LA FIDELIDAD BROTA DE LA TIERRA Y LA JUSTICIA MIRA DESDE EL CIELO

 


Despiértate: Dios se ha hecho hombre por ti. Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz. Por ti precisamente, Dios se ha hecho hombre.
Hubieses muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca te hubieses visto libre de la carne del pecado, si él no hubiera aceptado la semejanza de la carne del pecado. Una inacabable miseria se hubiera apoderado de ti, si no se hubiera llevado a cabo esta misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no hubiera venido al encuentro de tu muerte. Te hubieras derrumbado, si no te hubiera ayudado. Hubieras perecido, si él no hubiera venido.
Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve y temporal. Este se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así -como dice la Escritura-: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor.
Pues la verdad brota de la tierra: Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de una virgen. Y la justicia mira desde el cielo: puesto que, al creer en el que ha nacido, el hombre no se ha encontrado justificado por sí mismo, sino por Dios.
La verdad brota de la tierra: porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo: porque todo beneficio y todo don perfecto viene de arribaLa verdad brota de la tierra: la carne, de María. Y la justicia mira desde el cielo: porque el hombre no puede recibir nada, si no se lo dan desde el cielo.
Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierraPor él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. No dice: «Nuestra gloria», sino: La gloria de Dios; porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por tanto, el que se gloríe, que se gloríe en el Señor, y no en sí mismo.
Por eso, después que la Virgen dio a luz al Señor, el pregón de las voces angélicas fue así: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor. ¿Por qué la paz en la tierra, sino porque la verdad brota de la tierra, o sea, Cristo ha nacido de la carne? Y él es nuestra paz; él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa: para que fuésemos hombres que ama el Señor, unidos suavemente con vínculos de unidad.
Alegrémonos, por tanto, con esta gracia, para que el testimonio de nuestra conciencia constituya nuestra gloria: y no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios. Por eso se ha dicho: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. ¿Pues qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios? Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia.
San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
(Sermón 185: PL 38,997-999) 

TODO EL MUNDO ESPERA LA REPUESTA DE MARÍA

 


Oíste, Virgen, que concebirás y darás a luz a un hijo; oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo. Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que lo envió. También nosotros, los condenados infelizmente a muerte por la divina sentencia, esperamos, Señora, esta palabra de misericordia.
Se pone entre tus manos el precio de nuestra salvación; en seguida seremos librados si consientes. Por la Palabra eterna de Dios fuimos todos creados, y a pesar de eso morimos; mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para ser llamados de nuevo a la vida.
Esto te suplica, oh piadosa Virgen, el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abrahán, esto David, con todos los santos antecesores tuyos, que están detenidos en la región de la sombra de la muerte; esto mismo te pide el mundo todo, postrado a tus pies.
Y no sin motivo aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salvación, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje.
Da pronto tu respuesta. Responde presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por medio del ángel; responde una palabra y recibe al que es la Palabra; pronuncia tu palabra y concibe la divina; emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna.
¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe.
Que tu humildad se revista de audacia, y tu modestia de confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En este asunto no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es buena la modestia en el silencio, más necesaria es ahora la piedad en las palabras.
Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes está llamando a tu puerta. Si te demoras en abrirle, pasará adelante, y después volverás con dolor a buscar al amado de tu alma. Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.
Aquí está -dice la Virgen- la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.
San Bernardo de Claraval, abad
De la Homilía sobre las excelencias de la Virgen Madre 4,8-9 (del lecc. par-impar

CUATRO LECCIONES DE SAN JOSÉ PARA EL ADVIENTO (Por el padre Michael Ackerman)



1. El silencio de Dios

La primera lección de San José para el Adviento es, pues, entrar en el silencio de Dios, que está lleno de gracia, intimidad y amor incondicional. José no callaba porque no tuviera nada que decir. Callaba porque quería escuchar y seguir a Dios por completo.

El Papa Francisco, en su carta apostólica "Patris Corde" ("Con corazón de Padre"), escribe sobre el silencio de San José. "Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza".

Quizá también nosotros, en este Adviento, podamos dedicar tiempo a la oración silenciosa, a la contemplación tranquila ante el Santísimo Sacramento, o incluso a meditar las palabras de la Escritura en los recovecos de nuestro corazón, como hacía san José. Hacerlo no conlleva futilidad, sino, por el contrario, fecundidad y gozosa anticipación de la venida de Cristo al mundo.


2. Servicio y abnegación

La segunda lección que San José nos enseña está enraizada en el servicio y la abnegación. El Papa San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica de 1989 "Redemptoris Custos" ("Guardián del Redentor"),escribe lo siguiente sobre San José: "Su paternidad se ha expresado concretamente ‘al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo".

San José no permitió que sus propias pasiones o deseos egoístas dictaran sus acciones. Por el contrario, fue dócil y receptivo a la voluntad de Dios. Su preparación para la venida de Cristo no estuvo llena de compras, peleas con parientes y galletas. En cambio, nos invita a ti y a mí a ser discípulos que sirven primero a los demás, no a nosotros mismos.

Esto puede adoptar diversas formas. Podemos ofrecer nuestro tiempo a la iglesia o en nuestras comunidades ayudando en despensas de alimentos, refugios para personas sin hogar o misiones de rescate. Podemos ayudar a los que nos rodean y tienen dificultades económicas, emocionales y, sobre todo, espirituales, en persona o a través de organizaciones benéficas. O podemos visitar a los que están confinados en casa, en hospitales, en residencias de ancianos o que no pueden celebrar el nacimiento de Cristo con su familia y amigos por diversas razones. No hay una manera "correcta" de servir, pero el deseo de hacerlo debe estar arraigado en el deseo de José de servir sólo a Dios.


3. Sencillez

En tercer lugar, San José nos enseña una lección de sencillez. El mundo en que vivimos es excesivamente complejo. Estamos tan enamorados de los artilugios, la tecnología, la moda y el entretenimiento que a menudo pasamos por alto lo esencial. Ese no es el mundo de San José.

El Papa Benedicto, en un discurso del Ángelus del 19 de marzo de 2006, dice lo siguiente sobre la sencillez de José: "Su grandeza, como la de María, resalta aún más porque cumplió su misión de forma humilde y oculta en la casa de Nazaret. Por lo demás, Dios mismo, en la Persona de su Hijo encarnado, eligió este camino y este estilo -- la humildad y el ocultamiento -- en su existencia terrena.".

San José no quería "hacerse un nombre". No era un influencer de las redes sociales. Por el contrario, la razón de ser de su vida fue permanecer humilde ante Dios.

San José nos invita durante el Adviento a bajar el ritmo y apreciar a las personas, las bendiciones y los encuentros con Dios que tienen lugar en nuestras vidas. Los regalos, la decoración y entrar en el alocado mundo del comercio minorista no son probablemente las mejores maneras de prepararse para Cristo. En cambio, pasar tiempo con nuestros seres queridos, compartir la fe y las experiencias, o incluso hacer un retiro personal es beneficioso para mantener las cosas sencillas. Sin embargo, hay otra cosa que hace la sencillez: nos permite aumentar nuestra confianza y dependencia de Dios.

En "Patris Corde", el Papa Francisco escribe sobre la "valentía creativa" de San José. "Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia", escribió.

San José, al no dejarse distraer por los adornos de la cultura, pudo tener fortaleza en el plan de Dios gracias a su sencilla confianza en un Dios que le amaba. Esta misma confianza nos es accesible si la mantenemos sencilla.


4. Sacrificio

Por último, San José nos enseña a ti y a mí el valor del sacrificio. El sacrificio es necesario para todos nosotros en nuestras vocaciones, y cualquier padre, esposa, sacerdote, religioso o persona soltera dedicada conoce el valor y la necesidad de esto. En su libro "El misterio de José", el padre Marie-Dominique Philippe escribe sobre el sufrimiento de San José: "No hay duda de que la espada del dolor penetra más profundamente en el corazón de María, pero atraviesa también el corazón de José. En su sufrimiento común, en su tristeza y angustia compartidas, José y María llegan a conocer un nuevo grado de intimidad; juntos dan los primeros frutos de la vida apostólica de Jesús".

San José nos invita a ti y a mí, en las luchas de la vida, a unir nuestro dolor a la cruz de Cristo. El sufrimiento es siempre un misterio, pero no está desprovisto de sentido. Cuanto más unimos nuestro dolor y nuestras luchas a Cristo, más nos acercamos al infinito amor, misericordia y perdón de Dios.

San José, al negar sus propios objetivos, deseos y anhelos, hace de su voluntad una sola con Dios. También nosotros estamos llamados, como él, a unirnos y sacrificarnos. Esto puede hacerse a través de la caridad, el ayuno, el aumento de la oración o regalando cosas que no necesitamos. En cualquier caso, el sacrificio es crucial para preparar el camino a Cristo.

Este Adviento presenta una oportunidad para aumentar nuestro deseo de emular a este gran santo tan amado por Nuestra Señora y Nuestro Salvador. El silencio, el servicio, la sencillez y el sacrificio no son píldoras fáciles de tragar, pero nos acercan a Cristo y a la salvación. Que la alegría anticipada del Adviento nos lleve a todos a amar más profundamente al Niño Jesús por intercesión de San José.

POEMAS Y SONETOS DE PEDRO CASALDÁLIGA

 


DIOS ES DIOS

Yo hago versos y creo en Dios.
Mis versos
andan llenos de Dios, como pulmones
llenos de aire vivo.
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SILENCIO HABLADO

Velo mi mansedumbre
como una espada herida.
Derramando palabras
de mis silencios vengo
y a mis silencios voy.
Y en Tus silencios labras
el grito que sostengo
y el que soy.
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LA GRANADA ABIERTA

Abriré el corazón rotundamente,
igual que una granada.
Para que se lo lleven, grano a grano,
los pájaros del cielo,
las almas de los hombres…
Tú cuídame, Señor, que esté maduro:
que no me caiga a tierra,
inútil, ni una sola
de sus talladas margaritas rojas…
Con tiento el corazón,
alma: con mucho tiento,
que lleva vino de Consagración…
Subo hacia Ti, Señor, sinceramente:
pero con las raíces empapadas
del afán de la tierra…
¡Yo no soy más que un chopo claro
sobre las aguas del Deseo…!
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ORACIÓN DE LOS HERMANOS NUESTROS

Hermanos nuestros
que estáis en el Primer Mundo:
Para que Su Nombre no se ha
blasfemado;
para que venga Su Reino a
nosotros
y se haga Su Voluntad
no sólo en el cielo,
sino también en la tierra,
respetad nuestro pan de cada día,
renunciando a vosotros
a la explotación diaria.
No os empeñéis
en cobrarnos la deuda que no
hicimos
y que os vienen pagando
nuestros niños,
nuestros hambrientos,
nuestros muertos.
No caigáis más en la tentación
del lucro, del racismo, de la guerra;
nosotros miraremos
de no caer en la tentación
del ocio o de la sumisión.
Y librémonos unos a otros de
cualquier mal.
Sólo así podremos rezar juntos
la oración de familia
que el hermano Jesús nos enseñó:
Padre nuestro-Madre nuestra,
que estás en el cielo y estás en la
tierra.
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MADRES

Donde hay pan,
Allí está Dios…
Que el pueblo tenga
en sus manos
el pan de la Eucaristía,
puesto que el pueblo
hace el pan.
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VUELA SU SOMBRA EN EL VIENTO
(Dedicada a la Virgen de la Caridad del Cobre)
Vuela Su sombra en el viento.
Descansa en Su luz la ola.
La imagen intacta y sola,
brinda amores, les da aliento.
Salvados en dulce asiento,
regresan, bajo Su abrigo,
a la tierra que es testigo
del divino nacimiento,
del cubano sentimiento
que del milagro ha surgido.
Vuela a mí, hoy que mi alma,
de oscuridades se envuelve,
y a tientas ya no resuelve
alcanzar la ansiada calma.
Vuela Virgen a la palma,
que nace asida a mi pecho,
entra al corazón deshecho
y canta con suave trino.
Haz de Tu amor mi destino.
Que sean Tus ojos mi lecho.
Coro: Vuela a mí. Quédate.
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EQUÍVOCOS

Donde tú dices ley,
yo digo Dios.
Donde tú dices paz,
justicia,
amor,
yo digo Dios.
Donde tú dices Dios,
yo digo libertad,
justicia,
amor.
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¡SEÑÓR JESÚS!

Mi fuerza y mi fracaso
eres Tú.
Mi herencia y mi pobreza.
Tú mi justicia,
Jesús.
Mi guerra
y mi paz.
¡Mi libre libertad!...
Mi tierra prometida
eres tú…
¡nuestra gloria
por siempre,
Señor Jesús!
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DANOS TU PAZ
Danos, Señor, aquella Paz extraña
que brota en plena lucha
como una flor de fuego;
que rompe en plena noche
como un canto
escondido…
Danos la Paz de los que andan
siempre
desnudos de ventajas
vestidos por el viento…
Aquella Paz del pobre
que ya ha vencido el miedo…
Danos tu Paz, ¡la Tuya!
Tú que eres nuestra Paz.
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NUESTRA HORA

Es tarde
pero es nuestra hora.
Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer el futuro.
Es tarde
pero somos nosotros
esta hora tardía.
Es tarde
pero es madrugada
si insistimos un poco.
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DEUS
ABSCONDITUS

Eres un Dios
escondido,
pero en la carne de un
hombre.
Eres un Dios escondido
en cada rostro de
pobre.
Más tu amor se nos
revela
cuanto más se nos
esconde.
Siempre entre Tú y yo
un puente.
Es imposible el vado.
Tanto me llamas Tú
Como Te busco yo.
Los dos somos
encuentro.
Haciéndome el que soy
—anhelo y búsqueda—,
Tú eres el que eres
—don y abrazo—. 
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EL CORAZÓN LLENO DE NOMBRES

Al final del camino me dirán:
—¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres.
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SONETOS:



ÉL SE HIZO UNO DE TANTOS

En la oquedad de nuestro barro breve
el mar sin nombre de Su luz no cabe.
Ninguna lengua a Su verdad se atreve.
Nadie lo ha visto a Dios. Nadie lo sabe.

Mayor que todo dios, nuestra sed busca,
se hace menor que el libro y la utopía,
y, cuando el Templo en su esplendor Lo ofusca,
rompe, infantil, del vientre de María.

El Unigénito venido a menos
traspone la distancia en un vagido;
calla la gloria y el amor explana;

Sus manos y Sus pies de tierra llenos,
rostro de carne y sol del Escondido,
¡versión de Dios en pequeñez humana!
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LA VISITACIÓN

El tardío precoz hijo convoca
al cumplimiento de las profecías,
y el seno de Isabel se hace boca
junto a la muda fe de Zacarías.

Virgen y madre, sierva y libertaria,
la más mujer de todas las mujeres,
tú has puesto el cielo en la ración diaria
de nuestras amarguras y placeres.

Azoras la montaña de Judá,
grávida de caminos, que no sabe
que en tus andares el Camino va

y cómo será humano ir en pos
de esa ternura que en tu vientre cabe,
feto de sueño y sangre, nuestro Dios.
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NO TIENEN VINO
La verdad es que no tenemos vino.
Nos sobran las tinajas, y la fiesta
se enturbia para todos, porque el sino
es común y la sola sala es ésta.

Nos falta la alegría compartida.
Rotas las alas, sueltos los chacales,
hemos cegado el curso de la vida
entre los varios pueblos comensales.

¡Sangre nuestra y de Dios, vino completo,
embriáganos de Ti para ese reto
de ser iguales en la alteridad.

Uva pisada en nuestra dura historia,
vino final bebido a plena gloria
en la bodega de la Trinidad!
-------

LOS DIEZ LEPROSOS

Eran diez leprosos. Era
esa infinita legión
que sobrevive a la vera
de nuestra desatención.

Te esperan y nos espera
en ellos Tu compasión.
Hecha la cuenta sincera,
¿cuántos somos?, ¿cuántos son?

Leproso Tú y compañía,
carta de ciudadanía
nunca os acaban de dar.

¿Qué Francisco aún os besa?
¿Qué Clara os sienta a la mesa?
¿Qué Iglesia os hace de hogar?
-------

EUNUCO POR EL REINO DE DIOS

Voy a engarzar en paz esas espinas
entre las rosas todavía nuevas.
Mi voluntad rendida Tú examinas,
Tú mi holocausto sin retorno pruebas.

Tus manos han ceñido mis riñones
desde la mocedad. Te ha reservado
mi corazón la flor de sus carbones.
Si he amado, Señor, a Ti te he amado.

Mi opción de eunuco por el Reino ostento
sobre esta frágil condición de hombre,
capaz, con todo, de acoger Tu aliento.

Cuando el lagar su desazón concluya,
Tú salvarás la causa de mi nombre
que sólo quiere ser la Causa Tuya.
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EL HIJO DEL HOMBRE SERÁ ENTREGADO
Crepita la floresta y desmorona
toda su verde historia sin techumbre.
La savia en las cenizas se amontona
y el fuego no consigue hacerse lumbre.

Llama llevada por su propio viento,
pájaro azul, recado de la tarde,
arde bajo la fiebre el pensamiento,
toda la vida en ciega espera arde.

La carretera ya no es más camino.
Y este hijo del hombre, agobiado
por las voces del pueblo y su destino,

llama y ceniza al viento desolado,
va a celebrar su Pascua, sin más vino
que el mosto de la sangre derramado.
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DÓNDE ESTÁ, OH MUERTE TU VICTORIA

¿Dónde está tu victoria, muerte extraña?
¿Dónde está tu derrota, muerte amiga?
Nos llevas, te llevamos, en la entraña,
grano en tu surco, de tu surco espiga.

Juntos crecemos. Tú hacia el ocaso,
cumplida la misión que nos fecunda.
Nosotros hacia el día, por el «paso»
de tu garganta abierta. La profunda

soledad de tu abismo se ha llenado
con el grito del Dios crucificado,
con tu muerte en Su muerte redentora.

¡Victoria derrotada en Su agonía,
oh hermana temporal, vientre del Día,
umbral de los «levantes de la aurora»!
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VÍ UN CIELO NUEVO Y UNA TIERRA NUEVA

Entonces veré el sol con ojos nuevos
y la noche y su aldea reunida;
la garza blanca y sus ocultos huevos,
la piel del río y su secreta vida.

Veré el alma gemela de cada hombre
en la entera verdad de su querencia;
y cada cosa en su primero nombre
y cada nombre en su lograda esencia.

Confluyendo en la paz de Tu mirada,
veré, por fin, la cierta encrucijada
de todos los caminos de la Historia

y el reverso de fiesta de la muerte.
Y saciaré mis ojos en Tu gloria,
para ya siempre más ver, verme y verte.



Dios ha revelado su caridad por medio de su Hijo

 


Nadie pudo ver ni dar a conocer a Dios, sino que fue él mismo quien se reveló. Y lo hizo mediante la fe, único medio de ver a Dios. Pues el Señor y Creador de todas las cosas, que lo hizo todo y dispuso cada cosa en su propio orden, no sólo amó a los hombres, sino que fue también paciente con ellos. Siempre fue, es y seguirá siendo benigno, bueno, incapaz de ira y veraz; más aún, es el único bueno; y cuando concibió en su mente algo grande e inefable, lo comunicó únicamente con su Hijo.
Mientras mantenía en lo oculto y reservaba sabiamente su designio, podía parecer que nos tenía olvidados y no se preocupaba de nosotros; pero, una vez que, por medio de su Hijo querido, reveló y manifestó todo lo que se hallaba preparado desde el comienzo, puso a la vez todas las cosas a nuestra disposición: la posibilidad de disfrutar de sus beneficios, y la posibilidad de verlos y comprenderlos. ¿Quién de nosotros se hubiera atrevido a imaginar jamás tanta generosidad?
Así pues, una vez que Dios ya lo había dispuesto todo en compañía de su Hijo, permitió que, hasta la venida del Salvador, nos dejáramos arrastrar, a nuestro arbitrio, por desordenados impulsos, y fuésemos desviados del recto camino por nuestros voluptuosos apetitos; no porque, en modo alguno, Dios se complaciese con nuestros pecados, sino por tolerancia; ni porque aprobase aquel tiempo de iniquidad, sino porque era el creador del presente tiempo de justicia, de modo que, ya que en aquel tiempo habíamos quedado convictos por nuestras propias obras de ser indignos de la vida, la benignidad de Dios se dignase ahora otorgárnosla, y una vez que habíamos puesto de manifiesto que por nuestra parte no seríamos capaces de tener acceso al reino de Dios, el poder de Dios nos concediese tal posibilidad.
Y cuando nuestra injusticia llegó a su colmo y se puso completamente de manifiesto que el suplicio y la muerte, su recompensa, nos amenazaban, al llegar el tiempo que Dios había establecido de antemano para poner de manifiesto su benignidad y poder (¡inmensa humanidad y caridad de Dios!), no se dejó llevar del odio hacia nosotros, ni nos rechazó, ni se vengó, sino que soportó y echó sobre sí con paciencia nuestros pecados, asumiéndolos compadecido de nosotros, y entregó a su propio Hijo como precio de nuestra redención: al santo por los inicuos, al inocente por los culpables, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. ¿Qué otra cosa que no fuera su justicia pudo cubrir nuestros pecados? ¿Por obra de quién, que no fuera el Hijo único de Dios, pudimos nosotros quedar justificados, inicuos e impíos como éramos?
¡Feliz intercambio, disposición fuera del alcance de nuestra inteligencia, insospechados beneficios: la iniquidad de muchos quedó sepultada por un solo justo, la justicia de uno solo justificó a muchos injustos!
De la Carta a Diogneto
(Caps. 8,5-9,6: Funk I, 325-327) (del lecc. par-impar)

ORACIÓN PARA VIVIR VIDA DE FAMILIA EN EL SEÑOR

 


Señor:  
Vístenos hoy con la misericordia entrañable,  
la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión. 
Haz que nos sobrellevemos mutuamente  
y sepamos perdonamos en toda ocasión como Tú nos perdonas. 
Para que nuestra unidad sea verdadera, cíñenos con el amor. 
Que tu paz, oh Cristo, actúe de árbitro en nosotros. 
Danos un corazón agradecido a Dios y a los hermanos. 
Que tu Palabra sea viva en nosotros y nos estimulemos con el ejemplo. 
Que nuestro corazón te cante siempre con gratitud y alegría. 
Que todo lo que realicemos en este día sea en tu Nombre, 
bajo el influjo del Espíritu, y para gloria del Padre, 
como María, nuestra Madre, y en compañía del bendito José. Amén.
(Madre, Madre, Madre ,Familia Mercedaria)

HISTORIA DE LA VIRGEN DE GUADAPUPE

 


El año de 1531, pasados algunos días del mes de diciembre, sucedió que un indio pobre y afable, llamado Juan Diego, originario, según se dice, de Cuauhtitlan, cuyo cuidado pastoral pertenecía a los religiosos de Tlaltelolco, un sábado, muy de mañana, iba a Tlaltelolco en pos de las cosas divinas. Mas al llegar a la colina llamada Tepeyac, ya amanecía. Escuchó un canto de arriba del cerrillo, y, cuando cesó y no se escuchó más, oyó que lo llamaban desde la cumbre de la colina: «Amado Juan Diego», le decía. De inmediato se atrevió a subir allá a donde era llamado.
Cuando llegó a la cima, vio a una Señora que estaba ahí de pie, que le llamó junto a sí. Cuando llegó a su presencia, quedo estupefacto de cuán bella era: su vestido resplandecía como el sol. En seguida la Virgen le declaró su voluntad. Le dice: «Entérate, hijo queridísimo, que soy la perfecta siempre Virgen Santa María, Madre del verdaderísimo Dios, Autor de la vida, el que creó y sostiene todas las cosas, del Señor del Cielo y de la Tierra. Muchísimo quiero, ardientemente deseo, que en este lugar se edifique mi templo donde lo mostraré, lo alabaré al manifestarlo, lo entregaré a Él que es todo mi Amor, Compasión, Auxilio y Defensa, porque, en verdad yo soy vuestra Madre compasiva, tuya y la de todos los que en esta tierra estáis en uno, y de cualesquiera otros que me aman, que me buscan, que devota y confiadamente me invoquen. Allí escucharé sus lágrimas y tristezas, los auxiliaré en sus angustias y brindaré remedio a toda tribulación. Y para que se cumpla este deseo mío, ve a la Ciudad de México al palacio del Obispo. Le dirás que yo te envío, para hacerle saber cómo yo deseo que se me edifique aquí una casa, que se me erija aquí en el llano un templo.»
Cuando llegó a la ciudad, en seguida fue a la casa del Obispo, cuyo nombre era Juan de Zumárraga, de la Orden de San Francisco, pero cuando el prelado escuchó a Juan Diego, no creyéndole del todo, le respondió: «Hijo, vendrás de nuevo y aún te oiré. Yo pensaré qué conviene hacer respecto a tu voluntad, tu deseo.»
Otro día vio a la Reina del Cielo que bajaba de donde la había visto, y le vino al encuentro junto a la colina, lo detuvo y le dijo: «Escucha, hijo amado, de ninguna manera temas ni se angustie tu corazón, ni hagas nada por la enfermedad de tu tío o por cualquier otra angustia. ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿Acaso no estás bajo mi sombra y amparo? ¿No soy yo la fuente de tu vida y alegría? ¿No te llevo en mi regazo, en el cruce de mis brazos? ¿Acaso necesitas cualquier otra cosa? No te aflijas ni te acongojes. Sube -le dijo- hijo querido, al cerrito, al lugar donde me viste y hablé contigo. Allí verás diversas flores. Córtalas y reúnelas y luego baja para traerlas ante mí.»
Bajó, pues, Juan Diego y le trajo a la Reina del Cielo las flores que había recogido. Ella, al verlas, las tomó con sus venerables manos y volvió a colocarlas en la tilma de Juan Diego, diciéndole: «Hijo amadísimo, estas flores son la señal que llevarás al Obispo. Y tú, tú eres mi mensajero a cuya fidelidad me encomiendo. Te mando con rigor que no despliegues tu tilma ante nadie que no sea el Obispo, y le muestres lo que llevas. Así mismo le contarás cómo te ordené que subieras al cerrito y que allí recogieras las flores, y todo lo que viste y admiraste, para que te crea y se encargue de erigir el templo que deseo.»
Habiéndole mandado esto la Reina del Cielo, tomó el camino a México. Iba alegre, porque todo saldría bien. Habiendo entrado, se postró ante el Obispo y le refirió todo lo que había visto y a lo que había sido mandado con él. Le dijo: «Señor, cumplí lo que me pediste. Fui a decirle a mi Señora, la Reina del Cielo, Santa María, la Madre de Dios, que tú pedías una señal para creerme y para que levantes el templo que la misma Virgen desea. Le dije que te había dado mi palabra de traerte algún signo de su voluntad. Oyó lo que deseabas y lo aceptó de buen grado que lo pidieras para cumplir su voluntad y hoy, muy temprano, me mandó que viniera a verte de nuevo.»
Acudió toda la ciudad, observaban la venerable imagen, se admiraban, la veían como obra divina, le rezaban. Y ese día dijo el tío de Juan Diego cuál debía ser la advocación de la Virgen, y que su imagen se llamara Santa María siempre Virgen de Guadalupe.
De la relación tradicional llamada «Nican Mopohua»
Anónimo
Siglo XVI, del archivo de la Arquidiócesis de México



Mis delicias son estar con los hijos de los hombres (santa María Maravillas de Jesús)

 


Ayer domingo, al subir la escalera para ir al coro alto a la misa cantada, recogida, sí, pero sin ningún pensamiento particular, oí claramente dentro de mí: Mis delicias son estar con los hijos de los hombres. Estas palabras que me impresionaron fuertemente, entendí no eran en este caso para mí, sino como una especie de petición que el Señor me hacía para que me ofreciera toda entera por darle esas almas que él tanto desea. 

Vi claramente, no sé cómo, la fecundidad para atraer las almas a Dios de un alma que se santifica, y tan hondamente me conmovió todo esto, que con toda el alma me ofrecí al Señor, a pesar de mi pobreza, a todos los sufrimientos de cuerpo y de alma, con este fin. Me pareció entonces que ese ofrecimiento estaba bien, pero que lo importante únicamente era abandonarme a la divina voluntad, entera y completamente, para que hiciese en mí cuanto quisiera y aceptara del mismo modo el dolor que el gozo. Me pareció entender que no era lo que le agradaba lo que fuera el mayor sacrificio, sino el cumplimiento exacto y amoroso de esa voluntad, en sus menores detalles. 

 En esto entendí muchas cosas que no sé decir, y cómo quería fuese muy delicada en este cumplimiento, que me llevaría muy lejos en el sacrificio y en el amor. Me ofrecí de tal modo, que nada exceptuaba, ni siquiera el infierno, si allí se pudiese estar amando al Señor, pero luego soy tan cobarde... El Señor lo remedie, que yo no puedo más que entregarme a él, con toda mi miseria. He vuelto a sentir ese como deseo de entregarme por las almas y serle fiel para este fin pensando en lo que él había hecho por ellas, me parecía me decía que no puedo hacer más, pero que por mi medio podría. 

Me parece, al sentir este inmenso deseo del Señor de la salvación de las almas, que es espantoso no Acabar de entregarse a Dios, para que él pueda hacer del todo su obra en el alma, y así hacerla, a pesar de su pobreza, fecunda para darle lo que él desea. Cada vez se presenta a mi alma más claramente cómo nada tiene importancia de lo mío, sino solo el que el Señor sea glorificado. ¡Qué tesoro me ha dado el Señor al darme esta vida del Carmelo! Todo está en ella dispuesto con tal sencillez, pero de tal modo, que con vivirla a fondo podría hacerlo todo. 

 ¿Cómo podremos vivir en la casa de la Virgen, agradar con ella al Señor, sin imitarla, como la santa Madre deseaba? Sentí cómo este es el camino de la carmelita, a ejemplo de María, cómo tenemos que achicarnos, ser de veras pobres, sacrificadas, humildes, nada. Sentí muy profundamente cómo Jesús nos da en su vida continuos ejemplos de sacrificios, de humillación, de empequeñecernos, y no lo entendemos; sentí su misericordia y el celo de las almas por este camino, que aquí está la fuerza que, por su misericordia, puede tener nuestra vida. Que en esto, con su gracia, bien podría yo, tan pobre absolutamente de todo, imitarle con más facilidad que otras criaturas.

 Me parecía también entender que muchas de estas luces no me las daba solo para mí, sino para poder guiar a mis hermanas. Lo único que hago es, multitud de veces al día, decir al Señor que solo quiero vivir para amarle y agradarle, que quiero todo cuanto él quiera y como él lo quiera.




EL DESEO DE CONTEMPLAR A DIOS (San Anselmo de Canterbury, obispo y doctor de la Iglesia)

 



Ea, hombrecillo, deja un momento tus ocupaciones habituales; entra un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedícate algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia. Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de él. Di, pues, alma mía, di a Dios: «Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro».
Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte.
Señor, si no estás aquí, ¿dónde te buscaré, estando ausente? Si estás por doquier, ¿cómo no descubro tu presencia? Cierto es que habitas en una claridad inaccesible. Pero ¿dónde se halla esa inaccesible claridad?, ¿cómo me acercaré a ella? ¿Quién me conducirá hasta ahí para verte en ella? Y luego, ¿con qué señales, bajo qué rasgo te buscaré? Nunca jamás te vi, Señor, Dios mío; no conozco tu rostro.
¿Qué hará, altísimo Señor, éste tu desterrado tan lejos de ti? ¿Qué hará tu servidor, ansioso de tu amor, y tan lejos de tu rostro? Anhela verte, y tu rostro está muy lejos de él. Desea acercarse a ti, y tu morada es inaccesible. Arde en el deseo de encontrarte, e ignora dónde vives. No suspira más que por ti, y jamás ha visto tu rostro.
Señor, tú eres mi Dios, mi dueño, y con todo, nunca te vi. Tú me has creado y renovado, me has concedido todos los bienes que poseo, y aún no te conozco. Me creaste, en fin, para verte, y todavía nada he hecho de aquello para lo que fui creado.
Entonces, Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo te olvidarás de nosotros, apartando de nosotros tu rostro? ¿Cuándo, por fin, nos mirarás y escucharás? ¿Cuándo llenarás de luz nuestros ojos y nos mostrarás tu rostro? ¿Cuándo volverás a nosotros?
Míranos, Señor; escúchanos, ilumínanos, muéstrate a nosotros. Manifiéstanos de nuevo tu presencia para que todo nos vaya bien; sin eso todo será malo. Ten piedad de nuestros trabajos y esfuerzos para llegar a ti, porque sin ti nada podemos.
Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré.

EL AMOR DE LAS CINCO LLAGAS ( R. P. A. TESNIERE de la Congregación del Santísimo Sacramento.)

 


Él ha sido sacrificado porque lo ha querido, como el Cordero entre las manos de aquel que le sacrifica. Él ha sido sacrificado y no ha abierto la boca para quejarse. Conocemos el hecho de las Cinco Llagas. Es necesario contemplar su amor para  alimentar en nuestra alma los sentimientos de gratitud que reclama este admirable y dulcísimo misterio. 

 ¿Quién podrá comprender vuestro amor cuando os dejasteis traspasar las manos, los pies y el costado ? Fue el amor quien os hizo aceptar ese suplicio. En verdad que ellos os tenían sujeto, que os habían amarrado con cuerdas; ellos eran el número, ellos eran la fuerza; pero si Vos no lo hubieseis querido positivamente, ¿hubieran podido teneros un solo instante? Vos os entregabais aunque ellos no quisieran aprehenderos. Fue vuestro amor quien os encadenaba. Él quien mantenía en la inacción las legiones impacientes de vuestros ángeles, dispuestos a vengaros; él quien contenía vuestro poder, vuestra majestad, vuestra santidad y que reducía todos los derechos de vuestra divinidad a sufrir hasta el fin tan odiosos tratamientos. Cada uno de los malos tratamientos de vuestros verdugos lo queríais y aceptabais libremente y por amor; a cada golpe del martillo respondíais por un nuevo latido de vuestro Corazón que gritaba: ¡Amor, más amor! Y el sufrimiento de cada músculo roto, de cada nervio reventado, de cada gota de sangre que corría, le habíais previsto distintamente, aceptado individualmente, y le acompañabais del silencioso cántico de amor que cantabais dentro de vuestro Corazón a vuestro Padre y de las palabras secretas de perdón que derramabais sobre nosotros. 



Golpead, verdugos, herid, desgarrad; bajo vuestra opresión, esta masa enrojecida arroja sin cesar torrentes de amor más puro, más ardiente y más dulce. Abrid esas manos que han trabajado tanto, esos cansados pies, y mostradnos el amor que les sostenía y les conducía, que hacía esas manos tan benéficas, esos pies tan bellos y tan presurosos en correr al socorro de todas las miserias. Abrid, abrid sobre todo su pecho, y que veamos descubierto ese Corazón que animaba aquella vida, dedicada por completo a hacer el bien, el foco de tantas palabras de luz y de vida, la fuente de tanto amor y de tanta ternura, el centro de tantas virtudes humildes y sublimes, fuertes y dulces, tan humanas y a la vez tan divinas.

 Vuestras Llagas, oh Jesús, son la grande lección del amor que sufre por los que ama, la lección de la paciencia en el sufrimiento. Su vista es quien ha sostenido a los mártires en los suplicios. Sólo su vista puede dar la paciencia sobre natural en ese otro martirio, al cual estamos expuestos todos, de las heridas, de las debilidades, de las enfermedades," con su cortejo necesario de dolorosas operaciones y de inclinaciones aun más dolorosas, de remedios insoportables y de humillantes sujeciones. Yo sufro cruelmente: mis nervios están excitados violentamente; las crisis agudas se suceden y se prolongan; mi llaga está envene nada; yo me siento roer por estas úlceras; un fuego interior me consume, la fiebre me devora. ¡ Cuán largos son mis días y cuánto más largas son mis noches! Muchos años ha que estoy en este tormento; ¿cuánto tiempo durará todavía? Meses, años tal vez, siempre quizás. ¡ Oh martirio! ¡ Oh misterio cruel! Sufrir, siempre sufrir! Este es un infierno. ¿Qué he hecho yo para esto? ¿Lo he merecido más que otros ? Á estas terribles cuestiones que mi razón no puede resolver; a estas quejas que nada en el mundo puede apaciguar, ¡ah! bendito y mil veces bendito seáis por haber dado la respuesta sufriendo primero por amor hacia mí, oh Jesús. Vos no merecisteis esos sufrimientos. Vos podíais satisfacer la justicia de vuestro Padre por mil otros medios que sabe vuestra sabiduría infinita; pero Vos pensabais en mí; Vos sabíais que yo sufriría y que debía padecer la tortura del hierro y del fuego en mis miembros y quisisteis darme ejemplo y valor. 


Heroico Jesús, de un solo golpe Vos habéis sufrido más que cualquiera criatura humana, y habéis tenido más dolor que el que todas juntas pudieran tener. Las manos y los pies perforados, atravesados por gruesos clavos a fuerza de martillo, después de que los azotes han herido vuestras espaldas y descubierto vuestras costillas; después que la corona, clavando sus dardos en vuestra cabeza y en vuestra frente, ha herido tan profundamente ese centro de toda sensación, destrozándola de dolor! ¡Oh Jesús! ¡Oh Jesús! ¡Y todo esto única mente por mí! ¡Y en un cuerpo tan delicado, tan sensible! ¡en un organismo tan perfecto! ¡Y todo esto sin tregua, sin alivio, sin que una sola gota de agua haya refrescado vuestros labios, ni una sola gota de aceite mitigado el fuego de vuestras Llagas, ni una sola gota de vino fortificado vuestras carnes; sin que un solo lienzo ó una sola venda haya ceñido esas Llagas y contenido esa sangre y sujetado esas carnes destrozadas. 



¡Ah, si se unen conmigo, de todos los tiempos y todos los lugares, los mutilados, los heridos, los sentenciados! Aquellos a quienes el cáncer, la úlcera, la lepra ó la gangrena devora incurablemente, todos aquellos que están en el suplicio del sufrimiento corporal y ellos conmigo, debemos confesar que nuestras torturas no son comparables a las vuestras y que en la hora sola en que vuestros pies y vuestras manos fueron atravesados, habéis sufrido más que nosotros. ¡ Y todo lo padecisteis sin quejaros, sin enojaros ni contra el mal, ni contra los verdugos que os torturaban, ni contra vuestros amigos que os abandonaban! ¡Y era el amor quien os entregaba á ese suplicio, el amor quien os mantenía en él el amor quien cerraba vuestra boca á las quejas y derramaba en vuestro mirar aquella dulzura, aquella paz, aquel abandono! 


¡Gracias, gracias, oh Jesús! Yo tengo el secreto de mi sufrimiento, el remedio a mi impaciencia: tengo la respuesta a mi razón preocupada y á los gritos de mi naturaleza que sucumbe. ¡Que yo os vea, y basta! Si me quejo más, si lloro, si desfallezco, á lo menos que mi mano oprimiendo vuestra imagen, que mis labios besando vuestras Llagas, que mis ojos fijos en Vos os digan que yo acepto todo por Vos y que mi amor pronuncia el sí que triunfa de mí mismo y del dolor y que á pesar de todo, os amo. Mas estos surcos en las manos y en los pies de Jesús son demasiado profundos para no ser más que los caracteres grabados de esta grande lección de la paciencia en el sufrimiento. Verdugos, ¿qué hacéis, pues? ó mejor dicho, amor que los obliga a hacer ciegamente tu obra, ¿en qué los empleas ya? Y el amor ha dicho: Atravesad, herid, abrid más. Yo quiero que estas Llagas sean un santuario y una fortaleza, un asilo y un refugio, un retiro y una morada, un puesto y un abrigo. Yo quiero que entren allí, que habiten allí, que estén allí cómodamente, que se abriguen allí y que puedan ocultarse y desaparecer enteramente. Venid a mí todos los que sufrís, que estáis apenados, alarmados, tentados, acusados, engañados, traicionados, calumniados, desconocidos, despreciados, vacilantes, amenazados, perseguidos, abandonados, agobiados, atemorizados, desesperados; vosotros, cuyos ojos lloran, cuyo corazón sufre, cuyo espíritu está sumergido en las tinieblas, cuya alma está bañada en la amargura, y la vida rota para siempre; vosotros los que no veis por todas partes más que espantosas tempestades, ó un silencio aun más desolador; quienes quiera que seáis, cual quiera que sea vuestro dolor y su duración y su causa; que lo hayáis merecido por vuestros pecados ó que sólo sea una prueba, venid á mí. No desesperéis, no os condenéis; cesad de descender hacia el abismo; ó si el abismo os llama inexorablemente, arrojaos en el abismo de mis Llagas y de mi Corazón! mi Corazón os está abierto. Yo os espero allí con las manos abiertas llenas de bálsamos saludables. ¡Yo los verteré sobre vuestros dolores, con una atención y una delicadeza y una paciencia que la mejor de las madres ignora para su hijo, ni el más caritativo de los médicos para su enfermo de predilección! 



 ¡Oh palabra de vida, de paz, de esperanza y de salud para mi pobre alma culpable y desgraciada! Pero ¿donde estáis, Jesús? ¿Acaso me esperáis en el Calvario de Jerusalén? ¿Acaso en el cielo deberé buscar vuestras Llagas para refugiarme en ellas? ¡Oh Jesús! ¡Nosotros estamos muy lejos del Calvario y mucho más lejos del cielo todavía! ¿No podremos encontrar vuestras Llagas en el mismo lugar de nuestros sufrimientos, y a nuestro lado, cerca de nosotros? Y si solamente el Crucifijo bendito me ofrece el ejemplo, y la gracia, y el refugio de vuestras Llagas, oh Jesús, aun ese Crucifijo no es más que una imagen y un recuerdo; necesito más: vuestras Llagas con la Sangre, con el amor, vuestras Llagas con Vos mismo, Vos que habéis sufrido y que me habéis amado! Y el amor ha prevenido este deseo y satisfecho esta necesidad de mi Corazón! En la Hostia, bajo el velo Sacramental, el Salvador guarda en sus manos, en sus pies y en su costado las llagas de su Pasión; ellas permanecen abiertas y continúan destilando su bálsamo compuesto de la sangre, del sufrimiento y del amor de Jesús, y ellas nos lo aplican. Y estas Hostias están por todas partes; estas Hostias os siguen, os envuelven y os contienen, y son, en verdad, el Jesús que ha sufrido por vosotros, y es él mismo quien os presenta abiertos, hospitalarios y seguros esos refugios tan sagrados y dulces. Entrad en ellos por la comunión; penetraréis mucho más por la comunión en las llagas del Salvador que lo que penetraron los clavos y la lanza del centurión; entraréis en ellas más profundamente que Tomás. Besad en espíritu la entrada de estos saludables retiros; pegad vuestra boca a esas venas de una agua tan límpida y tan fresca; dejad esas fuentes puras correr sobre vosotros y cubriros; bañaos en esas aguas de vida; verted sobre vuestras llagas la esencia de esas rosas encarnadas; en fin, reposad y gustad en ellas cuán dulce es el Señor. Haced a menudo, haced todos los días esta consoladora experiencia; pero tened fe y confianza, y bendecid con los acentos de la verdadera gratitud á la Hostia de las Cinco Llagas, a la Hostia del sufrimiento, aceptada y deseada y llevada por amor, la Hostia en que el Salvador os da todas las gracias, todos los ejemplos, todas las virtudes de su sufrimiento; la Hostia que os rendirá la paciencia y la resignación, la fuerza y la esperanza, la Hostia que habrá sufrido vuestros propios dolores con vosotros, en vosotros y más que vosotros, uniendo a sus Llagas vuestras llagas, todas vuestras llagas, las de vuestros miembros y las de vuestra alma, para curarlas, santificarlas y hacerlas fecundas.


MANUAL DE LA ADORACIÓN DEL SANTISIMO SACRAMENTO POR EL R. P. A. TESNIERE de la Congregación del Santísimo Sacramento.



LAS TENTACIONES (Práctica de amor a Jesucristo, San Alfonso Mª de Ligorio)




A las almas amantes de Jesucristo no hay pena que así las aflija como las tentaciones; el resto de los males, aceptados resignadamente, las inclinan a unirse más y más a Dios; mas, cuando se ven tentadas a pecar y expuestas a separarse de Jesucristo, este tormento les es más amargo que todos los demás. 

 Por qué permite Dios las tentaciones.

 Adviértase aquí que, aun cuando las tentaciones que inducen al mal no provienen de Dios, sino del demonio o de nuestras malas inclinaciones: Dios no es tentador de cosa mala, sin embargo, el Señor permite a veces que sus más regaladas almas sean las más fuertemente tentadas. 

 Dios permite las tentaciones, primero, para que con ellas reconozcamos mejor nuestra debilidad y la necesidad que tenemos de su ayuda para no caer. Cuando el alma se ve favorecida de Dios con divinas consolaciones, se le hace que está valiente para desafiar todo asalto de los enemigos y para emprender cualquier obra en pro de la divina gloria. Pero cuando se halla bravamente tentada, al borde del precipicio y a pique de sucumbir, entonces reconoce mejor su flaqueza e impotencia para resistir si Dios no la ayudare. 

Esto puntualmente aconteció a San Pablo, que cuenta de sí mismo que el Señor permitió fuera tentado con tentaciones carnales para que no se envaneciese de las revelaciones con que el Señor le había favorecido.

Permite, en segundo lugar, Dios las tentaciones para que vivamos desprendidos de la tierra y deseemos más ardorosamente ir a verlo en el cielo. De aquí es que las almas buenas, al verse en esta vida combatidas noche y día por tantos enemigos, tienen tedio de la vida. Quisiera el alma volar hacia Dios, pero mientras viva en esta tierra se sentirá como ligada a ella y combatida de continuas tentaciones. Este lazo no se rompe sino con la muerte, por la que suspiran las almas amantes como por libertadora del peligro de perder a Dios. 

 En tercer lugar, permite Dios que seamos tentados para enriquecernos de méritos, como fue dicho a Tobías: Y puesto que eres acepto a Dios, necesario fue que la tentación te aquilatase ( (Tob., XII, 13). El alma no por estar tentada ha de temer hallarse en desgracia de Dios; al contrario, ha de esperar más aún que es muy amada de Él. Es engaño del demonio hacer creer a ciertos espíritus pusilánimes que las tentaciones son pecados que empañan al alma. No son los malos pensamientos los que nos hacen perder a Dios, sino los malos consentimientos. Por vehementes que sean las sugestiones del demonio, por vivos que sean los fantasmas impuros que asalten la imaginación, mientras no consintamos en ello, lejos de manchar el alma, la vuelven más pura, más fuerte y más acepta a Dios. 

Dice San Bernardo que cuantas veces vencemos las tentaciones, conquistamos una nueva corona. Se apareció un ángel a cierto monje cisterciense y le dio una corona, con orden de que se la llevase a otro monje y le dijera que la había merecido por la victoria que hacía poco había reportado sobre una tentación. Ni debe espantarnos que el mal pensamiento no se marche de la mente y siga atormentándonos; basta con que lo aborrezcamos y procuremos rechazarlo. Fiel es Dios, quien no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis, dice San Pablo: "Fidelis autem Deus est qui non patietur vos tentari supra id quod potestis" (I Cor., X, 13). 


Por tanto, quien resiste a la tentación, lejos de perder, aprovechará. Por eso el Señor permite a menudo que las almas predilectas sean las más tentadas, para que hagan más acopio de méritos en esta vida y de gloria en el cielo. El agua estancada y muerta no tarda en corromperse. Así pasa con el alma que, entregada al ocio, sin tentaciones ni combates, se halla en peligro de perderse, ya complaciéndose en los propios méritos, ya pensando que ha llegado a la perfección; de esta suerte pierde el temor, se cuida bien poco de encomendarse a Dios y no trabaja por alcanzar la salvación eterna. Mas, cuando comienza a ser agitada de tentaciones y se ve en peligro de precipitarse en el abismo del pecado, recurre entonces a Dios, recurre a la divina Madre, renueva el propósito de morir antes de pecar, se humilla y se abandona en brazos de la divina misericordia, y así logra alcanzar más fortaleza y se une a Dios más estrechamente, como atestigua la experiencia. 

 No por eso hemos de desear tentaciones, sino que siempre hemos de rogar a Dios que nos libre de ellas, y en especial de aquellas en que habríamos de consentir, que esto quieren las palabras del Padre nuestro: No nos dejes caer en la tentación. Pero, cuando Dios permite que nos asalten, entonces, sin inquietarnos por feos y bajos que sean tales pensamientos, confiemos en Jesucristo y pidámosle su ayuda, que a buen seguro no nos faltará para resistir. 

Dice San Agustín: «Arrójate en sus brazos, desecha todo temor, que no se retirará para que caigas». Abandónate en manos de Dios sin temor alguno, porque, si Él te mete en el combate, no te dejará solo para que caigas en la lucha. 

 De los remedios contra las tentaciones.– 

Tratemos ya de los remedios para vencer las tentaciones. Muchos son los que señalan los maestros de la vida espiritual, pero el más necesario y seguro, del que voy a tratar, es el acudir prontamente a Dios con humildad y confianza, diciéndole: Pléguete, ¡oh Dios!, librarme; Señor, apresúrate a socorrerme (Ps., LXIX, 2). Ayudadme, Señor, y ayudadme presto. Sola esta oración bastará para hacernos triunfar de los asaltos de todos los demonios del infierno que se conjuren para combatirnos, porque Dios es infinitamente más poderoso que todos los demonios. Bien sabe Dios que no tenemos fuerza para hacer frente a las tentaciones de los poderes infernales; por eso dice el doctísimo cardenal Gotti que, cuando nos veamos combatidos y estemos a punto de sucumbir, Dios está obligado a prestarnos su ayuda para resistir, con tal de que se la pidamos. Y ¿cómo podríamos temer que Jesucristo no nos ayudara, después de tantas promesas hechas en este sentido en las Sagradas Escrituras? Venid a mí todos cuantos andáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt., II, 28). E invócame en el día de la angustia; yo te libraré y tú me honrarás (Ps., XLI, 15). Entonces clamarás, y Yahveh te responderá; pedirás auxilio, y contestará: «¡Heme aquí!» (Is., LVIII, 9). ¿Quién le invocó y fue de Él despreciado? (Eccli., II, 12).


 Sobradamente lo atestigua la experiencia: quien acude a Dios en las tentaciones, no cae, y cae quien se olvida de acudir a Él, y especialmente en las tentaciones contra la pureza. En semejantes tentaciones de impurezas, e igual se puede decir en las tentaciones contra la fe, no se ha de luchar directamente con ellas, sino que hay que resistirlas con medios indirectos, ejercitándose en actos de amor a Dios o de dolor de los pecados y hasta distrayéndose con cualquier acción indiferente. 

Tan pronto como advirtamos que se presenta un pensamiento con visos de sospechoso, hemos de despacharlo al instante y darle, por decirlo así, con la puerta en rostro, negándole entrada en la mente, sin detenerse a descifrar lo que significa o pretenda. Tales malvadas sugestiones hay que sacudirlas luego, como se sacuden las chispas que pueden caer en la ropa. Cuando la tentación impura hubiera franqueado la mente y dejado sentir los primeros movimientos de los sentidos, dice San Jerónimo que entonces hay que redoblar la voz y clamar a Dios pidiéndole su ayuda, sin dejar de invocar los santísimos nombres de Jesús y de María, que tienen especial virtud contra esta suerte de tentaciones.

 Dice San Francisco de Sales que, cuando los niños divisan al lobo, se echan prestos en brazos del padre o de la madre y allí se sienten seguros. Así debemos hacer nosotros, correr presurosos a Jesús y a María con súplicas y peticiones. Repito que correr presurosos, sin prestar oídos a la tentación ni disputar con ella. 

Cuéntase en el § 4 del libro de las Sentencias de los Padres de la antigüedad que cierto día San Pacomio oyó que un demonio se lisonjeaba de haber hecho caer a un monje, porque cuantas veces lo tentaba le prestaba oídos, sin acudir presto a Dios; y, por el contrario, oyó que otro demonio se lamentaba diciendo: «Pues yo con mi monje nada puedo, porque recurre prestamente a Dios y siempre me vence». Si la tentación siguiere molestándonos, guardémonos de inquietarnos ni irritarnos por ello, pues el demonio pudiera valerse de tal inquietud nuestra para hacernos caer. Entonces es cuando debemos resignarnos humildemente a la voluntad de Dios, que se digna permitir seamos tentados con tan bajos pensamientos. Bastará con que digamos: «Señor, bien merecido tengo ser molestado con estas tentaciones en castigo de las ofensas que os he hecho, pero a vos os toca socorrerme y librarme de caer». Y si, con todo, la tentación prosiguiere molestándonos, prosigamos invocando a Jesús y a María. Importa mucho entonces renovar la promesa hecha a Dios de sufrir toda suerte de trabajos y morir mil veces antes que ofenderle sin dejar de pedirle su ayuda. Y cuando las tentaciones fuesen tan violentas que nos viéramos en grave peligro de consentir, redoblemos el fervor de las oraciones y recurramos al Santísimo Sacramento, postrémonos a los pies del Crucifijo o de alguna imagen de la Santísima Virgen y roguemos con redoblado ardor, gimamos, lloremos y pidamos auxilio. Una cosa es cierta: que Dios está presto a escuchar a quien le ruega y que Él es, y no nuestra diligencia, quien nos dará valor para resistir; pero a las veces quiere el Señor nuestros esfuerzos para después suplir nuestra flaqueza y hacernos alcanzar la victoria. 

 También es importante en tiempo de tentaciones hacer a menudo la señal de la cruz en el pecho y en la frente y, además, descubrir la tentación al director espiritual. «Tentación descubierta –decía San Felipe Neri–, tentación medio vendida». 
Bueno es advertir aquí, por ser doctrina admitida entre los teólogos, aun entre los rigoristas, que las personas que por mucho tiempo han vivido vida ejemplar y son temerosas de Dios, siempre que andan en dudas de si habrán consentido o no consentido en alguna culpa grave, deben estar seguras de no haber perdido la amistad de. Dios, pues es moralmente imposible que la voluntad afianzada mucho tiempo en el bien obrar, en un momento se cambie y consienta en un pecado mortal, sin conocerlo claramente. La razón de ello es que, siendo el pecado mortal tan horrible monstruo, no puede penetrar en el alma que por tanto tiempo lo ha aborrecido, sin que a las claras se dé a conocer. 




Esta doctrina la tenemos plenamente probada en nuestra Teología Moral. Santa Teresa solía decir: «Nadie se perderá sin entenderlo». Se sigue de aquí que para algunas almas de conciencia delicada y bien fundadas en la virtud, pero tímidas y molestas de tentaciones, especialmente si son contra la fe o la castidad, será quizás conveniente que el director las prohíba hablar de ellas, ni aun darle cuenta de tales cosas, porque, para descubrirse al confesor, tendrá que hacer memoria de cómo entraron aquellos malos pensamientos y después si hubo delectación, complacencia o consentimiento; y de este modo, mientras más reflexionan en ello, más se graban aquellas malignas fantasías y más turbación causan. 
Cuando el confesor está moralmente cierto de que el alma no consintió en tales sugestiones, más vale que le mande por obediencia no hablar de ellas. 

Y advierto que no de otra suerte obraba Santa Juana de Chantal, quien cuenta de sí que durante muchos años fue combatida de horrendas tempestades de tentaciones, y, como no tenía conciencia de haber nunca consentido en ellas, jamás las descubrió en confesión, limitándose a decir, según la norma que el confesor le había dado para tales casos: «No tengo claro conocimiento de haber consentido», dando con esto a entender que después de cada tentación quedaba agitada de escrúpulos, a pesar de los cuales se aquietaba con la obediencia que el confesor le había impuesto de no confesar tales dudas. 

Por lo demás, mucho ayuda, generalmente hablando, para calmar las tentaciones, descubrirlas al confesor, como arriba queda apuntado. Mas vuelvo a decir que, entre todos los remedios para vencer las tentaciones, el más eficaz, el más necesario, el remedio de los remedios, es acudir a Dios con la oración y no cesar de rogarle mientras dura la tentación. 
A veces tendrá el Señor guardada la victoria no para la primera súplica, sino para la segunda, la tercera o la cuarta. Persuadámonos, finalmente, de que de la oración depende todo nuestro bien; de la oración depende nuestra mudanza de vida; de la oración depende la victoria de las tentaciones; de la oración depende el alcanzar el amor divino, la perfección, la perseverancia y la salvación eterna. 
Sé que sin la ayuda divina no tendremos fuerzas para resistir los asaltos de los demonios, y que por esto el Apóstol nos exhorta a revestirnos de la armadura de Dios (Eph., VI, 11, 12) y ¿cuáles son estas armas? Estas armas son la oración continua y fervorosa a Dios para que nos socorra y no seamos vencidos. 

Cierto que ayudan muy mucho a la vida espiritual los sermones, las meditaciones, las comuniones, las mortificaciones; pero si al venir las tentaciones no nos encomendamos a Dios, caeremos, a pesar de todas las predicaciones, de todas las meditaciones y de todos los buenos propósitos formulados. Por tanto, si queremos salvarnos, pidámosle siempre y encomendémonos a nuestro Redentor, especialmente en el momento de la tentación; y no nos contentemos con pedirle la santa perseverancia, sino pidámosle la gracia de pedírsela siempre. Encomendémonos siempre entonces a la divina Madre, que es la dispensadora de todas las gracias, como dice San Bernardo: «Busquemos la gracia, y busquémosla por medio de María». En efecto, el mismo Santo nos da a entender que Dios no quiere dispensarnos gracia alguna sin que pase por manos de María: «Nada quiso Dios que tuviéramos que no pasase por manos de María». 

 Afectos y súplicas:
  ¡Oh Jesús, Redentor mío!, espero que por los méritos de vuestra sangre 
me hayáis perdonado las ofensas que os he hecho, y espero ir al paraíso 
a daros gracias por ello: 
Las gracias del Señor cantaré siempre. 
Veo que en lo pasado caí y volví a caer miserablemente, porque me olvidé 
de pediros la santa perseverancia; esta perseverancia os pido ahora: 
«No permitáis que me separe de vos. Me propongo pedírosla sin cesar, 
y en especial cuando me vea tentado a ofenderos. 
Así propongo y así prometo»; pero ¿de qué serviría este mi propósito 
y promesa, si vos no me alcanzarais la gracia de acudir a vuestros pies? 
¡Ah!, por los méritos de vuestra pasión, concededme esta gracia de acudir 
siempre a vos en todas mis necesidades. María, Reina y Madre mía, os ruego, 
por el amor que tenéis a Jesucristo, me alcancéis la gracia de recurrir siempre 
a vuestro Hijo y a vos durante toda mi vida.




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