LA FIDELIDAD BROTA DE LA TIERRA Y LA JUSTICIA MIRA DESDE EL CIELO
TODO EL MUNDO ESPERA LA REPUESTA DE MARÍA
CUATRO LECCIONES DE SAN JOSÉ PARA EL ADVIENTO (Por el padre Michael Ackerman)
1. El silencio de Dios
La primera lección de San José para el Adviento es, pues, entrar en el silencio de Dios, que está lleno de gracia, intimidad y amor incondicional. José no callaba porque no tuviera nada que decir. Callaba porque quería escuchar y seguir a Dios por completo.
El Papa Francisco, en su carta apostólica "Patris Corde" ("Con corazón de Padre"), escribe sobre el silencio de San José. "Su silencio persistente no contempla quejas, sino gestos concretos de confianza".
Quizá también nosotros, en este Adviento, podamos dedicar tiempo a la oración silenciosa, a la contemplación tranquila ante el Santísimo Sacramento, o incluso a meditar las palabras de la Escritura en los recovecos de nuestro corazón, como hacía san José. Hacerlo no conlleva futilidad, sino, por el contrario, fecundidad y gozosa anticipación de la venida de Cristo al mundo.
2. Servicio y abnegación
La segunda lección que San José nos enseña está enraizada en el servicio y la abnegación. El Papa San Juan Pablo II, en su exhortación apostólica de 1989 "Redemptoris Custos" ("Guardián del Redentor"),escribe lo siguiente sobre San José: "Su paternidad se ha expresado concretamente ‘al haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle don total de sí, de su vida y de su trabajo".
San José no permitió que sus propias pasiones o deseos egoístas dictaran sus acciones. Por el contrario, fue dócil y receptivo a la voluntad de Dios. Su preparación para la venida de Cristo no estuvo llena de compras, peleas con parientes y galletas. En cambio, nos invita a ti y a mí a ser discípulos que sirven primero a los demás, no a nosotros mismos.
Esto puede adoptar diversas formas. Podemos ofrecer nuestro tiempo a la iglesia o en nuestras comunidades ayudando en despensas de alimentos, refugios para personas sin hogar o misiones de rescate. Podemos ayudar a los que nos rodean y tienen dificultades económicas, emocionales y, sobre todo, espirituales, en persona o a través de organizaciones benéficas. O podemos visitar a los que están confinados en casa, en hospitales, en residencias de ancianos o que no pueden celebrar el nacimiento de Cristo con su familia y amigos por diversas razones. No hay una manera "correcta" de servir, pero el deseo de hacerlo debe estar arraigado en el deseo de José de servir sólo a Dios.
3. Sencillez
En tercer lugar, San José nos enseña una lección de sencillez. El mundo en que vivimos es excesivamente complejo. Estamos tan enamorados de los artilugios, la tecnología, la moda y el entretenimiento que a menudo pasamos por alto lo esencial. Ese no es el mundo de San José.
El Papa Benedicto, en un discurso del Ángelus del 19 de marzo de 2006, dice lo siguiente sobre la sencillez de José: "Su grandeza, como la de María, resalta aún más porque cumplió su misión de forma humilde y oculta en la casa de Nazaret. Por lo demás, Dios mismo, en la Persona de su Hijo encarnado, eligió este camino y este estilo -- la humildad y el ocultamiento -- en su existencia terrena.".
San José no quería "hacerse un nombre". No era un influencer de las redes sociales. Por el contrario, la razón de ser de su vida fue permanecer humilde ante Dios.
San José nos invita durante el Adviento a bajar el ritmo y apreciar a las personas, las bendiciones y los encuentros con Dios que tienen lugar en nuestras vidas. Los regalos, la decoración y entrar en el alocado mundo del comercio minorista no son probablemente las mejores maneras de prepararse para Cristo. En cambio, pasar tiempo con nuestros seres queridos, compartir la fe y las experiencias, o incluso hacer un retiro personal es beneficioso para mantener las cosas sencillas. Sin embargo, hay otra cosa que hace la sencillez: nos permite aumentar nuestra confianza y dependencia de Dios.
En "Patris Corde", el Papa Francisco escribe sobre la "valentía creativa" de San José. "Dios siempre logra salvar lo que es importante, con la condición de que tengamos la misma valentía creativa del carpintero de Nazaret, que sabía transformar un problema en una oportunidad, anteponiendo siempre la confianza en la Providencia", escribió.
San José, al no dejarse distraer por los adornos de la cultura, pudo tener fortaleza en el plan de Dios gracias a su sencilla confianza en un Dios que le amaba. Esta misma confianza nos es accesible si la mantenemos sencilla.
4. Sacrificio
Por último, San José nos enseña a ti y a mí el valor del sacrificio. El sacrificio es necesario para todos nosotros en nuestras vocaciones, y cualquier padre, esposa, sacerdote, religioso o persona soltera dedicada conoce el valor y la necesidad de esto. En su libro "El misterio de José", el padre Marie-Dominique Philippe escribe sobre el sufrimiento de San José: "No hay duda de que la espada del dolor penetra más profundamente en el corazón de María, pero atraviesa también el corazón de José. En su sufrimiento común, en su tristeza y angustia compartidas, José y María llegan a conocer un nuevo grado de intimidad; juntos dan los primeros frutos de la vida apostólica de Jesús".
San José nos invita a ti y a mí, en las luchas de la vida, a unir nuestro dolor a la cruz de Cristo. El sufrimiento es siempre un misterio, pero no está desprovisto de sentido. Cuanto más unimos nuestro dolor y nuestras luchas a Cristo, más nos acercamos al infinito amor, misericordia y perdón de Dios.
San José, al negar sus propios objetivos, deseos y anhelos, hace de su voluntad una sola con Dios. También nosotros estamos llamados, como él, a unirnos y sacrificarnos. Esto puede hacerse a través de la caridad, el ayuno, el aumento de la oración o regalando cosas que no necesitamos. En cualquier caso, el sacrificio es crucial para preparar el camino a Cristo.
Este Adviento presenta una oportunidad para aumentar nuestro deseo de emular a este gran santo tan amado por Nuestra Señora y Nuestro Salvador. El silencio, el servicio, la sencillez y el sacrificio no son píldoras fáciles de tragar, pero nos acercan a Cristo y a la salvación. Que la alegría anticipada del Adviento nos lleve a todos a amar más profundamente al Niño Jesús por intercesión de San José.
POEMAS Y SONETOS DE PEDRO CASALDÁLIGA
Dios ha revelado su caridad por medio de su Hijo
ORACIÓN PARA VIVIR VIDA DE FAMILIA EN EL SEÑOR
HISTORIA DE LA VIRGEN DE GUADAPUPE
Mis delicias son estar con los hijos de los hombres (santa María Maravillas de Jesús)
EL DESEO DE CONTEMPLAR A DIOS (San Anselmo de Canterbury, obispo y doctor de la Iglesia)
EL AMOR DE LAS CINCO LLAGAS ( R. P. A. TESNIERE de la Congregación del Santísimo Sacramento.)
Él ha sido sacrificado porque lo ha querido, como el Cordero entre las manos de aquel que le sacrifica. Él ha sido sacrificado y no ha abierto la boca para quejarse. Conocemos el hecho de las Cinco Llagas. Es necesario contemplar su amor para alimentar en nuestra alma los sentimientos de gratitud que reclama este admirable y dulcísimo misterio.
¿Quién podrá comprender vuestro amor cuando os dejasteis traspasar las manos, los pies y el costado ? Fue el amor quien os hizo aceptar ese suplicio. En verdad que ellos os tenían sujeto, que os habían amarrado con cuerdas; ellos eran el número, ellos eran la fuerza; pero si Vos no lo hubieseis querido positivamente, ¿hubieran podido teneros un solo instante? Vos os entregabais aunque ellos no quisieran aprehenderos. Fue vuestro amor quien os encadenaba. Él quien mantenía en la inacción las legiones impacientes de vuestros ángeles, dispuestos a vengaros; él quien contenía vuestro poder, vuestra majestad, vuestra santidad y que reducía todos los derechos de vuestra divinidad a sufrir hasta el fin tan odiosos tratamientos. Cada uno de los malos tratamientos de vuestros verdugos lo queríais y aceptabais libremente y por amor; a cada golpe del martillo respondíais por un nuevo latido de vuestro Corazón que gritaba: ¡Amor, más amor! Y el sufrimiento de cada músculo roto, de cada nervio reventado, de cada gota de sangre que corría, le habíais previsto distintamente, aceptado individualmente, y le acompañabais del silencioso cántico de amor que cantabais dentro de vuestro Corazón a vuestro Padre y de las palabras secretas de perdón que derramabais sobre nosotros.
Golpead, verdugos, herid, desgarrad; bajo vuestra opresión, esta masa enrojecida arroja sin cesar torrentes de amor más puro, más ardiente y más dulce. Abrid esas manos que han trabajado tanto, esos cansados pies, y mostradnos el amor que les sostenía y les conducía, que hacía esas manos tan benéficas, esos pies tan bellos y tan presurosos en correr al socorro de todas las miserias. Abrid, abrid sobre todo su pecho, y que veamos descubierto ese Corazón que animaba aquella vida, dedicada por completo a hacer el bien, el foco de tantas palabras de luz y de vida, la fuente de tanto amor y de tanta ternura, el centro de tantas virtudes humildes y sublimes, fuertes y dulces, tan humanas y a la vez tan divinas.
Vuestras Llagas, oh Jesús, son la grande lección del amor que sufre por los que ama, la lección de la paciencia en el sufrimiento. Su vista es quien ha sostenido a los mártires en los suplicios. Sólo su vista puede dar la paciencia sobre natural en ese otro martirio, al cual estamos expuestos todos, de las heridas, de las debilidades, de las enfermedades," con su cortejo necesario de dolorosas operaciones y de inclinaciones aun más dolorosas, de remedios insoportables y de humillantes sujeciones. Yo sufro cruelmente: mis nervios están excitados violentamente; las crisis agudas se suceden y se prolongan; mi llaga está envene nada; yo me siento roer por estas úlceras; un fuego interior me consume, la fiebre me devora. ¡ Cuán largos son mis días y cuánto más largas son mis noches! Muchos años ha que estoy en este tormento; ¿cuánto tiempo durará todavía? Meses, años tal vez, siempre quizás. ¡ Oh martirio! ¡ Oh misterio cruel! Sufrir, siempre sufrir! Este es un infierno. ¿Qué he hecho yo para esto? ¿Lo he merecido más que otros ? Á estas terribles cuestiones que mi razón no puede resolver; a estas quejas que nada en el mundo puede apaciguar, ¡ah! bendito y mil veces bendito seáis por haber dado la respuesta sufriendo primero por amor hacia mí, oh Jesús. Vos no merecisteis esos sufrimientos. Vos podíais satisfacer la justicia de vuestro Padre por mil otros medios que sabe vuestra sabiduría infinita; pero Vos pensabais en mí; Vos sabíais que yo sufriría y que debía padecer la tortura del hierro y del fuego en mis miembros y quisisteis darme ejemplo y valor.
Heroico Jesús, de un solo golpe Vos habéis sufrido más que cualquiera criatura humana, y habéis tenido más dolor que el que todas juntas pudieran tener. Las manos y los pies perforados, atravesados por gruesos clavos a fuerza de martillo, después de que los azotes han herido vuestras espaldas y descubierto vuestras costillas; después que la corona, clavando sus dardos en vuestra cabeza y en vuestra frente, ha herido tan profundamente ese centro de toda sensación, destrozándola de dolor! ¡Oh Jesús! ¡Oh Jesús! ¡Y todo esto única mente por mí! ¡Y en un cuerpo tan delicado, tan sensible! ¡en un organismo tan perfecto! ¡Y todo esto sin tregua, sin alivio, sin que una sola gota de agua haya refrescado vuestros labios, ni una sola gota de aceite mitigado el fuego de vuestras Llagas, ni una sola gota de vino fortificado vuestras carnes; sin que un solo lienzo ó una sola venda haya ceñido esas Llagas y contenido esa sangre y sujetado esas carnes destrozadas.
¡Ah, si se unen conmigo, de todos los tiempos y todos los lugares, los mutilados, los heridos, los sentenciados! Aquellos a quienes el cáncer, la úlcera, la lepra ó la gangrena devora incurablemente, todos aquellos que están en el suplicio del sufrimiento corporal y ellos conmigo, debemos confesar que nuestras torturas no son comparables a las vuestras y que en la hora sola en que vuestros pies y vuestras manos fueron atravesados, habéis sufrido más que nosotros. ¡ Y todo lo padecisteis sin quejaros, sin enojaros ni contra el mal, ni contra los verdugos que os torturaban, ni contra vuestros amigos que os abandonaban! ¡Y era el amor quien os entregaba á ese suplicio, el amor quien os mantenía en él el amor quien cerraba vuestra boca á las quejas y derramaba en vuestro mirar aquella dulzura, aquella paz, aquel abandono!
¡Gracias, gracias, oh Jesús! Yo tengo el secreto de mi sufrimiento, el remedio a mi impaciencia: tengo la respuesta a mi razón preocupada y á los gritos de mi naturaleza que sucumbe. ¡Que yo os vea, y basta! Si me quejo más, si lloro, si desfallezco, á lo menos que mi mano oprimiendo vuestra imagen, que mis labios besando vuestras Llagas, que mis ojos fijos en Vos os digan que yo acepto todo por Vos y que mi amor pronuncia el sí que triunfa de mí mismo y del dolor y que á pesar de todo, os amo. Mas estos surcos en las manos y en los pies de Jesús son demasiado profundos para no ser más que los caracteres grabados de esta grande lección de la paciencia en el sufrimiento. Verdugos, ¿qué hacéis, pues? ó mejor dicho, amor que los obliga a hacer ciegamente tu obra, ¿en qué los empleas ya? Y el amor ha dicho: Atravesad, herid, abrid más. Yo quiero que estas Llagas sean un santuario y una fortaleza, un asilo y un refugio, un retiro y una morada, un puesto y un abrigo. Yo quiero que entren allí, que habiten allí, que estén allí cómodamente, que se abriguen allí y que puedan ocultarse y desaparecer enteramente. Venid a mí todos los que sufrís, que estáis apenados, alarmados, tentados, acusados, engañados, traicionados, calumniados, desconocidos, despreciados, vacilantes, amenazados, perseguidos, abandonados, agobiados, atemorizados, desesperados; vosotros, cuyos ojos lloran, cuyo corazón sufre, cuyo espíritu está sumergido en las tinieblas, cuya alma está bañada en la amargura, y la vida rota para siempre; vosotros los que no veis por todas partes más que espantosas tempestades, ó un silencio aun más desolador; quienes quiera que seáis, cual quiera que sea vuestro dolor y su duración y su causa; que lo hayáis merecido por vuestros pecados ó que sólo sea una prueba, venid á mí. No desesperéis, no os condenéis; cesad de descender hacia el abismo; ó si el abismo os llama inexorablemente, arrojaos en el abismo de mis Llagas y de mi Corazón! mi Corazón os está abierto. Yo os espero allí con las manos abiertas llenas de bálsamos saludables. ¡Yo los verteré sobre vuestros dolores, con una atención y una delicadeza y una paciencia que la mejor de las madres ignora para su hijo, ni el más caritativo de los médicos para su enfermo de predilección!
¡Oh palabra de vida, de paz, de esperanza y de salud para mi pobre alma culpable y desgraciada! Pero ¿donde estáis, Jesús? ¿Acaso me esperáis en el Calvario de Jerusalén? ¿Acaso en el cielo deberé buscar vuestras Llagas para refugiarme en ellas? ¡Oh Jesús! ¡Nosotros estamos muy lejos del Calvario y mucho más lejos del cielo todavía! ¿No podremos encontrar vuestras Llagas en el mismo lugar de nuestros sufrimientos, y a nuestro lado, cerca de nosotros? Y si solamente el Crucifijo bendito me ofrece el ejemplo, y la gracia, y el refugio de vuestras Llagas, oh Jesús, aun ese Crucifijo no es más que una imagen y un recuerdo; necesito más: vuestras Llagas con la Sangre, con el amor, vuestras Llagas con Vos mismo, Vos que habéis sufrido y que me habéis amado! Y el amor ha prevenido este deseo y satisfecho esta necesidad de mi Corazón! En la Hostia, bajo el velo Sacramental, el Salvador guarda en sus manos, en sus pies y en su costado las llagas de su Pasión; ellas permanecen abiertas y continúan destilando su bálsamo compuesto de la sangre, del sufrimiento y del amor de Jesús, y ellas nos lo aplican. Y estas Hostias están por todas partes; estas Hostias os siguen, os envuelven y os contienen, y son, en verdad, el Jesús que ha sufrido por vosotros, y es él mismo quien os presenta abiertos, hospitalarios y seguros esos refugios tan sagrados y dulces. Entrad en ellos por la comunión; penetraréis mucho más por la comunión en las llagas del Salvador que lo que penetraron los clavos y la lanza del centurión; entraréis en ellas más profundamente que Tomás. Besad en espíritu la entrada de estos saludables retiros; pegad vuestra boca a esas venas de una agua tan límpida y tan fresca; dejad esas fuentes puras correr sobre vosotros y cubriros; bañaos en esas aguas de vida; verted sobre vuestras llagas la esencia de esas rosas encarnadas; en fin, reposad y gustad en ellas cuán dulce es el Señor. Haced a menudo, haced todos los días esta consoladora experiencia; pero tened fe y confianza, y bendecid con los acentos de la verdadera gratitud á la Hostia de las Cinco Llagas, a la Hostia del sufrimiento, aceptada y deseada y llevada por amor, la Hostia en que el Salvador os da todas las gracias, todos los ejemplos, todas las virtudes de su sufrimiento; la Hostia que os rendirá la paciencia y la resignación, la fuerza y la esperanza, la Hostia que habrá sufrido vuestros propios dolores con vosotros, en vosotros y más que vosotros, uniendo a sus Llagas vuestras llagas, todas vuestras llagas, las de vuestros miembros y las de vuestra alma, para curarlas, santificarlas y hacerlas fecundas.
MANUAL DE LA ADORACIÓN DEL SANTISIMO SACRAMENTO POR EL R. P. A. TESNIERE de la Congregación del Santísimo Sacramento.
LAS TENTACIONES (Práctica de amor a Jesucristo, San Alfonso Mª de Ligorio)
A las almas amantes de Jesucristo no hay pena que así las aflija como las tentaciones; el resto de los males, aceptados resignadamente, las inclinan a unirse más y más a Dios; mas, cuando se ven tentadas a pecar y expuestas a separarse de Jesucristo, este tormento les es más amargo que todos los demás.
Por qué permite Dios las tentaciones.
Adviértase aquí que, aun cuando las tentaciones que inducen al mal no provienen de Dios, sino del demonio o de nuestras malas inclinaciones: Dios no es tentador de cosa mala, sin embargo, el Señor permite a veces que sus más regaladas almas sean las más fuertemente tentadas.
Dios permite las tentaciones, primero, para que con ellas reconozcamos mejor nuestra debilidad y la necesidad que tenemos de su ayuda para no caer. Cuando el alma se ve favorecida de Dios con divinas consolaciones, se le hace que está valiente para desafiar todo asalto de los enemigos y para emprender cualquier obra en pro de la divina gloria. Pero cuando se halla bravamente tentada, al borde del precipicio y a pique de sucumbir, entonces reconoce mejor su flaqueza e impotencia para resistir si Dios no la ayudare.
Esto puntualmente aconteció a San Pablo, que cuenta de sí mismo que el Señor permitió fuera tentado con tentaciones carnales para que no se envaneciese de las revelaciones con que el Señor le había favorecido.
Permite, en segundo lugar, Dios las tentaciones para que vivamos desprendidos de la tierra y deseemos más ardorosamente ir a verlo en el cielo. De aquí es que las almas buenas, al verse en esta vida combatidas noche y día por tantos enemigos, tienen tedio de la vida. Quisiera el alma volar hacia Dios, pero mientras viva en esta tierra se sentirá como ligada a ella y combatida de continuas tentaciones. Este lazo no se rompe sino con la muerte, por la que suspiran las almas amantes como por libertadora del peligro de perder a Dios.
En tercer lugar, permite Dios que seamos tentados para enriquecernos de méritos, como fue dicho a Tobías: Y puesto que eres acepto a Dios, necesario fue que la tentación te aquilatase ( (Tob., XII, 13). El alma no por estar tentada ha de temer hallarse en desgracia de Dios; al contrario, ha de esperar más aún que es muy amada de Él. Es engaño del demonio hacer creer a ciertos espíritus pusilánimes que las tentaciones son pecados que empañan al alma. No son los malos pensamientos los que nos hacen perder a Dios, sino los malos consentimientos. Por vehementes que sean las sugestiones del demonio, por vivos que sean los fantasmas impuros que asalten la imaginación, mientras no consintamos en ello, lejos de manchar el alma, la vuelven más pura, más fuerte y más acepta a Dios.
Dice San Bernardo que cuantas veces vencemos las tentaciones, conquistamos una nueva corona. Se apareció un ángel a cierto monje cisterciense y le dio una corona, con orden de que se la llevase a otro monje y le dijera que la había merecido por la victoria que hacía poco había reportado sobre una tentación. Ni debe espantarnos que el mal pensamiento no se marche de la mente y siga atormentándonos; basta con que lo aborrezcamos y procuremos rechazarlo. Fiel es Dios, quien no permitirá que seáis tentados más de lo que podéis, dice San Pablo: "Fidelis autem Deus est qui non patietur vos tentari supra id quod potestis" (I Cor., X, 13).
Por tanto, quien resiste a la tentación, lejos de perder, aprovechará. Por eso el Señor permite a menudo que las almas predilectas sean las más tentadas, para que hagan más acopio de méritos en esta vida y de gloria en el cielo. El agua estancada y muerta no tarda en corromperse. Así pasa con el alma que, entregada al ocio, sin tentaciones ni combates, se halla en peligro de perderse, ya complaciéndose en los propios méritos, ya pensando que ha llegado a la perfección; de esta suerte pierde el temor, se cuida bien poco de encomendarse a Dios y no trabaja por alcanzar la salvación eterna. Mas, cuando comienza a ser agitada de tentaciones y se ve en peligro de precipitarse en el abismo del pecado, recurre entonces a Dios, recurre a la divina Madre, renueva el propósito de morir antes de pecar, se humilla y se abandona en brazos de la divina misericordia, y así logra alcanzar más fortaleza y se une a Dios más estrechamente, como atestigua la experiencia.
No por eso hemos de desear tentaciones, sino que siempre hemos de rogar a Dios que nos libre de ellas, y en especial de aquellas en que habríamos de consentir, que esto quieren las palabras del Padre nuestro: No nos dejes caer en la tentación. Pero, cuando Dios permite que nos asalten, entonces, sin inquietarnos por feos y bajos que sean tales pensamientos, confiemos en Jesucristo y pidámosle su ayuda, que a buen seguro no nos faltará para resistir.
Dice San Agustín: «Arrójate en sus brazos, desecha todo temor, que no se retirará para que caigas». Abandónate en manos de Dios sin temor alguno, porque, si Él te mete en el combate, no te dejará solo para que caigas en la lucha.
De los remedios contra las tentaciones.–
Tratemos ya de los remedios para vencer las tentaciones. Muchos son los que señalan los maestros de la vida espiritual, pero el más necesario y seguro, del que voy a tratar, es el acudir prontamente a Dios con humildad y confianza, diciéndole: Pléguete, ¡oh Dios!, librarme; Señor, apresúrate a socorrerme (Ps., LXIX, 2). Ayudadme, Señor, y ayudadme presto. Sola esta oración bastará para hacernos triunfar de los asaltos de todos los demonios del infierno que se conjuren para combatirnos, porque Dios es infinitamente más poderoso que todos los demonios. Bien sabe Dios que no tenemos fuerza para hacer frente a las tentaciones de los poderes infernales; por eso dice el doctísimo cardenal Gotti que, cuando nos veamos combatidos y estemos a punto de sucumbir, Dios está obligado a prestarnos su ayuda para resistir, con tal de que se la pidamos. Y ¿cómo podríamos temer que Jesucristo no nos ayudara, después de tantas promesas hechas en este sentido en las Sagradas Escrituras? Venid a mí todos cuantos andáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré (Mt., II, 28). E invócame en el día de la angustia; yo te libraré y tú me honrarás (Ps., XLI, 15). Entonces clamarás, y Yahveh te responderá; pedirás auxilio, y contestará: «¡Heme aquí!» (Is., LVIII, 9). ¿Quién le invocó y fue de Él despreciado? (Eccli., II, 12).
Sobradamente lo atestigua la experiencia: quien acude a Dios en las tentaciones, no cae, y cae quien se olvida de acudir a Él, y especialmente en las tentaciones contra la pureza. En semejantes tentaciones de impurezas, e igual se puede decir en las tentaciones contra la fe, no se ha de luchar directamente con ellas, sino que hay que resistirlas con medios indirectos, ejercitándose en actos de amor a Dios o de dolor de los pecados y hasta distrayéndose con cualquier acción indiferente.
Tan pronto como advirtamos que se presenta un pensamiento con visos de sospechoso, hemos de despacharlo al instante y darle, por decirlo así, con la puerta en rostro, negándole entrada en la mente, sin detenerse a descifrar lo que significa o pretenda. Tales malvadas sugestiones hay que sacudirlas luego, como se sacuden las chispas que pueden caer en la ropa. Cuando la tentación impura hubiera franqueado la mente y dejado sentir los primeros movimientos de los sentidos, dice San Jerónimo que entonces hay que redoblar la voz y clamar a Dios pidiéndole su ayuda, sin dejar de invocar los santísimos nombres de Jesús y de María, que tienen especial virtud contra esta suerte de tentaciones.
Dice San Francisco de Sales que, cuando los niños divisan al lobo, se echan prestos en brazos del padre o de la madre y allí se sienten seguros. Así debemos hacer nosotros, correr presurosos a Jesús y a María con súplicas y peticiones. Repito que correr presurosos, sin prestar oídos a la tentación ni disputar con ella.
Cuéntase en el § 4 del libro de las Sentencias de los Padres de la antigüedad que cierto día San Pacomio oyó que un demonio se lisonjeaba de haber hecho caer a un monje, porque cuantas veces lo tentaba le prestaba oídos, sin acudir presto a Dios; y, por el contrario, oyó que otro demonio se lamentaba diciendo: «Pues yo con mi monje nada puedo, porque recurre prestamente a Dios y siempre me vence». Si la tentación siguiere molestándonos, guardémonos de inquietarnos ni irritarnos por ello, pues el demonio pudiera valerse de tal inquietud nuestra para hacernos caer. Entonces es cuando debemos resignarnos humildemente a la voluntad de Dios, que se digna permitir seamos tentados con tan bajos pensamientos. Bastará con que digamos: «Señor, bien merecido tengo ser molestado con estas tentaciones en castigo de las ofensas que os he hecho, pero a vos os toca socorrerme y librarme de caer». Y si, con todo, la tentación prosiguiere molestándonos, prosigamos invocando a Jesús y a María. Importa mucho entonces renovar la promesa hecha a Dios de sufrir toda suerte de trabajos y morir mil veces antes que ofenderle sin dejar de pedirle su ayuda. Y cuando las tentaciones fuesen tan violentas que nos viéramos en grave peligro de consentir, redoblemos el fervor de las oraciones y recurramos al Santísimo Sacramento, postrémonos a los pies del Crucifijo o de alguna imagen de la Santísima Virgen y roguemos con redoblado ardor, gimamos, lloremos y pidamos auxilio. Una cosa es cierta: que Dios está presto a escuchar a quien le ruega y que Él es, y no nuestra diligencia, quien nos dará valor para resistir; pero a las veces quiere el Señor nuestros esfuerzos para después suplir nuestra flaqueza y hacernos alcanzar la victoria.
Bueno es advertir aquí, por ser doctrina admitida entre los teólogos, aun entre los rigoristas, que las personas que por mucho tiempo han vivido vida ejemplar y son temerosas de Dios, siempre que andan en dudas de si habrán consentido o no consentido en alguna culpa grave, deben estar seguras de no haber perdido la amistad de. Dios, pues es moralmente imposible que la voluntad afianzada mucho tiempo en el bien obrar, en un momento se cambie y consienta en un pecado mortal, sin conocerlo claramente. La razón de ello es que, siendo el pecado mortal tan horrible monstruo, no puede penetrar en el alma que por tanto tiempo lo ha aborrecido, sin que a las claras se dé a conocer.
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