiere ir al Purgatorio para purificarse, antes de entrar en el Paraíso. Pero aquí es preciso decir también que el alma, cuando está en el Purgatorio, adhiere perfectamente a la voluntad de Dios; por ejemplo, se complace del bien y desea nuestro bien; experimenta tanto amor por Dios, y también por quienes aún estamos en la tierra. Estas almas están perfectamente unidas al Espíritu de Dios o, si se quiere, a la Luz de Dios. Por eso el alma que experimenta este amor de Dios y por Dios, si hallase otro purgatorio mayor que el purgatorio, para poder quitarse más pronto aquel impedimento de estar contemplando el Rostro de Dios, allí se lanzaría dentro, en forma totalmente voluntaria, por el ímpetu de aquel amor que hace conformes a Dios y al alma. 

 ¿Cuales son los pecados que con más frecuencia conducen al Purgatorio? 

 Son los pecados contra la caridad, contra el amor hacia el prójimo, la dureza del corazón, la hostilidad, la calumnia. La maldición y la calumnia se cuentan entre las culpas más graves que necesitan una larga purificación. He aquí un relato bastante esclarecedor, basado en la experiencia de una mística de nuestro tiempo: “Se le pidió a la mística, informase si un hombre y una mujer; estaban en el Purgatorio. Con gran asombro de quienes se lo habían pedido, la mujer ya estaba en el Paraíso y el hombre en el Purgatorio. Pero en realidad esa mujer había muerto después de un aborto, mientras que el hombre iba con frecuencia a la iglesia y llevaba una vida, aparentemente, bastante digna y piadosa. La vidente (Maria Simma) se informa nuevamente, pensando que podría haberse equivocado. Pero no, era tal cual: en realidad los dos murieron contemporáneamente, pero la mujer se había arrepentido sinceramente de lo que había hecho, y había sido muy humilde; en cambio el hombre, aunque religioso, juzgaba todo y a todos, siempre se lamentaba, hablaba mal de la gente, y criticaba. Por eso su purgatorio era muy largo. Conclusión: "Nunca se debe juzgar según las apariencias".  

Otros pecados contra la caridad son, por cierto, todos nuestros repudios hacia algunas personas que no amamos, nuestro rechazo en hacer las paces, en perdonar, y todos los rencores que encerramos en el corazón. Es por eso que al momento de dejar este mundo, nos halle la muerte sin deudas de ningún tipo hacia nadie, en paz con todo el mundo, libres de rencor y resentimiento. Por eso debemos tratar de no llevarnos mal con la gente y sobre todo si tenemos diferencias o entredichos, saber pedir perdón y perdonar. El alma no debe quedar atada a ningún resentimiento de la tierra. 

 Un alma visitó a la mística, quien le preguntó el porqué de su estadía en el purgatorio; y esta contó que tenía una amiga, con la cual surgió una enemistad muy grande; y esa enemistad había sido causada por ella misma y, a pesar de todo, había conservado su rencor por años y años; y cuando su amiga, en varias circunstancias, había venido a pedirle de hacer las paces, de reconciliarse, ella la rechazaba; y cuando cayó gravemente enferma, había mantenido cerrado su corazón, a rechazar la paz que se le proponía; y hasta en el lecho de muerte, aquella amiga había venido a suplicarle de hacer las paces; pero aún en su lecho de muerte ella había rechazado reconciliarse. Por ese motivo se encontraba aún en un purgatorio muy doloroso, y por eso había venido a pedir ayuda a la mística. Este testimonio sobre la gravedad de conservar el rencor es muy significativo. Por lo que se refiere a las palabras, nunca se dirá bastante acerca de cómo una palabra de crítica, una palabra malévola pueda realmente matar, y también cómo una buena palabra pueda curar.

¿Cómo podemos ayudar a las almas del Purgatorio? 

 Nuestra oración por las almas de los difuntos solo puede ayudar a los que están en el purgatorio ya que la condición del infierno es irreversible y los que están en el cielo no necesitan oración, pero, como no tenemos la certeza si un alma está en el purgatorio o no (excepto en el caso de los que han sido llevado a los altares), es recomendable orar por todos los difuntos. 

Nuestras oraciones por las almas del purgatorio pueden reducir sus penas en intensidad y duración. Cuando estas almas lleguen al cielo (antes no pueden) sin duda rezarán por sus benefactores. La preocupación de sufragar por las almas del Purgatorio no es sólo un deber de justicia y de caridad, es también un gran beneficio, porque las almas del Purgatorio están muy agradecidas por los alivios que les damos y nos protegen. Si nosotros con el sufragio rogamos por ellas, ellas ciertamente responden rezando por nosotros. Sus plegarias son muy eficaces, porque son santas y nos procuran beneficios inmensos, tanto para nuestra vida corporal como espiritual. Entre las obras de sufragio por las almas del Purgatorio, hay tres que tienen un efecto maravilloso: La oración, la Santa Misa y las Indulgencias. 

Súplicas a la Santísima Virgen En Alivio De Las Benditas Almas Mas Abandonadas Del PURGATORIO 

 ¡Oh Madre de misericordia! tan grande es vuestra bondad, que no podéis descubrir miserias sin compadecemos. Mirad, os suplicamos, con caritativos ojos las afligidas almas que sufren en el Purgatorio, sin poderse procurar alivio alguno en sus tremendas penas, y moveros a compasión. 

 Por vuestra piedad y por el amor que tenéis a Jesús, os pedimos mitiguéis sus sufrimientos, y les procuréis eterno descanso. Pero ¡ah! cuán doloroso debe ser para vuestro maternal corazón, la conducta de innumerables cristianos, que dejan en el olvido las pobres almas del Purgatorio! ¡Esperan nuestros sufragios, y apenas hay quien se acuerde de ellas! 

¡Oh María! dignaos inspirar a todos los fieles una tierna y viva compasión por nuestros hermanos difuntos: comunicadles un ardiente deseo de ofrecer por ellas obras satisfactorias, y ganar, en su favor, cuantas indulgencias les sean aplicables a fin de que pronto vayáis a gozar de Dios. Oíd ahora las súplicas que por ellas os hacemos.  



LA CRUZ DE CRISTO, SALVACIÓN DEL GÉNERO HUMANO


La cruz de Cristo, salvación del género humano

San Efrén de Nísibe, diácono
De los sermones sobre nuestro Señor (Sermón 20, 3-4.9: Opera, ed. Lamy, 1, 152-158. 166-168) (del lecc. par-impar)





Nuestro Señor fue conculcado por la muerte, pero él, a su vez, conculcó la muerte, pasando por ella como si fuera un camino. Se sometió a la muerte y la soportó deliberadamente para acabar con la obstinada muerte. En efecto, nuestro Señor salió cargado con su cruz, como deseaba la muerte; pero desde la cruz gritó, llamando a los muertos a la resurrección, en contra de lo que la muerte deseaba.
La muerte le mató gracias al cuerpo que tenía; pero él, con las mismas armas, triunfó sobre la muerte. La divinidad se ocultó bajo los velos de la humanidad; sólo así pudo acercarse a la muerte, y la muerte le mató, pero él, a su vez, acabó con la muerte. La muerte, en efecto, destruyó la vida natural, pero luego fue destruida, a su vez, por la vida sobrenatural.
La muerte, en efecto, no hubiera podido devorarle si él no hubiera tenido un cuerpo, ni el infierno hubiera podido tragarle si él no hubiera estado revestido de carne; por ello quiso el Señor descender al seno de una virgen para poder ser arrebatado en su ser carnal hasta el reino de la muerte. Así, una vez que hubo asumido el cuerpo, penetró en el reino de la muerte, destruyó sus riquezas y desbarató sus tesoros.
Porque la muerte llegó hasta Eva, la madre de todos los vivientes. Eva era la viña, pero la muerte abrió una brecha en su cerco, valiéndose de las mismas manos de Eva; y Eva gustó el fruto de la muerte, por lo cual la que era madre de todos los vivientes se convirtió en fuente de muerte para todos ellos.
Pero luego apareció María, la nueva vid que reemplaza a la antigua; en ella habitó Cristo, la nueva Vida. La muerte, según su costumbre, fue en busca de su alimento y no advirtió que, en el fruto mortal, estaba escondida la Vida, destructora de la muerte; por ello mordió sin temor el fruto, pero entonces liberó a la vida, y a muchos juntamente con ella.



El admirable hijo del carpintero llevó su cruz a las moradas de la muerte, que todo lo devoraban, y condujo así a todo el género humano a la mansión de la vida. Y la humanidad entera, que a causa de un árbol había sido precipitada en el abismo inferior, por otro árbol, el de la cruz, alcanzó la mansión de la vida. En el árbol, pues, en que había sido injertado un esqueje de muerte amarga, se injertó luego otro de vida feliz, para que confesemos que Cristo es Señor de toda la creación.
¡A ti la gloria, a ti que con tu cruz elevaste como un puente sobre la misma muerte, para que las almas pudieran pasar por él desde la región de la muerte a la región de la vida!


¡A ti la gloria, a ti que asumiste un cuerpo mortal e hiciste de él fuente de vida para todos los mortales!
Tú vives para siempre; los que te dieron muerte se comportaron como los agricultores: enterraron la vida en el sepulcro, como el grano de trigo se entierra en el surco, para que luego brotara y resucitara llevando consigo a otros muchos.
Venid, hagamos de nuestro amor una ofrenda grande y universal; elevemos cánticos y oraciones en honor de aquel que, en la cruz, se ofreció a Dios como holocausto para enriquecernos a todos.




LA EUCARISTÍA

 



El gran regalo de Jesús para el mundo

La Eucaristía es la principal fuente de la vida cristiana, es el banquete al que todos somos convocados y en el que todos somos bienvenidos. La palabra Eucaristía viene del griego euxaristia, que significa “acción de gracias”.

La Eucaristía es el sacramento instaurando por Jesús antes de su muerte: “Mientras comían, Jesús tomó en sus manos el pan y, habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio a los discípulos, diciendo: Tomen y coman, esto es mi cuerpo. Luego tomó en sus manos una copa y, habiendo dado gracias a Dios, se la pasó a ellos, diciendo: Beban todos ustedes de esta copa, porque esto es mi sangre, con la que se confirma la alianza, sangre que es derramada en favor de muchos para perdón de sus pecados” Biblia: Evangelio de Mateo 26, 26-28

La Eucaristía (Santa Misa) no es un símbolo, no es una representación de Cristo. La Eucaristía (Santa Misa) es Cristo. Es su Cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad. Es el culmen y fuente de la vida cristiana.

Este sacramento, además de llamarse Eucaristía, también es conocido como:

Banquete del Señor (Biblia: 1 Corintios 11, 24)

Fracción del pan: acto que solía practicar Jesús en compañía de sus apóstoles (Biblia: 1 Corintios 11, 20)

Memorial: porque se actualiza la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Comunión: nos convertimos en un solo cuerpo con Cristo. “Cuando bebemos de la copa bendita por la cual bendecimos a Dios, participamos en común de la sangre de Cristo; cuando comemos del pan que partimos, participamos en común del cuerpo de Cristo. Aunque somos muchos, todos comemos de un mismo pan, y por esto somos un solo cuerpo” (Biblia: 1 Corintios 10, 16-17)

Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él”. (Biblia: Evangelio de Juan 6, 56)

Santa Misa: de acuerdo al numeral 1332 del Catecismo de la Iglesia Católica, se llama así porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles («missio») a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.


Jesús se quedó con nosotros en la Eucaristía (Santa Misa)

Jesús amigo que acompaña, es una realidad que pocos han sabido descubrir, porque en la búsqueda de personas con quienes dialogar, se hallan desilusionadas, confundidas e incluso con más soledad. Pero encontrar refugio en Jesús Eucaristía, es uno de los es uno de los regalos más valiosos de la vida.

En Jesús Eucaristía está todo lo que cualquier ser humano necesita. Estar ante su presencia, dialogar con Él, y escucharlo, cambia la manera de ver el mundo y de vivir, porque se trasciende el mero acto mecánico de “mirar”, para ver más allá.

Estudios científicos han demostrado que Jesús acontece realmente en cada Eucaristía. Dichos estudios se basan en analizar las especies de pan y vino antes y después de la consagración por parte del sacerdote (acto que se conoce como el misterio de la transubstanciación), se ha logrado corroborar, que las sustancias de pan y vino, se convierten en el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

Lo cierto, es que más allá de estás investigaciones, la fe de millones de creyentes, es la que permite conocer la experiencia de vida en el sacramento de la Eucaristía. Jesús es el pan de vida eterna que nutre el espíritu diariamente.

Jesús dice: “yo estaré con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo” (Biblia: Evangelio de Mateo, 28, 20) y es verdad, Jesús acontece siempre, en todo momento, en la Eucaristía

Cómo entender mejor la Eucaristía

Muchas personas alrededor del mundo se quedan cortas en palabras para describir el misterio de la Eucaristía (Santa Misa). Algunos santos han expresado lo que el alma y el corazón experimentan en cada encuentro:

El tiempo que paso frente al Sagrario es el tiempo mejor bien empleado de mi vida”. (Santa Catalina de Génova)

La Eucaristía (Santa Misa) nos da una gran inclinación hacia la virtud, una gran paz y facilita el camino de la santificación”. (San Juan Crisóstomo)

No desaprovechemos tan gran oportunidad de negociar con Dios. Él “Jesús” no suele pagar mal el hospedaje si lo recibimos bien”. (Santa Teresa de Ávila)

Si supiéramos el valor del Santo Sacrificio de la Misa, qué celo no tendríamos en asistir a ella”. (Santo Cura de Ars)

Dos clases de personas deben comulgar frecuentemente: las perfectas para mantenerse perfectas y las imperfectas para alcanzar la perfección”. (San Francisco de Sales)

La devoción a la Eucaristía es la más noble de todas las devociones, porque tiene al mismo Dios por objeto; es la más saludable porque nos da al mismo autor de la gracia; es la más suave, porque el Señor es suave”. (San Pío X).

“La Eucaristía, mi autopista hacia el Cielo”. Carlo Acustis

Jesús es presencia viva en la Eucaristía

Reconocer a Jesús en todo y en todos es una gracia especial, un regalo que bien podría pedirse como el don del estupor; sin embargo, experimentarlo en la santa Eucaristía es un bien mayor, no porque sea inalcanzable, sino porque entenderlo y vivirlo es el gran tesoro. Es el lugar por antonomasia donde Jesús se revela.

Incluso, si nos remitimos al pasaje de los discípulos camino a Emaús, Jesús se les aparece, les habla y les explica las escrituras, pero esto no fue suficiente para que ellos lo reconocieran. Estaban hablando de Él mientras caminaban, de hecho, estaban hablando con Él, y ni así pudieron reconocerlo. ¿Cuántas veces estamos hablando de Jesús o con Jesús en medio de la oración, pero no lo vivimos?, ¿cuántas veces creemos que por tener palabras bonitas o por haber experimentado en algún momento su amor, el camino sigue en la misma tónica? ¡no!

Muchas veces nos hemos quedado en el seguimiento de un Jesús que murió, pero no en el Jesús que resucitó y que acontece siempre en la vida. Los discípulos en medio del camino, le dicen a Jesús que se quede esa noche con ellos porque es tarde y se hacía de noche, y es entonces cuando ocurre algo maravilloso. “Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio. En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús” Biblia: Evangelio de Lucas, 24, 30-31

Es en la fracción del pan (la Eucaristía) cuando todos sus sentidos se conectan a reconocer a Jesús. Es en la Eucaristía donde todas nuestras preguntas tienen respuesta, donde la acción de alabanza tiene la razón de ser, donde el amor se desborda y la fuerza de la vida se imprime como alimento hacía el espíritu.

Es en la Eucaristía (Santa Misa) donde hay liberación, sanación, amor, entrega. Es la presencia real del cuerpo, la sangre y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo.

Por eso, si te cuesta reconoce la presencia viva de Jesús en la Eucaristía (Santa Misa), recuerda que tienes la invitación al gran banquete. Ve a la presencia del Señor en la Eucaristía y reconócelo. Él nunca se deja ganar en generosidad para que le reconozcas y te goces en Él.

(Padre Carlos Yepes)

MES DE MAYO, FLORES PARA MARÍA

Mayo es el mes de la flores y el mes dedicado a María, ofrezcámosle flores con estas frases de santos para cada día 



1 de mayo 

“Virgen al concebir, Virgen al dar a luz, Virgen para siempre. ¿Por qué se admiran de esto los hombres? Dios tenía que nacer de esta manera cuando se dignó hacerse hombre.” San Agustín

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2 de mayo

“¡Oh Santísima Virgen! ¡Dígnate escuchar nuestras súplicas, distribuir entre nosotros tus dones y darnos parte en la abundancia de gracias de que estás llena!”. San Atanasio

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3 de mayo

“¡Oh Madre mía! Por la aflicción que experimentaste al ver a tu Divino Hijo inclinar la cabeza y espirar en la Cruz, te suplico que me concedas una buena muerte.” San Alfonso Ma. de Ligorio

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4 de mayo

“María, por ti los cielos saltan de alegría, los ángeles se alegran y los demonios huyen, el demonio tentador cayó del Cielo y la criatura caída se ha puesto en su lugar.” San Cirilo de Alejandría

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5 de mayo

“¡Oh María! no me quites tu socorro! Pero, ¿cómo podrías quitármelo si eres la Reina de la Misericordia? ¿Quién si no los miserables son el objeto de tu piedad?”. San Bernardo

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6 de mayo

“Tú que eres Madre de Dios y puedes mandar a las potestades del infierno, dígnate mandar que impidan a los demonios causarnos daño, y haz que los ángeles nos protejan.” San Buenaventura

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7 de mayo

“Eres el consuelo que el mismo Dios me ha concedido, mi guía en la peregrinación de este mundo, la fuerza en mi debilidad, la riqueza en mi miseria y el bálsamo que cura mis heridas.” San Germán

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8 de mayo

“María es para nosotros un cielo, porque nos trae a Dios. El Altísimo se ha anonadado y en Ella ha hecho mansión, se ha hecho pequeño en Ella para hacernos grandes.” San Efrén

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9 de mayo

“Señora, tu nombre es suspiro del alma. Tu nombre es perfume de unción. Tu nombre es alegría en el corazón, miel en la boca, melodía para los oídos”. San Antonio de Padua

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10 de mayo

“Con la práctica fiel de las virtudes más humildes y sencillas, has hecho, Madre mía, visible a todos el camino recto del Cielo.” Santa Teresa de Lisieux

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11 de mayo

“En el Cielo nos quedaremos gratamente sorprendidos al conocer todo lo que tú, María Auxiliadora, has hecho por nosotros en la tierra.” San Juan Bosco

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12 de mayo

“¿Quién no se anima al verte tan tierna, tan compasiva? Si es pecador, tus caricias lo enternecen. Si es tu fiel devoto, tu presencia enciende la llama viva del amor divino”. Santa Teresa de los Andes

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13 de mayo

“Tu vientre intacto, sin labrar ni sembrar más que por el rocío del Cielo, dio a luz al Salvador, proporcionando a los mortales el alimento de la vida eterna”. San Ireneo

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14 de mayo

“En ti pongo todos los frutos de mi vida y de mi ministerio; a ti encomiendo el destino de la Iglesia; en ti confío y te declaro una vez más: Totus tuus, María! Todo tuyo!”. San Juan Pablo II

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15 de mayo

“¡Madre de mi Salvador! Concédeme que te ame cuanto me sea posible, te invoque mientras pueda y contribuya a honrarte tanto como mis fuerzas lo permitan!”. San Alfonso Ma de Ligorio

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16 de mayo

“María es pura, sin mancha. El Dios de bondad podría crear un mundo más hermoso que el que existe, pero no podría crear una criatura más perfecta que María”. Santo Cura de Ars

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17 de mayo

“Concédeme, ¡oh María!, la gracia de amar a mi Señor Jesucristo, tu Hijo, con un amor verdadero y perfecto, y la de amarte después de Él, sobre todas las cosas. Santo Tomás de Aquino

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18 de mayo

“¡Oh María! Bajo tu Santa custodia me pongo sin reservas (…) para que mis pensamientos, palabras y obras sean dirigidas según tu voluntad y la de tu adorable Hijo.” San Luis Gonzaga

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19 de mayo

“Santísima Virgen, dame las fuerzas para vencer las tentaciones de mis enemigos, y preside todas las acciones de mi vida, para que pueda obtener la eterna felicidad.” San Juan Damasceno

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20 de mayo

“Virgen María, a ti recurrimos, ¿Podrás rechazarnos, tú que nunca has abandonado a los que te invocan en sus necesidades con toda la sinceridad de su corazón?” S. Bernardino de Siena

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21 de mayo

“¡Cuántas virtudes brillan en ti, María! Asilo de la pureza, estandarte de la fe, modelo de la devoción; Virgen en la casa, Madre en el templo.” San Ambrosio

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22 de mayo

“Por ti, María, ha sido rechazada la muerte, despojado el infierno, derribados los ídolos y propagado el conocimiento del Cielo y de tu Divino Hijo por toda la tierra.” San Epifanio

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23 de mayo

“Tú, que eres tan poderosa en el cielo y en la tierra, intercede a mi favor para que, bajo tus auspicios, pueda vivir según la ley de Dios y gozar la dicha de verte en la eternidad.” San Pedro Damiano

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24 de mayo

“A quien Dios quiere hacer muy santo, lo hace devoto de ti, Santísima Virgen María”. San Luis María Griñón de Monfort

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25 de mayo

“Así como llevaste a Cristo materialmente en tu seno, concédenos que, siguiendo tus huellas, podamos llevarlo nosotros espiritualmente.” Santa Clara de Asís

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26 de mayo

“Dios te salve, María, Madre de Dios. En ti está y estuvo todo la plenitud de la gracia y todo bien”. San Francisco de Asís

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27 de mayo

“El Padre Celestial, al enviar a su Hijo para la Redención del mundo, te escogió a ti, María; en ti, el Cielo se une con la Tierra. San Juan XXIII

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28 de mayo

“¡Oh María, generosa con los necesitados, dígnate hacernos experimentar los efectos de tu caridad, de tu bondad y de tu prodigalidad!”. San Bernardo

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29 de mayo

“Cuán prontamente deseo hacerme esclavo de ti Señora, cuán ávidamente anhelo no verme jamás separado de servirte.” San Ildefonso de Toledo

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30 de mayo

“A ti recurro, a la que nunca ha sufrido repulsa del Señor y cuya misericordia no ha faltado nunca a nadie, cuya clemencia no ha desoído la súplica”. San Guillermo de París

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31 de mayo

“Pregunta a los ángeles que la rodean, si la igualan en perfección y responderán que son muy inferiores a Ella en gracias, méritos y virtud.” San Francisco de Sales

FRASES DE SAN BUENAVENTURA SOBRE LA EUCARISTÍA



El que desee gustar de la dulzura escondida en el Sacramento del Altar y acercarse dignamente a este mismo Sacramento, ha de disponerse invocando el nombre de la Virgen María.


Acércate a la comunión aun cuando te sientas tibio, fiándolo todo de la misericordia divina, porque cuanto más enfermo se halla uno, tanta mayor necesidad tiene del médico


Por lo mismo que Cristo no debió morir muchas veces, ya que su única muerte satisfizo por los pecados cometidos y por los que en adelante se cometieren; basta, por eso, que muriendo nos dejase la víctima de su cuerpo inmolada una sola vez por nosotros, para que a diario la ofreciésemos místicamente a Dios Padre por los residuos de nuestros delitos en conmutación de la muerte, a la que a diario estamos sujetos por el pecado.


Oh, cristianos, ¿desean ustedes probar su verdadero amor hacia sus seres queridos que se han ido? ¿Desean mandarles su más preciosa ayuda y la llave Dorada del Cielo? Reciban a menudo la Sagrada Comunión por el reposo de sus almas.


Hay en la Santa Misa tantos misterios como gotas de agua en el mar, como átomos de polvo en el aire y como ángeles en el cielo; no sé si jamás ha salido de la mano del Altísimo misterio más profundo.


Afirma San Buenaventura que en cada Santa Misa hace Dios al mundo un beneficio tan apreciable como el de su misma Encarnación.


San Buenaventura escribió de San Francisco de Asís:
“Su amor al sacramento del Cuerpo del Señor era un fuego que abrasaba todo su ser, sumergiéndose en sumo estupor al contemplar tal condescendencia amorosa y un amor tan condescendiente. Comulgaba frecuentemente y con tal devoción, que contagiaba su fervor a los demás, y al degustar la suavidad del Cordero Inmaculado, era muchas veces, como ebrio de espíritu, arrebatado en éxtasis”.

Leyenda Mayor, LM 9, 2.


La Santa Misa es una obra de Dios en la que presenta a nuestra vista todo el amor que nos tiene; en cierto modo es la síntesis, la suma de todos los beneficios con que nos ha favorecido.





CARTA ENCÍCLICA QUAMQUAM PLURIES DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII SOBRE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ


 

CARTA ENCÍCLICA

QUAMQUAM PLURIES

DEL SUMO PONTÍFICE

LEÓN XIII

SOBRE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ

 

 

A nuestros Venerables Hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobispos
y otros Ordinarios, en paz y unión con la Sede Apostólica.

1. Aunque muchas veces antes Nos hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones especiales en el mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo puedan ser insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como motivo de sorpresa que Nos consideremos el momento presente como oportuno para inculcar nuevamente el mismo deber. Durante periodos de tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad— ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los santos —y sobre todo de la Santísima Virgen María, Madre de Dios— cuya tutela ha sido siempre muy eficaz. El fruto de esas piadosas oraciones y de la confianza puesta en la bondad divina, ha sido siempre, tarde o temprano, hecha patente. Ahora, Venerables Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino.

2. Este es el motivo por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos al pueblo cristiano y exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia, el auxilio de Dios Todopoderoso. Estando próximos al mes de octubre, que hemos consagrado a la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, Nos exhortamos encarecidamente a los fieles a que participen de las actividades de este mes, si es posible, con aún mayor piedad y constancia que hasta ahora. Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella. Si, en innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? No, por el contrario creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo, con súplicas tan especiales. Pero Nos tenemos en mente otro objeto, en el cual, de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables Hermanos, avanzarán con fervor. Para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen-Madre de Dios, su casta Esposa, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. Con respecto a esta devoción, de la cual Nos hablamos públicamente por primera vez el día de hoy, sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo. Hemos visto la devoción a San José, que en el pasado han desarrollado y gradualmente incrementado los Romanos Pontífices, crecer a mayores proporciones en nuestro tiempo, particularmente después que Pío IX, de feliz memoria, nuestro predecesor, proclamase, dando su consentimiento a la solicitud de un gran número de obispos, a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica. Y puesto que, más aún, es de gran importancia que la devoción a San José se introduzca en las prácticas diarias de piedad de los católicos, Nos deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de nuestras palabras y nuestra autoridad.

3. Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella. El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propio padres. De esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y durante el curso entero de su vida él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. El se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús. Ahora bien, el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad. Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.

4. Ustedes comprenden bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones se encuentran confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los Padres, y que la sagrada liturgia reafirma, que el José de los tiempos antiguos, hijo del patriarca Jacob, era tipo de San José, y el primero por su gloria prefiguró la grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia. Y ciertamente, más allá del hecho de haber recibido el mismo nombre —un punto cuya relevancia no ha sido jamás negada— , ustedes conocen bien las semejanzas que existen entre ellos; principalmente, que el primer José se ganó el favor y la especial benevolencia de su maestro, y que gracias a la administración de José su familia alcanzó la prosperidad y la riqueza; que —todavía más importante— presidió sobre el reino con gran poder, y, en un momento en que las cosechas fracasaron, proveyó por todas las necesidades de los egipcios con tanta sabiduría que el Rey decretó para él el título de "Salvador del mundo". Por esto es que Nos podemos prefigurar al nuevo en el antiguo patriarca. Y así como el primero fue causa de la prosperidad de los intereses domésticos de su amo y a la vez brindó grandes servicios al reino entero, así también el segundo, destinado a ser el custodio de la religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra. Estas son las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse a la confianza y tutela del bienaventurado José. Los padres de familia encuentran en José la mejor personificación de la paternal solicitud y vigilancia; los esposos, un perfecto de amor, de paz, de fidelidad conyugal; las vírgenes a la vez encuentran en él el modelo y protector de la integridad virginal. Los nobles de nacimiento aprenderán de José como custodiar su dignidad incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por sus lecciones, cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con el precio de su trabajo. En cuanto a los trabajadores, artesanos y personas de menor grado, su recurso a San José es un derecho especial, y su ejemplo está para su particular imitación. Pues José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no sólo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido. José, contento con sus pocas posesiones, pasó las pruebas que acompañan a una fortuna tan escasa, con magnanimidad, imitando a su Hijo, quien habiendo tomado la forma de siervo, siendo el Señor de la vida, se sometió a sí mismo por su propia libre voluntad al despojo y la pérdida de todo.

5. Por medio de estas consideraciones, los pobres y aquellos que viven con el trabajo de sus manos han de ser de buen corazón y aprender a ser justos. Si ganan el derecho de dejar la pobreza y adquirir un mejor nivel por medios legítimos, que la razón y la justicia los sostengan para cambiar el orden establecido, en primer instancia, para ellos por la Providencia de Dios. Pero el recurso a la fuerza y a las querellas por caminos de sedición para obtener tales fines son locuras que sólo agravan el mal que intentan suprimir. Que los pobres, entonces, si han de ser sabios, no confíen en las promesas de los hombres sediciosos, sino más bien en el ejemplo y patrocinio del bienaventurado José, y en la maternal caridad de la Iglesia, que cada día tiene mayor compasión de ellos.

6. Es por esto que —confiando mucho en su celo y autoridad episcopal, Venerables hermanos, y sin dudar que los fieles buenos y piadosos irán más allá de la mera letra de la ley— disponemos que durante todo el mes de octubre, durante el rezo del Rosario, sobre el cual ya hemos legislado, se añada una oración a San José, cuya fórmula será enviada junto con la presente, y que esta costumbre sea repetida todos los años. A quienes reciten esta oración, les concedemos cada vez una indulgencia de siete años y siete cuaresmas. Es una práctica saludable y verdaderamente laudable, ya establecida en algunos países, consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios de piedad. Donde esta costumbre no sea fácil de establecer, es al menos deseable, que antes del día de fiesta, en la iglesia principal de cada parroquia, se celebre un triduo de oración. En aquellas tierras donde el 19 de marzo —fiesta de San José— no es una festividad obligatoria, Nos exhortamos a los fieles a santificarla en cuanto sea posible por medio de prácticas privadas de piedad, en honor de su celestial patrono, como si fuera un día de obligación.

7. Como prenda de celestiales favores, y en testimonio de nuestra buena voluntad, impartimos muy afectuosamente en el Señor, a ustedes, Venerables Hermanos, a su clero y a su pueblo, la bendición apostólica.

Dado en el Vaticano, el 15 de agosto de 1889, undécimo año de nuestro pontificado.

LEÓN PP. XIII


Oración a San José

A ti, bienaventurado san José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de tu santísima esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio.

Con aquella caridad que te tuvo unido con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, y por el paterno amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.

Protege, oh providentísimo Custodio de la divina Familia, la escogida descendencia de Jesucristo; aleja de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios. Asístenos propicio desde el cielo, en esta lucha contra el poder de las tinieblas; y como en otro tiempo libraste de la muerte la vida amenazada del Niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia de

Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad.
Y a cada uno de nosotros protégenos con tu constante patrocinio, para que, a ejemplo tuyo, y sostenidos por tu auxilio, podamos vivir y morir santamente y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén




MARÍA, MADRE DE DIOS Y DE LA IGLESIA


 

La vida de María, todos sus títulos y prerrogativas tienen un carácter esencialmente cristológico y están indisolublemente unidos a su misión como Madre de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. 

Todo lo que la Iglesia cree acerca de María está basado en lo que cree acerca de Cristo. La doctrina mariana surge de la doctrina cristiana. Pero, al mismo tiempo, porque Jesús, el Hijo de Dios, nació de la Virgen María, no podemos comprender las principales verdades de nuestra fe sin tener en cuenta cómo la Iglesia ha ido desarrollando la doctrina acerca de María. 

 Cristología y Mariología están íntimamente unidas. Después de la Ascensión de Jesús al cielo, María sólo aparece en las Escrituras en el primer capítulo de los Hechos de los Apóstoles, en el que Lucas explica que los apóstoles y los discípulos regresaron a Jerusalén y perseveraron en oración, esperando la venida del Espíritu Santo que Jesús les había prometido. Allí se nombra expresamente la presencia de María, la Madre de Jesús. 

Y aunque no se la nombra en el momento en que el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles, la Iglesia siempre ha reconocido que ella, que había estado estimulando la oración perseverante de los apóstoles y discípulos, estaba también allí, abierta al Espíritu, en ese momento en que la Iglesia se hace presente ante el mundo. Pero María no tuvo un lugar preeminente en la Iglesia primitiva, pues siguiendo el mandato de Jesús, fueron los apóstoles y más tarde San Pablo los protagonistas y los testigos escogidos por Dios para proclamar la Buena Nueva del Evangelio. Sin embargo, la presencia de María en el cristianismo primitivo no fue la de una simple y silenciosa testigo, sino la de una personalidad cualificada y única. Desde el inicio, los cristianos fueron comprendiendo la importancia de María en la vida de Cristo y, por eso, ya fue mencionada en el primer Evangelio que se escribió, el Evangelio de Marcos, que la menciona en dos ocasiones, como Madre de Jesús. 

Los Evangelios de Mateo y Lucas nos hablan de la infancia de Jesús y presentan a María como partícipe activa y responsable en la Encarnación del Hijo de Dios, que fue el momento clave de la Historia de la salvación; la presentan también como aquella en cuyos brazos los pastores y los Magos encuentran a Jesús en su nacimiento; y la mencionan en diversas ocasiones a lo largo de la vida pública de Jesús. También Juan resalta la función de María como copartícipe en la vida y misión de Jesús, en los momentos decisivos de su vida: al inicio de su vida pública6 y al pie de la Cruz, unida al sacrificio de Jesús. 

Como ya hemos indicado, Lucas resalta también la presencia de María en Jerusalén después de la Ascensión, estimulando la oración perseverante de los apóstoles y discípulos antes de la venida del Espíritu Santo y haciendo posible su venida. Así mismo, como indica el Papa Juan Pablo II en su Carta Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, María, por seguro, estaría presente cuando los primeros cristianos se reunían para celebrar la Eucaristía. 

Aunque silenciosa, Ella acompañó a la Iglesia naciente y estuvo en medio de la comunidad, fortaleciéndoles en la fe, en la esperanza y el amor y ejerciendo su función maternal hacia todos. María cantó en el Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava, y por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada…”. En efecto, a lo largo de los siglos el pueblo cristiano ha proclamado a María bienaventurada porque, en su sencillez y pobreza, fue escogida por Dios para una misión única e inigualable: la de ser Madre de su Hijo hecho hombre. Igualmente, porque María fue escogida para ser la Madre del Hijo de Dios, Él la llenó de su gracia y la hizo inmaculada desde el primer instante de su concepción y María respondió a esa gracia con su SI siempre fiel y constante al plan de salvación de Dios. Porque fue escogida para Madre del Hijo de Dios, permaneció también virgen a lo largo de su vida y Dios la glorificó después de su muerte, resucitándola y llevándola junto a El. 

 En el transcurso de los siglos, la Iglesia ha ido reconociendo esos privilegios de María como dogmas, como verdades de fe, a las que los cristianos se adhieren expresando su veneración y amor a la Madre del Hijo de Dios y Madre nuestra: la maternidad divina, su inmaculada concepción, la virginidad perpetua y la asunción de María a los cielos en cuerpo y alma son los cuatro dogmas que han sido proclamados por la Iglesia como verdades de fe referentes a la Virgen María. El título “Madre de Dios” fue uno de los primeros títulos con el que los cristianos se dirigieron a María y ése fue también el primer dogma mariano que la Iglesia proclamó.


(María, Madre de Dios y de la Iglesia, Concepcionistas, Misioneras de la enseñanza)

ORACIONES Y CANTOS AL ESPÍRITU SANTO

 


𝐋𝐀 𝐇𝐎𝐑𝐀 𝐃𝐄𝐋 𝐄𝐒𝐏Ɩ́𝐑𝐈𝐓𝐔

A nuestros corazones
la hora del Espíritu ha llegado,
la hora de los dones
y del apostolado:
lenguas de fuego y viento huracanado.
Oh, Espíritu, desciende:
orando está la Iglesia que te espera:
visítanos y enciende,
como la vez primera,
los corazones en la misma hoguera.
La fuerza y el consuelo,
el río de la gracia y de la vida
derrama desde el cielo:
la tierra envejecida
renovará su faz reverdecida.
Gloria a Dios, uno y trino:
al Padre Creador, al Hijo amado,
y Espíritu divino
que nos ha regalado;
alabanza y honor le sea dado. Amén.

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INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía tu Espíritu y todo será creado. Y renovarás la faz de la tierra. Oh, Dios, que has iluminado los corazones de tus hijos con la luz del Espíritu Santo: haznos dóciles a sus inspiraciones para gustar siempre el bien y gozar de su consuelo.

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ENVÍA TU ESPÍRITU
¡Oh, Señor, envía tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra! ¡Oh, Señor, que mi alma te bendiga! ¡Oh, Dios, Tú eres grande, vestido de esplendor y belleza! Sobre el agua construyes tus moradas, ¡oh Dios, en las alturas, y en las alas del viento Tú caminas. Es el viento quien lleva tus mensajes, ¡oh Dios!, por los espacios; y tienes un esclavo en el fuego. Asentaste la tierra firmemente, ¡oh Dios!, en sus cimientos, y no temblará por los siglos. L. Deiss

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DANOS TU ESPÍRITU
Danos tu Espíritu, Señor. Donde no hay Espíritu, no puede brotar la vida. Danos tu Espíritu, Señor. Donde no hay Espíritu, lo único posible es el miedo. Danos tu Espíritu, Señor. Donde no hay Espíritu, aparecen los espíritus. Danos tu Espíritu, Señor. Donde no hay Espíritu, la rutina lo invade todo. Danos tu Espíritu, Señor. Donde no hay Espíritu, no podemos congregarnos en tu nombre. Danos tu Espíritu, Señor. Donde no hay Espíritu, Se olvidan las cosas esenciales. Danos tu Espíritu, Señor. Donde no hay Espíritu, no puede haber verdad.
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CREO EN EL ESPÍRITU SANTO
Yo creo en el Espíritu Santo, Espíritu de paz y de unidad, que nos hace hablar una misma lengua, que llevará a cumplimiento todo lo que Jesús nos prometió. Él es el Espíritu de las promesas hechas desde antiguo por Dios y renovadas por Jesús, el Hijo Primogénito del Padre. Yo creo en el Espíritu santo que vive en la Iglesia, que habla por los profetas, que nos resucitará para una vida sin fin. Yo creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, aliento de todo lo bueno que existe, fuerza de toda vida que nace, soplo de toda inspiración y creación. Yo creo en el Espíritu Santo, está presente de mil maneras en la sonrisa abierta, en la mano tendida, en la poesía callada, en la música sonora, en el amor entregado, en la mirada enamorada, en el intento nuevo de superación, en el peso de los años del anciano, en los cálculos del laboratorio, en lo más oculto de nuestro barrio, en lo más impensado de nuestro mundo, en los rincones mismos de donde le echamos...
Álvaro Ginel

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IDENTIDAD DEL ESPÍRITU
El Espíritu es amor. El Espíritu es vida. El Espíritu es vínculo de paz. El Espíritu es fuerza. El Espíritu es valentía. El Espíritu es intuición. El Espíritu es belleza. El Espíritu es armonía. El Espíritu es inspiración. El Espíritu es llamada. El Espíritu es vocación. El Espíritu es aliento. El Espíritu es respiración. El Espíritu es susurro. El Espíritu es soplo. El Espíritu es luz. El Espíritu es lozanía. El Espíritu es ardor. El Espíritu es fuego. El Espíritu es tregua. El Espíritu es creador. El Espíritu es sutil. El Espíritu es imprevisible. El Espíritu es incoercible. El Espíritu es paciente. El Espíritu es bondadoso. El Espíritu es fiel. El Espíritu es generoso. El Espíritu es discreto.
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ALLÍ ESTÁ ÉL
Don de hay transparencia, está el Espíritu. Donde hay limpieza de corazón, está el Espíritu. Donde hay olvido de sí, está el Espíritu. Donde hay virginidad, está el Espíritu. Donde hay capacidad de soledad, está el Espíritu. Donde hay fidelidad de amor, está el Espíritu. Donde hay obediencia, está el Espíritu. Donde hay humildad, está el Espíritu. Donde hay sencillez, está el Espíritu. Donde hay discreción, está el Espíritu. Donde hay buena educación, está el Espíritu. Donde hay convivencia, está el Espíritu. Donde hay austeridad, está el Espíritu. Donde hay generosidad, está el Espíritu. Donde hay pobreza, está el Espíritu. Donde hay compartir y acogida, está el Espíritu. Donde hay entrañas de misericordia, está el Espí ritu. Donde hay creatividad, está el Espíritu. Donde hay oración, está el Espíritu. Donde hay gratuidad, está el Espíritu. Donde hay estancia amorosa, está el Espíritu. Donde hay invocación, está el Espíritu. Donde hay presencia de Dios, está el Espíritu.
(Ángel Moreno)

------------------- PLEGARIA UNIVERSAL Por los que buscan a Dios a tientas, que lo encuentren. VEN, ESPÍRITU, VEN. Por los que creen poseer a Dios, que lo busquen. Por los que tienen miedo del futuro, que tengan confianza. Por los que se levantaron y han vuelto a caer, que tengan nuevas fuerzas. Por los que desesperan, que esperen contra toda esperanza. Por los que se hacen ilusiones, que toquen tierra. Por los que tienen el corazón encogido, que encuentren un corazón amigo. Por los que están solos, que puedan encontrar a alguien. Por los que nadan en la abundancia, que aprendan a tener hambre. Por los que tienen el corazón endurecido, que alguien se lo ablande. Por los que se las creen u se las dan de todo, que se sientan vulnerables. Por los que no tienen necesidad del Espíritu, que oigan el susurro de Pentecostés.
Álvaro Ginel

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EL ESPÍRITU DE DIOS SOBRE MÍ
El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a: consolar a los tristes, sanar a los enfermos, mirar a los abatidos, ayudar a los cansados, echar una manos a los caídos, apoyar a los vacilantes... El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a proclamar: felices los pobres, felices los hambrientos, felices los perseguidos, felices los pacíficos, felices de los corazón abierto y limpio, felices los que lloran, felices los que sufren injusticias... El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha lanzado al mundo para proclamar las cosas que sólo pueden entender las personas de buena voluntad.
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ESPÍRITU DE JESÚS Espíritu de Jesús, todo cuando vive, de Ti recibe aliento. Tú haces en el silencio. Tú obras en lo secreto. Tú construyes sin hacer ruido. Tú estás a la vez profundamente escondido y profundamente presente como la levadura en la masa, como el oxígeno en el agua. Gracias a Ti tenemos ganas de vivir y de construir un mundo mejor. Gracias a Ti siguen vivos los gérmenes de fraternidad y de unidad universales. Gracias a Ti, hombres y mujeres de toda nación, lengua y color van edificando los cielos nuevos y la nueva tierra donde sea posible entenderse en la diferencia. Espíritu de Jesús, acelera el día en la Babel de la desigualdad quede totalmente destruida y un nuevo orden de valores sea la carta magna de todos los ciudadanos del mundo. Espíritu del Señor Resucitado, envuélvenos en una paz donde sea posible llamar a todos hermanos. Tú que vives por los siglos de los siglos.

-Ángel Moreno -
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QUEDAN MUCHOS MUROS
Ven, Espíritu Santo, quedan aún muchos muros que han de ser derribados; aún no sabemos hablar lenguas que todos entiendas, y hay tantas guerras estúpidas. Ven, Espíritu Santo, porque no somos hermanos no conocemos el nombre ni del que está a nuestro lado; seguimos soñando torres que nos hagan superiores, y lo maltratamos todo. Ven, Espíritu Santo, para enseñarnos a orar y saber decir “Jesús”; proclamar su testimonio con la palabra y la vida, y para que grabes en nosotros la imagen viva de Cristo. Ven, Espíritu Santo, Sé nuestro mejor perfume, nuestra alegría secreta, nuestra fuente inagotable, nuestro sol y nuestra hoguera, nuestro aliento y nuestro viento, nuestro huésped y consejero. Ven, Espíritu Santo. Ven, Espíritu amigo. Ven.

DE LA ENCARNACIÓN DEL VERBO


 

De la encarnación del Verbo

San Atanasio de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia
Del Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9: PG 25,110-111)
El Verbo de Dios, incorpóreo, incorruptible e inmaterial, vino a nuestro mundo, aunque tampoco antes se hallaba lejos, pues nunca parte alguna del universo se hallaba vacía de él, sino que lo llenaba todo en todas partes, ya que está junto a su Padre.
Pero él vino por su benignidad hacia nosotros, y en cuanto se nos hizo visible. Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para si un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan sólo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo.
En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor, y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego.
Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción.
De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.
De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.
Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación.



MES DE MAYO, MES DE MARÍA

 


ORIGEN

El mes de mayo parece haber tenido, desde tiempos remotos, una vinculación muy fuerte con la figura de la mujer, y con todo el simbolismo que de ello se desprende. En la Grecia antigua quedó establecida la costumbre de consagrar el mes mayo a Artemisa, diosa de la fecundidad o fertilidad. Algo similar sucedió después en tiempos del imperio romano, pues mayo estaba dedicado a Flora, la diosa de las flores, los frutales y el vino. En honor a esta deidad, precisamente, se celebraban desde finales de abril los Ludi florae, los ‘juegos florales’, o Floralia. Mientras duraban las fiestas, los poetas componían ‘cantos’ dedicados a la diosa, en un intento por hacerse de su favor y que las cosechas fueran abundantes.  

Durante el medioevo, costumbres similares se mantuvieron, todas estas centradas en la llegada del buen tiempo y el alejamiento del invierno. El 1 de mayo era considerado el día que marcaba la plenitud de la primavera.

Antes del siglo XII, en la medida en que las antiguas prácticas paganas fueron cediendo a la expansión y arraigo del cristianismo, fue entrando en vigor la tradición del Tricesimum o "devoción de treinta días a María", dedicadas a la Virgen María, Madre de Dios. Estas celebraciones se llevaban a cabo entre el 15 de agosto y el 14 de septiembre. 

La idea de un mes dedicado específicamente a la Virgen María se configuró un poco después. Esta se remonta al periodo del barroco (siglo XVII), aunque no siempre se celebraba en mayo. El mes dedicado a María incluía, sí, treinta ejercicios espirituales a ser observados uno por día, en honor a la Madre de Dios.

Poco a poco se adoptó la costumbre de celebrar a la Madre de Dios durante el mes de mayo, con lo que la figura de María y el inicio de la primavera quedaron entrelazadas. Luego, se mantendría la costumbre de que cada día del mes diese espacio a una práctica devocional mariana. Esto se extendió y arraigó en el pueblo cristiano en los siglos posteriores y ya para el siglo XIX, mayo había quedado identificado completamente con la Virgen, como hasta hoy. 

EXPRESIONES 

Las formas en que María es honrada durante mayo son tan variadas como las personas que desean honrarla.

Es práctica común que en los hogares o en las parroquias se rece el Santo Rosario a diario y que en muchas iglesias se erija un altar especial con una imagen de la Virgen. Además, está muy difundida la costumbre de coronar a las distintas imágenes o advocaciones de la Madre de Dios. En muchos lugares, por eso, se habla de la Coronación de Mayo.

A menudo, la corona está hecha de hermosas flores que representan la belleza y la virtud de María, lo que también es un recordatorio para los fieles, para que se esfuercen en imitar sus virtudes. En muchos lugares esta coronación implica una gran celebración y, por lo general, se lleva a cabo fuera de la Misa.

Los altares y coronaciones en este mes no son solo privilegios de la parroquia. En los hogares también se puede participar plenamente de esta tradición que es parte de la vida de la Iglesia.

Como hijos de María debemos darle a Ella el lugar más especial, no por la pura fuerza de la costumbre o por las gracias especiales que de Ella solemos obtener, sino porque María es nuestra Madre y se preocupa por todos nosotros, intercediendo incluso en los asuntos más pequeños, velando como madre que es por nuestro bienestar, guiándonos en el camino de la santidad y de llevar a su Hijo a todos los corazones. 

Por eso se merece todo un mes en su honor.



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